Diario Vasco
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El lado bueno de Bob Dylan
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Ricardo Aldarondo | 24-01-2013 | 20:13| 7

Nada, que no nos vamos a meter con Bob Dylan, es solo que, si la semana pasada Django desencadenado nos devolvía las magistrales canciones de Jim Croce, hoy viendo El lado bueno de las cosas ha surgido entre las diversas canciones de la película Girl From the North Country, de Bob Dylan. Se trata de la canción que abría su disco de 1969 Nashville Skyline, una de las más emotivas de su gigantesca carrera. Y que no sólo sorprende por estar cantada a medias con Johnny Cash: es que el que no es Johnny Cash tampoco parece Bob Dylan.

El bardo de voz nasal, apegado hasta entonces a las letanías de tono agudo y reinvindicativo, parecía transformado en este disco cantado de forma más suave y grave, lo que da la oportunidad a quienes tienen especial manía a su forma habitual de cantar (que los hay), de disfrutar del Dylan más country y melódico como nunca hubieran pensado. Un disco breve (27 minutos) y sencillo que también contiene otras bellas y legendarias canciones: Lay Lady Lay y I Threw It All Away, entre ellas…

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Nuevo videoclip de Richard Hawley
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Ricardo Aldarondo | 23-01-2013 | 01:17| 5

Es curioso lo que está ocurriendo con Richard Hawley: su disco de 2012, Standing at the Sky’s Edge, ha aparecido entre los mejores del año en la mayor parte de las revistas, a pesar, o quizás precisamente por eso, de que se trata de una voluntaria salida de tono. Nos referimos no a que el disco se flojo o inadecuado, sino a que incluye en buena parte de él un abrazo a una psicodélia eléctrica algo desmadrada que no le conocíamos hasta ahora en sus controlados y exquisitos discos. De hecho, el propio Hawley explicaba, allá por mayo, que este álbum reflejaba una época de mucho salir y mucho desmadrarse incluso con algún psicotrópico, y que al volver a asentarse como padre de familia que es, entre otras cosas, había querido reflejar esas tormentas físicas y espirituales en el disco.

Richard Hawley está entre los mejores songwriters de esta era, esa categoría que vale para muchas variantes estilísticas, pero que nos remite a los grandes, a los más sólidos cantantes y compositores que parecen trabajar más allá de clasicismos y modernidades. Poco a poco, a lo largo de diez años y media docena de elepés (con algunos extraordinarios singles y EPs), y sobre todo a partir del estupendo Coles Corner (2005), Hawley se ha ido sumando al olimpo de los más grandes y atemporales, con esa forma que tiene de aunar un espectro tan amplio como el que va de los crooners de los años 50 (Roy Orbison es el modelo) y las bases del rock alternativo (Velvet Underground, claro) al pop más elegante y adulto o las atmósferas sensuales propias del soul lento. Es decir, esa sabiduría completa acerca de lo que supone la música popular anglosajona en todo su esplendor sin recurrir a mimetismos. Un ideario que puede compartir con Chris Isaak, Elvis Costello o Paul Weller, por ejemplo. Ese tipo de grandeza.

Como quiera que hay quien me reñido muy severamente por no haberle advertido antes de la existencia de Richard Hawley y su gran altura compositiva, vocal y guitarrera, y por si alguien más quiere sumarse al club de fans, dejo aquí el vídeo que acompaña a la publicación de su nuevo single, Don’t Stare At the Sun, que representa la cara más tranquila de un álbum que en algunos momentos se zambulle en un fragor eléctrico apabullante. A mí me gusta este disco algo menos que sus discos anteriores, que los veo más sólidos y coherentes, sobre todo Lady’s Bridge (2007) y el muy calmado, casi depre, Truelove’s Gutter (2009). Pero se ve que estoy equivocado porque es ahora cuando hay más unanimidad en el reconocimiento a Hawley. De cualquier manera, son pequeños matices de gusto, está claro que Hawley es distinguido, convincente, admirable y reconfortante en todo lo que toca.

Para los que además de ser sus seguidores, tenemos querencia como él por la estética y la ética de algunos objetos del pasado, y especialmente lo relativo a los discos, Hawley ha editado los cuatro singles extraídos de su último Lp en formato de 10″, con portadas que imitan las ediciones con funda de papel de los discos de gramófono. Una edición muy limitada, claro y con una canción inédita o versión alternativa en cada cara B.

Y aporto otro de los singles previos, para comprobar esa otra vertiente más eléctrica y psicodélica…

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Los nuevos ‘Diarios’ de Rafael Berrio: la alegría de la melancolía
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Ricardo Aldarondo | 05-02-2013 | 15:17| 16

La portada no deja lugar a dudas: Diarios, el nuevo disco que Rafael Berrio presentará oficialmente el próximo martes 29 en Madrid, forma un díptico perfecto con el anterior, 1971. Diarios de los últimos dos años, quizás, cuaderno atemporal con todas las intimidades propias del cantautor que, según escribió Sabino Méndez el otro día, es un cruce entre Paco Ibañez y Velvet Underground. Yo añadiría a Carlos Gardel: no hay nada de tango en estos diarios, pero el aliento trágico y la grandeza (“bigger than life”, que diría Nicholas Ray) de las letras, ese vocabulario exquisito, inesperado y certero, parecen heredar de algún modo el espíritu de quien cantó de forma tan sobrecogedora Por una cabeza. El carrusel de la vida, ese carrusel que parece evocar el inicio de Las pequeñas cosas, burla desafiante de la filosofía del conformismo y la felicidad new age, que es uno de los mejores momentos de un disco en el que Rafael Berrio se muestra más desarropado que nunca, en un sentido, y lo más engalanado posible, en otro.

Solo acompañado por piano y orquesta (o su simulacro), gozando de emerger en la ampulosidad de unos arreglos valientes y esplendorosos de Joserra Senperena, que vuelven a estar entre la chanson francesa y el toque eurovisivo (de los buenos tiempos) del llorado Juan Carlos Calderón, aunque aún con más ambición y pompa que en 1971. Eso cuando hace falta, porque en otros momentos, como la oda al vino, muy leonardcohen, de Saturno, esos arreglos se vuelven comedidos y taciturnos. Esa canción, como otras, las habíamos escuchado, con la hondura un poco irónica de cada una de sus palabras, sobre las sencillez de las seis cuerdas de la guitarra, bien eléctrica, bien española, en los esporádicos conciertos de Berrio en estos dos años desde la publicación de ese 1971 que le ha procurado nuevos y arrebatados fans, algunos ilustres, como los hermanos Trueba, en cuya librería La Buena Vida se va a presentar el disco el martes de la próxima semana.

Foto: Juan G. Andrés (Foteropanico)

En esa librería se ha filmado también el nuevo vídeo, que se estrenará en breve, consagrado a una de las canciones más bellas de Rafael Berrio, la que abre el disco, con su contradictorio enunciado: …”la alegría de vivir / la que vas perdiendo tú…”. El disco se abre con esos arpegios de romanticismo clásico, ese aliento trágico que sigue escondiendo un cierto humor, o más bien un trasfondo de resignación irónica ante las angustias vitales que interpreta Berrio como el gran personaje existencialista que es. El comienzo de En las lindes del fin es otro momento conmovedor, como el resto de la canción, de estos Diarios de confesión y clamor, permanente declaración de intenciones y valores personales (La virtud de la desgana) que abundan en emociones: con el piano y la cuerda, el homenaje a los Santos mártires yonquis se convierte en una elegía preciosa y dolorosa, tanto como la María Inmaculada que cierra el disco, a no olvidar.

Rafael Berrio se consolida como un cantautor insólito, que aspira literaria y emocionalmente a lo sublime, que repudia las medias tintas de unos tiempos que buscan paños calientes. Altura artística de quien declama con claridad y melodía cálida y cadenciosa su visión de la vida con la sabiduría de los clásicos y una mirada desafiante y firme, al frente. Si bien en las diferentes etapas de su larga en el tiempo, aunque de obra esporádica y escogida, trayectoria puede haber adoptado los ropajes de los ídolos (Lou Reed, Bob Dylan, Leonard Cohen), el apellido que aflora ya por encima de cualquier otro es Berrio, puro Berrio, y más prolífico que nunca, además. Que siga así.

Hace 40 años Rafael Berrio podría estar apareciendo en televisión, cuando las grandes canciones dramáticas encadilaban y reconfortaban a grandes audiencias, entre decorados austeros de cartón piedra pero con sentimientos muy reales y universales. Ahora, soñar por soñar, nos imaginamos a Rafael Berrio en el centro de un escenario señorial, un viejo teatro, con toda una orquesta sinfónica detrás, y Joserra Senperena al piano. Si fuera posible…

Adenda: actuación en la librería Kaxilda de San Sebastián. El 4 de febrero Berrio presentó su disco en San Sebastián, en entorno literario, como en Madrid. Acudieron músicos ilustres y amigos distinguidos como Loquillo, Mikel Erentxun, Joserra Senperena y José Luis Lanzagorta. Berrio interpretó algunas de las canciones del disco en versión desnuda, solo acompañado por su guitarra y el contrabajo de Fernando Neira. Añado abajo los vídeos, otra producción Mon Oncle, de tres de las canciones que ofrecieron, Saturno, Santos mártires yonquis y Mi reputación. También hicieron, para empezar, La alegría de vivir.

Aquí se puede escuchar el álbum completo y ver el nuevo videoclip:




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Paul Weller, grande en formato pequeño
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Ricardo Aldarondo | 19-01-2013 | 02:31| 6

Ha publicado Paul Weller un EP con seis canciones, solo en vinilo, con el título de Dragonfly. Contiene un par de canciones extraídas de su último elepé, Sonic Kicks, más otras que solo habían salido como bonus tracks de la edición especial en forma de libro, y en otro EP solo publicado en formato digital. Todo ello engalanado con una preciosa portada de Peter Blake, el autor de la legendaria imagen del Sgt. Peppers de los Beatles, que luce esplendorosa en todos sus detalles en las 12 x 12 pulgadas.

Y resulta que esta colección de descartes o temas marginales, así secuenciada, me ha parecido más redonda y estimulante que los dos últimos últimos discos de larga duración de Paul Weller, que si bien contienen buenos momentos, me parecen más retazos de ideas brillantes que contenedores de canciones de peso.

En este Dragonfly EP todas las canciones me parecen estupendas, en una línea quizás más intimista y reflexiva pero también con algunas de  las patadas eléctricas de Wake Up the Nation y Sonik Kicks. Con algo de psicodelia e incursiones de los maravillosos sonidos del mellotron, Weller ofrece algunas de sus mejores canciones recientes, sobre todo Lay Down Your Weary Burden y Portal To The Past que aquí se pueden escuchar.

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Jim Croce desencadenado
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Ricardo Aldarondo | 17-01-2013 | 20:51| 6

En uno de los muchos momentos llamativos de Django desencadenado, Quentin Tarantino mete una canción de Jim Croce, titulada I Got a Name. Con su bien conocido eclecticismo en los gustos y perspicacia para insertar canciones clásicas, pero no tópicas, en las imágenes, Tarantino crea un valioso momento de transición que, otro atractivo, lleva a los protagonistas y sus caballos por territorio nevado, algo siempre especialmente bello en un western. En este caso, además, evocador de Centauros del desierto  de John Ford (también esta forma parte de una larga travesía de dos hombres en pos de una mujer cautiva), en una de tantas referencias al cine de otros que como siempre incluye Tarantino.

Pero es la elección de Jim Croce lo que me ha gustado especialmente, porque esa maravillosa canción titulada I Got A Name quedaría bien prácticamente en cualquier secuencia, pero encaja perfectamente en ese camino hacia el invierno, y por lo que tiene de reivindicación de un gran talento prematuramente perdido (murió a los 30 años en un accidente aéreo, en 1973).

No se puede decir que Jim Croce haya sido olvidado, aunque nunca ha sido un nombre de amplia popularidad. Las canciones más sobresalientes de sus tres únicos elepés (aparte de lo que grabó previamente junto a su mujer Ingrid) tuvieron éxito en las radios americanas de los primeros años 70 y en estas décadas se han editado periódicamente recopilatorios, también los discos originales, absolutamente recomendables. Pero murió cuando empezaba a acariciar de verdad el éxito.

También han sido utilizadas sus canciones en anuncios y películas. De hecho, la primera vez que escuché a Jim Croce fue en un telefilme, siendo adolescente, a mediados de los año 70. Me quedé viendo en la tele una conmovedora tvmovie, con un argumento parecido al de Love Story, pero muy convincentemente realizado. En un momento especialmente emotivo, sonó una canción preciosa. Conseguí averiguar que el telefilme se titulaba ¡Vive! (She Lives) (1973), dirigido por Stuart Hagmann. Hay que recordar que en esos años, el Teleprograma o similiares eran la única fuente de información de las películas y series de la tele. Y ahí no ponía de quién era la canción, claro. Me costó meses averiguar el título y el intérprete, y todo gracias a un lector que lo preguntaba en la sección de cartas de una revista, y le contestaron con la solución. Se ve que el telefilme y la canción habían dejado huella en más de uno… Aquí está aquel Time in a Bottle, que al cabo de varios años pude volver a escuchar, al conseguir un elepé recopilatorio, una de esas ediciones baratas y feas de K-Tel, pero que cumplió muy bien su función: confirmar lo emocionante que era Jim Croce en cada una de sus canciones.

Pero no puedo dejar de citar también mi otra canción favorita de Jim Croce que como I Got a Name, combina la melancolía de la interpretación, los excelentes arreglos, y una melodía tan emocionante como la letra, que narra la desesperación de un hombre que pide a la operadora que le busque el número de la mujer cuyo amor añora. Se titula Operator (That’s Not The Way It Feels).

Así eran las canciones de Jim Croce, uno de los grandes cantautores americanos de los 70, elegancia y autenticidad a raudales. O como lo definió mi amigo José Manuel Caturla, “un tipo que transpiraba bondad y sentido del humor, un hombre con aspecto de bruto, pero con una mirada serena e inteligente”. Es triste pensar en las grandes obras que no pudo llegar a componer, pero hay un puñado de canciones extraordinarias que podemos disfrutar: It Doesn’t Have To Be That Way, These Dreams, A Long Time Ago, New York Is Not My Name, entre otras muchas. Otra de las mejores es Photographs and Memories, la perfección en dos minutos y siete segundos.

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