Diario Vasco

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Black Lips: secando el sudor del Dabadaba
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Ricardo Aldarondo | 24-08-2014 | 18:50| 2

Lugar: Sala Dabadaba (San Sebastián). Fecha: 23 de agosto de 2014. Asistencia: Lleno, 250 personas.

Era una feliz rareza, un insólito logro, que un grupo como Black Lips, que tiene acomodo en los escenarios principales de los grandes festivales internacionales, que estuvo este mismo año entre los nombres en letra grande del Primavera Sound, que acumula caché y leyenda, accediera a engalanar el recoleto Dabadaba, que se apuntó otro pequeño hito en su aún corta historia con la actuación del cuarteto de Atlanta (más una saxofonista). Las entradas se agotaron dos días antes y la calurosa velada estuvo a la altura de la expectación.

Enérgicos, ligeramente gamberros y deliberadamente despreocupados, Black Lips tienen aún el sambenito de las trastadas escatológicas que han solido protagonizar en escena, a pesar de su aspecto de buenos chicos. Pero el único fluido corporal que inundó el Dabadaba fue el sudor de un público fogoso y entregado al frenesí. Rock & roll juvenil y primitivo, riffs electrizantes, estribillos coreables y ganas de diversión inundan sus canciones. Mientras algún ayudante desde un lateral iba hinchando globos y lanzando rollos de papel higiénico al público (que vino bien para secar el sudor o improvisar adornos corporales), sonaron notables canciones del reciente Underneath the Rainbow y auténticos himnos para bailar y corear en comandita como O Katrina, Justice For All y Bad Kids. No alcanzaron el máximo de sus conciertos más legendarios, comentaban acérrimos seguidores, pero montaron un fiestón de rock & roll. Una noche hot hot hot.

(El sonido en la sala no fue el horrorcete de estos vídeos, tomados desde detrás del equipo de sonido y con un teléfono).

La mayor locura de la noche con (timida) invasión de escenario:

La fiesta del papel higiénico:

Himnos para todos:

 

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Bassmatti y Vidaur: la hora de los valientes
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Ricardo Aldarondo | 18-06-2014 | 15:46| 0

Nada hacia presagiar en la calurosa noche del viernes pasado, y en el aún más caluroso bar, que el actuante iba a salir a escena con un gorro bien recio y ajustado, muy útil en Alaska. Mucho menos imaginaba nadie que permanecería toda la actuación, unos 50 minutos, con él encasquetado, en imposible conjunto con la camisa roja con chorreras y el pantalón vaquero. Pero así es Giorgio Bassmatti, un desafío permanente. Hasta en el vestir. Quienes sólo conozcan sus canciones por algún sistema fonográfico quizás lo imaginen como un romántico a veces meláncolico, a veces optimista. Que lo es. Pero no conocerán su buen humor, su condición de showman iconoclasta, su espíritu de we’re gonna have a real good time together.

El Dabadaba acogía a Bassmatti y Vidaur para presentar por fin su disco Melodías concertantes, que es bien bonito por dentro y por fuera, y más cuanto más se escucha y más se toca. Y era como jugar en casa, así lo declaraba el propio bardo barbado en Twitter horas más tarde de la performance: “Uno de los momentos más divertidos de mi vida. Y mira que hay… Nada como jugar en casa”. Efectivamente, Bassmatti y Vidaur se lo pasarno muy bien. Y los demás, también.

Y empezaron osados, interpretando enterita De todo, de nada, como siempre, prácticamente a capella, con algún inaudible acorde de guitarra. Luego ya entraron las bases pregrabadas, que hay que mantener los magníficos arreglos de Vidaur que engalanan orquestalmente las canciones en el disco, aunque solo puedan ser dos en escena. Pero Bassmatti y Vidaur live superponen frescura, naturalidad e improvisación sin que esas bases sean un corsé, con el Yon Vidaur reforzando las guitarras y dándoles protagonismo.

Un comienzo tan quedo se vio enseguida compensado por cosas tan eufóricas y alegres como Solo había que soplar más fuerte y su marcial comienzo, que Bassmatti aprovechó para trotar guitarra acústica en mano en el más puro David Byrne’s Stop Making Sense style. Ese esplendor melódico permaneció en Luces y cruces o en Carros y carretas, y la energía envalentonaba, vayapordiós, a los que parloteaban a volumen brutal al fondo en la barra. Nada que Bassmatti pueda temer, acudiendo también al anterior disco Apropósito, con El mejor amigo de la mujer:


Como Bassmatti es hombre de recursos, se bajó del escenario con atril y todo y, sumido en la oscuridad, sin micrófono, a pelo como los valientes, y con Vidaur como fiel escudero al fondo a la melódica, se marcó un intimísimo Y entonces ya será ideal que acalló por completo todo el local. Y como quiera que Bassmatti tuvo a bien plantarse justo delante de la cutrecámara de Mon Oncle, y componer él mismo el bonito plano (¿casualidad o posado?), disfruten aquí del resultado:

Tras repasar las siete canciones del ajustado y primoroso Melodías concertantes, no podía faltar, entre otras, el megahit DJ Invitado, con cambios en la letra para quien quiera descrifrarlos…

Y, como retando a quienes les consideran un eslabón más en la tradición indiepop donostiarra, el dúo cerró el concierto con una versión de Family, su arreglo de Carlos baila, ya exhibido en grabación hace un par de años, y que, glups, también tuvo algún cambio de letra, fruto de la fogosidad del momento:

Pero hubo más. Como artistas invitados estuvieron AMAtxu, que era lo que parecía pero no se sospechaba: una segunda versión o apéndice escuálido de AMA, solo con Javier Sánchez a la guitarra y Andoni Etxebeste a la batería. Los dos componentes justificaban los juegos de palabras del nombre con fonética en varios idiomas y desgranaron algunas nuevas canciones de Javi, en una vena de pop juvenil-maduro y amoroso, muy bien punteadas por las percusiones. El intento de meter algún bajo programado salió regulín, pero eso solo afianza las ganas de escuchar esas canciones con banda al completo, sin desmerecer las versiones desnudas y bien sostenidas que presentaron. También hicieron una versión de Magnetic Fields y cerraron con un par de extractos del disco de AMA Exposición permanente.

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Bailando hasta el nuevo amanecer con Joe Crepúsculo, Vigalondo, Cobeaga y la troupe
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Ricardo Aldarondo | 12-05-2014 | 00:57| 0

El simil es tentador: si 1982 tuvo a Pedro Almodóvar y Fabio McNamara a lo loco sobre un escenario, en 2014 Nacho Vigalondo y Joe Crepúsculo doblan la apuesta del cineasta metido a cabaretero. El simil se acrecienta cuando hace una semana pensábamos si con el recién nacido Dabadaba estábamos teniendo el Rock-Ola donostiarra del siglo XXI.

Pero agotado el simil, viene la gran diferencia: Joe Crepúsculo es un gran compositor-intérprete que se basta solo en el escenario para desplegar el contagioso poderío de sus canciones, últimamente zambullidas en tecno pop ochentero disparado hacia todos los ritmos posibles, y especialmente latinos. Solo que con Alacrán (Vigalondo), auténtico tigre de los MC, animal escénico capaz de combinar el punch de disco boy con las artes marciales, y de arengar sin descanso a un público entregado, la cosa se convierte en una fiesta eufórica y apasionada. Como ocurrió el sábado en el Dabadaba, tras la actuación de Panty Pantera, a las que lamentablemente no pudimos ver porque aún estábamos en el homenaje a Lou Reed.

Joe Crepúsculo, como un Jean Michel Jarre cool, estira ambos brazos para controlar su teclado, aupado en unas cajas de Coca-Cola (¡esa estética, Dabadaba!), y la parafernalia de botones para los pregrabados que manipula al tiempo que canta e interpreta con pasión sus excelentes letras. Comenzó él solo con Nuevo amanecer y ya estaba casi todo ganado.

Reconozco que no confié en Joe Crepúsculo en sus inicios, cuando ya muchos lo veían como la gran revelación. Me parecía que desafinaba más allá de sus y nuestras posibilidades, y que el rollo amateur tenía una gracia de corto recorrido. Sin embargo, en los últimos discos (ya van seis) se ha crecido sobremanera. No hay más que escuchar la diferencia entre La canción de tu vida, tal como la grabó en Supercrepus en 2008 y de nuevo en el espléndido Nuevo ritmo (2011). Ahora Joe Crepúsculo tiene unas docenas de canciones con increíble capacidad de convertirse en himnos privados y colectivos, ahondando en un montón de géneros que siempre parece calzar bien, especialmente cuando adopta géneros populares, de la canción romántica a la eurovisiva, de la pachanga y el bakalao al reggaeton, de la cumbia a la bossa nova.

Y así, atrapado entre sus mandos pero libremente expresivo, incita a bailar, corear, gozar y reir all night long. Todo eso ya lo consiguió él solo. Pero cuando tras media docena de temas salió Alacrán, alias de Nacho Vigalondo, el espectáculo ya fue de leyenda.

Sonaron muchas de las canciones de Baile de magos (2013), como Bailando en el lavabo, Batalla de Robots (¿fue en esta en la que ambos se movían como autómatas?), pero también otras anteriores como las maravillosas La canción de tu vida, Tus cosas buenas o Ritmo mágico. En el fragor incesante, no se podía ni sostener el móvil para grabar.

Se celebraba también que Borja Cobeaga y su equipo han llegado ya a la mitad del rodaje de Negociador, y allí estaba el director, viejo colega de Vigalondo, con lo cuál la noche no podía ser más redonda, y parte del equipo de la película. Entre ellos, también Antonna de Los Punsetes. Así que, al final del concierto, cuando Vigalondo jaleó a Cobeaga y empezó a sonar el megahit Mi fábrica de baile, aquello fue apoteósico. He aquí el documento al completo:

Y la cosa terminó a ritmo de tecno-cumbia, con Hoy no me quiero levantar, que podría ser para muchos el resumen perfecto de este intenso fin de semana.

 

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195 días sin Lou Reed: el homenaje de Rafael Berrio, Capsula, We Are Standard, Sonic Trash y Petti
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Ricardo Aldarondo | 12-05-2014 | 12:38| 2

Tras las imprescindibles gafas negras, Rafael Berrio lo dijo: «195 días. Los he contado. Desde el 27 de octubre. 195 días sin Lou Reed». Cinco grupos se reunieron en la sala Doka de San Sebastián el pasado sábado para rememorar esa ausencia, y rendir pleitesía a las canciones del neoyorkino. Pero solo Berrio ‘fue’ Lou, sin dejar de ser Berrio.

En la abarrotada sala Doka, Petti abrió la sesión de más de tres horas con las únicas referencias de la noche al Lou de la última época, en original traslación al euskera de  Dirty Boulevard y Romeo Had Juliette. Luego los rockeros Sonic Trash se decantaron por el repertorio de Velvet Underground con espléndidas recreaciones de Here She Comes Now, Venus in Furs o Heroin. Tensión y rigor con afiladas guitarras.

Rafael Berrio, acompañado por excomponentes de UHF y Amor a Traición como Iñaki de Lucas y José Manuel Puerto, además de Paul San Martín, acometió cuatro canciones de Berlin, recreando todas las esencias de Lou Reed con personalidad propia. Desde el depresivo inicio con Berlin y la cabaretera Lady Day, tras una pequeña interrupción en las primeras notas de piano, ya que Berrio le hizo parar y con tono absolutamente loureediano, dijo: “Quiero oir el vuelo de una mosca”. El inicio de una obra magna como Berlin precisaba devoción, respeto y silencio por parte del público. (Este vídeo tiene el sonido saturado por el demasiado cercano ampli de guitarra, allá sonaba mucho mejor).

Caroline Says y How Do You Think It Feels, y una épica Sad Song de espléndido crescendo, en la que al grupo se sumaron unos coros femeninos bordaron la impersonation más sentida de la noche, fiel y libre al mismo tiempo.

Los más populares quedaron para el final. We Are Standard pidieron poca luz para la lisérgica Ocean, con el cantante utilizando un raro instrumento de fuelle, y All Tomorrow’s Parties, y luego se lanzaron a un enérgico y fiel Vicious, además de un Pale Blue Eyes poco centrado (no se puede cantar esa canción entre sonrisas cómplices) y un Waiting For My Man mucho más redondo.

Y Capsula, tras algún problema de sonido con la guitarra en White Light /White Heat que solventaron sin achantarse, arrastraron al personal en unos extasiantes y algo exhibicionistas Rock and Roll, What Goes On y Run, Run, Run, que pusieron el local a cien grados, con más furia rockera que la intensidad contenida de los originales, y con el siempre tremendamente comunicativo Martín metido entre el público y ondeando la guitarra en lo alto. Entre el fragor del personal no pude grabar un vídeo decente, pero aquí está uno que ha colgado Oihana LoVe de Run Run Run, en la que el trío estuvo acompañado por Juanjo, guitarrista de Sonic Trash.

La sorpresa final fue preciosa: Rafael Berrio cantando solo con guitarra en total oscuridad Walk On the Wild Side mientras en dos columnas montadas con cajas de cartón, los personajes de la contraportada de Transformer cobraban vida en unas imaginativas proyecciones obra de Edorta Subijana.

And the colored girls say…

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Kokoshca se lía con Mujeres y se montan una noche loca en el Dabadaba
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Ricardo Aldarondo | 07-05-2014 | 21:55| 0

Fue noche de esas que mitifican una sala de rock. Y aunque el Dabadaba de San Sebastián tenga apenas seis semanas, no era la primera: el garito ya ha convertido, como apoyo al veterano Le Bukowski, el barrio de Egia en epicentro del rock live de San Sebastián. Pero el grado de interacción entre las dos bandas recíprocamente y con su agitadísimo entregado público y, más raro, con las propias esencias de la sala, como veremos enseguida, dieron la medida de la noche, junto al cartel de “aforo completo” que lucía la puerta.

En la ya apretada agenda del local figuraba en principio solo el grupo barcelonés Mujeres (cuatro hombres, por si alguien no lo sabe), pero a última hora se añadieron los pamploneses Kokoshca que abrieron la noche en cuanto su batería Álex López, socio y camarero del Dabadaba, dejó de atender en la puerta, servir cervezas en la barra y recoger vasos, para subir al escenario e imprimir al grupo una fuerza y una frescura rítmica imparables. Luego, el además promotor en Ayo Silver y editor del disco de Kokoshca en el sello discográfico del mismo nombre, siguió recogiendo vasos, como si nada. El Leonardo Da Vinci del rock donostiarra, hoy por hoy.

Y es que en directo Kokoshca mantienen la gracia y el misterio de sus canciones grabadas, pero se multiplican en fuerza y expresividad. Un directo excitante, divertido y contagioso a más no poder. Y con matices muy diversos, que a menudo remiten a diferentes vías de la más auténtica efervescencia de los primeros 80, y también de las décadas anterior y posterior: yeyé, punk, rock guitarrero, pop, cavern rock crampiano, canción melódica e incluso algo de  onda siniestra (y eso que no tocaron el vals Las flores del fin del mundo). Desde el comienzo fue un concierto en el climax, como de hit tras hit, con algunos anteriores como Mi chica preferida, y otros ya solidifcados en su tercer álbum, Hay una luz, del que sonaron bastantes temas. Y alguno con una intensidad tremenda, como ese adictivo Jon y yo, que es como una curiosa versión no confesa y mezclada de Walk On the Wild Side  y Sweet Jane. Más de 8 minutos. Épica.

Otra canción que debería ser un hit, si los hits de buen pop aún fueran posibles, Directo a tu corazón. Clase y actitud a raudales.

Y por supuesto, La fuerza, otro himno. Los fans se dejaban la piel de la garganta; los que teníamos la primera oportunidad de verles, asombrados, nos poníamos a la cola de fans. Atención en este vídeo al primer plano en el que el mismísimo Antonna de Los Punsetes (aquello estaba lleno de vips, Borja Cobeaga entre ellos), le da una púa a Iñaki, que carecía de ella, sin dejar de tocar ni un segundo.

Lo de Mujeres fue de 0 a 100 en un segundo. Al primer acorde el público estaba como loco. Se bailó, se saltó y hasta se voló, y la juerga no decayó un momento a lo largo de más de una hora de ye-yé-punk-garaje-rock&roll sesentero. Con esa pinta de pasábamosporaquí, Mujeres brindan una fiesta continua de electrificante, sudoroso y comunitario rock & roll, en el que el revival se hace presente, y pertinente.

El dominio de las intensidades, el climax de boogie woogie, y la fusión literal con el público, llegó con una versión anfetamínica del Run, Run, Run de The Velvet Underground.

Los guiños entre ambos grupos ya empezaron cuando Kokoshca, a mitad de su actuación, acometieron Aquellos ojos, de Mujeres, quienes luego hicieron en su set su propia versión. Y aquí están las dos:


Y el final de la actuación de Mujeres fue con una versión de No volveré, de Kokoshca (con la que los pamploneses habían cerrado su propio set), esta vez con todos unidos en el ya icónico escenario del Dabadaba de palets y neones. Otro día habrá que hablar de la fabulosa y genuina colección de carteles de cada uno de los conciertos que está desarrollando el Dabadaba, obra de Iñaki López Allende, autor también de la preciosa portada del disco Hay una luz de Kokoshca.

 

 

 

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