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Categoría: Música
La música que revive: recuento de un magnífico Mojo Workin’ Weekend

(Versión extendida del reportaje publicado hoy en El Diario Vasco)

“Esto es un lujazo. No sabéis lo que tenéis aquí. Yo vengo desde Burgos una vez al año a San Sebastián, y no precisamente para ver los fuegos artificiales”. Entusiasmos como ese, expresados por foráneos o locales, se podían escuchar por doquier en las dos noches centrales del Mojo Workin’, en las que la sala de Gazteszena, abarrotada a más no poder, fue una celebración gozosa y efusiva de la época dorada del soul y el rhythm & blues, con algunas de las figuras que la cimentaron en los años 60 reviviendo el esplendor de aquel tiempo en plena y contemporánea forma. Y para todo tipo de gentes: veinteañeros mods perfectamente trajeados, sexagenarios moviendo el esqueleto como probablemente no hacían hace años, expertos en soul de toda edad y procedencia y cuadrillas que tienen apuntada ya la cita del Mojo Workin’ como el mejor party del año, forman parte del variopinto público.

Otro síntoma del fervor que despierta el Mojo Workin’: mientras tocan los ‘teloneros’, no hay nadie en el bar y la sala ya está a tope. Ocurrió tanto con el fogoso soul de TT Dynamite como con la ración de ska de Soweto.

El viernes el primer plato fuerte fue Spyder Turner. Y bien fuerte. Más de uno asegura que el suyo es ya el mejor concierto que ha habido en todas las ediciones del Mojo. Pletórico de voz, derrochando simpatía y buen humor, con un movimiento de cadera y una elegancia en las formas perfectamente compatibles con su tripita después de quitarse su dorada chaqueta, a sus 70 años se remontó a canciones que grabó con 16, como la rockera ‘Ride in My 225’, emocionó con temas como ‘I Can’t Wait Until I See My Baby’s Face’, rescató una cara B, como ‘You’re Good Enough For Me’, y a la hora de acometer su correspondiente cara A, el ‘Stand By Me’ que le dio popularidad, introdujo un asombroso ‘medley’ en el que imitaba cómo harían la canción Joe Tex, Chuck Jackson, Sam Cooke, Jerry Butler, James Brown y muchos otros, para acabar haciéndola en forma de hip-hop. No es de extrañar que sea todo un pequeño héroe del Northern Soul. Un estupendo cantante y todo un personaje. Que vuelva pronto.

La banda del festival, que con tremendo mérito y pericia lleva el peso de los cuatro conciertos, tres horas cada noche, y más de 50 canciones preparadas e interpretadas entre los dos días, se tuvo que adaptar al exigente y peculiar soul de Nueva Orleans de Betty Harris. Con 76 años conserva estilo de gran dama, elegancia y sentimiento al cantar temas como ‘Nearer To You’, ‘I’m Gonna Git Ya’ o actitud de loser en ‘Cry To Me’, que la cantante comenzó declarando “esta ciudad es maravillosa”, y a mitad de canción expresó su asombro por las intervenciones de Paul San Martín en el órgano Hammond y le animó a desfogarse, así como a la sección de viento, empujando al saxo . Dedicó demasiado tiempo a hablar y en la segunda parte se dispersó un poco, pero Betty Harris tuvo tramos muy disfrutables también con ‘Ride the Pony’ y ‘There’s A Break in the Road’.

La noche del sábado fue redonda, con la banda reproduciendo a toda máquina el sonido Motown en todo su esplendor. Puede parecer sacrilegio, pero hubo temas que sonaron más excitantes y arrolladores que los originales. Y es que es una gloria que el Mojo Workin’ pueda contar con una banda exclusiva de este calibre, con su completa y vibrante sección de viento, sus coros sedosos, una sección rítmica que no desfallece en las tres horas de show de cada día y con un órgano Hammond (con lo que cuesta alquilarlo y moverlo) que es el fuelle del corazón negro del festival, gracias a una manos tan mágicas y expertas como las de Paul San Martín. Solo un pero para la banda: deben desterrar de una vez su intrínseco carácter guipuzcoano y lanzarse como las coestrellas de cada concierto que son. Ya se lo indicó Betty Harris, hagan caso a la maestra. Ah, y que la sección de viento no esté tan arrinconada y un poco a oscuras, ¡que brillen los metales!

Brenda Holloway estuvo plena de pasión y voz recreando su etapa en la Motown, vestido de brillantes incluido, y descontando alguna consulta excesiva a las hojas con las letras o alguna nota despendolada, fue un gozo total su repaso a tres clásicos de Mary Wells, ‘Two Lovers’, ‘My Guy’ y ‘Operator’, la emocionante balada ‘Every Little Bit Hurts’ y otro de sus éxitos de 1967, ‘Starting All Over Again’. Precisamente decidió ‘empezar todo otra vez’ cuando se desajustó un poco de la banda en ‘Think It Over (Before You Break My Heart)’ y pidió repetirla entera, y ya salió redonda.

Spyder Turner seguía por allí y salió a presentar, recorriendo cada uno de los cinco micrófonos, y tronchándose de la risa (como nosotros), a The Contours. Los cinco septuagernarios hicieron una salida deslumbrante con sus cinco trajes rojos y sus sinuosas coreografías y se marcaron un fantástico show cargado de canciones gloriosas, de ‘Can You Do It?’ a un arrollador ‘Just a Little Misunderstanding’ que la banda hizo con magistral fogosidad. Mención especial merecen las preciosas versiones que hicieron de baladas eternas como ‘You’ve Lost That Loving Feeling’ y ‘Oooh Baby Baby’, con la gravísima voz de Lyall Hoggart plena de emoción, solo estropeadas un poco por el parlanchín público (es extraño que un público tan entregado pueda al mismo tiempo parlotear tanto y tan alto durante toda la noche). El final fue apoteósico, con un ‘Do You Love Me’ desatado y Spyder Turner, Brenda Holloway, las coristas y hasta los directores del festival en el escenario cantando, cómo no, ‘Got My Mojo Workin’ y el público ovacionando tanto a la banda como a las estrellas de una edición magnífica.

En las dos jornadas complementarias de jueves y domingo hubo otras actividades bien interesantes, como los conciertos de Archie Lee Hooker y Blas Picón & Iker Piris, también muy nutridos de público, o la estupenda y contagiosa presentación-conferencia que Alex Cooper hizo de su nuevo libro ‘Club 45 Again’, pinchando algunas de las canciones de las que habla en el libro.

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Cinco canciones de acercamiento a Brenda Holloway y el Mojo Workin’

Pocos festivales hay como el Mojo Workin’ que se labren su propio material como una pieza de orfebrería única; que rebusquen en lo que ningún otro festival ofrece, para rescatarlo de nuestro olvido. Nombres que emergen de antiguos y maravillosos carteles para recordar que están vivos y que van a cobrar nueva vida en una actuación exclusiva, con músicos muy alejados de su americana tierra, pero muy cercanos a esta que les acoge. El Mojo Workin’ esa inmersión en el soul clásico en un party non-stop (y este año de cuatro días) ya está aquí, desde el jueves.

Cuando vi los nombres programados para esta edición comenzó el procseo de rememoración Recordaba a Brenda Holloway como una voz menor (borren inmediatamente el epíteto), ahogada por tantas otras voces más legendarias, exitosas y determinantes para el devenir de la música en los años 60 desde la casa madre, Motown. Acudí para despejar brumas a uno de los ejemplares de esa biblia del libro-disco que es la colección The Complete Motown Singles, que recoge sin mentir en su título todas las caras A y B de ese infinito pilar del soul.

Ahí estaban, en el volumen 7 de la colección, correspondiente a 1967, un puñado de canciones fabulosas de Brenda Holloway, solapadas entre los megaéxitos de Diana Ross & The Supremes, Marvin Gaye, Smokey Robinson, Stevie Wonder y Four Tops. Y entre ellas sobresale esta maravilla titulada I’ve Got To Find It, y relegada en su día a la cara B del single You’ve Made Me Very Happy.

“Sabemos tres cosas de Brenda Holloway: sabe cantar, sabe tocar el violín y es una pedazo de compositora”, dicen los primorosos textos del disco-libraco. Sí, amigos, como diría el locutor de Pyscho Beat!: doña Brenda también es compositora, y lo demostraba en la cara A de ese single, You’ve Made Me So Very Happy. Y compartiendo firma con Berry Gordy, el capo de Motown, y con Frank Wilson, el compositor de I’ve Got To Find It, y tantas otras perlas de la Motown, que aportó ese ‘puente’ en medio de la canción que le da gracia especial. A Brenda le había dejado el hombre del que estaba enamorada, pero aguerrida y digna, decidió hacer una canción sobre los momentos felices, y no sobre la desgracia. La canción llegó al número 40 de las listas de éxitos, lo cual en aquel momento suponía sonar en muchas radios. Unos años más tarde Blood, Sweat & Tears incluyeron una estupenda, y más lenta, versión en su magnífico segundo álbum., Blood, Sweat & Tears.

En ese mismo 1967, en el mes de marzo, Brenda Holloway había publicado otro single excelente, y excitante, que podemos escuchar con su imagen esplendorosa y sensual. Categoría total. Y atención a la minientrevista final con detalle de sus zapatos. Esa Just Look What You’ve Done era otra composición de Frank Wilson, y llegó al numero 21 de las lista de rhythm & blues, cuando las listas eran sinónimo de canciones excelentes y éxito verdadero, claro.


Y en la cara B de ese single, otro bailable que pone alegría a la desgracia amorosa, Starting the Hurt All Over Again.

Y un poco antes, en diciembre de 1966, Brenda había grabado esta canción fabulosa, Till Johnny Comes, que increíblemente no llegó a publicarse en un single, como estaba previsto, ni pudo aflorar en un álbum que también quedó inédito, Hurtin’ and Cryin’. Esta pequeña joya no se pudo escuchar hasta 1999, cuando fue incluida en un ‘grandes éxitos’. Sin embargo Diana Ross & the Supremes sí que publicaron su propia versión en 1969. Aquí Brenda Holloway muestra en todo su esplendor la belleza de una voz tan suave y sensual como recia, siempre acertada en el punto justo de intensidad. Y con un delicadísimo vibrato en el momenot de mayor emoción. Una canción compuesta y producida nada menos que por Smokey Robinson para cerrar este pequeño acercamiento a Brenda Holloway, quien nació en un lugar de California llamado Atascadero. Tenía 18 años cuando fichó por la Motown, en 1966 y 22 cuando la dejó, y quedó apartada de la música como tantas otras grandes voces de los 60. A finales de los 80 reapareció, mientras el movimiento del Northern Soul rescataba y veneraba su legado. Desde entonces ha seguido cantando y actuando, en ocasiones especiales, como la de San Sebastián este sábado, gran colofón del Mojo Workin’.

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Cass McCombs, tejedor de estilos y tiempos

Empezó tranquilo, con la suave y algo irónica cadencia de Bum Bum Bum, como despreocupado de formalismos en esos primeros minutos de contacto con el escenario. El público se apiñaba ayer tarde en la recoleta sala Kutxa Kultur Kluba (San Sebastián) acogida por su excelente sonido. Se despreocuparon también pronto quienes tenían el recuerdo de un Cass McCombs más hosco en su anterior visita a San Sebastián, en Ulia, y con ese fantasma de hombre reservado y algo imprevisible que le rodea.  Pero todo fue plácido y bien conjuntado en la docena de canciones un poco descamisadas, como su cuello, que ofreció el californiano. Descamisadas no por imperfectas, sino por sueltas, volatineras, abiertas a aires distintos a los guardados en disco, fluyendo por distintos estilos que se iban construyendo con la inspiración del momento, y del cuarteto tan bien conjuntado en el que se presentó inmerso.

Ni siquiera se plegó a centrarse en su último y espléndido disco, Mangy Love: picoteó en cuatro o cinco temas, pero se dejó lamentablemente fuera maravillas como Laughter is the Best Medicine. Pero sí emergieron sus mejores tramos soul, caso de Opposite House. Prefirió tantear de un disco a otro, recuperar la encantadora Brighter!, elegir piezas más bien recitativas como la velvetiana Robin Egg Blue, y aportar amplios desarrollos de los que se iban desprendiendo los más diversos estilos sin salirse de la coherencia personal.

Además de comprobar el punch que como guitarrista tiene McCombs sin perder de vista el arpegio elaborado y juguetón, nos sorprendió las texturas que aportaba el teclista, armado con dos aparatos decididamente vintage, pero eternos: el piano Fender Rhodes de emocionante sonido, y el sintetizador analógico Juno de Roland con el que se zambullía definitivamente en evocaciones de jazz-rock en su vertiente más amable y cálida, aflautada, sinuosa.

En Run Sister Run se impuso la cumbia, nada menos, y el rescate de la preciosa County Love fue creciendo y derivando hacia el reggae-dub entre la complicidad total de los músicos (ese emotivo punteo de bajo), mientras Cass alcanzaba la máxima expresividad con su voz sentida, como ya había hecho en otras de sus canciones más hermosas Dreams Come True Girl y Morning Star. Lírico, pero con mucho cuerpo instrumental.

En ese saber estar en todos los estilos al mismo tiempo, sin descentrarse ni perder su propio nombre, Cass McCombs me recuerda al mejor Iron & Wine, el que supo crecer de la americana más terrosa a la sofisticación mejor entendida. También los emparejo un poco en la voz. Uno y otro están entre lo más sugerente, por atemporales y abiertos a todas las posibilidades, de los cantautores americanos de hoy.

 

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No todo es bailar y cantar: siete musicales tristes

Curiosamente, mucha gente sale de La La Land (La ciudad de las estrellas) manifestando unas irrefrenables ganas de cantar y bailar o asegura haber recuperado la confianza en el musical como antídoto contra el decaimiento, una viagra para el espíritu. No todo es comedia, ni mucho menos, en La la land, pero algo hace que los aspectos más amargos, que no son pocos, queden superados por la alegría que se asocia al acto de cantar y bailar. Sin embargo no todo musical es alegre, y hay unos cuantos ilustres ejemplos en la historia del género que más bien se hunden en el drama, proclaman el desánimo o reconocen el dolor de los sueños diluidos. He aquí siete de ellos.

Ha nacido una estrella (A Star Is Born, George Cukor, 1954).

En el triunfal título se esconde un revés amargo. En este magnífico musical de George Cukor, que también se puede considerar un melodrama con números musicales, la estrella interpretada por Judy Garland se eleva mientras su mentor y luego marido interpretado por James Mason se hunde en el alcohol y la depresión. Este número divertido y terrible al mismo tiempo resume las dos caras de un filme desgarrado y conmovedor, especialmente en su desenlace.

Siempre hace buen tiempo (It’s Always Fair Weather, Stanley Donen, Gene Kelly, 1955)

Otro título con retranca: viene bien ese espíritu positivo, porque el reencuentro de tres amigos después de haber participado en la Segunda Guerra Mundial no es todo lo gratificante que esperaban. Prometieron juntarse diez años después, y lo hacen, para repasar que ha sido de ellos y darse cuenta de: a) que lo de conseguir los sueños no es tan fácil como esperaban y sus vidas son más grises que doradas. Y b) que ya tienen bastante poco en común, y la férrea amistad de juventud se diluye con el tiempo. No tuvo éxito Siempre hace buen tiempo, probablemente por esa amargura que subyace en todo el filme. Pero se debe tener esta película entre los grandes musicales de Stanley Donen, y de Gene Kelly. Este número es muy alegre para nuestra tesis, pero cómo no seleccionarlo, si es un prodigio de sencillez, habilidad e inventiva.

Vampiresas 1933 (Gold Diggers 1933, Mervyn Le Roy, 1933).

En principio es la historia de un hombre que se enamora de una corista y se enfrenta a los deseos de sus padres de clase alta. Pero todo se ambienta en la época de la Gran Depresión americana, que aún coleaba cuando se hizo este musical que constituye uno de los primeros trabajos, y de los más importantes, de Busby Berkeley como coreógrafo. Y como autor real de los hitos que contiene el filme, sobre todo el número musical Remember My Forgotten Man, una reivindicación de los hombres que combatieron en la Primera Guerra Mundial, y a su regreso trataron de acomodarse a la vida cotidiana y acabaron golpeados de nuevo por la Gran Depresión. Ese ‘recuerda a a mi hombre olvidado’ se resuelve con una coreografía fabulosa, ya característica de los juegos caleidoscópicos de Busby Berkeley, con una canción maravillosa compuesta por Al Dubin y Harry Warren que también participaron con Berkeley en la serie de musicales de Warner que comenzó ese mismo año con La calle 42 (42nd Street, Lloyd Bacon, 1933) y con emocionante tristeza de principio a fin, incluyendo el épico final. Y precisamente Ryan Gosling lleva un par de años tratando de sacar adelante un proyecto de biopic de Busby Berkeley…

West Side Story (Robert Wise, 1961)

Como relectura de Romeo y Julieta, no hay más remedio que tomar West Side Story como una tragedia, a pesar de la euforia de algunos de sus números famosos, como América o Mambo!. Pero la violencia que se desata entre los Jets y los Sharks no es precisamente esperanzadora. Euforia, romance y tragedia magníficamente representados en las coreografías de Jerome Robbins y la dirección de Robert Wise, en temas como el inicio o Cool. Pero el momento cumbre en lo emocional es la imperecedera Somewhere (de la que Tom Waits hizo también una sobrecogedora versión orquestal).

Sweeny Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, Tim Burton, 2007)

Si las navajas desatan la tragedia en West Side Story, hacen correr la sangre a raudales en este musical creado por Stephen Sondheim y llevado al cine por Tim Burton, aportando su propia estética del fantástico, a partir de la historia del barbero encarcelado injustamente y deseoso de venganza. Como en otros muchas obras de Sondheim, las melodías son intrincadas y complejas, poco que ver con la tradición del musical americano de estribillos entusiastas y con gancho. Una canción tierna y hermosa, y también terrible, dado el desenlace de ese chico que quiere proteger a su figura maternal.

Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, Lars Von Trier, 2000)

Inmigrante, madre soltera, trabajadora de una fábrica, a punto de quedarse ciega y con el peligro de que a su hijo le pase lo mismo. No es argumento para un musical optimista, no. Queda el gancho de que la protagonista, Selma (una Bjork convertida en actriz muy solvente y emocionante y en autora de las magníficas canciones) es soñadora y puede aferrarse a su gusto por los musicales de Hollywood. Lars Von Trier también se basó en la tradición del musical americano para hacer en Europa algo muy singular dentro del género. Esta canción, I’ve Seen It All, es maravillosa y conmovedora como buena parte del filme.

Cabaret (Bob Fosse, 1972)

El interior del cabaret, con los exultantes números musicales que se desarrollan en su pequeño escenario, es el espacio donde puede celebrarse la vida, aunque sea en su vertiente más decadente, y deberían cumplirse los sueños mientras toda la realidad que lo rodea indica lo contrario: un entorno cada vez más sórdido, en el que Sally intenta salir adelante a veces de maneras poco adecuadas, cree encontrar el amor en un estudiante de indecisa sexualidad, y tiene que tomar decisiones difíciles. Y todo en el Berlín de 1931, con el ascenso del nazismo extendiendo su perversa sombra. Fue un enorme éxito, reforzando la idea de que un musical no tenía por qué ser un dechado de felicidad y positivismo.

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Siete alegrías de ‘La La Land’

1. Plano general. Daba miedo un musical en manos de Damien Chazelle, Whiplash logró su efecto de seducción con un montaje de redoble y platillo, picado hasta lograr efectos deslumbrantes, acordes con todo el sustrato de prestidigitación que tenía la película. Temíamos un disparate a lo Chicago. Afortunadamente en La La Land sabe lo que maneja, y hace todo lo contrario: casi todos los números están montados en plano secuencia (real o no, que después de Birdman ya no se sabe) y con grandes movimientos de cámara, para dejar que las coreografías y los movimientos de los actores se vean y la sensación de volar sobre el escenario se transmita adecuadamente, a la vieja usanza.

2. Lección de jazz. En Whisplash, Damien Chazelle transmitía una idea de la música bastante equivocada e irritante, equiparando la calidad artística al más difícil todavía, haciendo de la velocidad el máximo objetivo con un sentido atlético, no musical, y sometiendo el aprendizaje al sufrimiento. Para ser un genio de la música hay que sangrar y competir, esa era la máxima. En cambio La La Land ofrece una lección de amor hacia al jazz, primaria y superficial si se quiere, a lo Reader’s Digest como se decía antes (aquellos resúmenes de libros para los que no les gustaba leer) pero eficaz y loable. La pasión por el jazz del protagonista Sebastian (Ryan Gosling) es atrayente y su explicación de las virtudes del jazz y de su lenguaje, son tan sencillas como eficaces. Aunque el personaje, y la película en sí, anuncian que ya no son tiempos gloriosos del género, y se da una visión vintage del jazz sin reparar en su contemporaneidad, quizás alguien que rechaza el género de plano se haga fan, como la propia Mia (Emma Stone). El gancho de los aspectos más cool del jazz lo emplean muy bien, desde el poster de la película en el estilo de los discos de Blue Note.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. El arte del pastiche. Es un misterio por qué unas veces funciona y otras no, por que a unos les admitimos el plagio constante (Tarantino) y a otros queremos mandarlos a los tribunales. La clave debe estar en saber reciclar sin olvidarse de aportar elementos contemporáneos, y que el conjunto tenga una imagen coherente y distinta en su conjunto, como en esos trabajos de ‘patchwork’. La La Land contiene tantas referencias (forma fina de decir que toma descaradamente de aquí y de allí) que resulta imposible hacer acopio, desde el fastuoso número musical inicial, tan similar al de Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, Jacques Demy, 1967), que luego toma elementos coreográficos de West Side Story y tantas otras, hasta similitudes demasiado evidentes (la farola de Cantando bajo la lluvia y Ryan Gosling agarrado a ella cual Gene Kelly, pero sin subirse). Pero no fotocopia Chazelle del musical, el ambiente de las chicas que tratan de salir adelante en el mundo del espectáculo, y que comparten vivienda con Mia, es recurrente en el cine de los años 30 que retrataba a las aspirantes de Broadway, por ejemplo, en Damas del teatro. Sea como fuere, a diferencia de The Artist que era una imitación del cine mudo con escasa entidad en sí misma y unos elementos de contemporaneidad que resultaban más guiños sin gracia que otra cosa, La La Land encuentra una coherencia total para encajar en el presente aludiendo a la nostalgia, o simplemente a modos, músicas y estéticas clásicas que siguen teniendo pertinencia, y que no han desaparecido de las nuevas generaciones de cantantes.


4. Estructura típica…o no. Como estructura de guion, La La Land es de lo más simple y clásico: pareja en proceso de enamoramiento, discusión y reconciliación…o no, que en la variante está la gracia del tramo final. Con el esquema narrativo y las alusiones al clasicismo que maneja la película, la difícil disyuntiva de optar por un final feliz o no está magníficamente resuelta. No diremos más por no desvelar nada, pero ahí surge otra referencia extramusical, el planteamiento narrativo que ya puso en práctica Edgar Neville en La vida en un hilo (1945).

5. Humor en la música. Entre los muchos hallazgos de la película está la capacidad de provocar humor exclusivamente con la música, o dicho de otro modo, explicar las frustraciones como músico que sufre Sebastian sin recurrir a la palabra, solo con las melodías elegidas en un momento u otro. Y no solo en la actuación de la banda ochentera donde el humor ya se desparrama en varias direcciones, con una ligera mofa a algunos de los éxitos menos ilustres de los primeros años 80, como el I Ran de A Flock of Seagulls.

6. Las canciones, otro tipo de triunfo. Quizás la mayor baza para La La Land funcione está en las canciones, excelentes en su mayoría, y apoyadas en el jazz y el swing más paladeable y no en la tendencia a la canción apasionada y ‘sentida’ que cubre el espectro que va de Operación Triunfo y Once. La inicial Another Day of Sun es un temazo que sin acudir a melodías facilonas consigue envolverte en su sortilegio rítmico. Tiene el pelígro de que la mejor canción esté al comienzo de la película, pero Someone in the Crowd o la imprescindible balada City of Stars no le van a la zaga en calidad y seducción. Tienen entidad para convertirse ya en standards.

7. La química y física de Emma Stone y Ryan Gosling. Una de las cosas más genuinas de La La Land es la química inmediata y perdurable que se establece entre Emma Stone y Ryan Gosling. Es difícil que una pareja resulte tan absolutamente encantadora, ajustada, natural, que cumplan sin alardes con todos los cometidos del musical y sin imitaciones palpables (aparte de alguna inevitable alusión a Gene Kelly). Ya coincidieron en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad, pero ahora en La La Land son tal para cual.

Sea una operación de nostalgia o una revitalización más o menos real del musical, sorprende una vez más que un producto hecho de materiales que la mayoría del público no quiere ver o incluso muestra un abierto rechazo hacia ellos, se convierta en un enorme éxito de taquilla. Eso también es un arte. Mientras tanto ahi seguirán los musicales de siempre, en brazos exclusivos de los adictos al género. O quizá La La Land ayude a ver con más respeto y devoción, y mayor frecuencia, los clásicos.

 

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De Tindersticks a Sr. Chinarro, a cada cual mejor

Los astros se conjugaron para soltar lluvia y fastidiar el plan de ver a Tindersticks en el anfiteatro de Miramon (dentro de la programación Music Box de la capitalidad cultural), pero también para darnos una alegría y resolvernos a algunos el terrible dilema que teníamos y permitirnos ver el otro concierto en principio programado a la misma hora en el Dabadaba, el de Sr. Chinarro. Finalmente Tindersticks en Tabakalera, y a continuación y justo al lado Sr. Chinarro en el Dabadaba, fue un plan redondo que hubiera valido por toda una jornada en el mejor festival indie del mundo: fueron dos conciertos extraordinarios, cada uno en lo suyo, imposible designar al mejor.

Era la cuarta visita de Tindersticks a San Sebastián, aunque quizás pocos se acuerden de la primera, en 1999, en el Victoria Eugenia como las dos siguientes, y con lucido programa doble: Arab Strap ocuparon entonces la primera parte con un Aidan Moffat ejerciendo su pose de lazy man como nunca. Volvieron en 2009, y en 2012 dejaron incluso un legado: su disco Live in San Sebastian, con ocho de las canciones de aquel concierto en el que tuvieron el mismo telonero de este sábado, sensible constructor de capas sonoras con samples superpuestos, guitarra y percusión, acompañado de un saxo. El resultado era bonito, aunque quizás poco apropiado para un público que de pie hacía tiempo, más que nada, hasta que salieran los Tindersticks.

Había cierta prevención: la sala desnuda de Tabakalera donde finalmente fue el concierto hacía temer una mala acústica y un ambiente poco acogedor; y el hecho de que el concierto fuera gratuito parecía una invitación a los charlatanes a comerse a gritos a Stuart Staples. Y sin embargo, desde la salida a escena, precisamente con un tema de lo más tranquilo como Second Chance Man, el prodigio tuvo lugar y la voz de Staples y los delicadísimos y austeros arreglos de la banda crearon su manto atmosférico que hace que todo quede en suspenso, y solo quepan las emociones reposadas que arrastran las canciones. Y el sonido fue cálido y cristalino.

Acudieron cada dos por tres al nuevo y notable álbum, The Waiting Room (la canción que le da título, sólo con órgano eclesiástico fue uno de los momentos de levitar) pero también al anterior The Something Rain (Medicine fue otro de los más emocionantes momentos), e intercalando alguna pieza primeriza, como  Sleepy Song y She’s Gone. El repertorio era casi calcado al de Barcelona y otros conciertos anteriores, y sin embargo no había nada de mecánico ni prefigurado en una interpretación absolutamente entregada y apasionada por parte de los cinco músicos. Y cuando acometieron una canción ajena, una de las más bellas y conmovedoras jamas compuestas, Johnny Guitar, alcanzaron las cotas de lo sublime. He aquí:

En la segunda parte fue creciendo la intensidad y We Are Dreamers! y Show Me Everything fueron demostraciones de fuerza ensoñadora sin abandonar la delicadeza. Se despidieron antes del bis con recogimiento, en A Night So Still, con esa precioso arpegio de guitarra en bucle de Neil Fraser que podría durar toda la noche. El bis con Sometimes it Hurts y My Oblivion coronaron un concierto impecable, en el mejor sonido de la palabra, y emocionante por doquier. Que vuelvan cuando quieran.

Con su gracejo serio habitual, el alma mater de Sr. Chinarro, Antonio Luque, nos recibió en el Dabadaba con complicidad: “¿Qué tal han estado los Tindersticks? ¿Han tocado muchas del primero?” para a continuación aclarar: “Nosotros no vamos a tocar ninguna del primero”. Del primero no, pero de la segunda parte de la prolífica carrera de Sr. Chinarro soltaron veintipico canciones, muy bien seleccionadas.

Y desde el primer momento quedó claro que íbamos a ver la mejor versión de Sr. Chinarro probablemente de toda su historia. Acompañado por tres jovenzuelos que eran una maquina fabulosa de contundencia y sutileza (el líder nos contó luego que solo llevan seis conciertos juntos, increíble), Antonio Luque se crecía y se enseñoreaba con esas gloriosas letras que siguen plenas de inspiración y gracia (sin chiste) y originalidad, y que se entendían perfectamente en el potentísimo pero claro sonido que consiguieron los del Dabadaba (nada que ver con el de estos vídeos que solo incluimos como souvenir). Antonio se mecía también en el entusiasmo que generaba cada canción en el público que llenaba la sala, y fue hora y cuarta larga sin descanso ni desperdicio, cada canción mejor que la anterior, dando cuenta de un repertorio que aparecía así mucho más variado de lo que el tópico sobre Sr. Chinarro hace creer.

De Efectos especiales a El lejano Oeste, Del montón, Droguerías y farmacias, Babieca, Todo acerca del cariño… un monton de canciones que sonaban más vibrantes que nunca con los elaborados dibujos de guitarra, y una sabia mezcla de contundencia y refinamiento en la base rítmica.

Una llamada a la acción fue el comienzo del abandono, sin ningún signo de agotamiento. El regreso nos brindó una arrebatadora versión de El progreso, y “como los del Dabadaba nos han invitado a chuletón”, nos regalaron aún una más que no estaba prevista: si María de las Nieves es una de las más emocionantes composiciones de Antonio Luque, la versión que hicieron fue de 10. Gran colofón para un concierto del que todo el mundo salía entusiasmado. Y para una noche memorable.

 

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