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Fecha: mayo 21, 2012
Desde Cannes (5): La vejez, según Haneke y Resnais
Ricardo Aldarondo 21-05-2012 | 12:03 | 2

En el cine, la vejez se suele presentar en píldoras, encapsulada entre raptos de humor digestivo o suave melancolía: ahí está El exótico hotel Marigold. En Amour el director Michael Haneke mira de frente y sin sentimentalismo, como suele hacerlo, los días finales de un matrimonio octogenario. Y compone una película muy triste y conmovedora, pero serena, respetuosa, puro realismo del declive del ser humano, el proceso de apagado final. Prácticamente en el único escenario de la casa familiar, que cuenta calladamente muchas sensaciones, muchos posos del tiempo pasado por ese matrimonio, Haneke muestra las cosas tal como son, inevitablemente dolorosas, degradantes; pérdidas progresivas hasta la despedida final. Esta vez Haneke no describe una sociedad enferma, ni pulsiones violentas latentes, sino el simple discurrir de la parte más desoladora de la vida humana. Con mayor sutileza y delicadeza que nunca, sabe que no hace falta recargar nada para que el resultado sea conmovedor. Mejor no entrar en detalles, pero hay muchas escenas, gestos, pequeños diálogoso que dicen mucho calladamente, que te producen una congoja íntima. Haneke habla de lo que no se suele querer recordar pero todos tenemos alreedor de una manera u otra, más o menos cercana, antes o después.

Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva están sencillamente impresionantes en estos dos papeles que ya hay que contar entre lo mejor de sus largas e importantes carreras, y sería merecido el premio de interpretación para uno de los dos, o ambos.

Otro nombre básico del cine francés, Alain Resnais, habla inevitablemente de la vejez. A punto de cumplir los 90 años el 3 de junio, el hombre que escandalizó, creo estupor y deslumbró con El año pasado en Marienbad y ganó el León de Oro de Venecia hace 51 años, sigue al pie del cañón cannois. En Vouz n’avez enconre rien vu (Aún no has visto nada), irónico título a estas alturas, crea un perspicaz juego entre cine y teatro, entre representación y realidad.

El planteamiento está muy bien, ya desde la forma de presentar a los personajes, que son los propios actores (Lambert Wilson, Michel Piccoli, Matthieu Amalric, Sabine Azéma y muchos más) interpretándose a sí mismos, con su propios nombres, hasta que entran en el juego dramático. Convocados de forma testamentaria por un dramaturgo que acaba de fallecer, visionan el ensayo de una obra emblemática en la que todos participaron en su juventud, Euridice, ahora interpretada por una nueva compañía teatral; y se contagian, y empiezan a recrear sus papeles. Con ese estilo declamatorio, de una cierta pomposidad llena al mismo tiempo de ironía, entre viejuno y rompedor, Resnais habla de los amores frustrados, las devociones, el tiempo pasado, las relaciones y, cómo no, el amor a la dramaturgia.

No cualquiera entra en sus códigos, como ha ocurrido siempre con su cine, pero tiene grandes adeptos. Se reflejó en la proyección de Cannes: algunos iban abandonando sus butacas, pero la mayoría ovacionó tras la palabra “fin”, que llega después de varios aparentes finales. En ellos Resnais parece despedirse del cine, del mundo…para volver a comenzar. En los créditos finales, la inmensa canción de Frank Sinatra It Was a Very Good Year, deja un tremendo poso de melancolía por el tiempo pasado y la vejez que, también él, veía venir en su disco September of My Years.

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Desde Cannes (4): insatisfacciones
Ricardo Aldarondo 21-05-2012 | 12:40 | 0

En la floja primera parte de este Festival de Cannes han abundado las decepciones de nombres consagrados. Y el único nombre menos conocido, el que podía haber sido una apuesta de descubrimiento (aunque no es ningún debutante y ya había estado antes en Cannes), el de Yousry Nasrallah, ha presentado una película de baja calidad para una sección oficial de Cannes. Era muy bienvenida una pelÌcula sobre la revolución en Egipto, pero no si está hecha de manera tan burda y poco creíble como Baad El Makweaa.

Mateo Garrone despertó entusiasmos con su Gomorra, una película con mucha garra narrativa, más allá de su polémico tema. Reality es lo contrario: un tema ya manido, los efectos de los reality televisivos sobre la sociedad, expuesto sin ninguna mordiente, de manera lineal y desfallecida. El actor que la protagoniza lo hace muy bien, y resulta quees uno de los presos que ya actuaban en la película de los hermanos Taviani que ganó en la Berlinale, Cesare deve morire. Garrone se mueve entre la evocación de los clásicos de la comedia costumbrista italiana y el homenaje a Fellini, pero se queda en muy poca cosa, tanto en la cantidad y calidad del humor, como en la capacidad de ironizar o criticar la telerrealidad.

Cinco años ha tardado el rumano Cristian Mungiu en volver a rodar un largometraje, después de ganar la Palma de Oro en 2007 con 4 meses, 3 semanas, 2 días. Y mientras esa película era un modelo de precisión, sencillez y capacidad para mantener una tensión dramática con muy pocos elementos, en Above the Hills dedica dos horas y media a una anécdota que ni siquiera en sí misma tiene demasiado interés: la visita de una chica a un monasterio en el que ingresó su amiga de infancia, con la que compartió orfelinato. Ahora parece enamorada de ella, y quiere sacarla de allí, lo que desemboca en un desquicie mental que los monjes se toman como una posesión diabólica. No se trata de que ya hayamos visto El exorcista, porque apenas se dedica tiempo a esos menesteres: entre ataques de furia, viajes de ida y vuelta al hospital e intentos de atar y sujetar a la enloquecida, se pasan océanos de tiempo que parecen inacabables. Mungiu filma muy bien, con esos largos planos de observación, pero esa pericia visual no sostiene el cansino frenesí, que ni siquiera tiene un climax final. Hay que advertir que en la revista Screen, Above the Hills era la película que tenía mayor puntuación en los primeros días, antes de que se proyectara la de Michael Haneke.

El director chino Lou Ye se reveló en 2000 con Suzhou River, y ha estado en varias ocasiones en Cannes, pero su Mystery de este año es un drama con toques criminales con muy poca consistencia, sobre todo en lo argumental. Una historia rocambolesca, con un hombre que tiene doble vida con sendas mujeres, más una amante extra que muere, y en la resolución de las circunstancias de esa muerte hay mucha casualidad, mucho rebuscamientos, y mucho truquito al poner las cartas sobre la mesa. Lou Ye trata de dar apariencia visual al impermeable drama con cosas tan socorridas y manidas como la lluvia en el momento cumbre.

Y para terminar este apartado de insatisfacciones, Beasts of the Southern Wild, la película del debutante Benh Zeitlin, premiada en el Festival de Sundance, y que ahora se recupera en Un Certain Regard de Cannes. Se desarrolla en un paisaje extremo, lo más desterrado, en sentido literal, de Nueva Orleans, pues esos habitantes viven prácticamente en el agua, con cabañas de hojalata. Una niña que se tiene que buscar su propia supervivencia con un padre enfermo en un ambiente hostil que el director adorna con cierta poética visual, una narrativa algo rebuscada y un tono arty que a uno le distancia de la cruda historia que quiere contar. Así que dejémoslo en interesante pero no convincente, esa expresión tan socorrida. Y otra advertencia: el público ovacionó al final de la proyección.

 

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