Diario Vasco
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Autor: belencasadomendiluce
“No sé qué hacer en las Navidades”
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Belén Casado Mendiluce | 17-12-2013 | 9:32| 0

 

 

-Paciente (P): Hola Belén. Hoy quería hablar contigo de cómo me siento en las Navidades. No sé muy bien qué hacer. Por un lado me marcharía de donde vivo y me iría a otra ciudad para estar a mi aire. Por otro, no quiero darle un disgusto a mi madre y crear mal ambiente en mi familia.

-Terapeuta (T): ¿Cómo te sientes con tu familia cuando os juntáis en Navidad?

-P: Incómodo, la verdad. Tengo que “hacer el paripé” con hermanos con los que no estoy durante el año, aunque reconozco que eso lo puedo llevar más o menos. Lo que más me molesta es cuando surgen tensiones porque alguna persona saca un tema espinoso o algún hermano se molesta por algo. Entonces, el ambiente se enrarece y no me siento a gusto en la mesa.

-T: Comprensible, por otra parte, el que te sientas así. ¿Qué pasaría si, como piensas, te marcharas fuera en Navidades?

-P: Le daría un gran disgusto a mi madre con la que tengo bastante relación; para ella es importante que todos sus hijos se reúnan en Navidad, y ahora que lo pienso, yo también quiero agradarle a ella, la verdad.

-T: Esa razón es la importante, la que tiene peso, para que tú elijas estar en la celebración familiar, aunque haya momentos en los que te sientas incómodo. Cuando surja alguna tensión en la mesa, acuérdate de que estás ahí porque lo has elegido, porque quieres agradarle a tu madre.

-P: Me ha parecido importante lo que has dicho de que elijo estar en Navidad por la razón de mi madre. Antes me sentía como obligado, y ahora me doy cuenta de que, en realidad, voy porque quiero, aunque no en todos los momentos me vaya a sentir cómodo en la comida. Gracias, Belén. Me siento con menos peso para estar en las Navidades y he visto las cosas más claras.

-T: Me alegro que así sea. Cuando elegimos algo, lo hacemos por las razones que para nosotros son importantes, y en eso nos tenemos que apoyar para actuar como lo hacemos. Ya me comentarás cómo te has sentido en Navidad. Hasta pronto y que estés lo más tranquilo posible.

 

*Este Consultorio es una recreación ficticia que no responde a ningún paciente concreto.

 

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Cuentos de Otoño: El Viajero
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Belén Casado Mendiluce | 13-12-2013 | 8:21| 0

 

Aquel hombre acababa de volver de su viaje por Costa Rica, encantado con lo que había disfrutado en el lugar. Sus amigos oyéndole hablar, se animaron a realizar el mismo viaje, y le pidieron a su amigo que les apuntara en un papel todos los sitios que les aconsejaba visitar.

Pero…¿Cómo decirles que se había parado en la mitad de una carretera desconocida a contemplar la puesta de sol? ¿Cómo recomendarles que se quedaran charlando con el indígena que vendía fruta en el mercado? Todo lo que él había sentido era para experimentarlo en carne propia, no para describirlo con palabras.

“Tenéis que ir y vivirlo por vosotros mismos”, les dijo. Pero sus amigos se empeñaron en que les hiciera un mapa donde les marcara todos los puntos de interés. Así que para orientarles les hizo un plano con los pueblos, mercados e Iglesias del lugar.

Los amigos se quedaron entusiasmados con el plano, de tan detallado que era. Sabían ahora qué carreteras tomar, qué sitios visitar y dónde alojarse. Y por fin, llegó el momento para ellos de hacer el tan esperado viaje.

Pasadas unas semanas, cuando volvieron los amigos del viaje, su amigo se reunió con ellos para compartir las vivencias que habían tenido del lugar.

“Pues, ¿sabes qué? Seguimos al pie de la letra tu mapa y visitamos todo lo que nos habías marcado en él pero, la verdad es que no nos pareció tan maravilloso como nos lo habías contado”.

Su amigo se quedó en silencio. No habían entendido que un mapa, por muy bien detallado que estuviera, nunca puede sustituir la vivencia personal, las sensaciones y sentimientos que provoca el país en el que se está, que es más importante el viaje en sí que los lugares de interés que se visitan. Los amigos habían pretendido sentirse viajando de la misma maravillosa manera que se había sentido él, pero se habían apegado al mapa, sin arriesgarse a experimentarlo por ellos mismos. El amigo, apenado, se marchó y, en silencio, decidió nunca más hacer un plano de sus viajes.

Autora: Belén Casado Mendiluce

 

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Si eres lento de reflejos…ponte el traje de soldado
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Belén Casado Mendiluce | 10-12-2013 | 8:32| 0

 

Ya te conoces lo suficiente a ti mismo para saber que te cuesta reaccionar en el momento, que te quedas sin palabras cuando te encuentras con un conocido por la mañana en la calle y con toda naturalidad te suelta aquello de: “¡Qué bien vives, paseando a estas horas…!”

Y tú no quieres darle explicaciones de que trabajas en casa, o de que ahora estás en el paro, y te quedas con cara de póquer, sin saber que decir. Pero cuando te despides de esa persona va surgiendo en ti un sentimiento de rabia hacia ti mismo por no haberte sabido defender.

Según con qué personas te encuentres tienes que estar a la defensiva, ponerte el traje de soldado, como digo yo. Los soldados -siento la comparación, pero no encuentro otra mejor- están vigilantes, con el arma en posición para repeler inmediatamente un posible ataque, y tú tienes que ponerte en guardia cuando sabes que alguien puede hacerte un comentario desagradable; sólo así podrás responder en el momento.

¿Que no es agradable tener que estar tenso cuando estás con una persona? Es verdad, pero es preferible no estar del todo suelto y relajado que quedarte con el mal sabor de boca de no haber sabido responder, cuando es eso lo que a ti te hubiera gustado, decirle algo.

Si me dices que te da igual lo que el otro piense si tú no le has respondido nada, pues tanto mejor. Pero si te quedas con el mal cuerpo de que: “ una vez más me he quedado en Babia…” , es señal de que quieres expresarte y no sabes cómo.

En ocasiones y según con quién hay que ponerse rígido y colocar “el arma en posición de disparo” porque sabemos que esa persona nos puede soltar una de las suyas…Sólo así te saldrán las palabras adecuadas: “¿Que vivo bien? Igual que tú”

Es a base de poner en práctica el defenderte a ti mismo como cada vez te saldrá con más rapidez y naturalidad. Pero, hasta que cojas soltura, te tienes que vestir el traje de soldado, es necesario. Y aunque te resulte incómodo, que te parece que llevas un disfraz, te quedarás más satisfecho contigo mismo de salir en tu defensa y no quedarte encogido y arrugado, sin hablar.

No siempre puedes mostrarte tal como eres, porque hay personas que dicen lo primero que les viene a la cabeza, sin darse cuenta de que la sinceridad no siempre es necesaria, y puede estar reñida con la educación y el buen gusto.

Así que cuando les veas venir ponte corriendo el traje de soldado, que se hace en un instante, y te sorprenderás a ti mismo de la rapidez de tus reflejos al responder.

 

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“No sé si estoy preparada para ser madre”
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Belén Casado Mendiluce | 03-12-2013 | 8:40| 0

 

-Paciente (P): Buenos días, Belén. Vengo a tu consulta porque me siento en un mar de dudas. Llevo tiempo viviendo a gusto con mi pareja y últimamente nos estábamos planteando el formar una familia. A mí me hace ilusión pero, en otros momentos, me entran unos miedos que me hacen echar marcha atrás.

-Terapeuta (T): ¿A qué tienes miedo?

-P: Tengo un montón de fantasmas en la cabeza. Tengo miedo a no ser una buena madre y no tener tiempo para dedicárselo a mi hijo, tengo miedo a no darle el cariño que necesita y a no ser capaz de darle tranquilidad y apoyo.

-T: ¿Cómo ha sido la relación con tu madre?

-P: (Mira a la Psicóloga sorprendida…) ¿Con mi madre? ¿Tú crees que eso tiene relación con lo que te estoy contando?

-T: Totalmente. El modelo que tú has tenido en tu madre ha condicionado tu vivencia como hija, y eso puede hacerte sentirte más o menos segura de ti misma.

-P: (Se queda un rato en silencio…) Pues ahora que lo dices, no he tenido buena relación con mi madre. Siempre me ha sacado defectos tanto de mi forma de ser como de mi físico: que si menudo carácter que tenía, que cómo iba vestida a la calle, que si tal amiga no era de mi estilo…

-T: ¿Y cómo reaccionabas tú?

-P: En muchos momentos, con rabia, pero creo que no me liberé de ella hasta que me fui de casa.

-T: Actualmente, ¿Qué relación tienes con ella?

-P: Pues voy a visitarla de ciento en viento, la verdad, porque no tengo muchas ganas. Cuando estoy con ella, todavía consigue sacarme de mis casillas, así que voy poco a verla.

-T: ¿Le guardas resentimiento?

-P: (Se queda unos segundos en silencio…) Sí. Me hubiera gustado que hubiese valorado más como yo era, sin sacarme defectos constantemente. Tengo la sensación de que nunca estuve a la altura de lo que ella esperaba de mí. Yo creo que eso contribuyó a que me sintiera insegura y con poco valor.

-T: ¿Te parece que ese sentimiento de inseguridad y de poca valía en la infancia tiene alguna relación con tu miedo actual a ser madre?

-P: ¡Ahora lo veo! ¡Por supuesto que sí! ¡Mi miedo a no estar a la altura como madre tiene que ver con la inseguridad que sentía porque mi madre no me aceptaba como era! No pensaba que ahí estuviera la raíz de mi problema pero me encaja perfectamente lo que digo. Gracias, Belén, me ha sido de mucha ayuda lo que he descubierto.

-T: Me alegro que así sea. Deja reposar y sentir lo que acaba de salir y nos veremos la próxima semana. Hasta pronto.

 

*Este Consultorio es una recreación ficticia que no responde a ningún paciente concreto.

 

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Cuentos de Otoño: Reconoce lo que sientes
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Belén Casado Mendiluce | 29-11-2013 | 8:34| 0

 

Era conocida en el pueblo la bondad y generosidad de María Pilar, una vecina que vivía sola, para quien las puertas de su casa siempre estaban abiertas a los demás.

Todas las tardes, sacaba una silla a la calle y se sentaba en ella, durante un rato, a contemplar a la gente pasar. Aquella tarde se acercó hasta ella una amiga, Rosa, que se sentó a su lado con ganas de conversación.

-“Mira, María Pilar, la verdad es que, muchas veces, no espero nada de la vida. Aunque no tengo edad de morirme, a veces, sólo deseo meterme en la cama, y que un buen día, no me despierte porque me he ido al otro barrio mientras dormía, sin sufrir.”

María Pilar se levantó sin decir nada y le hizo señas a su amiga para que entrara con ella en casa. Le llevó hasta la cocina y en silencio, le preparó un café caliente con galletas. Se sentaron las dos a la mesa y cada vez que Rosa tomaba el café, María Pilar, en seguida, le volvía a llenar su taza de nuevo.

-“Hija, qué andas, que me vas a reventar. Con una taza ya tengo bastante, no necesito que me la vuelvas a llenar.”

-“Si eres capaz de tomar sólo el café que necesitas y escuchas a tu cuerpo que te dice “basta”, entonces es que te preocupas por tu salud ¿no? Si sólo esperas la muerte es que tu mente no se siente bien, Rosa, y no le estás haciendo caso. Lo mismo que tu cuerpo quiere la salud, tu mente quiere la vida, así que dale lo que necesite para vivir en positivo, no en negativo.”

-“Si fuera tan fácil como tomar menos café, dejaría de pensar en negativo, María Pilar, pero no puedo.”

– “Tus pensamientos negativos no son el problema, el problema eres tú. Los pensamientos son como una señal de que algo no funciona bien en ti, como antes en tu cuerpo tu estómago te avisaba de que no podías beber más café.”

-“¿Y si mis pensamientos negativos no son el problema, entonces cuál es, María Pilar?”

-“Rosa, tu problema es que no tienes ganas de vivir”

 

Rosa se quedó callada en silencio durante un buen rato. Su amiga había puesto en palabras un sentimiento que estaba dentro de ella desde hacía tiempo y que no quería reconocer. Quizás, tenía razón, necesitaba aceptar lo que sentía para poder, así, afrontarlo y sentirse mejor. Rosa, removida interiormente por lo que le había dicho su amiga, le dio un abrazo a María Pilar y en silencio, una vez más, se marchó hacia su casa.

Autora: Belén Casado Mendiluce

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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