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Clásicos

Monjas en el cine negro: ‘Tempestad en la cumbre’, de Douglas Sirk
Ricardo Aldarondo 30-03-2013 | 2:50 | 4

Vi Tempestad en la cumbre (Thunder On the Hill, Douglas Sirk, 1951) a principios de los 80, dentro de un fabuloso ciclo sobre Douglas Sirk que programó TVE, con una veintena de sus películas, y acompañando cada una de ellas con un fragmento de una larga y ya legendaria entrevista de Antonio Drove al cineasta (plasmada luego en su valiosísimo libro Tiempo de vivir, tiempo de revivir). Y luego ya fue imposible volver a ver la película durante décadas: aún no teníamos vídeo para haberla grabado, no se reponía en televisión (cuando en la televisión ponían cine clásico todos los días), no se editó en vídeo Beta ni VHS, ni luego durante muchos años en DVD. Tenía ganas de comprobar si el recuerdo de aquella primera impresión ante una película ambientada en un convento-hospital de monjas, pero con un ambiente extraño, oscuro y melodramático, era producto de la mitificación del paso de los años, o realmente esta película de la primera etapa del gran director Douglas Sirk era algo especial. Finalmente, El Corte Inglés la editó en su exclusiva colección Grandes Clásicos hace poco más de un año, y luego se distribuyó de forma normal.

Y, se confirma, Tempestad en la cumbre sigue siendo una deliciosa rareza, dentro del cine de producción normal de 20th Century Fox de los años 50. Uno tiene debilidad por las películas que sin pertenecer en principio al cine negro, tienen rasgos estéticos profundamente enraizados en la estética noir: entre los ejemplos, cabe citar los westerns Sangre en la luna (Robert Wise, 1948) y Filón de plata (Silver Lode, 1954), o el alucinante y alucinado drama histórico El reinado del terror (Reign of Terror / The Black Book, Anthony Mann, 1949), todas ellas realizadas en el mismo periodo.

También Tempestad en la cumbre está bañada de estética noir, pero va mucho más allá. Basada en una obra teatral de Charlotte Hastings, plantea una pequeña intriga a partir de una condenada a muerte (Ann Blyth) por el asesinato de su hermano que está a punto de ser ejecutada a pesar de que se declara una y otra vez inocente. Lo interesante es que ella, como muchos de los habitantes de un pequeño pueblo, tienen que refugiarse en un convento-hospital que se halla en la cumbre del título español, huyendo de unas inundaciones provocadas por días de tormenta. La monja interpretada por Claudette Colbert se interesa por esa mujer atormentada, porque ella tiene su propio trauma familiar, que le empujó a meterse monja. Y ahora se convierte en una especie de investigadora que trata de averiguar antes de que sea demasiado tarde si la condenada es inocente o no.

Así planteado puede sonar rocambolesco y no negaremos que de algún modo lo es. Pero lo fascinante de Tempestad en la cumbre es cómo mezcla una intriga en un espacio concreto a lo Agatha Christie, el melodrama de la mujer pecadora y/o sufriente, el drama de una comunidad asolada por la enfermedad y la tragedia con lo que tiene de tensión y esfuerzo colectivo, una estética de terror basada en los continuos truenos y relámpagos y en las formas góticas de la arquitectura, una iluminación noir de contrastados blancos y negros, la elegancia formal ya desarrollada por Douglas Sirk y que culminaría posteriormente en sus magníficos melodramas en la Universal, la variante de cine negro psicológico y hasta personajes propios del terror como un ayudante mentalmente inestable y el mad doctor. Los decorados, tanto en el interior del convento, entre escaleras, claustros, estancias hospitaliaria y, como no, el campanario, se combina con una salida al exterior en un recorrido en barca sobre las aguas, entre la niebla, con un decorado deliciosamente evidente. Y todo ello manteniendo como base el carácter de película de monjas y el enfoque de woman picture que podían tener los dramas que interpretaban Barbara Stanwyck o Susan Hayward como mujeres sufrientes y al borde de la desesperación.

Douglas Sirk no tenía demasiado aprecio por esta película que, desde luego, no alcanza la maestría de su etapa formada por las magistrales Escrito sobre el viento (Written on the Wind, 1956), Siempre hay un mañana (There’s Always Tomorrow, 1956),  Ángeles sin brillo (The Tarnished Angels, 1957), Tiempo de amar, tiempo de morir (A Time To Love and a Time To Die, 1958) e Imitación a la vida (Imitation Of Life, 1959), ni la sutileza dramática de algunos de los films de su etapa alemana, sobre todo La golondrina cautiva (Zu neuen ufern, 1937) y La habanera (La habanera, 1937), aunque ya había apuntado esa tendencia noir dramática en sus primeras películas americanas, especialmente El asesino poeta (Lured, 1947) y Pacto tenebroso (Sleep, My Love, 1948), también estupendas. Pero Tempestad en la cumbre contiene una especie de extravagancia subterránea, bajo una apariencia de total coherencia y de producción rutinaria de estudio, que la hace especialmente fascinante.

No me puedo resistir a incluir esta foto que he encontrado en la muy recomendable página web Cinema Treasures, con fotos de cines de todo el mundo, y que pertenece a un pase especial solo para monjas de Thunder On the Hill, en el Uptown Theater de Chicago en 1951.

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Droga dura en Hollywood: ‘El hombre del brazo de oro’
Ricardo Aldarondo 25-06-2012 | 5:47 | 10

Aún asombra que en 1955 el director Otto Preminger fuera capaz de mostrar abiertamente, en el Hollywood restrictivo de la época, la adición a la heroína y sus consecuencias, y además con un actor como Frank Sinatra, que ya llevaba años convertido en estrella de la canción e ídolo de jovencitas. Imperaba todavía el código Hays que delimitaba hasta el absurdo no solo los temas, sino las palabras que no podían ser empleados en las películas. Si el sexo, o cualquier insinuación relativa, se mantenía aún en el filo de lo prohibido, las drogas simplemente no existián. En la década siguiente, en los 60, las drogas se asociaron a la cultura del rock y los movimientos juveniles del momento y ocuparon primer plano en los medios, con todo tipo de debates, o muertes de ídolos perpetuos. Pero en los años 50, en el mundo del jazz, aún una música más o menos underground, las adicciones a la heroína eran frecuentes, de Charlie ParkerChet Baker, o su pianista Dick Twardzik, que murió con 24 años.

El título de El hombre del brazo de oro puede hacer referencia a tres cosas: en la película se apunta más a la buena mano que tiene el protagonista para hacer de crupier para un mafiosillo que mantiene un garito de juego, o a su afición a tocar la batería; pero sobre todo subyace el significado del costoso, en todos los sentidos, producto que corre por las venas de Frankie Machine, ex veterano de guerra buscando su sitio en el mundo con una esposa paralítica (Eleanor Parker), una mucho más atractiva mujer deseada (Kim Novak), y esos dos abismos que le rodean, la droga y el juego.


Con unos títulos de crédito de Saul Bass que marcan la estética tan esquemática, poderosa y característica del único artista capaz de labrarse una verdadera leyenda en esa faceta del cine, El hombre del brazo de oro es un potente drama que, aunque está basado en una novela de Nelson Agren, tiene un cierto tono teatral: pocos escenarios, y las psicologías y diálogos de los personajes como columna vertebral. Nada rutinario, por otra parte: el arte/tiranía de Otto Preminger para sacar lo mejor de sus actores, y su capacidad visual para la composición de los encuadres (véase la primera aparición de Kim Novak, con un hombre detrás, y un Sinatra recién llegado a la localidad en primer plano: las relaciones de los tres quedan explicadas antes de que empiecen a hablar) logran la fuerza que sigue teniendo la película. Aunque el cine ya no tenga limitaciones a la hora de tratar esos temas (Hollywood, de todos modos, continúa siendo recatado sin códigos externos que le impongan las normas), El hombre del brazo de oro sigue conservando toda su fiereza y desesperación en la lucha de un hombre por mantener el equilibrio en un entorno hostil.

La escena en que Frankie pasa el mono en un nuevo intento de desintoxicarse impacta por su crudeza y realismo. El comienzo con la palabra beer en el luminoso del bar podría parecer un nexo de unión con Días sin huella, la película de Billy Wilder que una década antes se atrevió a hablar de manera igualmente directa de la adicción al alcohol y que terminaba con el letrero de Bar encendiéndose y apagándose, representación visual de la permanente incertidumbre y tentación del adicto.

El hombre del brazo de oro ha sido recientemente en DVD Versus con su cuidado habitual:  una excelente copia que resalta el brillante blanco y negro de Sam Leavitt, y la música jazzística de Elmer Bernstein que marcó una época; un ‘video-ensayo’ de Gerardo Sánchez Fernández; y un amplio y muy fundamentado texto de Tomás Fernández Valentí, aunque esta vez no en forma de libreto en papel, sino en pdf.

Cuidado, que hay otras ediciones de más que dudosa calidad, la buena es la de Versus. También está disponible en Filmin.
He aquí el trailer original, nada que ver su calidad de imagen con la edición que aquí comentamos.

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