Diario Vasco

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Versión original subvalorada
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Ricardo Aldarondo | 29-04-2016 | 14:58| 0

El hecho habrá pasado desapercibido, pero desde hace un par de semanas el cine Trueba de San Sebastián ya no ofrece exclusivamente películas en versión original subtitulada. También hay versión doblada, normalmente de la misma película. No parece grave si tenemos en cuenta que lo de la doble opción siempre es positivo y se da también en otros locales: el Príncipe está en plena experiencia piloto desde hace unas semanas y las sesiones del jueves a la noche son, en todas las salas, en versión original.

Sin embargo el Trueba renació (con su reforma de 2011) con vocación cinéfila y orientado al amante de la versión original. Ahí se programa el cine de autor que ha crecido en festivales, o las propuestas más especiales y minoritarias, pero también grandes producciones como Batman V Superman con sus voces íntegras.

Pero ese ‘nicho de cinéfilo’ parece estar cambiando en los últimos tiempos. Por un lado, el gran público no sale del doblaje: será por la costumbre de décadas, pero aunque la picaresca de internet haya desarrollado esforzados buscadores de subtítulos para insertarlos a la serie recién emitida en Estados Unidos, y mientras los anuncios de la tele incluyen frases en inglés o francés como si nada, a la mayor parte de la gente no le interesa escuchar las verdaderas voces de los actores extranjeros. Y esa especialidad de la V. O. pasa por momentos de desafección: está ocurriendo últimamente que en las sesiones estelares la V. O. no tiene tirón. En cambio, las proyecciones-evento funcionan estupendamente: hay llenazos para las sesiones únicas en que se programan óperas y ballets, y también se cuelga cada dos por tres el “no hay entradas” en la nueva modalidad de documentales sobre pintura que se está ofreciendo desde hace unos meses.

Puede que el cinéfilo estricto esté que no da abasto con tantas actividades culturales como hay últimamente, y algunas con el gancho de lo gratis. Habrá que ver en su día si el 2016 también ha mermado la asistencia a actividades culturales establecidas y con solera en la ciudad. Pero de momento el Trueba deja un poco a media asta la bandera de la versión original, en busca de nuevas combinaciones.

(Publicado en El Diario Vasco el 7 de abril)

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De Tindersticks a Sr. Chinarro, a cada cual mejor
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Ricardo Aldarondo | 18-04-2016 | 18:11| 7

Los astros se conjugaron para soltar lluvia y fastidiar el plan de ver a Tindersticks en el anfiteatro de Miramon (dentro de la programación Music Box de la capitalidad cultural), pero también para darnos una alegría y resolvernos a algunos el terrible dilema que teníamos y permitirnos ver el otro concierto en principio programado a la misma hora en el Dabadaba, el de Sr. Chinarro. Finalmente Tindersticks en Tabakalera, y a continuación y justo al lado Sr. Chinarro en el Dabadaba, fue un plan redondo que hubiera valido por toda una jornada en el mejor festival indie del mundo: fueron dos conciertos extraordinarios, cada uno en lo suyo, imposible designar al mejor.

Era la cuarta visita de Tindersticks a San Sebastián, aunque quizás pocos se acuerden de la primera, en 1999, en el Victoria Eugenia como las dos siguientes, y con lucido programa doble: Arab Strap ocuparon entonces la primera parte con un Aidan Moffat ejerciendo su pose de lazy man como nunca. Volvieron en 2009, y en 2012 dejaron incluso un legado: su disco Live in San Sebastian, con ocho de las canciones de aquel concierto en el que tuvieron el mismo telonero de este sábado, sensible constructor de capas sonoras con samples superpuestos, guitarra y percusión, acompañado de un saxo. El resultado era bonito, aunque quizás poco apropiado para un público que de pie hacía tiempo, más que nada, hasta que salieran los Tindersticks.

Había cierta prevención: la sala desnuda de Tabakalera donde finalmente fue el concierto hacía temer una mala acústica y un ambiente poco acogedor; y el hecho de que el concierto fuera gratuito parecía una invitación a los charlatanes a comerse a gritos a Stuart Staples. Y sin embargo, desde la salida a escena, precisamente con un tema de lo más tranquilo como Second Chance Man, el prodigio tuvo lugar y la voz de Staples y los delicadísimos y austeros arreglos de la banda crearon su manto atmosférico que hace que todo quede en suspenso, y solo quepan las emociones reposadas que arrastran las canciones. Y el sonido fue cálido y cristalino.

Acudieron cada dos por tres al nuevo y notable álbum, The Waiting Room (la canción que le da título, sólo con órgano eclesiástico fue uno de los momentos de levitar) pero también al anterior The Something Rain (Medicine fue otro de los más emocionantes momentos), e intercalando alguna pieza primeriza, como  Sleepy Song y She’s Gone. El repertorio era casi calcado al de Barcelona y otros conciertos anteriores, y sin embargo no había nada de mecánico ni prefigurado en una interpretación absolutamente entregada y apasionada por parte de los cinco músicos. Y cuando acometieron una canción ajena, una de las más bellas y conmovedoras jamas compuestas, Johnny Guitar, alcanzaron las cotas de lo sublime. He aquí:

En la segunda parte fue creciendo la intensidad y We Are Dreamers! y Show Me Everything fueron demostraciones de fuerza ensoñadora sin abandonar la delicadeza. Se despidieron antes del bis con recogimiento, en A Night So Still, con esa precioso arpegio de guitarra en bucle de Neil Fraser que podría durar toda la noche. El bis con Sometimes it Hurts y My Oblivion coronaron un concierto impecable, en el mejor sonido de la palabra, y emocionante por doquier. Que vuelvan cuando quieran.

Con su gracejo serio habitual, el alma mater de Sr. Chinarro, Antonio Luque, nos recibió en el Dabadaba con complicidad: “¿Qué tal han estado los Tindersticks? ¿Han tocado muchas del primero?” para a continuación aclarar: “Nosotros no vamos a tocar ninguna del primero”. Del primero no, pero de la segunda parte de la prolífica carrera de Sr. Chinarro soltaron veintipico canciones, muy bien seleccionadas.

Y desde el primer momento quedó claro que íbamos a ver la mejor versión de Sr. Chinarro probablemente de toda su historia. Acompañado por tres jovenzuelos que eran una maquina fabulosa de contundencia y sutileza (el líder nos contó luego que solo llevan seis conciertos juntos, increíble), Antonio Luque se crecía y se enseñoreaba con esas gloriosas letras que siguen plenas de inspiración y gracia (sin chiste) y originalidad, y que se entendían perfectamente en el potentísimo pero claro sonido que consiguieron los del Dabadaba (nada que ver con el de estos vídeos que solo incluimos como souvenir). Antonio se mecía también en el entusiasmo que generaba cada canción en el público que llenaba la sala, y fue hora y cuarta larga sin descanso ni desperdicio, cada canción mejor que la anterior, dando cuenta de un repertorio que aparecía así mucho más variado de lo que el tópico sobre Sr. Chinarro hace creer.

De Efectos especiales a El lejano Oeste, Del montón, Droguerías y farmacias, Babieca, Todo acerca del cariño… un monton de canciones que sonaban más vibrantes que nunca con los elaborados dibujos de guitarra, y una sabia mezcla de contundencia y refinamiento en la base rítmica.

Una llamada a la acción fue el comienzo del abandono, sin ningún signo de agotamiento. El regreso nos brindó una arrebatadora versión de El progreso, y “como los del Dabadaba nos han invitado a chuletón”, nos regalaron aún una más que no estaba prevista: si María de las Nieves es una de las más emocionantes composiciones de Antonio Luque, la versión que hicieron fue de 10. Gran colofón para un concierto del que todo el mundo salía entusiasmado. Y para una noche memorable.

 

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‘Psicosis’ en plan folk o las per-versiones de Bill Frisell
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Ricardo Aldarondo | 05-04-2016 | 18:19| 0

Sinuoso, flotante, como de country espacial, el sonido de la guitarra de Bill Frisell puede envolver y transformar casi cualquier cosa dando brillo nuevo a lo más barrido. Este Don Limpio soñador pero con nervio sigue siendo de lo más gratificante y sorprendente que aflora por los territorios del jazz (por decir algo), con periodicidad constante. Su ya larga obra, tres decenas y media de discos propios y un centenar largo de colaboraciones, es espléndida, siempre distinguida.

Su último quiebro lleva un título bastante manido, When You Wish Upon A Star, y contiene una propuesta aparentemente tan poco original como tomar algunos temas de películas y reproducirlas a su modo. Pero todo convencionalismo acaba ahí. Era de esperar, por otro lado, sabiendo cómo se las gasta Bill Frisell quien, sin recurrir a la facilona táctica de ponerlo todo patas arriba, consigue que el concepto de ‘versionear’, tan cansino en los últimos tiempos, vuelva a ser excitante y hasta deslumbrante.

Tómese Psicosis, por ejemplo, la archiconocida creación de Bernard Herrmann, que aparece aquí en dos temas. Si parecía imposible imaginarla de otro modo que con la tensión casi histérica de las cuerdas originales, Bill Frisell y su quinteto la reubican en una especie de folk levemente balcánico sin estropear nada del original y consiguiendo una nueva perspectiva para esa música imperecedera. La toma y reconquista de El padrino es otra revelación.

En compañía de músicos también extraordinarios como Eyvind Kang a la viola (otro de los habituales en la órbita de John Zorn, pero ya con mucha vida propia) o la cantante Petra Haden (una de las hijas de Charlie Haden, con la que Frisell ya hizo un disco a dúo), en When You Wish Upon a Star aparecen también canciones de origen cinematográficao tan versioneadas como esa de Pinocho que da título al álbum, Moonriver o la maravillosa The Shadows of Your Smile que figuraba en los títulos de crédito de una película a reivindicar, Castillos en la arena, de Vincente Minelli. Pero todas ellas, sobre todo la última, suenan tan nuevas como necesarias.

Para completar, Bill Frisell rescata con imaginación la sintonía de la serie de televisión Bonanza y su propia composición para el corto Tales From the Far Side. Un gozo de principio a fin.

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Aliados en Nantes
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Ricardo Aldarondo | 30-03-2016 | 15:09| 0

Se ha celebrado estos días el Festival de Cinema Espagnol de Nantes. Y uno, invitado allí para formar parte del jurado de documentales, se asombra del interés que el público tiene en una ciudad que antaño fue de astilleros y hoy de cultura. El Festival de Nantes sigue contando cada año con la “fenetre basque”, y en la sección oficial estaban Asier Altuna con su Amama (que acabó recibiendo el premio del Jurado Joven) e Imanol Uribe con Lejos del mar. No en vano en el triunvirato rector, formado por esforzados y entusiastas profesores de universidad, está el director de la Filmoteca Vasca, Joxean Fernández.

Es una panorámica muy completa de la producción del año: comercial, alternativo, cortos, óperas primas (ahí está Un otoño sin Berlín de Lara Izagirre) y documentales. Incluso con estrenos europeos como El olivo de Iciar Bollaín, que abarrotó el cine Katorza (el que fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, el que tuvo en sus puertas a mujeres rezando cuando Godard estrenó ‘Je vous salue Marie’, como se ve en las fotos del hall).

Compartíamos jurado con Antonio Altarriba, coautor del magnífico cómic El arte de volar junto al dibujante Kim. Ahora publican El ala rota que, significativamente, ha salido antes en Francia que en España (hay que esperar al 23 de abril). El amor por la “bande desinée”, y por estos autores, desembocó en dos sesiones de más de una hora cada una firmando autógrafos. Otra compañera de tribunal, la historiadora francesa Odette Martínez Maler, ha publicado (junto a Geneviève Dreyfus-Armand) un espléndido libro de gran formato, L”Espagne, passion française 1936-1975: guerres, exiles, solidarités, cargado de documentos gráficos y episodios poco conocidos de nuestra Guerra Civil en Francia, que provocó otra cola de interesados en el autógrafo y la conversación. En el jugoso encuentro con el actor Javier Gutiérrez no se podía ni entrar: abarrotado. Los chóferes del festival, voluntarios de vocación cinéfila, aprovechan las pausas entre traslados para ir al cine y a conferencias. Verídico.

En la ciudad que mantiene magníficamente restauradas las galerías del siglo XIX Passage Pommeraye y el restaurante modernista La Cigale, escenarios de la Lola de Jacques Demy, que cuenta con un castillo alucinante en medio de la ciudad, y mantiene la memoria de su hijo Jules Verne, el cine español es querido y admirado. También en Toulouse, Marsella y Périgueux tienen festivales similares dedicados en exclusiva al cine español. En Málaga hay un festival de cine francés y en Madrid el instituto galo ofrece una muestra anual. Pero parece que la atención de los franceses a la cultura de sus vecinos sigue en nivel superior.

 

 

 

Unas imágenes de Anouk Aimée en la película ‘Lola’ de Jacques Demy y los correspondientes escenarios, el Passage Pommeraye y el espejo del restaurante La Cigale, en la actualidad.

 

Palmarés del festival:

Premio del Jurado Jules Verne: Los exiliados románticos, de Jonás Trueba. Mención Especial: La academia de las musas, de José Luis Guerin.

Premio del Público: Truman, de Cesc Gay.

Premio del Jurado Joven: Amama, de Asier Altuna.

Premio del Jurado de Documentales: Walls (Muros), de Pablo Iraburu y Migueltxo Molina.

Premio Ópera Prima: A cambio de nada, de Daniel Guzmán.

Premio al mejor cortometraje: Cordelias de Gracias Querejeta y Apolo 81 de Oscar Bernacer

 

 

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Nick Lowe toma el puente con su voz conquistadora
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Ricardo Aldarondo | 28-03-2016 | 17:36| 2

Nada hacía presagiar que aquello pudiera funcionar: Nick Lowe solo con guitarra acústica al aire libre y gratis, como ‘gancho’ para un festival que se presumía multitudinario, el Stop War que ha montado la capitalidad cultural de San Sebastián 2016, en medio de un puente (el de María Cristina) y de la ciudad. Pero la voz única de Nick Lowe logró ayer domingo lo inesperado: que el público estuviera en silencio y con atención reverencial (al menos en la zona más cercana al escenario), como embelesado por la delicadeza y rotundidad con que el veterano británico que fue estandarte de la new wave y se dejó seducir (para engrandecerlos) por sones americanos en la madurez, desgrana cada una de sus canciones. Todas las palabras, cada una de las inflexiones de su voz, tienen importancia y entrega por un intérprete que, sin dramatismos ni rimbombancias, canta observaciones agudas sobre el exterior ( ‘People change’, ‘What’s Shaking on the Hill?’) o el interior (‘Sensitive Man’, ‘House For Sale’, profundas y conmovedoras historias de corazones rotos como ‘I Live in a Battlefield’). Cuánta sabiduaría con tanta sencillez.

Sin necesidad de aplacar al público, simplemente envolviéndolo en su aterciopelada voz que trae ecos de todos los principios básicos de la historia del pop y el rock, Nick Lowe se movió entre el rock de ‘onemanband’ (‘Raging Eyes’) y la balada desarmante, adentrándose con toda naturalidad en el terreno del susurro, retando al viento (el mismo que fastidiaba el sonido de los vídeos de aficionados con pocos recursos) como único competidor sobre el rumor de la ciudad en momentos tan emocionantes como ‘The Beast in Me’, la canción que compuso para Johnny Cash. Como acudió a todos los momentos de su extensa (aunque no demasiado prolífica) y muy cuidada carrera, no podía faltar la imperecedera ‘Cuel To Be Kind’. Coreable, y coreada por el público, también con delicadeza.


Mientras las elegantes vidrieras de las torretas del puente ejercían de decorativas lunas artificiales, Nick Lowe no se apegó a proclamas fáciles para ajustarse al festival Stop the War. Era mucho más sutil y natural dejar fluir su ‘(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love, and Understanding’ que también Elvis Costello hizo suyo, pero que su autor contrarresta con especial refinamiento. Total, que aunque hubiera sido más deseable verle en un sitio así acompañado de una banda, lo que parecía abocado al desastre se convirtió en una hora justa de maravillosa música al viento, y en medio del puente. Sólo esa ‘old magic’ de Nick Lowe podía lograrlo.

 

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