Diario Vasco
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Autor: miradasdeunpeaton_4057
Escándalo en el Frontón Municipal (1916).
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Ion Urrestarazu | 12-07-2016 | 2:56| 0

Ese mismo año, el 12 de abril, en el Iris Park de Barcelona, Franch Hoche contra Harry Allack con Jack Johnson como árbitro. Foto Arxiu del Centre Excursionista de Catalunya.

 

Escándalo en el Frontón Municipal.

Son las 21:30 del 7 de julio de 1916. El Frontón Municipal está a rebosar. El público donostiarra está extasiado: van a pasar la noche viendo combatir a un impresionante elenco de boxeadores y ¡sólo por 0,50 pesetas la entrada! Pero… hay un problema. Los luchadores que hacen acto de presencia en el ring no tienen nada que ver con los del cartel y, por encima, no saben ni luchar. “¿Pero ésto qué es?”, se pregunta el público. Así comienza la crónica de una estafa muy descarada.

La noticia

El primer diario que se hizo eco de la sensacional novedad fue “La Voz de Guipúzcoa”: un empresario norteamericano, llamado Richard Klegin, había venido a San Sebastián con la idea de organizar un campeonato de boxeo y otro de lucha grecoromana. Ambos combates se sucederían durante dos días, alternando boxeo con lucha grecorromana.
Según el diario, el programa de boxeo iba a ser más o menos como sigue:

El día 6 a las 21:00 comenzaría el evento en el Frontón Municipal.

1º El norteamericano Closey contra el belga Jun Blak. El combate sería a 10 rounds con 2 minutos de tiempo cada uno.

2º El español Franch Hoche contra el norteamericano Gus Rhodes.

3º Los dos hijos del profesor de boxeo Anderson, harían una demostración.

4º El británico Grand contra el español Rafael Barrero. Ambos jokeys, pesaban 51 y 49 kilos respectivamente.

5º El norteamericano Joven Smitch contra el holandés Joon Keunedy. Ambos, según la prensa, eran considerados temibles boxeadores.

La Voz daba otros tantos datos jugosos para alimentar las imaginación del público: Closey, vencedor de 250 luchas, tras haber sido derrotado por Black hacía dos años en París, iba a buscar la revancha en San Sebastián. O sobre Gus Rhodes, que ya era famoso por méritos propios, comentaba que era sobrino del famoso campeón Jack Johnson “el gigante de Galveston”. Hay que darse cuenta de la importancia del campeonato, muchos de ellos eran auténticas estrellas del momento.
No será el único diario en que se hable del evento. “El Liberal Guipuzcoano” y “El Pueblo Vasco”, anunciarán haberse inscrito para el campeonato “más de doce luchadores”, entre los que destacaban nombres muy conocidos para el momento en la lucha grecorromana: Petersen, campeón del mundo; Pottier, campeón canadiense; Rosset, campeón Suizo, y Luis Uni “Apollón”, campeón de fuerza.
En el campeonato de lucha grecorromana, que se celebraría el día 7, los luchadores se batirían por un premio que ascendía a la jugosa cifra de 10.000 pesetas de la época.
Y por si todo ésto pudiera parecer poco, los donostiarras podrían presenciar ambos espectáculos por el módico precio de 0,50 pesetas la entrada general y cinco pesetas la butaca. Mejor imposible.

El suceso

Como se esperaba, a las nueve y media de la noche del 6 de julio iba a dar comienzo el primer combate de boxeo en el Frontón Municipal; pero algo extraño sucedió.
La Voz de Guipúzcoa comentaría al día siguiente: “Nos decía anoche un popularísimo empresario y actor, muy formal en lo primero y muy querido por el público, que si se colocan á un lado todos los que han venido á ganar dinero á San Sebastián y á otro lado los que tienen que pagarlo, vencen en numéro los primeros”. No le faltaba razón. En la misma hora que se hacía dicho comentario, como si una premonición se tratase, en el Frontón Municipal ocurría un escándalo.
Como ya hemos dicho, en el Frontón Municipal, que estaba arrendado por el empresario Richard Klegin, se iban a celebrar varios combates de boxeo. El público donostiarra ávido de espectáculo, había acudido en masa debido a lo atractivo del elenco y lo económico de la entrada. Pero, tan pronto como llegó la hora del comienzo del campeonato, comenzaron a apreciar que algo no iba bien.
Ante el público, desfilaron por el ring una serie de boxeadores que nada tenían que ver con el cartel. La Voz de Guipúzcoa ironiza al respecto diciendo que los boxeadores habían sido sustituidos por otros de marca “Codorniú”. Sólo un boxeador coincidía con el cartel: el español Hoche; el resto, eran todos sustitutos.
También “El Pueblo Vasco” comenta como aquellos sustitutos “se condujeron en forma tan impropia é incorrecta que, en realidad parecían mofarse del público” y pone un ejemplo muy explícito del esperpéntico cambiazo: “un vecino de Getafe salió á boxear en calidad de sobrino (Gus Rhodes) de Jack Johnson”. Aquel cambiazo no habría sido tan descarado si el norteamericano Gus Rhodes no hubiese sido negro.
Según “El Liberal Guipuzcoano”, el programa no se realizó por completo. La velada terminó demasiado pronto y se dió anuncio de que se iba a preparar otro combate. Combate que no llegaría a realizarse a causa de que un luchador —presumiblemente Hoche— se negó a seguir con aquella farsa. El tiempo pasaba y, tras ver que en largo rato este último combate no terminaba por celebrarse, el público comenzó a subirse por las paredes.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Tras la primera incertidumbre, los espectadores perdieron la paciencia y, luego, estallaron a gritos y, de ahí, a arrasar con el mobiliario, reduciendo, literalmente, las butacas a astillas. Al parecer, la autoridad tuvo que entrar en el frontón a apaciguar los ánimos.
Tras el primer “desahogo”, el indignado público salió a la calle y pasó a montar una manifestación, marchando en número de 300 a 400 defraudados, sin violencia alguna, con dirección al Gobierno Civil y con intención de protestar y exigir la devolución del dinero. Vamos, como tiene que ser.
Entre tanto, el gobernador civil, López Monís, estaba en el teatro disfrutando de la velada nocturna cuando recibió la noticia de lo que ocurría. Apresuradamente, salió del teatro para recibir a los manifestantes en el palacio de Bellamar, sede del Gobierno Civil. Allí, los manifestantes expusieron los hechos, que fueron confirmados por los agentes, y exigieron acciones al respecto.
El gobernador no pudo proceder a la devolución del dinero, ya que buena parte del público había tirado los resguardos de las entradas. Así que era imposible asegurar la cantidad a devolver. Por ello, hizo un cálculo de las ganancias obtenidas por el arrendatario del frontón, el tal Klegin, y decidió imponerle una multa de 500 pesetas.
También fue informado de que para el día siguiente, Klegin, había solicitado un permiso para celebrar otra velada, esta vez de lucha grecorromana. El gobernador, a fin de garantizar el orden, suspendió la autorización temporalmente y pidió a los miembros del Club Fortuna, considerados la primera institución deportiva de la ciudad, que comprobasen el cartel del campeonato de lucha grecorromana para ver si había alguna irregularidad.

A posteriori

Al día siguiente, 7 de julio, como es de rigor, los diarios se hicieron eco del bochornoso espectáculo y celebraron por igual la actuación del público donostiarra y del gobernador civil.
El Club Fortuna emitió su veredicto de acuerdo a la organización del match de lucha grecorromana. Claramente, fue negativo.
En la redacción de La Voz de Guipúzcoa se presentaron el campeón del mundo de lucha grecorromana Pettersen, y el boxeador Gus Andrew Rhodes, sobrino del famoso Jack Johnson. Ambos explicaron a los periodistas que habían venido a San Sebastián a inscribirse en los campeonatos, pero viendo lo que pasó quisieron hacer saber al público donostiarra que nada tenían que ver con lo sucedido y que solo participarían en espectáculos con garantía. Por si se celebraba algún campeonato serio, Pettersen se quedó algunos días más en la ciudad.
Esa misma noche, Gus Rhodes volvería a dar explicaciones, ésta vez en la redacción de El Pueblo Vasco, añadiendo que, en breve, podría vérserle luchando en compañía de su afamado tío y otros boxeadores. Rhodes, como despedida, tuvo un gesto de simpatía con los reporteros e hizo una pequeña demostración de sus habilidades, golpeando la mano de uno de ellos con un leve shake-hand reduciéndosela a “fosfatina”.
El día 8, durante la mañana, Rhodes visitó al gobernador civil, notificándole las intenciones de realizar varias exhibiciones en San Sebastián junto con Jack Johnson, Pettersen y otros tantos. El gobernador, visto lo sucedido, le advirtió que no se celebraría ninguna exhibición que no contase con el visto bueno del Club Fortuna.
En esta ocasión fue Pettersen el que visitó la redacción de El Pueblo Vasco. Allí contó más o menos lo mismo que Rhodes, a saber: haber venido a San Sebastián para participar en el torneo, pero que renunció a participar en él, debido a las irregularidades del match de boxeo. Éste había venido con su familia, y decidió quedarse en la ciudad para tal vez participar en alguna velada “íntima” como obsequio al público. También elogió al luchador español Javier Ochoa “El León Navarro”, con quien lucharía el domingo en Pamplona, considerándolo “C’est un vrai taureau” (es un toro bravo). La carrera de Ochoa fue de vértigo, llegó a salir invicto en más de 1.500 combates, tan solo perdiendo en 8 ocasiones, ganándose con razón el mote de “El León Navarro”; pero eso, es otra historia.
ION URRESTARAZU PARADA
FUENTES: 
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 5 de Julio de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Viernes 7 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • La Voz de Guipúzcoa. Sábado 8 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Liberal Guipuzcoano: diario de la tarde. Jueves 6 de Julio de 1916. Pág. 4.
  • El Liberal Guipuzcoano: diario de la tarde. Viernes 7 de Julio de 1916. Pág. 3.
  • Diario Vasco. Domingo 9 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Jueves 6 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 7 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Sábado 8 de Julio de 1916. Pág. 3.
  • El Pueblo Vasco. Domingo 9 de Julio de 1916. Pág. 4.

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Locura y muerte en el Asilo de Zorroaga (1926).
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Ion Urrestarazu | 10-06-2016 | 5:40| 0

“Manuel Lecube, inconsciente autor de la tragedia de ayer. (F. Guerézquiz.)”. Foto LVG.

 

 

LOCURA Y MUERTE EN EL ASILO DE ZORROAGA.

 

Son las 2 de la madrugada del 8 de junio de 1926. En el segundo pabellón del Asilo Reina Victoria, un hombre yace en su cama despierto. Está inquieto y no deja de sollozar. Llegará el momento en que anuncie a voces que va a matarse. Se levantará, se vestirá y empuñará un cuchillo que escondía con nefastas consecuencias. Así comienza una noche de locura y muerte en el Asilo de Zorroaga.

 

EL COMIENZO

Como cualquier otro día, los asilados de Zorroaga marcharon a dormir a sus respectivos pabellones. Las Hermanas de la Caridad hicieron la última ronda sin observar nada anormal. A la 1:00 de la madrugada, se retiraron a su propio pabellón. Mientras todas las hermanas se disponían a descansar, una de ellas —sor Justa Murga— decidió hacer una última requisa hacia la 1:40. Según la prensa, si hubiera tardado cinco minutos más, habría sido sorprendida por la tragedia.

Hacia la 1:45 —hay quien dice las 2:00—, en el dormitorio del piso principal, mientras todos duermen, uno de los asilados, no pudiendo dormir, observa a su compañero, que también se ha despertado y solloza. El asilado que solloza, al cabo de un rato, anunció en voz alta: “¡Me voy a matar!”. Tras decir esto, el presunto suicida, llamado Manuel Lecube, preso de una gran excitación, saltó de la cama, se vistió y empuñó un cuchillo que tenía escondido. En éste instante es cuando comienza la tragedia.

Por desgracia, hay varias versiones sobre cómo se desarrolla la tragedia y que contradicen tanto el desarrollo de los sucesos como el orden de heridos. Aproximadamente, esto es lo que sucedió:

Lecube, muy alterado y dando voces, empezó a acuchillar a los asilados que más cerca tenía y que aún dormían. Según la versión de “El Pueblo Vasco”, el primero en ser acuchillado fue Martín Cristobalena; según otra —la del capellán del asilo—, fue el jorobado José Borda. Tras el primer ataque, se dirigió al resto de camas. Al parecer, los siguientes en ser acuchillados fueron los asilados Luis Manterola y Francisco Michelena, respectivamente.

Pronto, el pánico cundió en la sala. Los asilados, a medida que se despertaban, se encontraban con la enorme figura de Lecube, que, como poseído por una rabia furiosa, avanzaba asestando cuchilladas contra todo aquel que le salía al paso. La confusión es enorme, los asilados huyen como pueden y por donde pueden. Algunos ancianos, al advertir lo que ocurría, se escondieron bajo sus camas. Un asilado, al ver que Lecube se dirigía sobre él, echó a correr y saltó desde una ventana al tejado, para librarse de las iras del agresor; tras salvar la vida, dará la voz de alarma.

La confusión fue en aumento en el instante en que Lecube abandonó la sala y corrió por la escalera interior, ensangrentado y dando voces, con dirección al dormitorio de la planta baja.

En un momento que no queda claro, Nicolás Cestona, un asilado que además ejercía como enfermero, despierto tras escuchar los gritos que proferían los asilados, vio que Lecube actuaba de manera extraña, con “idéntica actitud que cuando estaba acometido por el acceso de locura” y que su rostro estaba “como rojo de ira, de furor”. Decidió intentar calmarlo y le habló; Lecube no hizo caso alguno. Alarmado, corrió al piso superior en busca de ayuda; pero, no hallando nada más que silencio, decidió volver sobre sus pasos. Tan pronto como bajaba las escaleras, se encontró cara a cara con Lecube y, tras dirigirse a él por segunda vez, también de manera infructuosa, escuchó los lamentos de un herido y se dio cuenta de que Lecube se había vuelto peligroso. Entonces, Lecube se abalanzó sobre Cestona y ambos forcejearon; pero Lecube, corpulento y fuerte como era, pudo desasirse y asestarle a Cestona una cuchillada en el hombro.

Lecube, tras dejar a Nicolás Cestona herido en las escaleras, volvió a la planta baja para proseguir en el dormitorio su macabra obra. Una vez dentro, fue directo a por la segunda cama —ya que la primera estaba parcialmente oculta tras la puerta—, apuñalando mortalmente al anciano Antonio Egurza. Al sentirse herido, Egurza intentó incorporarse, pero las fuerzas le abandonaron. Tras herir a otros dos asilados en dicho dormitorio, salió de la sala. A partir de aquí, Lecube desaparece. Todo había ocurrido en apenas cuarenta minutos.

 

LAS AUTORIDADES HACEN ACTO DE PRESENCIA

Los gritos no fueron escuchados por las monjas, pues dormían en otro pabellón bastante alejado de los de los asilados. El asilado, antes mencionado, que saltó por una ventana para refugiarse en un tejado, desesperado, corrió en su busca. Golpeó desesperadamente la puerta, despertando con ello a las monjas. Informadas de la desgracia, pidieron al asilado que fuera también en busca del capellán.

El capellán y las monjas se encontraron un escenario dantesco: los ancianos asilados huían despavoridos al campo, otros se habían acurrucado en sus camas y los heridos, que estaban en los pasillos manchados por la sangre, “se revolcaban en la madera”, permanecían como “alocados” o petrificados, demandando auxilio.

Desde las proximidades de Martutene, dos guardias rurales escucharon el griterío que provenía del Asilo Reina Victoria. Montaron en un coche que pasaba casualmente por allí y se dirigieron al lugar. Una vez allí, y tras la funesta sorpresa, se dio avisó por teléfono a las autoridades municipales y sanitarias. Poco tiempo después llegó la ambulancia, que llevaría los heridos más graves al Hospital de Manteo y los demás a la Casa de Socorro.

Tras tener noticias de lo sucedido, el alcalde Elósegui se trasladó al Cuarto de Socorro y desde allí al Hospital de Manteo, para luego seguir hasta el Asilo de Zorroaga. Le acompañaban el teniente de alcalde, doctor Maíz, y el jefe de la Guardia Municipal, Antonio Vivar. También se personó en el asilo el Juez de instrucción Cobian, para comenzar la práctica de las diligencias.

El Juez Cobian interrogó a los compañeros de dormitorio del agresor, después tomó declaración al herido Ramón Santacreu —tras haber vuelto este de la Casa de Socorro— y las demás personas que pudieron facilitar detalles para elaborar el sumario. Tras el interrogatorio, dispuso que el cadáver de Antonio Egurza fuera trasladado al depósito judicial.

La confusión es enorme en el Asilo, incluso después de la desaparición de Lecube. No aparecía por ninguna parte. Los guardias registraban habitación por habitación y los alrededores del asilo. Se pensaba que Lecube podía estar al acecho o, también, haber huído para ponerse a salvo o suicidarse.

 

LAS VÍCTIMAS

Tras la llamada a las autoridades, es enviada una ambulancia a recoger los heridos. Se determinó que los heridos leves fuesen trasladados a la Casa de Socorro de la calle Garibay y al Hospital de San Antonio en Manteo. En ambos establecimientos, la sorpresa de ver entrar por sus puertas a tantos heridos, quejándose y con las ropas ensangrentadas, fue grande.

Los heridos desplazados a la Casa de Socorro fueron: Ramón Santacreu, Prudencio Hernández, Antonio Manterola y José Borda. Todos ellos presentaban heridas cortantes, la mayoría en las manos; salvo Manterola, que tenía una en el cuello. Fueron atendidos por el doctor Larburu y el practicante Santolaya, a los que se les sumó el doctor Maíz, teniente de alcalde.

Ramón Santacreu resultará ser el más leve de los heridos y por ello, volverá al Asilo esa misma mañana. El resto —Borda, Hernández y Manterola— serán trasladados al Hospital de San Antonio Abad (Manteo).

Los heridos desplazados al Hospital fueron: Nicolás Cestona, Francisco Michelena, Martín Cristobalena y Luis Manterola. Estaba de guardia el doctor Joaquín Ayestarán, pero debido a la necesidad tuvo que sumarse el doctor José María Zurriarán. Tras las intervenciones, los hospitalizados serían atendidos por las hermanas de la caridad, que les sirvieron “caldos, a los que podían tomarlos, y reconfortantes”.

Esta es la lista de los heridos y sus historiales:

  • Ramón Santacreu (o Santacruz). De 62 años. El único herido leve, con una pequeña lesión en el brazo. Tras ser curado en el Cuarto de Socorro, retornó al Asilo, donde quedó asistido y fue interrogado por las autoridades.
  • Prudencio Hernández, de 64 años, herido de pronóstico reservado. Fue trasladado junto con José Borda desde el Asilo a la Casa de Socorro.
  • José Borda (o Bordas o Bonda). Un hombre que, al parecer, podría padecer algún tipo de deficiencia mental. La prensa lo tacha de “idiota” o “idiotizado”, “que no se daba cuenta de lo sucedido” y “ni recordaba los años que tiene”. Era giboso y, para mayor desgracia, recibió una cuchillada en la parte superior de la joroba, pues en el momento del ataque se hallaba dormido boca abajo. Según la prensa, sus gritos de dolor solo hicieron que Lecube se enardeciera aún más y que arreciara en sus golpes.
  • Nicolás Cestona, de 35 años (o 32), natural de San Sebastián. Presentaba una herida incisa en la región escapular izquierda, considerada grave. Pese a estar asilado ejercía como enfermero. Tras el ataque, Cestona se hallaba bajo los efectos del miedo.
  • Francisco Michelena (o Michelarena), de 59 años, natural de Orio. Presentaba una herida inciso-punzante en las regiones temporal derecha y en la occipital, con pronóstico muy grave.
  • Martín Cristobalena (o Cristobalina), de 69 años (o 60), natural de Villanueva (Navarra). Presentaba herida en la región axilar derecha.
  • Luis Manterola (o Antonio), de 56 años, natural de Guetaria. Presentaba una herida incisa en el maxilar (otros dicen en el cuello) izquierda con hematoma. Según la prensa, parecía ser un hombre “que no se asusta fácilmente”.

 

EL ÚNICO FALLECIDO

El único fallecido fue Antonio Egurza. Tenía en el momento del fallecimiento 64 años y era natural de Aya, Guipúzcoa. Llevaba varios años asilado en Zorroaga. Era hermano del jardinero del campo de fútbol de los señores Satrústegui.

La prensa especuló que no sufrió, pues la puñalada “le partió el corazón” y “que no sintió en absoluto el tránsito de la vida a la muerte”; pero según el diario “El País Vasco”, esto no debió de ser así. Egurza, mientras dormía recibió dos puñaladas a la altura de la tetilla izquierda y, tras el ataque, intentó incorporarse, desfalleciendo en el intento. Siguió vivo el tiempo suficiente para recibir del capellán los auxilios espirituales. Según “El País Vasco”, con su particular gusto para lo macabro, el rostro del difunto “tenía la boca abierta y su rostro se advertía como una mueca de terror”. El cadáver quedó tendido en la misma cama, cubierto con una sábana hasta las primeras horas del día, luego sería trasladado por orden del juez de instrucción, Covian, al depósito judicial.

En la tarde del día anterior, Egurza había estado hablando con Lecube, no habiendo ningún tipo de señal que indicase lo que luego pasaría.

“LA TRAGEDIA DEL ASILO DE ZORROAGA. —Arriba: la sala en que dormía Lecube, ocupando la cama que está marcada con un aspa. —Abajo: la sala en que fué asesinado el anciano Antonio Egurza, que ocupaba la cama señalada también por un aspa. —En un ángulo: Martín Cristobalena, gravemente herido por Lecube. —En el centro: la ventana por donde se dió a la fuga el agresor. (Composición Fot. Marín)”. Foto EPV.

 

LA PRENSA LLEGA AL ASILO

Aproximadamente, a eso de las 2:30, la prensa es avisada del suceso. Los reporteros se presentan en el asilo, con Lecube todavía suelto y siendo buscado por la policía tanto en el edificio como por los alrededores. Al entrar en el edificio, el cuadro que se encuentran los reporteros es desolador:

En la entrada del pasillo, había un gran charco de sangre, que las monjas no osaron tocar hasta la llegada del juez. En el dormitorio que quedaba a mano derecha, estaba el cadáver de Egurza, cuya sangre empapaba la cama y formaba un gran charco bajo la cama. En otras camas se podían ver los charcos de sangre de los asilados que, mientras dormían, sufrieron la ira de Lecube. La escalera que conducía al primer piso también estaba llena de sangre, al igual que el dormitorio del primer piso, donde comenzó la tragedia.

El diario de “La Voz de Guipúzcoa”, no puede ser más explícito:

“Cuando llegamos al Asilo, el aspecto de la casa no podía ser más horrible. Desde la puerta de entrada los pasillos se hallaban regados con sangre, a grandes charcos, salpicadas las paredes, los zócalos y las escaleras. Por todas partes se veían ropas empapadas de sangre y sobre la segunda cama de la sala se hallaba el cadáver del asilado Antonio Egurza, natural de Aya, de 64 años, que presentaba una gran cuchillada en el pecho, debajo de la clavícula izquierda, que le había atravesado el pulmón.

En el lecho y en el suelo había otro enorme charco de sangre, pues el desdichado Egurza quedó exangüe, por efecto de la terrible cuchillada.”

Los periodistas interrogaron a algunos de los asilados, ancianos todos ellos, que, sin darse apenas cuenta de lo que había ocurrido, como comentaba “El Pueblo Vasco”, les “castañeteaban los dientes” a causa del terror. Allí les explicaron cómo Lecube los había querido matar y cómo algunos se habían escondido bajo las camas para salvar la vida. Pronto recopilaron el material necesario para la “crónica roja” con la que sorprenderían a la sociedad donostiarra.

 

LA BÚSQUEDA

Son cerca de las 4:30 y todavía no se sabe nada de Lecube. Pese a la presencia de las autoridades en el asilo, la confusión y la inquietud siguen siendo grandes. Los guardias siguen registrando el asilo y los alrededores. Piensan que Lecube puede estar al acecho o, simplemente, ha huido para ponerse a salvo o suicidarse. ¿Pero dónde está Lecube? ¿Cómo ha desaparecido?

Sobre la desaparición de Lecube hay tres versiones:

  • La primera: Tras entrar en la sala de la planta baja, volvió a subir la escalera y saltó desde la ventana del primer descansillo, pues todas las puertas se hallaban supuestamente cerradas. Ésta versión es desacreditada por parte de la prensa, juzgándola poco verosímil, pues la ventana estaba a bastante altura y, si se hubiera arrojado por la misma, se habría “fracturado las piernas o recibido un golpe mortal”, considerando como “un milagro” si hubiese quedado en condiciones de huir tras la caída. Según “La Voz de Guipúzcoa”, el propio Lecube confesará haber huído por la ventana. También hay que recordar al asilado que huyó de Lecube por una ventana para saltar a un tejado.
  • La segunda: Según el testimonio del herido Francisco Michelena, Lecube intentó abrir una de las ventanas y al no poder hacerlo, rápidamente, se dirigió con gran velocidad hacia la puerta del pabellón, desapareciendo en pocos segundos. El testimonio contradice a lo afirmado arriba.
  • La tercera: Se especulaba que podía haberse escondido en algún lugar del asilo, cómo el desván o alguna otra sala usada como trastero. Como luego se verá, esta teoría quedó descartada.

 

A las 4:30, cuando las autoridades se disponían a salir del asilo, uno de los asilados llegó precipitadamente para avisar que en el desván se escuchaban ruidos y que allí podía estar escondido Lecube. Al parecer, esto una falsa alarma, ya que el muchacho debía de tener “perturbadas las facultades mentales ” y el miedo le había jugado una mala pasada.

La policía, pese a no encontrar a Lecube en el interior del asilo, siguió pensando que se hallaba en el interior, cosa que causaba espanto entre los asilados y las monjas. Para asegurar el lugar y tranquilizar los ánimos, Vivar, Jefe de la Guardia Municipal, y dos guardias rurales se quedaron de guardia.

También se dio aviso a la Policía Gubernativa y a la Guardia Civil para detener a Lecube. La policía se trasladó al Muelle, antiguo lugar de residencia de Lecube y donde era muy conocido, para realizar pesquisas y averiguar su paradero. La Guardia Civil se sumó a la batida por los aledaños de Zorroaga. Buscaban a un hombre alto y fornido, que vestía camisa y alpargatas o, según otros, un traje.

Vivar, al no ver resultados, perdiendo la esperanza por encontrarlo, salió a participar en la búsqueda. Acortando por un atajo, para llegar a la carretera de Hernani, llegó encima del túnel del ferrocarril del Norte. Desde allí vio a un guardia rural hablando con un hombre con ropas ensangrentadas y que estaba próximo al paso a nivel de Chominenea. Aquel hombre era Lecube.

Resulta que el guardia rural de Ategorrieta, llamado Sorbet, estaba patrullando por Loyola y vio de lejos a Lecube, en plena carretera, frente al conocido Chominenea. El guardia detuvo a Lecube, que no ofreció resistencia el ser detenido. En esas estaban, cuando apareció Vivar.

Lecube estaba herido, presentaba un tajo poco profundo en el lado derecho del cuello y daba muestras de gran agitación nerviosa. Vivar y el guardia Sorbet fueron hablando con Lecube hasta la casilla del fielato. Una vez allí, llamaron por teléfono a la Inspección municipal para que les enviaran una ambulancia. Eran las 5:30 y ya empezaba a clarear.

En esos momentos de charla, le preguntaron quien le había causado la herida del cuello. Serenamente, Lecube contestó que él mismo se la había hecho, presentando una navaja pequeña que entregó a los policías. Al ser interrogado por qué había escapado del asilo, Lecube, tras reflexionar un rato, afirmó haber hecho mucho daño allí.

 

LECUBE EN EL HOSPITAL

La ambulancia llevó a Lecube a la Casa de Socorro, en la calle Garibay. Pese a presentar un corte en el cuello, bajó del vehículo por su propio pie. Según los médicos, la herida no era profunda y no revestía gravedad. Le fue inyectado un calmante para paliar la excitación nerviosa y, luego, le fue practicada la primera cura. Convenientemente vigilado, fue trasladado nuevamente en ambulancia hasta el Hospital de Manteo, donde ingresó a las 6:30 de la mañana. Allí fue puesto a disposición del juez e instalado en la cama número 2 de la galería de San Blas y, en la puerta, se colocó a un guardia de Orden Público para vigilarlo.

A partir de aquí, la información vuelve a ser confusa. Según “La Voz de Guipúzcoa” Lecube, una vez hospitalizado, y seguramente fruto del tranquilizante, demostró estar en pleno uso de sus facultades mentales, al menos hasta después del interrogatorio, cuando le sobrevino un ataque epiléptico. Sin embargo, “El País Vasco” contradice esta información, diciendo que Lecube pasó toda la mañana preso de “la más tremenda excitación nerviosa” y “con intervalos daba grandes voces, pidiendo auxilio y llorando”, hasta que al mediodía le dio el ataque epiléptico.

Según “La Voz de Guipúzcoa”, Lecube confesó querer matar a una monja —tal vez Sor Justa Murga— y a Nicolás Cestona, para seguir explicando lo sucedido:

“—Yo comencé—siguió diciendo el demente—a repartir golpes a todos los que se hallaban en las camas durmiendo, y después volví a subir la escalera, arrojándome por la ventana para huir y, cuando me hallé libre en el campo y comprendí lo que había hecho, me dirigí a la vía para arrojarme al paso del tren, llegando a ella cuando ya había cruzado el tren. Pensé en echarme al paso del primer tranvía y allí me esperé, dándome un tajo con la navajilla para ver si me mataba, no consiguiéndolo. Luego me detuvieron y me trajeron al Hospital”.

En “El País Vasco”, también se habla de la intencionalidad, pues afirma que no quería matar a nadie sino “saldar una antigua cuenta con un asilado y un empleado del Asilo”. Tanto este diario como “El Pueblo Vasco, coinciden en que, al ser interrogado por el juez, “no recordaba nada de lo ocurrido”.

Lecube recordó que su mujer, Cristina Elizgaray, trabajaba en el hospital como enfermera y pidió verla y que la avisaran de que él estaba allí; pero no se le hizo caso para evitar “una dolorosa escena”.

Tras el interrogatorio, como se ha dicho más arriba, Lecube comenzó a alterarse y a sufrir un ataque epiléptico, teniendo que ser asistido por el médico de guardia. Desde ese momento, se fueron repitiendo los ataques, quedando en “un estado de sopor” que le duró el resto del día. Debido a esto, el juez Cobian, no pudo interrogarle convenientemente.

Las instalaciones del asilo de Zorroaga a mediados del S XX. Kutxateka.

 

EL “LOCO”

José Manuel Lecube era un hombre alto, fornido, de 49 años de edad, natural de Motrico y antiguo pescador de profesión. Había vivido en el Muelle de San Sebastián, donde era muy conocido.

Lecube padecía con frecuencia de ataques epilépticos. A causa de esto, fue ingresado en el Hospital San Antonio Abad (Manteo), al parecer, durante varios meses. Allí, según “La Voz de Guipúzcoa”, “gozaba de generales simpatías entre los enfermos y entre los superiores, por su buen carácter, afable y compasivo, y jamás dio muestras de violencia, ni aun en los momentos de los ataques epilépticos que padecía”. Cabe recordar que la mujer de Lecube trabajaba como enfermera en dicho hospital. Tras darse de alta en el hospital, pasó al asilo Reina Victoria (Zorroaga). Parece ser que de tener simples ataques epilépticos pasó a manifestar síntomas de enajenación mental.

En el asilo, se habían repetido los ataques y, por ello, siempre había sido atendido con gran cuidado. Según “El País Vasco”, tenía la manía de bajar “con frecuencia extraordinaria” al pabellón inferior. Pese a los ataques, parecía ser un hombre relativamente normal. Uno de los heridos, tras ser interrogado, manifestó que “era hombre que razonaba con extraordinario discernimiento, en los momentos de lucidez, que eran muy frecuentes”. Como hemos visto, los asilados no le temían, pues nunca mostró signo alguno de agresividad.

El diario “El País Vasco” nos describe los síntomas que padecía antes de sufrir los ataques:

“Los síntomas del ataque eran los siguientes: comenzar un paseo, en actitud ligeramente descompuesta; abiertas las manos, avanzar con las manos abiertas, como si fuese en busca de alguien, pero manteniendo constantemente la actitud de ser un ser ausente de sí mismo; pasaba cerca de los otros asilados y jamás les dirigió una palabra molesta, una frase en la que pudiera revelarse el propósito de agresión.”

Otro diario —”El Pueblo Vasco”—, añade un dato que podría ayudar a comprender el probable orígen de la enfermedad: Lecube era alcohólico.

También, según el testimonio del capellán del asilo, Lecube era “cardíaco” —es decir, padecía del corazón— y desde hacía unos días no se sentía bien. Dos días antes de la tragedia, había discutido acaloradamente con otro asilado, hasta el punto de llegar a decir que “estaba cansado de todo y que o iba a suicidarse o iba a matar a alguien”.

La tarde del mismo día de la tragedia, a las 19:00, estuvo en el despacho del director del asilo —el sacerdote Timoteo Iraola— hablando con él “correcta y reposadamente” y sin que revelase ninguna clase de anormalidad. Esa misma tarde, también estuvo hablando con Nicolás Cestona. Hizo la vida normal del asilo y se acostó como de costumbre en la galería superior, hasta que uno de los compañeros que se hallaba despierto, le oyó sollozar y decir á voces: “¡Me voy á matar!” El resto, como ya hemos visto, no hace falta explicarlo. Lecube llevaba asilado desde hacía algo más de un año —hay quien dice dos años—, sin haber causado conflicto alguno.

Una vez capturado, los diarios contarán los pormenores de su vida y, por si fuera poco, “El País Vasco”, en un alarde de sensacionalismo, contará un suceso pasado que tenía a Lecube por protagonista, para reafirmar que Lecube estaba “perturbado” de hacía tiempo:

“Era el año pasado, paseaba una tarde con un amigo suyo por el muelle. Entraron ambos a beber vino en una taberna de aquella parte de la población. Libaron bastante, y al salir, sin que entre ambos mediase palabra alguna, Lecube se abalanzó sobre su amigo, lo cogió por las solapas y sin darle explicación alguna, lo arrojó a la dársena.”

 

EL ARMA DEL CRIMEN

Nadie sabe de dónde sacó Manuel Lecube el arma del crimen. Las monjas aseguraron que se había efectuado hacía escasas semanas una recogida de armas —recogida hecha bajo la supervisión de un concejal—, no dejando ni tan siquiera “la más insignificante navajita” y que a los asilados se les había comprado cuchillos de mesa para el comedor. La prensa especula con que pudo haber adquirido el arma en una de sus salidas del asilo, ya que los asilados podían salir a pasear los domingos y los días festivos sin control alguno.

Por otro lado, nadie se pone de acuerdo en el tipo de arma: si un cuchillo de cocina de grandes dimensiones, un puñal o una simple navaja. Según el testimonio de los asilados, el capellán y las religiosas: un cuchillo de grande, de cocina. Según la opinión de los médicos, tras analizar las heridas de los asilados en la Casa de Socorro y el Hospital de Manteo, debió de ser una simple navaja. El diario “El País Vasco” al interrogar a los médicos nos dice lo siguiente:

“Según nos expresó uno de los médicos el arma con que se cometió la agresión fue una navaja, como lo demuestra el corte que tiene uno de los heridos, corte que demuestra que el arma se cerró en el momento de chocar con aquella.”

El propio Lecube reconoció, durante su confesión en el Hospital, “que no empleó ningún cuchillo para cometer sus fechorías y sí solo la pequeña navaja” —navaja que fue entregada a la policía tras la detención—; pero el diario “El País Vasco”, desmiente este comentario argumentando la gravedad de las heridas, contradiciéndose con lo arriba afirmado.

Quizás, el miedo y la propia fuerza de Lecube, hicieron pensar a los aterrorizados asilados y personal de Zorroaga que pudiera tratarse de un arma de mayor tamaño. La prensa, ávida de sensaciones fuertes, se mostrará claramente inclinada por la “historia” del gran cuchillo de cocina.

 

A POSTERIORI

Los diarios aprovecharon la ocasión para causar sensación con la noticia del suceso. La noticia corrió como la espuma por San Sebastián. Como es evidente, la gente quedó consternada y, como también era de esperar, comenzaron las críticas contra la dirección del asilo y la escasez de vigilancia del lugar. Las propias monjas del asilo manifestaron a la prensa su descontento por la falta de vigilancia en el establecimiento, en el que los asilados podían entrar y salir por la puerta cuando lo deseaban, burlando la vigilancia del único guardia disponible.

Se irían sucediendo diferentes visitas oficiales: El Alcalde Elosegui giró una visita al Asilo para ver a la Superiora y hermanas. El Gobernador Civil, Chacón, visitó el Hospital de Manteo, interesándose por las víctimas y aprovechando la coyuntura para inspeccionar todo el establecimiento; llevándose buena impresión de los observado.

En los siguientes días fueron sucediendose las noticias sobre el estado de los heridos. En el Hospital de Manteo, todos los heridos se restablecían, salvo Martín Cristobalena, que debido a su avanzada edad no progresaba.

El juez Cobian volvió a visitar a los heridos y, junto con el forense, tomó declaración a todos los heridos. Tanto Lecube como sus víctimas, prestaron declaración, no difiriendo de lo que dijeron el día del suceso.

También se sucedieron los funerales por el asesinado Antonio Egurza. Uno se celebró en la capilla del Hospital de San Antonio Abad, al que asistió el alcalde Elósegui. El otro se celebró en la capilla del Asilo Reina Victoria y al que asistieron el alcalde Elósegui, varios vocales de la Junta de Beneficencia y el personal del asilo junto con los asilados.

Por desgracia, no sabemos a ciencia cierta cuál fue la suerte de Lecube. Los diarios dan por sentado que sería trasladado al manicomio de Santa Águeda (Mondragón) cuando su estado lo permitiese y, hasta entonces, quedaba vigilado en su celda del Hospital de Manteo.

 

CONCLUSIÓN

¿Premeditación o Locura? No podemos asegurarlo con certeza. Como ya se ha dicho más arriba, la propia información aportada por la prensa tiende a contradecirse. Por un lado, muestra inclinación por hablar de locura espontánea, para luego añadir que “el loco” Lecube tenía como objetivo asesinar a ciertas personas. Me inclino a pensar que Lecube no estaba tan loco como quería hacer creer la prensa —el amarillismo está presente en todo momento— y que podía albergar cierta inquina por algunas de las víctimas y la monja antes mencionada, pudiéndose excusar en su “demencia” para proceder al asesinato. Pero nada de ésto se puede afirmar sin tener los datos del juzgado de instrucción y la opinión de un psiquiatra forense.

ION URRESTARAZU PARADA

FUENTES:

HEMEROTECA

  • El Pueblo Vasco. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 9.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 11 de Junio de 1926. Pág. 5.
  • La Voz de Guipúzcoa. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 5.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 6.
  • La Constancia: diario íntegro fuerista. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 1.
  • La Constancia: diario íntegro fuerista. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 4.
  • El País Vasco. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 1.
  • El País Vasco. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 2.
  • El País Vasco. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 3.
  • El País Vasco. Jueves 10 de Junio de 1926. Pág. 3.
  • El País Vasco. Viernes 11 de Junio de 1926. Pág. 3.
  • El País Vasco. Domingo 13 de Junio de 1926. Pág. 3.

WEB

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Una jornada de puertas abiertas en los Cuarteles de Loyola.
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Ion Urrestarazu | 23-05-2016 | 11:00| 0

Los Cuarteles de Loyola engalanados para la ocasión. Foto Ion Urrestarazu Parada.

Este sábado pasado, día 21, aproveché la ocasión única de poder visitar los Cuarteles de Loyola. Con la celebración del Día de las Fuerzas Armadas se ha permitido el paso a civiles y, ya que hacía un bonito día, ¿por qué no hacer una visita?

Tras bajar en la estación y dirigirme a pie hacia mi destino, a medida que iba bordeando el Urumea, pude ver cómo los cuarteles estaban engalanados con banderas, señalando así el especial acontecimiento. Una vez cruzado el puente de Urdinzu, y pasar el pertinente control de seguridad, tuve vía libre hasta el Cuartel de Mª Teresa.

Stands en el zaguán del Cuartel de Mª Teresa. Foto Ion Urrestarazu Parada.

En el zaguán de dicho Cuartel, a modo de presentación, había colocados diferentes stands con fotografías y textos que contaban la historia de los Cuarteles desde su fundación hasta la actualidad. Allí mismo estaba el acceso a la novísima sala de Banderas, que desde su estreno el año pasado —la primera jornada de puertas abiertas en Loyola— ha ido aumentando exponencialmente sus fondos. Decidí postergar su visita y comenzar a disfrutar de los diferentes atractivos que ofrecía el Patio de Armas.

En torno al Patio habían sido desplegadas tiendas de campaña y diversos vehículos permanecían estacionados. Todo ello, a modo de pequeño muestrario, preparado para el disfrute de los curiosos que hasta allí se habían acercado.

Las tiendas se dividían de la siguiente manera: un puesto de información para futuros reclutas, donde a los más pequeños les pintaban las caras; un puesto médico con lo último en curas de emergencia, con diverso instrumental e, incluso, un maniquí de RCP para practicar el boca a boca; una cocina de campaña, donde se cocinaba la paella para los asistentes; y, por último, una serie de tiendas donde se exponían diversos artefactos bélicos que iban desde armas ligeras y pesadas a ingenios tecnológicos tales como visores nocturnos o sistemas de telecomunicación.

Algunos de los vehículos expuestos. Foto Ion Urrestarazu Parada.

Los vehículos se componían, básicamente, de ambulancias —donde los más pequeños se entretenían en darle a las sirenas y a los altavoces— y otros vehículos de transporte como camiones y todoterrenos artillados. Yo me subí en un todoterreno artillado —un URO VAMTAC— y tras asomarme por la escotilla y colocarme un casco que por allí había, le dije al soldado que estaba de cicerone: “La seguridad ante todo”, arrancándole con una carcajada.

Los soldados atendían a los curiosos con cortesía y, por qué no decirlo, con una santa paciencia infinita. Lo mimo hablaban de los portentos del granulado anti-hemorragias, ofrecían probar un chaleco antibalas o enseñaban a usar fusiles de asalto y lanzacohetes. Y, se me olvidaba, actuaban como improvisados fotógrafos, a solicitud de los civiles, para así obtener la tan ansiada fotografía de recuerdo.

El público asistente eran básicamente civiles —aunque también había soldados de permiso—, tanto curiosos ajenos al mundo militar —como un servidor— como las familias de los soldados aquí destacados. No se escandalice el lector por la presencia de niños en este acto, pues la inmensa mayoría eran hijos de militares ¿A caso no tienen derecho a saber en qué trabajan sus padres?

Apenas había comenzado la visita, cuando aparecieron desfilando los miembros de la banda de música, procediendo así al primer pasacalles que estaba programado a las 12:00. Tras situarse en el centro de la Plaza, tocaron conocidas marchas al toque de corneta y tambor, para luego volver a desfilar.

La exhibición canina. Foto Ion Urrestarazu Parada.

A las 13:00 se inició en el centro del Patio de Armas la exhibición canina, donde un cabo primero hizo las delicias de los más pequeños exhibiendo las aptitudes de un pastor alemán. El acto terminó con el saludo militar, tanto del cabo como del can.

Media hora después, se dio aviso de que se procedería con la degustación de paella, que sería servida en la cocina de campaña antes mencionada. Evidentemente, el público acudió raudo, cual langostas del Apocalipsis, para degustar el gratuito manjar. Yo, descorazonado por la larga cola ante la cocina y quemado por el fuerte sol del mediodía, decidí evadirme a la Sala de Banderas.

La nueva Sala de Banderas es, para el ojo experto, el punto fuerte de la visita. Tras un arduo trabajo de documentación y recolección de objetos —muchos de ellos donaciones particulares—, al que hay que sumarle el montaje y preparación de la sala, se ha creado un entorno propicio para divulgar una pequeña parte de la historia militar de San Sebastián.

La Sala de Banderas desde la entrada. Foto Ion Urrestarazu Parada.

Allí hay un poco de todo: armas y herramientas de época, estandartes y banderas, maniquís uniformados tanto con réplicas como con prendas originales, vitrinas temáticas que abarcan desde las Guerras Carlistas a las actuales misiones humanitarias, pasando por las guerras de África, Cuba y la Guerra Civil Española… Todo ello aderezado con cuadros donde se recogen los héroes y logros del Tercio Viejo de Sicilia. En fin, el sueño de cualquier apasionado de la historia.

Una de las cosas más curiosas que uno puede encontrarse en la sala es la vitrina en homenaje a Miguel de Cervantes, antiguo miembro de la unidad, donde se exponen restos de la tumba recientemente excavada.

A las 14:00, volvió a desfilar la banda para amenizar con la música guerrera; pero solo pude escucharla en la lejanía, pues mi atención estaba puesta por completo en todas y cada una de las maravillosas reliquias que se guardan en la Sala de Banderas. También hay que decir que, en la Sala, sonaban conocidas bandas sonoras épicas como la de Braveheart o Juego de Tronos.

La Sala de Banderas desde el extremo contrario. Foto Ion Urrestarazu Parada.

Tras remirar la sala de arriba abajo, pude hablar con el conservador de éste encomiable museo: el Sargento Domínguez. Domínguez me ha impresionado, es todo un entusiasta de la historia y se ve que le encanta su trabajo. Me explicó el origen de unas cuantas piezas allí expuestas, además de darme la noticia de que, para el próximo año, se abrirá una nueva sala que estará dedicada íntegramente a San Sebastián.

Tras disfrutar de una larga charla con el Sgto. Domínguez, marché fuera del cuartel a las 15:00, hora en la que se daba por acabada la jornada de puertas abiertas a los Cuarteles de Loyola. El próximo año más y mejor.

ION URRESTARAZU PARADA

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La quinta playa donostiarra
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Ion Urrestarazu | 14-05-2016 | 4:07| 0

La Concha, de las más populares a nivel internacional y “sede oficial” de la realeza en los veranos de finales del siglo XIX. Ondarreta, de corte más familiar y motivo de debate en los últimos años por la invasión de piedras. Zurriola con oleaje más fuerte por estar más abierta al mar, es la más frecuentada por jóvenes y surfistas. Isla Santa Clara, disponible solo unas horas al día y la preferida por veraneantes “liliputienses” por su reducido tamaño. Hasta aquí, todo donostiarra habría conseguido el quesito azul de geografía del Trivial Pursuit (edición infantil) por responder de manera correcta a la pregunta de “¿cómo se llaman las cuatro playas de San Sebastián?”. Bien, cojamos nuestro DeLorean mental y viajemos a un futuro indeterminado en el tiempo en el que la pregunta modificase el número cuatro por el cinco. O simplemente debamos calzarnos unas botas de monte y acudir a Bidebieta. 

Parque Salvador Allende

Ante nosotros, Ulía, nuestro pequeño gran monte. A principios del siglo XX, durante la Belle Époque de la ciudad, Ulía se constituyó como parque de recreo para la aristocracia y hoy en día es un lugar de senderismo muy popular en la ciudad, además de ser una agradable caja de sorpresas poblada de arboles, con infinidad de caminos, y abundantes ruinas escondidas entre la maleza. Y aquí comienza todo…

Ubicándonos en el parque Salvador Allende, antiguo campo de tiro, nos adentramos en el bosque por un pequeño camino que nace a mano izquierda. Al poco de empezar nos encontramos unos pequeños socavones que nos hacen pensar en posibles fosas donde fueron enterrados donostiarras fusilados en el fascismo. Seguimos adelante por un sendero que se intuye hasta llegar a una plantación de bambú que recientemente ha sido talada. Cruzamos un pequeño arroyo que viene del monte y que nos sirve de guía para acercarnos a la falda de Ulía. Da la sensación que recientemente la zona ha sido tratada ya que no queda nada de la maleza que recordábamos meses atrás.
Paso a paso, metro a metro, nos encontramos en medio de la nada con una construcción que nos activa flashbacks de la serie “Perdidos”. ¿Es un bunker? ¿Es un fuerte? No, es un túnel de Junta de Obras del Puerto de Pasajes que atraviesa el monte hasta el mar, curiosa serendipia en medio de tanto verde. Construido en hormigón entre 1937 y 1940 con la función de canalizar el agua de tres manantiales, tiene una longitud aproximada de 530 metros, una anchura de 120 centímetros y una altura de 180 centímetros (algo menos si queremos evitar que ciertos arácnidos hagan mudanza para habitar en nuestra cabeza). Debemos activar el zoom de nuestra mirada para poder apreciar el final del mismo pero como la curiosidad mató al gato, como buenos felinos decidimos atravesarlo linterna en mano para, en 10 minutos, descubrir una joya natural en toda regla; la ensenada Ilurgita. 

Volviendo a hablar de ese futuro indeterminado, por qué no pensar en una vía poco transitada pero adecuada al peatón en la que pudiésemos llegar a esta cala en chancletas y sin necesidad de coger las cuatro ruedas. Una cala ya conocida por los senderistas de Ulía y que con el túnel evitaría los abruptos caminos que conducen a ella. Una cala que si Hasbro (propietaria de Trivial Pursuit) nos preguntase por las playas de San Sebastián, ya podríamos hablar de la quinta playa donostiarra. 

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El Hundimiento del Príncipe de Asturias en San Sebastián (1916).
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Ion Urrestarazu | 09-05-2016 | 10:22| 0

El trasatlántico Príncipe de Asturias en una postal. Internet.

Son las cuatro de la mañana del día 5 de marzo de 1916. La lluvia arrecia y la densa niebla cubre el horizonte. En frente del buque se divisa un arrecife, el capitán José Lotina ordena dar “atrás toda”. La maniobra es insuficiente, el buque impacta de costado y se abre una gran vía de agua en el casco. Cinco minutos después, el trasatlántico Príncipe de Asturias se hunde en las oscuras aguas de la costa brasileña.

Así comienza la tragedia de éste buque y de sus pasajeros, entre los que figuraban varias familias de San Sebastián…

***

El “Príncipe de Asturias”, fue un trasatlántico perteneciente a la Naviera Pinillos. Fue construido en Glasgow apenas dos años antes de la tragedia. Tenía 150 metros de eslora, 20 de manga y 10 de puntal y desplazaba 16.500 toneladas. Podía navegar a 18 nudos y transportar 1.900 pasajeros. Costó 200.000 libras de la época. En su tiempo, fue considerado como uno de los más hermosos buques de la flota mercante española.

El buque zarpó de Barcelona el 17 de febrero con destino a Buenos Aires, no hallando novedad alguna hasta llegar al lugar del naufragio. Portaba 588 pasajeros y tripulantes.

Tras la imposibilidad de entrar al puerto de Santos (Brasil) a causa del mal tiempo, el capitán José Lotina decide esperar un día más. Durante la noche el tiempo empeoraba por momentos, el cielo se cubrió de niebla y la lluvia caía torrencialmente. Confiando en su pericia, el capitán decidió intentar entrar al puerto en la madrugada del día 5 de marzo. Su decisión sería fatal.

 

“Don José Lotina, capitán del «Príncipe de Asturias», que pereció en el naufragio. Era éste el último viaje que pensaba realizar”. Foto y texto: EPV.

 

A las cuatro de la mañana, los oficiales a duras penas pudieron avistar el arrecife de punta Pirabura. Pese a las órdenes del capitán para evitar el choque, nada se pudo hacer. El Príncipe de Asturias chocó de costado y se abrió en el casco una enorme vía de agua que iba de proa a popa. La nave estaba herida de muerte.

El trasatlántico se hundió en menos de cinco minutos, llevándose al fondo del mar 445 almas. De las 143 almas rescatadas solo 57 eran pasajeros; las 86 restantes eran tripulantes. En su momento fue la mayor catástrofe naval en la historia de España.

En la actualidad, el “Príncipe de Asturias”, yace en el fondo del mar a una profundidad de 45 metros, cerca de la punta de Boi, en la isla de San Sebastián. Es casi inaccesible para los submarinistas debido al clima adverso, la escasa visibilidad y las fuertes corrientes.

***

La noticia del hundimiento llega a San Sebastián el 7 de marzo. Inmediatamente, como suele ser en estos casos, los angustiados familiares de los viajeros, acudieron a los principales diarios demandando toda la información disponible sobre los pasajeros.

También acudieron a la Agencia del señor Julián de Salazar, consignataria de la Naviera Pinillos, donde los pasajeros habían adquirido los billetes, para reclamar toda noticia sobre los mismos. El señor Salazar se apresuró a telegrafiar a la Dirección de la Naviera, en Cádiz, que le aseguró la pérdida total del buque y el salvamento de varias personas, pero sin confirmar nombres.

 

“Doña Eusebia Garitonandia de Guerra y su hijo Felipe, de cuatro años, que también han perecido. Conocidísimos en San Sebastián era ella sobrina de don Víctor Garitaonandía”. Foto y texto EPV.

 

Al día siguiente (día 8), las portadas de los principales diarios locales consultados (El Pueblo Vasco y La Voz de Guipúzcoa) se hacen eco de la tragedia de manera extensa. Aquel día, la pérdida del trasatlántico estuvo presente en todas las conversaciones de San Sebastián.

Los diarios consultados publican dos listas de pasajeros. Como podrá observar el lector, apenas coinciden. Seguramente ésto sea producto de la desinformación reinante en los primeros momentos:

 

“La Voz de Guipúzcoa”:

  • Don Marcial Aguirre, que iba con su señora, cuatro hijos, dos criadas y una cocinera.
  • Don Francisco Jaureguialzo, con su señora y dos hijos. Aquí dejaron otros cuatro hijos, dos en Vergara y dos en el colegio de los Maristas de esta capital.
  • Don Luciano Unda y señora.
  • Don José Ruiz y señora.
  • Doña Eusebia Guerra, con un niño de cuatro años.
  • Don Luis Echeverría.
  • Don Felipe Gaspar Blanco y señora.
  • Señor Mitchal y señora.
  • Don Norberto Múgica. Este iba sólo y tiene su familia en San Sebastián.
  • De buena procedencia, pero sin garantías de absoluta certeza, se nos dijo anoche que un amigo del señor Aguirre había enviado desde el Brasil un cablegrama anunciando que dicha familia se ha salvado enteramente. (Luego veremos que se confirmó precisamente lo contrario).
  • También aseguraba la misma noticia que entre los salvados figura igualmente otra familia de Vergara, cuyo nombre desconocemos.

 

“El Pueblo Vasco”:

  • Ezpeleta
  • Jaureguialzo
  • Mitchel
  • Unda
  • González
  • Echeverría
  • Blanco
  • Eusebia Guerra
  • Marcial Aguirre

 

“El Pueblo Vasco” llega a comentar que en el buque iba un joven matrimonio de San Sebastián, que había embarcado para recoger una herencia en América, dejando en un piso de la calle Fuenterrabía una niña de mes y medio de edad al cuidado de su abuela.

Se da noticia de que podrían haber embarcado 33 guipuzcoanos. Esta conclusión se debe a que ése fue el número de billetes expedidos por la Agencia del señor Salazar.

 

“Don Francisco Jaureguialzo y su esposa doña Cecilia Urteaga, que fallecieron con cuatro de sus hijos en el naufragio del trasatlántico «Príncipe de Asturias»”. Foto y texto: EPV. 

 

El día 9 se facilitan los nombres de algunos pasajeros que han sobrevivido a la tragedia:

  • Luciano Unda y su esposa.
  • Felipe Gaspar.
  • Emilio Gaviria, famoso ex pelotari de cesta-punta que viajaba como camarero.

 

El sábado 10, la familia de Norberto Múgica recibe una noticia desde “Iquiqui” (¿Iquique, Chile?), anunciándoles el salvamento de Norberto. Por desgracia, la noticia, que estaba sin confirmar, llevaría una efímera esperanza a la familia Múgica. Norberto se hallará entre los fallecidos.

El mísmo día, se recibía la noticia del fallecimiento del matrimonio eibarrés conformado por Román Hernández y Rudina Aranzabal y sus hijos gemelos de corta edad. También se señala la presencia de Vicente Aldazabal, un eibarrés bastante conocido, y se temía su fallecimiento.

Para el día 11 se tiene la certeza de quienes fueron los fallecidos. He aquí la lista:

  • El matrimonio Marcial Aguirre y Segunda Zuriarrain de Aguirre, de 42 y 28 años respectivamente; con sus hijos Manuel, Mª Luisa, Mª Asunción y Mª del Carmen. Toda la familia al completo falleció en el naufragio. Al parecer, una criada que iba con ellos también falleció.
  • El matrimonio Francisco Jaureguialzo Albizu y Cecilia Urteaga Dorronsoro, con sus hijos Ignacia, Paula, Juan y Carmen. Dejaron en San Sebastián huérfanos a cinco hijos naturales y uno político.
  • Norberto Múgica Beovide. Dejó en San Sebastián viuda e hijos.
  • Luis Echeverría, de 17 años de edad.
  • Eusebia Garitonandia de Guerra y su hijo felipe, de tan solo 4 años.
  • Josefa Albizu y Arsuaga, de 25 años de edad.

***

Tras confirmarse las muerte, se abrieron dos suscripciones en pro de las familias damnificadas por la tragedia: La de la Naviera Pinillos, abierta desde el día 12 en Barcelona, y la de la Agencia Salazar en San Sebastián.

“La Voz de Guipúzcoa” publica una carta de Julián de Salazar que nos ofrece la primera lista de donaciones hechas en su Agencia:

  • Hijo de Julián de Salazar, S. en C.: 250 ptas.
  • Juan San José, capitán del vapor “Iciar”: 5 ptas.
  • Servando Sáenz de Miera, capitán del vapor “La Providencia”: 5 ptas.
  • Pío Anza: 5 ptas.
  • Cándido Bidaguren: 5 ptas.
  • Total: 270 ptas.

 

El día 17, “La Voz de Guipúzcoa” vuelve a dar noticia sobre los donativos; se suman 328 pesetas.

A partir de ésta última fecha no han sido hallados más datos que indiquen el total de lo recaudado en Guipúzcoa.

***

Tras la confirmación de los fallecimientos, en su memoria se realizaron los siguientes funerales:

El Lunes 13, a las diez de la mañana, se celebró en la iglesia del Sagrado Corazón misa de réquiem, con responso, por Eusebia Garitaonandia de Guerra y su hijo Felipe. Encargada por el tío de ésta, el presbítero Víctor Garitaonandia.

El mismo día, a las diez y media, en la iglesia de los Capuchinos, se celebró una misa de Gloria, que había sido encargada por los amigos de los niños de la familia Aguirre.

A las once, encargada por el Círculo Easonense, se celebró en la parroquia de Santa María una misa de Requiem, en sufragio de las almas de los fallecidos. El acto, como era de esperar, estuvo muy concurrido, figurando entre los asistentes muchos socios del Círculo, amigos y deudos de los fallecidos.

 

“Don Marcial Aguirre, su esposa y sus hijos con una de las sirvientes que les acompañaba, todos los cuales han perecido en el naufragio del trasatlántico «Príncipe de Asturias»”. Foto y texto: EPV.

 

El miércoles 15, a las nueve y media, en la capilla del Colegio Católico de Santa María (Marianistas), se celebró otra misa por los náufragos y, en especial, por Luis Echeverría, antiguo alumno de la institución; Norberto Múgica y las familias Jaureguialzo y Aguirre, parientes y allegados de alumnos del Centro.

El mismo día se haría otra misa en honor de Norberto Múgica, a las diez de la mañana en la parroquia del Buen Pastor.

El jueves 16, se celebraron los funerales de la familia Jaureguialzo-Urteaga en la parroquia del Buen Pastor, a las once de la mañana.

El viernes 17, en Fuenterrabía, a las diez y media, se celebraron los funerales de la familia Aguirre-Zuriarrain.

El mismo día, a las once de la mañana, se celebró el funeral del joven Luis Echeverría, en la parroquia del Buen Pastor.

El sábado 18, a las nueve de la mañana, en la parroquia de Santa María, se celebró el funeral de Josefa Albizu y Arsuaga.

El lunes 20, en la parroquia del Buen Pastor, a las once de la mañana, se celebraron los funerales de la malograda familia Aguirre-Zuriarrain.

Semanas después, el lunes 10 de abril, aparece una nueva esquela: la de Francisco Espeleta Buruaga. Su funeral se celebró ese mismo día, a las  diez de la mañana, en la parroquia del Buen Pastor.

***

El día 13 de abril, en las oficinas de la Agencia Pinillos, en Barcelona, quedó constituida una comisión cuya misión sería la de «cuidar de la clasificación y reparto de los socorros a las familias necesitadas de los tripulantes y pasajeros de tercera desaparecidos en el naufragio». Para entonces, ya se tiene constancia del número total de víctimas: 108 tripulantes y 197 pasajeros.

Las cantidades recaudadas hasta entonces, por las suscripciones de Barcelona y Cádiz, ascendían a unas 112.000 pesetas; desconociéndose el total de las cantidades reunidas en otros puertos. Aun uniendo aquellas cantidades desconocidas a la cantidad conocida, la propia comisión anunciaba que sería insuficiente para atender al tamaño de la catástrofe.

 

ION URRESTARAZU PARADA

Fuentes:

Hemeroteca:

  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 7 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 8 de Marzo de 1916. Pág. 1.
  • La Voz de Guipúzcoa. Martes 14 de Marzo de 1916. Pág. 2.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 15 de Marzo de 1916. Pág. 2.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 15 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Jueves 16 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Viernes 17 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Lunes 27 de Marzo de 1916. Pág. 2.
  • La Voz de Guipúzcoa. Lunes 10 de Abril de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Jueves 13 de Abril de 1916. Pág. 1.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 19 de Abril de 1916. Pág. 4.
  • El Pueblo Vasco. Martes 7 de Marzo de 1916. Pág. 1.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 8 de Marzo de 1916. Pág. 1.
  • El Pueblo Vasco. Jueves 9 de Marzo de 1916. Pág. 1.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 10 de Marzo de 1916. Pág. 1.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 10 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • El Pueblo Vasco. Sábado 11 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • El Pueblo Vasco. Domingo 12 de Marzo de 1916. Pág. 1.
  • El Pueblo Vasco. Martes 14 de Marzo de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Martes 14 de Marzo de 1916. Pág. 5.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 15 de Marzo de 1916. Pág. 5.
  • El Pueblo Vasco. Jueves 16 de Marzo de 1916. Pág. 3.
  • El Pueblo Vasco. Jueves 16 de Marzo de 1916. Pág. 5.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 17 de Marzo de 1916. Pág. 4.
  • El Pueblo Vasco. Domingo 19 de Marzo de 1916. Pág. 5.
  • El Pueblo Vasco. Lunes 20 de Marzo de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Lunes 10 de Abril de 1916. Pág. 5.

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Sobre el autor Ion Urrestarazu
Un donostiarra curioso de su ciudad, entretenido en observar, desde sus ojos de peatón, todo el entorno que le rodea. Porque hay algo más allá que la bahía y la gastronomía, mostraré con todo lujo detalles, las anécdotas y curiosidades que ayuden a ampliar vuestro conocimiento