Diario Vasco
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Autor: LourdesPerez
El mapa hacia el 26-J
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Lourdes Pérez | 26-04-2016 | 8:00| 13

La democracia española entra desde hoy en una dimensión nunca ensayada antes: la disolución anticipada de las Cortes por la imposibilidad, o la incapacidad, de formar gobierno y la convocatoria de unas nuevas elecciones generales medio año después de celebradas las anteriores. La inesperada y ruidosa irrupción de la propuesta de Compromís no ha hecho sino empeorar la sensación de tiempo perdido en que lleva semanas instalada-meses, para los más escépticos- la política española. Lo acontencido a lo largo del día de hoy, y por si no hubiera bastado con el precedente del acuerdo de trastienda cerrado en Cataluña para evitar otras autonómicas, refleja lo pernicioso que pueden resultar los acuerdos requeridos ‘in extremis’ y que, en realidad, nadie quiere si no es a costa de que cedan todos los demás. El acuerdo de tan solo tres folios presentado hoy por la formación valenciana, nada más y nada menos que para constituir un gobierno multipartito, no puede provocar otra cosa que sonrojo e invita a preguntarse por qué el PSOE ha optado por enredarse con un documento que no iba a ninguna parte. La política del rigor y la responsabilidad ha quedado peligrosamente relegadas tras el 20-D por la dejadez, el voluntarismo, las buenas intenciones y unas gotas inquietantes de sectarismo. La ronda final del Rey se ha convertido, así, en un gran mitin de precampaña a varias bandas hacia el 26-J.

1.-MARIANO RAJOY. Ninguno de sus rivales sabe como él que lo importante en política no es cómo arrancan las cosas, sino como terminan. El aislamiento, entre buscado e impuesto, del presidente del Gobierno le ha acabado reportando una primera victoria: no solo no está muerto políticamente, sino que se dispone a liderar al PP hacia el triunfo electoral con la convicción de que siempre será más difícil intentar tumbar por segunda vez a la lista más votada y mirando de reojo a la crisis siempre latente del PSOE. Los populares se juegan el éxito, en buena medida, en el puñado de escaños que van entre recuperar al electorado ‘de orden’ que se fue a la abstención o filtreó con Ciudadanos y contener la sangría de desafecciones por la catarata de los casos de corrupción.

2.-PEDRO SÁNCHEZ. El candidato socialista no solo tenía ante sí el reto de intentar ser presidente con la peor cosecha electoral del PSOE, sino otro mucho más difícil: que su eventual fracaso no terminara lastrando las ya mermadas opciones de su partido. El pacto con Ciudadanos pone muy cuesta arriba la nueva campaña para un Sánchez que carga con la sospecha de haber apostado su futuro político a la carta de la gobernabilidad del país y al que le aguarda la OPA que diseñan Podemos e IU sobre el electorado de la izquierda más combativa.

3.-PABLO IGLESIAS. La campaña y las urnas medirán si mantiene incólume el halo por el que decisiones y actitudes que perjudicarían a cualquier otro dirigente político, a él se le perdonan (léase el ataque individualizado y personal contra un periodista en una conferencia). Por si quedaban dudas, las idas y venidas de estos cuatro meses han evidenciado que el ‘sorpasso’ al PSOE se ha convertido en un fin en sí mismo para la dirección morada. La pregunta es hasta cuándo Iglesias seguirá intentándolo si no terminatampoco esta vez por sobrepasar a los socialistas.

4.-ALBERT RIVERA. Su “histórica” alianza con Sánchez le ha permitido oxigenarse tras la relativa decepción que supuso el escrutinio del 20-D para Ciudadanos y ganar enteros como líder pactista alejado de los golpes encima de la mesa, que ni siquiera dio al rechazar de plano un acuerdo de gobierno con Podemos. Pero lo que Rivera haya podido obtener en el caladero de los electores de ese lugar indefinible y difuso que es el centro, en competencia con sus por ahora aliados socialistas, lo puede perder por el flanco más conservador y fronterizo con el PP, que se aferrará al ‘votar a Ciudadanos es votar PSOE’. Y no parece que C’s disponga hoy de tela suficiente para que la sábana cubra todas las esquinas de sus pretensiones.

 

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Las lágrimas de Federica
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Lourdes Pérez | 25-03-2016 | 1:16| 13

Una de las primeras cosas que aprendemos en la vida es que no hay que derramar lágrimas ante los demás. “Anda, no llores”, suelen reconvenir, con mayor o menor enojo, los padres a sus hijos desde bien pequeños. Llorar ante otros sigue sin tener buena prensa. Es una proyección de nuestra humanidad, sí, aunque los sentimientos del llanto también puedan simularse. Pero entre nosotros es, sobre todo, un síntoma de debilidad, de fragilidad extrema, de padecimiento y de dolor. “Es insufrible ver que lloras y yo no tengo nada que hacer”, cantaba Serrat en esa hermosa declaración de amor que es ‘Sincéramente tuyo’.  El martes, poco después de que el fanatismo yihadista volviera a reventar, esta vez en Bruselas, nuestro modo de vida para demostrar  a los europeos lo vulnerables que somos, la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad no pudo no reprimir sus lágrimas en una comparecencia en Amán, Jordania; en el corazón de Oriente Medio, donde ha ido asentando sus reales el mismísimo demonio. En la era del terrorismo en Red, ese demonio vio en las televisiones de todo el mundo cómo Federica Mogherini rompía a llorar ante la devastación provocada a golpe de bomba suicida junto al complejo de la comunidad europea en el que ella y sus colaboradores trabajan a diario. Ese espacio que continúa simbolizando la paz, la libertad y la democracia compartida  pese a que la Unión esté en sus horas más bajas, quiebre su propia identidad desentendiéndose de los refugiados y sea incapaz de aplicar medidas más eficaces y coordinadas contra la amenaza terrorista. Durante unos segundos, Mogherini aparcó lo que representa y lloró como lo hubiera hecho Federica en la intimidad. Orilló, incluso, que si alguien no puede permitirse el llanto en público son las mujeres que, con mucho sacrificio, han llegado a las más altas responsabilidades en política; las lágrimas, la definición milenaria de la supuesta flojedad femenina. Es verdad que Mogherini resultó más empática hacia las víctimas que los encorbatados y burocráticos ministros de Interior reunidos ayer con urgencia en Bruselas para admitir, sin empacho, que sabemos cómo combatir al yihadismo, pero que no terminamos de aplicarnos conjuntamente en hacerlo. Pero las lágrimas de la Alta Representante de la UE proporcionaron al demonio el combustible con el que recarga su energía: el sufrimiento ajeno y la evidencia de que una frustración bañada en llanto invade a ‘los infieles’ por no poder refrenar la maldad absoluta. Aunque humanamente no pudiera contenerse, Mogherini eligió el día más inadecuado para reaccionar como lo harían todas las Federicas con alma del mundo.

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El otro relato
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Lourdes Pérez | 01-03-2016 | 1:41| 13

El final de la violencia de ETA ha dado paso a lo que se ha dado en llamar ‘la batalla del relato’ sobre lo que han significado tantas décadas de terrorismo entre nosotros. La evidencia de que la banda armada tuvo que abandonar los atentados porque ya no le quedaba otra y sin ninguna de sus históricas reivindicaciones como contrapartida dejó sin argumentos a quienes en 2011 continuaban mostrándose condescendientes con los asesinatos, las amenazas y la extorsión bajo la coartada de la existencia de un conflicto político irresuelto. Silenciado el ruido de las pistolas, Euskadi encara dilemas morales que habían permanecido solapados por la tragedia: por ejemplo, si es admisible la distinción entre lo que muchos vascos siguen considerando una “ETA buena” durante la dictadura y la “ETA mala” que ha matado más en 40 años de democracia que durante el franquismo. Fracasado el intento de quienes avalaron la violencia y quienes comprendieron el recurso a la misma de blanquear un pasado que regresa, implacable, con cada aniversario de las víctimas, el pulso se centra ahora en esa ‘batalla del relato’ que mantienen, en un resumen muy minimalista, quienes niegan cualquier justificación legitimadora de ETA y quienes insisten en contextualizar su trayectoria criminal en virtud de un impulso político; equivocado, pero político al fin. Es el pulso también entre los lúcidos de primera hora que se posicionaron contra el terror y que lo denunciaron aun a costa de su integridad personal y aquellos que han acabado llegando al mismo punto de rechazo de la violencia, aunque por caminos más tortuosos, menos comprometidos y en ocasiones exculpadores de un pasado que nos señala. Pero bajo todo ello hay otra pugna, esta más sutil aunque igualmente relevante, que se libra dentro del propio mundo de la izquierda abertzale. Entre quienes han optado por hacer autocrítica de lo que representó la violencia que ellos mismos practicaron y quienes tratan de ganar el presente y el futuro político y electoral eludiendo cualquier mirada que cuestione por qué ETA hizo lo que hizo; que viene a ser tanto como cuestionar lo que cada uno decidió en un momento determinado. La casualidad ha hecho que la excarcelación de Arnaldo Otegi haya coincidido con la de Joseba Urrosolo Sistiaga, condenado por nueve asesinatos y dos secuestros y cabeza visible de la vía Nanclares, la denominación que reúne al puñado de reclusos que se desmarcaron de las armas y han querido manifestar empatía hacia el sufrimiento provocado a sus víctimas. Señalados como ‘traidores’, los internos de Nanclares no han cargado en estos años contra sus antiguos compañeros de armas que se resisten a acogerse a la legalidad para su reinserción, pero sí contra los “comisarios políticos” que han entorpecido, a su juicio, la resocialización realista de los presos. El paso de las semanas permitirá comprobar cómo encajan en la Euskadi sin violencia la izquierda abertzale ortodoxa que pretende afrontar los desafíos de la nueva política bajo la batuta de Otegi,  sabiendo que el ‘frente de las cárceles’ está por encauzar, y ese grupo de disidentes que estaría en condiciones de hacer un mejor proselitismo social tras la salida de la cárcel de Urrosolo Sistiaga.

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Con pompa y circunstancia
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Lourdes Pérez | 24-02-2016 | 2:11| 13

Pedro Sánchez y Albert Rivera han cubierto esta mañana la evidencia de que su acuerdo sigue siendo a estas horas insuficiente para garantizar la investidura con una escenografía que pretendía dar a entender justo lo contrario. Firma solemne a dos en la Sala Constitucional del Congreso, arropados ambos dirigentes por los suyos para conferir empaque a la imagen y sendas comparecencias después bajo el hermoso y evocador cuadro de Juan Genovés que simboliza la Transición reconciliadora de la dictadura a la democracia. El boato propio de lo que Sánchez ha calificado como un “acuerdo histórico” para una mayoría de españoles, aunque los firmantes solo representen hoy a la segunda y cuarta fuerza del hemiciclo y hayan tenido que constatar, a preguntas de los periodistas, lo que dicta la tozuda aritmética parlamentaria: que sin la abstención del PP o del Podemos la investidura no sale. Por más que la estrategia negociadora de los socialistas siga pugnando por sumar 143 escaños con siglas tan variadas como Ciudadanos, el PNV, Coalición Canaria, Izquierda Unida y Compromís -estos dos últimos, sentados junto a Podemos en la (desplazada del foco) mesa de izquierdas- para confrontarlos a los 142 que sumarían el PP, los independentistas catalanes y EH Bildu e intentar presionar al grupo de Pablo Iglesias para que no vete el relevo en la Moncloa. La iconografía de hoy ha sido tan aparatosa y solemne, tan cargada de referencias a un pretendido tiempo nuevo -esa alusión irremediable de Rivera a Adolfo Suárez-, que el PSOE y Ciudadanos corren el riesgo de lograr lo contrario de lo que necesitan para sacar adelante sus propósitos. En el caso de Sánchez, la escenificación de esta mañana junto a otro político casi calcado a él -apenas entrados en la madurez política, ambiciosos, con apostura y gusto por las camisas blancas- difícilmente puede ser digerido por el discurso, el programa  y la estética de Podemos. En cuanto a Rivera, nadie puede negarle la coherencia: hoy ha vuelto a apostar por un entendimiento a tres con el PP. Esa interpretación del pacto aleja a las izquierdas y compromete la muy genérica pregunta con que Sánchez pretende lograr el aplauso mayoritario de sus bases -a las cuales se suponía con mayor querencia por la alianza con Iglesias-. Pero es dudoso que vaya a influir en el ánimo de un Rajoy y de un PP que fían todas sus opciones a una investidura socialista fallida y a unas nuevas elecciones. Se dirá que Rivera ha acentuado sus opciones de erosionar, por la vía del centro reformista, el electorado de los populares carcomidos por la corrupción. Pero la jugada de vincularse tan estrechamente al futuro de Sánchez tiene también unos riesgos indudables, si el ‘asalto al cielo’ de la Moncloa no fructifica, para un líder que se había esforzado mucho hasta ahora por mantenerse casto y puro al margen de los lastres del pasado de populares y socialistas.

Pero más allá de los cálculos y las presiones cruzadas, bajo la rotunda teatralización del pacto PSOE-Ciudadanos late algo inconfesable. Que el acto de hoy y la sesión de investidura que arrancará este martes por la tarde con la intervención en solitario de Sánchez puedan constituir el primer ceremonial ante el tiempo muerto que se abriría a partir del 5 de marzo si no hay presidente y hasta las eventuales elecciones del 26 de junio. La nueva política se nutre de la efervescencia continua. Del hacer ver que algo cambia aunque al cambio no le den los números. De ininterrumpidas ruedas de prensa. De la táctica cambiante y la volatilidad de la opinión pública y publicada. La incansable responsable de comunicación de Sánchez fue quien erigió antes la figura de Rivera en un escenario público tan complejo como el catalán. Su homónimo en Ciudadanos fue uno de los responsables de campaña de Eduardo Madina, perdedor en las primarias socialistas ante el actual secretario general. Son coincidencias. Pero remiten a otra forma de hacer política y de comunicar que explica la pompa y circunstancia con que dos partidos situados a 46 diputados de la mayoría absoluta han presentado hoy su ‘acuerdo de gobierno’ para un gobierno que pende del primero-PP- y del tercero -Podemos- en el Congreso.

 

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Alicia, de todas nosotras
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Lourdes Pérez | 26-01-2016 | 11:33| 13

Se llamaba Alicia y solo llevaba 17 meses asomada a la vida. 17  meses, ese tiempo juguetón en el que los bebés más despiertos corretean , balbucean sus primeras palabras y empiezan a descubrir por sí mismos cosas imposibles, mientras los más perezosos aún retozan, resistiéndose a abandonar los brazos y los mimos que dan cobijo. Que dan calor. Que protejen. Nunca sabremos cómo eran los 17 meses de Alicia, ni ella podrá fantasear en el futuro con esa infancia que reconstruyen para nosotros con amor los que más nos quieren. Lo que sabemos de los 17 meses de Alicia es tan atroz que la inocencia saltó por la misma ventana por la que la arrojó un depravado de 30 años tras violentarla de la manera más terrible. Lo que nos quedará ya para siempre de los 17 meses de Alicia no será la promesa de la niña que va creciendo, de la adolescente que tiembla con el mundo, de la mujer que afronta  los retos de la vida. Lo que nos quedará es el sobrecogedor recuerdo de hemeroteca de esa madrugada de lobos en la que un depredador -¿un enfermo irremediable, un sociópata, tan solo un malvado?- abusó de ella y luego la asesinó sometiéndola a unas horas añadidas de sufrimiento terminal.

Conocida la asepsia del primer relato oficial de los hechos, mueve a la compasión más honda imaginar el padecimiento que le aguarda a esa madre  que apenas ha alcanzado la mayoría de edad. También la rabia y la impotencia que habrán invadido a todos los que han tenido que vérselas en las últimas horas  con un drama tan espeluznante. A los médicos y enfermeras obligados a evaluar el quebradizo cuerpo de Alicia, a medir su resistencia, a tratar de salvarle la vida en vano. A los policías y agentes sanitarios que llegaron los primeros al lugar del crimen. A los vecinos que habrán consumido el día preguntándose si hubiera habido manera de evitarlo. A los periodistas a los que en mala hora les ha tocado escribir sobre lo que no puede hacerse sin que se te retuerzan las entrañas.

Cientos, miles de niños se han ido quedando huérfanos en esta sociedad por la enquistada violencia ejercida por los hombres contra las mujeres que creen de su propiedad. El presunto pederasta que le ha robado el último aliento a Alicia también quiso apropiarse de lo que jamás podía ni debía ser suyo. No hay justicia justa, y ésta solo lo es cuando evita escrupulosamente la venganza, que pueda resarcir a una víctima tan vulnerable; y esa evidencia lo hace todo aún más penoso. Alicia se merece hoy, en las horas de su muerte, un pesar conmovido y el clamor social e institucional a favor de los más débiles, de los más indefensos. Yo no soy Alicia. Pero Alicia es de todas nosotras. De todos nosotros.

 

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