Diario Vasco
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Fecha: junio, 2012
Droga dura en Hollywood: ‘El hombre del brazo de oro’
Ricardo Aldarondo 25-06-2012 | 5:47 | 10

Aún asombra que en 1955 el director Otto Preminger fuera capaz de mostrar abiertamente, en el Hollywood restrictivo de la época, la adición a la heroína y sus consecuencias, y además con un actor como Frank Sinatra, que ya llevaba años convertido en estrella de la canción e ídolo de jovencitas. Imperaba todavía el código Hays que delimitaba hasta el absurdo no solo los temas, sino las palabras que no podían ser empleados en las películas. Si el sexo, o cualquier insinuación relativa, se mantenía aún en el filo de lo prohibido, las drogas simplemente no existián. En la década siguiente, en los 60, las drogas se asociaron a la cultura del rock y los movimientos juveniles del momento y ocuparon primer plano en los medios, con todo tipo de debates, o muertes de ídolos perpetuos. Pero en los años 50, en el mundo del jazz, aún una música más o menos underground, las adicciones a la heroína eran frecuentes, de Charlie ParkerChet Baker, o su pianista Dick Twardzik, que murió con 24 años.

El título de El hombre del brazo de oro puede hacer referencia a tres cosas: en la película se apunta más a la buena mano que tiene el protagonista para hacer de crupier para un mafiosillo que mantiene un garito de juego, o a su afición a tocar la batería; pero sobre todo subyace el significado del costoso, en todos los sentidos, producto que corre por las venas de Frankie Machine, ex veterano de guerra buscando su sitio en el mundo con una esposa paralítica (Eleanor Parker), una mucho más atractiva mujer deseada (Kim Novak), y esos dos abismos que le rodean, la droga y el juego.


Con unos títulos de crédito de Saul Bass que marcan la estética tan esquemática, poderosa y característica del único artista capaz de labrarse una verdadera leyenda en esa faceta del cine, El hombre del brazo de oro es un potente drama que, aunque está basado en una novela de Nelson Agren, tiene un cierto tono teatral: pocos escenarios, y las psicologías y diálogos de los personajes como columna vertebral. Nada rutinario, por otra parte: el arte/tiranía de Otto Preminger para sacar lo mejor de sus actores, y su capacidad visual para la composición de los encuadres (véase la primera aparición de Kim Novak, con un hombre detrás, y un Sinatra recién llegado a la localidad en primer plano: las relaciones de los tres quedan explicadas antes de que empiecen a hablar) logran la fuerza que sigue teniendo la película. Aunque el cine ya no tenga limitaciones a la hora de tratar esos temas (Hollywood, de todos modos, continúa siendo recatado sin códigos externos que le impongan las normas), El hombre del brazo de oro sigue conservando toda su fiereza y desesperación en la lucha de un hombre por mantener el equilibrio en un entorno hostil.

La escena en que Frankie pasa el mono en un nuevo intento de desintoxicarse impacta por su crudeza y realismo. El comienzo con la palabra beer en el luminoso del bar podría parecer un nexo de unión con Días sin huella, la película de Billy Wilder que una década antes se atrevió a hablar de manera igualmente directa de la adicción al alcohol y que terminaba con el letrero de Bar encendiéndose y apagándose, representación visual de la permanente incertidumbre y tentación del adicto.

El hombre del brazo de oro ha sido recientemente en DVD Versus con su cuidado habitual:  una excelente copia que resalta el brillante blanco y negro de Sam Leavitt, y la música jazzística de Elmer Bernstein que marcó una época; un ‘video-ensayo’ de Gerardo Sánchez Fernández; y un amplio y muy fundamentado texto de Tomás Fernández Valentí, aunque esta vez no en forma de libreto en papel, sino en pdf.

Cuidado, que hay otras ediciones de más que dudosa calidad, la buena es la de Versus. También está disponible en Filmin.
He aquí el trailer original, nada que ver su calidad de imagen con la edición que aquí comentamos.

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Otro verano otoñal con Sun Kil Moon
Ricardo Aldarondo 22-06-2012 | 12:32 | 2

Teme uno siempre que el siguiente disco de Mark Kozelek o de Sun Kil Moon, que ya son prácticamente lo mismo, sea el de la decepción; que ese tono aparentemente monocorde y lánguido en su forma de cantar, acabe resultando cansino y que sus arpegios en bucle se revelen demasidado parecidos unos a otros y que su melancolía en voz baja terminen por desfallecer; que se atasque en su propio ensimismamiento. Y sin embargo…

Si el anterior Admiral Fell Promises resultó extraordinario en su austeridad de guitarra española y arpegio clásico, Among the Leaves es más diverso, y plentamente inspirado. Y de nuevo publica en verano otro disco plenamente otoñal. Incluye algunas piezas muy cortas, como la inicial I Know It’s Pathetic But That Was The Greatest Night Of My Life (sí, dura más el título que la canción; y sí, es un título muy Morrissey, aunque hay otro más largo, The Moderately Talented Yet Attractive Young Woman vs. The Exceptionally Talented Yet Attractive Young Woman Vs. The Exceptionally Talented Yet Not So Attractive Middle Aged Man, que por cierto suena muy cercano a la primera etapa de Red House Painters). Y combina con otras más extensas que mantienen esa solemnidad a lo Andrés Segovia, preciosidades como The Winery.

Sin atender a medidas, disfrutando de todo su esplendor, Among the Leaves parece un disco tan inmediato como duradero. Habrá que incluir una vez más a Sun Kil Moon entre los discos del año… Y Among the Leaves entre las grandes obras de Kozelek… Y ya van unas cuantas.

He aquí tres canciones del disco, aunque solo la tercera corresponde a un vídeo oficial, Black Kite, estrenado ayer mismo por Pitchfork.


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Alejandro Escovedo en sus variables
Ricardo Aldarondo 21-06-2012 | 12:02 | 4

Tiene el mismo manager que Bruce Springsteen, Jon Landau, ha sido invitado de la superestrella en el escenario, que le profesa admiración como una de las sólidas bases del rock americano en su más amplia acepción, pero Alejandro Escovedo no es Bruce Springsteen, evidentemente: 300 personas ayer en el concierto del de Texas en el Victoria Eugenia de San Sebastián, frente a las 45.000 o así de Springsteen. Una diferencia exagerada, en cualquier caso, que puede dar lugar a unas cuantas intepretaciones.

Pero aquí simplemente relataremos que el de Escovedo fue un concierto agradable y disfrutable, con variantes que iba del rock cañero y casi punk, a la balada clásica o las raíces fronterizas. La voz sonaba un poco en segundo plano, y la tralla inicial fue algo excesiva para el ambiente íntimo de un Victoria Eugenia con media entrada, pero la cosa se fue equilibrando con canciones más acústicas como la sentida Sensitive Boys, o ese Down in the Bowery que Escovedo compuso para explicarle a su hijo el sentimiento de la música que hace, según dijo. Entre lo más intenso, la interpretación de Chelse Hotel ’78, con muy potente crescendo guitarrero.

Flaqueó el final, con una salida de tono, en más de un sentido, al interpretar el clásico Sabor a mí (sí, la de “pasarán más de mil años, muchos más” que cantaban Los Panchos) y otra versión como colofón, el Beast of Burden de The Rolling Stones, con la que Escovedo hizo levantarse a los espectadores en festín final. Era la primera ocasión de ver a todo un clásico, y sin ser un concierto extraordinario, como tal la disfrutamos.

En la primera parte del concierto actuó PLV Havoc con su banda que incluye a Joseba Irazoki. Los habituales horarios laborales me impidieron verlo, así que si alguien puede aportar algo al respecto…

He aquí un par de canciones en vídeos exclusivos, del concierto de Alejandro Escovedo: uno de los momentos centrales de la velada, y el final con júbilo del público.


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Beach House: la otra ecología
Ricardo Aldarondo 19-06-2012 | 2:18 | 2

Fue tan deslumbrante su anterior disco Teen Dream, que la primera escucha de Bloom puede producir cierta indiferencia: más de lo mismo, pensamos. Sin embargo, Bloom va revelando poco a poco que no logrará la proeza de superar a su ilustre precedente, pero vuelve a contener todos los ingredientes, aún inmaculadamente frescos. Una vez que colocas Myth en tu top 5 de canciones favoritas de Beach House, ya todo va rodado.

Beach House es un tratado de ecología. De la ciencia que estudia y desarrolla los mágicos efectos del eco y la reverb en el poder evocador de una música, queremos decir. Como Red House Painters y Mark Kozelek, como Cocteau Twins y St. Christopher, como tantos grupos de los 60 empezando por los Walker Brothers, la reverb, ese efecto de gran salón que parece conectar con una dimensión celestial, logra maravillas con melodías melancólicas, toca fibras emocionales difíciles de describir.

En el ecosistema de Beach House, los teclados omnipresentes y acaparadores, y las guitarras envolventes, también van cargadas de reverb. Como globo de helio, elevan la voz extraña pero subyugante de Victoria Legrand, lo que Nico hubiera podido llegar a ser si hubiera conseguido modular. Y las canciones, con sus sencillas melodías y arreglos, y esas cajas de ritmo primitivas que tanto nos han gustado siempre y que apenas gente como Darren Hayman recuperaban últimamente, acaban siendo grandiosas.

Y así, a la cuarta o quinta escucha, ya estás prendado otra vez de Beach House y canciones como Myth, The Hours, Wishes y On the Sea. No se sabe por cuánto tiempo les dará de sí la fórmula, pero de momento es arrebatadora.

Lo único reprobable de Bloom es que recurran a eso tan inútil y demodé de la canción escondida, al final del disco, después de diez minutos de silencio. Sobre todo porque la canción innominada podría incluirse entre las mejores del disco.


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Ariel Rot: manos expertas, talante intacto
Ricardo Aldarondo 18-06-2012 | 4:09 | 2

¿Alguien se acuerda de cuando Tequila actuó en Irún? Creo que era en el frontón, debía ser 1979, en la época de Quiero besarte y Hoy quisiera estar a tu lado. Tuvimos la ocasión de ver en plena efervescencia al grupo que nos trajo la modernidad, entre el rock & roll tradicional de la plaza del pueblo, y la explosión de color e inventia de la new wave, con el fenómeno fans explotando al mismo tiempo. Pura energía y grandes canciones, en un grupo que irrumpió en terreno desconocido, y era capaz de mantener al mismo tiempo la autenticidad rockera y el delirio superpop para adolescentes enloquecidas.

Treinta y tres años después, de los cinco componentes de Tequila, el que aparecía en las revistas como “favorito de las nenas” con sus rubios rizos es el que ha mantenido una trayectoria más fértil y creativa, y coherente con las leyes de la evolución. Ariel Rot siempre está en forma. Contrasentido total: en inglés su apellido significa decadencia o podredumbre.  Ariel mantiene esa actitud juvenil, pero solo en lo que procede: sus canciones asumen el paso del tiempo, habla del envejecimiento y de la madurez, pero no se percibe decrepitud ni en su imagen, ni en su saber estar, ni en la calidad, seriedad y frescura de lo que crea y muestra.

Ayer en el teatro Principal de San Sebastián mostró una vez más su talante de entertainer con sentimientos, su justa combinación de melancolía, vitalidad, ironía y romanticismo. Después de tantas horas que hemos pasado en el supermercado, sufriendo a través del hilo musical el ponzoñoso estado de los textos que se cantan hoy en la música en castellano supuestamente comercial, fue un placer escuchar letras de altura, aptas para todos los públicos, que hablan de las cosas de siempre pero sin caer nunca en los topicos o las palabras huecas. Canciones que en otro tiempo podrían ser comerciales y populares, casi como lo fueron las de Tequila o Los Rodríguez, pero hoy quedan restringidas a los iniciados y avisados, a los garitos y teatros donde, por otra parte, encuentran un entorno inmejorable.

A quien no lo supiera, pudo decepcionarle que Ariel se presentara en solitario, únicamente acompañado por guitarras y piano. Pero enseguida las canciones que hemos conocido con banda y suntuosos arreglos, demuestran que siguen sosteniéndose majestuosamente solo con la esencia rockera (baladas incluidas) y el virtuosismo a la guitarra de Ariel. Pero este formato sirve también para constatar que es un estupendo pianista, capaz de dotar de nuevos aires, más propios del music-hall, de la tradición de garito nocturno, y las esencias latinas de toda condición, a sus canciones de siempre.

Bromeó, o habló seriamente, de la edad, tanto en canciones como Pólvora mojada, como en los parlamentos entre canción y canción: pidió que levantaran la mano los mayores de 50 por un lado, y los de menos de 27 por otro y, bueno, la cosa estaba bastante equilibrada. De cualquier manera, todos los estilos que han sostenido la música popular en el último siglo pasan por sus manos y se funden con naturalidad en su acento porteño tan bien adaptado a la fisonomía del rock. Picoteó en sus clásicos como  Felicidad, tocó un tema nuevo con imaginarios arreglos de mariachi, La huesuda, recurrió a un par de versiones incluyendo un recuerdo al gran y seminal disco de Moris Fiebre de vivir con una personal relectura de Rock de Europa (muy actual todo lo que en ella se dice, como resaltó Ariel) y pasó de un inicio bastante rockero con la eléctrica, a zonas más melancólicas al piano, con Todavía es tarde, Cenizas en el aire o Una casa con tres balcones. Luego se pasó a la guitarra acústica con Bar soledad y las irónicas Geishas en Madrid y Manos expertas. El tramo final fue de lo más celebrado, con Me estás atrapando otra vez, Bruma en la Castellana y el rescate de Los Rodriguez con una Milonga del marinero y el capitán, cargada de giros nuevos y espontaneidad de experto de piano bar.

Era el último show de su actual gira en solitario y pidió, casi imploró a la gente de Get In, que le busquen más shows en formato solitario: “Es que me divierto muchísimo…”. Nosotros también, joven.

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