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Categoría: Televisión
‘The Knick’, apasionante y adictivo teatro de operaciones

El último plano del último capítulo se te queda clavado en la mente, mientras los sintetizadores de Cliff Martinez rodean tu cabeza en bucle, en una sensación tan placentera como inquietante e intrigante. Y te ves como el propio protagonista, con una adicción que no sabes cómo vas a superar hasta que llegue la segunda temporada.

Uno nunca ha tenido inclinación alguna, más bien rechazo, hacia las series de hospitales. Pero cuidado, The Knick es otra cosa. En un Nueva York aún en ciernes, en un siglo XX que comienza con fervorosos deseos de investigar y desarrollar grandes inventos y descubrimientos, y con un doctor en las antípodas de lo convencional, adicto a la cocaína cuando aún se veía y se administraba más bien como una medicina.

Cuando Steven Soderbergh anunció que dejaba el cine para hacer series, parecía otra de esas ya cansinas proclamas que a artistas de todo pelo les ha dado por lanzar para llamar la atención hacia supuestas nuevas etapas y radicales decisiones en sus trayectorias. Tras ver The Knick se confirma que iba en serio, y que merecía la pena la decisión. El papel de un asombroso, reinventado, demacrado y arriesgado Clive Owen; la galería de personajes que lo acompañan, sólidos y sin necesidad de grandes golpes de guión para impulsarlos; la fascinante forma de asomarse a los nuevos avances en la medicina no como fríos experimentos de laboratorio sino como aventuras entre la vida y la muerte que se desarrollan en esa mezcla de escenario y paraninfo, aunque a veces haya que apartar la vista ante un primer plano de un tumor o alguna escabechina bienintencionada; la hábil intersección de temas como el racismo, la diferencia de clases, la financiación del hospital rayana con la corrupción más primitiva y sórdida (sí, también en esos años), evitando los clichés en cada uno de ellos incluido el de las mafias; los abundantes y asombrosamente recreados exteriores de un Nueva York con cien años menos en cautivadoras imágenes; la fotografía oscura pero cálida y natural que aporta misterio sin esteticismos; y la música de Cliff Martínez, claro, chocante en un principio para ese tema y ese ambiente, que se revela luego todo un hallazgo para coronar la especial identidad de la serie.

Los diez capítulos de la primera temporada ya han instalado irremediablemente la adicción. Que lleguen cuanto antes las siguientes dosis. Es una urgencia.

 

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‘The Newsroom’: vieja televisión anegada de verborrea

No creo que quienes gustan de hacer comparaciones entre las series de televisión y el cine, puedan esgrimir The Newsroom como ejemplo de la “superioridad” actual de las primeras sobre el segundo. La ruptura de los límites de la antes llamada “pequeña pantalla” que otras series sí han emprendido brilla por su ausencia en The Newsroom, que viene a ser la sitcom de siempre, pero con menos comedia y mucho más donaire transcendente en sus situaciones, siempre facilitado por la ambientación en medios periodísticos.

Antaño la característica de la TV era un predominio del diálogo y un uso abusivo del plano/contraplano con escasas variantes de puesta en escena: “Es un producto televisivo se decía, se dice aún, de las películas que por presupuesto o dejadez de sus responsables se estancaban en esos límites poco creativos visualmente. Por eso The Newsroom, a pesar de su look aparente y ese empaquetado lustroso que dan las siglas de HBO y la autoría de Aaron Sorkin, nos parece vieja y funcional televisión: casi toda la acción transcurre en un mismo espacio, la redacción de informativo de una cadena de televisión, con esporádicas salidas a otros lugares para respirar (muy poco); y todo se fía los diálogos, que inundan cada capítulo de principio a fin y que determinan la puesta en escena absolutamente funcional, a pesar de que sus responsables usen continuamente microzooms caprichosos y continuos para dar una impresión de dinamismo, a lo que viene a ser una simple batalla verborréica entre sus personajes.

Y qué personajes. Supongo que será cosa personal que uno no logre empatizar con ninguno de ellos, ni para bien ni para mal. Pero es que no  puede ser que todos sean tan ocurrentes todo el tiempo. La sobreentendida habilidad de Aaron Sorkin para la creación de diálogos brillantes, incisivos y con coña funcionan como líneas sobre papel, pero resultan artificiosos, pesados y hasta ridículos (por pura inverosimilitud) en el fragor de la batalla dialéctica. Sólo diré que una redacción, con todo sus integrantes tan listos, tan  rapidísimos en la réplica, tan irónicos e ingeniosos, tan quedones en el gesto y todo ello todo el tiempo, resultaría sencillamente insoportable; imposible trabajar ahí. Esa es otra: no sé cómo funciona una redacción de televisión, y menos americana, pero no me parece nada verosímil una televisión en la que el presentador está resolviendo sus problemas sentimentales in situ diez segundos antes de entrar en antena. Secuencias como la del intento de convencer a una dependienta relacionada con un escándalo para que acceda a ser entrevistada, tratando de echar de la tienda a la clienta, bordean el disparate en un producto que nunca pretende la comedia, aunque se apoye en un humor de puñalada y taconazo, de retranca en bucle.

Las relaciones personales/sentimentales con derivas al cotilleo entre los principales personajes se alternan con el combate profesional y de expareja entre el presentador y la productora del programa. Y el tercer vértice del esquema argumental son las noticias de actualidad, con un tema como base en cada capítulo, escogidos entre los acontecimientos reales de los últimos años en la política y la sociedad americana. Lástima que este último apartado se quede siempre en un quiero y no puedo: ni entra a fondo en la intriga o el análisis de los hechos, ni sirve como repaso informativo, siempre somero e incompleto ante la continua necesidad de pasar a los otros dos aspectos del esquema argumental. En el lado más positivo quedan los actores: Jeff Daniels saca un poderío que puede sorprender a quienes se hayan quedado con su imagen de comediante algo melifluo de los años 80, la Emily Mortimer de Harry Brown y Shutter Island resulta convincente como mujer brava y bastante cargante, el gran Sam Waterston aporta ese toque de distinción innato en él (algo distorsionado por la pajarita) y todo el coro de la redacción afronta con éxito un verdadero tour de force en la locuacidad de los personajes.

Entre los rasgos de ese convencionalismo está la música de Thomas Newman, siempre tan parecido a sí mismo, y la forma de utilizarla, anunciando de forma nada sutil, el-momento-sentimental, el-momento-de-tensión-crucial, y así. Sin embargo la sintonía de inicio me gusta mucho, le vas cogiendo el gusto y el afecto a cada nuevo capítulo, como debe ser.

Todo este comentario se refiere a la primera temporada. No sé cómo habrá evolucionado la cosa en la segunda, pero aquí me planto, no me tienta ni me intriga a dónde deriva la segunda, ya difundida en los canales del ramo, aunque aún no disponible en DVD/Blu-Ray. Y ya está en marcha una tercera. Pero uno prefiere cambiar de canal.

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‘Apocalipsis’ o la manipulación de las imágenes de guerra

Televisión Española está emitiendo estos días la serie francesa Apocalipsis, que recorre en seis episodios la Segunda Guerra Mundial a base de manipular las imágenes documentales, serie que da el pego y registra alabanzas por doquier. Las imágenes en blanco y negro han sido coloreadas “minuciosamente”, se dice, como si hubiera que admirar el pasteleo, y los encuadres originales han sido recortados por arriba y por abajo. Todo al servicio de que quede una obra más ‘actual’ y ‘atractiva’. Y para que las imágenes documentales estén al servicio de los directores de la serie, Isabelle Clarke y Danielle Costelle, que pueden elaborar una suerte de relato uniformizado, con un ‘look’ similar a las series Hermanos de sangre y The Pacific y entregar una obra ‘de autor’.

Las imágenes originales fueron filmadas en formato cuadrado (4:3), ahora se recortan por arriba y por abajo para que se adapten ‘cómodamente’ a nuestros televisores HD (16:9). Eso provoca abundancia de cabezas cortadas a la altura de la frente, gorros que quedan fueran de la imagen y encuadres poco lógicos, como si quienes filmaron todas esas imágenes, a veces arriesgando su vida en situaciones muy difíciles, no supieran encuadrar. Y no olvidemos que entre las imágenes seleccionadas hay escenas rodadas por John Ford y otros directores de Hollywood destacados en el frente. Pero nada de eso importa, se trata de ofrecer al espectador un realismo asimilable, paradójicamente, acercando lo más posible el documento al cine de ficción. Y creando confusión sobre el origen de esas imágenes, que pueden justificar su pobre coloreado dando la sensación de que han quedado descoloridas por el tiempo: la manipulación al servicio del pretendido realismo.

La cosa no queda ahí. La legendaria serie El mundo en guerra de 1973, en 26 episodios y por lo tanto mucho más completa que Apocalipsis, ha sido ahora objeto de una ‘restauración’ en su edición en Estados Unidos, que también elimina aproximadamente un 33% de cada imagen (aunque mantiene el blanco y negro) para adaptarla a los televisores modernos. La nueva edición en DVD incluye un documental sobre el “minucioso”, también, proceso de restauración en el que se han arreglado con mimo y primor cada arañazo, mancha y deterioro de los fotogramas originales, para devolver a las imágenes el apresto del día en que fueran filmadas. Bueno, sólo a dos tercios de cada imagen.

¿Una restauración en la que se rescata la calidad de la imagen pero se corta un tercio del cuadro para que quepa en el marco? Sería un escándalo en un museo, o en un archivo, pero se pueden manipular las imágenes de cine sin que pase nade. La página de Amazon correspondiente a The World At War está llena de comentarios indignados, pero quedarán aplastados por lo importante: que todo quede superactual.

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