Diario Vasco
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Chavales divertidos, avispados y conmovedores en el Festival de Cine y Derechos Humanos
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Ricardo Aldarondo | 15-04-2014 | 11:51| 0

En la recta final del Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián aparecen dos películas que conviene no pasar por alto, ambas muy diferentes, pero con adolescentes como protagonistas y con un rigor y una capacidad de emocionar nada desdeñables. Y obra de mujeres directoras.

The Selfish Giant (hoy jueves, 22.30 horas, Teatro Victoria Eugenia) es el segundo largometraje de la directora británica Cli0 Barnard, ya muy valorada con su anterior The Arbor. Curiosamente, ahora Arbor es el nombre de uno de los protagonistas, un chaval hiperactivo, que crea problemas en la escuela, amigo incondicional del mucho más tranquilo y sensato Swifty, y avispadísimo a la hora de buscar chatarra y vendérsela a un negociante poco escrupuloso. Así, ambos pueden ayudar a sus pobrísimas familias. El chatarrero tiene además unos caballos que fascinan a Swifty.

Pero en ese entorno degradado, de supervivencia día a día en lo económico y en lo afectivo, no reparte Clio Barnard sentimentalismo ni poética: la espléndida, verdadera interpretación de los chavales; la capacidad de la directora para crear imágenes visualmente bellas e impactantes sin recurrir al esteticismo; y la sutil pero firme amistad que se va destilando, redondean una película austera y conmovedora, ajustada y calladamente emocionante.

(Quien no pueda verla en el Victoria Eugenia la tiene también en Filmin, dentro de la programación del Atlántida Film Festival)

También Piratas y libélulas (mañana viernes a las 16.30 horas en el Victoria Eugenia) ofrece mucho más, y distinto, a lo que puede parecer en el primer enunciado. Chicos y chicas en un instituto de un barrio conflictivo de Sevilla que se apuntan a unas clases de teatro, con una profesora que tiene un tesón y una perspicacia encomiables para llevarse a su terreno. Y su terreno es el de empujarles a expresar sus miedos y anhelos y su forma de pensar, sobre la violencia y la venganza, en lo general y en lo particular de su duro entorno, mientras reconvierten Romeo y Julieta a lo que ellos viven: una enseñanza con la que no conectan y el enfrentamiento, o no tanto, entre payos y gitanos. Porque se verá que esa división no es tan facilona como la pintan.

El documental es sencillo de factura pero muy perspicaz para captar la gracia innata, la sinceridad y el saber estar ante las cámaras de esos chavales que producen momentos divertidísimos y tiernos, también algunos desoladores, sobre todo cuando la realidad en off se cuela en sus vidas, y en el argumento de la película. Piratas y libélulas será muy útil para profesores, educadores y padres, pero va mucho más allá de la herramienta para concienciar en las aulas, y se convierte en un apasionante relato sobre las oportunidades en la vida, la dificultad de crecer, y la búsqueda de uno mismo; así en general, y no sólo para payos y gitanos. Porque lo que ahí va surgiendo es universal y atemporal, como el propio Shakespeare. O como Los Shespir, que es el nombre que adopta el grupo teatral.

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Old Amica: el espacio se expande
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Ricardo Aldarondo | 15-04-2014 | 11:51| 0

No hace ni nueve meses que hablábamos aquí del primer disco de Old Amica editado por Moonpalace Records, The Burning Dot, y que en realidad juntaba dos EPs. Y ahora el sello donostiarra que descubre pequeñas joyas internacionales, cual si fuera una de las más lanzadas ‘indies’ europeas, se aventura con un nuevo disco del dúo sueco. Normal, el avispado y gran catador Juanra no podía dejar pasar otra colección de canciones, en la misma linea del anterior, pero aún superior.

Si el año pasado hablábamos de “flotar en el espacio del desamor”, la sensación antigravitatoria, etérea, vaporosa, se mantiene ahora, en el mejor sentido. Y el título del último de los nueve temas de Fabula, Floating in the Deep, parecen darnos la razón. Linus y Johan utilizan la ampliación del espacio sonoro y la capacidad evocadora que siempre ha tenido la reverberación para hacer que sus voces se eleven, no diremos espiritualmente, que suena entre grave y cursi, pero sí de una manera envolvente y acogedora.

Y en su partícular estilo, casi tienen un hit en Showers of Light, que enseguida se te queda dando vueltas en la cabeza y es de las que te hacen caminar con más ligereza cuando las vas tarareando por la calle inevitablemente. Otros momentos de sinpar belleza son las dos canciones precedentes Old Oaken Pond, The Note y la sydbarretiana Falling Asleep. Pero todo el disco es una delicia que merece colocar a Old Amica entre los nombres a cuidar y venerar.

Como siempre, Moonpalace brinda la alternativa de escuchar el disco entero en bandcamp, o comprar uno de los 100 ejemplares únicos y hechos a mano con primoroso diseño en http://moonpalacerecords.com/tienda.html

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…y The Stranglers reconquistaron San Sebastián
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Ricardo Aldarondo | 08-04-2014 | 17:48| 12

Y 30 años y medio después, The Stranglers volvieron a conquistar San Sebastián y alrededores por la otra esquina, por Intxaurrondo y se repitieron algunas circunstancias: sala abarrotada (el Centro Cultural Intxaurrondo con sus 500 localidades se quedó pequeño, y algunos fuera sin entrada), calor y fervor entre el público, y un concierto compacto y rotundo, convincente de principio a fin y muy por encima de lo que se pueda esperar de un grupo que lleva 40 años actuando, y con dos bajas en su formación clásica, aunque perfectamente asumidas.

Muchos ni siquiera conocían la sala de Intxaurrondo, aunque ya han pasado por allí muchos nombres recomendables y hasta imprescindibles. Pero The Stranglers sacaron de casa, o devolvieron a la sala de conciertos, a muchos que ya las frecuentan poco. Y conocieron las estupendas cosas que nos brinda con frecuencia el circuito Donostikluba y Ginmusica. Predominaba entre el público la generación que está ahora alrededor de los 50, pero también los había más jóvenes, algunos tanto como para tratar de cumplir rituales de baile punk. El diálogo “¿Les viste en el Autódromo”, “No me dejaron mis padres, tenía 16 años” o bien “Sí, fue mi primer concierto, inolvidable” y comentarios similares sonaban en el abarrotado hall del Centro Cultural Intxaurrondo donde se agotó la cerveza antes de que se acabara el concierto.

Pero si alguien tenía la tentación de hacer la lectura de “reunión de viejas glorias”, tanto encima como bajo el escenario, The Stranglers pronto se encargaron de dejar las cosas claras. Tras la media hora de caña a dúo de Niña Coyote eta Chico Tornado, versión euskaldun de The White Stripes en formación y planteamiento musical, con suficiente desparpajo y potencia, sonó el himno de los hombres-de-negro en pregrabado, toda una tradición.

Porque The Stranglers hacen buen uso de sus propias tradiciones, o de unas señas de identidad únicas, que mantienen con absoluta dignidad y vigencia. Su clásico logotipo como telón de fondo, y el bajo de Jean-Jacques Burnel atronando como siempre: ya no da esas patadas al aire, pero sigue siendo uno de los bajistas que más han sabido tomar el papel solista, y combinar contundencia y melodía a la vez, con una peculiar forma de moverse en escena, agachado y mirando fijamente al público que Baz Warne también practicó.

El teclista Dave Greenfield, que entre la edad y el pelo rapado parece haber mutado en Peter Lorre, continúa aportando el otro sonido distintivo de un grupo que, como decíamos en el post anterior siempre fue una rareza dentro del punk. Curiosamente, los dos miembros originales del grupo que permanecen son los que siempre han marcado la esencia de su sonido, por mucho que se pueda echar de menos a Hugh Cornwell. Aunque no tanto: Baz Warne no solo está integradísimo, sino que parece un Strangler de toda la vida. Tiene voz, fiereza guitarrera y actitud. Y un humor de gentleman británico también muy apropiado. Entre él y Burnel hay entendimiento total (en algún momento a punto de excederse en los detalles jocosos) y al cuarteto se le ve disfrutar de principio a fin, sin fisuras ni en el ánimo, ni en la fuerza, ni en el convencimiento, tanto en la retahila de clásicos imperecederos que van hilvanando como en los temas de discos recientes que insertan con total armonía.

Empezar con dos himnos como Toiler On the Sea y No More Heroes puso el listón muy alto, pero no suponía quemar cartuchos desde el principio: saben que tienen un material poderosísimo en diferentes facetas y van echando mano de él durante casi dos horas, siempre con variables y sorpresas, enlazando una canción tras otra (apenas hicieron un par de parones para saludar y tomar algo de aire) y con la energía de un batería joven que parecía el hijo strangler del legendario y ya forzosamente retirado por salud Jet Black.

Siguieron en su primera etapa con Threatened y Was It You?, pero enseguida reivindicaron Summat Outanowt de su penúltimo álbum, Suite XVI…que se da la mano perfectamente con sus inicios punk y esos teclados cuasi sinfónicos que con tanto atrevimiento ha metido siempre Greenfield. Él es protagonista total en la teatral Peasent in the Big Shitty, mostrando su dominio-diversión desde la atalaya de unos teclados en los que se leía “no queso no bolo”. En más de una ocasión hacía un solo con una mano mientras con la otra bebia de uno de sus múltiples vasos: el humor socarrón del veterano que, sin embargo, no está de vuelta de todo. Y empieza el bajo de Peaches y otra vez piensas en la cantidad de temazos que tienen.

A continuación, un glorioso trío de su faceta más comercial y sensible, de modo algo similar al que hicieron en el Autódromo, esta vez con la recitativa Midnight Summer’s Dream (la única canción en la que se echa de menos verdaderamente a Hugh Cornwell), el vals de Golden Brown (hay que recordar que estos estandartes del punk utilizan mucho ritmos como el vals y el tango), y un Always the Sun masivamente coreado (y que en Madrid dos días antes no habían tocado), seguramente el momento más pop y comercial de su carrera…y otra canción enorme: The Stranglers aprietan en todos los palos.

Y aunque no hicieron European Female, uno sentía que acertaban con cada nueva elección, rescantando por ejemplo esa otra perla que cerraba el álbum 10, Never Look Back, o acordándose de Aural Sculpture (creo que no pasaron por alto ninguno de sus elepés) con Skin Deep. Presentaron Thrown Away como disco music (reivindicando hasta qué punto son eclécticos), intercalaron brillantes píldoras new wave como Nuclear Device y el reggae-rock de Nice’n'Sleazy (con una de las líneas de bajo más impresionantes de la historia), recordándonos al mismo tiempo que tienen excelentes canciones recientes como LowlandsFreedom Is Insane de su último álbum Giants y dieron la campanada rescatando su versión de uno de los mayores clásicos de Burt Bacharach, Walk On By, que algunos ni sabían que ya habían publicaron en un single en la época de Black & White y alargada con un estupendo solo de guitarra de Baz. Rock y sofisticación melódica a la máxima potencia para preparar el tramo final con otro trio de clásicazos, Duchess, 5 Minutes y Hanging Around.

Para el primer bis les sobraban energías aún, con Norfolk Coast, Something Better Change y un fin de fiesta multicoreado con otra de sus legendarias versiones, el All Day And All of the Night de The Kinks. Pero aún volvieron a salir, y Jean-Jacques Burnel sin camiseta para mostrar los pectorales que mantiene a sus 62 años!

26 canciones en 110 minutos. Nada más lejos de The Stranglers que la banda que pasea sus miserias añejas añorando viejas glorias. Su directo sigue siendo un disfrute pleno, un ejemplo de dignidad y pertinencia en la franja del 60+.

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El imprescindible regreso de The Stranglers, 30 años y medio después de su concierto en el Autódromo
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Ricardo Aldarondo | 05-04-2014 | 00:44| 4

En aquel sueño breve pero intensísimo que fue el Autódromo de Lasarte, la sala que Santi Ugarte montó a primeros de los años 80 para hacernos vivir simultáneamente nuestro propio Rock-Ola al lado de San Sebastián, una de las noches más gloriosas fue la del 24 de septiembre de 1983. ¡Venían The Stranglers! El cuarteto ya se había hecho mítico en la fase del punk y el post-punk, con esa anomalía que siempre tuvieron: el sonido de sus teclados casi les emparentaba con el rock sinfónico más que con el punk; eran músicos excelentes con complejas melodías, nada de raca-raca de tres acordes; y su potencia, su pegada, su patada musical representada en los movimientos de kárate del bajista Jean-Jacques Burnel, era practicamente inagualable.

Pero The Stranglers venían además en su mejor momento, cuando, por si fuera poca la evolución imparable de sus primeros elepés, demostraron ser capaces de la mayor sofisticación con un single tan inesperado e imaginativo como Golden Brown (¡una balada con clavicordio a ritmo de vals!) y su correspondiente elepé La Folie (1981) y, sobre todo, con el disco que venían a presentar, ese Feline (1983) magistral que aunaba a la perfección punch y melancolía, elegancia, comercialidad y pura esencia Stranglers.

Con un volumen potentísimo, sonaron implacables en un inicio arrollador, con temas como Nuclear Device, Toiler in the Sea, Ships That Pass in the Night o It’s A Small World. Eran jóvenes, el bajo de Burnel y la batería de Burnel eran de una rotundidad que te golpeaba en el estómago, Hugh Cornwell lideraba con su magnética seriedad a los hombres de negro y enloquecíamos ante lo que estábamos viendo y sobre todo escuchando, un temazo tras otro prácticamente enlazados, sin parar. Brutal en lo muscular, con Burnel casi literalmente convertido en un felino karateka lanzando patadas al cielo mientras tocaba su bajo sinuoso, y los teclados de Dave Greenfield llenándolo todo.

Sedujeron igualmente con su faceta sensible: la unión de tres canciones tan legendarias como Golden Brown, Midnight Summer’s Dream y European Female fue un tramo central maravilloso. Y luego volvió la caña con canciones como The Raven, Thrown Away y Tank, para acabar con Hanging Around y Let Me Introduce You To the Family y la audiencia tan en éxtasis como había estado durante todo el concierto.

Y el sonido de aquella noche mítica puede volver  hoy en Intxaurrondo. No son tan jóvenes, hace años que Hugh Cornwell no está en el grupo y últimamente Jet Black, ya con 75 años tiene suficientes problemas de salud como para no poder no tocar la batería en directo. A mediados de los 80 ya empezaron a perder la inspiración impecable que les había acompañado en su primera década y fuimos prestando con el tiempo menos atención a sus nuevos discos. Ellos siguieron adelante, con mayor o menor fortuna, y cualquiera pensaría que ya en el siglo XXI y sin Hugh Cornwell sobrevivían por pura inercia con un nuevo cantante y guitarrista, Baz Warne.

Sin embargo me llevé una enorme sorpresa en Londres en 2008, casi por casualidad, en un festival en Hyde Park donde tocaban en el escenario pequeño. Fui a verles con un punto de nostalgia y tres o cuatro de escepticismo. Y me encontré con un concierto impecable, repasando con la máxima dignidad y una potencia digna de antaño muchas de las perlas que atesora su repertorio. Seguían siendo The Stranglers en toda su autenticidad, con Jean-Jacques Burnel igualmente magnético en escena, aunque lógicamente menos saltimbanqui, un sonido potentísimo y un cantante guitarrista que sin tratar de imitar a Hugh Cornwell era un sustituto perfecto. Y poco más tarde pude confirmar en el Summercase de Madrid que no había sido un espejismo: The Stranglers sigue siendo una gran banda en directo, con un repertorio que solo crece con el tiempo. Y es curioso que los dos miembros originales que continúan manteniendo en directo, el bajista y el teclista, son precisamente los que han dado siempre el sonido más distintivo de The Stranglers.

Así que hoy, en el Centro Cultural Intxaurrondo, con la celebración del 40 aniversario de la banda, cabe esperar una ristra de hits, y también algo del nuevo álbum, Giant, porque no se dedican solo a reverdecer sus mejores tiempos, continúan haciendo discos más que dignos. Expectación máxima por tanto.

Y para los neófitos, he aquí una docena de canciones, probablemente mis favoritas de The Stranglers:

1. Midnight Summer’s Dream (1983).

2. No More Heroes (1979)

3. Golden Brown (1981)

4. Nice ‘N’ Sleazy (1978)

5. The Man They Love To Hate (1981)

6. Peaches (1977)

7. Always the Sun (1986)

8. Toiler in the Sea (1978)

9. Something Better Change (1977)

10. Nuclear Device (1979)

11. European Female (1983)

12. La Folie (1981)

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Mikel Azpiroz en la Sala Club: nocturna placidez
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Ricardo Aldarondo | 04-04-2014 | 22:03| 0

Crítica del concierto de Mikel Azpiroz publicada en El Diario Vasco el 31 de marzo.

En el espacio de cinco días, Mikel Azpiroz tuvo tres conciertos completamente distintos: el viernes tocaba en Sevilla como teclista de Duncan Dhu, el sábado presentaba en el Victoria Eugenia de San Sebastián su intimista disco de piano solo Gaua, y el miércoles volcó el fragor organístico de Elkano Browning Cream en Le Bukowski. Tremendo abanico musical.

Lo de la sala Club era especialmente atractivo: en ese espacio recogido y acogedor brillaba el gran piano de cola sobre el que Azpiroz podía volcar la enorme paleta de colores de su disco Gaua. Una colección de piezas para piano publicada ya hace un año, pero que solo había podido presentar en San Telmo durante el pasado Jazzaldia.

Como una suite unitaria, enlazando con advertencia previa todas las piezas aunque en un orden distinto que en el disco, Azpiroz fue desgranando una obra que merece más atención de la que ha tenido hasta ahora. Más que nada porque puede complacer a muchos que quizás en otros tiempos compraron y exprimieron The Köln Concert de Keith Jarrett, por ejemplo, o el primer y mejor George Winston. Y más.

Hay una intención atemporal que abarca más de un siglo, en el recorrido de composiciones del propio Azpiroz, cuyas influencias se intuyen pero no se imponen. Del impresionismo de Debussy, al blues más esquinado, de los aromas exóticos de otras tierras, también vascas, a ligeras derivas vanguardistas, Gaua pasa por multiples estaciones sin conformar compartimentos estancos. Y todo fluyó en la sala Club, en piezas tan melodiosas y bellas, de vocación nocturna pero no lánguidas, como Gaueko Arimak o Eulieta interpretadas con pasión y precisión, con un sentido espontáneo de la partitura, que un público de muy distintas edad y condición disfrutó de principio a fin.

He aquí los minutos finales del concierto:

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