Diario Vasco
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Esperando a Elvis Costello en San Sebastián: crónica de su reciente concierto en Brighton
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Ricardo Aldarondo | 24-07-2013 | 06:15| 6

El jueves 25 de julio llega Elvis Costello a San Sebastián, para una actuación que se prevé memorable: en el gran escenario de la playa, con entrada libre, y con The Imposters. La gloria para cualquier amante del pop y el rock, y todos los grandes géneros aledaños que Costello domina como pocos. Costello está ya inmerso en su tarea veraniega, después de haber pasado por Glastonbury y Hyde Park: hacer unos cuantos festivales, varios de ellos con el Jazz en su título, además de actuaciones en salas como las de Madrid y Barcelona, en los que está tocando durante unas dos horas más de 25 canciones con un setlist que, como es habitual en él, cambia cada noche y a veces de forma radical. Pero que contiene paradas en muchos de los innumerables momentos gloriosos de su fastuosa y vastísima discografía, desde el primer disco, My Aim Is True, al último y con especial atención a obras maestras de los 80 como Imperial Bedroom o Blood and Chocolate.

Pero Costello dedicó todo el mes de junio a girar exclusivamente por Inglaterra, llevando su Spinning Wheel Tour, o gira de la ruleta en la que los espectadores y el azar determinan las canciones que el grupo interpretará (además de otras que ellos eligen porque les da la gana) y que ya recuperó el año pasado, como Mon Oncle contó aquí. Pudimos ver este show en Brighton. Lo del Jazzaldia será distinto: la ruleta quedó guardada al final de esa gira por Inglaterra, porque el espectáculo requiere una interacción total con los espectadores, algunos de ellos suben al escenario y eso en festivales es más bien imposible. Además, el papel de showman que hace Costello, sus constantes ironías y bromas con el público, requieren un conocimiento del inglés considerable, por lo que no es factible fuera del área donde el público domina mayoritariamente su lengua, como es el caso de España. Y la no presencia de la ruleta tiene sus ventajas: algunos consideran que el show rebaja la intensidad musical del conjunto, con los intermedios de participación del público, aunque la tensión musical y emocional está garantizada en cuanto Costello y The Imposters retoman su torrente de canciones.

Casi tres horas sin parar, con 35 canciones, nos ofreció en el show de Brighton. Entiendo que ya suena a letanía de fan enloquecido, pero el nivel de engrase y excitación y sorpresa y variedad musical que logra el cuarteto me parece difícilmente igualable en el rock en directo de hoy. El concierto era en el feucho Brighton Centre, híbrido de pabellón deportivo y auditorio, con sus 4.500 localidades prácticamente llenas, y una audiencia sentada, aunque ya con el primer tema, el arrollador I Can’t Stand Up For Falling Down, Costello empujó al público a ponerse en pie y expresar su entusiasmo. Lo que provocó una curiosa alternancia entre una audiencia seated en los temas tranquilos, y standing en los cañeros. Una audiencia en general conocedora de los mil recovecos de su repertorio (excepto la señora ebria que yo tenía delante acompañada de un auténtico shreck) y lógicamente entusiasmada con el excitante comienzo, a base de unir en tromba joyas primerizas como High Fidelity, Mistery Dance y Radio, Radio.

En la ruleta que los espectadores hacen girar no sólo pueden salir títulos de canciones, también etiquetas con truco. Y así ocurrió cuando salió ‘Joanna‘, que no es un título costelliano, sino una broma-prueba: como ‘joanna’ y ‘piano’, se parecen al pronunciarlas en inglés, según Costello, el teclista Steve Nieve tiene derecho a elegir el repertorio, en base al piano. Y Nieve estuvo generoso con las chicas que al subir al escenario habían dicho que deseaban que la canción que el azar designara fuera She.


Tras despedir a las chicas que escucharon desde el mueble-bar copa en mano (al ser una balada no hubo ocasión de que subieran a bailar a la jaula de go-go’s, como invitaron a hacer a otros espectadores), los Imposters se lanzaron con otra traca inmensa: Oliver’s Army, Beyond Belief (qué gran y compleja canción de pop sinuoso la que abría Imperial Bedroom), You Belong To Me y (I don’t want to go to) Chelsea, que nos lleva a resaltar lo excelente guitarrista que es Elvis Costello, faceta que suele quedar en muy segundo plano ante su voz y su extraordinaria capacidad compositiva.

La siguiente tirada de ruleta dio otra etiqueta juguetona: ‘I Can See a Rainbow‘, o sea ‘Puedo cantar un arcoiris’. Y eso hizo Costello, jugar con el colorido de los títulos y cantar seguidas Green Shirt, Blue Chair y Red Shoes, cada una con su correspondiente tono dominando el escenario. He aquí:

Difícilmente alguien puede hacer tantos, y tan ingeniosos juegos con su inmenso repertorio (más el ajeno), quizás solo Bruce Springsteen. No se entiende cómo montan el setlist en estos conciertos de la ruleta: la enorme rueda contiene algunas canciones que el azar no elige, y sin embargo The Imposters las tocan en otro momento del concierto, sin que apenas se vean indicaciones de Costello a los músicos, que acometen una canción tras otra sin apenas pausa y como si fuera un setlist predeterminado y engrasado concierto a concierto, cuando es único cada noche. The Imposters deben saberse y tener a punto bastante más de un centenar de canciones, para empezar, y el propio Costello asombra al memorizar sin vacilaciones las complejas letras de todas ellas, producto de más de 35 años como compositor infatigable.

Y además con continuas sorpresas, porque a la elección de una canción insospechada como Slow Down de su álbum Trust, entre éxitos como Shipbuilding (primer antithatcherismo de la noche) o la determinación de tocar (por primera vez en su vida según indican las estadísticas) una de las canciones que The Beatles incluyeron en su primer Lp, Anna, se producen en algunas ciudades apariciones como la de Brighton: Chris Difford, uno de los dos cabecillas del magnífico grupo de pop Squeeze, que Costello produjo en sus comienzos, salió al escenario para cantar Take Me, I’m Yours, uno de los primeros éxitos del grupo (y aquí uno tuvo en el pensamiento un ‘wish you were here’ para el amigo Poulidor77).

Y a continuación Costello atacó Watching the Detectives con toda su intensidad, recorrió toda la zona central del público sin dejar de cantar, ‘secuestró’ a dos mujeres y las sentó en el bar antes de invitarles a jugar a la ruleta, y terminó la canción.

Del pop veraniego de This Side of Summer al country de Good Year For the Roses, un intermedio de music hall en solitario con Slow Drag To Josephine y la dramática Jimmie Standing in the Rain, hasta terminar con Suit of Lights y el Tramp the Dirt Down contra Margaret Thatcher.

El bis de cinco canciones comenzó con la primeriza Miracle Man y el personal bailoteando a pie de escenario y se coronó con las eternas Pump It Up y (What’s So Funny About) Peace, Love and Understanding, en excitación colectiva.

Ya se despedían. Con saludo teatral, los cuatro abrazados y todo lo que indica que de verdad se acabó. Cuando ya se retiraban, Costello, eterna sonrisa de pilluelo en el rostro, hizo el gesto: “¿Queréis una más?”. El bramido esperado entre el respetable, y los clamores de rigor: unos pedían Alison, otros God’s Comic, otro se desgañitaba implorando Accidents Will Happen. Y Costello tocó las tres, una tras otra. Un Alison de piel de gallina despreciando el micrófono y arropado por el público; y un God’s Comic especialmente sentido. Aquí están:


El concierto del jueves en la playa de la Zurriola de San Sebastián será distinto, como todos, pero con las mismas esencias de este: el inagotable talento musical, escénico y creativo de Elvis Costello & the Imposters. Imperdible, en cualquier caso.

Mientras tanto, se daba a conocer ayer mismo la primera canción de otra de las colaboraciones multifacéticas de Elvis Costello: todo un álbum junto a The Roots, que se publicará el 17 de septiembre, y del que se adelanta este prometedor Walk Us Uptown que le acerca al territorio del hip-hop.

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Neil Young & Crazy Horse: la gran compañía eléctrica en Biarritz
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Ricardo Aldarondo | 21-07-2013 | 15:59| 20

(Los vídeos para ‘reconstruir’ el concierto son de distintos autores y disponibles en Youtube. Solo dos, probablemente los más lamentables, pertenecen a Mon Oncle)

Electricidad es una palabra que parece imprescindible para relatar el concierto de Neil Young & Crazy Horse en Biarrtiz, dentro del BIG Festival, el pasado jueves. No sólo porque Neil Young dedicó el concierto a su faceta más guitarrera, con la excepción de un intermedio acústico, sino porque cada vez se deja llevar más por el puro sonido creado por los pedales y amplificadores después de pulsar las cuerdas. Todo guitarrista ha usado el feedback y la distorsión, pero nadie consigue el genuino sonido de Neil Young, esa extraña mezcla de ruido y emoción. Es uno de los mejores guitarristas de la historia, sin ser ningún virtuoso, ni mucho menos, más bien hace gala de su primitivismo en la digitación: su virtud es el sonido. Y la pasión.

Empezar un concierto con Love and Only Love y Powderfinger es, para uno, un climax casi insuperable. Ni con 30 canciones nos daría para dar con el set ideal, pero esas dos estarían sin falta. Siempre he pensado que Love and Only Love era perfecta para comenzar un concierto, con esa sucesión de estrofa-estribillo y solo de guitarra, con ese bajo trotón; una canción que quieres que no acabe nunca, perfecta para dar al público de entrada una cabalgada en la pura esencia eléctrica y emocional de Neil Young & Crazy Horse. Y Powderfinger es tan tan bonita, que no se puede explicar. Otra canción inagotable.


Así que uno tenía la sensación de plenitud ya a los quince minutos de concierto. Todo lo que viniera después, bienvenido sería, caballo ganador. Y el resto fue espléndido también, aunque no de tanta concentración. Si algo se le puede achacar a este concierto de Neil Young es que la intensidad no es plena y constante, y que el repertorio es mejorable. Aclaremos: fueron dos horas apasionantes que pocos pueden ofrecer con esa personalidad, esa autenticidad y esa humildad en quién ha influído decisivamente en una generación tras otra, y además tan distintas como la del folk, la del country y la del grunge. Y, bueno, para qué seguir.

El caso es que, al igual que en sus últimos discos, Neil Young & Crazy Horse se lo toman como un grupo de amigos jóvenes en el garaje, tocando por el placer de tocar, haciéndose compañía. Y dejándose llevar. Eso es maravilloso por un lado, pero resta algo de intensidad al concierto. Y aunque uno adora los infinitos punteos de Neil Young, y podríamos estar electrizados por él horas, días, no es lo mismo la intensidad de un Cowgirl in the Sand, un Words, un Like a Hurricane, un Down By the River (no tocó ninguna de ellas), que los desarrollos más dispersos de Ramada Inn o Walk like a Giant, aunque fueron muy buenos momentos del concierto, con sus quince minutos cada una, y una ‘tormenta’ de feedback al final de la segunda durante varios minutos, acompañada por la dispersión de papeles por el escenario con ventiladores, y rayos y truenos en la pantalla.

Tras Pyschedelic Pill y Walk Like a Giant (llevábamos 45 minutos de concierto y solo cuatro canciones), llegó el descanso acústico, que empezó con Hole in the Sky, porque Neil Young que hace estrictamente lo que le da la gana y  demuestra que nunca ha vivido de rentas ni está dispuesto a complacer al público por la vía del greatest hits. Y se permite tocar canciones que aún no ha publicado, como la muy bonita y prometedora Hole in the Sky. Heart of Gold, fue el momento de ‘comunión’ que todo el público estaba esperando, y el autor de tan inmarchitable belleza la hizo muy suave y sentida, magnífica. A continuación, la discutible Blowing in the Wind. Porque si bien en el magno disco Weld, Young remozaba el clásico de Bob Dylan de forma eléctrica y como ‘suspendida’, en Biarritz la hizo igual que la versión original, aunque con su propia, inevitable personalidad. Bonito, pero uno no pudo evitar la sensación de que estábamos ‘perdiendo el tiempo’ (con todas las comillas del mundo, por supuesto) pudiendo tocar en su lugar las decenas de canciones que Neil Young tiene mejores que Blowing in the Wind (vale, le tengo un poco de manía a esa desgastadísima canción, muy emblemática pero que ni siquiera me parece de lo mejor de Dylan). Todo se solucionó con el regalazo de Human Highway, esa preciosidad de Comes a Time que no había tocado hasta ahora en esta gira y que, según las estadísticas youngianas, no acometía en directo desde un concierto de 2009.

Otro momento conmovedor, como solo sabe conseguir Neil Young con sus sencillos acordes de piano, su voz, y los coros de los Crazy Horse, fue Singer Without a Song, otra canción inédita.

Y volvieron a tronar los amplis con Ramada Inn, y ese silbido cíclico que conduce su largo desarrollo. Neil Young & Crazy Horse debe ser el único grupo al que le sobra tres cuartas partes de escenario. Haciendo gala de ese desprecio por las ‘obligaciones’ de los conciertos de estadio, y por los trucos y reglas para conseguir el supuesto ‘concierto perfecto’ e interactuar con el público, lo encaran todo a su modo: juntos como un auténtico grupo, mirándose y admirándose unos a otros. Los micros de Frank Sampedro (guitarra), Billy Talbot (bajo) y Neil Young están tan cerca entre sí como si estuvieran en un bar. Y en cuanto dejan de cantar se ponen en círculo alrededor del batería Ralph Molina, y gozan unos de otros. Tanto es así que uno siente envidia de Frank Sampedro, tocando sus acordes de fondo tranquilamente, mientras jalea a Neil Young y disfruta de los punteos del maestro como el mayor fan y a unos pocos palmos de su guitarra.

En el tramo final no cayeron Cortez the Killer, ni Cinnamon Girl, ni Everybody Knows This is Nowhere. De hecho, fue un concierto sin apenas material de los 70, de esa increíble colección de obras maestras que van de Everybody Knows This is Nowhere (1969) a Rust Never Sleeps (1979), aparte de las citadas Heart of Gold y Human Highway y la elegida para cerrar la noche. Se decantó por la punk-folk Sedan Delivery y otro rescate insospechado (aunque lo viene haciendo a menudo en esta gira), Surfer Joe and Moe The Sleaze, del tantas veces denostado pero que algunos siempre hemos defendido, el atrevido y retador Re-ac-tor (1981).  Aún así, no son de las mejores canciones de sus respectivos discos.


Y como traca final, un Rocking in the Free World celebradísimo por todo el público (que no estuvo en general demasiado efusivo, quizas producto de la alta media de edad, había pocos veinteañeros lamentablemente) con todo su carácter de himno que lleva implícito en su título y que se ha ganado con el tiempo y con todos los honores (aunque, ay, yo la he visto siempre como una canción un poco facilona y de cansino estribillo).

Entiéndanse los ‘peros’ que le he puesto al concierto en su justa medida: estamos hablando de que la velada no fue de 10, sino de 9. Que Neil Young es, con Elvis Costello, Nick Cave, Peter Hammill, Bruce Springsteen y pocos solistas más, de los que te garantizan un concierto siempre cercano al éxtasis, siempre distinto, siempre auténtico, siempre dándole todo el sentido a la experiencia live, y con un bagaje inmenso de canciones donde elegir. Como ellos, Neil Young puede hacer cualquier repertorio (y de hecho lo cambia todas las noches) y siempre estará bien, aunque no te toque el repertorio soñado.

Ver a Crazy Horse en tan buena forma y disposición, con su inigualable y auténtico sonido, y un Neil Young que sigue poseyendo la mayor rabia y la mayor delicadeza al mismo tiempo, bajo su sombrero negro que deja entrever sus pelajos de hippie irredento que ha aplastado todas las convenciones y reglas de las distintas tribus de la música, y continúa siendo ejemplo y estandarte a seguir, es un placer inagotable. Quizás no fue completo en el sentido de mostrar todas la diversidad de sus facetas, y en ese sentido me quedo con los conciertos que vimos en el Primavera Sound de Barcelona y al día siguiente en San Sebastián, en mayo de 2008. O con aquella mítica ‘primera vez’ en Bilbao en abril de 1987. Pero, insisto, estamos hablando de gradaciones del sobresaliente.

El regreso para el bis sí incidió en lo mítico: un recuerdo a sus inicios, con el Mr. Soul de Buffalo Springfield, y un Hey Hey My My que sólo con el característico feedback inicial ya nos produjo el escalofrío habitual de tan legendario y emocionante riff a los que lo esperábamos con los dedos cruzados. Colofón perfecto.

Muchos, arrastrados por la emoción de ver de nuevo (o por primera vez) al ídolo, tuvimos la actitud de asistir más a una actuación de Neil Young & Crazy Horse con teloneros, que a un festival. Actitud sin duda injusta para un cartel muy notable, que comenzó con John Berkhout (no llegamos a verles). Jonathan Wilson provocó algún nerviosismo entre los que iban entrando en el recinto y aún no veían el escenario: el mimetismo de su voz y sus canciones con las de Neil Young es a menudo tan fuerte que más de uno se asustó creyendo que la estrella ya estaba en el escenario, aunque faltaban tres horas para su aparición. Wilson tiene canciones muy bonitas y el espíritu hippie-setentero-Laurel-Canyon metido hasta la médula. Aunque a veces cuesta distinguir su personalidad entre tanta influencia, se disfrutan plenamente sus canciones así, en un atardecer de verano (aunque no había la increíble puesta de sol de postal californiana que se encontró cuando actuó en San Sebastián en el Jazzaldia y él mismo miraba asombrado). Gary Clark jr. tiene parecidas virtudes y handicaps: al principio de su actuación parecía que habíamos sustituido a Neil Young por Jimi Hendrix (luego el guitarrista de Crazy Horse llevaba una camiseta de Hendrix: se cerraba el círculo). Su blues-rock-soul tiene mucha garra y es todo un virtuoso a la guitarra, mejor cuando controla el volumen y la distorsión que cuando se acerca al hard-rock pero también fue una actuación muy disfrutable y pertinente.

El estadio, con buena parte de la hierba a la vista, y vallada (¿habría unos 8.000 espectadores en total) fue un cómodo escenario veraniego (a pesar de su extraño plástico para cubrir el césped), aunque algunas cuestiones de la organización eran francamente mejorables. Que a estas alturas no haya un programa con el orden y horario exacto de la salida de los grupos a escena, resulta insólito. Tampoco había indicaciones en la web de lugares para aparcar, ni señalización in situ del laberíntico recorrido hasta las puertas y ni siquiera se indicaba de ningún modo dónde estaban las dispersas taquillas ni la función de cada una de ellas (la de recogida de entradas de internet parecía un lugar secreto). Los WC, también escasos y en un solo punto. Y para colmo, nos tocó un bar en el que te servían la cerveza y la cocacola caliente. En el siguiente no había botellines de agua. A cambio, la comida parece que era muy rica y variada. La fiesta siguió al día siguiente con un programa muy distinto, comandado por Wu Tan Clang y hoy termina con George Clinton, de la familia Funkadelic, como máximo atractivo.

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Old Amica: flotando en el espacio del desamor
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Ricardo Aldarondo | 15-07-2013 | 11:24| 4

Un piano espacial da entrada al disco de Old Amica, un dúo sueco que es otra de esas pesquisas de lo invisible que practica el sello donostiarra Moonpalace Records, en busca siempre de la exquisitez entendida no como un estilo musical, sino como un ejercicio de distinción. Para no aburrir con lo de siempre, más que nada.

Con una guitarra acústica y una voz como del Neil Young más tirado, sin cambiar aún de canción, continúa un disco, The Burning Dot, que si bien se va reinventando continuamente, ya en su segunda pieza hace parada en un lo que podría ser un hit indie del año. Hablamos de una canción, A New Star, que tiene como en voz baja los atributos para triunfar de unos The XX, de unos Bon Iver, con el atractivo vocal de Fleet Foxes. Todo vaporoso y melancólico, misterioso, pero también directo, que te envuelve rápidamente.

Leamos: “The Burning Dot está inspirado por los sonidos de Tangerine Dream, la voz de Carl Sagan y la tormenta que se aproxima”, dicen sus autores, de los que solo sabemos que son suecos, que son dos, que viven lejos el uno del otro, y que en algún lugar del espacio que los separan encontraron estos sonidos planeadores, pero no tanto en el sentido de Tangerine Dream, como en el de las almas perdidas que, por desamor o por desaliento, flotan en busca de algo a lo que agarrarse.

No dicen los suecos nada de dúos vocales como Simon & Garfunkel ni siquiera de tríos como Crosby, Stills & Nash o America porque esa timidez que se adivina entre los brumosos sonidos en que envuelven sus armonías vocales no permite imaginarlos actuando en parques gigantes ni concitando euforias colectivas. Pero algo hay de ese legado sesentero (¿un poco hippy, un poco folk?) en la también ‘comercial’ Inflammable Night bajo las capas de reverberación y los mantos de electrónica casera entre los que se cuela, de nuevo, un piano de viejo caserón, en To Find It Gone. Su sonido parece enlazar con uno de los más celebrados discos de Moonpalace Records, el de Francis Alun Bell, Agustin, lo que nos hace pensar que el sello encuentra extrañas conexiones entre portugueses, suecos y americanos, bajo una envoltura propia, de personalidad cada vez más recia y desafiante (la del sello, queremos decir).

Y en medio de todo esto se cuela un instrumental con tres repetidos acordes de órgano, We Found Water. Y una especie de gospel cavernoso muy acogedor, Dunes. Y aún queda uno de las mejores paradas en lo melodioso, Under the Night Sky, preciosa canción con ruptura a lo Brian Wilson, seguida de otra delicia, Thin Blue Ribbon. Y así, siempre acechando lo inesperado, siempre sin sobresaltos, se va completando “una historia que gira alrededor del amor perdido, y el inevitable resultado de una vida con los ojos cerrados. Un viaje post-apocalíptico a través del espacio, lejos de nosotros mismos”. Bueno, palabras quizás algo grandilocuentes, o al menos más que su ajustada y delicada música.


En este disco se unen los dos EPs que solo en formato digital habían puesto en circulación Old Amica. Como siempre, la generosidad de Moonpalace Records permite a todos escuchar el disco entero en bandcamp. Pero esa exquisitez tienta a cualquier espíritu sensible a hacerse con una de las 100 únicas copias del CD, no fabricadas sino elaboradas artesanalmente entre cartones, sellos de caucho y ¡¿letraset?!

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Lúcidas travesuras de Robyn Hitchcock y Peter Buck
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Ricardo Aldarondo | 08-07-2013 | 01:23| 6

Hacía décadas que no había podido volver a ver en directo a Robyn Hitchcock para reverdecer y/o confirmar aquel excelente primer concierto suyo en la sala The End de Vitoria en 1987, cuando estaba en pleno apogeo de una serie de discos espléndidos junto a los Egyptians, entre ellos I Often Dream of Trains (1984), Fegmania (1985) y Element of Light (1986). Y tantos años después, el pasado 20 de junio en el Centro Cultural Intxaurrondo de San Sebastián, aparte del pelo ahora completamente blanco, todo seguía siendo entusiasmante, divertido, perspicaz, elegante y poético en el hombre de las camisas psicodélicas y el espíritu soñador y surrealista tocado por la mejor tradición del pop y el rock.

El gancho del doble concierto para algunos era la presencia de Peter Buck, en la primera parte acompañado por The Venus 3 y en la segunda ejerciendo de guitarrista de acompañamiento, casi en la sombra, de Robyn Hitchcock, junto a dos de los Venus 3. Lo de Buck y colegas fue divertido y macarra (nada que ver con R.E.M., desde luego) pero tan convencional como lo que te puedas encontrar un noche de sábado en un buen bar británico. Salieron con furia y ganas de juerga y se entregaron a un rock&roll gamberro, con odas a la bebida mexicana Vaso Loco, canciones sobre monos, y este punkoide Outta This House. Puro entretenimiento para una estrella jugando al anonimato on the road (a destacar el conjunto imposible de formas y colores entre su camisa y su guitarra).

Robyn Hitchcock salió solo con guitarra acústica para ir entrando en calor y como evocando su faceta más barretiana, empezó con Cynthia Mask así como The Devil’s Coachman y Swirling, de su álbum Queen Elvis.

Ya con banda atacó la juguetona letra de What You Is, y siguió con el mismo disco Goodnight Oslo, y la canción que le da título. Rescató de nuevo a The Soft Boys con Queen of Eyes y fue inmediata la conexión con un público al que intentaba hablar continuamente en un castellano disparatado y desternillante y preguntaba (de tú a tú a los de la primera fila) la traducción de algunas palabras al euskera, hasta el punto de que, ya con banda (el bajista y el batería de Venus 3 más Peter Buck), entonaba con convicción un ‘maite zaitut’ al comienzo de I Love You. Fue esa una de las pocas canciones que ofreció de su nuevo disco, Love From London, también la pegadiza y pop Be Still. En el continuo salto entre todas sus épocas, hubo también incursiones en su obra de los primeros 80, como Airscape y Somewhere Apart de Element of Light y City of Shame de su primer álbum en solitario, Black Snake Diamond Role.


Entre los más sentidos momentos, la muy bonita elegía N. Y. Doll, seguida de otra estupenda canción de Olé Tarantula, Aventure Rocket Ship, así como la canción que da título al álbum. También recurrió a otro de los temas más emblemáticos de su primera banda, The Soft Boys, con Kingdom of Love para terminar la primera parte antes de lanzarse a los bises.

Con una obra propia tan magna y extensa, sería de desear que explorara más en ella para la traca final, pero a Robyn Hitchcock, siempre juguetón e imprevisible, siempre cambiando el repertorio, le gusta ponerse en el lado del fan y hacer versiones. En el primer bis empezó de nuevo en solitario y acústico con Isis de Bob Dylan y luego salió el impulsivo guitarrista de Venus 3, junto a los demás y se pusieron en plan jam con All Night Long y Robyn Hitchcock dejando la guitarra en favor de una divertida gesticulación y unas apasionadas ráfagas de armónica.

Y en el segundo y breve bis acabó definitivamente con sus inicios, la primera canción del primer disco de The Soft Boys, Give It To the Soft Boys. Nos extrañó que al despedirse Robyn Hitchcock se colgara la guitarra acústica para desaparecer tras el telón. Cuando salíamos despreocupadamente de la sala, y ante un inesperado embotellamiento en el pequeño pasillo descubrimos por qué: al fondo del hall de entrada y bajo el murmullo, estaban Robyn Hitchcock y el batería Bill Rieflin cantando a pelo A Day in the Life de The Beatles, nada menos. Y no fue cosa de un minuto, siguieron con Waterloo Sunset de The Kinks y la compleja Arnold Layne de los Pink Floyd de Syd Barrett. Lúcido autor, entertainer total.

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Nueva canción de Arctic Monkeys (y bien buena)
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Ricardo Aldarondo | 19-06-2013 | 16:04| 0

La han estrenado esta misma mañana, con su correspondiente vídeo. Y me parece bien buena. Arctic Monkeys sigue estando en forma, sin encasillarse. Frente a los ritmos intrincados e hiperenérgicos de bajo y batería que les han caracterizado, aplican en este Do I Wanna Know la base más simple y machacona, casi mecánica, que van engalanando con la siempre cautivadora y versátil voz de Alex Turner, una melodía rica y cambiante, y un montón de detalles en crescendo. El vídeo también me ha gustado mucho, por la devoción que tiene uno por esa onda dibujada por la música que fue un invento deslumbrante hace tres décadas y pico, y por el imaginativo desarrollo que le aplican luego.

Parece que Arctic Monkeys  han iniciado sus últimos conciertos con esta canción, que estará en su próximo álbum. Ya apetece escucharlo.

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