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Categoría: Historia
Las hazañas de “Kiki”, “Benitin” y Brujalada (1927).

Fotos policiales de Kiki, Benitín y Brujalada

Fotos policiales de Kiki, Benitín y Brujalada

Las hazañas de “Kiki”, “Benitin” y Brujalada  (1927).

UNA CARRERA METEÓRICA

Durante la noche del 21 al 22 de agosto de 1927, la fonda de la Estación del Norte de Irún fue robada. Unos ladrones entraron por una ventana, llevándose 1.000 pesetas en billetes y monedas de plata. Durante el resto del mes, los ladrones decidieron visitar Hendaya, cometiendo en la villa fronteriza dos robos. Uno fue realizado en el comercio llamado “Palacio de Cristal”, donde, con toda tranquilidad, se llevaron objetos por un valor estimado en 8.000 francos. Dos días más tarde, mediante el método de la palanca, harían lo propio en “Villa Merkiena”, en cuya planta baja, ocupada por dos comercios de importancia, robarían objetos de valor—entre ellos relojes y cadenas— por un valor que rondaba los 10.000 francos.

En la noche del 15 al 16 de septiembre, darían su mayor golpe. Nuevamente en Hendaya, asaltaron el comercio “L’Elegance”, sito en la plaza del mercado de Hendaya. Tras saltar la cerradura de la puerta con la palanca, con pasmosa tranquilidad, arramblaron, como suele decirse, con todo lo que no estaba sujeto al suelo. Se hicieron con un botín muy completito: Unos 2.000 francos en metálico y gran cantidad de objetos, entre los que destacaban alhajas diversas de oro de ley, estilográficas, gemelos de teatro, relojes y, además, varias prendas entre las que había camisas de seda, chalecos de punto, tres trincheras, un abrigo, pañuelos, etc. Según confesión del dueño del local, el valor de los objetos sustraídos rondarían entre los 36.000 y 50.000 francos.

Los ladrones cargaron el copioso botín en tres maletas que hallaron en “L’Elegance” y, con la misma tranquilidad con que robaron, pasaron la frontera subidos a un tren de mercancías con dirección a San Sebastián. De allí, en un automóvil de alquiler, marcharon a Bilbao. Llegados a la Villa, visitarían a un perista del barrio de Solokoetxe, que, a sabiendas de que lo que le ofrecían eran materiales robados, adquirió toda la mercancía a cambio de unas escasas 556 pesetas. Los ladrones, posiblemente descontentos por la escasa ganancia, volverían pronto a las andadas.

En la noche del 24 al 25 de septiembre, volvieron a actuar en Irún. En esta ocasión, colándose por una ventana, entraron en “Villa Larrañaga”, propiedad del entonces alcalde de Irún, Luis Larrañaga. De allí sólo pudieron sacar una estilográfica “Fiat”, cien sellos de correo de 25 céntimos y varios de otros valores, una navaja con cachas de nácar y algunos objetos más de escaso valor. Seguramente, viendo el escaso resultado obtenido, durante la misma noche decidieron improvisar otro golpe en la ciudad fronteriza.

La nueva víctima elegida fue el “Bar de la Frontera”, propiedad de Bautista Bergés. Tras el palanquetazo y asalto a la caja normativos, consiguieron 40 ptas. en calderilla y 15 en plata. Visto que el botín les pareció insuficiente, con total descaro se dieron un banquete con los géneros del local. Tras alegrarse el espíritu a base de pan y queso, rehogando todo ello con vino, dejaron como recuerdo de su “visita” una nota en la que afirmaban, con total recochineo, que “habían tenido mucho gusto en probar géneros tan excelentes”. Ahí no acabó la cosa.

Dice un dicho que con pan y vino se anda el camino, y nuestros protagonistas lo cumplieron. Esa misma madrugada, decidieron darse un paseo y visitar el “Stadium Gal”. Allí, en la caseta de jugadores, decidieron despachar dos botellitas de vino que se habían traído del bar junto con las tan necesarias copas. Tras agarrarse una buena melopea, y encontrar un balón, se pusieron a jugar al fútbol bajo la lluvia. Después de unos cuantos chutes, se retiraron a la tribuna de prensa a seguir bebiendo, donde quedarían para la posteridad, simétricamente alineadas sobre una mesa, las botellas y las copas.

Tras su última aventura, nuestros protagonistas desaparecen por un tiempo. Al parecer, se refugiaron en Bilbao, dedicándose, entre otras cosas a la juerga y a realizar algunos menesteres de su oficio. Pero, como suele decirse, la avaricia rompe el saco. Pronto tuvieron que salir de Bilbao y la cosa se torció aún más cuando volvieron a Guipúzcoa. En Rentería intentaron penetrar en el depósito de gasolina de la viuda de Londáiz, situado en la bifurcación de la carretera de Oyarzun. Allí, los serenos los sorprendieron infraganti y, tras echarles el alto y viendo que se resistían, los rechazaron a tiros. Huyendo por el campo como iban, uno de los ladrones acabó cayéndose por un barranco, resultando herido de escasa gravedad.

LOS CACOS: KIKI, BENITÍN Y BRUJALADA

Hagamos un alto para presentar a los, hasta ahora, desconocidos protagonistas de esta historia. Veamos quienes eran:

Serafín Vázquez González, alias “Kiki”, de 20 años de edad, natural de Celanova (Orense). Excorneta del regimiento de Sicilia, fue expulsado del mismo por conducta “depravada”. Dos años antes había sido detenido por un robo en el establecimiento “El Rey de los Impermeables” de Hendaya, siendo detenido en unión de otro delincuente llamado Azpiri. Cuando se hallaba preso en el cuartel de San Telmo, se evadió por el retrete., tras lo cual sería detenido como desertor. Le sirvió de abono para la menor responsabilidad de los delitos cometidos, el no haber cumplido diez y ocho años de edad.

Benito Fernández Michelena, alias “Benitín”, de 19 años —20, según otras fuentes—, era natural de Irún y de oficio mecánico.

Fernando Brujalada Ruiz, de 31 años —24, otras fuentes—, era natural de Jaca.

Los tres eran expertos en la materia del robo, y viejos conocidos de la policía.

LA INVESTIGACIÓN

Al principio, la policía estaba desconcertada a causa del número de robos. Tres agentes serían los encargados de la investigación: Mateo, Olave y Reales. A estos se les unirían dos policías procedentes de Bilbao—uno de ellos el inspector Vela—, que también buscaban a nuestros protagonistas por un robo sucedido en la Villa. Pero no sería hasta octubre, cuando obtendrían la primera pista fiable. En los partes de viajeros que llegaban al Gobierno civil, vieron que en un casa de huéspedes de Chominenea, propiedad de Agapito Díez —mezcla de bar, estanco y hospedería—, aparecían los nombres de tres individuos fichados: nuestros protagonistas. A partir de aquí, la cosa fue rodada.

El día 5 de octubre, con las debidas precauciones, los agentes se presentaron en Chominenea con la intención de darles caza; pero los “pájaros” habían volado. Sólo pudieron averiguar que la banda llevaba allí hospedada desde el día anterior. Al día siguiente, muy temprano, volverían a intentar nuevamente su captura, ya que tenían miedo de perderles la pista. Comprobaron que los delincuentes no habían pasado la noche en la casa de huéspedes; pero que sí habían estado en el bar-estanco hacía un momento. Los agentes consiguieron averiguar que la banda estaba reunida en el monte Ametsagaña, en un montículo cercano al camino del ya desaparecido Sanatorio, a unos 600 metros de la casa de huéspedes. Desde aquella posición, los ladrones podían ver todo lo que sucedía en torno al valle de Loyola. Así que a los policías no les quedó más remedio que intentar una nueva estrategia.

LA CAPTURA

En los cercanos Cuarteles de Loyola, los agentes se entrevistaron con el coronel Mateo, del regimiento de Sicilia, para pedirle que les prestasen algunos soldados. El coronel accedió, seguramente entusiasmado por lo curioso de la situación. Fueron tres los soldados escogidos para la misión: Tirso Aguado Alonso, Luis del Teso Gutiérrez y José Larrañaga Aspiazu.  La estrategia a seguir por éstos era sencilla: subir al monte, como dando un paseo, entrar en contacto con los ladrones y entretenerles hasta que la policía tomase posiciones para poder sorprenderlos y capturarlos. Así se hizo.

Los soldados se acercaron a los ladrones, que tendidos en la hierba, estaban a la expectativa. Los soldados se sentaron en el suelo, a cierta distancia, como ajenos a la presencia de la banda. Pasados unos minutos, los soldados saludaron a los ladrones, y trabaron conversación, empezando con una temática tan típica como “el tiempo”, para proseguir con otros temas, como los bailes de Loyola y Rentería o la vida militar. La conversación se fue animando, llegando a hablarse de mujeres y a fanfarronear sobre conquistas. Mientras, los agentes comenzaron a tomar posiciones.

Tras percatarse de la presencia de los policías, y que el encuentro con los soldados era una trampa, los cacos tomaron, cada uno por su lado, las de Villadiego. “Benitín” huyó monte arriba, siendo perseguido por el agente Reales y un soldado, dándole caza tras una larga persecución. Brujalada hizo lo propio, pero monte abajo, perseguido por el agente Mateo, los policías bilbaínos y otro soldado; terminaría siendo detenido en una bocacalle, tras haber conseguido cruzar el puente de Loyola. “Kiki” también huyó monte abajo y, justo cuando el agente Olave y el tercer soldado restante lo iban a capturar, se tiró, vestido como estaba, al Urumea; intentó cruzarlo a nado, pero no lo conseguiría, porque el agente Olave le amenazó con dispararle, consiguiendo así amedrentarlo y que deshiciera lo nadado. La pintoresca persecución llamó la atención de los loiolatarras, que desde las ventanas de sus casas admiraron el singular espectáculo, que debió resultar bastante cómico.

EL FINAL

Una vez detenidos y esposados, “Kiki”, “Benitín” y Brujalada fueron llevados en tranvía al Gobierno civil. Allí, los cacos confesaron con total tranquilidad todos los robos —incluido el realizado en Bilbao—, dando detalles que confirmaban su implicación. También se comprobó que los detenidos llevaban chalecos de punto robados en “L’Elegance”. El 7 de octubre, serían fotografiados para la ficha en el gabinete atropométrico, a cargo del agente Castellar; fotos que serían facilitadas a la prensa—y que acompañan al artículo—. Y, como era de esperar, nuestros protagonistas terminaron con sus huesos en la donostiarra  cárcel de Ondarreta.

Mientras, en Bilbao, el agente Vela detendría al perista de Solokoetxe, pudiendo recuperar varios objetos robados en “L’Elegance”, averiguando, además, que algunos objetos ya habían sido vendidos a algunos comerciantes de la villa.

ION URRESTARAZU PARADA

 

Almacenes "A L'Elegance", de Hendaya

Almacenes “A L’Elegance”, de Hendaya

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Batalla campal en Loyola (1922).

Barrio de Loyola, a principios del siglo XX. Guregipuzkoa.

Batalla campal entre gallegos y navarros

en los Cuarteles de Loyola

En la tarde del 11 de octubre de 1922, en las obras de construcción de los Cuarteles de Loyola, comenzó una agria disputa entre los obreros allí presentes. Al principio, discutieron por cuestiones del oficio, pero pronto pasaron a mayores y saltaron a rivalidades étnicas.

Viendo lo que iba a ocurrir, los encargados de la obra corrieron en busca de la guardia rural, en un intento desesperado para poner orden en la escabechina que iba a suceder.

Los obreros, gallegos y navarros principalmente —parece que hubo también riojanos de por medio—, formaron bandos según patria y, para empeorar aún más las cosas, echaron mano de las herramientas de la obra para atizarse mutuamente. Azadas, palas y picos pasaron a convertirse en armas de guerra, y, así, la pelea comenzó.

Aquello habría terminado aún peor si los guardias no hubieran llegado a aparecer. Estos, no sin dificultades, pudieron poner orden entre la belicosa turba.

El resultado de la reyerta, por suerte, no llegó a ser tan grave como cabría esperar. Al parecer, sólo hubo dos heridos de consideración. Uno, Manuel Fernández, terminó con una fractura abierta en el tercio medio del cubito izquierdo—es decir, el antebrazo izquierdo—; el otro, Marino Goicoechea, acabó con una contusión con erosión en la región costal izquierda.

Pese a que en la pelea intervinieron más obreros, los agresores detenidos fueron: un navarro de Artajona, llamado Aniceto Guembre, el ya mentado Goicoechea y un gallego de Pontevedra, llamado Bernardino Camiña. Todos ellos fueron detenidos y conducidos al Gobierno Civil, en la calle Oquendo.

ION URRESTARAZU PARADA

(Donostiando)

FUENTES:

  • La Voz de Guipúzcoa. Jueves 12 de Octubre de 1922.
  • El Pueblo Vasco. Jueves 12 de Octubre de 1922.
  • La Constancia: diario íntegro fuerista. Jueves 12 de Octubre de 1922.
  • La Tierra. Jueves 12 de Octubre de 1922.

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Cosacos en el Chofre (1927).

 

Cosacos en el Chofre

Cosacos en el Chofre

 

Cosacos en el Chofre (1927).

Todo se aprestaba para una tarde de entretenimiento en la plaza de toros del Chofre. El programa no podía ser más llamativo: de primero una corrida con dos jovencísimos novilleros y de segundo cosacos acróbatas. El precio, además, era atractivo por su baratura —2,50 ptas. la sombra y 1 al sol—. Todo esto llamó la atención del público donostiarra, ávido de novedades y sensaciones fuertes. Veamos cómo se desarrolló el festival.

FESTIVAL DOBLE

La tarde del jueves 1 de septiembre de 1927, los donostiarras acudieron a la plaza de toros a disfrutar del festival. Pese a ser un día de trabajo, acudió gran número de personas, llegando a ocupar dos terceras partes de los tendidos y de las gradas. La que se preveía iba a ser una gran tarde empezó de manera bastante frustrante.

Los novilleros José García, “Maravilla”, y José Fuentes Bejarano, “Bejarano II” —ambos adolescentes—, acompañados de sus respectivas cuadrillas, les tocó despachar a cuatro novillos de la vacada de Manuel Santos. El espectáculo, sencillamente, no gustó. Los animales, mansos, preferían correr a dejarse torear —solo el tercero dio algo de emoción—. Mientras, los imberbes diestros poco pudieron hacer: “Maravilla” no acertaba con el estoque y “Bejarano II” fue cogido en varias ocasiones, siendo trasladado a la enfermería magullado. En definitiva, los bóvidos no estuvieron por la labor y la actuación de los toreros fue mediocre.

LOS COSACOS AL RESCATE

Por suerte, el público donostiarra pudo maravillarse con el “segundo plato” del festival: los famosos Cosacos Djiguites, especialistas en acrobacias ecuestres.

Estos veinticinco cosacos, provenientes del Don, habían servido como jefes y oficiales en la Guardia Imperial del Zar. Durante la Guerra Civil Rusa militaron en el Ejército Blanco y, tras ser derrotado dicho ejército y con los soviéticos ejerciendo una persecución sistemática hacia los cosacos, decidieron exiliarse y buscar trabajo como acróbatas, exhibiéndose en circos y festivales como el que nos acontece —precisamente, pocos meses antes habían actuado en la plaza de toros de Valencia—.

Durante su actuación en la plaza del Chofre, los avezados jinetes hicieron gala de la famosa destreza que les había hecho célebres. Junto a sus 20 formidables caballos ejecutaron volteos peligrosos, un trapecio a galope, una gran pirámide humana, saltos sobre las llamas, simulacros de avanzadas, retirada de muertos en combate…

El espectáculo encantó al público, que aplaudía con verdadero entusiasmo la ejecución de cada arriesgado número. Se puede decir que, tras el chasco de la primera parte, la tarde quedó “arreglada” gracias a los cosacos. No sería su última actuación en la capital.

LA SEGUNDA ACTUACIÓN

Según se anunciaba en prensa, los cosacos, “agradecidos a la amable acogida y generosa hospitalidad que les ha dispensado el noble pueblo donostiarra”, habían decidido dar un último espectáculo, a modo de despedida.

El jueves 9, aprovechando la festividad del día —Virgen de Aránzazu, patrona de Guipúzcoa—, y el asequible precio de las entradas, el público acudió a la plaza en mayor número que en la anterior ocasión. Nadie quería perderse la que sería la segunda y última actuación de los jinetes.

Los cosacos llevaron a cabo un espectáculo variadísimo y más completo que el del primer día, resultando todos los arriesgados números ecuestres aplaudidos con gran entusiasmo. Además, cantaron varias composiciones rusas “con gran afinación y maestría”.

Como era de esperar, el público donostiarra quedó satisfecho. Algunos, que ya habían acudido a la primera actuación, repitieron. Entre los curiosos que se acercaron a disfrutar del festival, destacó el conocido ilustrador Lagarde, que realizaría algunos bocetos que aparecerían posteriormente publicados en “La Voz de Guipúzcoa”.

 

ION URRESTARAZU PARADA

 

Los cosacos según Lagarde

Los cosacos según Lagarde

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Submarinos suecos en Pasajes (1927).

Submarinos suecos en la bahía de Pasajes. Kutxateka.

LLEGADA A PASAJES
El 1 de septiembre de 1927, procedente del puerto francés de Cherburgo, arribó al puerto de Pasajes una escuadra de submarinos de la Armada de Suecia. No era una visita oficial, llevaban navegando 15 días, en misión de entrenamiento.
A eso de las once de la mañana, los submarinos emergieron frente a la boca de la bahía. Fueron avistados por el atalayero que, inmediatamente, dio aviso a los prácticos para que salieran en su busca.
El práctico Pedro Aranzabal, subió a bordo del “Uttern”—en el cual viajaba el jefe de la escuadrilla—, y guió el buque por el estrecho canal de la entrada de Pasajes. Tras él, siguieron el resto de submarinos, siendo instalados todos en el centro de la bahía y amarrados a boyas.
Tan pronto como recibieron la noticia de la llegada de los submarinos, los representantes suecos en San Sebastián, el cónsul Olof Ohlsson y el encargado de negocios Winqvist, fueron a entrevistarse con el comandante de la escuadrilla, conde de Hamilton, a bordo del Uttern, y saludar a los comandantes de los restantes submarinos.
Tras la visita protocolaria, los representantes suecos bajaron a tierra acompañados del conde Hamilton y del capitán de fragata Landqvist, y, juntos, fueron a saludar al comandante de Marina del Puerto de Pasajes, García de Caveda. Durante el día no hubo más visitas oficiales, a causa de la tardía llegada de los submarinos a puerto por causa de la niebla.
Popas de los submarinos, con el pabellón sueco izado. Kutxateka.
LOS SUBMARINOS
Pertenecientes a la Armada Sueca—Svenskan Marinen—, los submarinos pertenecían a dos modelos diferentes: clase “Hajen” y clase “Bävern“. Desplazaban en torno a 500 toneladas y, a juzgar a ojos de la prensa local, eran de los más modernos de su tiempo: “No son de gran tonelaje, pero el corte del casco es sumamente esbelto, por la proa erguida y la popa atenuada”, así los describe “La Voz de Guipúzcoa”.
Todos estaban pintados de color gris oscuro y, en las torres, resaltaba la gran letra inicial del nombre de cada submarino. En la proa, en letras mayúsculas, se podían leer sus nombres completos. En las popas, se podía distinguir, izado, el pabellón sueco.
Los nombres de los submarinos procedían de animales marinos, al parecer, costumbre de la Armada Sueca: “Uttern” (nutria), “Bävern”(castor), “Hajen” (tiburón) y “Valrossen” (foca).
La siguiente lista pueden ver los submarinos, los años de botadura y la clase a la que pertenecían:
  • HSWMS Uttern (1921). Clase Bävern.
  • HSWMS Bävern (1921). Clase Bävern.
  • HSWMS Hajen (1917). Clase Hajen.
  • HSWMS Valrossen (1918). Clase Hajen.
La tripulación de la escuadrilla se componía de 12 oficiales y 103 marineros, los cuales estaban en viaje de instrucción.
LOS MARINOS SUECOS EN SAN SEBASTIAN
El conde de Hamilton y Landqvist, marcharon junto con el cónsul Ohlsson, invitados a almorzar en el Hotel Continental por el encargado de negocios Winqvist. Mientras que el resto de la tripulación, tras desembarcar, se desperdigó por San Sebastián —un gran número de ellos acudió a ver una novillada en la plaza de toros del Chofre—.
Alguno que otro se perdió por el camino, como nos cuenta la prensa local. Dos marineros, a la una de la madrugada, serían detenidos en la calle General Echagüe por romper el cristal de un bar. Al no entenderse con el dueño — quizá por cuestiones idiomáticas—, fueron detenidos y llevados a la Comisaría de Vigilancia. Una vez allí, y gracias a las dotes de negociación los agentes, se llegó a un acuerdo con los marinos para que se aviniesen a pagar las ocho pesetas que debía de costar resolver el estropicio, quedando así en libertad.
Los periodistas también se hicieron eco de la satisfacción de los oficiales de los submarinos tras la visita a la capital. Así lo cuenta el diario “El País Vasco”:

[…] no creían haber hallado una ciudad tan bella como la nuestra al un espíritu tan cordial y tan hospitalario, aunque tenían referencias de la hidalguía española, que transciende a todos los países, a todos los continentes.

Primo de Rivera en el submarino Uttern. Kutxateka.
VISITAS OFICIALES
Al día siguiente, por la mañana, el conde Hamilton y el capitán Landqvist, acompañados siempre por el cónsul Ohlsson y el encargado de negocios Winqvist, visitaron a las autoridades.
A lo largo del día, los submarinos serían visitados por el público curioso y algunos personajes conocidos. Veamos.
Durante la mañana, tripulando una lancha gasolinera, el entonces príncipe de Asturias Alfonso de Borbón y el Infante Jaime, visitaron los submarinos. Posteriormente lo harían otros Infantes: Juan —abuelo del actual rey Felipe— y Gonzalo. Mientras que por la tarde, el dictador general Primo de Rivera —Presidente del Consejo de Ministros en aquel momento— haría lo propio, recibiendo a bordo los honores de ordenanza. Elogió “la perfecta disposición de los buques y de la pericia de las tripulaciones”. Y, allí, sobre el submarino Uttern fue fotografiado, como pueden ver.
Por la noche, el cónsul Ohlsson obsequió con una cena en el Hotel María Cristina al conde de Hamilton y al capitán Landqvist. A la cena acudieron el encargado de negocios, Winqvist; el comandante de Marina, Venancio Nardiz; el segundo comandante, Villegas; el alcalde de San Sebastián, Beguiristain, y el teniente de alcalde, Ibáñez. Durante la cena, que tuvo carácter de intimidad, se hicieron “fervientes votos por la prosperidad de ambos países amigos”.
LA DESPEDIDA
El domingo por la tarde, el conde de Hamilton, acompañado de los comandantes de los submarinos, del cónsul Ohlsson y del encargado Winqvist, visitó a las autoridades para despedirse de ellas y manifestó su agradecimiento por el trato recibido.
Al día siguiente, por la mañana, abandonaron el puerto de Pasajes con dirección a Bilbao, donde se aprovisionaron de combustible, aceite y engrases. Tras esto, zarparon con dirección al puerto británico de Cardiff, en viaje de retorno.
ION URRESTARAZU PARADA

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La bandera del grupo “Thaelmann” (1936).

Los milicianos del grupo "Thaelmann" desfilando en San Sebastián con su nueva bandera. Foto Frente Popular.

Los milicianos del grupo “Thaelmann” desfilando en San Sebastián con su nueva bandera. Foto Frente Popular.

LA BANDERA DEL GRUPO “THAELMANN”

Hoy trataremos sobre la bandera del grupo de milicianos “Thaelmann” y la ceremonia de entrega realizada en la calle San Marcial de Donostia-San Sebastián el 30 de agosto de 1936. El siguiente artículo ha sido realizado siguiendo las escasas noticias de la única fuente disponible: el diario “Frente Popular”. También, se ha realizado una reconstrucción básica de la bandera, siguiendo la información hallada en la misma fuente.

INTRODUCCIÓN

Según el diario “Frente Popular”, la idea de entregar una bandera al grupo “Thaelmann” —perteneciente a las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC) y vinculadas, a su vez, al Partido Comunista de España— partió de un grupo de “entusiastas leales”, a los que se unieron algunos vecinos de la calle San Marcial mediante suscripción popular.

El diario en ningún momento argumenta la razón por la cual los vecinos de dicha calle deciden dedicar una bandera a los milicianos. Una probable explicación sería que, apenas dos semanas antes de la entrega, el 13 de agosto de 1936, San Sebastián sufrió dos bombardeos aéreos. En el segundo, ocurrido durante la tarde, la calle San Marcial resultó ser la más castigada: en sus inmediaciones las bombas causaron, al menos, ocho muertos.

Sea como fuere, el grupo “Thaelmann”, tras combatir en el frente de Irún, marcharía el día 29 a San Sebastián para tomar parte en la entrega de la bandera y descansar unos días, con toda seguridad, en el hotel María Cristina, convertido en Cuartel General de Milicias.

LA CEREMONIA DE ENTREGA

El domingo 30, al mediodía, todo estaba dispuesto para dar comienzo a la ceremonia de entrega de la bandera. Al acto, que se realizaría con sencillez, acudió mucho público, que ocupaba los andenes y la calzada entre las calles de Easo y Urbieta.

Los milicianos del grupo “Thaelmann”, dirigidos por Agustín Zumalabe, formaron al final de la calle San Marcial, lugar donde se realizaría la ceremonia.

La madrina, “una bella y gentil señorita republicana” llamada Elvira Arregui, hizo la entrega de la bandera pronunciando un discurso en el que se elogiaba a los milicianos por su sacrificio y la participación de donantes y costureras en la manufactura del estandarte. El discurso terminó con vivas al grupo de milicianos, a los “proletarios del mundo unidos en lucha justiciera”, la libertad y la “República de los trabajadores”.

Los vivas, a los que se sumarían los aplausos, serían contestados tanto por los milicianos como por el público. Tras esto, Ramón Ulacia, como representante de los milicianos, pronunció un breve discurso en el que agradecía aquel obsequio y afirmaría que defenderían la bandera con “ardor” mientras sus “corazones proletarios” palpitasen y sus “pechos milicianos” alentasen. Terminó afirmando que volverían a San Sebastián con la bandera y, en caso de que esto no sucediese, es decir, en la derrota, solo sus “despojos” deberían esperar; nunca “el cuerpo vivo”. Como despedida, terminó con vivas a la libertad y la “España libre”.

Los presentes nuevamente respondieron con aplausos y vivas. Como acto final el grupo de milicianos comenzó a desfilar por las calles de San Sebastián, siendo nuevamente aplaudido y vitoreado.

Hipotético aspecto que podría tener la bandera. Diseño Ion Urrestarazu Parada.

Hipotético aspecto que podría tener la bandera. Diseño Ion Urrestarazu Parada.

LA BANDERA

Realizada por “muchachas entusiastas a la causa”, estaba realizada en raso rojo y artísticamente bordada con la siguiente inscripción: “La calle San Marcial al Grupo Thaelmann”. Además, llevaba bordada la estrella de cinco puntas y las siglas M.A.O.C.

En la actualidad, se desconoce si sobrevivió al conflicto o se conserva en alguna colección privada o museo.

ION URRESTARAZU PARADA

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Escuadrilla de inspección en Lasarte (1927)

El comandante Zamarra y los capitanes González Marín, Bermúdez Reina y Soriano, posando en Lasarte. Foto Galardi.

ESCUADRILLA DE INSPECCIÓN EN LASARTE

 

LA ESCUADRILLA Nº 180

Como final al programa de enseñanza de las escuadrillas de instrucción de la Aeronáutica Militar, se decidió planificar una serie de viajes de reconocimiento con motivo de estudiar los diversos campos de aterrizaje de toda la península.

La escuadrilla nº 180 —con sede en Getafe— realizaría el recorrido Burgos-Vitoria-San Sebastián, con la misión de inspeccionar el aeródromo de Lasarte y efectuar un reconocimiento aéreo de la provincia de Guipúzcoa. Estaba compuesta de 3 aviones modelo “Havilland escuela” —variante del DH-9 y fabricada por Hispano-Suiza—, tripulados por los capitanes José Luis Bermúdez Reina (E-12), Pedro Pérez Marín (E-15), y Fernando Soriano (E-6), acompañados, respectivamente, de dos observadores mecánicos y del comandante de Estado Mayor Francisco Zamarra Agustín, al mando de la escuadrilla.

 

ACCIDENTADA LLEGADA A LASARTE

Tras elevarse a los cielos de Madrid el día 2 de julio de 1927, la escuadrilla tomó rumbo norte, realizando el recorrido por etapas. A San Sebastián llegarían el día 5, tras apenas cincuenta minutos de vuelo desde Vitoria. Hacia las diez y media de la mañana, los donostiarras pudieron ver cómo la ciudad era sobrevolada por tres biplanos que, tras hacer una breve pasada, se dirigieron a Lasarte.

Al sobrevolar Lasarte, los pilotos se llevaron una desagradable sorpresa: ¡no podían aterrizar! La “pista” se hallaba plagada de estacas. Los aviones evolucionaron reiteradamente sobre el aeródromo, hasta que varios vecinos acudieron rápidamente a desclavar las estacas del suelo.

Tan pronto como se retiraron los obstáculos, dos de los aparatos tomaron tierra a lo largo de la carretera. El tercero, pilotado por el capitán Soriano, mientras maniobraba para aterrizar, sufrió el percance de encontrarse de frente con un caballo —de los tantos que debía haber por allí pastando—, obligándole a remontar el vuelo.

 

Biplano E-6 estrellado en Villafranca. Foto Armesto.

 

MALAS IMPRESIONES

La opinión de los militares sobre el reconocimiento del aeródromo no pudo ser más negativa. El comandante Zamarra afirmó “que el aeródromo de Lasarte es deficientísimo, de los peores, si no el peor, de España”; y como experto en la materia explicó: “hay falta de campo; y es peligrosa la ascensión, a causa del arbolado y de una línea de alta tensión que por allí pasa“.

El asunto saltaría tanto a la prensa local como a la nacional. El Pueblo Vasco, calificándolo de “vergüenza”, critica el estado las instalaciones: “El hangar se halla desvencijado y con el techo medio destruído”; y también señala la razón de que hubiese caballos y estacas: al Ayuntamiento de San Sebastián no se le había ocurrido mejor idea que arrendar los terrenos del aeródromo para pastos.

Al margen de las críticas al bochornoso estado del aeródromo, estaban también las voces que clamaban sobre el futuro de la viabilidad económica del aeródromo. La aviación estaba de moda —unos meses antes Lindbergh había cruzado el Atlántico—, y ya era un vehículo de comercio y turismo. Francia estaba planeando convertir el aeródromo de Bayona en la escala del proyecto de la línea Madrid-París y los críticos exigían que Lasarte fuera esa escala, en lugar de Bayona.

Días más tarde —15 de julio— se trataría el tema del estado del aeródromo en el Ayuntamiento. También se hablaría sobre el asunto de la ruta Madrid-París… Pero, al final, la conclusión fue que el aeródromo no se repararía hasta que los “técnicos” confirmasen la utilidad del mismo para las empresas civiles o los militares.

 

Otra perspectiva del biplano estrellado. Foto Armesto

 

Y AÚN MÁS ACCIDENTADO VIAJE DE DESPEDIDA

El día 13, tras terminar las labores de inspección en la provincia, los pilotos retornaron a Lasarte y, una vez allí, comenzaron a realizar pruebas con los motores para preparar la salida. Al día siguiente, a las ocho y media de la mañana, despegaron para sobrevolar la provincia de Guipúzcoa y proseguir el viaje, cuyo siguiente destino, al parecer, era Valladolid.

Pasadas las nueve, el biplano E-6 sufrió una avería en el motor —a causa de una pérdida de agua en el radiador— y tomó tierra de manera aparatosa en la graja de “San Isidro”, en el término municipal de Villafranca, actual Ordizia. Los dos tripulantes, capitanes Fernando Soriano y Antonio García Vallejo —este último, antiguo miembro de la Aeronáutica Militar y oficial de Zapadores en San Sebastián, aprovechaba el viaje para ir a Valladolid—, no sufrieron daño alguno; el avión, sin embargo, sufrió desperfectos: la hélice quedó dañada. El avión quedaría allí para su reparación —esa misma tarde volvería Vallejo con un mecánico para arreglarlo— y los tripulantes serían llevados en automóvil a San Sebastián.

Una vez en la capital, a eso de las doce, los aviadores accidentados pudieron ver a sus compañeros sobrevolar la ciudad. La playa de la Concha estaba abarrotada de gente y los pilotos evolucionaron con sus aviones hasta casi tocar el agua, arrancando así la ovación del público, que les saludaba con los pañuelos. Los aviones dieron dos vueltas sobre la ciudad, sobrevolaron los montes Urgull y Ulía y, luego, giraron hacia Lasarte, para más tarde seguir rumbo oeste.

 

ION URRESTARAZU PARADA

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Sobre el autor Ion Urrestarazu
Un donostiarra curioso de su ciudad, entretenido en observar, desde sus ojos de peatón, todo el entorno que le rodea. Porque hay algo más allá que la bahía y la gastronomía, mostraré con todo lujo detalles, las anécdotas y curiosidades que ayuden a ampliar vuestro conocimiento