Diario Vasco
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El imprescindible regreso de The Stranglers, 30 años y medio después de su concierto en el Autódromo
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Ricardo Aldarondo | 05-04-2014 | 00:44| 4

En aquel sueño breve pero intensísimo que fue el Autódromo de Lasarte, la sala que Santi Ugarte montó a primeros de los años 80 para hacernos vivir simultáneamente nuestro propio Rock-Ola al lado de San Sebastián, una de las noches más gloriosas fue la del 24 de septiembre de 1983. ¡Venían The Stranglers! El cuarteto ya se había hecho mítico en la fase del punk y el post-punk, con esa anomalía que siempre tuvieron: el sonido de sus teclados casi les emparentaba con el rock sinfónico más que con el punk; eran músicos excelentes con complejas melodías, nada de raca-raca de tres acordes; y su potencia, su pegada, su patada musical representada en los movimientos de kárate del bajista Jean-Jacques Burnel, era practicamente inagualable.

Pero The Stranglers venían además en su mejor momento, cuando, por si fuera poca la evolución imparable de sus primeros elepés, demostraron ser capaces de la mayor sofisticación con un single tan inesperado e imaginativo como Golden Brown (¡una balada con clavicordio a ritmo de vals!) y su correspondiente elepé La Folie (1981) y, sobre todo, con el disco que venían a presentar, ese Feline (1983) magistral que aunaba a la perfección punch y melancolía, elegancia, comercialidad y pura esencia Stranglers.

Con un volumen potentísimo, sonaron implacables en un inicio arrollador, con temas como Nuclear Device, Toiler in the Sea, Ships That Pass in the Night o It’s A Small World. Eran jóvenes, el bajo de Burnel y la batería de Burnel eran de una rotundidad que te golpeaba en el estómago, Hugh Cornwell lideraba con su magnética seriedad a los hombres de negro y enloquecíamos ante lo que estábamos viendo y sobre todo escuchando, un temazo tras otro prácticamente enlazados, sin parar. Brutal en lo muscular, con Burnel casi literalmente convertido en un felino karateka lanzando patadas al cielo mientras tocaba su bajo sinuoso, y los teclados de Dave Greenfield llenándolo todo.

Sedujeron igualmente con su faceta sensible: la unión de tres canciones tan legendarias como Golden Brown, Midnight Summer’s Dream y European Female fue un tramo central maravilloso. Y luego volvió la caña con canciones como The Raven, Thrown Away y Tank, para acabar con Hanging Around y Let Me Introduce You To the Family y la audiencia tan en éxtasis como había estado durante todo el concierto.

Y el sonido de aquella noche mítica puede volver  hoy en Intxaurrondo. No son tan jóvenes, hace años que Hugh Cornwell no está en el grupo y últimamente Jet Black, ya con 75 años tiene suficientes problemas de salud como para no poder no tocar la batería en directo. A mediados de los 80 ya empezaron a perder la inspiración impecable que les había acompañado en su primera década y fuimos prestando con el tiempo menos atención a sus nuevos discos. Ellos siguieron adelante, con mayor o menor fortuna, y cualquiera pensaría que ya en el siglo XXI y sin Hugh Cornwell sobrevivían por pura inercia con un nuevo cantante y guitarrista, Baz Warne.

Sin embargo me llevé una enorme sorpresa en Londres en 2008, casi por casualidad, en un festival en Hyde Park donde tocaban en el escenario pequeño. Fui a verles con un punto de nostalgia y tres o cuatro de escepticismo. Y me encontré con un concierto impecable, repasando con la máxima dignidad y una potencia digna de antaño muchas de las perlas que atesora su repertorio. Seguían siendo The Stranglers en toda su autenticidad, con Jean-Jacques Burnel igualmente magnético en escena, aunque lógicamente menos saltimbanqui, un sonido potentísimo y un cantante guitarrista que sin tratar de imitar a Hugh Cornwell era un sustituto perfecto. Y poco más tarde pude confirmar en el Summercase de Madrid que no había sido un espejismo: The Stranglers sigue siendo una gran banda en directo, con un repertorio que solo crece con el tiempo. Y es curioso que los dos miembros originales que continúan manteniendo en directo, el bajista y el teclista, son precisamente los que han dado siempre el sonido más distintivo de The Stranglers.

Así que hoy, en el Centro Cultural Intxaurrondo, con la celebración del 40 aniversario de la banda, cabe esperar una ristra de hits, y también algo del nuevo álbum, Giant, porque no se dedican solo a reverdecer sus mejores tiempos, continúan haciendo discos más que dignos. Expectación máxima por tanto.

Y para los neófitos, he aquí una docena de canciones, probablemente mis favoritas de The Stranglers:

1. Midnight Summer’s Dream (1983).

2. No More Heroes (1979)

3. Golden Brown (1981)

4. Nice ‘N’ Sleazy (1978)

5. The Man They Love To Hate (1981)

6. Peaches (1977)

7. Always the Sun (1986)

8. Toiler in the Sea (1978)

9. Something Better Change (1977)

10. Nuclear Device (1979)

11. European Female (1983)

12. La Folie (1981)

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Mikel Azpiroz en la Sala Club: nocturna placidez
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Ricardo Aldarondo | 04-04-2014 | 22:03| 0

Crítica del concierto de Mikel Azpiroz publicada en El Diario Vasco el 31 de marzo.

En el espacio de cinco días, Mikel Azpiroz tuvo tres conciertos completamente distintos: el viernes tocaba en Sevilla como teclista de Duncan Dhu, el sábado presentaba en el Victoria Eugenia de San Sebastián su intimista disco de piano solo Gaua, y el miércoles volcó el fragor organístico de Elkano Browning Cream en Le Bukowski. Tremendo abanico musical.

Lo de la sala Club era especialmente atractivo: en ese espacio recogido y acogedor brillaba el gran piano de cola sobre el que Azpiroz podía volcar la enorme paleta de colores de su disco Gaua. Una colección de piezas para piano publicada ya hace un año, pero que solo había podido presentar en San Telmo durante el pasado Jazzaldia.

Como una suite unitaria, enlazando con advertencia previa todas las piezas aunque en un orden distinto que en el disco, Azpiroz fue desgranando una obra que merece más atención de la que ha tenido hasta ahora. Más que nada porque puede complacer a muchos que quizás en otros tiempos compraron y exprimieron The Köln Concert de Keith Jarrett, por ejemplo, o el primer y mejor George Winston. Y más.

Hay una intención atemporal que abarca más de un siglo, en el recorrido de composiciones del propio Azpiroz, cuyas influencias se intuyen pero no se imponen. Del impresionismo de Debussy, al blues más esquinado, de los aromas exóticos de otras tierras, también vascas, a ligeras derivas vanguardistas, Gaua pasa por multiples estaciones sin conformar compartimentos estancos. Y todo fluyó en la sala Club, en piezas tan melodiosas y bellas, de vocación nocturna pero no lánguidas, como Gaueko Arimak o Eulieta interpretadas con pasión y precisión, con un sentido espontáneo de la partitura, que un público de muy distintas edad y condición disfrutó de principio a fin.

He aquí los minutos finales del concierto:

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Sun Kil Moon en París: el extraordinariamente talentoso y conmovedor cantautor vs. el no tan atractivo bromista provocador
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Ricardo Aldarondo | 26-03-2014 | 16:11| 14

Cuatro meses después del post en Mon Oncle titulado Los ocho nuevos discos de Mark Kozelek, el aparentemente hiperactivo aunque permanentemente soñoliento cantautor publicaba otro disco más, ahora bajo el alias Sun Kil Moon que se supone corresponde a una banda, pero sigue siendo su dominio acompañado, a veces, por músicos cambiantes. Y si los tres discos en estudio, de esos ocho contando varios live y una banda sonora, eran extraordinarios, Benji es una obra maestra. Parece que por fin se le está reconociendo: yo esperaba que el año pasado su disco con Jimmy LaValle, Perils From the Sea, tan bueno como el actual Benji, estuviera en lo más alto de las listas de lo mejor del año, pero no ocurió así, inexplicablemente. Como mucho, algunas revistas incluyeron su disco junto a Desertshore. Ahora parece unánime la opinión de que Benji es lo mejor que ha aparecido de momento en este 2014. Sin duda, pero también lo era Perils From the Sea en 2013, creo.

La conjunción que ha conseguido Kozelek en estos dos discos, entre una letras-relato que confiesan episodios de su vida (alguno también de su imaginación) como una biografía expresada con lenguaje natural, y unas melodías emocionantes, aún más de lo que suele conseguir habitualmente con su particular voz, alcanza lo extraordinario. Uno se mete en cada una de las canciones como en una película, un libro de relatos y una confesión de amigo al mismo tiempo. Las largas letras encajan de manera tan inexplicable como perfecta, marcando de forma definitiva la diferencia entre un cuento literario y lo que él hace, unas canciones insólitas, amables y bellas, pero alejadas de la clásica estructura de estrofa y estribillo.

Muchas veces ha defendido en solitario las canciones que ha grabado con otros, engalanadas en el estudio, desnudas en directo. Pero ante el extraordinario Benji, y al anunciar algunas fechas en Europa acompañado por Steve Shelley (en un principio, aunque finalmente fue sustituido por Eric Pollard, batería de Retribution Gospel Choir), y el minimalista teclista Chris Connolly, había que aprovechar la ocasión para ver a Kozelek en grupo. Las canciones de Benji, sus arreglos escuetos pero fundamenteales, lo merecen.

Y el sábado pasado veíamos a Sun Kil Moon en París, en un precioso teatro antiguo de music-hall, Le Divan du Monde, con desgastados dibujos exóticos en las paredes que parecen, también, cargadas de historiasUn lugar que te permite estar en primera fila, apoyado en el escenario, casi metido en él. Con el peligro que supone, lo sabíamos, en el caso de un concierto de Kozelek, al que ya había visto antes en seis ocasiones, con Red House Painters o solo, pero no había comprobado la deriva extrañamente provocadora que ya mostró en el pasado mes de octubre en Madrid y Barcelona.

Pero dejemos eso para después. Porque el concierto empezó con recogimiento casi religioso (como siempre en total penumbra y con la prohibición expresa de fotos y vídeos), con Carissa, quizás la más conmovedora, si se pueden establecer clasificaciones, de las canciones de Benji. La historia de la prima segunda de Mark, que murió con 35 a causa de la explosión de un aerosol sonó impresionante, a pesar de algún desajuste en la afinación. Sobre los arpegios a la guitarra clásica característicos del Kozelek de la última época, la suavidad a la batería de Eric Pollard, y sus coros angelicales, creaban un extraordinario ambiente. Chris Connolly se ocupaba de emular los bajos con la mano izquierda del teclado o de crear sonidos de fondo, nunca en primer plano. Y en el centro de la escena, un guitarrista, al que Kozelek presentó como Vasco, y del que dijo que se había incorporado al grupo en el anterior concierto. Vasco se ocupaba de dibujar detalles improvisadamente entre la suavidad reinante, casi siempre con acierto y gusto, o de hacer algún solo cuando se lo ordenaba el jefe (“esta no se la sabe Vasco, así que hará un solo en medio”, dijo en varias ocasiones, después de asegurar que no tenía ni idea de cuál era el apellido de Vasco, e incluso preguntar si alguien del público lo conocía). El grupo enlazó con Truck Driver, la canción en la que Kozelek cuenta la también trágica historia de su tío, que murió de la misma forma que Carissa, años antes.

Y Kozelek ya empezó con su discutible concepto de interacción con el público. Tras preguntarle a la chica rubia del extremo izquierdo cómo se llamaba, “Geraldine” y dedicarle una sonrisa, y alguna alusión a su novio, inició el leit-motiv de la noche: “¡No veo más que tíos mayores en primera fila! No sé por qué vienen a verme siempre tantos tíos y tan viejos”, y cosas así. Los aludidos sonreíamos con complicidad. De momento. A la siguiente canción volvió a atacar: “¿Es que no hay mujeres aquí? ¿Cómo lo hacéis para f*ll*r en esta ciudad?”, y cosas parecidas en un tono de enfado supuestamente simulado. Con la ambigüedad de ser un borde o estar de broma, o las dos cosas a la vez. También le preguntó a la chica rubia cuál era su canción favorita y ella no supo o no quiso decir un título: “Lo imaginaba”, respondió con cortante ironía. El novio estuvo más espabilado y le dijo que su mejor disco era el último, lo cuál complació a Mark, claro. También que respondiera “34 años” cuando le preguntó su edad. También debía verle viejo a primera vista. Kozelek se puso definitivamente plasta, y dejó de tener gracia, cuando presentó I Love My Dad. “Esta canción está dedicada a mi padre, que tiene 81 años. Más o menos la edad que tienen estos”, mientras nos señalaba los que estábamos en la frontera de los 40 y los 50. O sea, como él. ¿Es un modo de tratar de asumir que ya no es joven y por tanto tampoco su público? ¿Lleva mal no ligar en cada ciudad como antes? ¿Pretendía que nos fuéramos de ese sitio, o que le respondiéramos? Casi nadie lo hizo, porque la cosa no daba más de sí. Hasta los músicos, mientras mantenían una sonrisa congelada, parecían estar deseando que se dejara de chorradas y se pusiera a tocar. Pero él aún dedicó un tiempo a comentar que los del balcón parecían invitados con máscara como los de Eyes Wide Shut. De dominar el inglés y la lengua afilada como él, podíamos haberle comentado que está gordo, y que cuando cantó sin la guitarra temimos seriamente que los botones de la zona abdominal salieran disparados hacia nosotros.

Esta forma de actuar, que ya parece que se ha convertido en un show establecido (va diciendo cosas parecidas en cada ciudad) es incómoda, y extraña, sobre todo por el brutal contraste que supone con el resto de la velada, lo importante: un concierto extraordinario, de una sensiblidad y emoción constante, muy variado en los matices e incluso en la forma de las canciones para lo que suele ser la peculiar cadencia de Kozelek. Choca muchísimo que alguien que se entrega de esa manera en cada interpretación, que con los ojos cerrados se expresa como buscando la máxima emoción, y consiguiéndola, y se entrega en todo lo que canta y toca, pase en un instante a convertirse en el gracioso del bar con tendencia a la bronca. Aunque siempre se escude en la suposición mediante sonrisa de que ‘estamos de broma’. Sólo he visto un caso parecido en John Martyn, que también pasaba en un instante de la impresionante delicadeza y elegancia de sus canciones, a las intervenciones burdas de hooligan. En otros momentos Kozelek sí estuvo realmente gracioso, como cuando, mientras afinaba la guitarra, un espectador pegó un inesperado berrido, “Maaaark!” y él, impasible, levantó la mirada y le dijo: “Me estás asustando”.

Afortunadamente, a la quinta canción se concentró casi exclusivamente en la música. Y fue desgranando la mayor parte de Benji. Tras la devoción por su madre y la preocupación por que un día le falte en I Can’t Live Without My Mother’s Love, el relato de sus primeras experiencias sexuales (el primer beso, el primer polvo con el Animals de Pink Floyd sonando en el tocadiscos o acostándose con dos amigas a la vez) en Dogs, que sonó muy cañera, o el sorprendente y casi eufórico rock & roll que es la mencionada I Love My Dad.

En Richard Ramirez Died Today of Natural Causes, atacó casi con furia el retrato del psicópata asesino, uno de los dos temas del disco en los que Kozelek bordea el rap con un borbotón de palabras de apasioanante narrativa. Sorprende que en directo pueda recordar y nunca trabarse con tan extensos textos, y cantarlos con tanta convicción. La triple añoranza de Micheline (de una vecina “cuyo cerebro iba un poco más lento que los demás”, de su amigo Brett y de su abuela) se unió al recuerdo del primer visionado en la adolescencia de la película de Led Zeppelin I Watched the Film The Song Remains The Same, otro de los momentos en que la voz de Kozelek alcanzó lo sublime con la ayuda de los muy trabajados coros de Pollard.

Tras desperezarse como si se acabara de levantar de la cama, dio por concluido el repaso a Benji, y atacó con una versión de Hey You Bastard I’m Still Here, de su disco con Desertshore, de inesperada contundencia, mucho más que en el disco, casi desgañitándose con la voz: el esfuerzo terminó en ovación. Pidió silencio porque “esta es una canción muy importante”. Y vaya si lo era: Gustavo, la historia del chico que contrató para que le arreglara la casa, con una melodía que pone la piel de gallina. Sustituyendo la electrónica del original por la rítmica naturalista de Pollard, fue otra cumbre emocional del concierto.

Claro, que desconcierta un poco que quien acaba de interpretar algo tan íntimo y conmovedor y te ha mantenido esos cinco minutos en la gloria, suelte tras afinar cuidadosamente la guitarra: “Uf, me estoy aburriendo. ¿Por qué no me contáis algo? Y además tengo ganas de mear”. Seguía de broma, claro. “¿Cuál queréis que toquemos?”. “Haz una mezcla de todas”, se le ocurrió decir a una chica. “¡Que te jodan, ¿tú qué te crees? Ven aquí y toca tú la guitarra”. Todo con una sonrisa cómplice, claro. Y con el público riendo. Por si acaso. Ejem.

Vuelta a la más exquisita delicadeza con Caroline, otro trasvase natural de la electrónica de Jimmy LaValle a la acústica de Sun Kil Moon. Y el reto se convirtió en proeza con By the Time That I Awake, con Eric Pollard sustituyendo la caja de ritmos original por un impecable trasunto de drum’n'bass hecho con la batería. Espléndido. Se seguía confirmando, para quien no lo hubiera adivinado en disco, que Perils From the Sea tiene canciones tan extraordinarias, y tantas, como Benji. Otra ovación, especialmente para Pollard.

Kozelek, que no suele repetir el repertorio de una noche a otra, iba eligiendo algunas canciones sobre la marcha, y dando instrucciones a Vasco si era una de las que no se sabía el guitarrista, algo cohibido ante la sorna del jefe. Pero todo era placidez y armonía en cuanto empezaba a sonar la música.

The Moderately Talented Yet Attractive Young Woman vs. The Exceptionally Talented Yet Not So Attractive Middle Aged Man, sin duda uno de los títulos de canción más locos de la historia, sirve para hacer un equivalente con esa esquizofrenia escénica de Kozelek, pero sonó celestial antes de la primera despedida, con Katowice or Cologne.

Con esa mirada soñolienta que acostumbra a tener, estirándose y rascándose los ojos como un niño, haciéndose el cansado, no escatimó en el bis. Primero él solo con la guitarra, en su faceta más Andrés Segovia, con la compleja pero acogedora melodía de Black Kite y, en la misma línea, Elaine. Y sin respiro, atacó That Bird Has A Broken Wing, que terminó abruptamente (otra de sus costumbres cuando toca solo) antes de levantarse de la silla y desaparecer sin mirar al público.

Pero, en su contraste infinito, volvió a salir con el grupo, para dar otra de cal y otra de arena en lo afectivo. “No te voy a olvidar, Geraldine”, a la chica de la derecha, “siempre os llevaré conmigo también a vosotros, los de Eyes Wide Shut“, continuó con creciente sorna, “y a todos estos viejos”. Anunció Livingston Bramble y cuando uno de los ‘viejos’ de primera fila no pudo contener un espontáneo “¡all right!” de agradecimiento, Kozelek se lanzó con su artillería sarcástica. “All right, ¿eh? Te has excitado, verdad?”, poniendo tono de machito, y haciendo un inequívoco gesto con el antebrazo, mientras el hombre ponía cara de póker y, quizás se mordía la lengua. Y a continuación la canción de Kozelek & Desertshore en la que cita a Neils Cline (“por supuesto que odio a Neils Cline”, recalcó con más coña antes de empezarla) sonó en una inesperada versión lenta y atmosférica. Dos horas de concierto, musicalmente extraordinario, por momentos sublime. No está mal para un genio tocapelotas.

P. D.: En esas circunstancias, con la penumbra y la prohibición expresa por doquier de filmar y fotografiar, era suicida atreverse a sacar la cámara. Apenas lo hice para sacar esas oscuras instantáneas. Pero alguien sí se atrevió, desde el balcón al parecer, y ha colgado la preciosa Carissa en Youtube.

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Neil Halstead en San Sebastián (y Zarautz): más vale pájaros que plátano
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Ricardo Aldarondo | 25-03-2014 | 18:36| 4

Uno tenía una sensación algo agridulce ante el concierto de Neil Halstead del pasado viernes: cualquier ocasión de escuchar a uno de los mejores songwriters de las últimas dos décadas en mi opinión, es de celebrar. Pero como venía embarcado en una gira con el encargo de tocar entero el disco Velvet Underground & Nico o sea, el del plátano, no podíamos evitar la nostalgia de no poder escuchar algunas de las decenas de canciones extraordinarias que ha creado Halstead, con Slowdive, Mojave 3 o en solitario. Estas iniciativas de invitar a un grupo a que reviva un disco de un grupo ajeno tienen su gracia y su intriga, pero frustran un poco cuando se trata de artistas que no tienes muchas ocasiones de ver en directo. Claro, que el disco a acometer era otra joya, así que apetecía, y mucho, de todos modos la cita en Intaxurrondo (San Sebastián), otra de las bendiciones que nos va trayendo el circuito Donostikluba.

Y es que, además, da casi lo mismo lo que cante Neil Halstead con ese prodigio de voz, que no tiene seguramente ninguno de los atributos que se les exigen a las grandes voces, más que pura belleza y sentimiento. Canta quedo, canta suave, y te echas a temblar ante tanta calidez y hermosura.

Podía parecer raro, una voz tan delicada y susurrante tratando de adaptarse a todos los registros del primer Lp de Velvet Underground, de lo más aterciopelado a lo más crudo. Pero Neil Halstead adaptó el repertorio (todo el álbum, en orden) a su modo. Sin ocultar que es más de surf que de underground, más de sol que de sótano, aunque en realidad todo ocurra en más bien en la intimidad de una habitación. Con los matices, para bien y para no tan bien que introducía su banda. Un guitarrista que no pegaba mucho ni en aspecto (cerca del gothic pop ochentero) ni en actitud (demasiada pose) y cuyo sonido, con el ampli excesivamente alto, se imponía aunque sí que sirvió alternativamente para los pasajes más eléctricos. La teclista y cantante Kezia, que actuó en solitario en la primera parte, renuncio a hacer de trasunto de Nico, pero funcionó bien con las voces de apoyo a Neil.

Y Halstead brilló, de principio, con Sunday Morning, una de las canciones que le venía al (tercio)pelo para su voz. Lo mismo con Femme Fatale, que hicieron tras un Waiting For The Man bastante personal. Venus In Furs la cantó muy sentida, al igual que All Tomorrow Parties, aunque quizás les faltó algo de gravedad y contundencia por parte de la banda.

Run Run Run y Heroin quedaron intensísimas, a pesar de que en la segunda renunciaban a los acelerones rítmicos del original. En cambio, en There She Goes, que parecía la más fácil de reproducir, tropezaron dos veces, reiniciando la canción como en un ensayo, y a duras penas completaron los dos minutos y medio de la pieza. Ellos y nosotros deseamos que pasaran a la siguiente. Y el equilibrio se restableció., con un precioso I’ll Be Your Mirror.

Como ocurre en el disco, el climax no está al final, porque ni The Black Angel’s Death Song ni European Son están entre lo mejor del disco, pero ahí desarrollaron un poco más los temas, que básicamente duraron como en el disco original.

Como bis, Neil Halstead salió sólo con la guitarra acústica y nos dio lo que en el fondo más deseábamos: sus propias canciones desnudas. Cuatro porciones de belleza absoluta, empezando con uno de los más populares singles de Mojave 3, Who Do You Love, e incluyendo esa Tied To You, de su último álbum hasta el momento, Palindrome Hunches, el de los dos pájaros en la portada, que parece el más respetuoso homenaje a Nick Drake, con las mismas inflexiones de voz y el mismo tipo de guitarra y melodía, reviviendo al mito como otros muchos han intentado y nunca han logrado. Pero también fue puro Halstead en Full Moon Rising, con la que se despidió. Resultó un cuarto de hora maravilloso, sin desmerecer lo que habíamos disfrutado escuchando por primera vez en directo un disco tan mítico como The Velvet Underground & Nico, pero que nos tomamos como aperitivo de una próxima visita que esperamos sea cuanto antes. y ya sin encargos que cumplir.


P.D.: El gran privilegio estuvo en la librería Garoa de Zarautz. Dentro de los ciclos que hacen de tertulias con concierto, o viceversa, se dieron el lujazo de llevar a tan escogido lugar a Neil Halstead para que diera un concierto exclusivo, que se anunció pocos días antes de su celebración, casi como un secreto para la muy selecta y escueta (por las dimensiones del local) audiencia que logra sitio en cada uno de los actos de los llamados Paperuzko Kontzertuak (Conciertos de papel). Habitualmente mezclan canciones interpretadas por el músico con una tertulia con el público, pero Neil Halstead se concentró en las canciones y dio un concierto intimísimo, para unas 40 personas (aforo completo) solo con su acústica, después de pegarse la paliza de ir el sábado a dar un concierto a Olot y volver a Gipuzkoa. No pude ir, y bien que lo lamenté, porque estaba en otra misión (véase el próximo post en Mon Oncle). Pero he escuchado cómo Neil Halstead hizo de nuevo Who Do You Love y Tied To You, y otro puñado de canciones de Palindrome Hunches además de piezas anteriores como Driving with Bert, Oh! Mighty Engine o Martha’s Mantra For the Pain y, oh ventura, la fabulosoa Return To Sender que, ante la invitación de Halstead a hacer peticiones, escogió inmejorablemente un espectador. Yo, además, de haber podido, le hubiera pedido Prayer for the ParanoidIn Love with a View y She Broke You So Softly, todas del mismo disco de Mojave 3, esa joya de disco que es Excuses For Travellers. Y tantísimas otras… (Gracias a Juan G. Andrés y Oier Aranzabal por la información!)

Neil Halstead y gente con mucha suerte, en Garoa. Foto: Juan G. Andrés.

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Temples: la nueva vieja psicodelia pop
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Ricardo Aldarondo | 16-03-2014 | 11:45| 4

Uno nunca sabe cómo situarse ante casos como el de Temples: ¿nos quejamos por el abuso de lo mimético o nos dejamos arrastrar por el indudable atractivo de las canciones? ¿Celebramos que nos brinden de forma tan genuina y precisa un género-de-toda-la-vida que nos gusta mucho, o despreciamos sin contemplaciones a estos jovenzuelos que llegan como la nueva sensación del momento, cuando en realidad reproducen bit a bit momentos radiantes de la música de hace 45 años? Ante estos dilemas, lo mejor es mantener todas las porturas a la vez, por supuesto. Lo mismo ocurre en el terreno del soul época Motown con Sharon Jones o Charles Bradley: lo que hacen están visto y oído hace décadas, nota por nota y sonido por sonido. Pero lo hacen muy bien, tienen credibilidad y talento y canciones magníficas. Los abrazamos, por tanto.

En esa tesitura estamos con el cuarteto británico Temples, que acaba de publicar su primer elepé Sun Structures, que incluye tres de las cuatro canciones que en forma de otros tantos singles fueron despertando durante el año pasado el fervor por estos apasionados, y buenos alumnos, de las lecciones guardadas en discos exitosos u oscuros de los años 60. Si el sello  Heavenly Records, el de Saint Etienne, los fichó, con lo exigentes que son en materia de pop sesentero, debió ser porque vieron talento y autenticidad en la mascarada.

Y efectivamente, el disco con un portadón de los que merecen la pena ser tenidos en mano en vinilo contiene unas cuantas canciones irresistibles. Si se lo pones a alguien sin avisarle, le puedes convencer rápidamente de que está grabado en 1967. Las guitarras, los órganos y mellotrones, la reverb en las voces, todo está milimétricamente reproducido de la era psicodélica, en la vertiente más pop que en la de borrachera-de-amebas-electrificadas. Aunque también se escoran en algún momento hacia el glam-rock y el chewing-gum pop como en Keep In the Dark.

Hay quien les ha comparado, malévolamente, con Kula Shaker, aquel grupo que en 1996 tuvo un éxito fulgurante y pasó de nueva gran promesa a grupo odiado anti-cool casi en cuestión de segundos, con su pop mezclado con sonidos indios, otra forma de psicodelia prefabricada. También Kula Shaker tuvieron algunos buenos singles, aunque poco tacto en la actitud, y mala cabeza en la gestión de su evolución. Temples parecen más, ejem, templados. Y al menos la mitad de sus canciones te enganchan irremediablemente con sus melodías y exhiben un acabado impecable. Empezando por Shelter Song, que abre el elepé, aunque en realidad fue su primer single en noviembre de 2012.

Un poco como en el caso de los dos discos de The Dukes of Strastosphere (el alias psicodélico que se inventaron XTC) o el Deface the Music de los Utopia de Todd Rundgren en el que imitaban milimétricamente y como reto descarado a los Beatles de la primera época, la desconfianza inicial queda desplazada por el reconocimiento del trabajo bien hecho. Temples también pueden recordar a The Coral, aunque estos saben (¿o sabían? ¿se han separado definitivamente?) trazar más puentes entre el pasado y el presente, y no forzar lo mimético. Pero ante espléndidas canciones como The Golden Throne (rebajada de psicodelia y con un estribillo casi eurovisivo), se aplacan los prejuicios.

Bien es verdad que Sun Structures va perdiendo un poco de fuelle, que es mejor la primera parte que la segunda, con algunos temas más anodinos, pero en esta también surgen cosas muy aprovechables como The Guesser.

Pues se verá como evolucina la cosa, si Temples es flor plastificada de un día, o una banda con sentido pleno en una era que parece definitivamente limitada al reciclaje de géneros clásicos que a la invención de otros nuevos. En directo mostrarán todas sus cartas en el Primavera Sound. ¿Será el concierto hype de la edición?

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