Diario Vasco
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Fecha: diciembre 12, 2014
‘The Knick’, apasionante y adictivo teatro de operaciones
Ricardo Aldarondo 12-12-2014 | 8:19 | 1

El último plano del último capítulo se te queda clavado en la mente, mientras los sintetizadores de Cliff Martinez rodean tu cabeza en bucle, en una sensación tan placentera como inquietante e intrigante. Y te ves como el propio protagonista, con una adicción que no sabes cómo vas a superar hasta que llegue la segunda temporada.

Uno nunca ha tenido inclinación alguna, más bien rechazo, hacia las series de hospitales. Pero cuidado, The Knick es otra cosa. En un Nueva York aún en ciernes, en un siglo XX que comienza con fervorosos deseos de investigar y desarrollar grandes inventos y descubrimientos, y con un doctor en las antípodas de lo convencional, adicto a la cocaína cuando aún se veía y se administraba más bien como una medicina.

Cuando Steven Soderbergh anunció que dejaba el cine para hacer series, parecía otra de esas ya cansinas proclamas que a artistas de todo pelo les ha dado por lanzar para llamar la atención hacia supuestas nuevas etapas y radicales decisiones en sus trayectorias. Tras ver The Knick se confirma que iba en serio, y que merecía la pena la decisión. El papel de un asombroso, reinventado, demacrado y arriesgado Clive Owen; la galería de personajes que lo acompañan, sólidos y sin necesidad de grandes golpes de guión para impulsarlos; la fascinante forma de asomarse a los nuevos avances en la medicina no como fríos experimentos de laboratorio sino como aventuras entre la vida y la muerte que se desarrollan en esa mezcla de escenario y paraninfo, aunque a veces haya que apartar la vista ante un primer plano de un tumor o alguna escabechina bienintencionada; la hábil intersección de temas como el racismo, la diferencia de clases, la financiación del hospital rayana con la corrupción más primitiva y sórdida (sí, también en esos años), evitando los clichés en cada uno de ellos incluido el de las mafias; los abundantes y asombrosamente recreados exteriores de un Nueva York con cien años menos en cautivadoras imágenes; la fotografía oscura pero cálida y natural que aporta misterio sin esteticismos; y la música de Cliff Martínez, claro, chocante en un principio para ese tema y ese ambiente, que se revela luego todo un hallazgo para coronar la especial identidad de la serie.

Los diez capítulos de la primera temporada ya han instalado irremediablemente la adicción. Que lleguen cuanto antes las siguientes dosis. Es una urgencia.

 

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