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Cine

No todo es bailar y cantar: siete musicales tristes
Ricardo Aldarondo 23-01-2017 | 2:56 | 2

Curiosamente, mucha gente sale de La La Land (La ciudad de las estrellas) manifestando unas irrefrenables ganas de cantar y bailar o asegura haber recuperado la confianza en el musical como antídoto contra el decaimiento, una viagra para el espíritu. No todo es comedia, ni mucho menos, en La la land, pero algo hace que los aspectos más amargos, que no son pocos, queden superados por la alegría que se asocia al acto de cantar y bailar. Sin embargo no todo musical es alegre, y hay unos cuantos ilustres ejemplos en la historia del género que más bien se hunden en el drama, proclaman el desánimo o reconocen el dolor de los sueños diluidos. He aquí siete de ellos.

Ha nacido una estrella (A Star Is Born, George Cukor, 1954).

En el triunfal título se esconde un revés amargo. En este magnífico musical de George Cukor, que también se puede considerar un melodrama con números musicales, la estrella interpretada por Judy Garland se eleva mientras su mentor y luego marido interpretado por James Mason se hunde en el alcohol y la depresión. Este número divertido y terrible al mismo tiempo resume las dos caras de un filme desgarrado y conmovedor, especialmente en su desenlace.

Siempre hace buen tiempo (It’s Always Fair Weather, Stanley Donen, Gene Kelly, 1955)

Otro título con retranca: viene bien ese espíritu positivo, porque el reencuentro de tres amigos después de haber participado en la Segunda Guerra Mundial no es todo lo gratificante que esperaban. Prometieron juntarse diez años después, y lo hacen, para repasar que ha sido de ellos y darse cuenta de: a) que lo de conseguir los sueños no es tan fácil como esperaban y sus vidas son más grises que doradas. Y b) que ya tienen bastante poco en común, y la férrea amistad de juventud se diluye con el tiempo. No tuvo éxito Siempre hace buen tiempo, probablemente por esa amargura que subyace en todo el filme. Pero se debe tener esta película entre los grandes musicales de Stanley Donen, y de Gene Kelly. Este número es muy alegre para nuestra tesis, pero cómo no seleccionarlo, si es un prodigio de sencillez, habilidad e inventiva.

Vampiresas 1933 (Gold Diggers 1933, Mervyn Le Roy, 1933).

En principio es la historia de un hombre que se enamora de una corista y se enfrenta a los deseos de sus padres de clase alta. Pero todo se ambienta en la época de la Gran Depresión americana, que aún coleaba cuando se hizo este musical que constituye uno de los primeros trabajos, y de los más importantes, de Busby Berkeley como coreógrafo. Y como autor real de los hitos que contiene el filme, sobre todo el número musical Remember My Forgotten Man, una reivindicación de los hombres que combatieron en la Primera Guerra Mundial, y a su regreso trataron de acomodarse a la vida cotidiana y acabaron golpeados de nuevo por la Gran Depresión. Ese ‘recuerda a a mi hombre olvidado’ se resuelve con una coreografía fabulosa, ya característica de los juegos caleidoscópicos de Busby Berkeley, con una canción maravillosa compuesta por Al Dubin y Harry Warren que también participaron con Berkeley en la serie de musicales de Warner que comenzó ese mismo año con La calle 42 (42nd Street, Lloyd Bacon, 1933) y con emocionante tristeza de principio a fin, incluyendo el épico final. Y precisamente Ryan Gosling lleva un par de años tratando de sacar adelante un proyecto de biopic de Busby Berkeley…

West Side Story (Robert Wise, 1961)

Como relectura de Romeo y Julieta, no hay más remedio que tomar West Side Story como una tragedia, a pesar de la euforia de algunos de sus números famosos, como América o Mambo!. Pero la violencia que se desata entre los Jets y los Sharks no es precisamente esperanzadora. Euforia, romance y tragedia magníficamente representados en las coreografías de Jerome Robbins y la dirección de Robert Wise, en temas como el inicio o Cool. Pero el momento cumbre en lo emocional es la imperecedera Somewhere (de la que Tom Waits hizo también una sobrecogedora versión orquestal).

Sweeny Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, Tim Burton, 2007)

Si las navajas desatan la tragedia en West Side Story, hacen correr la sangre a raudales en este musical creado por Stephen Sondheim y llevado al cine por Tim Burton, aportando su propia estética del fantástico, a partir de la historia del barbero encarcelado injustamente y deseoso de venganza. Como en otros muchas obras de Sondheim, las melodías son intrincadas y complejas, poco que ver con la tradición del musical americano de estribillos entusiastas y con gancho. Una canción tierna y hermosa, y también terrible, dado el desenlace de ese chico que quiere proteger a su figura maternal.

Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, Lars Von Trier, 2000)

Inmigrante, madre soltera, trabajadora de una fábrica, a punto de quedarse ciega y con el peligro de que a su hijo le pase lo mismo. No es argumento para un musical optimista, no. Queda el gancho de que la protagonista, Selma (una Bjork convertida en actriz muy solvente y emocionante y en autora de las magníficas canciones) es soñadora y puede aferrarse a su gusto por los musicales de Hollywood. Lars Von Trier también se basó en la tradición del musical americano para hacer en Europa algo muy singular dentro del género. Esta canción, I’ve Seen It All, es maravillosa y conmovedora como buena parte del filme.

Cabaret (Bob Fosse, 1972)

El interior del cabaret, con los exultantes números musicales que se desarrollan en su pequeño escenario, es el espacio donde puede celebrarse la vida, aunque sea en su vertiente más decadente, y deberían cumplirse los sueños mientras toda la realidad que lo rodea indica lo contrario: un entorno cada vez más sórdido, en el que Sally intenta salir adelante a veces de maneras poco adecuadas, cree encontrar el amor en un estudiante de indecisa sexualidad, y tiene que tomar decisiones difíciles. Y todo en el Berlín de 1931, con el ascenso del nazismo extendiendo su perversa sombra. Fue un enorme éxito, reforzando la idea de que un musical no tenía por qué ser un dechado de felicidad y positivismo.

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Siete alegrías de ‘La La Land’
Ricardo Aldarondo 17-01-2017 | 1:30 | 0

1. Plano general. Daba miedo un musical en manos de Damien Chazelle, Whiplash logró su efecto de seducción con un montaje de redoble y platillo, picado hasta lograr efectos deslumbrantes, acordes con todo el sustrato de prestidigitación que tenía la película. Temíamos un disparate a lo Chicago. Afortunadamente en La La Land sabe lo que maneja, y hace todo lo contrario: casi todos los números están montados en plano secuencia (real o no, que después de Birdman ya no se sabe) y con grandes movimientos de cámara, para dejar que las coreografías y los movimientos de los actores se vean y la sensación de volar sobre el escenario se transmita adecuadamente, a la vieja usanza.

2. Lección de jazz. En Whisplash, Damien Chazelle transmitía una idea de la música bastante equivocada e irritante, equiparando la calidad artística al más difícil todavía, haciendo de la velocidad el máximo objetivo con un sentido atlético, no musical, y sometiendo el aprendizaje al sufrimiento. Para ser un genio de la música hay que sangrar y competir, esa era la máxima. En cambio La La Land ofrece una lección de amor hacia al jazz, primaria y superficial si se quiere, a lo Reader’s Digest como se decía antes (aquellos resúmenes de libros para los que no les gustaba leer) pero eficaz y loable. La pasión por el jazz del protagonista Sebastian (Ryan Gosling) es atrayente y su explicación de las virtudes del jazz y de su lenguaje, son tan sencillas como eficaces. Aunque el personaje, y la película en sí, anuncian que ya no son tiempos gloriosos del género, y se da una visión vintage del jazz sin reparar en su contemporaneidad, quizás alguien que rechaza el género de plano se haga fan, como la propia Mia (Emma Stone). El gancho de los aspectos más cool del jazz lo emplean muy bien, desde el poster de la película en el estilo de los discos de Blue Note.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. El arte del pastiche. Es un misterio por qué unas veces funciona y otras no, por que a unos les admitimos el plagio constante (Tarantino) y a otros queremos mandarlos a los tribunales. La clave debe estar en saber reciclar sin olvidarse de aportar elementos contemporáneos, y que el conjunto tenga una imagen coherente y distinta en su conjunto, como en esos trabajos de ‘patchwork’. La La Land contiene tantas referencias (forma fina de decir que toma descaradamente de aquí y de allí) que resulta imposible hacer acopio, desde el fastuoso número musical inicial, tan similar al de Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, Jacques Demy, 1967), que luego toma elementos coreográficos de West Side Story y tantas otras, hasta similitudes demasiado evidentes (la farola de Cantando bajo la lluvia y Ryan Gosling agarrado a ella cual Gene Kelly, pero sin subirse). Pero no fotocopia Chazelle del musical, el ambiente de las chicas que tratan de salir adelante en el mundo del espectáculo, y que comparten vivienda con Mia, es recurrente en el cine de los años 30 que retrataba a las aspirantes de Broadway, por ejemplo, en Damas del teatro. Sea como fuere, a diferencia de The Artist que era una imitación del cine mudo con escasa entidad en sí misma y unos elementos de contemporaneidad que resultaban más guiños sin gracia que otra cosa, La La Land encuentra una coherencia total para encajar en el presente aludiendo a la nostalgia, o simplemente a modos, músicas y estéticas clásicas que siguen teniendo pertinencia, y que no han desaparecido de las nuevas generaciones de cantantes.


4. Estructura típica…o no. Como estructura de guion, La La Land es de lo más simple y clásico: pareja en proceso de enamoramiento, discusión y reconciliación…o no, que en la variante está la gracia del tramo final. Con el esquema narrativo y las alusiones al clasicismo que maneja la película, la difícil disyuntiva de optar por un final feliz o no está magníficamente resuelta. No diremos más por no desvelar nada, pero ahí surge otra referencia extramusical, el planteamiento narrativo que ya puso en práctica Edgar Neville en La vida en un hilo (1945).

5. Humor en la música. Entre los muchos hallazgos de la película está la capacidad de provocar humor exclusivamente con la música, o dicho de otro modo, explicar las frustraciones como músico que sufre Sebastian sin recurrir a la palabra, solo con las melodías elegidas en un momento u otro. Y no solo en la actuación de la banda ochentera donde el humor ya se desparrama en varias direcciones, con una ligera mofa a algunos de los éxitos menos ilustres de los primeros años 80, como el I Ran de A Flock of Seagulls.

6. Las canciones, otro tipo de triunfo. Quizás la mayor baza para La La Land funcione está en las canciones, excelentes en su mayoría, y apoyadas en el jazz y el swing más paladeable y no en la tendencia a la canción apasionada y ‘sentida’ que cubre el espectro que va de Operación Triunfo y Once. La inicial Another Day of Sun es un temazo que sin acudir a melodías facilonas consigue envolverte en su sortilegio rítmico. Tiene el pelígro de que la mejor canción esté al comienzo de la película, pero Someone in the Crowd o la imprescindible balada City of Stars no le van a la zaga en calidad y seducción. Tienen entidad para convertirse ya en standards.

7. La química y física de Emma Stone y Ryan Gosling. Una de las cosas más genuinas de La La Land es la química inmediata y perdurable que se establece entre Emma Stone y Ryan Gosling. Es difícil que una pareja resulte tan absolutamente encantadora, ajustada, natural, que cumplan sin alardes con todos los cometidos del musical y sin imitaciones palpables (aparte de alguna inevitable alusión a Gene Kelly). Ya coincidieron en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad, pero ahora en La La Land son tal para cual.

Sea una operación de nostalgia o una revitalización más o menos real del musical, sorprende una vez más que un producto hecho de materiales que la mayoría del público no quiere ver o incluso muestra un abierto rechazo hacia ellos, se convierta en un enorme éxito de taquilla. Eso también es un arte. Mientras tanto ahi seguirán los musicales de siempre, en brazos exclusivos de los adictos al género. O quizá La La Land ayude a ver con más respeto y devoción, y mayor frecuencia, los clásicos.

 

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Desde Cannes (7): Desacierto de pleno
Ricardo Aldarondo 23-05-2016 | 10:36 | 0

El palmarés en Cannes suele ser bastante acertado. Los jurados cambian cada año, claro, y como en todos los festivales hay que recordar que los premios son la voz de quienes los otorgan, no del propio festival. A veces, la Palma no es la más adecuada, a tenor del sentir general, pero se compensa con otros premios bien atinados. No tenemos tanta memoria, ni hay tiempo de repasar toda la historia del festival, pero un desacierto tan total como el del jurado presidido por George Miller parece algo inédito.
En un año con muchas películas notables, que presentaba dificultades para elegir la excelencia en todas las categorías, este jurado optó por premiar lo anodino, lo desorientado y hasta lo abucheado. Para destacar lo memorable y perdurable de esta edición hay que citar justamente las películas que se han quedado sin premio. Era, sobre todo, la ocasión de darle la Palma de Oro a Jim Jarmusch, su redonda Paterson lo merecía. Pero se ha preferido otorgar de nuevo el premio máximo a Ken Loach (que ya lo obtuvo con El viento que agita la cebada) por I, Daniel Blake, otra de sus buenas intenciones convertida en película, una defensa del trabajador muy plausible pero presentada con pocos matices, un mundo de buenos y malos. Como denuncia social de los manejos de los grandes poderes era mucho más original, impactante y brillante la brasileña Aquarius, que tenía dentro a una Sonia Braga muy merecedora del premio a la mejor actriz. Sin embargo se lo llevó la filipina Jaclyn Jose por Ma’ Rosa, una de las películas más anodinas de su director Brillante Mendoza.


Curiosamente han sido premiados en esta edición varios cineastas que han presentado sus películas más flojas de una carrera otrora brillante: el gran Olivier Assayas anda un poco desorientado en su Personal Shopper y tampoco es normal hacerle compartir premio con el más acertado esta vez Cristian Mungiu por Bacalaureat. El ‘niño bonito’ de Cannes, Xavier Dolan, que esta vez decepcionó incluso a sus fans con Juste le fin du monde, era el menos indicado para obtener el Gran Premio del Jurado. Y Asghar Farhadi, que tiene muy buenas películas en su haber como Nader y Simin, una separación, ha hecho con Forushande su obra menos destacada, correcta sin más. Pero se llevó dos premios.
Ni uno solo de los apartados del palmarés quedó acertado, al menos entre los largometrajes a concurso. La mayor alegría con mucho fue el premio al mejor cortometraje para el director español ‘Timecode’, de Juanjo Giménez, sobre dos guardas de seguridad de un parking. El premio de la Semana de la Crítica lo ganó otro español, Oliver Laxe, con Mimosas. Así que mientras en la sección oficial competía Almodóvar, otro de los directores importantes que se han quedado sin nada, el cine español ha triunfado en los márgenes de Cannes. Eso sí que es un acierto.

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Desde Cannes (6): El sonido de la polémica: Assayas, Winding Refn, Sean Penn
Ricardo Aldarondo 23-05-2016 | 10:23 | 0

El abucheo forma parte de la tradición de Cannes. Incluso cuando, como este año, el nivel general ha sido notable. Pero cada año hay un par de películas que provocan bronca. Quizás es un gesto feo y descortés. También cabe pensar que si se admiten las ovaciones habrá que cargar con los rechazos. Además siempre hay algún aplauso valiente: ponerse a la contra, defender causas perdidas o extravagancias locas es el deporte preferido en Cannes.
Se abucheó a Olivier Assayas, más por decepción que por odio a su errática pero no desastrosa Personal Shopper, y también a Nicolas Winding Refn, cosa que siendo un ‘enfant terrible’ siempre provocador, era previsible. Algunos nos pusimos de su parte: la asombrosa estética digital y el diseño visual de su The Neon Demon casan muy bien con el mundo plastificado y aséptico de mujeres diseñadas con bisturí, esclavizadas por el mundo de la moda y canibalizadas entre sí en busca del éxito. A Winding Refn se le va la olla, sobre todo en la parte final, pero su extravagante e hipnótica apuesta tiene el valor de lo insólito, y una coherencia con el mundo que describe. La aparente superficialidad de The Neon Demon dice mucho de unos seres humanos convertidos en diseño hipercompetitivo.


Más estupefactos nos dejó The Last Face, de Sean Penn, que utiliza las guerras en África, las matanzas a inocentes y especialmente a niños en primer plano, como mero trasfondo para contar una relamida y rebuscada pasión amorosa entre dos médicos, interpretados por Charlize Theron y Javier Bardem. No hay ningún desarrollo de personajes nativos, su sufrimiento sangrante es solo un bombardeo de imágenes sin contenido, sobre la que cabalga la belleza e intensidad de los protagonistas. Visualmente, remite a lo más discutible del cine ONG de Iñárritu, Terrence Malick y Angelina Jolie. Moralmente, es incomprensible. Aunque haya discurso final para concienciar al mundo del sufrimiento de África, la puntilla del dislate.

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Desde Cannes (5): El pulso de Iggy
Ricardo Aldarondo 23-05-2016 | 2:16 | 0

No contento con haber aportado la película más redonda de la competición de este Cannes que ya entra es su recta final, Paterson, Jim Jarmusch presentaba ayer fuera de concurso otra película, un documental sobre “la mejor banda de rock & roll” de la historia, The Stooges. Con ese convencimiento, y armas para demostrar que si no fue la mejor, la banda despegó Iggy Pop como un cohete peligroso es, desde luego, única, mítica y con una capacidad de influencia a posteriori abrumadora.

En su faceta de amante de la música y documentalista, Jarmusch vuelve a volcar su maestría. Como concepto de documental, ‘Gimme Danger’ es casi clásico: una entrevista actual sin desperdicio a Iggy Pop es la columna vertebral (no torcida, como la del protagonista), de un relato modélico, con un montaje de imágenes admirable, rápido y conciso, pero que evita la tan habitual acumulación que aturde. Jarmusch revela como un grupo que ni siquiera tuvo el reconocimiento posterior de The Velvet Underground, rompió todos los esquemas, con un desafío sin igual a todo lo establecido. Y además sin ninguna intención política, social o trascendental. Abocados al peligro, empujados por un nervio eléctrico, capaces de hacer con dos acordes música de vanguardia.

Las zambullidas de Iggy en el público que él inventó, su frotamiento con el escenario hasta sangrar o los visibles desfases con las drogas darían para mucho morbo, pero Jarmusch abomina del espectáculo gratuito: esto es rock & roll salvaje auténtico y desde dentro. No solo hay imágenes documentales de un grupo de oscura trayectoria, Jarmusch construye con flashes de series, noticiarios o escenas de animación realizadas para la ocasión lo que Iggy y los otros miembros del grupo van contando, hasta sacar a la luz magnificament e la historia y el pulso interno del grupo y también de la época que marcaron. La forma sencilla, visual, rotunda, de explicar cómo en los Stooges está el germen del punk, entre otras cosas, resulta modélica. Y que uno de los cantantes con imagen más peligrosa y enloquecida se revele tan lúcido, preciso y apasionante en todo lo que relata, es tan asombroso como el carácter de superviviente que exhibe entre el orgullo y la risa. Ahí está, coleando en el centro de la imagen, mientras Lou Reed y David Bowie, con quienes se cruzó en un momento determinante del Nueva York de los 70, tristemente sucumbieron.

 

 

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