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Cannes 2013

Cannes (7): Jerry Lewis, entre el humor y la amargura
Ricardo Aldarondo 26-05-2013 | 1:22 | 4

Jerry Lewis ha sido una de las estrellas de este Cannes, quizás menos glamourosa que otras, pero que algunos esperábamos con especial fervor. Sobre todo los franceses, que lo adoran, a diferencia de un público español que en las dos últimas décadas parece haber olvidado no sólo el gran cómico que fue, sino cómo contribuyó, especialmente junto al director Frank Tashlin y también en algunas de sus propias películas como realizador, a crear una lenguaje visual cómico sin igual, y a llevar el disparate a cotas únicas, en película geniales como El ceniciento (Cinderfella, Frank Tashlin, 1960), El profesor chiflado (The Nutty Professor, Jerry Lewis, 1963), Lío en los grandes almacenes (Who’s Minding the Store, Frank Tashlin, 1963), Caso clínico en la clínica (The Disorderly Orderly, Frank Tashlin, 1964) o Las joyas de la familia (The Family Jewels, Jerry Lewis, 1965). Muy por encima del estereotipo que ha quedado de él como experto en muecas y tropezones, Jerry Lewis es un cineasta con personalidad única que habría que reivindicar en toda su dimensión. 

A Cannes llegó para presentar la primera película que hace en dieciocho años, Max Rose, segundo film del director Daniel Noah. Y no se trata de una colaboración anecdótica, sino de un papel protagonista en toda regla. Y nada humorístico. Jerry Lewis interpreta a un pianista retirado de 87 años que pierde a su mujer. Y al rebuscar entre los recuerdos de ella encuentra un medallón con una inscripción en la que un hombre le declaraba su amor en la misma fecha de 1959 en la que Max realizaba una de sus sesiones de grabación. Amargado por lo que considera una prueba de que su matrimonio fue una farsa, trata de encontrar más, sobre todo el rostro del amante entre los cientos de dibujos que hizo su mujer casi a diario. Su obcecación, que los hijos consideran indicadora de una demencia senil, le lleva a una residencia de ancianos en la que, a pesar de su desesperación, se desarrollan un par de bonitas secuencias con otros ex músicos, con los que charla, bromea y escucha jazz en un viejo tocadiscos. Ese es el tono del film, de nostalgia y amargura por el fin de una vida, en el que Max tratará de cerrar sus heridas. También tiene un pequeño papel el gran Dean Stockwell, sorprendentemente avejentado. Un filme bonito, agradable, esquemático, con una dirección puramente funcional y con un Jerry Lewis que se ve que va un poco a su aire y solo sonríe ligeramente cuando entona, evocado un pasado más hermoso, unas notas de Nobody But You. Y un film que huele a despedida por todas partes, cosa que refuerzan los títulos de crédito finales, con imágenes de archivo de Jerry Lewis actuando en escenarios y estudios de grabación, remitiendo al personaje pero también al actor y su legado. La dulce tristeza del tiempo pasado.

No pude asistir a la rueda de prensa de Jerry Lewis, aunque Gregorio Belinchón contó detalladamente en El País las disparatadas y a menudo desconcertantes respuestas que dio. Pero sí pude observarle en la única proyección de Max Rose que hubo (el pase de prensa se suspendió misteriosamente), con presencia del actor y el equipo del filme, justo una fila detrás de mí. Además de llegar con retraso, Jerry Lewis justo se unió un momento a los miembros del equipo que ya estaban en el escenario para que les hicieran fotos juntos, pero enseguida pidió literalmente a gritos que le dejaran sentarse. Y se hundió en su butaca, como si quisiera que dejaran de mirarle. No se sabía si estaba haciendo una de sus bromas o llevaba un cabreo considerable. Al entrar por el pasillo me pareció oirle quejarse de que llevaba cuatro horas dando vueltas, de hecho acababa de asistir a la ‘subida de escaleras’ de la película Nebraska de Alexander Payne. Después de que el director Daniel Noah presentara la película, el boss de Cannes Thierry Fremaux preguntó a Jerry Lewis si quería decir algo, a lo que el actor respondió con otro grito: “NOOOO!”, y siguió refunfuñando, en ese punto indeterminado entre la gracia del niño travieso y la cara de pocos amigos. Tras la proyección se levantó y saludó al público y aplaudió al director. Y buscó rápidamente la salida de una sala en la que también estuvieron presentes el mítico músico Michel Legrand, que ha realizado la nostálgica banda sonora a base de piano, y la directora Agnés Varda, entre otros. Genio, en todos los sentidos, y figura, esfumándose discretamente por la puerta de salida.

 

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Cannes (6): ‘La vie d’Adéle’, una gran historia de amor, lesbiana o no
Ricardo Aldarondo 25-05-2013 | 2:48 | 0

Íbamos con cierta prevención, no tanto porque La vie d’Adèle, chapitres 1 & 2 durara tres horas y se proyectar al final de la jornada, como porque su sinopsis solo decía que trataba de la relación entre dos chicas. Y, efectivamente, la película de Abdellatif Kechiche, que ha sido si no la mejor sí la mayor sorpresa de una Sección Oficial con poco espacio para los descubrimientos, dedica esas tres horas a contar el inicio, el fulgor y la disipación de una relación amorosa, una relación de amor entre dos chicas muy jóvenes. Y sin embargo esa duración no solo está plenamente justificada, sino que es la esencia de que La vie d’Adèle, chapitres 1 & 2 llegue a una profundidad e intensidad que pocas veces se logra en el intento de plasmar el enamoramiento en pantalla. Aunque habrá quien diga que se puede contar lo mismo en menos tiempo, me temo que no: Kechiche crea un mundo de cercanía y autenticidad, de convivencia total con el personaje de la chica que a los dieciocho años vive en su clase los típicos acercamientos de chicos y se plantea una relación con alguno de ellos, pero se queda inexplicablemente prendada de una chica con el pelo azul que ve pasar por la calle.

Todo es creíble y cercano, y por lo tanto emocionante, en lo que le ocurre a esa chica, interpretada por una de las revelaciones de jóvenes actrices que ha tenido este Cannes, una Adèle Exarchopoulos a la que parece difícil que nadie le arrebate el premio de interpretación, a no ser que lo comparta con su compañera en la película, Léa Seydoux, otro idilio con la cámara. Ambas, pero sobre todo Adèle, que está permanentemente en pantalla, se implican en sus papeles de una manera dificilmente igualable, sobre todo porque Kechiche no recurre al tono documental, o a un estilo improvisado y descuidado, que suele ser lo más socorrido para plasmar realismo: sus planos parecen elaboradísimos y naturales al mismo tiempo, bellísimos pero nada afectados. Y esa implicación entre el director, las actrices (ampliable al resto del reparto también) y los personajes se lleva en La vie d’Adèle a sus últimas consecuencias: las más llamativas en las escenas de sexo, que son absolutamente reales y detallistas, la primera con una duración cercana a los diez minutos, y que explican realmente cómo es esa relación en todas sus dimensiones. Nunca se ha mostrado en el cine cómo es el amor, la pasión y el sexo entre mujeres en la cama como en esta película, y cómo todo ello influirá en lo que irá ocurriendo a continuación. Sin embargo Kechiche evita por completo el ámbito de la condición gay, y se sitúa siempre en la historia de amor entre dos personas, lesbianas o no, y da la impresión de entrar como pocos en los sentimientos de las mujeres en general.

Pero además de la historia de amor, deseo y comunicación más allá de las palabras, en La vie d’Adele se habla, y con la misma sutileza y profundidad, de las incertidumbres de la juventud, de la búsqueda de la identidad propia y de los gustos personales, de cómo vislumbrar un futuro, no tanto laboral, como vital. Y de las ilusiones y frustraciones que todo ello conlleva. Las dos son estudiantes, una de literatura y otra de arte: a Kechiche le interesa la relación entre la vida y la representación de esa vida en la ficción y el arte. Y a través de sus personajes transmite una pasión por el arte desprovisto por completo de ínfulas culturetas, apoyada únicamente en la fascinación y la apertura para los sentidos, y para comprender la vida real, que aportan la literatura, la música o la pintura, que de todo ello hablan y viven con naturalidad los protagonistas de La vie d’Adèle, una película que se te queda dando vueltas en la mente durante días y días.

El tunecino Abdellatif Kechiche, que trabaja en el cine francés, ya había destacado con otro retrato juvenil en las afueras de París, L’esquive (2003) y con dilemas humanos de otra edad, en Cuscús (2007), pero es en este quinto largometraje donde alcanza verdadera altura de autor con un mundo propio, y que puede tener continuidad. Basada en un cómic titulado Le Bleu est une couleur chaude, La vie d’Adele promete continuidad: Kechiche tiene interés en ver cómo continuará el cómic y seguir adaptándolo, y no descarta que Adèle se convierta en lo que fue Antoine Doinel para François Truffaut.

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Cannes (5): eficaz Soderbergh, desconcertante Winding Refn, agudo Alexander Payne
Ricardo Aldarondo 25-05-2013 | 12:29 | 4

BEHIND THE CANDELABRA, de Steven Soderbergh.
A Michael Douglas casi se le saltaron las lágrimas en la rueda de prensa. Vimos cómo se le entrecortaba la voz, y tenía que hacer una pequeña pausa antes de pronunciar la palabra “cáncer”. Estaba explicando que la propuesta de interpretar al excéntrico músico Liberace le llegó cuando estaba en plena lucha contra la enfermedad, y le abrió un horizonte. También vimos en esa rueda de prensa a un Matt Damon que derrocha ironía y perspicacia sin ninguna apariencia de creerse lo suyo, con gafas de estudiante curioso y discreto, contando con gracia y hasta suspense cosas como el método de trabajo de Steven Soderbergh, que cada noche monta la escena rodada durante el día y la cuelga en una web exclusiva para que los actores puedan verla y saber cómo va quedando la película. Michael Douglas aseguró que el director acabó de rodar un viernes y el lunes siguiente tenía ya la película terminada. Steven Soderbergh, por su parte, reiteró que se retira del cine, aunque no sabe por cuanto tiempo, y que no le importaría que Behind the Candelabra fuera definitivamente su última película, tan orgulloso está de ella.


El resultado no es tan rotundo, novedoso o emocionante como todas esas declaraciones, pero esa línea algo aséptica y tremendamente funcional que Soderbergh ha llevado en estos últimos años, funciona como un peculiar biopic que, a falta de interés de Liberace como músico, se centra en lo que llamaba la atención de su vida: su delirante estética kitsch en los ropajes, los anillazos que no le impedían tocar el piano y, sobre todo, la decoración y su casa; y, por otro lado, su relación con un muchacho, interpretado por Matt Damon, un poco  mayorcito para el papel, dispuesto a ejercer de señorito de  compañía, escudero y juguete sexual. Mientras Soderbergh aplica una dirección funcional, que mantiene siempre el interés de lo contado (un poco menos en la segunda parte) y brilla más por los deslumbrantes decorados que por la inventiva narrativa, Michael Douglas y Matt Damon lo bordan. Y el papel de Douglas huele a premio de interpretación. Con peinados y ropajes  imposibles, propios  de  los años 70 más extremos, representan dos personajes tan divertidos como patéticos, encerrados en una jaula de oro donde se evidencia las soledades. Más que el ascenso y caída de un artista, es el crecimiento y previsible desgaste de una relación en la que el capricho, el amor, el aprovechamiento mutuo se confunden y multiplican. Hay situaciones muy divertidas, como la primera entrada de Matt Damon en el santuario de Liberace, o el número final; y también momentos dolorosos, como esa mirada ante el espejo del músico despojado de su parafernalia  estética. Y todo lo orquesta ese Soderbergh solvente, sin más y sin menos, en una película (o TV movie: está producida por HBO y estrena por cable en EE UU) que está afortunadamente más cerca de Magic Mike que de la engañosa Efectos secundarios.

ONLY GOD FORGIVES, de Nicolas Winding Refn.
Quizás la mayor decepción de Cannes la protagonizó el mismo director que hace dos años desencadenó entusiasmos desmedidos  y un auténtico culto con su película Drive. El hecho de que haya contado de nuevo con el actor Ryan Gosling y el músico Cliff Martinez puede hacer pensar que el problema sea el habitual: querer repetir la fórmula de éxito. Pero no, Only God Forgives no es un segundo Drive, de hecho en cierto tono místico, ceremonioso y sangriento nos recuerda más a su precedente Valhalla Rising que al thriller pausado del coche y la cazadora tatuada. Pero aquí no hay paisajes nórdicos, sino sordidez siniestra y oscura, entre tugurios de Tailandia, para contar una historia de venganza y mafia más o menos tópica, pero reducida a un esqueleto poco consistente y adornada con una relación familiar entre la tragedia griega y el cómic disparatado. En principio se diría que Nicolas Winding Refn se toma la película muy en serio. Por eso, cuando aparece el personaje de la madre siniestra (una Kristin Scott Thomas intentando hacer algo que no le pega nada), y despliega unas actitudes y unos diálogos que invitan a la carcajada (y bien sonoras algunas de las que se oyeron en el Palais), uno se queda entre el estupor y una sospecha nada fundada de que el director danés juega a la autoparodia. Lo que es seguro es que abusa de las posiciones y miradas inertes de Ryan Gosling, que también por ahí la película roza el ridículo, y se ahoga  en un cúmulo de influencias que van de la estética oriental de artes marciales, katanas y agujas torturadoras, a la violencia disparatada  de Tarantino (pero sin su humor) y los ambientes enrarecidos de David Lynch, a quien parece homenajear con el policía corrupto que remata sus faenas interpretando canciones en el karaoke, y una estética  en permanente rojo y negro. Quizás por el lado de la parodia no explicitada es por donde mejor se pueda encajar esta película desnortada de violencia salvaje en momentos puntuales, sí, aunque no es ese el problema.

NEBRASKA, de Alexander Payne.
En contraste absoluto con Winding Refn, otra de las abundantes propuestas estadounidenses mostró lo que se esperaba de Alexander Payne: un guión magníficamente escrito en cada frase, en cada detalle visualizado, elaborado por Bob Nelson y llevado  a su destino con mano tan firme como delicada por Payne, para hablar de la vejez, de la ilusiones perdidas y algunas que aún puede brotar, y de las relaciones familiares encallecidas. Menos ambiciosa que la magistral Los descendientes, más lineal como corresponde a una road-movie que no participa de los tópicos del género, con unos actores que hacen de sus personajes pura verdad, desde su sencillez Nebraska va haciéndose grande poco a poco, con el escueto argumento de un octogenario que está convencido de que le ha tocado la lotería (así lo dice uno de esos folletos de propaganda-timo) y quiere ir a cobrarla a un pueblo de Nebraska. Los personajes son deliciosos, desde la esposa descreída pero afable, a esos dos hermanos garrulos, tan jocosos como apáticos, que forman parte de la familia y la vecindad de sus orígenes con los que se encontrará el despistado Woody, quien al comienzo de la película pretende ir andando a un lugar que dista mil y pico millas de su casa. El blanco y negro emparenta Nebraska con esa América profunda desolada, inerte, decadente de películas como The Last Picture Show (Peter Bogdanovich, 1971) pero en la que habitan personajes tan contradictorios, tan bondadosos o simplonamente retorcidos como en cualquier otra parte del mundo (y entre ellos destaca el emblemático actor Stacy Keach de Fat City (John Huston, 1972), pero con un carácter genuino, y en un paisaje muy especial, que Payne revela con gran mesura en las emociones. Una delicia de película que, como todas las de Alexander Payne, te deja con ganas de volver cuanto antes sobre ella.

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Cannes (4): Claude Lanzmann y Rithy Panh reconstruyen las imágenes inexistentes del horror
Ricardo Aldarondo 22-05-2013 | 12:10 | 0

El domingo fue un día para enfrentarse a los peores fantasmas del genocidio, a través de dos directores que han retornado una y otra vez a dos terribles hechos históricos a los que siempre pueden volver con nuevos enfoques, por inabarcables e incomprensibles, y por el empeño de ambos en indagar en la insondable verdad.

Le derniere des injustes, de Claude Lanzmann. La sesión fue todo un reconocimiento a la labor durante cerca de 40 años del director de la monumental Shoah. De los materiales que filmó en 1975 para ese filme se deriva Le dernier des injustes, una película de 3 horas y 40 minutos de duración que se basa en una entrevista, que permanecía inédita, que Claude Lanzmann mantuvo con Benjamin Murmelstein, el último de los presidentes del Consejo Judío durante la Segunda Guerra Mundial, que tuvo un papel especial en la organización del ghetto de Theresiendstadt en Checoslovaquia. En esa ciudad que los nazis ‘regalaron’ a los judíos, proclamando que allí iban a tener su paraíso, y que pronto se convirtió en un campo de trabajo y muerte, Murmelstein trataba de mantener las mejores condiciones posibles y lidiaba directamente con el nazi Adolf Eichmann para defender a su comunidad. Vivía en Roma cuando en 1975 se dejó entrevistar por primera vez por Lanzmann para tratar de aclarar su papel, toda vez que algunas voces judías cuestionaron su relación con el aparato nazi. El hecho de que fuera el único superviviente de los sucesivos presidentes del estamento judío despertaba sospechas. En la entrevista llama la atencion que en ningún momento se emociona, aunque relata con rabia y dolor la progresiva degeneración de la vida en el ghetto, donde pronto empezaron los ahorcamientos y las muertes por hambre y enfermedad y los traslados a campos de concentración de los que, asegura Murlmenstein, no se sabía en aquel lugar y en aquel momento lo que en ellos se estaba haciendo.

Lanzmann pregunta abiertamente, y Murlmenstein explica que, igual que un médico no puede llorar ante la enfermedad de un paciente, él no se podía permitir lamentos y se empeñaba en que la gente se mantuviera activa. Por eso contribuyó al “embellecimiento” de la ciudad emprendido por los nazis, que querían mostrar Theresiendstadt como un paraíso para los judíos. Y Murlmenstein consideró que esa propaganda les venía bien a los judíos, porque si se sabía que aquel ghetto existía, sería más difícil para los nazis eliminarlo: Eichmann ya había amenazado con volarlo más de una vez. Las declaraciones de Murlmenstein son fascinantes por su vehemencia al hablar, y aunque a menudo deriva de un tema a otro y acumula anécdotas, creando cierta confusión, ese estilo enrevesado dice mucho de su tendencia a no afrontar directamente algunas cuestiones. Pero admite que le empujaba un cierto espíritu aventurero que no tenía miedo a morir porque tenía que defender esa misión de tratar de salvar a su comunidad. Y habla sin tapujos de ese cierto poder que su posición le otorgaba.

Además de la entrevista, la película contiene visitas de Lanzmann en la actualidad a algunos de los lugares citados (nombres de los que dice el cineasta que hoy no se acuerdan más que unos pocos especialistas), en los que lee fragmentos del libro que editó Murlmenstein hace 40 años y relata in situ algunos de los terribles asesinatos. Así, la película se estira demasiado, no hay montaje selectivo, digamos, pero tanto las revelaciones que contiene como los enigmas que deja en el aire hacen de Le derniere des injustes un complemento bie interesante, también autónomo, de Shoah, como lo fue la anterior Sobibor, 14 Octobre 1943.

L’image manquante, de Rithy Panh. El cineasta que impresionó con el documental sobre los jemeres rojos y el genocidio perpetrado en Camboya a partir de 1975 regresa a aquel momento, cuando él era niño, desde una rememoración emotiva, dolorosa, pero nada enfática. La película que comienza con un almacén lleno de películas abandonadas, deterioradas, muchas completamente inservibles, es el punto de partida de la búsqueda de esa ‘imagen que falta’. Una imagen metafórica de todo el horror vivido por Rithy Panh en esos tres años, en los que perdió a buena parte de su familia y convivió en campos de trabajo en los que el hambre les obligó a comer ratas entre otros horrores. La narración en off, en forma de ensayo personal e íntimo se superpone a imágenes documentales, muchas de ellas filmadas por el propio régimen impuesto por los jemeres, y recreaciones de las situaciones elaboradas de forma sorprendente con pequeñas figuras esculpidas y pintadas. Lo que en primera instancia puede parecer que dará poco de sí para hora y media de película, se convierte en un lenguaje rico y revelador para entrar desde la experiencia íntima de la pérdida y el dolor infinitos, sobre un hecho histórico terrible que afectó a una gran comunidad. Ese modo de ir desde el detalle a lo general, desde una figurita a toda la representación del mal, y de la degradación humana, hace de L’image manquante una película calladamente conmovedora que clama contra el olvido.

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Cannes (3): Los Coen hacen de las suyas
Ricardo Aldarondo 20-05-2013 | 12:13 | 6

Diluviaba en Cannes pero eso no evitó que todo el mundo quisiera ver la de los hermanos Coen, Inside Llewyn Davis. Y que mucha gente se quedará fuera de la sala, en colas, las de los más desfavorecidos, a las que ni siquiera dieron acceso. Frente a las inclemencias del tiempo, dentro aguardaba como recompensa una pequeña delicia con todas las mejores características de los hermanos Coen.

Ambientada en el Greenwich Village neoyorkino de 1961, el mismo momento y lugar en que surgió y creció Bob Dylan, la película habla de un cantautor folk anónimo y sin suerte que no consigue ir más allá del pequeño club que le da cobijo. Pero Joel y Ethan Coen no pretenden radiografiar aquel momento seminal para la música folk, por supuesto, y hacen de las suyas. Un cúmulo de pequeñas desgracias, paradojas y casualidades de la vida cotidiana crean un mundo ligeramente surrealista, que puede recordar a Barton Fink (aunque con menos pretensiones), salpicado de canciones, aunque no muchas, a las que los Coen dan notable protagonismo, gracias a un actor-cantante que afronta ambos roles con total convicción, Oscar Isaac.

Llena de esos detalles entre lo desternillante y lo desconcertante tan característicos de los Coen, la película representa toda una odisea (el gato que aparece continuamente se llama Ulises) de un cantante en busca de reconocimiento, pero con unos personajes secundarios espléndidos, que dan ocasión de intervenir y dejar huella a Carey Mulligan, Justin Timberlake, F. Murray Abraham y un John Goodman descacharrante con un peinado que casi podría competir con el de Javier Bardem en ‘No es país para viejos’. Lo dicho, una delicia.

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