Diario Vasco
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Autor: belencasadomendiluce
¿Sabes enfadarte sin ira?
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Belén Casado Mendiluce | 28-10-2016 | 9:06| 0

 

Hay quien sigue pensando que no hay que enfadarse nunca, pero yo opino que es legítimo enfadarse para expresar lo que nos duele, siempre que no acabemos… dejándonos llevar por la ira.

Cuando escuchaba a alguien cercano decir de ella que no se enfadaba nunca porque se consideraba a sí misma persona de buen carácter, yo constataba, en algún momento, cómo sus enfados existían y, además, eran mucho más temibles que los de otro acostumbrado a expresar su malestar. ¡Cuidado con aquellos que van de buenos!

Todos tenemos que aprender a enfadarnos de manera sana, quizás porque en la educación recibida no nos han enseñado a lidiar con los sentimientos negativos, más bien a reprimirlos y mirar para otro lado, como si no existieran.

En primer lugar, y parece lo más obvio, si te sientes que “te hierve la sangre”, espera a tranquilizarte para expresar tu enfado. No es sano que te dejes llevar por la ira y se te vaya la fuerza por la boca diciendo cosas hirientes que no sientes y de las que luego te puedes arrepentir.

Dejarte llevar por la ira es invalidar lo que quieres expresar. Si te has sentido injustamente tratado, por ejemplo, es probable que ese mensaje legítimo no pueda llegar al otro si te pierdes en gritos y descalificaciones. La alteración que entonces manifiestas es como el oleaje agitado de un lago que impide que se vea el fondo de lo que necesitas verbalizar.

Todo el mundo se queda, entonces, con tus formas “salidas de madre” más que con el sentido de por qué estás molesto. El otro no sabrá qué es lo que tiene que mejorar si tú acabaste fuera de ti. Recuerda, tienes derecho a expresar lo que te ha molestado pero, para ello, cálmate para no perder los nervios.

“Ahora estoy muy alterado y prefiero hablar en otro momento cuando esté más tranquilo”, puede ser tu respuesta si te preguntan qué te pasa. Estate en silencio, callado, no remuevas el tema cuando lo que necesitas ahora es dejarlo reposar para que puedas ver con más claridad.

Y cuando decidas hablar, hazlo sin atacar al otro (¡“tú te crees que tengo que bailar a tu son!”), sino diciendo de manera clara y concreta lo que te ha molestado: “Me ha molestado que hayas hecho un plan con amigos sin haberme dicho nada para que me planifique”.

Di cómo te sientes :” No me he sentido tenido en cuenta”, y ofrece soluciones para una próxima vez: “Prefiero que me avises con antelación para que yo haga mi plan”. De esta manera, las discusiones serán menos intensas y más constructivas, porque podréis aprender a mejorar vuestra relación.

Todos nos equivocamos y metemos la pata, no pienses que la otra persona ha ido a hacerte daño deliberadamente porque, entonces, reaccionarás como un animal herido. Cálmate y encontrarás la mejor manera para expresarte.

 

Caminamos…Belén Casado Mendiluce

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Apología de la sobriedad
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Belén Casado Mendiluce | 14-10-2016 | 9:49| 0

 

Ha caído en mis manos un vídeo de José Mújica, el ex presidente de Uruguay, con el que, en unos pocos minutos, me he sentido vibrar de emoción con sus palabras. Os mando el link para que podáis juzgar por vosotros mismos.

¡Hay tanto en su mensaje…! Transmite la sabiduría de quien ha vivido tiempo en soledad, sin más compañía que la suya propia, pues estuvo durante siete años sin leer un libro por estar preso, sin tener esa pequeña “muletilla” en la que apoyarse. Cuando uno está a solas consigo mismo descubre, entonces, todas las respuestas a sus preguntas…en su interior.

Todos podemos leer libros que nos entusiasman pero que… luego caen en el olvido. Todo deja una impronta que sólo dura lo que dura…la novedad. Así que el verdadero poso sólo lo deja lo vivido en el interior, lo que, día a día, se va convirtiendo en tu camino de vida, en tu experiencia de vida.

¡Qué difícil es vivir ligero de equipaje! Desapegarnos de tantas cosas en las que ponemos nuestras ansias de alegría y felicidad: pueden ser cosas materiales, viajes, o cualquier cosa externa a uno mismo. Como me decía una persona, “resulta difícil apearse del mundo”.

Porque, como bien dice José, la felicidad está dentro de uno mismo pero… ¡qué poco nos han enseñado a buscar en nuestro interior! Nos asustan nuestros sentimientos y no sabemos qué hacer con nuestra vida más que seguir el camino que se nos ha trazado en la sociedad: trabajar y consumir.

¿Cuál es la verdadera libertad? ¿De verdad quieres sentirte libre? Te advierto que hay que pagar un precio por ello. El precio de sentirte alejado de los demás, porque no vives como “se supone que todo el mundo tiene que vivir”; el precio de vivir de manera más sobria y austera, con menos estímulos externos, el precio de construir tú solo, con tu propia presencia, tu camino en el mundo y sentir que sigues caminando y dejando huella aunque a tu alrededor pocas cosas encajen.

La felicidad no se puede comprar, no es instantánea ni inmediata, no puede durar todo el tiempo. La felicidad es tu camino de vida vivido con la consciencia que puedes en cada momento. Yo no me siento feliz en muchos momentos, porque mis circunstancias puede que no sean para hacerme sonreír, pero puedo sentirme en paz conmigo misma y ése es un buen atisbo de felicidad.

La vida no es siempre crecer, mejorar, como quien tiene constantes beneficios en una empresa. La vida es el camino que tú te trazas y el que se te presenta aunque no quieras, el camino en el que echas a andar y en el que decides parar. No se trata de llegar a ninguna parte sino de… tenerte a ti mismo de la mano.

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Mi religión es de Vida
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Belén Casado Mendiluce | 30-09-2016 | 8:55| 0

 

Creo en una religión que quiere que cada persona se valore y se respete a sí misma como la tarea más importante a realizar en esta vida. “Amate a ti mismo y podrás amar a los demás”, es el verdadero sentido de la vida.

Para amarse a uno mismo, da importancia a escuchar los sentimientos sentidos en el cuerpo, esa conciencia individual que es importante preservar frente a las presiones de los demás. Por tanto, no existen los “deberías” o los “tendrías que” que provienen de mandatos externos ni nadie que pueda controlar nuestra conciencia. Es a ella, a nuestra conciencia interior, a la que hay que aprender a escuchar y de la que hay que aprender a confiar.

Una religión que enseña a poner límites frente a las faltas de respeto y los abusos de los demás. Por tanto, no se concibe el “poner la otra mejilla” sino el decir “no” cuando hace falta y el distanciarse de una persona que nos hace daño.

“Frente al maltrato, tolerancia cero” sería la máxima. De manera que no se ve con buenos ojos la actitud de aguante de quien sufre, de quien espera que con actitudes de cariño hacia el otro, éste vaya a cambiar. Se nos enseña que el amor no todo lo puede y que “nadie cambia contra viento y marea”.Hay que preocuparse antes por estar bien uno mismo que por agradar a los demás.

Por tanto el egoísmo sólo se entiende como la actitud de quien tiene un bajo nivel de conciencia de sí mismo y de esa manera actúa, con poca presencia de sí. En esta religión, no se alaba la actitud de quien lo da todo por los demás, vaciándose de sí mismo. De quien se desprende de su propia identidad para estar agradando constantemente a los demás.

Sí, es posible tener una actitud de entrega y servicio a los demás, pero sin pasar por encima de uno mismo. Cuando esa persona siente que está sin energía, que no tiene tiempo para sí misma y que los problemas de los demás le acaban anulando como persona, es hora de parar y preocuparse por recuperar el propio bienestar.

En esta religión no se dice que “hay que perdonar setenta veces siete”. El  perdón consiste en la actitud de no desear mal a quien te ofendió, liberándote, así, del malsano resentimiento hacia esa persona. Es la forma de “soltar” en nuestro interior lo que nos ataba a esa persona y cultivar, de esta manera, una actitud de paz interior.

Esta es una religión que ensalza no la cruz sino la figura de Jesús resucitado, una figura de vida plena y consciente que es la que cada uno de nosotros estamos llamados a vivir.

 

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La nefasta religión del sufrimiento
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Belén Casado Mendiluce | 16-09-2016 | 9:20| 0

 

Hoy voy a tocar un tema que afecta de manera especial a los creyentes pero que considero se encuentra extendido a toda la sociedad.

El sufrimiento no dignifica a las personas ni las hace convertirse en ejemplo para los demás. No venimos a esta vida para sufrir aunque el sufrimiento forme parte de la vida. Nacemos para vivir -es obvio, ¿no?- para desarrollar nuestras capacidades y contribuir , con nuestro granito de arena, a una mejor convivencia.

Desde la Iglesia Católica se sigue ensalzando el sufrimiento como una manera de acercarse al sufrimiento de Jesús en la cruz. ¡Por Dios! Es como si, por el hecho de sufrir, tuviéramos más mérito, nos hiciéramos más merecedores de recompensa y ensalzando nuestro sufrimiento nos sintiéramos mejores personas. Yo no creo en esta religión.

Vaya por delante que soy creyente, pero me subleva e indigna este tema porque ha hecho y sigue haciendo mucho daño en las conciencias de las personas, incluyendo en la mía propia, tiempo atrás.

Reflejo de lo que digo lo constituye el hecho de que el símbolo de la Iglesia Católica sea la cruz. La cruz es un símbolo de muerte y sufrimiento –Jesús fue matado en la cruz- y en todas las iglesias se venera como la máxima donación de un ser humano, darlo todo de uno mismo para acabar incluso en la muerte.

La mejor manera de acabar glorificando el sufrimiento es ensalzar el amor incondicional. ¿Curioso, no? Porque si no pones límites a la inconsciencia de los demás, si crees que el amor todo lo puede, si amas a alguien independientemente de cómo te trate, si le perdonas repetidas veces hasta el infinito e, incluso, si eres capaz de amar a tus enemigos, entonces, pones tu vida en manos de los demás y… tu sufrimiento estará garantizado.

Todos podemos sacar alguna enseñanza del sufrimiento y transmitir lo aprendido a los demás, pero no venimos a esta vida para mostrar la dignidad y entereza que tenemos mientras sufrimos -¡por favor!-, ni mostrar la capacidad de aguante y resistencia que tenemos en el dolor.

En general,  sufrimos porque no queda otra y hay que vivir lo que toca aunque resulte desagradable. Pero una cosa es eso y, otra muy distinta, es convertirse en mártires del sufrimiento. Siempre hay que procurar no sufrir, cuando se puede evitar,  porque la vida no puede convertirse en un constante rosario de penas.

Hay que vivir poniendo en práctica todo aquello que nos hace sentirnos bien y nos hace sentirnos más nosotros mismos. Amate primero a ti mismo…y podrás amar a los demás.

 

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De vuelta al trabajo…sin ansiedad
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Belén Casado Mendiluce | 02-09-2016 | 7:46| 0

Hace unos días, charlando un poco de todo con un amigo, se me ocurrió de pronto lanzarle esta pregunta: “¿Qué preferirías, trabajar todo el año con tensión y nervios y tener un mes de vacaciones o trabajar durante el año más relajado pero sin derecho a vacaciones?”. Mi amigo me contestó que, sin dudarlo, preferiría la segunda opción.

¿Y tú, que prefieres? Esta es una buena pregunta para que te hagas si quieres vivir con cierta consciencia. ¿Prefieres acostumbrarte a lidiar durante el año con conflictos y estrés laboral a cambio de “desconectar” a duras penas, durante un mes de vacaciones?.

¿O prefieres trabajar con más calidad de vida en el día a día y mejorar así tu salud mental y física? Estar tú más tranquilo, aunque no  todo en tu entorno laboral funcione bien, te ayudará a tomarte los problemas de una manera más sana para ti. Probablemente, de esta última manera no necesitarás desesperadamente el ansiado mes de vacaciones. Vayamos por partes.

Puede que la tensión de tu trabajo venga provocada por circunstancias externas a ti que no puedas cambiar: mala organización de los directivos de la empresa, deficiente distribución del trabajo…

En ese caso, tenemos que ver cómo puedes hacer con tu actitud  para tomarte los problemas de la mejor forma posible: es normal que te molestes cuando algo te parezca injusto, pero si la situación te acaba desbordando y pierdes los nervios…mal asunto.

Tienes que diferenciar, en primer lugar, lo que está en tu mano para mejorar la situación y lo que no. Está en tu mano que vayas buscando otro trabajo, si es lo que deseas; no está en tu mano cambiar ese funcionamiento de la empresa que no depende de ti. Diferencia bien las cosas para no crearte más expectativas de las necesarias, ¿Qué quiero decir?

A veces, tenemos claro en nuestra mente cómo deberían funcionar las cosas en nuestro trabajo para que marcharan mejor, es decir, tenemos una expectativa…que no se suele cumplir porque no depende de nosotros: “debería repartirse mejor el trabajo, priorizar otros temas…” Y sufres por esta manera errónea de funcionar en la empresa ¿Qué hacer?

Rebaja tu nivel de expectativas. Si no se saca todo el trabajo adelante por una mala planificación de los jefes, haz tu trabajo sin preocuparte por sacar más del que puedes. Y si te piden cuentas, di claramente que no depende de ti el sacar todo el  trabajo adelante. No te exijas a ti mismo lo que es un problema de los demás y trabajarás con más tranquilidad … aunque vayas a contracorriente.

Preocúpate por conservar la calma en el trabajo. Pero, para ello, tienes que cultivar un tiempo diario en tu casa para hacer una relajación que te ayude a estar durante el día con otro temple. No pretendas no perder los nervios en el trabajo si tu actitud interior es de ir a él con tensión interior. Aprendiendo a relajarte no tienes nada que perder y mucho que ganar.

La vuelta al trabajo no requiere sólo de un tiempo para volver a “ponerte las pilas”, sino que necesita por tu parte de una toma de conciencia de cómo es tu actitud en él: vas como cordero al matadero o vas para desarrollar tu trabajo… de la mejor forma posible, tranquilo y sin excesiva expectativa.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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