Diario Vasco
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Fecha: febrero, 2014
“Ante la duda, tú siempre, hazte la tonta”
Amaia Michelena 26-02-2014 | 2:44 | 0

Esta era mi filosofía secreta, que una vez me atreví a confesar en público. Fue delante de mis primas, y la hija de “La Pepita”, la que me regaló el cambiador en verano,  me confesó, que es su actitud ante la vida, y que además es una costumbre heredada de madres a hijas en la familia.

Pues bien, esto que os voy a contar, le pasó hace relativamente poco,  a la amiga de una amiga, en una ciudad que tampoco os voy a decir cual es, para no levantar sospechas. Como es mujer, simpática, lista y guapa, no le pasó nada de nada, pero podía estar aún en el calabozo con cara de pocos amigos, esperando una lima para rascar los barrotes y escapar, de no haber sido así.

Resulta, que la amiga de esta amiga mía, salía hecha un pincel de su casa hace unos días, pensando dónde había aparcado su coche. Se había alisado el pelo, y estrenaba su mejor abrigo en mucho tiempo. Bolso de abuela renovado, collares a tutiplén y unos stilettos de las rebajas, que le subían más allá de las nubes.

Trotando más que corriendo, y con su inseparable perro pegado a los tacones, encontró su pequeño utilitario, en la misma cuesta de siempre. Bártulos al maletero, mascota de copiloto, arrancar a toda velocidad. Esa fue la tónica de la mañana, la misma de cada día.

Por no perder tiempo, decidió hacer una maniobra en redondo. “Nadie va a enterarse”, pensó, ” Y así, adelanto cinco minutos, que a estas horas,  no le sobran a nadie. En cuanto se despejó la carretera, intermitente de al izquierda, tres ágiles volantazos y listo.”

Todo pintaba bien, excepto por una pequeña cadena de acontecimientos. A los diez segundos de arrancar, y la segunda vez que pisó el embrague para meter la marcha atrás, uno de los stilettos, se quedó atascado, no se sabe dónde, ni a que altura. La marcha no entraba, y aquel pedal era un desobediente total y absoluto. Las bocinas ,de los coches en caravana, en ambos carriles,  se oían por toda la ciudad, y la despreocupada señorita, empezaba a ponerse “un pelín” nerviosa.

Ni corta ni perezosa, salió del coche, que para entonces, estaba atravesado en mitad de la carretera, sin dejar subir, ni bajar a nadie, por aquel camino. Ató a su perro, en una farola que vio en la acera, se quitó los zapatones, y volvió al coche, a intentar deshacer el entuerto. ¡Imposible! Los pies llenos de crema y el sudor, por los nervios, hicieron que el embrague, se resbalase más aún, ¡al tiempo que ella sudaba hasta del flequillo!

Según me cuenta, el reloj seguía haciendo su función, y la broma, ya era cosa de un par de minutos. Pidió ayuda a un amable ciclista, achacando que tal vez “el coche se había estropeado, de repente”, y se dispuso a mirar desde la acera, descalza, junto a la farola en la que había atado a su perro.

Acto seguido, y no sabe si avisada por algún inquieto conductor, o casualmente, paró una patrulla de la policía, que ayudó a la joven a sacar el coche. Un funcionario lo puso en la dirección correcta, a la primera, y otro dirigió, como pudo, el tráfico a la vieja usanza. Un circo. “X”, se libró de la multa por hacer una mala maniobra, se libró de otra segunda, por llevar al perro de copiloto, ¡y se libró de una tercera, por conducir con semejantes zapatos prohibidos!

 

 

 

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¿Preadulta, mejor que postadolescente?
Amaia Michelena 24-02-2014 | 1:27 | 0

Soy preadulta. Lo sé, y lo admito. Lo he leído en una revista. Carezco de cargas familiares y pervivo en un estado de ocio continuado e ininterrumpido. Como el 51% de la población, según los últimos estudios del C.I.S.

Aclarado hace un tiempo, el tema de que los treinta son los nuevos veinte, y de qué cada vez somos más, los que, obligados por nuestro entorno tardamos en evolucionar, y en definitiva, en crecer y madurar, abordemos el tema de hoy.

Me es más fácil hablar de lo que ya  conozco. Y veo, que los “pros” son ciento cincuenta mil. Tras años metida en un círculo vicioso de no estudio, no apruebo. Y como me siento mal trabajo, para no dar guerra en casa. Y vuelvo a suspender porque no tengo tiempo para estudiar, y el poco libre que me queda, lo dedico a lamentarme. Por fin,  llevo unos cuantos años ya, trabajando mal o bien, y estudiando porque quiero, y lo que quiero. Sin presiones, y para complementar lo que ya sé.

Ser joven e independiente es una maravilla, y más en un entorno idílico como el nuestro. Tú decides lo que haces, y cómo lo haces. Y tuya es la culpa de no llegar a fin de mes, o de que la jaula del canario esté sucia.

Bien es cierto, que en un futuro, si mi elección es la de formar una familia, puede que no piense lo mismo. El problema vendrá, cuando me falte energía para reñir a un verdadero adolescente, porque llega tarde a casa, o me chupa la energía cual Edward Cullen, para que le aumente la paga. Pero veo tan lejos la vejez, y lo mucho que la disfrutan los suertudos, jubilados de 67, que me veo de lo más capaz. Alternaré mis clases de aquagym, y talleres de alfarería, con poner un plato en la mesa, de lunes a domingo a mi querubín, que no tendrá ni que molestarse en hacer mudanzas e independizarse. Para cuando él madure, yo ya ni estaré, y directamente, heredará lo que me quede por pagar de la hipoteca.

 

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Misscarrotopo
Amaia Michelena 20-02-2014 | 11:45 | 0

Soy experta y maestra, en el arte del ceguéo. No sé cómo unos padres se dan cuenta de que su hijo no ve. Los míos lo detectaron rápido, porque ya luzco mis primeras gafas, en fotos en las que tan solo gateo. Supongo, que de ser una graciosa “bebé borrachina”, verían que su vástaga era una torpe rematada.

En cualquier caso, si hubiera regalado en la puerta de un colegio, todas mis antiguas gafas, tendríamos a más de una generación, dotada de las mejores monturas con cristales rallados. A una media de dos años por par, con los que yo llevo en este mundo, casi no me dan los dedos de manos y pies, para hacer el recuento final. ¡Y eso que mi nivel de cegata profesional, nunca se adapta a las ofertas de “llévese diecisiete pares por dos euros más, y así deja un par en el coche, y otro en la ventana del salón”!

Después de todo este tiempo, soy experta en técnicas de limpieza y cuidado. La mejor manera de ver nítido cada día es lavarlas con agua caliente y jabón anti grasa, para fregar los platos. También gasto toallitas húmedos “limpiagafas”, y el eterno “trapillo” que te regalan en la óptica al comprarlas, y que nadie, se encarga de limpiar.

Respecto a este último, es muy curioso, que aconsejen ser el mejor método. ¡Nadie limpia el “trapillo limpiagafas”! Todos lo guardamos en la funda, como oro en paño, y creemos que es una faena perderlo. Pero es de esos absurdos irreparables de esta vida, como la fregona. ¿Quién friega a la fregona? ¿Quién abriga a una madre?

No nos engañemos. Aunque ahora muchos las uséis como complemento, y estáis encantados, de que os diagnostiquen media dioptría en la revisión del trabajo, las gafas son incómodas. Se empañan cuando entras a los bares, o en el autobús. ¡Y ni qué decir de la bañera, no hay quien lea con el vaho que se genera dentro del cuarto de baño! Se ensucian al cocinar, y es incomodísimo, tener que echar la mano a la mesilla, como primera opción, para poder ser persona, y arrancar cada mañana. En la playa y en la piscina, ¡eres un completo inútil! Por todo esto, y con todo mi amor, ¡os tengo mucha manía, gafapastas!

 

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Evolucionando progresivamente
Amaia Michelena 17-02-2014 | 8:47 | 0

He vivido toda mi vida perdida en el monte. Para que os hagáis una idea, el camión de “congelados” venía expresamente a domicilio, como el de la tintorería. Y hasta, por lo menos mis quince años, “Telepizza” no subía la cuesta de casa. Crecí con el culo más duro de los alrededores, aunque también mis gemelos se fueron fortaleciendo tipo Martina Navratilova, y hoy es el día, que aún tengo problemas, para meterlos en unas botas de señorita decentes.

Llevaré unos cinco o seis años a pie de calle, soportando tamborradas, iñudes y caldereros. Y a pesar de qué protesto más que hablo, ¡en el fondo estoy encantada! Lo que más ilusión me hizo, desde el primer momento, fue el tema de los recados. ¡Qué no hay pan, pues bajo! Se acabó el coger el coche para acercarse a la gasolinera más cercana, a tres o cuatro kilómetros. Ya no hay que ir al frigorífico del trastero a por cervezas frías. ¡Se va al “Badulaque” y se compran!

Mi carro es naranja, gigantesco.  Lo mío en el mundo de la maruja mañanera, ha sido un progreso paulatino y apenas apreciable. Pasé de la bolsa con ruedines plegable, al carrito armado talla “s” en poco tiempo.  En nada, me agencié uno de cuatro ruedas. Hasta que mi abuela, hizo que me fijase en lo cómodos que iban empujando, en lugar de acarreando, los operarios de correos, con su “carro-herramienta” de trabajo. Y me hice con uno de cuatro ruedas, pero con tracción en todas ellas, ¡como los “Land Rovers”! Y además, por sugerencias prácticas de mi padre, este último tiene, departamento específico “porta congelados”, ¡y hasta enganche para el paraguas!

¡Podría hacer una parada y tomarme trece “marianitos” antes de comer, y todo seguiría en orden! Salvo por un pequeño detalle. Por más que me empeñé, jamás consigo que los rollos de papel higiénico, entren en el carrito, ¡ni comprándolos de cuatro en cuatro! Es una de esas cosas, que sin ser especialmente vergonzosa, siempre me ha abochornado. 

Qué me decís, de volar del coche a casa, y encontrarte con el vecino molón, que decide ayudarte con las bolsas. Y justo, lo que agarra, para que no te de la puerta en las narices, es el saco de 48 rollos de papel higiénico extra-suave triple capa. Lo mejor es que todo ser viviente, tiene que ir a comprar papel cada semana. ¡Lo peor, que hay cosas que siempre darán apuro a una zanahoria maruja!

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Lo qué esconde el cubo rojo de mi cocina
Amaia Michelena 14-02-2014 | 8:42 | 0

Siempre se ha dicho que para conocer bien a una persona, hay que bandearse en su terreno. Creo, que dónde mejor podemos adivinar, cómo es alguien, es visitando su humilde morada. Y voy aún más allá. La mejor manera de saber cómo es tu vecino, no es espiando su correo, ¡sino, hurgando en su basura! Y aunque lo digo en sentido figurado, lo pienso de verdad. Ahora, con el tema del reciclaje, la cosa está más difícil, pero cualquiera que se convierta en analista por un día, y pase por ejemplo, por mi casa, puede llegar a la conclusión de qué tipo de persona soy.  

En primer lugar,  desafiando a las estadísticas, jamás de los jamases tiro comida. Sólo me deshago de cáscaras y pieles insalbables que no pueden ingerirse. Nunca se me pone nada malo en la nevera, y si algo, se encuentra rozando el abismo de la fecha de caducidad, arriesgo. ¡Me gusta vivir  al límite! Tampoco encontraréis nunca, en mi cubo, sobras de nada cocinado. Congelo, clasifico en tuppers de colores, se lo regalo a mi prima la de Alsasua, repito o tripito para no tirar. Lo qué sea, ¡antes reventar que sobre!

Lo que siempre encontraría el Inspector Gadchet entre mis despojos, es la etiqueta de algún trapo de cocina, calcetines, o camiseta, que he comprado en algún bazar del barrio antes de subir a casa. ¡Los plásticos y precios, envoltorios y tickets, en seguida me delatan! Se camuflan entre las eternas semillas de los panes de pipas, que me ha dado por comprar, y de los que ya os he hablado en otra entrada. Si sois seguidores fieles de Misscarrot, sabéis de qué os hablo, si no, ¡menos mal que llega el fin de semana, porque tenéis deberes!

Y ya para terminar, no pienso dedicar más que este pequeño párrafo, a mis marañas desagradables. Vivir con animales, es lo que tiene. O te conviertes en uno de ellos, o te pones las pilas. Mis restos de alpiste, y pelusas de polvo tipo peli del Oeste grabada en Almería, en la década de los cincuenta. Sí, esas en las que el sherif, siempre sorprende al malo por detrás, justo antes de disparar al bueno. Pues bien, esas bolas que giran, suelen estar en mi cubo rojo de basura desde primerísima hora del día, ¡esas sí!

 

 

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