Diario Vasco
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Paul Weller, grande en formato pequeño
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Ricardo Aldarondo | 19-01-2013 | 02:31| 6

Ha publicado Paul Weller un EP con seis canciones, solo en vinilo, con el título de Dragonfly. Contiene un par de canciones extraídas de su último elepé, Sonic Kicks, más otras que solo habían salido como bonus tracks de la edición especial en forma de libro, y en otro EP solo publicado en formato digital. Todo ello engalanado con una preciosa portada de Peter Blake, el autor de la legendaria imagen del Sgt. Peppers de los Beatles, que luce esplendorosa en todos sus detalles en las 12 x 12 pulgadas.

Y resulta que esta colección de descartes o temas marginales, así secuenciada, me ha parecido más redonda y estimulante que los dos últimos últimos discos de larga duración de Paul Weller, que si bien contienen buenos momentos, me parecen más retazos de ideas brillantes que contenedores de canciones de peso.

En este Dragonfly EP todas las canciones me parecen estupendas, en una línea quizás más intimista y reflexiva pero también con algunas de  las patadas eléctricas de Wake Up the Nation y Sonik Kicks. Con algo de psicodelia e incursiones de los maravillosos sonidos del mellotron, Weller ofrece algunas de sus mejores canciones recientes, sobre todo Lay Down Your Weary Burden y Portal To The Past que aquí se pueden escuchar.

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Jim Croce desencadenado
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Ricardo Aldarondo | 17-01-2013 | 20:51| 6

En uno de los muchos momentos llamativos de Django desencadenado, Quentin Tarantino mete una canción de Jim Croce, titulada I Got a Name. Con su bien conocido eclecticismo en los gustos y perspicacia para insertar canciones clásicas, pero no tópicas, en las imágenes, Tarantino crea un valioso momento de transición que, otro atractivo, lleva a los protagonistas y sus caballos por territorio nevado, algo siempre especialmente bello en un western. En este caso, además, evocador de Centauros del desierto  de John Ford (también esta forma parte de una larga travesía de dos hombres en pos de una mujer cautiva), en una de tantas referencias al cine de otros que como siempre incluye Tarantino.

Pero es la elección de Jim Croce lo que me ha gustado especialmente, porque esa maravillosa canción titulada I Got A Name quedaría bien prácticamente en cualquier secuencia, pero encaja perfectamente en ese camino hacia el invierno, y por lo que tiene de reivindicación de un gran talento prematuramente perdido (murió a los 30 años en un accidente aéreo, en 1973).

No se puede decir que Jim Croce haya sido olvidado, aunque nunca ha sido un nombre de amplia popularidad. Las canciones más sobresalientes de sus tres únicos elepés (aparte de lo que grabó previamente junto a su mujer Ingrid) tuvieron éxito en las radios americanas de los primeros años 70 y en estas décadas se han editado periódicamente recopilatorios, también los discos originales, absolutamente recomendables. Pero murió cuando empezaba a acariciar de verdad el éxito.

También han sido utilizadas sus canciones en anuncios y películas. De hecho, la primera vez que escuché a Jim Croce fue en un telefilme, siendo adolescente, a mediados de los año 70. Me quedé viendo en la tele una conmovedora tvmovie, con un argumento parecido al de Love Story, pero muy convincentemente realizado. En un momento especialmente emotivo, sonó una canción preciosa. Conseguí averiguar que el telefilme se titulaba ¡Vive! (She Lives) (1973), dirigido por Stuart Hagmann. Hay que recordar que en esos años, el Teleprograma o similiares eran la única fuente de información de las películas y series de la tele. Y ahí no ponía de quién era la canción, claro. Me costó meses averiguar el título y el intérprete, y todo gracias a un lector que lo preguntaba en la sección de cartas de una revista, y le contestaron con la solución. Se ve que el telefilme y la canción habían dejado huella en más de uno… Aquí está aquel Time in a Bottle, que al cabo de varios años pude volver a escuchar, al conseguir un elepé recopilatorio, una de esas ediciones baratas y feas de K-Tel, pero que cumplió muy bien su función: confirmar lo emocionante que era Jim Croce en cada una de sus canciones.

Pero no puedo dejar de citar también mi otra canción favorita de Jim Croce que como I Got a Name, combina la melancolía de la interpretación, los excelentes arreglos, y una melodía tan emocionante como la letra, que narra la desesperación de un hombre que pide a la operadora que le busque el número de la mujer cuyo amor añora. Se titula Operator (That’s Not The Way It Feels).

Así eran las canciones de Jim Croce, uno de los grandes cantautores americanos de los 70, elegancia y autenticidad a raudales. O como lo definió mi amigo José Manuel Caturla, “un tipo que transpiraba bondad y sentido del humor, un hombre con aspecto de bruto, pero con una mirada serena e inteligente”. Es triste pensar en las grandes obras que no pudo llegar a componer, pero hay un puñado de canciones extraordinarias que podemos disfrutar: It Doesn’t Have To Be That Way, These Dreams, A Long Time Ago, New York Is Not My Name, entre otras muchas. Otra de las mejores es Photographs and Memories, la perfección en dos minutos y siete segundos.

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John Zorn en San Sebastián: único concierto en Europa con toda la troupe
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Ricardo Aldarondo | 16-01-2013 | 16:06| 6

¡Si es que están todos! Marc Ribot, Dave Douglas, Uri Caine, Kenny Wollensen, Joey Baron, Ikue Mori, Cyro Baptista, Greg Cohen, Mark Feldman, Erik Friedlander, Jamie Saft, Trevor Dunn…así de memoria solo echo de menos (aunque están a otras cosas) a Eyvind Kang y Bill Frissell entre las decenas de músicos que John Zorn ha hecho crecer mientras, todos juntos, se han convertido en lo más excitante y creativo del jazz (y más músicas) contemporáneo.

Ya se anunció al comienzo de la edición anterior del Jazzaldia de San Sebastián que en 2013 se iba a producir todo un acontecimiento para el veterano festival de jazz donostiarra: el desembarco de John Zorn con uno de sus escasos y selectos maratones, en los que el saxofonista hiperactivo muestra en directo un ramillete de los mil proyectos y bandas en que ha estado involucrado en las tres últimas décadas, ya sea como músico, compositor, productor, arreglista, impulsor o ‘padrino’ a través de sus sellos discográficos, principalmente Tzadik.

Ahora el Jazzaldia anuncia ya las formaciones que vendrán a San Sebastián y cómo será el megaconcierto. Y la cosa pinta verdaderamente asombrosa: no solo están casi todos los extraordinarios músicos que han ido creciendo a su vera, y buena parte de las mejores formaciones en las que ha militado, sino que el Marathon Masada de John Zorn será el único que se realizará en Europa en todo el 2013. En fin, un privilegio que nos deja con la boca abierta a todos los que, dentro de lo que se puede, hemos seguido al menos una parte, la más abarcable, de su inmensa trayectoria y la de muchos de los que le rodean.

El Marathon Masada se celebrará el 27 de julio en el Auditorio Kursaal de San Sebastián. La hora de comienzo será las 6 de la tarde y su duración estimada es entre 5 y 6 horas. Las entradas se pondrán a la venta, junto con las del resto del Festival, en marzo. El Marathon Masada consiste en la actuación de 12 grupos, todos ellos pertenecientes a la escudería de Tzadik.

Ya vimos a John Zorn en San Sebastián, el 17 de marzo de 1996, en un concierto en un pequeño concierto en el que estaríamos unas 200 personas, en la Casa de Cultura Lugaritz. Vino en formación de trio, con los artilugios electrónicos de Ikue Mori y la voz rugiente de Mike Patton, el cantante de Faith No More. Algunos fans de este grupo de rock se acercaron por verle a él, y se llevaron una buena sorpresa con las salvajadas free que sacó de su gargante. Fue una de las facetas más bien difíciles de Zorn, pero lo insólito de su propuesta y la potencia e imaginación de su forma de tocar el saxo (al que desde luego no le había sacado brillo con el trapo en años) resultó fascinante. La foto que incluyo de Jose Usoz pertenece a aquel concierto de 96.

Es imposible resumir ni en este ni en un espacio mucho mayor la obra de John Zorn. Cabría decir que lo ha tocado todo, y todo a la vez, y con personalidad arrolladora. Jazz en todas sus acepciones, del más free y salvaje al ‘smooth’, surf music, punk, pop, rock abrasivo, metal hiriente, electrónica, clásica contemporánea, bandas sonoras de todo pelaje, música con poesía recitada, adopciones de músicas del mundo, de la china a la latina y, especialmente judía: quizás su mayor obra son las diferentes formaciones creadas a partir de la palabra Masada, y los dos grandes ‘libros’ de composiciones que esas y otras bandas de su escudería han interpretado, “Masada Book, un esfuerzo monumental de 200 canciones aparecido en 1995; y The Book of Angels, 300 canciones elaboradas entre 2004 y 2005″, como indica el Festival de Jazz.

Para los que quieren empezar a indagar en la inabarcable obra de Zorn (en la imagen, solo una pequeña colección de sus diversas series de discos y agrupaciones), esa sería la primera y más accesible vía, especialmente la decena de discos de Masada, o alguno de los diversos conciertos que ha editado Tzadik. También la serie Filmworks, especialmente los primeros volúmenes de los 22 editados, que mezclan todo tipo de géneros en pequeñas píldoras más que efervescentes. Otra gozada: los homenajes en forma de discos indidvidualizados y con jugosas reuniones de músicos de la ‘troupe’, a Serge Gainsbourg, Burt Bacharach, Ennio Morricone y Marc Bolan o la recuperación de las bandas sonoras para dibujos animados de los años 40 y 50 del increíble Carl Stalling.

El grupo The Dreamers, que ha editado tres discos hasta ahora, es otra de las vías más accesibles al mundo de John Zorn, una delicia. Entre lo último que ha editado (cada mes salen tres o cuatro discos relacionados con él), un homenaje a Rimbaud, que cuenta con la voz del actor Matthieu Amalric entre las cuatro piezas de variado estilo. Pero teniendo en cuenta que la obra de John Zorn en sus diversas facetas, cuando aún no ha cumplido los 60 años, abarca bastante más de 1.000 discos, la tarea siempre resultará heróica. Solo estudiarse su entrada en la wikipedia es ya un master.

De momento, vayamos pensando en lo que puede suponer este Marathon Masada en el Jazzaldia, que contará con estas formaciones:

Masada Quartet

John Zorn (saxo alto), Dave Douglas (trompeta), Greg Cohen (bajo), Joey Baron (batería)

Sylvie Courvoisier / Mark Feldman Duo

Sylvie Courvoisier (piano), Mark Feldman (violín)

Banquet of the Spirits   

Cyro Baptista (percusión, voz), Shanir Ezra Blumenkranz (laúd, bajo, voz, gimbri), Tim Keiper (batería, percusión, kamel ngoni, voz),  Brian Marsella (piano, clavicordio, voz)

Mycale 

Ayelet Rose Gottlieb (voz), Sofia Rei Koutsovitis (voz), Basya Schecter (voz), Malika Zarra (voz)

Krakauer

David Krakauer (clarinete)

Bar Kokhba   

Cyro Baptista (percusión), Joey Baron (batería), Greg Cohen (bajo), Mark Feldman (violín), Erik Friedlander (cello), Marc Ribot (guitarra)

Abraxas

Aram Bajakian (guitarra), Shanir Ezra Blumenkranz (gimbri), Eyal Maoz (guitarra), Keven Grohowski (batería)

Erik Friedlander Solo

Erik Friedlander (cello)

The Dreamers   

Cyro Baptista (percusión), Joey Baron (batería), Trevor Dunn (bajo),
Marc Ribot (guitarra), Jamie Saft (teclados), Kenny Wollesen (vibráfono).

Masada String Trio

Erik Friedlander (cello), Mark Feldman (violín), Greg Cohen (bajo)

Uri Caine Solo

Uri Caine (piano)

Electric Masada

La formación habitual de esta banda suele ser: Cyro Baptista (percusión), Joey Baron (batería), Trevor Dunn (bajo), Ikue Mori (electrónica),
Marc Ribot (guitarra), Jamie Saft (teclados), Kenny Wollesen (batería), John Zorn (saxo alto).

 

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Foteropanico agazapado: el ‘cómo lo hizo’ de la exposición de Juan G. Andrés
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Ricardo Aldarondo | 15-01-2013 | 16:40| 4

Ahora que ha terminado el festival Dock of the Bay es momento de visitar con más tranquilidad la exposición que ha programado, la de fotografías de conciertos relizadas por Juan G. Andrés, también conocido en la sociedad virtual como Foteropanico. La exposición estará hasta el 31 de enero en el Centro Cultural Egia (calle Baztan, 21) de San Sebastián.

Ya se ha escrito mucho e inmejorablemente sobre la exposición, aquí por El Jukebox y aquí por el propio artista, textos que reflejan cómo la inauguración fue, además de multitudinaria, una reivindicación laboral y emocional que se sumó a la pura cuestión artística y musical, en una velada que resultó especialmente significativa y contó con un miniconcierto de Lou Topet & the 31st Crew que puso el clima perfecto para ese momento de euforia y melancolía simultáneas.

Aquí solo quiero depositar el texto que Juan me encargó como introducción a la exposición (junto a otro en euskera de Asier Leoz, ambos están en la entrada de la sala) y un vídeo que he confeccionado con las fotos del artista y documentos exclusivísimos del ‘cazador cazado’. Durante estos años le he visto trabajar a pie de escenario, se ha cruzado en mis propios vídeos o no he podido evitar desplazar por un momento el objetivo del músico a su incansable figura de espectador y cazador de imágenes a un tiempo.

Si vas a ver el vídeo, recuerda que la calidad de las fotos tal como aquí se ven no es comparable a la brillantez y nitidez de las originales.

Y, por favor, pon pantalla completa, y el volumen a tope.

Un espectador con múltiples objetivos

Siempre me ha llamado la atención la nitidez de las fotos que Juan G. Andrés hace en los conciertos. Puede parecer una tontería, algo que la máquina consigue sola porque es muy buena. Pero hay algo en esos colores brillantes, en esos contornos perfectos que resumen a la perfección el éxtasis fugaz, ese escalofrío en la columna que a veces sentimos los espectadores ante un escenario. Las fotos de Juan tienen la misma fuerza cuando atrapa a Alex Kapranos suspendido en el aire que al acercarse íntimamente a la serenidad de Leonard Cohen. No, no es solo cuestión de técnica: Juan es tan buen fotógrafo como buen espectador. Y un poco fan: la primera vez que le vi se había colado (nos habíamos colado) en el camerino de Lou Reed, ahí es nada. Está escuchando y por eso entiende lo que ve. Capta con la mirada la intensidad de lo que está sonando, con toda definición, en todo su esplendor.

Siempre que la libertad de la sala se lo permite, se sitúa en primera fila, como un espectador con múltiples objetivos, aunque su equipo de lentes es bien reducido. También ha robado alguna foto desde la butaca de los más serios auditorios, acomodadores y azafatas sabrán perdonarle. Pero mereció la pena. Y nadie se enteró. Porque a un metro del músico o en la distancia del cazador furtivo, Juan siempre se sitúa en posición de discreción y respeto. De su apodo El Humilde Fotero del Pánico, la palabra más acertada de las tres es la primera; porque no es fotero sino fotógrafo y cuando enfoca a los músicos lo que ellos ven en su objetivo no es agresión, sino admiración.

Su cuerpo le pide moverse porque está viviendo intensamente cada nota del concierto.  Sin renunciar al ritmillo consigue mantener quietud y precisión en la mirada. Le gusta que haya luz blanca y colores bien combinados, no por hacer bonito, sino para poder captar todos los matices de lo que ahí está ocurriendo.

Le habrá visto cualquiera que haya asistido a algún concierto en San Sebastián y muy amplios alrededores en los últimos años: por el simple impulso periodístico (es un raro caso de periodista, crítico musical y fotógrafo de conciertos, y no se sabe cuál de las tres cosas hace mejor) y por el placer de la música, se mueve a casi todo tipo de conciertos, con criterio e inagotable curiosidad. Y así, casi sin querer, Juan G. Andrés, o El Humilde Fotero del Pánico o Foteropanico para las redes sociales, está haciendo un trabajo de documentación de la música en directo en Euskadi de los últimos años que, si bien revela de forma instantánea su valor artístico, es con el paso del tiempo cuando va adquiriendo un carácter de documento imprescindible, de lo local a lo internacional. Esto es solo una minúscula muestra. Pero ya hay que ir agradeciéndoselo.

Ricardo Aldarondo

 

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Capsula hacia el espacio de David Bowie
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Ricardo Aldarondo | 14-01-2013 | 00:06| 2

El segundo concierto del día de ayer en el Dock of the Bay fue muy distinto al de Parade (tanto como supone cambiar el mediodía por la medianoche como hora del show) pero igualmente especial y adecuado al recinto elegido. Capsula (sin acento) venían con el elepé de David Bowie Ziggy Stardust bajo el brazo, para interpretarlo entero en el teatro Principal, lo que suponía como una versión en vivo y sui generis del documental de D. A. Pennebaker sobre la actuación de los Spiders of Mars en 1973. A estos Spiders argentino-bilbaínos les sobra actitud, capacidad instrumental y pasión rockera, y enardecieron a un teatro Principal casi lleno.

Sonó entero y en orden el Ziggy Stardust, envuelto en mayor furia rockera que el original (no hubo guitarras acústicas) lo que, si bien hacía perder parte de los matices más pop y sofisticados del disco (sobre todo en la canción que sufrió más cambio, la inmensa Star), quedó desbordante de emoción y devoción por la magna obra de Bowie. Respeto y capacidad para meterse en tan peliagudo terreno.

La presencia escénica del quinteto es arrolladora: pocas veces se ve a un grupo en que todos y cada uno de sus miembros estén viviendo lo que tocan con esa pasión todo el rato. Suponemos que si Mario Vaquerizo ve a Capsula en directo algún día enfermará gravemente de envidia al instante: el cantante y guitarra Martín Guevara es todo lo que quisiera ser Mario, pero solo tienen en común la percha para lucir los pantalones pitillo. Martín es creíble y, sobre todo, sabe tocar y cantar muy bien, y controlar la diferencia entre obrar la ceremonia rockera y hacerse la newyorkdoll ante las cámaras. Cuando se mete entre la gente, o se pone de pie sobre el respaldo de las butacas sujeto por los fans, controla el descontrol sin convertirse en parodia de los tiempos que recrea.

Porque, después de Ziggy Stardust, vinieron otros temas complementarios de Bowie, Jean Genie y Rebel, Rebel (aunque no la cara B de single Velvet Goldmine que hubiera supuesto hacer justicia a tan gran canción que Bowie debería haber incluido en el álbum original en lugar de la anodina It Ain’t Easy, y le hubiera quedado aún más redondo). Capsula completaron el finalmente largo y apoteósico concierto con un guiño al trío formado por Bowie, Lou Reed e Iggy Pop, con el Run, Run, Run de Velvet Underground y Gimme Danger de los Stooges, entre otras piezas, para acabar los bises con un White Light / White Heat cantado por la bajista Coni Duchess, otro de los pilares del grupo, tanto en imagen y actitud como en contundencia sónica. Junto al potente y ágil batería y el guitarrista que ejercía muy bien de Mick Ronson, completaron una velada rockera que dejó sudando y agotado a buena parte del público. Y que sonó, desde luego, muchísimo mejor que lo que se escucha en estos video-souvernirs.


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