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Categoría: Crímenes
Las hazañas de “Kiki”, “Benitin” y Brujalada (1927).

Fotos policiales de Kiki, Benitín y Brujalada

Fotos policiales de Kiki, Benitín y Brujalada

Las hazañas de “Kiki”, “Benitin” y Brujalada  (1927).

UNA CARRERA METEÓRICA

Durante la noche del 21 al 22 de agosto de 1927, la fonda de la Estación del Norte de Irún fue robada. Unos ladrones entraron por una ventana, llevándose 1.000 pesetas en billetes y monedas de plata. Durante el resto del mes, los ladrones decidieron visitar Hendaya, cometiendo en la villa fronteriza dos robos. Uno fue realizado en el comercio llamado “Palacio de Cristal”, donde, con toda tranquilidad, se llevaron objetos por un valor estimado en 8.000 francos. Dos días más tarde, mediante el método de la palanca, harían lo propio en “Villa Merkiena”, en cuya planta baja, ocupada por dos comercios de importancia, robarían objetos de valor—entre ellos relojes y cadenas— por un valor que rondaba los 10.000 francos.

En la noche del 15 al 16 de septiembre, darían su mayor golpe. Nuevamente en Hendaya, asaltaron el comercio “L’Elegance”, sito en la plaza del mercado de Hendaya. Tras saltar la cerradura de la puerta con la palanca, con pasmosa tranquilidad, arramblaron, como suele decirse, con todo lo que no estaba sujeto al suelo. Se hicieron con un botín muy completito: Unos 2.000 francos en metálico y gran cantidad de objetos, entre los que destacaban alhajas diversas de oro de ley, estilográficas, gemelos de teatro, relojes y, además, varias prendas entre las que había camisas de seda, chalecos de punto, tres trincheras, un abrigo, pañuelos, etc. Según confesión del dueño del local, el valor de los objetos sustraídos rondarían entre los 36.000 y 50.000 francos.

Los ladrones cargaron el copioso botín en tres maletas que hallaron en “L’Elegance” y, con la misma tranquilidad con que robaron, pasaron la frontera subidos a un tren de mercancías con dirección a San Sebastián. De allí, en un automóvil de alquiler, marcharon a Bilbao. Llegados a la Villa, visitarían a un perista del barrio de Solokoetxe, que, a sabiendas de que lo que le ofrecían eran materiales robados, adquirió toda la mercancía a cambio de unas escasas 556 pesetas. Los ladrones, posiblemente descontentos por la escasa ganancia, volverían pronto a las andadas.

En la noche del 24 al 25 de septiembre, volvieron a actuar en Irún. En esta ocasión, colándose por una ventana, entraron en “Villa Larrañaga”, propiedad del entonces alcalde de Irún, Luis Larrañaga. De allí sólo pudieron sacar una estilográfica “Fiat”, cien sellos de correo de 25 céntimos y varios de otros valores, una navaja con cachas de nácar y algunos objetos más de escaso valor. Seguramente, viendo el escaso resultado obtenido, durante la misma noche decidieron improvisar otro golpe en la ciudad fronteriza.

La nueva víctima elegida fue el “Bar de la Frontera”, propiedad de Bautista Bergés. Tras el palanquetazo y asalto a la caja normativos, consiguieron 40 ptas. en calderilla y 15 en plata. Visto que el botín les pareció insuficiente, con total descaro se dieron un banquete con los géneros del local. Tras alegrarse el espíritu a base de pan y queso, rehogando todo ello con vino, dejaron como recuerdo de su “visita” una nota en la que afirmaban, con total recochineo, que “habían tenido mucho gusto en probar géneros tan excelentes”. Ahí no acabó la cosa.

Dice un dicho que con pan y vino se anda el camino, y nuestros protagonistas lo cumplieron. Esa misma madrugada, decidieron darse un paseo y visitar el “Stadium Gal”. Allí, en la caseta de jugadores, decidieron despachar dos botellitas de vino que se habían traído del bar junto con las tan necesarias copas. Tras agarrarse una buena melopea, y encontrar un balón, se pusieron a jugar al fútbol bajo la lluvia. Después de unos cuantos chutes, se retiraron a la tribuna de prensa a seguir bebiendo, donde quedarían para la posteridad, simétricamente alineadas sobre una mesa, las botellas y las copas.

Tras su última aventura, nuestros protagonistas desaparecen por un tiempo. Al parecer, se refugiaron en Bilbao, dedicándose, entre otras cosas a la juerga y a realizar algunos menesteres de su oficio. Pero, como suele decirse, la avaricia rompe el saco. Pronto tuvieron que salir de Bilbao y la cosa se torció aún más cuando volvieron a Guipúzcoa. En Rentería intentaron penetrar en el depósito de gasolina de la viuda de Londáiz, situado en la bifurcación de la carretera de Oyarzun. Allí, los serenos los sorprendieron infraganti y, tras echarles el alto y viendo que se resistían, los rechazaron a tiros. Huyendo por el campo como iban, uno de los ladrones acabó cayéndose por un barranco, resultando herido de escasa gravedad.

LOS CACOS: KIKI, BENITÍN Y BRUJALADA

Hagamos un alto para presentar a los, hasta ahora, desconocidos protagonistas de esta historia. Veamos quienes eran:

Serafín Vázquez González, alias “Kiki”, de 20 años de edad, natural de Celanova (Orense). Excorneta del regimiento de Sicilia, fue expulsado del mismo por conducta “depravada”. Dos años antes había sido detenido por un robo en el establecimiento “El Rey de los Impermeables” de Hendaya, siendo detenido en unión de otro delincuente llamado Azpiri. Cuando se hallaba preso en el cuartel de San Telmo, se evadió por el retrete., tras lo cual sería detenido como desertor. Le sirvió de abono para la menor responsabilidad de los delitos cometidos, el no haber cumplido diez y ocho años de edad.

Benito Fernández Michelena, alias “Benitín”, de 19 años —20, según otras fuentes—, era natural de Irún y de oficio mecánico.

Fernando Brujalada Ruiz, de 31 años —24, otras fuentes—, era natural de Jaca.

Los tres eran expertos en la materia del robo, y viejos conocidos de la policía.

LA INVESTIGACIÓN

Al principio, la policía estaba desconcertada a causa del número de robos. Tres agentes serían los encargados de la investigación: Mateo, Olave y Reales. A estos se les unirían dos policías procedentes de Bilbao—uno de ellos el inspector Vela—, que también buscaban a nuestros protagonistas por un robo sucedido en la Villa. Pero no sería hasta octubre, cuando obtendrían la primera pista fiable. En los partes de viajeros que llegaban al Gobierno civil, vieron que en un casa de huéspedes de Chominenea, propiedad de Agapito Díez —mezcla de bar, estanco y hospedería—, aparecían los nombres de tres individuos fichados: nuestros protagonistas. A partir de aquí, la cosa fue rodada.

El día 5 de octubre, con las debidas precauciones, los agentes se presentaron en Chominenea con la intención de darles caza; pero los “pájaros” habían volado. Sólo pudieron averiguar que la banda llevaba allí hospedada desde el día anterior. Al día siguiente, muy temprano, volverían a intentar nuevamente su captura, ya que tenían miedo de perderles la pista. Comprobaron que los delincuentes no habían pasado la noche en la casa de huéspedes; pero que sí habían estado en el bar-estanco hacía un momento. Los agentes consiguieron averiguar que la banda estaba reunida en el monte Ametsagaña, en un montículo cercano al camino del ya desaparecido Sanatorio, a unos 600 metros de la casa de huéspedes. Desde aquella posición, los ladrones podían ver todo lo que sucedía en torno al valle de Loyola. Así que a los policías no les quedó más remedio que intentar una nueva estrategia.

LA CAPTURA

En los cercanos Cuarteles de Loyola, los agentes se entrevistaron con el coronel Mateo, del regimiento de Sicilia, para pedirle que les prestasen algunos soldados. El coronel accedió, seguramente entusiasmado por lo curioso de la situación. Fueron tres los soldados escogidos para la misión: Tirso Aguado Alonso, Luis del Teso Gutiérrez y José Larrañaga Aspiazu.  La estrategia a seguir por éstos era sencilla: subir al monte, como dando un paseo, entrar en contacto con los ladrones y entretenerles hasta que la policía tomase posiciones para poder sorprenderlos y capturarlos. Así se hizo.

Los soldados se acercaron a los ladrones, que tendidos en la hierba, estaban a la expectativa. Los soldados se sentaron en el suelo, a cierta distancia, como ajenos a la presencia de la banda. Pasados unos minutos, los soldados saludaron a los ladrones, y trabaron conversación, empezando con una temática tan típica como “el tiempo”, para proseguir con otros temas, como los bailes de Loyola y Rentería o la vida militar. La conversación se fue animando, llegando a hablarse de mujeres y a fanfarronear sobre conquistas. Mientras, los agentes comenzaron a tomar posiciones.

Tras percatarse de la presencia de los policías, y que el encuentro con los soldados era una trampa, los cacos tomaron, cada uno por su lado, las de Villadiego. “Benitín” huyó monte arriba, siendo perseguido por el agente Reales y un soldado, dándole caza tras una larga persecución. Brujalada hizo lo propio, pero monte abajo, perseguido por el agente Mateo, los policías bilbaínos y otro soldado; terminaría siendo detenido en una bocacalle, tras haber conseguido cruzar el puente de Loyola. “Kiki” también huyó monte abajo y, justo cuando el agente Olave y el tercer soldado restante lo iban a capturar, se tiró, vestido como estaba, al Urumea; intentó cruzarlo a nado, pero no lo conseguiría, porque el agente Olave le amenazó con dispararle, consiguiendo así amedrentarlo y que deshiciera lo nadado. La pintoresca persecución llamó la atención de los loiolatarras, que desde las ventanas de sus casas admiraron el singular espectáculo, que debió resultar bastante cómico.

EL FINAL

Una vez detenidos y esposados, “Kiki”, “Benitín” y Brujalada fueron llevados en tranvía al Gobierno civil. Allí, los cacos confesaron con total tranquilidad todos los robos —incluido el realizado en Bilbao—, dando detalles que confirmaban su implicación. También se comprobó que los detenidos llevaban chalecos de punto robados en “L’Elegance”. El 7 de octubre, serían fotografiados para la ficha en el gabinete atropométrico, a cargo del agente Castellar; fotos que serían facilitadas a la prensa—y que acompañan al artículo—. Y, como era de esperar, nuestros protagonistas terminaron con sus huesos en la donostiarra  cárcel de Ondarreta.

Mientras, en Bilbao, el agente Vela detendría al perista de Solokoetxe, pudiendo recuperar varios objetos robados en “L’Elegance”, averiguando, además, que algunos objetos ya habían sido vendidos a algunos comerciantes de la villa.

ION URRESTARAZU PARADA

 

Almacenes "A L'Elegance", de Hendaya

Almacenes “A L’Elegance”, de Hendaya

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Escándalo en el Frontón Municipal (1916).

Ese mismo año, el 12 de abril, en el Iris Park de Barcelona, Franch Hoche contra Harry Allack con Jack Johnson como árbitro. Foto Arxiu del Centre Excursionista de Catalunya.

 

Escándalo en el Frontón Municipal.

Son las 21:30 del 7 de julio de 1916. El Frontón Municipal está a rebosar. El público donostiarra está extasiado: van a pasar la noche viendo combatir a un impresionante elenco de boxeadores y ¡sólo por 0,50 pesetas la entrada! Pero… hay un problema. Los luchadores que hacen acto de presencia en el ring no tienen nada que ver con los del cartel y, por encima, no saben ni luchar. “¿Pero ésto qué es?”, se pregunta el público. Así comienza la crónica de una estafa muy descarada.

La noticia

El primer diario que se hizo eco de la sensacional novedad fue “La Voz de Guipúzcoa”: un empresario norteamericano, llamado Richard Klegin, había venido a San Sebastián con la idea de organizar un campeonato de boxeo y otro de lucha grecoromana. Ambos combates se sucederían durante dos días, alternando boxeo con lucha grecorromana.
Según el diario, el programa de boxeo iba a ser más o menos como sigue:

El día 6 a las 21:00 comenzaría el evento en el Frontón Municipal.

1º El norteamericano Closey contra el belga Jun Blak. El combate sería a 10 rounds con 2 minutos de tiempo cada uno.

2º El español Franch Hoche contra el norteamericano Gus Rhodes.

3º Los dos hijos del profesor de boxeo Anderson, harían una demostración.

4º El británico Grand contra el español Rafael Barrero. Ambos jokeys, pesaban 51 y 49 kilos respectivamente.

5º El norteamericano Joven Smitch contra el holandés Joon Keunedy. Ambos, según la prensa, eran considerados temibles boxeadores.

La Voz daba otros tantos datos jugosos para alimentar las imaginación del público: Closey, vencedor de 250 luchas, tras haber sido derrotado por Black hacía dos años en París, iba a buscar la revancha en San Sebastián. O sobre Gus Rhodes, que ya era famoso por méritos propios, comentaba que era sobrino del famoso campeón Jack Johnson “el gigante de Galveston”. Hay que darse cuenta de la importancia del campeonato, muchos de ellos eran auténticas estrellas del momento.
No será el único diario en que se hable del evento. “El Liberal Guipuzcoano” y “El Pueblo Vasco”, anunciarán haberse inscrito para el campeonato “más de doce luchadores”, entre los que destacaban nombres muy conocidos para el momento en la lucha grecorromana: Petersen, campeón del mundo; Pottier, campeón canadiense; Rosset, campeón Suizo, y Luis Uni “Apollón”, campeón de fuerza.
En el campeonato de lucha grecorromana, que se celebraría el día 7, los luchadores se batirían por un premio que ascendía a la jugosa cifra de 10.000 pesetas de la época.
Y por si todo ésto pudiera parecer poco, los donostiarras podrían presenciar ambos espectáculos por el módico precio de 0,50 pesetas la entrada general y cinco pesetas la butaca. Mejor imposible.

El suceso

Como se esperaba, a las nueve y media de la noche del 6 de julio iba a dar comienzo el primer combate de boxeo en el Frontón Municipal; pero algo extraño sucedió.
La Voz de Guipúzcoa comentaría al día siguiente: “Nos decía anoche un popularísimo empresario y actor, muy formal en lo primero y muy querido por el público, que si se colocan á un lado todos los que han venido á ganar dinero á San Sebastián y á otro lado los que tienen que pagarlo, vencen en numéro los primeros”. No le faltaba razón. En la misma hora que se hacía dicho comentario, como si una premonición se tratase, en el Frontón Municipal ocurría un escándalo.
Como ya hemos dicho, en el Frontón Municipal, que estaba arrendado por el empresario Richard Klegin, se iban a celebrar varios combates de boxeo. El público donostiarra ávido de espectáculo, había acudido en masa debido a lo atractivo del elenco y lo económico de la entrada. Pero, tan pronto como llegó la hora del comienzo del campeonato, comenzaron a apreciar que algo no iba bien.
Ante el público, desfilaron por el ring una serie de boxeadores que nada tenían que ver con el cartel. La Voz de Guipúzcoa ironiza al respecto diciendo que los boxeadores habían sido sustituidos por otros de marca “Codorniú”. Sólo un boxeador coincidía con el cartel: el español Hoche; el resto, eran todos sustitutos.
También “El Pueblo Vasco” comenta como aquellos sustitutos “se condujeron en forma tan impropia é incorrecta que, en realidad parecían mofarse del público” y pone un ejemplo muy explícito del esperpéntico cambiazo: “un vecino de Getafe salió á boxear en calidad de sobrino (Gus Rhodes) de Jack Johnson”. Aquel cambiazo no habría sido tan descarado si el norteamericano Gus Rhodes no hubiese sido negro.
Según “El Liberal Guipuzcoano”, el programa no se realizó por completo. La velada terminó demasiado pronto y se dió anuncio de que se iba a preparar otro combate. Combate que no llegaría a realizarse a causa de que un luchador —presumiblemente Hoche— se negó a seguir con aquella farsa. El tiempo pasaba y, tras ver que en largo rato este último combate no terminaba por celebrarse, el público comenzó a subirse por las paredes.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Tras la primera incertidumbre, los espectadores perdieron la paciencia y, luego, estallaron a gritos y, de ahí, a arrasar con el mobiliario, reduciendo, literalmente, las butacas a astillas. Al parecer, la autoridad tuvo que entrar en el frontón a apaciguar los ánimos.
Tras el primer “desahogo”, el indignado público salió a la calle y pasó a montar una manifestación, marchando en número de 300 a 400 defraudados, sin violencia alguna, con dirección al Gobierno Civil y con intención de protestar y exigir la devolución del dinero. Vamos, como tiene que ser.
Entre tanto, el gobernador civil, López Monís, estaba en el teatro disfrutando de la velada nocturna cuando recibió la noticia de lo que ocurría. Apresuradamente, salió del teatro para recibir a los manifestantes en el palacio de Bellamar, sede del Gobierno Civil. Allí, los manifestantes expusieron los hechos, que fueron confirmados por los agentes, y exigieron acciones al respecto.
El gobernador no pudo proceder a la devolución del dinero, ya que buena parte del público había tirado los resguardos de las entradas. Así que era imposible asegurar la cantidad a devolver. Por ello, hizo un cálculo de las ganancias obtenidas por el arrendatario del frontón, el tal Klegin, y decidió imponerle una multa de 500 pesetas.
También fue informado de que para el día siguiente, Klegin, había solicitado un permiso para celebrar otra velada, esta vez de lucha grecorromana. El gobernador, a fin de garantizar el orden, suspendió la autorización temporalmente y pidió a los miembros del Club Fortuna, considerados la primera institución deportiva de la ciudad, que comprobasen el cartel del campeonato de lucha grecorromana para ver si había alguna irregularidad.

A posteriori

Al día siguiente, 7 de julio, como es de rigor, los diarios se hicieron eco del bochornoso espectáculo y celebraron por igual la actuación del público donostiarra y del gobernador civil.
El Club Fortuna emitió su veredicto de acuerdo a la organización del match de lucha grecorromana. Claramente, fue negativo.
En la redacción de La Voz de Guipúzcoa se presentaron el campeón del mundo de lucha grecorromana Pettersen, y el boxeador Gus Andrew Rhodes, sobrino del famoso Jack Johnson. Ambos explicaron a los periodistas que habían venido a San Sebastián a inscribirse en los campeonatos, pero viendo lo que pasó quisieron hacer saber al público donostiarra que nada tenían que ver con lo sucedido y que solo participarían en espectáculos con garantía. Por si se celebraba algún campeonato serio, Pettersen se quedó algunos días más en la ciudad.
Esa misma noche, Gus Rhodes volvería a dar explicaciones, ésta vez en la redacción de El Pueblo Vasco, añadiendo que, en breve, podría vérserle luchando en compañía de su afamado tío y otros boxeadores. Rhodes, como despedida, tuvo un gesto de simpatía con los reporteros e hizo una pequeña demostración de sus habilidades, golpeando la mano de uno de ellos con un leve shake-hand reduciéndosela a “fosfatina”.
El día 8, durante la mañana, Rhodes visitó al gobernador civil, notificándole las intenciones de realizar varias exhibiciones en San Sebastián junto con Jack Johnson, Pettersen y otros tantos. El gobernador, visto lo sucedido, le advirtió que no se celebraría ninguna exhibición que no contase con el visto bueno del Club Fortuna.
En esta ocasión fue Pettersen el que visitó la redacción de El Pueblo Vasco. Allí contó más o menos lo mismo que Rhodes, a saber: haber venido a San Sebastián para participar en el torneo, pero que renunció a participar en él, debido a las irregularidades del match de boxeo. Éste había venido con su familia, y decidió quedarse en la ciudad para tal vez participar en alguna velada “íntima” como obsequio al público. También elogió al luchador español Javier Ochoa “El León Navarro”, con quien lucharía el domingo en Pamplona, considerándolo “C’est un vrai taureau” (es un toro bravo). La carrera de Ochoa fue de vértigo, llegó a salir invicto en más de 1.500 combates, tan solo perdiendo en 8 ocasiones, ganándose con razón el mote de “El León Navarro”; pero eso, es otra historia.
ION URRESTARAZU PARADA
FUENTES: 
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 5 de Julio de 1916. Pág. 3.
  • La Voz de Guipúzcoa. Viernes 7 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • La Voz de Guipúzcoa. Sábado 8 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Liberal Guipuzcoano: diario de la tarde. Jueves 6 de Julio de 1916. Pág. 4.
  • El Liberal Guipuzcoano: diario de la tarde. Viernes 7 de Julio de 1916. Pág. 3.
  • Diario Vasco. Domingo 9 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Jueves 6 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 7 de Julio de 1916. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Sábado 8 de Julio de 1916. Pág. 3.
  • El Pueblo Vasco. Domingo 9 de Julio de 1916. Pág. 4.

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Locura y muerte en el Asilo de Zorroaga (1926).

“Manuel Lecube, inconsciente autor de la tragedia de ayer. (F. Guerézquiz.)”. Foto LVG.

 

 

LOCURA Y MUERTE EN EL ASILO DE ZORROAGA.

 

Son las 2 de la madrugada del 8 de junio de 1926. En el segundo pabellón del Asilo Reina Victoria, un hombre yace en su cama despierto. Está inquieto y no deja de sollozar. Llegará el momento en que anuncie a voces que va a matarse. Se levantará, se vestirá y empuñará un cuchillo que escondía con nefastas consecuencias. Así comienza una noche de locura y muerte en el Asilo de Zorroaga.

 

EL COMIENZO

Como cualquier otro día, los asilados de Zorroaga marcharon a dormir a sus respectivos pabellones. Las Hermanas de la Caridad hicieron la última ronda sin observar nada anormal. A la 1:00 de la madrugada, se retiraron a su propio pabellón. Mientras todas las hermanas se disponían a descansar, una de ellas —sor Justa Murga— decidió hacer una última requisa hacia la 1:40. Según la prensa, si hubiera tardado cinco minutos más, habría sido sorprendida por la tragedia.

Hacia la 1:45 —hay quien dice las 2:00—, en el dormitorio del piso principal, mientras todos duermen, uno de los asilados, no pudiendo dormir, observa a su compañero, que también se ha despertado y solloza. El asilado que solloza, al cabo de un rato, anunció en voz alta: “¡Me voy a matar!”. Tras decir esto, el presunto suicida, llamado Manuel Lecube, preso de una gran excitación, saltó de la cama, se vistió y empuñó un cuchillo que tenía escondido. En éste instante es cuando comienza la tragedia.

Por desgracia, hay varias versiones sobre cómo se desarrolla la tragedia y que contradicen tanto el desarrollo de los sucesos como el orden de heridos. Aproximadamente, esto es lo que sucedió:

Lecube, muy alterado y dando voces, empezó a acuchillar a los asilados que más cerca tenía y que aún dormían. Según la versión de “El Pueblo Vasco”, el primero en ser acuchillado fue Martín Cristobalena; según otra —la del capellán del asilo—, fue el jorobado José Borda. Tras el primer ataque, se dirigió al resto de camas. Al parecer, los siguientes en ser acuchillados fueron los asilados Luis Manterola y Francisco Michelena, respectivamente.

Pronto, el pánico cundió en la sala. Los asilados, a medida que se despertaban, se encontraban con la enorme figura de Lecube, que, como poseído por una rabia furiosa, avanzaba asestando cuchilladas contra todo aquel que le salía al paso. La confusión es enorme, los asilados huyen como pueden y por donde pueden. Algunos ancianos, al advertir lo que ocurría, se escondieron bajo sus camas. Un asilado, al ver que Lecube se dirigía sobre él, echó a correr y saltó desde una ventana al tejado, para librarse de las iras del agresor; tras salvar la vida, dará la voz de alarma.

La confusión fue en aumento en el instante en que Lecube abandonó la sala y corrió por la escalera interior, ensangrentado y dando voces, con dirección al dormitorio de la planta baja.

En un momento que no queda claro, Nicolás Cestona, un asilado que además ejercía como enfermero, despierto tras escuchar los gritos que proferían los asilados, vio que Lecube actuaba de manera extraña, con “idéntica actitud que cuando estaba acometido por el acceso de locura” y que su rostro estaba “como rojo de ira, de furor”. Decidió intentar calmarlo y le habló; Lecube no hizo caso alguno. Alarmado, corrió al piso superior en busca de ayuda; pero, no hallando nada más que silencio, decidió volver sobre sus pasos. Tan pronto como bajaba las escaleras, se encontró cara a cara con Lecube y, tras dirigirse a él por segunda vez, también de manera infructuosa, escuchó los lamentos de un herido y se dio cuenta de que Lecube se había vuelto peligroso. Entonces, Lecube se abalanzó sobre Cestona y ambos forcejearon; pero Lecube, corpulento y fuerte como era, pudo desasirse y asestarle a Cestona una cuchillada en el hombro.

Lecube, tras dejar a Nicolás Cestona herido en las escaleras, volvió a la planta baja para proseguir en el dormitorio su macabra obra. Una vez dentro, fue directo a por la segunda cama —ya que la primera estaba parcialmente oculta tras la puerta—, apuñalando mortalmente al anciano Antonio Egurza. Al sentirse herido, Egurza intentó incorporarse, pero las fuerzas le abandonaron. Tras herir a otros dos asilados en dicho dormitorio, salió de la sala. A partir de aquí, Lecube desaparece. Todo había ocurrido en apenas cuarenta minutos.

 

LAS AUTORIDADES HACEN ACTO DE PRESENCIA

Los gritos no fueron escuchados por las monjas, pues dormían en otro pabellón bastante alejado de los de los asilados. El asilado, antes mencionado, que saltó por una ventana para refugiarse en un tejado, desesperado, corrió en su busca. Golpeó desesperadamente la puerta, despertando con ello a las monjas. Informadas de la desgracia, pidieron al asilado que fuera también en busca del capellán.

El capellán y las monjas se encontraron un escenario dantesco: los ancianos asilados huían despavoridos al campo, otros se habían acurrucado en sus camas y los heridos, que estaban en los pasillos manchados por la sangre, “se revolcaban en la madera”, permanecían como “alocados” o petrificados, demandando auxilio.

Desde las proximidades de Martutene, dos guardias rurales escucharon el griterío que provenía del Asilo Reina Victoria. Montaron en un coche que pasaba casualmente por allí y se dirigieron al lugar. Una vez allí, y tras la funesta sorpresa, se dio avisó por teléfono a las autoridades municipales y sanitarias. Poco tiempo después llegó la ambulancia, que llevaría los heridos más graves al Hospital de Manteo y los demás a la Casa de Socorro.

Tras tener noticias de lo sucedido, el alcalde Elósegui se trasladó al Cuarto de Socorro y desde allí al Hospital de Manteo, para luego seguir hasta el Asilo de Zorroaga. Le acompañaban el teniente de alcalde, doctor Maíz, y el jefe de la Guardia Municipal, Antonio Vivar. También se personó en el asilo el Juez de instrucción Cobian, para comenzar la práctica de las diligencias.

El Juez Cobian interrogó a los compañeros de dormitorio del agresor, después tomó declaración al herido Ramón Santacreu —tras haber vuelto este de la Casa de Socorro— y las demás personas que pudieron facilitar detalles para elaborar el sumario. Tras el interrogatorio, dispuso que el cadáver de Antonio Egurza fuera trasladado al depósito judicial.

La confusión es enorme en el Asilo, incluso después de la desaparición de Lecube. No aparecía por ninguna parte. Los guardias registraban habitación por habitación y los alrededores del asilo. Se pensaba que Lecube podía estar al acecho o, también, haber huído para ponerse a salvo o suicidarse.

 

LAS VÍCTIMAS

Tras la llamada a las autoridades, es enviada una ambulancia a recoger los heridos. Se determinó que los heridos leves fuesen trasladados a la Casa de Socorro de la calle Garibay y al Hospital de San Antonio en Manteo. En ambos establecimientos, la sorpresa de ver entrar por sus puertas a tantos heridos, quejándose y con las ropas ensangrentadas, fue grande.

Los heridos desplazados a la Casa de Socorro fueron: Ramón Santacreu, Prudencio Hernández, Antonio Manterola y José Borda. Todos ellos presentaban heridas cortantes, la mayoría en las manos; salvo Manterola, que tenía una en el cuello. Fueron atendidos por el doctor Larburu y el practicante Santolaya, a los que se les sumó el doctor Maíz, teniente de alcalde.

Ramón Santacreu resultará ser el más leve de los heridos y por ello, volverá al Asilo esa misma mañana. El resto —Borda, Hernández y Manterola— serán trasladados al Hospital de San Antonio Abad (Manteo).

Los heridos desplazados al Hospital fueron: Nicolás Cestona, Francisco Michelena, Martín Cristobalena y Luis Manterola. Estaba de guardia el doctor Joaquín Ayestarán, pero debido a la necesidad tuvo que sumarse el doctor José María Zurriarán. Tras las intervenciones, los hospitalizados serían atendidos por las hermanas de la caridad, que les sirvieron “caldos, a los que podían tomarlos, y reconfortantes”.

Esta es la lista de los heridos y sus historiales:

  • Ramón Santacreu (o Santacruz). De 62 años. El único herido leve, con una pequeña lesión en el brazo. Tras ser curado en el Cuarto de Socorro, retornó al Asilo, donde quedó asistido y fue interrogado por las autoridades.
  • Prudencio Hernández, de 64 años, herido de pronóstico reservado. Fue trasladado junto con José Borda desde el Asilo a la Casa de Socorro.
  • José Borda (o Bordas o Bonda). Un hombre que, al parecer, podría padecer algún tipo de deficiencia mental. La prensa lo tacha de “idiota” o “idiotizado”, “que no se daba cuenta de lo sucedido” y “ni recordaba los años que tiene”. Era giboso y, para mayor desgracia, recibió una cuchillada en la parte superior de la joroba, pues en el momento del ataque se hallaba dormido boca abajo. Según la prensa, sus gritos de dolor solo hicieron que Lecube se enardeciera aún más y que arreciara en sus golpes.
  • Nicolás Cestona, de 35 años (o 32), natural de San Sebastián. Presentaba una herida incisa en la región escapular izquierda, considerada grave. Pese a estar asilado ejercía como enfermero. Tras el ataque, Cestona se hallaba bajo los efectos del miedo.
  • Francisco Michelena (o Michelarena), de 59 años, natural de Orio. Presentaba una herida inciso-punzante en las regiones temporal derecha y en la occipital, con pronóstico muy grave.
  • Martín Cristobalena (o Cristobalina), de 69 años (o 60), natural de Villanueva (Navarra). Presentaba herida en la región axilar derecha.
  • Luis Manterola (o Antonio), de 56 años, natural de Guetaria. Presentaba una herida incisa en el maxilar (otros dicen en el cuello) izquierda con hematoma. Según la prensa, parecía ser un hombre “que no se asusta fácilmente”.

 

EL ÚNICO FALLECIDO

El único fallecido fue Antonio Egurza. Tenía en el momento del fallecimiento 64 años y era natural de Aya, Guipúzcoa. Llevaba varios años asilado en Zorroaga. Era hermano del jardinero del campo de fútbol de los señores Satrústegui.

La prensa especuló que no sufrió, pues la puñalada “le partió el corazón” y “que no sintió en absoluto el tránsito de la vida a la muerte”; pero según el diario “El País Vasco”, esto no debió de ser así. Egurza, mientras dormía recibió dos puñaladas a la altura de la tetilla izquierda y, tras el ataque, intentó incorporarse, desfalleciendo en el intento. Siguió vivo el tiempo suficiente para recibir del capellán los auxilios espirituales. Según “El País Vasco”, con su particular gusto para lo macabro, el rostro del difunto “tenía la boca abierta y su rostro se advertía como una mueca de terror”. El cadáver quedó tendido en la misma cama, cubierto con una sábana hasta las primeras horas del día, luego sería trasladado por orden del juez de instrucción, Covian, al depósito judicial.

En la tarde del día anterior, Egurza había estado hablando con Lecube, no habiendo ningún tipo de señal que indicase lo que luego pasaría.

“LA TRAGEDIA DEL ASILO DE ZORROAGA. —Arriba: la sala en que dormía Lecube, ocupando la cama que está marcada con un aspa. —Abajo: la sala en que fué asesinado el anciano Antonio Egurza, que ocupaba la cama señalada también por un aspa. —En un ángulo: Martín Cristobalena, gravemente herido por Lecube. —En el centro: la ventana por donde se dió a la fuga el agresor. (Composición Fot. Marín)”. Foto EPV.

 

LA PRENSA LLEGA AL ASILO

Aproximadamente, a eso de las 2:30, la prensa es avisada del suceso. Los reporteros se presentan en el asilo, con Lecube todavía suelto y siendo buscado por la policía tanto en el edificio como por los alrededores. Al entrar en el edificio, el cuadro que se encuentran los reporteros es desolador:

En la entrada del pasillo, había un gran charco de sangre, que las monjas no osaron tocar hasta la llegada del juez. En el dormitorio que quedaba a mano derecha, estaba el cadáver de Egurza, cuya sangre empapaba la cama y formaba un gran charco bajo la cama. En otras camas se podían ver los charcos de sangre de los asilados que, mientras dormían, sufrieron la ira de Lecube. La escalera que conducía al primer piso también estaba llena de sangre, al igual que el dormitorio del primer piso, donde comenzó la tragedia.

El diario de “La Voz de Guipúzcoa”, no puede ser más explícito:

“Cuando llegamos al Asilo, el aspecto de la casa no podía ser más horrible. Desde la puerta de entrada los pasillos se hallaban regados con sangre, a grandes charcos, salpicadas las paredes, los zócalos y las escaleras. Por todas partes se veían ropas empapadas de sangre y sobre la segunda cama de la sala se hallaba el cadáver del asilado Antonio Egurza, natural de Aya, de 64 años, que presentaba una gran cuchillada en el pecho, debajo de la clavícula izquierda, que le había atravesado el pulmón.

En el lecho y en el suelo había otro enorme charco de sangre, pues el desdichado Egurza quedó exangüe, por efecto de la terrible cuchillada.”

Los periodistas interrogaron a algunos de los asilados, ancianos todos ellos, que, sin darse apenas cuenta de lo que había ocurrido, como comentaba “El Pueblo Vasco”, les “castañeteaban los dientes” a causa del terror. Allí les explicaron cómo Lecube los había querido matar y cómo algunos se habían escondido bajo las camas para salvar la vida. Pronto recopilaron el material necesario para la “crónica roja” con la que sorprenderían a la sociedad donostiarra.

 

LA BÚSQUEDA

Son cerca de las 4:30 y todavía no se sabe nada de Lecube. Pese a la presencia de las autoridades en el asilo, la confusión y la inquietud siguen siendo grandes. Los guardias siguen registrando el asilo y los alrededores. Piensan que Lecube puede estar al acecho o, simplemente, ha huido para ponerse a salvo o suicidarse. ¿Pero dónde está Lecube? ¿Cómo ha desaparecido?

Sobre la desaparición de Lecube hay tres versiones:

  • La primera: Tras entrar en la sala de la planta baja, volvió a subir la escalera y saltó desde la ventana del primer descansillo, pues todas las puertas se hallaban supuestamente cerradas. Ésta versión es desacreditada por parte de la prensa, juzgándola poco verosímil, pues la ventana estaba a bastante altura y, si se hubiera arrojado por la misma, se habría “fracturado las piernas o recibido un golpe mortal”, considerando como “un milagro” si hubiese quedado en condiciones de huir tras la caída. Según “La Voz de Guipúzcoa”, el propio Lecube confesará haber huído por la ventana. También hay que recordar al asilado que huyó de Lecube por una ventana para saltar a un tejado.
  • La segunda: Según el testimonio del herido Francisco Michelena, Lecube intentó abrir una de las ventanas y al no poder hacerlo, rápidamente, se dirigió con gran velocidad hacia la puerta del pabellón, desapareciendo en pocos segundos. El testimonio contradice a lo afirmado arriba.
  • La tercera: Se especulaba que podía haberse escondido en algún lugar del asilo, cómo el desván o alguna otra sala usada como trastero. Como luego se verá, esta teoría quedó descartada.

 

A las 4:30, cuando las autoridades se disponían a salir del asilo, uno de los asilados llegó precipitadamente para avisar que en el desván se escuchaban ruidos y que allí podía estar escondido Lecube. Al parecer, esto una falsa alarma, ya que el muchacho debía de tener “perturbadas las facultades mentales ” y el miedo le había jugado una mala pasada.

La policía, pese a no encontrar a Lecube en el interior del asilo, siguió pensando que se hallaba en el interior, cosa que causaba espanto entre los asilados y las monjas. Para asegurar el lugar y tranquilizar los ánimos, Vivar, Jefe de la Guardia Municipal, y dos guardias rurales se quedaron de guardia.

También se dio aviso a la Policía Gubernativa y a la Guardia Civil para detener a Lecube. La policía se trasladó al Muelle, antiguo lugar de residencia de Lecube y donde era muy conocido, para realizar pesquisas y averiguar su paradero. La Guardia Civil se sumó a la batida por los aledaños de Zorroaga. Buscaban a un hombre alto y fornido, que vestía camisa y alpargatas o, según otros, un traje.

Vivar, al no ver resultados, perdiendo la esperanza por encontrarlo, salió a participar en la búsqueda. Acortando por un atajo, para llegar a la carretera de Hernani, llegó encima del túnel del ferrocarril del Norte. Desde allí vio a un guardia rural hablando con un hombre con ropas ensangrentadas y que estaba próximo al paso a nivel de Chominenea. Aquel hombre era Lecube.

Resulta que el guardia rural de Ategorrieta, llamado Sorbet, estaba patrullando por Loyola y vio de lejos a Lecube, en plena carretera, frente al conocido Chominenea. El guardia detuvo a Lecube, que no ofreció resistencia el ser detenido. En esas estaban, cuando apareció Vivar.

Lecube estaba herido, presentaba un tajo poco profundo en el lado derecho del cuello y daba muestras de gran agitación nerviosa. Vivar y el guardia Sorbet fueron hablando con Lecube hasta la casilla del fielato. Una vez allí, llamaron por teléfono a la Inspección municipal para que les enviaran una ambulancia. Eran las 5:30 y ya empezaba a clarear.

En esos momentos de charla, le preguntaron quien le había causado la herida del cuello. Serenamente, Lecube contestó que él mismo se la había hecho, presentando una navaja pequeña que entregó a los policías. Al ser interrogado por qué había escapado del asilo, Lecube, tras reflexionar un rato, afirmó haber hecho mucho daño allí.

 

LECUBE EN EL HOSPITAL

La ambulancia llevó a Lecube a la Casa de Socorro, en la calle Garibay. Pese a presentar un corte en el cuello, bajó del vehículo por su propio pie. Según los médicos, la herida no era profunda y no revestía gravedad. Le fue inyectado un calmante para paliar la excitación nerviosa y, luego, le fue practicada la primera cura. Convenientemente vigilado, fue trasladado nuevamente en ambulancia hasta el Hospital de Manteo, donde ingresó a las 6:30 de la mañana. Allí fue puesto a disposición del juez e instalado en la cama número 2 de la galería de San Blas y, en la puerta, se colocó a un guardia de Orden Público para vigilarlo.

A partir de aquí, la información vuelve a ser confusa. Según “La Voz de Guipúzcoa” Lecube, una vez hospitalizado, y seguramente fruto del tranquilizante, demostró estar en pleno uso de sus facultades mentales, al menos hasta después del interrogatorio, cuando le sobrevino un ataque epiléptico. Sin embargo, “El País Vasco” contradice esta información, diciendo que Lecube pasó toda la mañana preso de “la más tremenda excitación nerviosa” y “con intervalos daba grandes voces, pidiendo auxilio y llorando”, hasta que al mediodía le dio el ataque epiléptico.

Según “La Voz de Guipúzcoa”, Lecube confesó querer matar a una monja —tal vez Sor Justa Murga— y a Nicolás Cestona, para seguir explicando lo sucedido:

“—Yo comencé—siguió diciendo el demente—a repartir golpes a todos los que se hallaban en las camas durmiendo, y después volví a subir la escalera, arrojándome por la ventana para huir y, cuando me hallé libre en el campo y comprendí lo que había hecho, me dirigí a la vía para arrojarme al paso del tren, llegando a ella cuando ya había cruzado el tren. Pensé en echarme al paso del primer tranvía y allí me esperé, dándome un tajo con la navajilla para ver si me mataba, no consiguiéndolo. Luego me detuvieron y me trajeron al Hospital”.

En “El País Vasco”, también se habla de la intencionalidad, pues afirma que no quería matar a nadie sino “saldar una antigua cuenta con un asilado y un empleado del Asilo”. Tanto este diario como “El Pueblo Vasco, coinciden en que, al ser interrogado por el juez, “no recordaba nada de lo ocurrido”.

Lecube recordó que su mujer, Cristina Elizgaray, trabajaba en el hospital como enfermera y pidió verla y que la avisaran de que él estaba allí; pero no se le hizo caso para evitar “una dolorosa escena”.

Tras el interrogatorio, como se ha dicho más arriba, Lecube comenzó a alterarse y a sufrir un ataque epiléptico, teniendo que ser asistido por el médico de guardia. Desde ese momento, se fueron repitiendo los ataques, quedando en “un estado de sopor” que le duró el resto del día. Debido a esto, el juez Cobian, no pudo interrogarle convenientemente.

Las instalaciones del asilo de Zorroaga a mediados del S XX. Kutxateka.

 

EL “LOCO”

José Manuel Lecube era un hombre alto, fornido, de 49 años de edad, natural de Motrico y antiguo pescador de profesión. Había vivido en el Muelle de San Sebastián, donde era muy conocido.

Lecube padecía con frecuencia de ataques epilépticos. A causa de esto, fue ingresado en el Hospital San Antonio Abad (Manteo), al parecer, durante varios meses. Allí, según “La Voz de Guipúzcoa”, “gozaba de generales simpatías entre los enfermos y entre los superiores, por su buen carácter, afable y compasivo, y jamás dio muestras de violencia, ni aun en los momentos de los ataques epilépticos que padecía”. Cabe recordar que la mujer de Lecube trabajaba como enfermera en dicho hospital. Tras darse de alta en el hospital, pasó al asilo Reina Victoria (Zorroaga). Parece ser que de tener simples ataques epilépticos pasó a manifestar síntomas de enajenación mental.

En el asilo, se habían repetido los ataques y, por ello, siempre había sido atendido con gran cuidado. Según “El País Vasco”, tenía la manía de bajar “con frecuencia extraordinaria” al pabellón inferior. Pese a los ataques, parecía ser un hombre relativamente normal. Uno de los heridos, tras ser interrogado, manifestó que “era hombre que razonaba con extraordinario discernimiento, en los momentos de lucidez, que eran muy frecuentes”. Como hemos visto, los asilados no le temían, pues nunca mostró signo alguno de agresividad.

El diario “El País Vasco” nos describe los síntomas que padecía antes de sufrir los ataques:

“Los síntomas del ataque eran los siguientes: comenzar un paseo, en actitud ligeramente descompuesta; abiertas las manos, avanzar con las manos abiertas, como si fuese en busca de alguien, pero manteniendo constantemente la actitud de ser un ser ausente de sí mismo; pasaba cerca de los otros asilados y jamás les dirigió una palabra molesta, una frase en la que pudiera revelarse el propósito de agresión.”

Otro diario —”El Pueblo Vasco”—, añade un dato que podría ayudar a comprender el probable orígen de la enfermedad: Lecube era alcohólico.

También, según el testimonio del capellán del asilo, Lecube era “cardíaco” —es decir, padecía del corazón— y desde hacía unos días no se sentía bien. Dos días antes de la tragedia, había discutido acaloradamente con otro asilado, hasta el punto de llegar a decir que “estaba cansado de todo y que o iba a suicidarse o iba a matar a alguien”.

La tarde del mismo día de la tragedia, a las 19:00, estuvo en el despacho del director del asilo —el sacerdote Timoteo Iraola— hablando con él “correcta y reposadamente” y sin que revelase ninguna clase de anormalidad. Esa misma tarde, también estuvo hablando con Nicolás Cestona. Hizo la vida normal del asilo y se acostó como de costumbre en la galería superior, hasta que uno de los compañeros que se hallaba despierto, le oyó sollozar y decir á voces: “¡Me voy á matar!” El resto, como ya hemos visto, no hace falta explicarlo. Lecube llevaba asilado desde hacía algo más de un año —hay quien dice dos años—, sin haber causado conflicto alguno.

Una vez capturado, los diarios contarán los pormenores de su vida y, por si fuera poco, “El País Vasco”, en un alarde de sensacionalismo, contará un suceso pasado que tenía a Lecube por protagonista, para reafirmar que Lecube estaba “perturbado” de hacía tiempo:

“Era el año pasado, paseaba una tarde con un amigo suyo por el muelle. Entraron ambos a beber vino en una taberna de aquella parte de la población. Libaron bastante, y al salir, sin que entre ambos mediase palabra alguna, Lecube se abalanzó sobre su amigo, lo cogió por las solapas y sin darle explicación alguna, lo arrojó a la dársena.”

 

EL ARMA DEL CRIMEN

Nadie sabe de dónde sacó Manuel Lecube el arma del crimen. Las monjas aseguraron que se había efectuado hacía escasas semanas una recogida de armas —recogida hecha bajo la supervisión de un concejal—, no dejando ni tan siquiera “la más insignificante navajita” y que a los asilados se les había comprado cuchillos de mesa para el comedor. La prensa especula con que pudo haber adquirido el arma en una de sus salidas del asilo, ya que los asilados podían salir a pasear los domingos y los días festivos sin control alguno.

Por otro lado, nadie se pone de acuerdo en el tipo de arma: si un cuchillo de cocina de grandes dimensiones, un puñal o una simple navaja. Según el testimonio de los asilados, el capellán y las religiosas: un cuchillo de grande, de cocina. Según la opinión de los médicos, tras analizar las heridas de los asilados en la Casa de Socorro y el Hospital de Manteo, debió de ser una simple navaja. El diario “El País Vasco” al interrogar a los médicos nos dice lo siguiente:

“Según nos expresó uno de los médicos el arma con que se cometió la agresión fue una navaja, como lo demuestra el corte que tiene uno de los heridos, corte que demuestra que el arma se cerró en el momento de chocar con aquella.”

El propio Lecube reconoció, durante su confesión en el Hospital, “que no empleó ningún cuchillo para cometer sus fechorías y sí solo la pequeña navaja” —navaja que fue entregada a la policía tras la detención—; pero el diario “El País Vasco”, desmiente este comentario argumentando la gravedad de las heridas, contradiciéndose con lo arriba afirmado.

Quizás, el miedo y la propia fuerza de Lecube, hicieron pensar a los aterrorizados asilados y personal de Zorroaga que pudiera tratarse de un arma de mayor tamaño. La prensa, ávida de sensaciones fuertes, se mostrará claramente inclinada por la “historia” del gran cuchillo de cocina.

 

A POSTERIORI

Los diarios aprovecharon la ocasión para causar sensación con la noticia del suceso. La noticia corrió como la espuma por San Sebastián. Como es evidente, la gente quedó consternada y, como también era de esperar, comenzaron las críticas contra la dirección del asilo y la escasez de vigilancia del lugar. Las propias monjas del asilo manifestaron a la prensa su descontento por la falta de vigilancia en el establecimiento, en el que los asilados podían entrar y salir por la puerta cuando lo deseaban, burlando la vigilancia del único guardia disponible.

Se irían sucediendo diferentes visitas oficiales: El Alcalde Elosegui giró una visita al Asilo para ver a la Superiora y hermanas. El Gobernador Civil, Chacón, visitó el Hospital de Manteo, interesándose por las víctimas y aprovechando la coyuntura para inspeccionar todo el establecimiento; llevándose buena impresión de los observado.

En los siguientes días fueron sucediendose las noticias sobre el estado de los heridos. En el Hospital de Manteo, todos los heridos se restablecían, salvo Martín Cristobalena, que debido a su avanzada edad no progresaba.

El juez Cobian volvió a visitar a los heridos y, junto con el forense, tomó declaración a todos los heridos. Tanto Lecube como sus víctimas, prestaron declaración, no difiriendo de lo que dijeron el día del suceso.

También se sucedieron los funerales por el asesinado Antonio Egurza. Uno se celebró en la capilla del Hospital de San Antonio Abad, al que asistió el alcalde Elósegui. El otro se celebró en la capilla del Asilo Reina Victoria y al que asistieron el alcalde Elósegui, varios vocales de la Junta de Beneficencia y el personal del asilo junto con los asilados.

Por desgracia, no sabemos a ciencia cierta cuál fue la suerte de Lecube. Los diarios dan por sentado que sería trasladado al manicomio de Santa Águeda (Mondragón) cuando su estado lo permitiese y, hasta entonces, quedaba vigilado en su celda del Hospital de Manteo.

 

CONCLUSIÓN

¿Premeditación o Locura? No podemos asegurarlo con certeza. Como ya se ha dicho más arriba, la propia información aportada por la prensa tiende a contradecirse. Por un lado, muestra inclinación por hablar de locura espontánea, para luego añadir que “el loco” Lecube tenía como objetivo asesinar a ciertas personas. Me inclino a pensar que Lecube no estaba tan loco como quería hacer creer la prensa —el amarillismo está presente en todo momento— y que podía albergar cierta inquina por algunas de las víctimas y la monja antes mencionada, pudiéndose excusar en su “demencia” para proceder al asesinato. Pero nada de ésto se puede afirmar sin tener los datos del juzgado de instrucción y la opinión de un psiquiatra forense.

ION URRESTARAZU PARADA

FUENTES:

HEMEROTECA

  • El Pueblo Vasco. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 2.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 9.
  • El Pueblo Vasco. Viernes 11 de Junio de 1926. Pág. 5.
  • La Voz de Guipúzcoa. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 5.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 6.
  • La Constancia: diario íntegro fuerista. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 1.
  • La Constancia: diario íntegro fuerista. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 4.
  • El País Vasco. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 1.
  • El País Vasco. Martes 8 de Junio de 1926. Pág. 2.
  • El País Vasco. Miércoles 9 de Junio de 1926. Pág. 3.
  • El País Vasco. Jueves 10 de Junio de 1926. Pág. 3.
  • El País Vasco. Viernes 11 de Junio de 1926. Pág. 3.
  • El País Vasco. Domingo 13 de Junio de 1926. Pág. 3.

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Sobre el autor Ion Urrestarazu
Un donostiarra curioso de su ciudad, entretenido en observar, desde sus ojos de peatón, todo el entorno que le rodea. Porque hay algo más allá que la bahía y la gastronomía, mostraré con todo lujo detalles, las anécdotas y curiosidades que ayuden a ampliar vuestro conocimiento