Diario Vasco
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Categoría: Monumentos
Una cruz en Ametzagaña (1942).

Cruz en el parque de Ametzagaña. Foto Ion Urrestarazu Parada.

 

UNA CRUZ EN AMETZAGAÑA

75 AÑOS DE LA MUERTE DEL CENTINELA ARTERO

 

A la vera de una de las pistas del parque de Ametzagaña, hay una senda que conduce a una cruz de hormigón, oculta en la arboleda. En dicha cruz puede leerse la siguiente inscripción:

AL CENTINELA NICOLAS ARTERO GARCIA

MUERTO GLORIOSAMENTE Y EN ESTE

MISMO LUGAR EN ACTO DE SERVICIO

EL DIA

9

DE

JUNIO

DE

1942

R I P

En su día, nada pude averiguar sobre este hecho: en las hemerotecas, los diarios de época callaban al respecto. Años después, y gracias al archivo de la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola, pude tener acceso al informe pericial que recoge esta historia y que va a ser la única fuente disponible para este artículo.

Para hacer más comprensible el apartado médico, así como la autopsia, se ha contado con la inestimable ayuda de la técnico forense Sheila Sastre.

 

Acuartelamiento Loyola, en la actualidad. Foto Ion Urrestarazu Parada.


 

LA NOCHE DEL 9 DE JUNIO DE 1942

A las 21:00, el cabo de ingenieros Rosendo García Navarro avanza por el terreno llamado “Campo de Pinos”, con la misión de relevar del puesto al centinela Nicolás Artero. El cabo descubre al soldado, tirado en el suelo y herido de bala; parece muerto. Alarmado, corre hasta el puesto de la Guardia de Prevención, en los cercanos Cuarteles de Loyola. Allí informa de lo sucedido y, en seguida, acudirán al lugar el teniente de guardia, Francisco Arbilla Espelocin, y dos soldados más. Al rato, también se presentará el teniente coronel, para ser informado de lo sucedido.

Tan pronto como el teniente coronel lo ordena, comienza la investigación. El juez instructor, capitán Gregorio Gil Diez, y el médico, capitán Enrique Acero Santamaría, acompañados de sus respectivos secretarios y dos soldados portando una camilla, subirán hasta el lugar de los hechos.

Una vez llegados allí, el juez Instructor comienza el reconocimiento. El cuerpo de Artero está tendido en el suelo, a unos tres metros de la garita. El fusil, que es hallado a una distancia similar, es examinado, hallándose en la recámara toda la munición, incluyendo el casquillo de la bala disparada.

El juez ordenó al capitán médico que procediese al reconocimiento del cadáver. La conclusión fue la siguiente: Artero presentaba una herida producida por arma de fuego “en la región pre-cordial, en quinto espacio intercostal izquierdo, un poco por dentro de la línea mamilar, con zona de tatuaje y orificio de salida al nivel del ángulo de la escapula del mismo lado”. Explicado más sencillamente: una herida de bala en el pecho —realizada a quemarropa—, bajo la tetilla izquierda, con salida por la zona dorsal izquierda.

Tras el reconocimiento, que apenas duró 30 minutos, el cuerpo fue llevado al depósito del Hospital Militar General Mola —actuales Juzgados de Atocha—, donde se le realizaría la autopsia al día siguiente. Todos los presentes en el reconocimiento fueron requeridos, con arreglo al Art.º 412 del Código de Justicia Militar, para que confirmasen si conocían al soldado Artero, declarando todos ellos desconocerlo.

Esa misma noche fue informado el juez municipal de San Sebastián, para solicitar el enterramiento del cadáver y su inscripción en el Registro Civil, notificando así la defunción.

 

Fusil Mauser modelo 1893 de la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola. Foto Ion Urrestarazu Parada.

 

10 DE JUNIO, PROSIGUEN LAS DILIGENCIAS

Tras la llegada del cuerpo, los tenientes médicos Tomás Madrazo Beristain y Francisco López de Uralde Lazcano realizaron la autopsia.

“En cavidad torácica se aprecia: Orificio de entrada en región precordial por debajo de línea mamilar por herida de bala con gran tatuaje, intensa hemorragia en cavidad torácica izquierda con lesiones destructivas en lóbulo inferior, región hiliar, correspondientes todas éstas lesiones a la entrada del proyectil, orificio de salida entre 5ª y 6ª costillas región dorsal con fractura de las mismas. En pericardio contusión en la región correspondiente a punta de corazón, encontrándose en ésta ligera equímosis”.

La conclusión de los médicos fue que la muerte había sido a causa de la “hemorragia producida por la rotura de los vasos hiliares izquierdos”. Artero había muerto desangrado.

Para saber si el arma fue la causante del “accidente” —así consta en el informe—, se convoca al maestro armero del regimiento, José Riestra Rodríguez, al objeto de examinar el arma —un fusil Mauser modelo 1893—. Dictaminó que el arma estaba en buen estado y que solo pudo ser disparara apretando el gatillo, no creyéndose que hubiese podido hacerlo sola.

Viéndose que no quedaba claro cómo pudo ocurrir la tragedia, el juez pidió  documentación sobre Artero —seguramente barajó la teoría del suicidio—. Entre los documentos encargados se hallan la ficha personal y la “Hoja de Castigos”. Gracias a la primera sabemos que Nicolás Artero García era un joven de 22 años, natural de la provincia de Castellón, de oficio sastre y soltero; por la segunda, sabemos que fue arrestado el mes anterior a su muerte “por faltas en el Servicio”, siendo por ello depuesto del empleo de cabo y encerrado en el calabozo por espacio de un mes.

A lo largo del día también se sucederán varios interrogatorios. El teniente Francisco Arbilla, al cargo de la Guardia de Prevención, dará su versión sobre lo sucedido tras el descubrimiento del cadáver; el teniente Joaquín Santos del Castillo, al mando de la unidad de Artero, informará de las circunstancias del arresto de Artero y si le conocía; el soldado Tomás Cervera Corachen, amigo del Artero, será interrogado sobre el ánimo y situación económica del difunto. Todos ignoraban lo que pudo ocurrir aquella noche.

 

11 DE JUNIO, TERMINAN LAS DILIGENCIAS

El 11 de junio, a las 16:30, el soldado Nicolás Artero, de la 1ª Compañía del 2º Batallón del Regimiento Mixto de Ingenieros nº 6, es enterrado en la parcela militar número cinco, quinto lugar. Al funeral, del que previamente se había informado al alcalde para su realización, solo se sabe que asistió el juez instructor.

Ese mismo día, tras recibir la lista de pertenencias del difunto y redactar el juez el informe, se darán por terminadas las diligencias. El caso sería archivado considerándose que el suceso “debió de producirse por imprudencia de la misma víctima”, o lo que es lo mismo: un “accidente”.

 

Lápida del soldado Artero en el cementerio de Polloe. Foto Ion Urrestarazu Parada.

 

¿ACCIDENTE, ASESINATO O SUICIDIO?

Como habrán podido leer en el artículo, el informe pericial concluye el asunto clasificándolo como un accidente. Tal catalogación me inquietó desde el principio. ¿No pudieron llegar a una conclusión más específica?

Releyendo el informe, y consultando con otros compañeros de aventura, llegamos a la conclusión de que el informe contenía algunas lagunas notables. Por ejemplo, el cabo Rosendo, que va a relevar a Artero de su puesto, va a solas, cuando la obligación —salvo raras excepciones— es hacerlo acompañado del centinela suplente. Otro, que es muy llamativo, es el detalle de que nadie escuchó el disparo. Disparo que, pese a ser realizado a quemarropa con un fusil, en una noche de verano como la de aquel 9 de junio, tendría que haberse escuchado, al menos, por parte de otros centinelas…

No contento con la conclusión del informe y viendo las lagunas que en él se hallaban, y que daban qué pensar, me decidí a realizar una serie de pruebas para intentar arrojar algo más de luz sobre el tema.

En la Sala Histórica del Acuartelamiento Loyola se conserva un ejemplar del mismo modelo de fusil presente en el suceso. Tras descolgarlo del expositor, comprobé primero la trayectoria del disparo señalada por los médicos en el informe; luego, procedí a poner a prueba las diferentes teorías, a saber: accidente, asesinato y suicidio.

La teoría del “accidente” fue rápidamente descartada. Por lógica —y teniendo en cuenta el peritaje del maestro armero—, nadie se apuntaría así mismo con un fusil y esperaría que éste, por su propia acción, se disparase solo. Por tanto, solo quedaba comprobar las teorías restantes. Y antes de profundizar en ambas teorías, quería puntualizar al lector una cuestión: esto es sólo un ejercicio teórico, con la información disponible no podemos confirmar que los supuestos hechos aquí analizados ocurrieran en realidad.

En torno a la hipótesis del asesinato, la conclusión fue que solo pudo haberse realizado de la siguiente manera: si un individuo apuntase el arma al esternón de la víctima y ésta, instintivamente, hubiese apartado el fusil hacia un lado sujetándolo por el cañón, en el preciso instante en el que el hipotético asesino apretaría el gatillo. El disparo, aparentemente, coincidiría con la herida citada en el informe. Pero como antes he dicho: sin más pruebas que el informe, la teoría del asesinato no tiene fundamento.

La teoría del suicidio es quizás la más plausible —personalmente es con la que me quedo—. Teniendo en cuenta la largura del arma —1,2 metros aproximadamente—, la única manera de acometer suicidio es la siguiente: tras apoyar la culata del fusil en el suelo y poner una rodilla en tierra, apoyado el pecho sobre en el cañón del arma —en el lugar de la herida—, se puede disparar el arma estirando el brazo para apretar el gatillo. Con el resultado de la pose, el fusil queda ligeramente ladeado, lo cual podría explicar las heridas resultantes.

¿Cuál podría ser la razón para el suicidio? No se sabe. Se puede pensar que estaría relacionado con la deposición del empleo de cabo y la estancia de un mes en el calabozo. Pero más allá de esto, sin más pruebas, la teoría del suicidio no se puede confirmar.

Tal vez, las autoridades militares no calificaron el suceso como suicidio al no encontrar pistas evidentes como una nota de despedida o un testimonio esclarecedor que pudieran dar pie a la conformación del mismo. Aunque también hay que tener en cuenta otro factor, como el de la época del suceso, en la que un suicidio era cosa censurable y más aún dentro del ejército, donde un hecho tal sería considerado como una mancha para la institución.

Al carecer de más fuentes a las que aferrarse, es difícil valorar lo que realmente pudo haber ocurrido aquella noche. Quizás, en el futuro, se pueda contar con algún testimonio de algún testigo de época o, quien sabe, de la propia familia del malogrado soldado. También queda pendiente saber cuándo o por quién fue erigida la cruz que hoy queda como silencioso testimonio de esta trágica historia.

 ION URRESTARAZU PARADA

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Sobre el autor Ion Urrestarazu
Un donostiarra curioso de su ciudad, entretenido en observar, desde sus ojos de peatón, todo el entorno que le rodea. Porque hay algo más allá que la bahía y la gastronomía, mostraré con todo lujo detalles, las anécdotas y curiosidades que ayuden a ampliar vuestro conocimiento