Diario Vasco
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“Me bloqueo cuando estoy en grupo”
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Belén Casado Mendiluce | 22-02-2013 | 06:09| 8

 

-Paciente (P): Buenos días, Belén. Vengo donde ti porque necesito ayuda. Mi problema es que cuando estoy en grupos de gente con los que no tengo mucha confianza, como en una academia de estudios, me bloqueo y no sé qué decir. La gente se junta a charlar y tomar un café y yo me siento muy incómoda. Se me nota que estoy callada y rara y eso me hace estar todavía peor.

-Terapeuta (T): ¿Cómo te gustaría estar en los grupos?

-P: Pues desenvuelta que es como veo que están los demás. Hay gente que se va a dar una vuelta y luego vuelve al grupo e incluso están sin decir nada tan tranquilos. Yo me agobio por mi silencio, por la imagen que doy de mí misma, por lo que estarán pensando los demás de mí y acabo con mucha ansiedad.

-T: Cuando te sientes así ¿Qué te dices a ti misma?

-P: Pues de todo. Que no voy a madurar en la vida, que soy una infantil y una tonta porque encima no sé disimular mi malestar y soy más vulnerable a que me puedan atacar. Me siento tan estúpida que lo paso fatal.

-T: Date cuenta de que tienes un juez muy severo y exigente dentro de ti que te machaca haciéndote sentir peor de lo que estás. Y cuando te reúnes en familia ¿cómo estás?

-P: Ahí me puedo relajar más porque tengo una familia que me dejan tranquila y no se meten conmigo, así que si no hablo…no pasa nada.

-T: De manera que incluso con tu familia te cuesta hablar y expresar tus opiniones…sólo que estás más cómoda porque no te critican por ello. Aquí el problema es que ese silencio en el ambiente familiar te resulta cómodo pero no es beneficioso para ti ni te ayuda porque te acostumbras a no definirte ni dar tus puntos de vista delante de los demás.

-P: Ahora que lo pienso…tienes razón. Alguna vez he tenido algún malentendido con una prima mía que estaba en una comida familiar y también lo he pasado mal porque no sabía qué decir ni cómo enfrentarme a la situación. Entonces, ¿tú crees que mi problema con los grupos también lo tengo en casa?

-T: Exactamente. Prueba a decir más lo que piensas en ese ambiente en que te sientes algo más relajada, como en la familia. No es bueno para ti que te acostumbres a estar callada porque te quedas sin recursos para enfrentarte a situaciones en que otros puedan pensar distinto a ti. Tus opiniones son tan válidas como las de los demás pero tienes que oírtelas decir. Ponlo en práctica.

-P: Me ha ayudado muchísimo esta sesión a darme cuenta de dónde tengo el problema. Gracias, Belén. Te seguiré contando cómo voy. Hasta la próxima.

-T: Me alegro que te encuentres mejor. Hasta pronto.

 

*Este consultorio es una recreación ficticia de una sesión de terapia, que no responde a ningún paciente concreto.

 

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Todos hacemos el ridículo
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Belén Casado Mendiluce | 10-10-2012 | 05:41| 12

 

Todos decimos inconveniencias y nos comportamos de manera que los demás se sienten incómodos en nuestra presencia sin que nos demos cuenta. Hacemos el ridículo, no cuando nos da por hacer el payaso, sino cuando nos dejamos a nosotros mismos fuera de lugar.

Intento ser comprensiva cuando observo a una persona que, por ej., cuenta su vida con detalles que a los demás no interesan. Sé que no es consciente de ello y que yo, en otro momento, puedo estar en la misma situación.

Pero también se puede aprender de los errores ajenos, de manera que observo que escuchando sus intimidades me siento profanando un lugar que no me pertenece y que ella expone sin cautela. Aunque lo haga con naturalidad, como quien no quiere la cosa, se está teniendo poco en cuenta. Y, entonces, tomo nota de que, tal como veo en el otro, no todo lo que me sale espontáneamente es lo mejor para mí.

Hacemos el ridículo cuando nos dejamos a nosotros mismos en mal lugar, la mayoría de las veces inconscientemente porque nadie se tira piedras a su propio tejado a posta. Como cuando queremos hacernos los graciosos y no se rie nadie, cuando nos olvidamos de cómo es una persona y le damos confianza que no se merece, cuando queremos agradar a quien no quiere ser nuestro amigo o cuando uno se minusvalora para suscitar la compasión del otro.

Por eso, no actúes pretendiendo conseguir ningún efecto en la otra persona, sea la risa, la confianza, el cariño o la comprensión. En definitiva, deja de querer caer bien a todo el mundo incluso a los que te han hecho daño. Muéstrate como te salga y te apetezca más allá de querer sentirte aceptado por los demás. Seguro que, de esta manera, eres mucho más auténtico.

Entonces, si nos dejamos en mal lugar inconscientemente ¿cómo lo vamos a cambiar? Pues a posteriori, como cuando se te ha indigestado la comida y sólo lo sientes después de haberla comido. Después es cuando te das cuenta de que no te has quedado con buen cuerpo con lo que has hecho o dicho y toca…aprender de los errores.

Aprende que, gracias a tus errores puedes corregirlos, gracias a que has hecho el ridículo yendo de “pobrecito” que suscita el apoyo de los demás puedes aprender que te sientes mejor contigo mismo cuando cuentas menos tus penas para darte así más seguridad y confianza a ti mismo. Gracias a que te has dado cuenta de que al otro no le importa lo más mínimo lo que le has contado puedes sentirte satisfecho la próxima vez de cerrar la boca.

Todos hacemos el ridículo alguna vez, lo que nos sirve para conocernos y mejorar como personas. En ese camino estamos…toda la vida.

 

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*Preguntas para invitar al diálogo:

-¿En qué situaciones te has visto en ridículo?

-¿Qué sentimientos tuviste?

-¿Has cambiado en algo tu actitud?

 

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“No me siento bien conmigo mismo”
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Belén Casado Mendiluce | 22-02-2013 | 06:11| 10

 

-Paciente (P): Buenos días, Belén. He venido a tu consulta porque no me siento bien conmigo mismo y no sé qué me pasa. No tengo problemas para funcionar en mi día a día: soy responsable en mi trabajo, tengo amigos con los que quedar y me gusta reunirme con la familia, ya que vivo solo. Pero no me encuentro satisfecho ni tranquilo. Tengo el nerviosismo de tener que estar haciendo algo constantemente y después del trabajo no puedo descansar sin hacer algo, salir con alguien o meterme en alguna actividad. ¿Qué me pasa?

-Terapeuta (T): El que te des cuenta de que no estás bien ya es un primer paso para empezar a cambiar las cosas. Háblame de cómo es tu relación con tu familia.

-P: Tengo un hermano con el que siempre he estado muy unido porque hemos vivido muchas cosas juntos, con nuestras discusiones normales, y al que quiero mucho. Mis padres están separados y mi relación con ellos es muy diferente. A mi madre la quiero y me preocupo por ella aunque, a veces, no sé por qué me sale rabia con ella. Y con mi padre…pues, para que te hagas una idea de nuestra relación, él me ha dicho varias veces que no soy el hijo que hubiera querido y yo le respondo que él tampoco es el padre que hubiera querido yo…y punto.

-T: Háblame más de la relación con tu padre.

-P: No es un tema del que me guste hablar porque, total, él no va a cambiar y a mí de qué me sirve recordar todo lo que me ha hecho, prefiero pensar en otras cosas. Pero bueno, si crees que va a servir, te diré que mis padres estuvieron casados muchos años y él le maltrataba psicológicamente a ella. Yo le decía a mi madre, desde muy pequeño, que se tenía que separar porque le veía que sufría mucho, pero tardó bastante en tomar la decisión, yo creo que porque le tenía miedo a él.

-T: Quiero que me hables de TU relación con él.

-P: Pues una mierda, la verdad. Nunca le gustaba nada de lo que yo hacía, tanto si tomaba alguna decisión de estudios como de alguna novia que tuve. Alguna vez se enfrentaba conmigo físicamente y me empujaba y tiraba a la cama. Luego, quitaba importancia a lo que hacía y te trataba queriendo hacerse el cariñoso como si no hubiera pasado nada y como yo estaba distante con él, entonces decía que era yo el que tenía el problema. Para volverse loco. Cuando, por fin, mi madre decidió separarse pude vivir más tranquilo en casa.

-T: Creo que tienes guardados sentimientos muy dolorosos con respecto a tu padre que prefieres no recordar pero de los que todavía no te has podido liberar. Si te parece, vamos a hacer un trabajo, no para remover viejas heridas, sino para sanar las que tienes.

-P: ¿A ti te parece que es necesario? Ahora tengo mi vida resuelta y apenas tengo relación con mi padre. ¿Tú crees que eso tiene relación con mi malestar interior?

-T: Absolutamente. El no hablar de las cosas no significa que estas dejen de existir y tú tienes un conflicto emocional que te está afectando en tu vida diaria.

-P: De acuerdo, Belén. Confío en ti como psicóloga y estoy dispuesto a hacer ese trabajo que me dices. Hasta la próxima consulta.

-T: Vamos a ir por buen camino. Hasta pronto.

 

*Este consultorio es una recreación ficticia de una sesión de terapia, que no responde a ningún paciente concreto.

 

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Ayer no fue el día de Todos Los Santos
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Belén Casado Mendiluce | 05-10-2012 | 05:41| 10

 

Ayer se me presentó un plan insospechado. Mi amiga me dijo que iba a ir al cementerio y yo, entre sorprendida e intrigada, me apunté con ella. La verdad sea dicha, yo no suelo frecuentar el Campo Santo, porque aprendí de mi madre que “en esos lugares no hay nadie” y siempre sentí que lo que decía tenía una lógica aplastante.

No, no queda nada de los seres queridos que enterramos allí. La presencia de esas personas que conocimos en vida está en otra dimensión más allá del espacio y del tiempo, que no atisbamos a entender. Mi vivencia me dice que si quiero sentirme cerca de aquel familiar que falleció, no necesito irme al cementerio, sino al fondo de mi corazón. Allí permanece quien me dejó huella, quien me dio cariño y arropo, quien ahora desde no sé dónde, seguro que también se siente cerca de mí.

Pero volvamos al lugar de la visita. Es una enorme cura de humildad visitarlo. Te das cuenta de que todos los miedos, afanes y pretensiones de este mundo van a carecer de importancia frente a esta etapa de la vida que todos debemos pasar. Sí, lo sé, ya sé que he dicho etapa y no final. Ya sabéis que para mí la muerte no tiene la última palabra sino que existe otra Vida, con mayúsculas, que no termina.

Anduvimos andado en silencio por el cementerio, le lancé un beso a aquel que “fui a visitar”, y me dejé sentir paseando entre las calles. Es curioso contemplar panteones y otras arquitecturas funerarias que pretenden mostrar una ostentosidad vacua. ¿Para qué? No se medirán nuestras grandezas por el lugar donde estemos enterrados ni nos recordarán más por ello.

Me diréis que cada uno tiene derecho a honrar a sus muertos como prefiera. Cierto es, pero cae por su propio peso que ahí nada tiene la importancia que le dimos mientras vivimos. Lo único que permanecerá será lo que construimos en vida, y no precisamente material sino de amor.

Nuestra amiga y yo salimos en paz, curiosamente, porque pasear por allí nos puso los pies en la tierra y nos hizo volver a reafirmarnos que el sentido de la vida está…donde pongas tu corazón.

 

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Sé amable contigo mismo
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Belén Casado Mendiluce | 03-10-2012 | 06:01| 5

 

Trátate a ti mismo con la misma consideración y cuidado que pones en la relación con los demás. Si te esmeras en ser respetuoso incluso con personas que no conoces mucho, ¿cómo no vas a serlo con más motivo contigo, que te conoces de siempre?

Te mereces un trato afectuoso contigo mismo, permitirte momentos de descanso sin exigirte constantemente que tu tiempo sea productivo. Hacer algo que te relaja como leer o escuchar música es tan necesario como recoger la casa al volver del trabajo.

Si quieres no pensar mal de los demás para, así, librarte de la negatividad de pensamiento, ¿cómo no vas a cultivar esa actitud contigo mismo? Deja de pensar mal de ti, cuando no te salen bien las cosas o no consigues, a pesar de tus esfuerzos, alcanzar lo que deseas. Sé benevolente y comprensivo contigo.

Deja de decirte constantemente lo que deberías hacer o conseguir, de la misma manera que no estás todo el rato hablando así a las personas que quieres; cuando estas se encuentran mal, las dejas tranquilas y aprovechas para decirles todo lo que valoras de ellas, como una forma de aumentarles el ánimo. Haz lo mismo contigo en tus horas bajas, háblate con cariño y valórate.

Sé que hacer esto no siempre es fácil porque cuando estamos en la espiral de la negatividad o el desánimo no nos damos cuenta de ello hasta pasado un tiempo. No importa, cuando te des cuenta de que estás montada en la “noria mental” (esa que no va a ningún sitio y te deja en el mismo punto ansioso del comienzo), entonces cambia tu discurso interno y dite palabras amables.

Comprendo mi preocupación por el trabajo pero quiero valorar el esfuerzo que hago por salir adelante. Intento hacer las cosas lo mejor que puedo y eso me tiene que servir para estar tranquila conmigo misma y dejar de machacarme”

Deja de analizar todos tus comportamientos y de juzgarte desaprobando lo que haces; deja de hacer un Juicio diario contigo en el que tú mismo eres el juez y el fiscal a la vez… y el abogado se ha ido de vacaciones; así siempre sales perdiendo. Si no lo haces con los que te rodean y quieres ¿por qué lo haces contigo?

Ser amable con uno mismo es un principio básico para tener una buena autoestima. Y además, si tanto te preocupas por los demás antes que por ti misma ¿no crees que tratándote a ti con más cariño estás más capacitada para ayudar mejor a los que te rodean? Cuanto mejor te trates más amor darás a los demás.

 

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“Me siento agobiado en el trabajo”
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Belén Casado Mendiluce | 01-10-2012 | 15:10| 10

 

-Paciente (P): Buenos días, Belén. He venido a tu consulta porque quería comentarte que me siento agobiado en el trabajo. Meto mis ocho horas diarias y estoy pensando muchas veces: “Qué hago yo aquí metido”. Tengo 35 años, me formé como administrativo y llevo unos cuantos años trabajando en ello pero he tenido que ir al psiquiatra para que me dé medicación porque no puedo más de ansiedad. El médico me ha aconsejado que también acuda al psicólogo para hacer terapia y aquí estoy.

-Terapeuta (T): Parece que te sientes fuera de lugar en tu trabajo a pesar de haber estudiado para ello. Explícame, un poco más, qué es lo que te produce ansiedad.

-P: Antes he de decir que soy competente en mi trabajo, lo hago bien, pero he vivido situaciones de mucho estrés y competitividad laboral que me han ido minando. Yo pensaba que haciendo bien mi trabajo y facilitando las cosas a mis compañeros podría estar a gusto, pero incluso tuve un trabajo en el que tenía un jefe delante de mí que no me dirigía la palabra. Llego a casa agotado y me levanto por la mañana deprimido como si me faltara aire para respirar. Me planteo si no me he equivocado en mi orientación profesional.

-T: ¿A qué te refieres?

-P: Siempre me ha gustado viajar, las vacaciones eran mi desfogue después de trabajar, pero también he ido como voluntario en Proyectos de Cooperación y durante el año colaboro ayudando a personas discapacitadas. Me gusta ese trabajo social, me siento útil y encuentro un sentido a lo que hago. Por eso me he llegado a plantear cambiar de tipo de trabajo pero tal como están los tiempos tengo miedo a equivocarme.

-T: Parece que no te ha satisfecho tu experiencia laboral y te encuentras, por el contrario, más encajado con un perfil de trabajo de más contacto humano y de servicio a los demás. Estás en una edad en la que es más factible el cambio laboral y te animaría a que dieras el salto.

-P: ¿Tú también lo ves así? La verdad es que ahora voy arrastrándome a trabajar y no me compensa ni siquiera el sueldo a fin de mes. No quiero estar dependiendo del ansiolítico para ir al trabajo y me encuentro con ganas de trabajar en algo que, por lo menos, no me suponga tanto desgaste.

-T: Vamos a ir viendo sobre la marcha los pasos que vas dando para que vayas viendo con claridad tu camino. Comentaremos la próxima sesión qué trabajos existen relacionados, por ej., con la ayuda a los demás.

-P: Sí, Belén, ya tengo unas ideas en mente que te comentaré. Gracias por tu apoyo.

-T: Me alegro que estés más animado. Hasta la próxima consulta.

 

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A la luz de una vela
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Belén Casado Mendiluce | 28-09-2012 | 06:18| 7

 

Estoy de noche en la habitación de un hospital atendiendo a un familiar, bajo el foco tenue de la luz que no deslumbra al enfermo. Todo es silencio alrededor y como no me salen otros temas, escojo éste para mi post.

No me gustan los hospitales, como a la mayoría de personas. Siempre he tenido la sensación de que estar ingresado en uno de ellos era como estar en otra realidad donde eres objeto de interés médico pero poco de interés humano.

El tiempo cuando se está enfermo transcurre a otro ritmo donde parece que no ocurre nada pero donde uno se encuentra a solas con sus propios pensamientos. Y de esas reflexiones tumbada en una cama, siempre se vuelve a casa con la fuerte consciencia de que no se va a desear nada más en la vida que tener la salud suficiente para no tener que volver a un hospital. ¡Qué pronto nos olvidamos de ese deseo!

Va pasando el tiempo y volvemos a nuestras prisas y ajetreos, viviendo como si fuéramos seres inmortales a los que no nos debe preocupar nada más que ser productivos cada día. Hasta que debes parar forzosamente en la cama bajo prescripción facultativa. Y entonces se te caen unos cuantos esquemas abajo.

¿Qué importan los afanes que poníamos en destacar en nuestro trabajo si, a cambio, perdíamos la comunicación con quienes nos rodeaban? ¿Qué más daba si nos manteníamos en nuestro empleo si, por el contrario, nos dejábamos la piel por el camino? Y entonces, parando, cada cosa se coloca en su sitio…

Y cuando la persona traspasa el umbral del hospital de vuelta a su vida normal siente los deseos de vivir con más intensidad que antes, de disfrutar de los pequeños momentos cotidianos como una comida en familia o una conversación entre amigos. Siente que todo lo que no es realmente importante ha pasado a un segundo plano. Y el cuerpo todavía convaleciente te acompaña a lentificar el ritmo, a ir más despacio para sentir más…

Dicen que todo en esta vida es una oportunidad para aprender. Que aunque exista el azar, las experiencias vividas nos muestran un camino de aprendizaje. Y que, tristemente, necesitamos de “momentos de choque” que nos obliguen a hacer un alto y darnos cuenta de cómo vivimos.

Dedico este post a todos los que se encuentran enfermos, para que además de su pronta recuperación, encuentren en su vida diaria la paz que necesiten.

 

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¡Hoy cumplo un año!
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Belén Casado Mendiluce | 26-09-2012 | 06:56| 12

 

Hace exactamente un año que inicié mi andadura en este blog. Ha pasado el tiempo y lo que era en un comienzo un medio de comunicar mi experiencia profesional, se ha convertido también en un espacio en el que yo también aprendo.

Aprendo a ir ordenando mis pensamientos incluso mientras los escribo, porque no hay mejor escrito que aquel en el que uno va descubriendo nuevas ideas sobre la marcha que incluso resultan sorpresivas para uno mismo. Es como un camino que se va explorando mientras te adentras en él.

Escribir no es tarea fácil. Se puede pecar de técnico, de complicado y hasta de simple, con lo que he ido haciendo un camino para intentar ser clara y sencilla pero sin caer en simplismos que no aportan nada. Sigo en ello.

Aprendo de los comentarios que me hacéis. Me gusta conocer qué pensáis de lo que digo, tanto si estáis de acuerdo como si no, para crear una especie de foro en el que poder compartir cómo nos sentimos. Sé que no es tarea fácil comentar sobre psicología, sentimientos y vivencias, pero creo que hay una verdadera necesidad de expresar cómo nos sentimos.

El blog me ha servido a mí para intentar ser más cuidadosa con las palabras. A elegirlas porque sean las que más se aproximen a lo que quiero decir, aun a sabiendas que hay vivencias que resultan difíciles de describir y para las que las palabras son a penas un pálido reflejo. Me consuelo sabiendo que el que ha experimentado en carne propia lo que digo sabe de lo que hablo.

No quiero, pues, sentar cátedra ni que mi voz suene a un discurso dogmático. Pretendo transmitir aquello en lo que creo y que mi trabajo como psicóloga me ha hecho descubrir. Evidentemente, sigo aprendiendo de cómo ayudar a los demás y, por tanto, intento no cerrarme a nada de lo que vosotros con vuestros comentarios aportéis.

Gracias a todos los que me seguís con vuestra lectura porque sin vuestra presencia -aunque sea virtual- no tendría la misma motivación para escribir. Gracias a los que se animan a comentar, a los que participan fielmente y a los que me escriben a través del correo electrónico. Gracias por estar ahí.

Y si en este año con el blog he contribuido a haceros pensar, sentir, daros cuenta de algo o, simplemente, a pasar un buen rato animando vuestro espíritu, entonces me doy por satisfecha. Un abrazo a todos vosotros.

 

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¿Qué es ir de víctima?
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Belén Casado Mendiluce | 24-09-2012 | 06:31| 6

 

Cuando estamos recordando las ofensas recibidas sin ser conscientes de las que nosotros pudimos hacer, cuando seguimos haciendo las cosas de la misma mala manera y nos sorprendemos del rechazo de los demás, cuando nos ponemos en situaciones en las que sabemos que vamos a salir mal parados, vamos de víctimas.

Si estás recordando el mal trago que te hicieron pasar y repites tu historia una y otra vez volviendo a revivir las emociones de dolor y rechazo, es que has asumido en esta historia el papel de “pobrecita víctima”. Deja de hablar de lo que te hace daño y no te lleva a ninguna parte.

Si sigues teniendo el mismo tipo de relación con personas que se quejan de tu forma de ser sin darte cuenta de las repercusiones que tiene tu conducta sobre los demás entonces es que vas de “victima que no rompe un plato”, como si la historia no fuera contigo y tú fueras una pobre víctima de la incomprensión de los demás. Date cuenta de la responsabilidad que tienes sobre lo que haces con todas las consecuencias que ello conlleve en la relación con los demás. Si tomas decisiones en tu pareja sin contar con ella, como a dónde ir el fin de semana juntos, no te sorprendas del enfado que aquella te muestre ni te escudes en que lo has hecho con buena intención para así evitar cambiar lo que molesta. Vas de víctima cuando justificas tus acciones mientras siguen causando malestar.

Si quieres caer bien siendo demasiado amable o queriendo agradar a todas horas y percibes que, hagas lo que hagas, no acabas sintiéndote a gusto sino incómodo porque percibes rechazo, entonces te expones a ti mismo a sufrir, a ser una víctima tipo: “que he hecho yo para merecer esto”, porque los demás no tienen ganas de estar pendientes de ti o de sentirse en deuda contigo. No te metas en situaciones que sabes que incomodan a los demás, como sacar conversaciones que no apetecen, y en las que tú te acabas sintiendo mal.

Ahora bien, si te han hecho una ofensa, intenta ver qué puedes aprender de esa situación para no volverla a sufrir. Procura aprender de tus errores, si tienes que contar menos tus cosas personales, por ej. Pon distancia de la persona que te hirió, si te hace falta, si crees que esta no va a cambiar y puedes volver a pasar por la misma dolorosa situación.

Pero no asumas el papel de víctima porque eso sólo te hace creer que no puedes cambiar lo que te ocurre. Los demás pueden hacer daño por inconsciencia o ignorancia pero no tienes por qué acostumbrarte a sufrir.

 

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Ríete más a menudo
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Belén Casado Mendiluce | 21-09-2012 | 07:12| 4

 

¡Qué buena es la risa! No soy especialmente ducha en hacer reír ni en contar chistes pero procuro ponerme menos trabas a mí misma para reirme.

Que alguien de confianza me coge el teléfono y me pone una voz de “teleñeco” cuando yo hablo seria…pues me descoloca porque piensas que estás hablando con un crío pero me he dado cuenta que aprendo a no tomarme demasiado en serio a mí misma.

Lo que más me cuesta es reírme de mis defectos porque, para eso, primero los he tenido que reconocer y eso no siempre gusta. ¿Que se me pone el pan duro y por no tirarlo lo pongo en la mesa? Pues me viene mi hija y me dice: “Ama, ¿cuándo comeremos pan de hoy?”.

Ah, eso sí, no me gusta reírme de alguien sino con alguien, que hay una gran diferencia. Si el otro no está preparado para reírse de que no oye bien, por ejemplo, porque no lleva bien su sordera…pues me callo. Pero si está “blandito por dentro” y ha oído: “vete a hacer la calle” cuando dije:” te espero en la calle”, pues nos tronchamos de risa.

Antes pensaba que me gustaba sólo la risa inteligente pero resulta que me puedo reír de la ocurrencia de un niño o de algo sencillo que no basto, así que las películas americanas de risa no las entiendo, la verdad. Por cierto, recomiendo la película española: “Que se mueran los feos” en la que estuve sonriendo casi todo el rato.

La sencillez es siempre un gran valor porque el que pretende hacer reír es difícil que lo consiga y el que no lo pretende sino que le sale de manera natural es mucho más efectivo. Yo, a veces, me he sorprendido de cómo se reían conmigo sin yo pretenderlo de algo que había dicho, y si lo pretendía no hacía ni pizca de gracia…

Me siento bien cuando me río, los problemas parecen menos y la vida menos seria de lo que parece. Agradezco estar al lado de personas que me hagan reír porque es agradable y necesario encontrar momentos de disfrute durante el día. Eso sí, cuando tengo que contar algo importante hay que estar a ello.

Y si no tienes mucho sentido del humor, prueba a ir con una sonrisa suave por la calle. Te predispone a estar de buen ánimo y a reírte con más facilidad. Si te miras al espejo antes de salir a la calle y ensayas esa sonrisa te sorprenderás de en lo agradable que se transforma tu cara.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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