Diario Vasco
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Autor: belencasadomendiluce
La vida duele
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Belén Casado Mendiluce | 17-10-2011 | 12:11| 0

  


   Esa fue una pintada que vi hace poco en la calle y pensé : ¡qué razón! Y no puede evitarse que duela. No puedes evitar que duela la falta de relación familiar, o que los amigos ya no cuenten contigo como antes, o que haya personas que prefieran desaparecer del mapa que solucionar los problemas que tienen con uno. En fin, como la vida misma.
   ¿Por qué algunos aparentemente son felices llevando su vida con más o menos rutina? ¿Por qué otros parecen que se “complican” y sufren con mucha sensibilidad por todo? Las apariencias engañan.
   No hay que renunciar a ser como uno es. Por lo que sea – es otro tema aparte – hay personas que han desarrollado más la capacidad de observación, cierta sensibilidad para las cosas propias y ajenas y también -va en el mismo lote- más tendencia a sufrir.” ¿Por qué me tengo que agobiar por esto si a fulanito parece que le da igual?, ¿por qué no puedo ser como él?, ya me gustaría sufrir menos en la vida”. Pues no es posible.
   Cuando uno aprende a andar en bicicleta, aprendes y ya está, no puedes volver atrás y hacer como si no supieras. Cuando se está más despierto y más consciente en la vida, ya no te vale lo que te valía antes.
   Si te conformabas con tener a alguien al lado que te hiciera compañía, ahora quieres que ese alguien te tenga en cuenta y no te trate con la indiferencia del mueble de casa. Has despertado, de alguna manera, y ya no puedes volver atrás.
   Y vaya por delante que no escribo aquí de unas personas mejores que otras ni entro a juzgar cómo vive cada cual, pero no da igual lo que se aprende en esta vida.
   Claro que, aprendiendo a andar en bicicleta, después de que te han quitado las dos ruedecitas de atrás que te servían de apoyo, se experimenta como un gran logro saber andar sola, una sensación de libertad acompañada de una alegría por el triunfo conseguido, pero también da vértigo la velocidad que se puede alcanzar y que no siempre puedes controlar.
   Quien, por ejemplo, habiéndose divorciado después de 20 años de matrimonio experimenta una sensación de liberación, un volver a nacer, también experimentará un mayor miedo a la soledad e incertidumbre sobre el futuro. Todo ello conlleva cierto sufrimiento porque la persona se ha hecho más sensible a la vida. Pero ya no se puede volver atrás.
   De manera que la vida duele, sí, pero sintámonos orgullosos del camino andado aunque cueste “ sangre, sudor y lágrimas” porque ningún despertar personal se hizo sin que te cegara la luz. Y cuando vuelves a abrir los ojos descubres que la vida ya no es en blanco y negro como creías, aunque ahora duela.

Seguiremos…Belén Casado Mendiluce


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Rendirse no es tirar la toalla
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Belén Casado Mendiluce | 14-10-2011 | 10:39| 0

 


  En esta sociedad valoramos el ser capaz de afrontar los problemas luchando por encontrar soluciones a los mismos. Pensamos, analizamos la situación, pedimos consejo y nos esforzamos por conseguir nuestro objetivo.
   Sin negar la validez de esta actitud, constatamos que, en ocasiones, no nos sirve. Tenemos buenos propósitos- más cariñosos, con menos prontos- que se renuevan cada 1 de Enero y que se quedan en el camino…
   Y vivimos esforzándonos por mejorar: “tengo que cambiar porque no está bien el carácter que tengo”. Pero el esfuerzo con los sentimientos no suele funcionar, sino que consigue el efecto contrario, que se agudiza el malestar.
   Empiezo a darme cuenta que me vivo tenso conmigo mismo, en guardia, a ver cuándo me va a volver a salir lo que con tanto esfuerzo quiero eliminar de mí. Y cuando vuelve a aparecer me frustro y me decepciono: ¡otra vez, no¡
   Pues vamos a ir a favor de la corriente, como el río que fluye, no empujando en contra: ¡a quién se le ocurriría empujar el río!. El río fluye sólo.
   Y para ello es importante la actitud interior de soltar, de rendirse, de constatar con humildad que no puedo hacer más de lo que hago.
   Y no tiro la toalla porque sigo dándome cuenta que me hace daño ese mal carácter y no voy a decir: “soy así” o “es lo que hay”. Observo mi forma de hablar airada o mis prisas haciendo todo: me paro un poco más conmigo.
   Rendirse, soltar o aflojarse es la actitud de quien tomando conciencia de sí mismo, se deja tranquilo, sin culpabilizaciones constantes, con la confianza de que, poco a poco, voy haciendo camino y mejorando.
   Los objetivos son válidos en el mundo laboral o para resolver problemas concretos, pero no sirven con los sentimientos.
   Rendirse es quien suelta amarras, deja de aferrarse o de correr tras algo, para pararse a descansar en el camino. Sin lucha interior, sin machaques hacia uno mismo, dejándonos en paz. Pero con la consciencia despierta.

Continuaremos…Belén Casado Mendiluce


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La chica del “tic”
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Belén Casado Mendiluce | 13-10-2011 | 10:08| 0

  


   Era una estudiante universitaria que acudía regularmente a clase. Se situaba en primera fila para no perderse detalle del profesor. Hacía sus deberes puntualmente y se relacionaba con la gente como su constante timidez se lo permitía. 
   En una de las asignaturas había que reunirse en grupos reducidos que contrastaban con la masificación diaria del aula magna. Y ahí empezó a manifestársele el problema a Irene (nombre ficticio).
   Los alumnos se sentaban en círculo en sencillas sillas donde todos se veían y a Irene su pierna derecha se le disparaba hacia delante en un incómodo “tic” nervioso. “¿Cómo puedo hacer para que no lo vean?”-pensaba ella.
   Cuando llegaba el temido día de la reunión, Irene se tensaba y no podía relajarse en clase porque estaba alerta y pendiente de en qué momento iba aparecérsele el “tic”. Oscilaba entre mirar a su pierna con fijación y hacer como si no existiera, a ver si pasando de ella la cosa desaparecía. Pero ninguna de esas actitudes conseguía impedir que la pierna se le disparase y que resultase obvio su nerviosismo.
   Entonces, Irene pensó que sería mejor que cuando se sentara en el grupo se sujetara la pierna juntando sus manos alrededor de la rodilla. Así, creía ella, que la presión ejercida con las manos conseguiría frenar el “tic”. Pero ni por esas; éste seguía mostrándose contra todo viento y marea por mucha presión que ejerciera. Pareciera que el “tic” tuviera vida propia y se rebelara contra toda imposición.
   Cansada de luchar contra él, se dio cuenta de que todo lo que había probado hasta ahora no le había dado resultado y que sólo le quedaba una cosa por hacer: rendirse. No significaba que ahora le daba igual que le vieran con el “tic”; no, seguía sintiéndose incómoda cuando aparecía, pero dejó de agarrarse la rodilla entre sus manos.
   Por contra, se sentó como siempre, en círculo y se dejó internamente estar con lo que le saliera, imaginando la situación más que probable de que su pierna se disparase.
   Y ahí estaba otra vez el “tic”, sólo que Irene estaba preparada: ya no le pilló asustada y tensa sino algo más relajada. “Sé que me han visto y no me hace gracia, pero no me voy a machacar por ello”,” sé que debería estar más tranquila pero me dejo estar en paz si no es así”.
   Curiosamente, esta actitud propició el cambio. Irene se permite delante de los demás que se le vea la pierna y ésta va dejando, poco a poco, de hacerse notar. Ya casi no recuerda cuándo dejó de aparecer ese “tic” que tanta energía le consumía.
Esta historia real-aunque modificados ciertos datos- ilustra cómo no precisamente el luchar por cambiar algo de nosotros mismos nos va a ayudar, sino el dejarnos de aferrar incluso a cambiar. Eso sí, con consciencia.
Seguiremos…Belén Casado Mendiluce


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No cambies (2ª parte)
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Belén Casado Mendiluce | 10-10-2011 | 10:39| 0

 


  Siempre me ha gustado este cuento por lo que tiene de paradójico. Justo cuando te sientes incondicionalmente querido es cuando uno cambia.
   Pero claro, en la vida real las cosas no son, desgraciadamente tan sencillas; porque, sí, esta historia es de una sencillez aplastante, aunque quizás, por ello mismo, resulte más difícil de llevar a la práctica.
   El protagonista de esta historia tiene sus problemas, como todo hijo de vecino, sus neuras y angustias; y los demás se las hacen ver.
   Y él se da cuenta de la necesidad de cambiar. No vive como si la historia no fuera con él, reconoce que tiene dificultades.
   Este es el primer paso para el cambio: darse cuenta de lo que te pasa. No vale vivir de espaldas a tu problema o como si no existiera. Hace falta reconocerlo, sentirlo y expresarlo: “Tengo un problema con mi mal genio que me hace pasarlo mal a mí y a los demás”. ¿Cuántos de nosotros damos este primer paso?
   Y no vale decirlo “de boquilla”, que ya sabemos que eso no va a ninguna parte. Puedes quedar bien con los demás pero todo sigue igual.
   Damián -lo llamaremos así- después de darse cuenta, hace esfuerzos porque está convencido de la necesidad de cambiar: “lucho conmigo mismo cada día para no tener mal humor”. Pero a pesar de todos sus intentos, su problema sigue y Damián se siente impotente y agotado.
   Segundo paso: deja de luchar contra ti mismo. Todo aquello que persigas con tensión, por muy bueno que sea- como tener mejor carácter- se aleja de ti. La actitud de lucha interna sólo empeora las cosas.
   Y cuando los demás te presionan para cambiar también contribuye a que te vivas en guardia contigo mismo y tenso.
   Date permiso para equivocarte, tomando conciencia de lo que te pasa: “sé que he perdido los nervios y no me gusta, pero confío que la próxima vez estaré más tranquilo”. Deja de culpabilizarte hasta el infinito.
   Contempla la posibilidad de que tu mal genio no cambie en seguida sino que persista por un tiempo. Date paciencia y comprensión a ti mismo sin perder la conciencia de que es malo para ti ese mal humor.
   En el cuento, son los demás, con su amor incondicional los que consiguen que Damián cambie, porque le quieren tal y como es. Es mejor que seamos nosotros quienes nos apoyemos y comprendamos aunque las cosas no cambien inmediatamente.
   La sencillez radica en que sólo desde una actitud de no-lucha y de consciencia es como podemos realizar el cambio en nosotros mismos.

Continuaremos…Belén Casado Mendiluce


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No cambies (Iª parte)
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Belén Casado Mendiluce | 07-10-2011 | 11:12| 0

   Hoy os propongo la lectura de un cuento de Anthony de Mello tomado del libro: “El canto del pájaro”.

   Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que yo era.
   Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara.

   Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara.
   Y también con él estaba de acuerdo, y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.

   Pero un día me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte”
   Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: “No cambies. No cambies. No cambies…Te quiero…”
   Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y ¡OH maravilla!, cambié.


   Creo que este cuento tiene la suficiente miga como para dejarlo reposar, como buen alimento que necesita ser digerido. Y cuando uno hace la digestión se hace en las tripas, no desde la cabeza.
   Por ello es mejor sentir, desde el cuerpo, qué me dice el cuento que pensar cómo debería ser.
   Si os parece, lo comentamos a la vuelta.

Belén Casado Mendiluce


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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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