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La muerte del duque de Mandas (1917).

Cristina Enea en la actualidad.

Cristina-Enea en la actualidad. Foto Ion Urrestarazu Parada.

LA MUERTE DEL DUQUE DE MANDAS

El miércoles 19 de diciembre de 1917, con dos horas y media de retraso, llegó a San Sebastián el cadáver de Fermín de Lasala y Collado, duque de Mandas. Dos días antes, a los 85 años de edad, había fallecido en la villa y corte de Madrid.

En la estación esperaban los albaceas testamentarios, Lojendio y Machimbarrena, y el párroco de San Ignacio, Uranga. Pese a no ser un acto oficial, acudieron muchos próceres locales a rendir un último homenaje al duque. Entre ellos se hallaban los marqueses de Riscal y Camarasa y el alcalde Zuaznávar.

El pesado ataúd de ébano con herrajes de plata oxidada fue colocado en un coche fúnebre y conducido a “Cristina-enea”, donde fue preparada la capilla ardiente.

EL FUNERAL

A las diez y media de la mañana del día 21, la Diputación, presidida por el gobernador civil conde de Pinofiel, el Ayuntamiento en corporación y numerosas personalidades acudieron a la iglesia de San Ignacio.

En el centro del templo había sido colocado un catafalco rodeado de hachones encendidos y todos los altares estaban iluminados. La misa, oficiada por Ángel Zalacain, fue de canto gregoriano. Al final, el obispo de la diócesis, Eijo, revestido con capa pluvial y mitra, rezó un responso ante el catafalco. Acto seguido, los asistentes se trasladaron a “Cristina-Enea” para la conducción del cadáver.

El cortejo fúnebre se organizó de la siguiente manera:

Asilados de la Beneficencia, portando hachones encendidos, abrían la marcha. Les seguía la cruz parroquial de San Ignacio, con todo el clero donostiarra vestido de sobrepelliz. Tras estos iba el ataúd, a hombros de familiares del duque. El féretro iba escoltado por ocho miqueletes y un cabo, sin armas. La presidencia del duelo estaba formada por el duque de Arcos, el obispo de la diócesis, los marqueses de Riscal y Tenorio, los testamentarios Machimbarrena y Lojendio y el párroco de San Ignacio. Les seguían la Diputación, presidida por el gobernador civil, y el Ayuntamiento, precedido de maceros y presidido por el alcalde Zuaznávar. Por último, la Banda Municipal interpretaba una marcha fúnebre.

La comitiva, que fue seguida por el numeroso público pese a lo desapacible del tiempo, tuvo que hacer un descanso en el cruce de Alcolea, dejando el féretro sobre una mesa, momento que se aprovechó para rezar un responso. La comitiva reemprendería la marcha al cementerio de Polloe, y tras un breve acto en la capilla, el cadáver del duque de Mandas fue enterrado en el panteón familiar, donde todavía yace.

El sábado 22, a petición de la Diputación, se celebraría en la Iglesia de Santa María una misa de réquiem por el alma del finado. Asistieron los diputados, una comisión del Ayuntamiento y demás autoridades civiles y militares de San Sebastián. Tras la misa, el Orfeón Donostiarra cantaría el “Réquiem” de Brahms.

LA HERENCIA

El duque de Mandas no tuvo descendencia y por esta misma razón decidió legar el grueso de sus bienes a la Diputación de Guipúzcoa, como único y universal heredero. No sería el único heredero, también recibieron su parte el Ayuntamiento de San Sebastián y algunas iglesias locales. Veamos cómo se distribuyó.

La Diputación se llevó una gran suma de dinero, con unas cláusulas muy claras sobre cómo administrarla—entre ellas destaca la de fundar una “Escuela-Obrador”, en la que se enseñaría lo que hoy llamamos Formación Profesional—. El ayuntamiento donostiarra se quedó con la archiconocida finca de “Cristina-Enea”, la biblioteca ducal y varias condecoraciones—entre ellas el Toisón de Oro, actualmente en paradero desconocido—. En cuanto a las iglesias, cabe destacar que lo recibido sirvió para la realización de los ventanales de San Vicente, la torre de San Ignacio y el órgano del Buen Pastor.

ION URRESTARAZU PARADA

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Visita del presidente de Portugal Bernardino Machado (1917).

VISITA DEL PRESIDENTE PORTUGAL

BERNARDINO MACHADO

Hace 100 años de la visita del presidente de Portugal Bernardino Machado. A las 10 de la mañana, del 10 de octubre de 1917, llegó en tren especial a San Sebastián el presidente de la República de Portugal, Bernardino Machado, acompañado de su séquito.
“El presidente de Portugal en España don Bernardino Machado (1), jefe del estado portugués, al llegar a San Sebastián, en cuya estación fue recibido por nuestro monarca Alfonso XIII (2) y las autoridades”. Foto Ramón Alba. ABC.

LA LLEGADA 
A partir de las nueve y media de la mañana, comenzaron a llegar a la estación del Norte los coches y automóviles que conducían a las autoridades y personalidades invitadas al recibimiento del presidente Machado. Entre los presentes, se hallaban el ministro de Estado, marqués de Lema; el vicepresidente de la Diputación, Laffitte; el diputado provincial, Zulaica; el gobernador civil, conde de Artaza; el gobernador militar, Martínez Anido; el presidente de la Audiencia; el alcalde de San Sebastián Laffitte; el secretario de la delegación portuguesa; el director general de Seguridad, general La Barrera; el agregado militar de la embajada rusa; Paulino Caballero; Marqueze; el hijo del cónsul de Portugal—en representación de su padre—; el secretario del gobierno civil, Pastrana; el introductor de embajadores, Heredia; el ministro de Jornada, Palacios, varios agregados de las embajadas aliadas, muchas personalidades civiles y militares. También la prensa estuvo presente en el acto.
Se habían adoptado grandes medidas de seguridad—seguramente en prevención de sucesos como el intento de Huelga Revolucionaria ocurrido durante ese mismo verano—. En el interior de la estación había fuerzas de la Guardia civil y una compañía del regimiento de Sicilia, en traje de media gala, con bandera y música. No eran las únicas medidas de seguridad: en los extremos del puente María Cristina guardias civiles a caballo hacían guardia; mientras que en los alrededores de la estación fuerzas del Cuerpo de Seguridad acordonaban la zona.
A las diez menos cuarto, llegaría el capitán general de la región, marqués de Valtierra que, en seguida, revistó a las tropas allí presentes. Pocos minutos más tarde, también llegaría la comitiva de la Casa Real. El rey Alfonso XIII—vestido de capitán general, con casco—, venía acompañado del marqués de la Torrecilla, el marqués de Viana, el general Huertas y el coronel Querol. Una vez en el interior de la estación, el rey saludó a los allí presentes y revistó a la compañía del Regimiento de Sicilia. Alfonso XIII felicitó al capitán Saldaña, que mandaba la compañía, y al teniente coronel Enrique Masdeu Juliá, que mandaba dicho regimiento, “por el brillante estado en que se había presentado el piquete”. Hasta la llegada del tren, el monarca se entretuvo charlando con diferentes personalidades, en especial con el agregado militar ruso, vestido con el uniforme de capitán del ejército del Zar, y en advertir a las autoridades que les presentaría al presidente Machado, por lo que debían colocarse de acuerdo a su jerarquía.
A las diez, justo como se esperaba, llegó en tren especial del presidente de la República de Portugal, Bernardino Machado, acompañado de su séquito. Cuando entró en agujas, las fuerzas de Sicilia le rindieron honores y la banda interpretó el himno de Portugal. El presidente asomó la cara por una ventanilla y todas las personalidades presentes en el andén se descubrieron.
El presidente Machado descendió del vagón, sombrero en mano, y fue saludado efusivamente por el rey Alfonso. Luego, ambos pasaron a revistar la compañía del regimiento de Sicilia. Posteriormente, el presidente saludó a las autoridades españolas y a presentar a su séquito, entre los que destacaban: el presidente del consejo de ministros, Alfonso Costa; el ministro de Negocios Extranjeros, Soárez; el secretario general de la Presidencia, Barreto; el ministro de Portugal en España, Vasconcellos; el marqués de Gonzalvo, puesto a las órdenes del presidente para acompañarle durante su permanencia en España; el agregado militar español en Portugal, Almeida; el secretario particular de Alfonso Costa, Santos Taboada; Arturo Costa, hijo del Presidente del Consejo; D’Angelo Voz; el agregado militar español en Lisboa, el marqués de Camarena y varios periodistas y fotógrafos que les acompañaban. Tras las presentaciones, la compañía de Sicilia desfiló ante ellos, y, al pasar frente al presidente la bandera, Machado, que se hallaba descubierto, elevó su sombrero a modo de saludo.
Organizada en varios coches, la comitiva se trasladó al hotel María Cristina. Muchos curiosos presenciaron la escena. Una vez en el hotel, los portugueses se retiraron a sus habitaciones para cambiarse de ropa y descansar un poco. Mientras, el rey Alfonso, marchó al palacio de Miramar.
“El presidente Machado en San Sebastián. D. Bernardino Machado (1) con el presidente del consejo de ministros de Portugal, Alfonso Costa (2) y acompañamiento, ante el monumento de la reina doña María Cristina”. Foto Ramón Alba. ABC.

DE PASEO POR SAN SEBASTIÁN 
Hacia las once, el presidente Machado salió del hotel para darse un paseo por la ciudad—. Mientras salía, en la terraza, se encontró con un grupo de periodistas a los que saludó, y dijo: “He aquí al cuarto poder. Ustedes querrán que yo les diga alguna cosa. Pues deseo decirles que estoy sumamente complacido por las demostraciones afectuosas que he recibido desde que entré en España”. Confirmó que estaba satisfecho del viaje, pese a su brevedad, y que le agradaba que la entrevista con el rey Alfonso se hubiera realizado en San Sebastián, población que ya conocía y que le gustaba.
Tras charlar con los periodistas, montó en un coche de la Casa Real y se dispuso a dar una vuelta por la ciudad. En varios vehículos marchó la comitiva portuguesa, acompañada por el gobernador civil Artaza y el alcalde Laffitte. El primer lugar visitaron el parque de Alderdi-Eder, donde contemplaron el mar desde el voladizo y el ya desaparecido monumento del centenario. Según el diario “La Información”, elogiaron el monumento, en especial la también desaparecida estatua de la reina María Cristina. Luego se dirigieron al Paseo Nuevo, todavía en construcción, que también fue alabado y, luego, marcharon al monte Igueldo.
Mientras ascendían a Igueldo, se encontraron en la carretera con el rey Alfonso, que subía a pie acompañado de su secretario particular, Emilio de Torres. No le llegaron a saludar porque no le reconocieron.
Ya en Igueldo, Machado visitó las dependencias del Casino y admiró las vistas. En el restaurante, el alcalde Laffitte obsequió a todos los presentes con un lunch. Cabe destacar que, en el tema de la bebida, lo hicieron de la siguiente manera: los españoles tomaron Oporto y los portugueses bebieron Jerez. En el brindis, Machado levantó su copa haciendo votos por la prosperidad de ambas naciones y, cómo no, de la ciudad de San Sebastián, “su ciudad ideal”. El alcalde Laffitte, agradeció lo dicho y brindó, recíprocamente, por Portugal. Machado se despediría de Laffitte cordialmente, asegurándole que, cuando le fuese posible, a la vuelta de su viaje a Francia, volvería a San Sebastián a pasar “dos o tres días”.
Cuando la comitiva portuguesa iba a abandonar el monte, el introductor de embajadores Heredia les presentó a la marquesa de Lema, que estaba casualmente de paseo por la zona.
De Igueldo bajaron otra vez a San Sebastián, pasearon por la parte vieja, el boulevard, el paseo del árbol de Guernica y los alrededores de la Diputación. A eso de las doce regresaron al María Cristina, para volver a salir en automóvil a almorzar en el palacio de Miramar.
El presidente Machado en el monte Igueldo. Museu da Presidencia da República.
ALMUERZO EN MIRAMAR 
A la una del mediodía, el rey Alfonso obsequió a Machado con un almuerzo íntimo en el palacio de Miramar. No estuvieron solos, también estuvieron las reinas Victoria Eugenia y María Cristina; el presidente del Consejo, Alfonso Costa; ministro de Estado, marqués de Lema; ministro de Negocios Extranjeros, señor Soárez; secretario general de la Presidencia, Barreto. ministro de Portugal en España, señor Vasconcellos; el diplomático marqués de González, á las órdenes del Presidente, mientras su permanencia en España; introductor de embajadores, Emilio de Heredia; marqués de Viana; príncipe Pío de Saboya; ministro de Jornada, Palacios; marqués de la Torrecilla; jefe superior de Palacio, general Huertas; teniente coronel, marqués de Camarena, agregado militar de la Embajada en Lisboa; el secretario del rey, Emilio María Torres; coronel Querol; duquesa de San Carlos; la marquesa de Salamanca; el marqués de Castel-Rodrigo; los generales Huerta y Carranza, y otros invitados.
Hacia las tres, una vez terminado el almuerzo, que discurrió con cordialidad, la comitiva portuguesa se despidió de la familia real y marchó al hotel María Cristina, acompañados de los marqueses de González y Camarena y el introductor de embajadores Heredia, para prepararse para reanudar el viaje a Francia.
“El viaje del presidente Machado el jefe del estado portugués (1) y el presidente de su consejo de ministros (2), acompañados del ministro del estado español, Marqués de Lema (3), y el instructor de embajada, Marqués de Heredia (4), al salir del Hotel, en San Sebastián, para seguir su viaje a Francia”. Foto: Ramón Alba. ABC.
VIAJE A FRANCIA 
A las 15:30, tras cambiar de traje, se dispuso a partir para Francia la comitiva portuguesa. Machado se entretuvo algunos minutos en conversar con el marqués de Lema, mostrándole el agradecimiento por las atenciones recibidas durante la corta estancia en San Sebastián. En la terraza del hotel se despidió de los periodistas con una amable sonrisa y una inclinación de cabeza. En los alrededores del hotel se congregaron bastantes personas para despedirse del presidente. Tras esto, y en tres autos pertenecientes al palacio de Miramar, la comitiva marchó a Hendaya. Con ellos iba el gobernador civil, conde de Artaza, y el agregado militar de España en Lisboa, teniente coronel, marqués de Camarena.
Llegaron a Irún a eso de las cuatro menos cuarto, entraron por la entonces nueva Avenida de Francia, al final de la cual y a la entrada del puente sobre el Bidasoa, les esperaban para saludarles el alcalde de Irún, León Iruretagoyena; el primer teniente de alcalde, don Blas Echegoyen; el jefe de la Sección de Vigilancia gubernativa (policía), el capitán de la Guardia Civil y algunas personalidades más. El coche del presidente paró en medio del puente y de él se apeó el gobernador civil, el marqués de González y personal diplomático, que regresaron á San Sebastián. Tras esto, los vehículos cruzaron la frontera.
Una vez llegados a Hendaya, fueron recibidos por el general Debas, miembro del cuarto militar del presidente de Francia, Poincaré; un oficial de Marina; el prefecto y el subprefecto de Pau; el subprefecto de Bayona; el alcalde y el jefe de policía de Hendaya; el agregado militar de la embajada francesa en Lisboa, el embajador de Francia en Portugal, que vino desde París para acompañar al presidente; un hijo de Alfonso Costa, que era oficial del ejército expedicionario portugués; el cónsul general de Portugal en Bayona; el agente consular de Francia en Irún, Mr. Ramillon, y distintas personalidades, así como numeroso gentío. Una compañía de infantería del 49º regimiento de línea, con música, rindió honores al presidente Machado.
Tras los saludos, el presidente portugués se subió al tren presidencial, compuesto de cinco coches y enviado exprofeso por el presidente Poincaré. En el coche-salón, el presidente conversó con las autoridades francesas, mientras se disponía la salida del tren, el cual salió con 25 minutos de retraso, a causa del retraso del tren español que traía el equipaje. A las cuatro y media, el presidente de Portugal partió en tren especial hacia París, siendo ovacionado por los ciudadanos de Hendaya. El presidente Machado viajaría directamente hasta Verdún, donde se esperaba que llegase al día siguiente hacia las ocho de la mañana, y recorrería el frente de batalla acompañado de Alfonso Costa. El periplo por Francia iba a durar una media de quince días.
ION URRESTARAZU PARADA
FUENTES:
  • Diario Vasco 1916-1919. Miércoles 10 de Octubre de 1917. Pág. 1.
  • El Pueblo Vasco. Miércoles 10 de Octubre de 1917. Pág. 1.
  • La Constancia: diario íntegro fuerista. Miércoles 10 de Octubre de 1917. Pág. 2.
  • La Información: diario independiente. Miércoles 10 de Octubre de 1917. Pág. 1.
  • La Voz de Guipúzcoa. Miércoles 10 de Octubre de 1917. Pág. 1.
  • El Liberal Guipuzcoano: diario de la tarde. Miércoles 10 de Octubre de 1917. Pág. 1.
  • ABC. Miércoles 10 de octubre de 1917. Págs. 11 y 12.

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Una cruz en Ametzagaña (1942).

La cruz con la inscripción que se puede ver en el parque de Ametzagaña. / I.U.

La cruz con la inscripción que se puede ver en el parque de Ametzagaña. / I.U.

 

UNA CRUZ EN AMETZAGAÑA

75 AÑOS DE LA MUERTE DEL CENTINELA ARTERO

 

A la vera de una de las pistas del parque de Ametzagaña, hay una senda que conduce a una cruz de hormigón, oculta en la arboleda. En dicha cruz puede leerse la siguiente inscripción:

AL CENTINELA NICOLAS ARTERO GARCIA

MUERTO GLORIOSAMENTE Y EN ESTE

MISMO LUGAR EN ACTO DE SERVICIO

EL DIA

9

DE

JUNIO

DE

1942

R I P

En su día, nada pude averiguar sobre este hecho: en las hemerotecas, los diarios de época callaban al respecto. Años después, y gracias al archivo de la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola, pude tener acceso al informe pericial que recoge esta historia y que va a ser la única fuente disponible para este artículo.

Para hacer más comprensible el apartado médico, así como la autopsia, se ha contado con la inestimable ayuda de la técnico forense Sheila Sastre.

 

Acuartelamiento Loyola, en la actualidad. Foto Ion Urrestarazu Parada.


 

LA NOCHE DEL 9 DE JUNIO DE 1942

A las 21:00, el cabo de ingenieros Rosendo García Navarro avanza por el terreno llamado “Campo de Pinos”, con la misión de relevar del puesto al centinela Nicolás Artero. El cabo descubre al soldado, tirado en el suelo y herido de bala; parece muerto. Alarmado, corre hasta el puesto de la Guardia de Prevención, en los cercanos Cuarteles de Loyola. Allí informa de lo sucedido y, en seguida, acudirán al lugar el teniente de guardia, Francisco Arbilla Espelocin, y dos soldados más. Al rato, también se presentará el teniente coronel, para ser informado de lo sucedido.

Tan pronto como el teniente coronel lo ordena, comienza la investigación. El juez instructor, capitán Gregorio Gil Diez, y el médico, capitán Enrique Acero Santamaría, acompañados de sus respectivos secretarios y dos soldados portando una camilla, subirán hasta el lugar de los hechos.

Una vez llegados allí, el juez Instructor comienza el reconocimiento. El cuerpo de Artero está tendido en el suelo, a unos tres metros de la garita. El fusil, que es hallado a una distancia similar, es examinado, hallándose en la recámara toda la munición, incluyendo el casquillo de la bala disparada.

El juez ordenó al capitán médico que procediese al reconocimiento del cadáver. La conclusión fue la siguiente: Artero presentaba una herida producida por arma de fuego “en la región pre-cordial, en quinto espacio intercostal izquierdo, un poco por dentro de la línea mamilar, con zona de tatuaje y orificio de salida al nivel del ángulo de la escapula del mismo lado”. Explicado más sencillamente: una herida de bala en el pecho —realizada a quemarropa—, bajo la tetilla izquierda, con salida por la zona dorsal izquierda.

Tras el reconocimiento, que apenas duró 30 minutos, el cuerpo fue llevado al depósito del Hospital Militar General Mola —actuales Juzgados de Atocha—, donde se le realizaría la autopsia al día siguiente. Todos los presentes en el reconocimiento fueron requeridos, con arreglo al Art.º 412 del Código de Justicia Militar, para que confirmasen si conocían al soldado Artero, declarando todos ellos desconocerlo.

Esa misma noche fue informado el juez municipal de San Sebastián, para solicitar el enterramiento del cadáver y su inscripción en el Registro Civil, notificando así la defunción.

Fusil Mauser modelo 1893 de la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola. Foto Ion Urrestarazu Parada.

Fusil Mauser modelo 1893 de la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola. Foto Ion Urrestarazu Parada.

10 DE JUNIO, PROSIGUEN LAS DILIGENCIAS

Tras la llegada del cuerpo, los tenientes médicos Tomás Madrazo Beristain y Francisco López de Uralde Lazcano realizaron la autopsia.

“En cavidad torácica se aprecia: Orificio de entrada en región precordial por debajo de línea mamilar por herida de bala con gran tatuaje, intensa hemorragia en cavidad torácica izquierda con lesiones destructivas en lóbulo inferior, región hiliar, correspondientes todas éstas lesiones a la entrada del proyectil, orificio de salida entre 5ª y 6ª costillas región dorsal con fractura de las mismas. En pericardio contusión en la región correspondiente a punta de corazón, encontrándose en ésta ligera equímosis”.

La conclusión de los médicos fue que la muerte había sido a causa de la “hemorragia producida por la rotura de los vasos hiliares izquierdos”. Artero había muerto desangrado.

Para saber si el arma fue la causante del “accidente” —así consta en el informe—, se convoca al maestro armero del regimiento, José Riestra Rodríguez, al objeto de examinar el arma —un fusil Mauser modelo 1893—. Dictaminó que el arma estaba en buen estado y que solo pudo ser disparara apretando el gatillo, no creyéndose que hubiese podido hacerlo sola.

Viéndose que no quedaba claro cómo pudo ocurrir la tragedia, el juez pidió  documentación sobre Artero —seguramente barajó la teoría del suicidio—. Entre los documentos encargados se hallan la ficha personal y la “Hoja de Castigos”. Gracias a la primera sabemos que Nicolás Artero García era un joven de 22 años, natural de la provincia de Castellón, de oficio sastre y soltero; por la segunda, sabemos que fue arrestado el mes anterior a su muerte “por faltas en el Servicio”, siendo por ello depuesto del empleo de cabo y encerrado en el calabozo por espacio de un mes.

A lo largo del día también se sucederán varios interrogatorios. El teniente Francisco Arbilla, al cargo de la Guardia de Prevención, dará su versión sobre lo sucedido tras el descubrimiento del cadáver; el teniente Joaquín Santos del Castillo, al mando de la unidad de Artero, informará de las circunstancias del arresto de Artero y si le conocía; el soldado Tomás Cervera Corachen, amigo del Artero, será interrogado sobre el ánimo y situación económica del difunto. Todos ignoraban lo que pudo ocurrir aquella noche.

 

11 DE JUNIO, TERMINAN LAS DILIGENCIAS

El 11 de junio, a las 16:30, el soldado Nicolás Artero, de la 1ª Compañía del 2º Batallón del Regimiento Mixto de Ingenieros nº 6, es enterrado en la parcela militar número cinco, quinto lugar. Al funeral, del que previamente se había informado al alcalde para su realización, solo se sabe que asistió el juez instructor.

Ese mismo día, tras recibir la lista de pertenencias del difunto y redactar el juez el informe, se darán por terminadas las diligencias. El caso sería archivado considerándose que el suceso “debió de producirse por imprudencia de la misma víctima”, o lo que es lo mismo: un “accidente”.

Lápida del soldado Artero en el cementerio de Polloe. Foto Ion Urrestarazu Parada.

Lápida del soldado Artero en el cementerio de Polloe. Foto Ion Urrestarazu Parada.

¿ACCIDENTE, ASESINATO O SUICIDIO?

Como habrán podido leer en el artículo, el informe pericial concluye el asunto clasificándolo como un accidente. Tal catalogación me inquietó desde el principio. ¿No pudieron llegar a una conclusión más específica?

Releyendo el informe, y consultando con otros compañeros de aventura, llegamos a la conclusión de que el informe contenía algunas lagunas notables. Por ejemplo, el cabo Rosendo, que va a relevar a Artero de su puesto, va a solas, cuando la obligación —salvo raras excepciones— es hacerlo acompañado del centinela suplente. Otro, que es muy llamativo, es el detalle de que nadie escuchó el disparo. Disparo que, pese a ser realizado a quemarropa con un fusil, en una noche de verano como la de aquel 9 de junio, tendría que haberse escuchado, al menos, por parte de otros centinelas…

No contento con la conclusión del informe y viendo las lagunas que en él se hallaban, y que daban qué pensar, me decidí a realizar una serie de pruebas para intentar arrojar algo más de luz sobre el tema.

En la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola se conserva un ejemplar del mismo modelo de fusil presente en el suceso. Tras descolgarlo del expositor, comprobé primero la trayectoria del disparo señalada por los médicos en el informe; luego, procedí a poner a prueba las diferentes teorías, a saber: accidente, asesinato y suicidio.

La teoría del “accidente” fue rápidamente descartada. Por lógica —y teniendo en cuenta el peritaje del maestro armero—, nadie se apuntaría así mismo con un fusil y esperaría que éste, por su propia acción, se disparase solo. Por tanto, solo quedaba comprobar las teorías restantes. Y antes de profundizar en ambas teorías, quería puntualizar al lector una cuestión: esto es sólo un ejercicio teórico, con la información disponible no podemos confirmar que los supuestos hechos aquí analizados ocurrieran en realidad.

En torno a la hipótesis del asesinato, la conclusión fue que solo pudo haberse realizado de la siguiente manera: si un individuo apuntase el arma al esternón de la víctima y ésta, instintivamente, hubiese apartado el fusil hacia un lado sujetándolo por el cañón, en el preciso instante en el que el hipotético asesino apretaría el gatillo. El disparo, aparentemente, coincidiría con la herida citada en el informe. Pero como antes he dicho: sin más pruebas que el informe, la teoría del asesinato no tiene fundamento.

La teoría del suicidio es quizás la más plausible —personalmente es con la que me quedo—. Teniendo en cuenta la largura del arma —1,2 metros aproximadamente—, la única manera de acometer suicidio es la siguiente: tras apoyar la culata del fusil en el suelo y poner una rodilla en tierra, apoyado el pecho sobre en el cañón del arma —en el lugar de la herida—, se puede disparar el arma estirando el brazo para apretar el gatillo. Con el resultado de la pose, el fusil queda ligeramente ladeado, lo cual podría explicar las heridas resultantes.

¿Cuál podría ser la razón para el suicidio? No se sabe. Se puede pensar que estaría relacionado con la deposición del empleo de cabo y la estancia de un mes en el calabozo. Pero más allá de esto, sin más pruebas, la teoría del suicidio no se puede confirmar.

Tal vez, las autoridades militares no calificaron el suceso como suicidio al no encontrar pistas evidentes como una nota de despedida o un testimonio esclarecedor que pudieran dar pie a la conformación del mismo. Aunque también hay que tener en cuenta otro factor, como el de la época del suceso, en la que un suicidio era cosa censurable y más aún dentro del ejército, donde un hecho tal sería considerado como una mancha para la institución.

Al carecer de más fuentes a las que aferrarse, es difícil valorar lo que realmente pudo haber ocurrido aquella noche. Quizás, en el futuro, se pueda contar con algún testimonio de algún testigo de época o, quien sabe, de la propia familia del malogrado soldado. También queda pendiente saber cuándo o por quién fue erigida la cruz que hoy queda como silencioso testimonio de esta trágica historia.

 ION URRESTARAZU PARADA

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Sobre el autor Ion Urrestarazu
Un donostiarra curioso de su ciudad, entretenido en observar, desde sus ojos de peatón, todo el entorno que le rodea. Porque hay algo más allá que la bahía y la gastronomía, mostraré con todo lujo detalles, las anécdotas y curiosidades que ayuden a ampliar vuestro conocimiento