Diario Vasco
img
Las hazañas de “Kiki”, “Benitin” y Brujalada (1927).
img
Ion Urrestarazu | 06-10-2017 | 20:22

Fotos policiales de Kiki, Benitín y Brujalada

Fotos policiales de Kiki, Benitín y Brujalada

Las hazañas de “Kiki”, “Benitin” y Brujalada  (1927).

UNA CARRERA METEÓRICA

Durante la noche del 21 al 22 de agosto de 1927, la fonda de la Estación del Norte de Irún fue robada. Unos ladrones entraron por una ventana, llevándose 1.000 pesetas en billetes y monedas de plata. Durante el resto del mes, los ladrones decidieron visitar Hendaya, cometiendo en la villa fronteriza dos robos. Uno fue realizado en el comercio llamado “Palacio de Cristal”, donde, con toda tranquilidad, se llevaron objetos por un valor estimado en 8.000 francos. Dos días más tarde, mediante el método de la palanca, harían lo propio en “Villa Merkiena”, en cuya planta baja, ocupada por dos comercios de importancia, robarían objetos de valor—entre ellos relojes y cadenas— por un valor que rondaba los 10.000 francos.

En la noche del 15 al 16 de septiembre, darían su mayor golpe. Nuevamente en Hendaya, asaltaron el comercio “L’Elegance”, sito en la plaza del mercado de Hendaya. Tras saltar la cerradura de la puerta con la palanca, con pasmosa tranquilidad, arramblaron, como suele decirse, con todo lo que no estaba sujeto al suelo. Se hicieron con un botín muy completito: Unos 2.000 francos en metálico y gran cantidad de objetos, entre los que destacaban alhajas diversas de oro de ley, estilográficas, gemelos de teatro, relojes y, además, varias prendas entre las que había camisas de seda, chalecos de punto, tres trincheras, un abrigo, pañuelos, etc. Según confesión del dueño del local, el valor de los objetos sustraídos rondarían entre los 36.000 y 50.000 francos.

Los ladrones cargaron el copioso botín en tres maletas que hallaron en “L’Elegance” y, con la misma tranquilidad con que robaron, pasaron la frontera subidos a un tren de mercancías con dirección a San Sebastián. De allí, en un automóvil de alquiler, marcharon a Bilbao. Llegados a la Villa, visitarían a un perista del barrio de Solokoetxe, que, a sabiendas de que lo que le ofrecían eran materiales robados, adquirió toda la mercancía a cambio de unas escasas 556 pesetas. Los ladrones, posiblemente descontentos por la escasa ganancia, volverían pronto a las andadas.

En la noche del 24 al 25 de septiembre, volvieron a actuar en Irún. En esta ocasión, colándose por una ventana, entraron en “Villa Larrañaga”, propiedad del entonces alcalde de Irún, Luis Larrañaga. De allí sólo pudieron sacar una estilográfica “Fiat”, cien sellos de correo de 25 céntimos y varios de otros valores, una navaja con cachas de nácar y algunos objetos más de escaso valor. Seguramente, viendo el escaso resultado obtenido, durante la misma noche decidieron improvisar otro golpe en la ciudad fronteriza.

La nueva víctima elegida fue el “Bar de la Frontera”, propiedad de Bautista Bergés. Tras el palanquetazo y asalto a la caja normativos, consiguieron 40 ptas. en calderilla y 15 en plata. Visto que el botín les pareció insuficiente, con total descaro se dieron un banquete con los géneros del local. Tras alegrarse el espíritu a base de pan y queso, rehogando todo ello con vino, dejaron como recuerdo de su “visita” una nota en la que afirmaban, con total recochineo, que “habían tenido mucho gusto en probar géneros tan excelentes”. Ahí no acabó la cosa.

Dice un dicho que con pan y vino se anda el camino, y nuestros protagonistas lo cumplieron. Esa misma madrugada, decidieron darse un paseo y visitar el “Stadium Gal”. Allí, en la caseta de jugadores, decidieron despachar dos botellitas de vino que se habían traído del bar junto con las tan necesarias copas. Tras agarrarse una buena melopea, y encontrar un balón, se pusieron a jugar al fútbol bajo la lluvia. Después de unos cuantos chutes, se retiraron a la tribuna de prensa a seguir bebiendo, donde quedarían para la posteridad, simétricamente alineadas sobre una mesa, las botellas y las copas.

Tras su última aventura, nuestros protagonistas desaparecen por un tiempo. Al parecer, se refugiaron en Bilbao, dedicándose, entre otras cosas a la juerga y a realizar algunos menesteres de su oficio. Pero, como suele decirse, la avaricia rompe el saco. Pronto tuvieron que salir de Bilbao y la cosa se torció aún más cuando volvieron a Guipúzcoa. En Rentería intentaron penetrar en el depósito de gasolina de la viuda de Londáiz, situado en la bifurcación de la carretera de Oyarzun. Allí, los serenos los sorprendieron infraganti y, tras echarles el alto y viendo que se resistían, los rechazaron a tiros. Huyendo por el campo como iban, uno de los ladrones acabó cayéndose por un barranco, resultando herido de escasa gravedad.

LOS CACOS: KIKI, BENITÍN Y BRUJALADA

Hagamos un alto para presentar a los, hasta ahora, desconocidos protagonistas de esta historia. Veamos quienes eran:

Serafín Vázquez González, alias “Kiki”, de 20 años de edad, natural de Celanova (Orense). Excorneta del regimiento de Sicilia, fue expulsado del mismo por conducta “depravada”. Dos años antes había sido detenido por un robo en el establecimiento “El Rey de los Impermeables” de Hendaya, siendo detenido en unión de otro delincuente llamado Azpiri. Cuando se hallaba preso en el cuartel de San Telmo, se evadió por el retrete., tras lo cual sería detenido como desertor. Le sirvió de abono para la menor responsabilidad de los delitos cometidos, el no haber cumplido diez y ocho años de edad.

Benito Fernández Michelena, alias “Benitín”, de 19 años —20, según otras fuentes—, era natural de Irún y de oficio mecánico.

Fernando Brujalada Ruiz, de 31 años —24, otras fuentes—, era natural de Jaca.

Los tres eran expertos en la materia del robo, y viejos conocidos de la policía.

LA INVESTIGACIÓN

Al principio, la policía estaba desconcertada a causa del número de robos. Tres agentes serían los encargados de la investigación: Mateo, Olave y Reales. A estos se les unirían dos policías procedentes de Bilbao—uno de ellos el inspector Vela—, que también buscaban a nuestros protagonistas por un robo sucedido en la Villa. Pero no sería hasta octubre, cuando obtendrían la primera pista fiable. En los partes de viajeros que llegaban al Gobierno civil, vieron que en un casa de huéspedes de Chominenea, propiedad de Agapito Díez —mezcla de bar, estanco y hospedería—, aparecían los nombres de tres individuos fichados: nuestros protagonistas. A partir de aquí, la cosa fue rodada.

El día 5 de octubre, con las debidas precauciones, los agentes se presentaron en Chominenea con la intención de darles caza; pero los “pájaros” habían volado. Sólo pudieron averiguar que la banda llevaba allí hospedada desde el día anterior. Al día siguiente, muy temprano, volverían a intentar nuevamente su captura, ya que tenían miedo de perderles la pista. Comprobaron que los delincuentes no habían pasado la noche en la casa de huéspedes; pero que sí habían estado en el bar-estanco hacía un momento. Los agentes consiguieron averiguar que la banda estaba reunida en el monte Ametsagaña, en un montículo cercano al camino del ya desaparecido Sanatorio, a unos 600 metros de la casa de huéspedes. Desde aquella posición, los ladrones podían ver todo lo que sucedía en torno al valle de Loyola. Así que a los policías no les quedó más remedio que intentar una nueva estrategia.

LA CAPTURA

En los cercanos Cuarteles de Loyola, los agentes se entrevistaron con el coronel Mateo, del regimiento de Sicilia, para pedirle que les prestasen algunos soldados. El coronel accedió, seguramente entusiasmado por lo curioso de la situación. Fueron tres los soldados escogidos para la misión: Tirso Aguado Alonso, Luis del Teso Gutiérrez y José Larrañaga Aspiazu.  La estrategia a seguir por éstos era sencilla: subir al monte, como dando un paseo, entrar en contacto con los ladrones y entretenerles hasta que la policía tomase posiciones para poder sorprenderlos y capturarlos. Así se hizo.

Los soldados se acercaron a los ladrones, que tendidos en la hierba, estaban a la expectativa. Los soldados se sentaron en el suelo, a cierta distancia, como ajenos a la presencia de la banda. Pasados unos minutos, los soldados saludaron a los ladrones, y trabaron conversación, empezando con una temática tan típica como “el tiempo”, para proseguir con otros temas, como los bailes de Loyola y Rentería o la vida militar. La conversación se fue animando, llegando a hablarse de mujeres y a fanfarronear sobre conquistas. Mientras, los agentes comenzaron a tomar posiciones.

Tras percatarse de la presencia de los policías, y que el encuentro con los soldados era una trampa, los cacos tomaron, cada uno por su lado, las de Villadiego. “Benitín” huyó monte arriba, siendo perseguido por el agente Reales y un soldado, dándole caza tras una larga persecución. Brujalada hizo lo propio, pero monte abajo, perseguido por el agente Mateo, los policías bilbaínos y otro soldado; terminaría siendo detenido en una bocacalle, tras haber conseguido cruzar el puente de Loyola. “Kiki” también huyó monte abajo y, justo cuando el agente Olave y el tercer soldado restante lo iban a capturar, se tiró, vestido como estaba, al Urumea; intentó cruzarlo a nado, pero no lo conseguiría, porque el agente Olave le amenazó con dispararle, consiguiendo así amedrentarlo y que deshiciera lo nadado. La pintoresca persecución llamó la atención de los loiolatarras, que desde las ventanas de sus casas admiraron el singular espectáculo, que debió resultar bastante cómico.

EL FINAL

Una vez detenidos y esposados, “Kiki”, “Benitín” y Brujalada fueron llevados en tranvía al Gobierno civil. Allí, los cacos confesaron con total tranquilidad todos los robos —incluido el realizado en Bilbao—, dando detalles que confirmaban su implicación. También se comprobó que los detenidos llevaban chalecos de punto robados en “L’Elegance”. El 7 de octubre, serían fotografiados para la ficha en el gabinete atropométrico, a cargo del agente Castellar; fotos que serían facilitadas a la prensa—y que acompañan al artículo—. Y, como era de esperar, nuestros protagonistas terminaron con sus huesos en la donostiarra  cárcel de Ondarreta.

Mientras, en Bilbao, el agente Vela detendría al perista de Solokoetxe, pudiendo recuperar varios objetos robados en “L’Elegance”, averiguando, además, que algunos objetos ya habían sido vendidos a algunos comerciantes de la villa.

ION URRESTARAZU PARADA

 

Almacenes "A L'Elegance", de Hendaya

Almacenes “A L’Elegance”, de Hendaya

Sobre el autor Ion Urrestarazu
Un donostiarra curioso de su ciudad, entretenido en observar, desde sus ojos de peatón, todo el entorno que le rodea. Porque hay algo más allá que la bahía y la gastronomía, mostraré con todo lujo detalles, las anécdotas y curiosidades que ayuden a ampliar vuestro conocimiento