Diario Vasco
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Categoría: good energy
¡Y te libras de ser la loca de los gatos!

Tener perro te permite gozar de  un montón de licencias. Es mucho más simpático, que alguien te vea, pasear a las 12.00 de la noche frente al mar, acompañado de tu mascota que no solo. Si se te ocurre salir a pescar bajo la luna, con chaqueta de capucha y auriculares, probablemente se lo comenten a tu familia, y te requisarán caña y anzuelos.

Siempre es justo y entendible, que tu mascota, salga a “desfogarse”. Así, el paseo por la playa cuando los demás vuelvan de fiesta, será gratamente justificado, sin estar jubilado ni tarumba.

Puedes sacarlo a las tres de la tarde y  fumarte una comida familiar en primavera. A nadie le extrañará verte con un bocata de lomo al sol. Serás la envidia de tus amigos,con su bandeja de pasteles dominical  a 45,00 € la docena, para ir a casa de sus suegros. ¡Ahora bien, lo de ligar con perro, os aseguro que es toda una leyenda urbana!

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Soñando voy, soñando vengo

Estoy en modo puzzle. Tengo todas las piezas, pero ni idea de cómo encajarlas.

Enero es mes de cambios y bienvenidas. Gimnasios, régimen, rupturas con malas costumbres y compañías tóxicas, academias, psicólogos, y buenas intenciones. A mi me ha volado el tiempo, y se me acumula el trabajo.  Entre un catarro mal curado y la  falta de sueño,  estamos peor que en 2014.

Siguiendo el “más vale tarde que nunca”, quiero retomar mi vida tal como la dejé hace meses, y romper la barrera del sonido con cien mil ideas que rondan por mi cabecita  pelirroja. Lecturas interesantes para tirarme el moco en las sobremesas de solteros contra casados, triathlones, cursillos de costura y grafología, ¡y recetas a practicar en las fiestas de mi pueblo!

Todo muy lejos del sofá, que es dónde tomé las doce uvas y donde sigo sentada viendo la vida pasar. Así qué, dos minutos más tarde, cambio de párrafo, y tomo prestada otra frase del refranero popular. ¡Lo qué mal empieza, mal acaba! Yo sigo con febrero, y si es caso, ya con lo de la Capitalidad Cultural, me pongo las pilas en 2016.

 

 

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Ensayado el “Yepa, eyyyyy”

En Donostia  somos muy de monte. Ayer sin ir más lejos me manché de barro hasta las orejas en Ulia. Al mal tiempo buena cara, y doblete de calcetín. Me lo dijo un buen amigo cenando el sábado, y ha supuesto todo un descubrimiento. Ni medias de compresión, ni patucos, ni leotardos, ¡la clave está en el “doblete”!

Como buena vasquita mendizale, ayer madrugué. Sobre las diez o diez y media, puse el despertador para aprovechar el día al aire libre. Buena hora siendo día del Señor. Desayuné potentísimo para la excursión. Tortilla, café, fruta, y bien de hidratos de carbono. Y en menos que canta un gallo, me hice a las calles, ¡bien cómoda, sin miramientos! Mochila impecable, botas “Merrell” sucias, de la anterior vez que me animé a surcar el Amazonas (eso se lleva mucho, tener botas de “trekking” reservadas, por si algún invierno nieva en la Kontxa). Mallas, sí, pero con el pandero bien tapado, por un jersey de lana ovejero del mismísimo “Loreak Mendian”, y gafas de sol último modelo.

De esta guisa, y con mi caniche de pedigrí y cuatro kilos en el cuerpo, me encontré con una buena amiga y su mascota. Ponte bien, estate quieta y qué bonitos pendientes, bastaron para echar a andar. Sobre las doce, en procesión, subíamos las escaleras de Sagües hacia el  monte como si fuese peregrinación obligada. Foto de rigor diez minutos más tarde con los burros del camino, y posado-selfie con la bahía y tres playas de fondo. Cuatro “epas”, y en media hora habíamos cumplido con la vida, y nos lanzábamos en plancha al “Martini”, para regular bien el “pH” y empezar la semana como señoras!

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Síndrome del pincel oxidado

Los artistas pasamos por épocas de larga sequía creativa, o eso he leído. Escritores que no tienen qué contar, pintores que no encuentran paisajes ni rostros que plasmar, y finalmente nosotros, los blogueros. Nuevas oleadas de seudo- aficionados a entretener al personal de mil amores.

Hace un año que empecé con este blog. No he parado de rellenar cuadernos y papelajos con todo lo que me ha ido viniendo a la cabeza. Y hoy es el día en que necesito ordenar ideas, para, de forma rutinaria, volver a contaros aventuras, si no cada día, sí con cierta frecuencia. Vacaciones, “veranos locos de El Corte Inglés”, tumbonas y paseos en bicicleta. El caso es que no es la mejor fecha para retomar. Yo lo intento y me empeño.

Pero hoy casualmente tengo un problema. Y es que me duele la barriga. Soy de naturaleza zampona, no tengo remedio, y ayer me puse colorada de endivias con queso. Pensaréis que roquefort, pero no. También añadí “tomates raf” a la bacanal, guacamole, y bien de pan. Soy aficionada a los de cereales, y a la segunda vuelta por el aceitillo del aliño, me acordé de que no hay nada mejor en una ensalada de verano, que los frutos secos. A la media hora ya estaba KO, ni postre, imaginad lo verde de mi cara y mi mal cuerpo.

Para intentar que desaparezca mi barriga de embarazo de gemelos, llevo paseando retorcida desde el punto de la mañana, como alma en pena,  por la ciudad. Andando a trabajar, andando a los recados, andando a la fotocopiadora cada seis minutos. Conclusión; agotada. Todo parece normal, pero estoy peor que una niña de diez años empachada de sandwiches de chorizo, en la merienda  final del cursillo de natación.

Otro día más  y mejor amigos, lo prometo.

 

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Yo soy muy de robar saludos

“Habla sólo, si tus palabras son mejores que el silencio”

Siempre he escuchado que esta frase era de Mahama Ghandi.  La verdad es que le pega muchísimo, pero francamente, hoy es el día que intento documentarme mientas mojo biscotes en el café, y soy incapaz de dar con la fuente veraz. Vamos a quedarnos, con que se trata de un proverbio muy lógico y remoto, de los que muchos deberíamos aplicar en numerosas ocasiones. Yo soy muy de “robar saludos”. Y ojo, a pesar de parecerme la opción correcta, creo, que la bara de medir, a muros de carga, y parlanchinies en el mundo, ha de estar más equilibrada.

El colegio y la adolescencia no cuentan, aunque ya se va viendo quienes están de un lado, y los que se ven mejor en el otro. Perdonamos la edad de la vergüenzas y partimos de los dieciocho, o ingreso en la universidad, para empezar a analizar el tema de hoy. (Ha quedado muy Doctor Honoris Causa esto que acabo de decir, pero siempre me ha apetecido mucho.)

El caso es que yo estudié en Donostia, empecé a vivir fuera y a viajar, más tarde. Cuando mis amigos y conocidos, comenzaron a mudarse, y a mirar por encima del hombro, al volver en Semana Santa y Navidad, yo estaba envidiosa perdida, aunque creo que muy en el fondo. Mis paseos diarios de la universidad al bar de moda, y de ahí a la biblioteca y al náutico a ver pasar las horas, fueron entretenidísimos.

Los pobres lugareños, sin piso de estudiantes, estábamos ansiosos de aventuras que escuchar. Los que estudiaban en Bilbao, Vitoria o Pamplona, las traían cada viernes. Plagadas de plazas en las que hacer botellón, “vecinos molones”,  y nuevos novios con acento de Dakota del Norte, y rubios, rubísimos. Las mejores historias hasta el último año de carrera y los “Erasmus”, venían siempre de Madrid y Barcelona, ¡eran brutales! Los de aquí, ver, oír, y callar. Siempre pensaba que exageraban.

Llegó el primer trabajo y otros cogimos el relevo. A mi me tocó marcharme, compartir piso, y hablar de todas esas crónicas, que había estado escuchando a lo largo de tres o cuatro años. Pues bien, la historia se repitió, y cuando volvía a casa de visita, contaba a mis amigos las mismas aventuras. Me convertí en una narradora incondicional, como aquellos, que únicamente, me llevaban ventaja. Y lo sigo siendo. Así que hablemos todos, que lo que vale oro, es alegrar al del enfrente con experiencias que poder repetir. ¡Ya habrá tiempo de estar callados!

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¡Qué ya estoy aquí!

Llevo tres semanas en dique seco literario, y literal. Me he quedado temporalmente sin las dos manos, por una intervención planeada y deseada, que ha salido a las mil maravillas. Ahora, y hasta nueva orden, tecleo sólo con los meñiques,  ¡tremendo gran paso! Durante días, mis horas se han llenado a base de paseos  y reportajes de “monos capuchinos”. Tardes de sofá, aguantando las ganas de ir al servicio, e intentando ocupar mi mente con ideas disparatadas, para no perder los nervios. ¡Preguntad lo qué sea del tiburón ballena, me lo sé, me lo sé!

Además de recuperarme, estoy reflexionando muchísimo. Volver a necesitar ayuda, para comer, asearme y cubrir las necesidades más básicas, de forma consciente esta vez, me ha convertido en mejor persona. Básicamente, porque de no ser así, estoy más vendida que un “Ferrari” en el centro de Dubai. Cuando uno es bebé, no se da cuenta de la dependencia absoluta hacia otras personas, obvio. Pero pasada la treintena, os aseguro que tanto uno mismo,  como sus esclavos, han de armarse de paciencia y valor, en modo “pensión completa”.

Agradezco la ayuda a mis diferentes lacayos, en base a actividad, distracción y hora del día. Servidumbre para rascarte la nariz,  no es lo mismo que para hacerte un buen moño o coleta hueca,  con “bulto pajarero”. La amiga a la que llamas para pasar las páginas de la “Vogue”, y comentar prensa rosa, no puede bajar a tu perro. Pero el colega que pasea contigo y tu mascota, seguramente, no tenga maña para pintarte las uñas de los pies, que te mandaron borrar antes de  entrar al quirófano.

Las lentillas no te las puede poner nadie, más que el óptico. Y en el supuesto, de que te acerques hasta allí, para que te eche una mano, nadie va a estar en tu casa para pegarte el tironcillo nocturno en la esquina del ojo. Las madres son santas. Dan de comer a la boca, de beber con “pajita”, peinan, asean, te lavan los dientes y ahuecan la cama. Pero nadie te lee en voz alta tu novela favorita, ni te pone el siguiente capítulo de “True Detective”.  por la noche en tu habitación.

Sin manos, además de cariño y mucho amor, necesitas chófer, cocinero, escriba, y community manager para sobrevivir a día de hoy. O bien, contratar a “María Navarro”, la asistente personal de la Pantoja. A toro pasado, os lo cuento ya con media sonrisa. Sólo media.  Llevo tres horas sentada frente al ordenador, tecleando a dos dedos como el mejor banquero. ¡Os prometo que he madrugado! Calculo, que si sigo aquí quieta tres días más, para el lunes que viene tendréis otras cuatro líneas con las que entreteneros en el café de media mañana.

Un beso y gracias por seguir ahí.

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