Diario Vasco
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Desde Cannes (2): Un poco de más
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Ricardo Aldarondo | 20-05-2016 | 05:53| 0

En solo 24 horas hemos visto en Cannes tres películas en competición que rondan o superan las dos horas y media de metraje. El tiempo es relativo, y más en el cine, pues esa es su materia básica. Hay cortometrajes que se hacen largos al verlos, y en cambio las cinco horas y media de Carlos resultaban precipitadas. El cine sin gasto de película física promueve el metraje de balde. El problema, más que la duración, es que lo que se expresa en pantalla empiece a dar vueltas sobre sí mismo y surja en el espectador la temible pregunta mental, ‘¿cuando va a acabar esto.”.

Y así le sucede a uno con la muy alabada por la mayoría Toni Erdmann, que ya plantea suficientemente durante, pongamos, hora y media, su peculiar relación entre una hija ejecutiva y un padre bromista y alocado, entre un mundo frío y mecanizado y otro libre e impulsivo. Este filme alemán firmado por la directora y productora Maren Ade tiene momentos realmente divertidos, y una de sus secuencias más singulares está en la parte final (no así la más obvia del karaoke, que arrancó una ovación). Pero para entonces las reiteraciones han hecho mella en el personaje del padre, cuyas gracias acaban resultando cargantes. Aun así, muchos ya la quieren de Palma de Oro.

Algo parecido le ocurre a la película británica-estadounidense American Honey, road-movie con un extravagante grupo de jóvenes que recorren carreteras y estados vendiendo suscripciones a revistas, timando cuando puede, y en permanente fiesta. La directora Andrea Arnold tiene pericia para captar con una cámara en permanente movimiento la vitalidad juvenil, el descaro despreocupado y cierto impulso soñador alimentado por canciones que van del hip-hop al ‘Dream Baby Dream’ de Bruce Springsteen cantadas en comunidad en la furgoneta. Pero las etapas se van sumando sin que crezca una experiencia demasiado lineal y que se visualiza con mucha impostura ‘indie’ en detrimento del pretendido realismo.

En cambio el exceso de metraje de Mademoiselle de Park Chan-Wook viene de las revueltas de guion y los tres puntos de vista sobre un culebrón con maneras de thriller esteticista trufado de erotismo que resulta visualmente portentosa pero al servicio de una historia desmesurada que acumula un final tras otro. Demasiado hueco entre sus envoltorios.

La exageración, rayana en el disparate, está en la misma base de Ma Loute así que no molesta que se repita la fórmula a lo largo de su más ajustado metraje. Bruno Dumont continúa con el inesperado giro que dio en su miniserie ‘Le Petit Quinquin’, y sitúa en unos parajes costeros maravillosos, y a comienzos del siglo XX, su extravagante mezcla de una familia burguesa de veraneo, una pareja de policías más delirantes que los Hernández y Fernández de Tintín y…unos caníbales. Así, Dumont combina la comedia heredada de El Gordo y el Flaco y Benny Hill con su interés por la perversion del ser humano. Y la cosa, inesperadamente, funciona.

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Desde Cannes (1): Woody Allen, Cristi Puiu, Alain Giraudie, Ken Loach
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Ricardo Aldarondo | 23-05-2016 | 01:22| 0

CAFÉ SOCIETY de Woody Allen

Esta ambientada en Hollywood, en el de los años 30, pero Woody Allen se las arregla para situar una parte de ‘Café Society’ en Manhattan y autocitarse en la era digital con dos de sus escenarios clásicos, el puente desde Brooklyn con el ‘skyline’ al fondo y el otro puente, el del lago de Central Park. Son imágenes casi anecdóticas en el conjunto del filme pero significativas como símbolo de la pátina moderna para sus temas e iconos de siempre con la que él neoyorkino despliega una de sus filosofías sencillas y complejas a la vez (el amor ideal pero imposible, los sueños irrealizables o no), rindiendo tributo al esplendor de la meca del cine en los años 30. Exuberante en decorados y puesta en escena, más rica en producción y vigor narrativo que sus últimas películas, Café Society revela también el eterno arte de Woody Allen para sacar lo mejor de las estrellas, aquí Jesse Eisenberg, Kirsten Stewart y Steve Carell.

SIERANEVADA, De Cristi Puiu

El rumano Cristi Puiu regresa por la puerta grande después de haber crecido en la sección Un Certain Regard con La muerte del Sr. Lazarescu y ‘Aurora’. Su ‘Sieranevada’ (no hay errata, es con una erre) es una de las dos películas rumanas en competición y se construye con habilidad casi por entero entrelas estrecheces de un piso donde se reúne una amplia familia para conmemorar la muerte del padre. No todo es amor en esta como en tantas familias: surgen cosas ocultas del pasado, mientras la adolescente duerme su borrachera, el matrimonio maduro saca sus trapos sucios, y los hijos debaten la situación sociopolítica. Tanto como esos temas en clave tragicómica, interesa la forma en que la cámara es testigo invisible atisbando entre puertas. Son tres horas de metraje, pero la viveza de esas relaciones dan para mucho.

RESTER VERTICAL, de Alain Guiraudie

Si el director francés Alain Guiraudie sorprendió hace dos años con el thriller campestre gay (sí, insólita combinación) de ‘El desconocido del lago’ ahora mantiene esos elementos sin repetirse y haciendo que de nuevo la intriga resida en un guión que se atreve con lo inesperado y lo inédito. Sin ser tan compacta como la anterior, ‘Rester vertical’ entrecruza temas dispersos con ingenio y atrevimiento: el lobo como miedo del guionista ante el papel en blanco, la paternidad en un mundo en que las mujeres se ausentan, la vida en el campo, relaciones bisexuales e intergeneracionales… Todo con una gran capacidad de sugerencia y jugando al desconcierto, con irónica complicidad.

I, DANIEL BLAKE, de Ken Loach

Ken Loach cosechó insiste una vez más en su propósito: defender al ciudadano y a la clase trabajadora de la presión o el abandono institucional. En ‘I, Daniel Blake, que recuerda mucho a su película de hace dos décadas Mi nombre es Joe, y no solo por el juego del título, pone en primera persona a un obrero en paro tras un ataque al corazón, que trata de lograr un trabajo o una pensión, enredado en la burocracia de los servicios sociales. Dice que ha pagado sus impuestos y muy a gusto, pero ahora que necesita la ayuda del Estado nadie parece escucharle. La solidaridad entre los desfavorecidos es la única vía de humanidad en una sociedad fría y mecánica, viene a decir Loach, que una vez más sabe cómo conmover con los problemas de ciudadanos (casi) anónimos. También recurre a la manipulación más o menos facilonda de los sentimientos, y aunque todo resulte demasiado esquemático en ese mundo de buenos y malos, es imposible no ponerse de parte de sus denuncias. Lo convincente está en la credibilidad de los actores, más que en la singularidad de las imágenes.

 

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Versión original subvalorada
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Ricardo Aldarondo | 29-04-2016 | 14:58| 0

El hecho habrá pasado desapercibido, pero desde hace un par de semanas el cine Trueba de San Sebastián ya no ofrece exclusivamente películas en versión original subtitulada. También hay versión doblada, normalmente de la misma película. No parece grave si tenemos en cuenta que lo de la doble opción siempre es positivo y se da también en otros locales: el Príncipe está en plena experiencia piloto desde hace unas semanas y las sesiones del jueves a la noche son, en todas las salas, en versión original.

Sin embargo el Trueba renació (con su reforma de 2011) con vocación cinéfila y orientado al amante de la versión original. Ahí se programa el cine de autor que ha crecido en festivales, o las propuestas más especiales y minoritarias, pero también grandes producciones como Batman V Superman con sus voces íntegras.

Pero ese ‘nicho de cinéfilo’ parece estar cambiando en los últimos tiempos. Por un lado, el gran público no sale del doblaje: será por la costumbre de décadas, pero aunque la picaresca de internet haya desarrollado esforzados buscadores de subtítulos para insertarlos a la serie recién emitida en Estados Unidos, y mientras los anuncios de la tele incluyen frases en inglés o francés como si nada, a la mayor parte de la gente no le interesa escuchar las verdaderas voces de los actores extranjeros. Y esa especialidad de la V. O. pasa por momentos de desafección: está ocurriendo últimamente que en las sesiones estelares la V. O. no tiene tirón. En cambio, las proyecciones-evento funcionan estupendamente: hay llenazos para las sesiones únicas en que se programan óperas y ballets, y también se cuelga cada dos por tres el “no hay entradas” en la nueva modalidad de documentales sobre pintura que se está ofreciendo desde hace unos meses.

Puede que el cinéfilo estricto esté que no da abasto con tantas actividades culturales como hay últimamente, y algunas con el gancho de lo gratis. Habrá que ver en su día si el 2016 también ha mermado la asistencia a actividades culturales establecidas y con solera en la ciudad. Pero de momento el Trueba deja un poco a media asta la bandera de la versión original, en busca de nuevas combinaciones.

(Publicado en El Diario Vasco el 7 de abril)

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De Tindersticks a Sr. Chinarro, a cada cual mejor
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Ricardo Aldarondo | 18-04-2016 | 18:11| 7

Los astros se conjugaron para soltar lluvia y fastidiar el plan de ver a Tindersticks en el anfiteatro de Miramon (dentro de la programación Music Box de la capitalidad cultural), pero también para darnos una alegría y resolvernos a algunos el terrible dilema que teníamos y permitirnos ver el otro concierto en principio programado a la misma hora en el Dabadaba, el de Sr. Chinarro. Finalmente Tindersticks en Tabakalera, y a continuación y justo al lado Sr. Chinarro en el Dabadaba, fue un plan redondo que hubiera valido por toda una jornada en el mejor festival indie del mundo: fueron dos conciertos extraordinarios, cada uno en lo suyo, imposible designar al mejor.

Era la cuarta visita de Tindersticks a San Sebastián, aunque quizás pocos se acuerden de la primera, en 1999, en el Victoria Eugenia como las dos siguientes, y con lucido programa doble: Arab Strap ocuparon entonces la primera parte con un Aidan Moffat ejerciendo su pose de lazy man como nunca. Volvieron en 2009, y en 2012 dejaron incluso un legado: su disco Live in San Sebastian, con ocho de las canciones de aquel concierto en el que tuvieron el mismo telonero de este sábado, sensible constructor de capas sonoras con samples superpuestos, guitarra y percusión, acompañado de un saxo. El resultado era bonito, aunque quizás poco apropiado para un público que de pie hacía tiempo, más que nada, hasta que salieran los Tindersticks.

Había cierta prevención: la sala desnuda de Tabakalera donde finalmente fue el concierto hacía temer una mala acústica y un ambiente poco acogedor; y el hecho de que el concierto fuera gratuito parecía una invitación a los charlatanes a comerse a gritos a Stuart Staples. Y sin embargo, desde la salida a escena, precisamente con un tema de lo más tranquilo como Second Chance Man, el prodigio tuvo lugar y la voz de Staples y los delicadísimos y austeros arreglos de la banda crearon su manto atmosférico que hace que todo quede en suspenso, y solo quepan las emociones reposadas que arrastran las canciones. Y el sonido fue cálido y cristalino.

Acudieron cada dos por tres al nuevo y notable álbum, The Waiting Room (la canción que le da título, sólo con órgano eclesiástico fue uno de los momentos de levitar) pero también al anterior The Something Rain (Medicine fue otro de los más emocionantes momentos), e intercalando alguna pieza primeriza, como  Sleepy Song y She’s Gone. El repertorio era casi calcado al de Barcelona y otros conciertos anteriores, y sin embargo no había nada de mecánico ni prefigurado en una interpretación absolutamente entregada y apasionada por parte de los cinco músicos. Y cuando acometieron una canción ajena, una de las más bellas y conmovedoras jamas compuestas, Johnny Guitar, alcanzaron las cotas de lo sublime. He aquí:

En la segunda parte fue creciendo la intensidad y We Are Dreamers! y Show Me Everything fueron demostraciones de fuerza ensoñadora sin abandonar la delicadeza. Se despidieron antes del bis con recogimiento, en A Night So Still, con esa precioso arpegio de guitarra en bucle de Neil Fraser que podría durar toda la noche. El bis con Sometimes it Hurts y My Oblivion coronaron un concierto impecable, en el mejor sonido de la palabra, y emocionante por doquier. Que vuelvan cuando quieran.

Con su gracejo serio habitual, el alma mater de Sr. Chinarro, Antonio Luque, nos recibió en el Dabadaba con complicidad: “¿Qué tal han estado los Tindersticks? ¿Han tocado muchas del primero?” para a continuación aclarar: “Nosotros no vamos a tocar ninguna del primero”. Del primero no, pero de la segunda parte de la prolífica carrera de Sr. Chinarro soltaron veintipico canciones, muy bien seleccionadas.

Y desde el primer momento quedó claro que íbamos a ver la mejor versión de Sr. Chinarro probablemente de toda su historia. Acompañado por tres jovenzuelos que eran una maquina fabulosa de contundencia y sutileza (el líder nos contó luego que solo llevan seis conciertos juntos, increíble), Antonio Luque se crecía y se enseñoreaba con esas gloriosas letras que siguen plenas de inspiración y gracia (sin chiste) y originalidad, y que se entendían perfectamente en el potentísimo pero claro sonido que consiguieron los del Dabadaba (nada que ver con el de estos vídeos que solo incluimos como souvenir). Antonio se mecía también en el entusiasmo que generaba cada canción en el público que llenaba la sala, y fue hora y cuarta larga sin descanso ni desperdicio, cada canción mejor que la anterior, dando cuenta de un repertorio que aparecía así mucho más variado de lo que el tópico sobre Sr. Chinarro hace creer.

De Efectos especiales a El lejano Oeste, Del montón, Droguerías y farmacias, Babieca, Todo acerca del cariño… un monton de canciones que sonaban más vibrantes que nunca con los elaborados dibujos de guitarra, y una sabia mezcla de contundencia y refinamiento en la base rítmica.

Una llamada a la acción fue el comienzo del abandono, sin ningún signo de agotamiento. El regreso nos brindó una arrebatadora versión de El progreso, y “como los del Dabadaba nos han invitado a chuletón”, nos regalaron aún una más que no estaba prevista: si María de las Nieves es una de las más emocionantes composiciones de Antonio Luque, la versión que hicieron fue de 10. Gran colofón para un concierto del que todo el mundo salía entusiasmado. Y para una noche memorable.

 

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‘Psicosis’ en plan folk o las per-versiones de Bill Frisell
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Ricardo Aldarondo | 05-04-2016 | 18:19| 0

Sinuoso, flotante, como de country espacial, el sonido de la guitarra de Bill Frisell puede envolver y transformar casi cualquier cosa dando brillo nuevo a lo más barrido. Este Don Limpio soñador pero con nervio sigue siendo de lo más gratificante y sorprendente que aflora por los territorios del jazz (por decir algo), con periodicidad constante. Su ya larga obra, tres decenas y media de discos propios y un centenar largo de colaboraciones, es espléndida, siempre distinguida.

Su último quiebro lleva un título bastante manido, When You Wish Upon A Star, y contiene una propuesta aparentemente tan poco original como tomar algunos temas de películas y reproducirlas a su modo. Pero todo convencionalismo acaba ahí. Era de esperar, por otro lado, sabiendo cómo se las gasta Bill Frisell quien, sin recurrir a la facilona táctica de ponerlo todo patas arriba, consigue que el concepto de ‘versionear’, tan cansino en los últimos tiempos, vuelva a ser excitante y hasta deslumbrante.

Tómese Psicosis, por ejemplo, la archiconocida creación de Bernard Herrmann, que aparece aquí en dos temas. Si parecía imposible imaginarla de otro modo que con la tensión casi histérica de las cuerdas originales, Bill Frisell y su quinteto la reubican en una especie de folk levemente balcánico sin estropear nada del original y consiguiendo una nueva perspectiva para esa música imperecedera. La toma y reconquista de El padrino es otra revelación.

En compañía de músicos también extraordinarios como Eyvind Kang a la viola (otro de los habituales en la órbita de John Zorn, pero ya con mucha vida propia) o la cantante Petra Haden (una de las hijas de Charlie Haden, con la que Frisell ya hizo un disco a dúo), en When You Wish Upon a Star aparecen también canciones de origen cinematográficao tan versioneadas como esa de Pinocho que da título al álbum, Moonriver o la maravillosa The Shadows of Your Smile que figuraba en los títulos de crédito de una película a reivindicar, Castillos en la arena, de Vincente Minelli. Pero todas ellas, sobre todo la última, suenan tan nuevas como necesarias.

Para completar, Bill Frisell rescata con imaginación la sintonía de la serie de televisión Bonanza y su propia composición para el corto Tales From the Far Side. Un gozo de principio a fin.

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