Diario Vasco
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Aliados en Nantes
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Ricardo Aldarondo | 30-03-2016 | 15:09| 0

Se ha celebrado estos días el Festival de Cinema Espagnol de Nantes. Y uno, invitado allí para formar parte del jurado de documentales, se asombra del interés que el público tiene en una ciudad que antaño fue de astilleros y hoy de cultura. El Festival de Nantes sigue contando cada año con la “fenetre basque”, y en la sección oficial estaban Asier Altuna con su Amama (que acabó recibiendo el premio del Jurado Joven) e Imanol Uribe con Lejos del mar. No en vano en el triunvirato rector, formado por esforzados y entusiastas profesores de universidad, está el director de la Filmoteca Vasca, Joxean Fernández.

Es una panorámica muy completa de la producción del año: comercial, alternativo, cortos, óperas primas (ahí está Un otoño sin Berlín de Lara Izagirre) y documentales. Incluso con estrenos europeos como El olivo de Iciar Bollaín, que abarrotó el cine Katorza (el que fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, el que tuvo en sus puertas a mujeres rezando cuando Godard estrenó ‘Je vous salue Marie’, como se ve en las fotos del hall).

Compartíamos jurado con Antonio Altarriba, coautor del magnífico cómic El arte de volar junto al dibujante Kim. Ahora publican El ala rota que, significativamente, ha salido antes en Francia que en España (hay que esperar al 23 de abril). El amor por la “bande desinée”, y por estos autores, desembocó en dos sesiones de más de una hora cada una firmando autógrafos. Otra compañera de tribunal, la historiadora francesa Odette Martínez Maler, ha publicado (junto a Geneviève Dreyfus-Armand) un espléndido libro de gran formato, L”Espagne, passion française 1936-1975: guerres, exiles, solidarités, cargado de documentos gráficos y episodios poco conocidos de nuestra Guerra Civil en Francia, que provocó otra cola de interesados en el autógrafo y la conversación. En el jugoso encuentro con el actor Javier Gutiérrez no se podía ni entrar: abarrotado. Los chóferes del festival, voluntarios de vocación cinéfila, aprovechan las pausas entre traslados para ir al cine y a conferencias. Verídico.

En la ciudad que mantiene magníficamente restauradas las galerías del siglo XIX Passage Pommeraye y el restaurante modernista La Cigale, escenarios de la Lola de Jacques Demy, que cuenta con un castillo alucinante en medio de la ciudad, y mantiene la memoria de su hijo Jules Verne, el cine español es querido y admirado. También en Toulouse, Marsella y Périgueux tienen festivales similares dedicados en exclusiva al cine español. En Málaga hay un festival de cine francés y en Madrid el instituto galo ofrece una muestra anual. Pero parece que la atención de los franceses a la cultura de sus vecinos sigue en nivel superior.

 

 

 

Unas imágenes de Anouk Aimée en la película ‘Lola’ de Jacques Demy y los correspondientes escenarios, el Passage Pommeraye y el espejo del restaurante La Cigale, en la actualidad.

 

Palmarés del festival:

Premio del Jurado Jules Verne: Los exiliados románticos, de Jonás Trueba. Mención Especial: La academia de las musas, de José Luis Guerin.

Premio del Público: Truman, de Cesc Gay.

Premio del Jurado Joven: Amama, de Asier Altuna.

Premio del Jurado de Documentales: Walls (Muros), de Pablo Iraburu y Migueltxo Molina.

Premio Ópera Prima: A cambio de nada, de Daniel Guzmán.

Premio al mejor cortometraje: Cordelias de Gracias Querejeta y Apolo 81 de Oscar Bernacer

 

 

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Nick Lowe toma el puente con su voz conquistadora
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Ricardo Aldarondo | 28-03-2016 | 17:36| 2

Nada hacía presagiar que aquello pudiera funcionar: Nick Lowe solo con guitarra acústica al aire libre y gratis, como ‘gancho’ para un festival que se presumía multitudinario, el Stop War que ha montado la capitalidad cultural de San Sebastián 2016, en medio de un puente (el de María Cristina) y de la ciudad. Pero la voz única de Nick Lowe logró ayer domingo lo inesperado: que el público estuviera en silencio y con atención reverencial (al menos en la zona más cercana al escenario), como embelesado por la delicadeza y rotundidad con que el veterano británico que fue estandarte de la new wave y se dejó seducir (para engrandecerlos) por sones americanos en la madurez, desgrana cada una de sus canciones. Todas las palabras, cada una de las inflexiones de su voz, tienen importancia y entrega por un intérprete que, sin dramatismos ni rimbombancias, canta observaciones agudas sobre el exterior ( ‘People change’, ‘What’s Shaking on the Hill?’) o el interior (‘Sensitive Man’, ‘House For Sale’, profundas y conmovedoras historias de corazones rotos como ‘I Live in a Battlefield’). Cuánta sabiduaría con tanta sencillez.

Sin necesidad de aplacar al público, simplemente envolviéndolo en su aterciopelada voz que trae ecos de todos los principios básicos de la historia del pop y el rock, Nick Lowe se movió entre el rock de ‘onemanband’ (‘Raging Eyes’) y la balada desarmante, adentrándose con toda naturalidad en el terreno del susurro, retando al viento (el mismo que fastidiaba el sonido de los vídeos de aficionados con pocos recursos) como único competidor sobre el rumor de la ciudad en momentos tan emocionantes como ‘The Beast in Me’, la canción que compuso para Johnny Cash. Como acudió a todos los momentos de su extensa (aunque no demasiado prolífica) y muy cuidada carrera, no podía faltar la imperecedera ‘Cuel To Be Kind’. Coreable, y coreada por el público, también con delicadeza.


Mientras las elegantes vidrieras de las torretas del puente ejercían de decorativas lunas artificiales, Nick Lowe no se apegó a proclamas fáciles para ajustarse al festival Stop the War. Era mucho más sutil y natural dejar fluir su ‘(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love, and Understanding’ que también Elvis Costello hizo suyo, pero que su autor contrarresta con especial refinamiento. Total, que aunque hubiera sido más deseable verle en un sitio así acompañado de una banda, lo que parecía abocado al desastre se convirtió en una hora justa de maravillosa música al viento, y en medio del puente. Sólo esa ‘old magic’ de Nick Lowe podía lograrlo.

 

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Tracey Thorn sola, un recopilatorio con sentido
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Ricardo Aldarondo | 07-12-2015 | 17:21| 2

No entiendo, y me asombra, que en estos tiempos en que se supone que no se compran discos porque la gente prefiere el zapeo y accesibilidad del streaming, o las marejadas del pirateo, se sigan vendiendo y produciendo en gran cantidad y con despliegue publicitario, discos recopilatorios. Me refiero sobre todo a los socorridos ‘grandes éxitos’, que siguen en los grandes escaparates aunque sea con anzuelos como un segundo disco de rarezas o conciertos, o dos o tres temas nuevos del grupo separado hace tiempo. Y también a esa estridencia infumigable de los discos que antes llevaban la pegatina de ‘anunciado en TV’, subproductos salidos de programas de efímero éxito, contenedores a granel de las canciones de éxito del año y demás. Hoy cualquiera se puede hacer su playlist de favoritas, y si se trata de ‘grandes éxitos’ su disponibilidad será total, lógicamente. Pero ahí están los recopilatorios más banales coupando anuncios, vitrinas, espacio vital.

Pero como siempre hay una balsámica excepción a la regla, Tracey Thorn acaba de publicar uno de los pocos recopilatorios que no solo tienen sentido y merece pagar por ellos: se podría decir que es absolutamente necesario, para los oyentes que han quedado fascinados por su voz y su elegancia en las tres últimas décadas, y para completar el rompecabezas de su carrera. En el caso de Tracey Thorn, una panorámica era pertinente, sobre si como esta se dedica a lo menos evidente, a lo periférico y sin embargo importante. Desde su efímero inicio con Marine Girls, en su gloriosa (doble) etapa en Everything & the Girl, la electroacústica y la electrónica, y en su no menos brillante aunque demasiado esporádica carrera en solitario, Tracey Thorn se ha caracterizado además a lo largo de los años por colaborar con muchos otros grupos. Y, sea casualidad o buen gusto, siempre con artistas y en canciones que han quedado como algo especial, memorable.

La personalidad de su voz, por muy tímida que parezca, traspasa fronteras. Estilísticas, sobre todo. Sólo así se entiende que haya tanta coherencia entre sus colaboraciones con grupos tan distintos como Working Week, Massive Attack o The Style Council. ‘Solo: Songs and collaborations 1982-2015′ mezcla temas propios y colaboraciones con otros, en una secuenciación que ni siquiera es cronológica, pero describe una sinuosa línea de sensibilidad, buen gusto, emociones y coherencia.

Desde las fabulosas ‘The Paris Match’ de The Style Council y ‘Venceremos’ de Working Week (con la colaboración también de Robert Wyatt), que merecían quedar resaltadas como hitos de su carrera aunque oficialmente pertenezcan a otros hasta canciones de su última etapa tan notables como ‘Oh, the Divorcees’, o ejemplos de su importante disco navideño como ‘Joy’, entresacando un tema como ‘Small Town Girl’ de su primer disco en solitario, el de 1982 ‘A Distant Shore’, o una pieza de su breve banda sonora para ‘The Falling’ que publicó en un EP, consigue un recorrido gozoso de principio a fin. Otra joya: su versión de una de las maravillosas canciones que cantaba en su casa Molly Drake, la madre de Nick Drake, y que afortunadamente fueron recuperadas. ‘How Wild The Wind Blows’ es sobrecogedora en la versión original de Molly Drake, y sólo Tracey Thorn podía estar a la altura.

El segundo disco es más electrónico, empezando por ‘Protection’ de Massive Attack, la canción en la que muchos escucharon su voz por primera vez, y su siguiente colaboración con el grupo. Su etapa más clubber, aparte de la propia deriva de Everything But the Girl, resulta más pesada y, curiosamente, resiste peor el paso del tiempo, o eso nos parece, tanto en remixes de otros a partir de sus temas, como en sus aportaciones a la electrónica de Adam F, Tevo HowardTiefschwarz. Aún así, el conjunto es sustancioso, espléndido.

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Sly & Robbie y Nils Petter Molvaer: gran sesión con trastienda #Jazzaldia 6
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Ricardo Aldarondo | 29-07-2015 | 10:36| 0

PUNKT DONOSTIAN 3
Músicos: Sly Dunbar (batería), Robbie Shakespeare (bajo), Nils Petter Molvaer (trompeta), Eivind Aarset (guitarra), Vladislav Delay (Live sampling, teclados). Remezcla: Mungolian Jet Set, feat. Erland Dahlen, Jan Bang. Lugar: Teatro Victoria Eugenia. Fecha: 25-VII-2015. Asistencia: 635 personas.

Con toda su solera, el Victoria Eugenia ha acogido el rincón más experimental de este Jazzaldia. Tres sesiones a medianoche bajo la marca y manera del festival noruego PUNKT, que proponía la unión entre diferentes y el concierto con trastienda: después de la interpretación en sí, un grupo de remezcladores que aparecía al levantarse el fondo del escenario, reconstruía lo escuchado anteriormente, aunque el remix se parecía poco al original. La tercera cita fue la más concurrida, porque contenía mitos: Sly & Dunbar, la pareja rítmica de Peter Tosh, Bunny Wailer y de la mayor parte de las grabaciones de la era dorada del reggae, unidos al trompetista Nils Petter Molvaer, cuya brumas y ecos ya hemos conocido en varias ocasiones en el Jazzaldia.

Foto: Lolo Vasco / Jazzaldia

Esta fusión noruego-jamaicana puede parecer chocante si acudimos a tópicos contrastes metafóricos de frío y calor. Pero si tenemos en cuenta que Molvaer ya trabajó en sus inicios con el “drum & bass”, estilo rítmico que trasladaba a la electrónica polirritmias originadas en esos magos jamaicanos, el encuentro resulta tan natural y sugerente como apareció en una hora de concierto estimulante en todas sus fases. Desde el machacón comienzo con el peso del bajo de Robbie y la batería de Dunbar en perfecta conjunción, a los múltiples efectos que Molvaer extrae de los pedales que aplica a su trompeta. Les acompañaba el guitarrista Eivind Aarset, que consiguió pasajes de enorme belleza, sobre todo cuando se quedó sólo con Molvaer, pero también funky, y un Vladislav Delay que parece tener en su apellido la clave de su técnica: el retardo de sonidos, los ecos. Una emotiva balada cantada por Robbie cerró la gozosa conjunción de sonoridades.

Foto: Lolo Vasco / Jazzaldia

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John Zorn: corto pero intensísimo #Jazzaldia 5
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Ricardo Aldarondo | 29-07-2015 | 10:08| 0

JOHN ZORN, BILL LASWELL, DAVE LOMBARDO: BLADERUNNER TRIO
Músicos: John Zorn (saxo), Bill Laswell (bajo eléctrico), Dave Lombardo (batería). Lugar: Auditorio Kursaal. Fecha: 26-VII-2015. Asistencia: Unas 1.000 personas.

No se agotaron las entradas pero estaba prácticamente lleno el Auditorio en su formato reducido, con el cortinón que elimina la tercera zona, como en los dos conciertos previos (el de Jamie Cullum sí estuvo al completo). El de John Zorn era el más caro de los cuatro del ciclo del Kursaal, 45 euros frente a los 18 de Golson o los 30 de Cullum: Zorn se hace valer. El saxofonista neoyorkino regresaba en formato trío después de la gran cuadrilla de músicos que se trajo hace dos años para su Masada Marathon. Era uno de los nombres más esperados de esta edición, no en sentido numérico, pero sí por el fervor que provoca entre iniciados.

Fue también el concierto más corto: a los 55 minutos ya se estaban despidiendo, aunque alargaron la concesión diez minutos más en dos bises, el segundo realmente arrancado por la insistencia del público. Son las peculiridades de Zorn: corto pero intensísimo. Ya había llegado con sus peculiaridades. Prohibió los fotógrafos de prensa aunque finalmente permitió dejar testimonio gráfico al del Jazzaldia. No se puede hablar de caprichos de estrella: su estilo es desgarbado, nada regio. El saxo sin abrillantar y los pantalones militares, su marca.

Con las primeras notas de su bajo a Bill Laswell le sonó el móvil, lo que se saldó con unas risas antes de entrar en materia. Enseguida estaba envuelto en sus sonidos extragraves y machacones (fue curioso que en la noche anterior habíamos visto a Robbie Shakespeare, “padre” de ese sonido abultado), mientras Dave Lombardo iba incrementando las posibilidades de su batería de doble bombo, media docena de platillos y varios timbales, un despliegue propio de una banda de “metal” como Slayer, de la que proviene.

Su velocidad y contundencia espectaculares compite con el ataque con multiple técnica habitual de Zorn, que a veces parece estar tocando varios saxos a la vez, generando sonidos continuos cual turbina (espectacular su forma de respirar y soplar a un tiempo) usando su rodilla como turbina, produciendo endiabladas melodías superpuestas y sonoridades de elefante desbocado, magnético en todas sus variantes.

Como una aventura en la que unos tratan de sorprendese a otros, abrazaron bases funk, rock y jazz para desconstruirlo todo con la inercia del momento, aunque la velada no fue tan fiera ni tan “free” como cabía esperar y hubo momentos de contagioso éxtasis, y alguno lírico. Unos cuantos desertaron enseguida, pero la mayoría del público comulgó con la trinidad de un Zorn que parecía encantado con la experiencia y cuando ya se iban regaló otra píldora de medio minuto: puro talante “hardcore”.

 

 

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