Diario Vasco
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El trabajo no es la vida
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Belén Casado Mendiluce | 01-09-2017 | 09:08| 0

 

Cuando volvemos a nuestros trabajos diarios es hora de darse cuenta de que el trabajo no puede ser el centro de nuestra vida en torno al cual gire todo.

Sí, ya sé que necesitamos trabajar para vivir y que, sobre todo en estos tiempos de crisis, la búsqueda de trabajo se convierte en una obsesión que nos condiciona de manera importante.

Pero he observado la alegría de quien encuentra trabajo y la posterior amargura de esa misma persona que acaba harta de él. ¿Qué nos está pasando?

Es normal que nos afecten las múltiples vicisitudes del entorno laboral, pero ¿te preocupas porque no te desborden los problemas del trabajo? Vuelvo a decir: una cosa es que lo que ocurra nos importe y nos afecte, y otra bien distinta es que nos saque de quicio.

Y ahí es donde está en tu mano el convertir el trabajo en un medio o en un fin, porque lo conviertes en un fin cuando no puedes dejar de perder los nervios porque tu jefe no te trata como debiera o tu compañero pasa de ti olímpicamente.

Si puedes cambiar la situación que te produce estrés, hazlo, buscando otro trabajo. Pero si no puedes cambiar lo que te estresa -como suele ocurrir, generalmente- porque no está en tu mano cambiar a los demás, entonces es hora de que lleves la mirada a ti y te centres en ti mismo para no acabar dejando a merced de los demás tu estado de ánimo. ¿En qué consiste eso?

Pregúntate cómo te gustaría reaccionar ante una situación que te enerva. Entiendo que no puedas perder los nervios con tu jefe, pero sí puedes decirle lo que piensas si la situación te parece injusta. Es importante y beneficioso para uno mismo oírse decir lo que sientes, defenderse si siento que no me consideran adecuadamente. Porque te vas a sentir mejor contigo mismo si te expresas en vez de aguantar y comerte las tripas.

No permitas que tus estados de ánimo los determinen los demás. Te recuerdo, una cosa es que los problemas, lógicamente, te importen y te afecten, y otra muy distinta es que acabes desbordado, y la diferencia entre una cosa y otra depende de ti.

Desahógate con quien te pueda comprender y apoyar pero no utilices a los demás como un saco de basura en el que descargar tus frustraciones. Preocúpate más por estar bien contigo mismo y menos por pretender cambiar a los demás.

 

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Vete de vacaciones para SENTIRTE
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Belén Casado Mendiluce | 24-07-2017 | 08:25| 0

 

 

Y tómate un tiempo para ti. Un tiempo para tener en cuenta lo que sientes, lo que se mueve en tus tripas, los sentimientos sentidos en el cuerpo. Tus vacaciones no son un mero parón de actividad sino una oportunidad para encontrarte contigo mismo y para conectar con lo que de verdad necesitas.

Hay una conexión entre tu ritmo habitual de trabajo y tu tiempo de vacaciones. Si te sorprendes sintiendo una inquietud interior mientras estás de vacaciones, una necesidad de estar constantemente haciendo planes, entonces es que tu ritmo habitual de trabajo es demasiado estresante para que puedas pararlo en unos días.

Si te observas en tus vacaciones quedando siempre con gente y con poco tiempo para tus personas más cercanas, entonces en tu día a día esas personas se han convertido para ti en algo demasiado familiar y cotidiano que ya no te dice nada. Así como vives así querrás seguir de vacaciones.

Puede que sientas en tu interior una necesidad  de parar físicamente, de hacer menos cosas, de descansar. Una necesidad que ya se empezaba a gestar dentro de ti antes de ir de vacaciones, la de tomar más en cuenta tus sentimientos, estar más contigo en silencio para poderlos escuchar sin tener tantas distracciones exteriores que te hagan evadirte de ti mismo.

Uno sólo mueve ficha cuando siente la necesidad, cuando algo te hace reaccionar y te das cuenta de que tus razonamientos ya no sirven para contrarrestar lo que vives como una necesidad  sentida imperiosa. Porque tu cabeza o tus deberías tienen poco que hacer cuando se trata de escuchar a tu interior, que rara vez se equivoca.

Tómate tus vacaciones para parar y SENTIRTE. Las vacaciones no son sólo un tiempo de relajo y disfrute sino una oportunidad para hacer caso a tus sentimientos que te están llamando a la puerta desde hace tiempo. A la larga siempre saldrás ganando, siempre será para bien, aunque tus circunstancias puedan dar un giro inesperado y pongan tu vida boca abajo.

Intento no llegar con la lengua fuera a las vacaciones, como si deseara ansiosamente ese tiempo, como si fuera contando los días que me faltan para que llegue. Por eso, prefiero incluir en mi día a día un pequeño tiempo de parón en el que pueda estar conmigo misma dejándome sentir. No quiero vivir sin parar y prefiero parar para vivir con sentido.

 

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¿Por qué dices: “Si Dios quiere”?
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Belén Casado Mendiluce | 30-06-2017 | 08:48| 2

 

Soy una creyente crítica, así que me cuestiono determinadas frases muy al uso que me chirrían en mi interior y me hacen sentirme alejada de una imagen de Dios en la que no creo.

Las personas que utilizan esa frase lo hacen para enfatizar su buena suerte (“Ha encontrado trabajo, gracias a Dios”) o para conjurarla (Si Dios quiere, nos iremos este año todos de vacaciones”), pero ambas maneras son, a mi modo de ver, visiones  de un Dios arbitrario y caprichoso.

Porque, vamos a ver, ¿qué tiene que ver Dios con que hayas encontrado trabajo? ¿Es que acaso Dios favorece a algunas personas y otras están “dejadas de la mano de Dios”? Si has encontrado trabajo ha sido gracias a tu esfuerzo y, acaso, a tu suerte, pero no metas a Dios por medio.

Y si deseas algo bueno para ti, como unas merecidas vacaciones, ¿por qué vuelves a meter a Dios en tus planes, como si él te pudiera bendecir con la gracia del merecido descanso? Sencillamente, te vas de vacaciones porque puedes y concurren las circunstancias favorables para que así sea.

Dios no se preocupa por algunos y olvida a otros, Dios no beneficia a unos y pasa de otros. Ese es un Dios injusto que nos hace creer que nosotros somos seres dignos de recibir sus dones…y otros no. Así que ese es un Dios hecho a nuestra imagen y semejanza y no refleja su verdadera identidad.

¿Acaso crees que Dios permite y te envía las cosas malas que te ocurren? ¿E incluso piensas que, con todas las desgracias que ocurren en el mundo, no puede existir un Dios, porque si existiera no las permitiría? En realidad, si existe el mal, es fruto de la inconsciencia humana, y Dios no tiene nada que ver con ello, piénsalo.

Procuro no meter a Dios por medio de mis acciones, lo que no significa que no sienta su presencia de una forma u otra en mi vida. Pero eso ya depende, no de lo merecedora que sea de su influencia, vamos, de lo buena persona que sea, sino de lo abierta y consciente que esté a mi propia interioridad y a la Presencia que surja en ella.

Porque la vivencia de Dios pasa por uno mismo. No se puede creer en Dios si la propia persona no se trabaja sus apegos, miedos o pensamientos negativos. No se puede creer en un Dios que está fuera de nosotros mismos cuando, en realidad, es en nuestro propio interior donde tenemos que mirar para encontrarlo.

Yo no digo: “Si Dios quiere” porque sé que Dios quiere lo mejor para mí y para todos, y lo bueno que reciba en la vida, doy las gracias por ello, no porque me lo merezca, sino porque soy consciente de que no puedo controlar todo en esta vida.

 

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Si quieres, no siempre puedes
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Belén Casado Mendiluce | 16-06-2017 | 09:25| 4

 

En esta sociedad se enfatiza la fuerza de voluntad como motor para conseguir las cosas, el tesón para perseguir un objetivo, pero la vida no siempre es una carrera en la que hay que llegar a la meta.

Evidentemente, si quieres aprobar unas oposiciones, necesitarás planificarte para sacar el máximo partido a tu esfuerzo, perseverar de cara a conseguir el objetivo deseado, pero en la vida, muchas veces, uno no puede empeñarse en que las cosas salgan como nos gustarían.

Y esto es aplicable a uno mismo, no me refiero a cómo son los demás. Tú puedes querer mostrarte con más tranquilidad ante determinados problemas en tu vida, pero te das cuenta de que, una y otra vez, vuelves a caer en la misma piedra, y pierdes los nervios, esos nervios que se te disparan como si tuvieras un resorte automático.

Así que, como digo yo, vamos a ir “a favor de la corriente”. En vez de luchar contra ti mismo para ser como te gustaría ser, permítete, date permiso para mostrarte, en cada momento, como puedas. Si no puedes evitar hacer algo que sabes que no es lo mejor para ti, hazlo por lo menos conscientemente, relájate y permítete hacer lo que puedas…dándote cuenta.

Esta actitud te libera de estar en una permanente lucha interior contra ti mismo que te consume energía. Te libera de sentirte culpable después por no hacer lo que se supone que deberías haber hecho. Y, sobre todo, te das permiso para ser imperfecto… pero consciente.

No siempre lo ideal es lo que uno necesita en un momento dado. En ocasiones,  no puedes evitar llamar a varias personas para contarles tus problemas aunque, con la cabeza, sabes que te sentaría mejor estar en silencio contigo mismo. Pero sientes que necesitas oír esas voces amigas quizás, para darte cuenta después de que sólo en ti está la respuesta a lo que te pasa.

Uno no puede vivir consigo mismo como si siempre tuviera que estar dando la talla, como si tuviera que correr una carrera de obstáculos y llegar a la meta lo antes posible, como si te tuvieras que estar demostrando constantemente que estás a la altura de lo que esperas de ti mismo.

El esfuerzo y la fuerza de voluntad no siempre valen a nivel interior. En ocasiones, resulta mejor darse permiso para actuar como mejor pueda uno, porque lo que hagas sin luchar contra ti mismo, pero conscientemente, no queda en saco roto.

 

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La virtud no produce tontos
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Belén Casado Mendiluce | 02-06-2017 | 09:48| 2

 

Ser alguien que se considera una buena persona no está reñido con ser inteligente emocionalmente y sí está reñido con ser complaciente con todo el mundo y con poca capacidad de tenerse en cuenta a sí mismo.

Muchas veces he oído decir a alguien: “ éste, de bueno que es parece tonto”, y me quedaba la sensación de que no merecía la pena tanta bondad si la persona en cuestión se sentía menospreciada o no tenida en cuenta.

Ser tonto no tiene que ver sólo con parecer alguien con pocas habilidades sociales, sino con ser una persona que se conoce poco a sí mismo y no se da cuenta de lo que le hace daño porque está más pendiente de cumplir las expectativas de los demás que las suyas propias. Vamos, que todos hacemos el tonto alguna vez.

Pero querer avanzar y desarrollarse como persona, querer aprender de las experiencias de la vida, no es un camino para convertirse en un bobalicón a quien todo el mundo mangonea, sino para sentirse con autoestima para posicionarse ante los demás si hace falta, manifestando la propia opinión.

En ocasiones, se nos ha enseñado a “perdonar setenta veces siete”, a creer que “el amor todo lo puede” y a pensar que si somos buenas personas, el otro sabrá valorarlo y nos tratará como merecemos. Pero la realidad nos demuestra, una y otra vez, que tener la actitud en la vida de dar prioridad a los demás sólo conduce a sentirse con una baja autoestima y poco valorados por el otro.

 A mí me gusta, cuando me despido de alguien, decirle: cuídate, porque creo que todos debemos hacer un trabajo para darnos lo que necesitamos: tiempo para pararnos y vivir con calidad, cariño para preguntarnos con sinceridad si me siento tenida en cuenta, comunicación para poder expresar lo que sentimos.

Preocuparnos por nosotros mismos, cultivar la virtud, no es otra cosa más que preocuparse por estar bien con uno mismo, desarrollando nuestra capacidad de darnos cuenta de las cosas, tarea de toda una vida, evidentemente. Porque, no nos olvidemos, que si nos preocupamos por vivir de una manera lo más consciente posible, trataremos a los demás de la manera más respetuosa y cariñosa posible aunque, en ocasiones, tengamos que mantenerles a distancia.

¿Parece contradictorio? No, porque se puede poner distancia hacia el otro si necesito respetarme y tenerme en cuenta para no acabar desconectado de mí mismo, alienado de mi interior. De manera, que podemos mostrar respeto al otro si le tratamos sin agresividad pero con la distancia que necesitamos.

La virtud no produce tontos, sino personas que son capaces de vivir con humildad y consciencia.  Y no creas que eres peor persona por hacerte caso.

 

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La impostura del disfraz
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Belén Casado Mendiluce | 19-05-2017 | 09:25| 4

 

Cuando consciente o inconscientemente pretendemos conseguir algo (fama, reconocimiento o éxito) nos fabricamos un disfraz a medida para alcanzar nuestros propósitos. Otra manera más de alejarnos de nosotros mismos.

Ese disfraz está hecho de todo aquello que queremos que vean los demás: lo competente que somos, nuestra simpatía, o, por el contrario, incluso podemos fabricarnos un disfraz de antipáticos para figurar más y que más gente hable de nosotros, como, por ejemplo, en la televisión, en la que podemos destacar más.

Hay personajes televisivos–y todo personaje es una impostura- que se muestran siempre delante de las cámaras con una gafas de sol, con una antipatía que busca provocar y suscitar el comentario ajeno; otra manera de que siempre hablen de nosotros, aunque sea para mal.

Amo la sencillez. Y me da repelús la persona que se fabrica un personaje, aunque supongo que la televisión es un medio muy propicio para vender imágenes que poco tengan que ver con nosotros mismos.

Si vuelvo a la vida diaria en la que nos desenvolvemos la mayoría de nosotros, cabe preguntarse en qué áreas queremos dar una imagen diferente de lo que somos. Es cierto que en el trabajo, por ejemplo, nos vemos obligados a dar una imagen de eficacia y resolución, pero si somos conscientes de ello, podemos, fuera del trabajo, relajarnos y dejar nuestras máscaras en el cajón de la oficina.

¿Quieres dar la imagen de que eres alguien con muchas amistades y una persona con la que todo el mundo cuenta? ¿Quieres que te vean como alguien que sabe resolver sus problemas y que no necesita de la ayuda de los demás? ¿Quieres que te vean que valoras la familia y que tu familia te valora contando contigo? Buenas preguntas para hacernos todos…

En el fondo, conocerse a uno mismo es irse limpiando de todos aquellos añadidos, todas esas imágenes de mí mismo que, como capas de cebolla, han ido configurando mi personalidad…sin ser yo mismo. Porque, al final, cuando uno se reconoce humildemente como es, puede darse cuenta de que no necesita ponerse ningún disfraz  que le impide mostrarse como es.

Me encanta la gente que no va pretendiendo dar imagen de nada, que si dice una tontería se ríe de sí mismo, que si le preguntan sobre algo y no sabe qué decir no se inventa sobre la marcha un discurso que nadie entiende, ni siquiera él. Me encanta la gente que no tiene una simpatía artificial, esa que pretende caer bien a todo el mundo, aunque tengas una sonrisa congelada. Me encantan las personas que son tan sencillas que…son como tú y yo.

 

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El maestro interior
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Belén Casado Mendiluce | 05-05-2017 | 08:46| 4

 

¡Ay, si pudiéramos confiar más en nosotros mismos! Si no nos entraran tantas dudas, ni le diéramos tantas vueltas a la cabeza analizando las situaciones una y otra vez…

El otro día me preguntaba una persona: “¿Qué tal estás?” Y como tengo cierta relación con ella, no quería darle una respuesta para salir del paso tan típica como: “Bien, ¿y tú?”. Así que le dije: “Bueno, con mis más y mis menos”. Después  de unos minutos de contarle mis alegrías, me preguntó cuáles eran mis penas y yo le dije: ”Pues de las penas prefiero no hablar porque si necesito aclararme y encontrar alguna solución, ya tengo los cauces adecuados y, por lo demás, no quiero estar repitiéndome contando la misma historia una y otra vez”

Esa es la conclusión a la que he llegado escuchando la voz interior que todos llevamos dentro. Que si necesito respuestas, desahogos o apoyos, busco a una persona que me sigue en el día a día y conoce mi trayectoria. Pero ya no quiero escucharme una y otra vez contando las mismas historias a diferentes personas. Eso no me aporta nada y sólo sirve para que acabe cargada de negatividad.

Yo creo que todos tenemos un maestro interior. Pero, no nos engañemos, ese maestro sólo hace oír su voz si nos paramos a escucharnos, a dejarnos sentir, a vivir con otro ritmo más pausado y lento. Yo, a veces, me sorprendo de lo lento que hablo, incluso en mi trabajo, pero es que necesito escuchar mis palabras mientras las digo y corroborar, así, que encajan con lo que estoy vivenciando.

Intento buscar respuestas en mi interior, esas respuestas que me encajan, me hacen tenerme en cuenta y sentir que es así como quiero actuar. La verdad es que, a veces,  no siempre esas respuestas mías me dejan con buen cuerpo porque tengo que poner límites o distancia de por medio, y eso no es agradable. Pero, conforme pasa el tiempo, siento que aquello que hice fue lo mejor para mí, lo que me ayudó a no entrar en un bucle de un eterno problema.

Hoy escribo a “vuela pluma”, como me van surgiendo las palabras de mi interior, sin pasar por los filtros de mi cabeza que me dice lo que puede ser más adecuado o no de escribir. Y corroboro que cuando hago caso a lo que siento, de una forma reposada, eso no se suele equivocar; más se equivoca mi cabeza de tanto pensar…

El maestro interior que llevamos dentro está hecho de reposos, intuiciones y vivencias y no pretendas llegar a conclusiones desde la cabeza que analiza una y otra vez los pros y los contras de una situación. Estamos a otro nivel, el  nivel de las respuestas que surgen desde el silencio, ese espacio fecundo y enriquecedor en el que constatas que eres tú mismo.

 

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Atravesar el desierto
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Belén Casado Mendiluce | 21-04-2017 | 09:58| 2

 

Hay momentos en la vida en que no queda otra que vivir con cierto grado de sufrimiento porque no se puede evitar lo que nos duele ni se puede cambiar lo que nos hace sufrir.

Así que, en vez de rebelarnos contra esa situación o mirar hacia otra parte, es mejor vivenciar lo que toca porque, de esa manera, seremos más conscientes de todo lo que estamos viviendo y podremos aprender algo de todo ello.

No siempre puede uno sentirse bien, tranquilo y con buen ánimo. En ocasiones, uno sigue con sus tareas diarias como trabajar o hacer la compra aunque por dentro las tripas te crujan y un nudo de ansiedad te recorra el cuerpo.

¡Qué difícil nos resulta convivir con el malestar interior! Queremos quitárnoslo de encima cuanto antes porque no queremos sufrir o intentamos desviar la atención a otra parte distrayéndonos con múltiples actividades que nos entretengan.

Pero, cuando no se puede, no se puede. Hay momentos en que si mi pareja me pregunta: “¿cómo estás?”, yo sólo le respondo: “como puedo”, y no queda otra. Y todos los consejos que uno pueda leer entonces para librarse del sufrimiento caen en saco roto porque, en realidad,  no queda más remedio que vivir lo que hay.

Nunca haré un elogio del sufrimiento, porque creo que no hemos venido a este mundo a sufrir sino a ser felices, pero por el camino de esa felicidad se encuentran múltiples experiencias que nos harán sufrir porque uno también tiene que sentir lo que le duele para poder hacerle frente. No conozco a nadie  que pueda afrontar realmente los problemas sin sentirlos en su interior.

Atravesar el desierto es vivir en sequedad y en aridez, como si la vida hubiera perdido, en ese momento, su frescura y su brillo. Y uno se siente gris caminando por la vida, como si llevara un peso o una mochila a cuestas. Pero vivir por un tiempo así no es sinónimo de vida perdida ni malgastada, sino de vida vivida en su plenitud, la plenitud de quien hace frente a lo que siente sin ningún tipo de cortapisas.

Pero todo pasa, nada dura eternamente, así que mientras te dure tu malestar, verbaliza lo que sientes, no te lo guardes en tu interior. Procura hacer actividades que te relajen y te hagan llevar la atención no siempre permanentemente a tu dolor. Y si no puedes concentrarte en nada, muévete, haz ejercicio físico aunque sea un paseo  o limpiar la casa, así podrás aflojar algo más la tensión de tu interior. Pero no pretendas no sentir lo que sientes, por favor.

 

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En la vida no hay Maestros
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Belén Casado Mendiluce | 31-03-2017 | 10:47| 4

 

Nos resulta más fácil apegarnos a alguien que nos inspira confianza y seguridad, seguir sus consejos y directrices pero, realmente, nadie puede recorrer por nosotros el camino de la vida y nadie puede darnos respuestas al día a día si no somos nosotros mismos.

He leído unos cuantos libros de psicología y autoayuda y estoy llegando a la conclusión de que leer puede convertirse también en otra especie de consumismo. No por el hecho de gastar dinero en comprar libros, que eso no me suele pesar, sino en el hecho de seguir acumulando conocimientos y pretender con cada libro nuevo encontrar respuestas a las inquietudes interiores. Porque seguimos buscando sin que nada cambie, ¿verdad?

Es verdad que ha habido libros y personas que me han inspirado y me han ayudado a sentirme mejor conmigo misma, pero sus enseñanzas las hice mías vivenciándolas, sintiéndolas e incorporándolas a mi vida diaria. De manera que no quiero seguir leyendo libros continuamente si mi vida va a seguir igual.

Así que, humildemente, con todo lo que sé, por lo menos intelectualmente, constato, una vez más, que el cambio no se produce desde la cabeza, a base de acumular y coleccionar conocimientos; eso es un consumismo más, mejor visto, eso sí, pero consumismo, al fin y al cabo.

Mi vida la tengo que vivir nadie más que yo. He elegido, es verdad, a un compañero de camino, alguien con quien compartir la vida y crecer juntos pero, en última instancia, es mi propia vida la que está en mis manos y soy yo la que tengo que dar respuestas a mis propios miedos e inseguridades.

Estoy procurando no buscar respuestas fuera de mí a lo que me preocupa. La verdad es que ese camino es más arduo que el de seguir leyendo con avidez e interés. Tengo que tomarme tiempo para mí misma, parar y hacer un espacio en mi interior para escuchar lo que surge.

¿Todas las respuestas están dentro de mí? La mayoría sí y no tengo que tener miedo de confiar en mi propio criterio porque sé que aquello que es sentido en el cuerpo, no se suele equivocar. “El cuerpo nunca miente”, como dice Alice Miller.

Me enfrento a mí misma, de una manera descarnada y experimento que todos mis buenos objetivos chocan con la realidad, con lo que, simplemente, es como es y no como a mí me gustaría que fuera. Y entonces, me pregunto qué necesito en este momento, qué está a mi alcance, de manera sencilla, sin grandes análisis intelectuales y eso suele ser siempre, en este momento, lo mejor para mí.

 

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Con el bullying no sirve el paternalismo
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Belén Casado Mendiluce | 10-03-2017 | 08:21| 0

 

Hace poco me puse con interés a ver un programa en la televisión que ofrece ayuda a personas afectadas por el acoso escolar. Y sigo constatando que la manera como se afronta el bullying dista mucho de ser la más adecuada para el que lo sufre.

No se puede ser paternalista con el que sufre el acoso escolar. Defino paternalismo como esa actitud en la que pretendemos congeniar con alguien mostrándole nuestra experiencia personal en el tema y mostrándonos a nosotros mismos como ejemplo a seguir de superación.  Paternalismo es también decirle a alguien lo que tiene que hacer sin tener en cuenta lo que el otro necesita ni su forma de ser. Eso no sirve.

Hay que ayudar al que sufre de acoso escolar a sacar todos los recursos que tiene en su interior para hacer frente al maltrato, no proponer soluciones desde fuera que le hagan sentirse a la víctima como una mera persona pasiva. Cada persona tiene las capacidades en sí misma para afrontar los problemas como él necesita aunque hay que ayudarle a ser asertivo para decir lo que siente y resolutivo para buscar soluciones sin mendigar el afecto y la comprensión de los demás. Eso es todo lo contrario de ser paternalista.

No se trata de proteger al que sufre el acoso despojándole de su protagonismo para hacerle frente, como si fuera un pobrecito totalmente desvalido. Proponer reuniones conjuntas del acosado con los compañeros de clase para que comprendan el alcance de su actuación puede servir momentáneamente, pero puede que se sientan obligados a rectificar su conducta por mera presión externa de los adultos y luego las cosas vuelvan a ser como antes, acaso más recrudecidas.

El que sufre acoso tiene que hacer valer lo que siente, a veces rabia y dolor; tiene que expresarse verbalmente y reafirmarse ante el derecho a sentirse como se siente y exigir a los demás un respeto que, no necesariamente, implica una corriente de afecto y simpatía hacia él. El objetivo ante el acoso no es que nos quieran, sino que nos traten con respeto.

Tiene que haber, por supuesto, una implicación de los padres y profesores para que hagan comprender a los alumnos que no está permitido el acoso escolar. Pero hay que tener una especial sensibilidad con el acosado para no tratarle como una mera víctima que no tiene recursos ni capacidades para caer bien a sus compañeros. Lo repito, no se trata de mendigar afecto sino de exigir respeto.

El paternalismo sólo sirve para seguir haciendo depender al acosado de la intervención de los adultos para frenar el acoso. Ayudemos al que lo sufre para tener herramientas y recursos propios para afrontarlo.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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