Diario Vasco
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Fecha: junio, 2013
Nueva canción de Arctic Monkeys (y bien buena)
Ricardo Aldarondo 19-06-2013 | 5:04 | 0

La han estrenado esta misma mañana, con su correspondiente vídeo. Y me parece bien buena. Arctic Monkeys sigue estando en forma, sin encasillarse. Frente a los ritmos intrincados e hiperenérgicos de bajo y batería que les han caracterizado, aplican en este Do I Wanna Know la base más simple y machacona, casi mecánica, que van engalanando con la siempre cautivadora y versátil voz de Alex Turner, una melodía rica y cambiante, y un montón de detalles en crescendo. El vídeo también me ha gustado mucho, por la devoción que tiene uno por esa onda dibujada por la música que fue un invento deslumbrante hace tres décadas y pico, y por el imaginativo desarrollo que le aplican luego.

Parece que Arctic Monkeys  han iniciado sus últimos conciertos con esta canción, que estará en su próximo álbum. Ya apetece escucharlo.

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Camera Obscura, ese indefinible toque de distinción
Ricardo Aldarondo 17-06-2013 | 9:51 | 8

Es tan abundante, y sobre todo lo fue en años pasados, el pop sensible y soñador, que evoca aromas de décadas gloriosas, sobre todo de los 60 y los 80, y tiene en la búsqueda de la melodía perfecta su faro, que llega un momento en que todo parece lo mismo. La identidad se diluye. Unos y otros grupos indies en esa línea se confunden, hasta sellos enteros parecen uniformizados por los clichés.

Pero lo de Camera Obscura es diferente. Y que nadie pregunte el porqué. Sus canciones pueden sonar como las de mil grupos más y, sin embargo, llaman la atención enseguida si uno se las pone como música de fondo. Se escuchan con gusto la primera vez, pero a partir de la segunda o tercera emerge ese algo especial, y luego ya, o así me ha pasado, uno se queda prendado de cada una de las canciones y concluye que Camera Obscura ha vuelto a hacer un gran disco con su quinto Desire Lines, como lo fue el anterior My Maudlin Career. Sea por la voz cautivadora de Tracyanne Campbell, dulce pero nada ñoña, por los arreglos siempre en su justo término, por el uso de la reverb que deja a cielo abierto las primaveral melancolía de las canciones y, sobre todo, por esa indefinible calidad de sus melodías, uno encuentra en Desire Lines un puñado de canciones de las que quedarse colgado durante semanas.

El disco se inicia con una minúscula pieza de curedas, y luego vienen un par de canciones nobles. Pero es con William’s Heart que llega la excelencia, una canción que podría pertenecer al mejor momento de Everything But The Girl, etapa preelectrónica. Y continúa en el trío glorioso que foma con New Year’s Resolution y Do It Again. Y no desfallece hasta el final de los surcos (el vinilo tiene una preciosa portada doble, con las letras en su interior, como debe ser, y el CD en fundilla de plástico, todo completo). Fifth in Line to the Throne sería otra de las destacables, pero es que no hay desperdicio. No hay nada  rompedor, nada claramente descriptible de la singuliridad de Camera Obscura; incluso en algún momento se acercan, si no al plagio, sí al mimetismo: Every Weekday es calcada a The Rhythm of the Rain, de The Cascades, que Los Nikis convirtieron en su descacharrante y gloriosa No vuelvo a ir a Benidorm (pero como versión).  Sin embargo el quinteto escocés se benefician del talento para el pop que lleva décadas aflorando en su tierra. Y Desire Lines está siendo estas semanas perfecto sustitutivo del sol esquivo, perfecta compañía para los intervalos de asomo veraniego.

(Ahí van mis dos canciones favoritas en Grooveshark, porque no están en Youtube, pero las otras dos también son espléndidas).



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Thee Brandy Hips goes surfing! (o los chicos se despiden en bermudas)
Ricardo Aldarondo 14-06-2013 | 3:58 | 0

Ocurrió hace ya una semana pero dejamos constancia aquí de la que montaron Thee Brandy Hips en la fiesta del Surfilm Festival de San Sebastián. Lo habían anunciado oficialmente como su despedida de los escenarios y de la actividad como grupo por un tiempo indeterminado. Sí, lo que antes hacían Led Zeppelin después de veinte años de giras extenuantes, ahora lo hacen los jovenzuelos donostiarras después de un elepé y medio y en la cresta de la ola. A pesar de su alegre y dicharachero saber estar sobre el escenario, Thee Brandy Hips tienen su punto atormentado, al parecer, el mismo que les lleva a discutir el repertorio del concierto durante una semana con intervenciones en Twitter incluídas, o a pensar en otros proyectos paralelos y a repensarse lo suyo, en plan intelectual.


El viernes pasado salieron al escenario como se ve en los vídeos (o como se medio ve, porque últmamente se diría que se ha puesto de moda dejar medio a oscuras a algunos componentes de cada grupo). Bermudas de los diseños más imposibles, gafas de sol de plástico, y una invasión instantánea del escenario con decenas de globos, colchonetas, flotadores gigantes que se convirtieron en ovnis casi peligrosos y demás elementos de agua y sol: Thee Brandy Hips se habían tomado en serio lo de participar en un festival de surf, y no estaban dispuestos a darle un tinte lacrimógeno a esa despedida temporal, aunque muchos nos preguntáramos durante el concierto por qué demonios tienen que dejar de hacer eso que están haciendo tan bien. “Hemos comprado todo esto en un chino, aunque no tenemos un duro porque tres de los cinco estamos en paro”, contó Asier, menos dicharachero de lo habitual. Y no era boutade ni gracia, sino pura realidad sociológica.

Empezaron muy enérgicos y poperos y terminaron más psicodélicos y cuasi experimentales. Sus clorofílicas y vitaminadas canciones están llenas de hits potenciales, melodías euforizantes que te enganchan al instante, sobre todo si has disfrutado antes de su mini-Lp o de su espléndido Lp Raincoat, que aún va ganando con el tiempo, un año y pico después de su publicación, con su perspicaz amalgama de pop de distintas décadas, siempre con una especie de brillo soleado en sus melodías. Esperemos que la ausencia sea corta, sólo unas vacaciones de verano.


Y como colofón, o despedida (temporal, insistimos) de Thee Brandy Hips, el bonito e inevitablemente nostálgico videoclip que Ángel Aldarondo les ha hecho con un milimétrico-rítmico montaje de imágenes de American Graffiti, de su canción Koskmikar, título tomado de la productora del videoclipero-trailero-cineasta, y de una de las maravillosas atracciones del parque de Igeldo.

‘Kosmikar’ – Thee Brandy Hips from Angel Aldarondo // Kosmikar on Vimeo.

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‘Enxaneta’, construcción y encaje de la pareja
Ricardo Aldarondo 13-06-2013 | 12:03 | 4

Mientras la preciosa Los increíbles de David Valero ganaba el premio al Mejor Largo en el Festival de Alicante la semana pasada, se estrenaba en la mayor discreción en un cine de Madrid Enxaneta, una película que nada tiene que ver con Los increíbles, de no ser que ambas se encuadran en ese cine minúsculo y en los márgenes que parece ser donde se va destinando cada vez más el cine español y el talento que en él sigue emergiendo, de un modo y otro. Pero también tienen en común a uno de sus productores, Juanjo Giménez, de quien supe hace muchos años como director de una película que mereció mejor suerte, Nos hacemos falta, y contaba con el hito de incluir una versión exclusiva de Refugees grabada por Peter Hammill para la película. Que, por cierto, ya se podía reeditar en DVD o aparecer por Filmin, para revisarla y, quizás darle nueva visibilidad.

Enxaneta es el primer largometraje de ficción de Alfonso Amador, que tuvo uno de sus tres cortometrajes, 9,8 m/s2, en el Festival de Cannes en 1998. Y Enxaneta puede hacer las delicias de los amantes de un cine minimalista y riguroso, delicado con la forma tanto o más que con el argumento. Puede despistar ese título, que hace referencia al reto de construcción y equilibrio de los castellets catalanes. Una metáfora válida en sí, pero que nada tiene que ver en estética y ámbito con lo que viene después.

Enxaneta habla de la dificultad de mantener el fulgor de la pareja, el verdadero encuentro permanente. Lo hace con una historia demasiado mínima quizás, pero amplia y abierta en sugerencias y evocaciones, a través de su construcción y a través de sus cuidadísimas imágenes. Tiene una estructura muy peculiar, que se puede intentar definir como “circular” o “en bucle”, pero al pensar en ella me viene a la mente la figura esa del ying y el yang, dos piezas semicirculares que encajan con sus formas sinuosas. No sé, algo así sería esa estructura, lo que resultaría curioso, porque Enxaneta habla de una pareja que no logra encontrar esa armonía y encaje: mientras uno va otro viene, lo que parece que son puntos en común se convierten en puntos de fricción, en eso de “coger el tren” parece que siempre para un poco más adelante o atrás de lo debido.

Pero Enxaneta no va de discusiones de pareja, todo lo contrario, no tiene nada que ver, precisamente por la forma en que está contada. Pocos diálogos, planos largos y observacionales, detalles que encajan con una pieza anterior, en unos escenarios de enorme fuerza, más que por su peculiaridad o rareza, por la forma en que están filmados: esos apartamentos en zona de veraneo, pero en urbanizaciones cerradas, fuera de temporada, con las persionas bajadas. O ese plano muy general y desde lo alto,  con una carretera y un coche y una playa, con movimiento minúsculo pero muy sugestivo. Las esperas y los tiempos muertos forman parte viva del relato, y también los enigmas que se quedan por el camino. Un poco por todo eso se ha comparado Enxaneta con Antonioni. Quizás, pero ahí hay un director con mirada propia y a tener en cuenta, sin duda, Alfonso Amador. También la actriz, Silvia Mir, que construye su personaje muchas veces con su manera de estar presente, con su mirada.

Enxaneta,se estrenaba el viernes pasado en los cines Victoria de Madrid, solo por una semana que hoy termina, como recompensa de uno de los festivales por los que se ha movido (y ganado), el Premio de la Crítica en el 21 Festival de Cine de Madrid (Plataforma de Nuevos Realizadores), que se suma al Premio del Jurado en 12 Visual-Cine Novísimo y el Premio del Jurado del 2º Festival de Cine Online (Filmotech). Pero más que en el tradicional estreno en cines, aunque siempre hace ilusión, Enxaneta parece destinada a moverse en festivales y en plataformas online, donde pronto estará disponible. Se merece unas atenciones.

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Una tienda de yogures acaba con otro pedacito de Greenwich Village
Ricardo Aldarondo 03-06-2013 | 11:15 | 4

La ropa y la comida son artículos de primera necesidad, pero nunca creímos que tanto como para acabar con todo lo demás. Pero sí, en estas ciudades monotemáticas que nos están montando nadie parece necesitar otra cosa, y así una cadena de yogures, seguro que imprescidibles, ha acabado con otro de los lugares que un día dieron identidad al neoyorkino Greenwich Village del folk de Bob Dylan y Fred Neil, del jazz y el rock, del punk del más o menos cercano CBGB.

Son tantos los cines y tiendas de discos que van cerrando últimamente que no da tiempo a consignarlos todos, ni algunos, en este apocalipsis fashion. Pero traemos aquí el cierre de la tienda de Bob, o la Bleecker Bob’s Golden Oldies Record Shop, que el pasado viernes fue definitivamente sustituida por esa cadena de yogures, por la curiosidad de que en su página web han colgado un documental de media hora sobre la tienda. Y también por el contraste de haber visto en la nueva película de los hermanos Coen, Inside Llewyn Davis, el nacimiento de lo que sería Greenwich Village en los años 60, con su increíble ebullición de vida y creatividad, y comprobar en qué se está convirtiendo, exactamente igual que tantos barrios de tantas ciudades grandes y pequeñas, clónicos todos ellos.

Bleecker es la calle emblemática de Greenwich Village, y en ella aún sobreviven (o sobrevivían el año pasado, a saber) dos tiendas de discos espléndidas: Rebel, Rebel, uno de esos locales pequeñosy oscuros abarrotadas de vinilos y CDs con un dueño cincuentón encantado de comentar pero sin molestar y que se interesa por el lugar del que provienes; y Bleecker Record Store, con dos pisos llenos de joyas (mirar sus paredes llenas de incunables es visitar uno de los mejores museos posibles) y un sótano en el que antes se encontraban maravillas a dos y tres dólares, aunque últimamente han subido los precios considerablemente.

La ahora yogurizada tienda de Bob llevaba más de cuatro décadas abierta, incluso superando los problemas del propio Bob para seguir llevándola (sufrió un derrame cerebral). Por allí pasaron desde Frank Zappa a Robert Plant. Por cierto, que Bob debía ser bastante borde, según cuentan, con empleados y hasta con clientes. Pero bueno, lo que hizo tiene su pedazo de historia, recogida en este documental.

Lo peor es que los de los yogures han ofrecido a la gente de Bob mantener en un rinconcito, entre los colorantes de fresa, mango y kiwi, un pequeño mostrador con discos.

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