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Berlinale 2013

Berlinale (III): flecos y complementos
Ricardo Aldarondo 18-02-2013 | 8:21 | 2

Y tercer capítulo con las películas que vimos en Berlín en la primera semana de la 63 edición, tanto en Competición Oficial, como en Panorama.

The Necessary Death of Charlie Countryman, de Fredrik Bond. En su comienzo engancha enormemente, con su original forma de relatar una historia que integra de manera natural lo fantasioso, lo pensado, lo rocambolesco que pasa por la imaginación del protagonista. Como si tal cosa, el chico que pierde a su madre y sigue la supuesta indicación de ella que le empuja a irse a pasar el duelo a Bucarest, se enamora de una chica y acaba luchando contra mafiosos en una especie de agitado y disparatado ‘Jo, qué noche!’. Lo que al principio tiene gracia se vuelve reiterativo y cansino, con un Shia La Beouf esforzado, pero agotador. En el haber, las contribuciones de Mads Mikkelsen y Melissa Leo.

Ayer no termina nunca, de Isabel Coixet. Cabría ser punzante con humor barato a partir del título, porque uno de los problemas de esta película minimalista es su excesiva duración. Son 108 minutos, pero el encuentro de un hombre y una mujer que fueron pareja y tuvieron un hijo pero no se ven desde hace cinco años (los que separa la actualidad del año 2017 en que se desarrolla la acción) no da para tanto, teniendo en cuenta que se repiten temas y situaciones, reproches y proclamas. La crisis está como trasfondo y en cuñas de caracter social y genérico que la directora mete de manera bastante forzada en la intimidad de esa mujer que se quedó en una España que sigue cuesta abajo y vive casi en la indigencia, y ese hombre que emigró a Alemania y le fue mejor. El trauma del pasado que comparten en un escenario como de ciencia-ficción a lo Tarkovski, como apuntaron acertadamente algunos en Berlín, transparenta, sobre todo, la personalidad de la directora, más que la de los personajes, con sus citas a canciones, músicos y  literatos, y sus frases altisonantes sober el dolor y la pérdida. Candela Peña alcanza a ratos la credibilidad e intensidad pretendida, Javier Cámara parece menos cómodo en su personaje.

The Spirit of ’45, de Ken Loach. Un interesante aunque convencional documental sobre la Inglaterra del momento en que terminó la Segunda Guerra Mundial y su entusiasmo colectivo por salir adelante. Una de las propuestas que se enarbolaron con más ahínco en aquel momento fue hacer accesible la cultura a toda la ciudadanía, como medio para enriquecerla, en el sentido más amplio de la palabra. Menuda diferencia con buena parte de los políticos que hoy nos rodean. En los primeros momentos, por las hermosas imágenes de archivo, por su carácter evocador y por algunas canciones que suenan, podemos pensar en Terence Davies, pero nada tiene que ver con semejante personalidad este recuento puramente informativo, aunque muy interesante, de Ken Loach, con el irónico y melancólico poeta de Time of the City. Constatamos con bastante pavor la costumbre que se ha impuesto de cercenar por arriba y por abajo las imágenes de archivo que fueron filmadas en 1.33: 1 para adaptarlas sin decoro ni respeto al imperante formato actual, el 1.85: 1. Pobres de los cámaras que filmaron todo aquello con sentido del encuadre, ahora roto por los artistas del nuevo montaje.

Camille Claudel 1915, de Nicolas Philibert. Bruno Dumont deslumbró y desasosegó con sus primeras películas, La vie de Jésus (1997) y L’humanité (1999), pero últimamente parece haber perdido un poco el norte, con la pesadísima y críptica Hors Satan (2011) y esta Camille Claudel 1915 que no se sabe muy bien dónde quiere ir a parar e incluso puede resultar molesta, y no en el buen sentido. Dumont retoma la figura de la escultora pero no con el carácter biográfico convencional que tenía La pasión de Camille Claudel (Bruno Nuytten, 1988), sino con un empeño en plasmar el sufrimiento y el abandono de la protagonista cuando es recluida en un sanatorio mental. Además de focalizar la película una y otra vez en el rostro y el cuerpo sufriente de Juliette Binoche, Dumont dedica muchos planos específicos a los locos verdaderos que la rodean, y escogidos en función de su mayor impacto expresivo. No parece ni justificado ni necesario ese regodeo. Para sorpresa de algunos, fue bien puntuada por los críticos de la revista Screen, con un 2.5 sobre 4, superior a la mayoría de las películas presentadas a competición.

Parde, de Jafar Panahi y Kamboziya Partovi. Mientras cumple la pena que se le ha impuesto de reclusión en su hogar y prohibición de hacer películas, el cine del iraní Panahi sigue acudiendo a los principales festivales internacionales con sorprendente regularidad, teniendo en cuenta las circunstancias: si a Cannes 2011 envió Esto no es una película, ahora ha estado en Berlín esta Parde codirigida con Kambuzia Partovi. No tenemos claro cuáles son las consecuencias o represalias por seguir haciendo cine y mostrándolo en los grandes escaparates del mundo que puede estar sufriendo Panahi y es loable su empeño en seguir ejerciendo su profesión en tan tiránico entorno. Pero la película es una críptica, errática y también algo egocéntrica construcción de imágenes metafóricas y reflejadas como en un espejo (a veces de forma literal y poco sutil: véase los grandes carteles de sus propias películas que aparecen al revés, por estar reflejados, y entre ellos precisamente el de su película El espejo). El propio Panahi irrumpe a mitad de película en la ficción de un escritor encerrado en su casa para concentrarse en su obra y que se ve obligado a acoger a dos hermanos que dicen estar siendo perseguidos. La represión política, las fronteras entre el sueño y la realidad, la desesperación del autor obligado a callar, el film como reflejo de la vida, o sea, las cuestiones que preocupan a Panahi ahora mismo se acumulan sin llegar a nada consistente entre las cuatro paredes de una casa y una ventana que protagoniza una de las imágenes convincentes del filme: cuando el escritor tapa con telas la ventana, que adquiere la forma de una expresiva pantalla de cine en negro.

 

 

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Berlinale (II): Y llegó lo bueno
Ricardo Aldarondo 15-02-2013 | 8:24 | 5

Tras unos primeros días realmente flojos, en los que las puntuaciones de los críticos en la revista británica Screen apenas alcanzaban el aprobado y frecuentaban el suspenso, llegaron unas cuantas buenas películas, incluso excelentes, a la Berlinale. Escojo estas como las mejores vistas allí, aunque hay que tener en cuenta que ni estuve todos los días ni pude ver todas las que me interesaban o tenían buena pinta en diferentes secciones, por coincidencia de horarios u otras razones. Ahí habría que apuntar La maison de la radio de Nicolas Philibert, Don Jon’s Addiction de Joseph Gordon-Levitt, La plaga de Neus Ballús, Interior. Leather Bar de Travis Mathews y James Franco o Prince Avalanche de David Gordon Greene.

Gloria, de Sebastián Lelio. La película chilena que salió de Cine En Construcción del Festival de San Sebastián ha sido de lo mejor de la competición de la Berlinale y sería raro que no estuviera en el palmarés, bien como mejor película, bien con un premio a la actriz Paulina García, extraordinaria en un delicado retrato de mujer madura, aún a la búsqueda de un amor, de un disfrute de la vida en plenitud. Una actriz que se expone mucho, no sólo en la desnudez de su cuerpo, sino en la construcción de un carácter entre la inocencia, la sensualidad, la entrega, la autosuficiencia y hasta la venganza. Sencilla y riquísima en matices al mismo tiempo, Gloria transita la amargura y la felicidad, en pequeñas ráfagas que dejan al espectador pegado a esa mujer, aplaudiendo su decidida actitud de seguir bailando hasta el amanecer, a pesar de todo.

The Look of Love, de Michael Winterbottom. Quizás sea más fácil para los que siempre encontramos interesante y logrado todo lo que hace Winterbottom en su cambiante cine, pero creo que esta biografía de un pionero de los espectáculos eróticos y las revistas de sexo británicas es otro gran acierto de quien hizo 24 Hour Party People, la película que más se puede parecer a esta. Una estética increíblemente lograda de los años 60 y 70 en Gran Bretaña, un montaje ágil y engrasado que no decae en ningún momento y relata los hechos despojados de envolturas, una banda sonora cargada de canciones tan adecuadas como sorprendentes, y un personaje que parece hecho a la medida de Steve Coogan (de hecho fue idea del actor que Winterbottom acometiera esta biografía), con toda su ironía british y su capacidad para encarnar el triunfo aunque todo se derrumbe a su alrededor. Glamurosa y trash al mismo tiempo, The Look of Love es tan pegadiza y al mismo tiempo tan intrincada como una canción de Burt Bacharach.

La religieuse, de Guillaume Nicloux. Nueva lectura del texto de Diderot que ya adaptó Jacques Rivette en 1966. Aunque no supere esa versión con Anna Karina, Nicloux ha logrado una película más coherente e interesante de lo previsible, con otra excelente actriz, Pauline Etienne, como la joven obligada por su familia a meterse monja y sus intentos de dejar una vida por la que no siente ninguna inclinación. Con música del gran Max Richter, aunque con la discreción que exige el tema, la película resulta interesante en todo momento, y adquiere un tono inesperado, casi cómico (aunque no desatinado) con la aparición de Isabelle Huppert como madre superiora y transgresora en la tercera parte del calvario por el que pasa la inconformista Suzanne.

Before Midnight, de Richard Linklater. Íbamos con temor: era difícil mantener el interés y el sentido, que no resultara forzado un tercer encuentro de aquellos dos personajes que se encontraban en su tierna juventud y pasaban una noche charlando y paseando antes de poder coger un tren que los separaría en Antes de amanecer. Pero el tercer capítulo de la saga es sagaz, ingenioso, divertido, amargo, imaginativo y, sobre todo, tiene a dos actores extraordinarios, Julie Delpy y Ethan Hawke, eufóricos en su hazaña: es muy difícil alcanzar ese grado de naturalidad y agilidad en sus actuaciones, y al mismo tiempo que sean tan ricos y sustanciosos sus diálogos y cambiantes situaciones. Estructurada alrededor de cinco grandes escenas, además de un prólogo sin Julie Delpy, Before Midnight ya se muestra contundente y retadora con esa escena en el coche, un plano secuencia fijo con los dos actores hablando durante más de 15 minutos, e interactuando con el asiento de atrás donde están las niñas dormidas, con una naturalidad y precisión pasmosas. Esta vez intervienen más personajes en algunas de las secuencias, pero el retrato de la pareja, con todo su amor y todos sus reproches, vuelve a ser apasionante. Ojalá Richard Linklater, Julie Delpy y Ethan Hawke sigan con esto muchos, muchos años.

Tokyo Family, de Yoji Yamada. El veterano y prolífico director japonés rinde homenaje a su maestro Yasujiro Ozu con una nueva versión de Cuentos de Tokio (1953). Lo que puede parecer un exceso de atrevimiento, rehacer esa obra maestra, adquiere sentido con modestia y sencillez, las habituales en Yamada, que en su última etapa ya ha dejado sentir más que nunca la influencia de Ozu, en películas tan hermosas como Kabei (véase la corresponiente entrada en Mon Oncle). Yamada lleva a la época contemporánea la historia original, la estancia de un matrimonio mayor en Tokio, donde viven sus hijos, en dos horas y media de relato natural, sin énfasis ni alharacas, pero cargado de honestidad y de personajes cautivadores. Plácido y emotivo retrato familiar en ese encadenado generacional que suponen Yasujiro Ozu, Yoji Yamada e Hirokazu Koreeda.

An Episode in the Life of an Iron Picker, de Danis Tanovic. Hora y cuarto y una cámara observadora y seguidora bastan al diretor de No Man’s Land para hacer un retrato tan seco como conmovedor del drama de la familia de un chatarrero, cuya mujer no es atendida en el hospital de una hemorragia causada por un aborto natural, por no tener dinero para pagar la intervención. En este momento causa especial congoja la historia, al pensar que algo así, que nos parece tan lejano en la helada Bosnia, pueda ocurrir en España, tal como se están poniendo las cosas.  La autenticidad de la propuesta se palpa aunque no se sepa que es una recreación de una historia real que sufrieron los propios protagonistas del filme, actores no profesionales, por supuesto. Otra de las máximas candidatas al Oso de Oro.

Side Effects, de Steven Soderbergh. Mientras sigue anunciando que va a dejar el cine, Soderbergh entrega otro de esos productos a los que nos tiene acostumbrados en los últimos tiempos, muy bien rodados, visualmente atractivos y sólidos, pero también algo fríos y anodinos. Así podíamos calificar Contagio, Magic Mike o incluso la más fallida Indomable. Y también esta Side Effects que se sigue con gusto a pesar del exceso de palabrería y unos giros de guión algo burdos. Un enredo psiquiátrico que implica a doctores de moral más que dudosa y una industria farmacéutica que juega con los efectos secundarios de las medicinas que administra. Incluye un giro a la media hora casi como el de Psicosis (exagerando, claro) y destaca el magnetismo de Rooney Mara para encarnar a un personaje en un punto incierto de la locura.

 

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Berlinale (I): Decepciones iniciales
Ricardo Aldarondo 10-02-2013 | 11:36 | 2

La Berlinale comenzó sin apenas nieve en las calles, pero con algunos chaparrones en el ánimo del cinéfilo. En las primeras sesiones los nombres consagrados han estado por debajo de lo acostumbrado en ellos, y tampoco en territorios más desconocidos ha surgido nada destacable.

El primer desconcierto lo provocó Wong Kar Wai, que en la inaugural The Grandmaster se hace un verdadero lío. La película quiere ser una de kung fu, pero mezclada con el lirismo de In the Mood For Love, la épica de la lucha de clanes, el fresco histórico de varias décadas y una grandilocuencia operística de obra magna recargada de imágenes bellísimas. Pero su esteticismo cae en guión roto. Se diría que Wong Kar ­Wai tenía un montón de material filmado y no sabía cómo construir algo coherente con ello. Recurre a carteles explicativos y voces en off para situar en el tiempo y en los acontecimientos al espectador, pero solo crea confusión, eso sí, con algunos momentos de enorme belleza.

Gus Van Sant tampoco estuvo a la altura de la devoción que provoca su firma. En Promise Land, una película tan convencional como su título, nada hay que identifique al director de Elephant, ni siquiera al de la más ortodoxa pero hermosa Restless. Los actores Matt Damon y John Krasinski son, además de protagonistas, guionistas y productores, y suya es una película agradable de ver, de buena conciencia ecologista y muy correctamente realizada, con personajes perfectos para los dos impulsores del filme. Pero todo resulta muy previsible y convencional en este drama de entorno rural en el que Frances McDormand se encarga de poner el punto irónico con su habitual estilo perfilado en Fargo. Pero esto no es Fargo, sino algo más parecido a un telefilme de calidad.

El austriaco Ulrich Seidl completa su trilogía Paradise con Hope, que no está a la altura, en imaginación y mordiente, del excelente primer capítulo. Centrada en adolescentes con sobrepeso recluídos en un centro para adelgazar, tiene el habitual estilo sórdido y frío de su autor, pero no termina de entrar a fondo en algunas situaciones descriptivas, aunque conserva el tono inquietante y la descarnada mirada del autor sobre la sociedad actual.

Y la selección oficial se va desarrollando con algunas películas realmente anodinas, como la polaca In The Name Of, de Malgoska Szumowska que tuvo una cierta difusión con Elle, pero ahora no saca mucho partido a los dilemas de un cura homosexual, y la rusa A Long and Happy Life, de Boris Khlebnikov, con los problemas de un joven granjero y una estética nerviosa, pero más bien viejuna.

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