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Conciertos

Cass McCombs, tejedor de estilos y tiempos
Ricardo Aldarondo 31-01-2017 | 9:31 | 0

Empezó tranquilo, con la suave y algo irónica cadencia de Bum Bum Bum, como despreocupado de formalismos en esos primeros minutos de contacto con el escenario. El público se apiñaba ayer tarde en la recoleta sala Kutxa Kultur Kluba (San Sebastián) acogida por su excelente sonido. Se despreocuparon también pronto quienes tenían el recuerdo de un Cass McCombs más hosco en su anterior visita a San Sebastián, en Ulia, y con ese fantasma de hombre reservado y algo imprevisible que le rodea.  Pero todo fue plácido y bien conjuntado en la docena de canciones un poco descamisadas, como su cuello, que ofreció el californiano. Descamisadas no por imperfectas, sino por sueltas, volatineras, abiertas a aires distintos a los guardados en disco, fluyendo por distintos estilos que se iban construyendo con la inspiración del momento, y del cuarteto tan bien conjuntado en el que se presentó inmerso.

Ni siquiera se plegó a centrarse en su último y espléndido disco, Mangy Love: picoteó en cuatro o cinco temas, pero se dejó lamentablemente fuera maravillas como Laughter is the Best Medicine. Pero sí emergieron sus mejores tramos soul, caso de Opposite House. Prefirió tantear de un disco a otro, recuperar la encantadora Brighter!, elegir piezas más bien recitativas como la velvetiana Robin Egg Blue, y aportar amplios desarrollos de los que se iban desprendiendo los más diversos estilos sin salirse de la coherencia personal.

Además de comprobar el punch que como guitarrista tiene McCombs sin perder de vista el arpegio elaborado y juguetón, nos sorprendió las texturas que aportaba el teclista, armado con dos aparatos decididamente vintage, pero eternos: el piano Fender Rhodes de emocionante sonido, y el sintetizador analógico Juno de Roland con el que se zambullía definitivamente en evocaciones de jazz-rock en su vertiente más amable y cálida, aflautada, sinuosa.

En Run Sister Run se impuso la cumbia, nada menos, y el rescate de la preciosa County Love fue creciendo y derivando hacia el reggae-dub entre la complicidad total de los músicos (ese emotivo punteo de bajo), mientras Cass alcanzaba la máxima expresividad con su voz sentida, como ya había hecho en otras de sus canciones más hermosas Dreams Come True Girl y Morning Star. Lírico, pero con mucho cuerpo instrumental.

En ese saber estar en todos los estilos al mismo tiempo, sin descentrarse ni perder su propio nombre, Cass McCombs me recuerda al mejor Iron & Wine, el que supo crecer de la americana más terrosa a la sofisticación mejor entendida. También los emparejo un poco en la voz. Uno y otro están entre lo más sugerente, por atemporales y abiertos a todas las posibilidades, de los cantautores americanos de hoy.

 

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De Tindersticks a Sr. Chinarro, a cada cual mejor
Ricardo Aldarondo 18-04-2016 | 7:11 | 7

Los astros se conjugaron para soltar lluvia y fastidiar el plan de ver a Tindersticks en el anfiteatro de Miramon (dentro de la programación Music Box de la capitalidad cultural), pero también para darnos una alegría y resolvernos a algunos el terrible dilema que teníamos y permitirnos ver el otro concierto en principio programado a la misma hora en el Dabadaba, el de Sr. Chinarro. Finalmente Tindersticks en Tabakalera, y a continuación y justo al lado Sr. Chinarro en el Dabadaba, fue un plan redondo que hubiera valido por toda una jornada en el mejor festival indie del mundo: fueron dos conciertos extraordinarios, cada uno en lo suyo, imposible designar al mejor.

Era la cuarta visita de Tindersticks a San Sebastián, aunque quizás pocos se acuerden de la primera, en 1999, en el Victoria Eugenia como las dos siguientes, y con lucido programa doble: Arab Strap ocuparon entonces la primera parte con un Aidan Moffat ejerciendo su pose de lazy man como nunca. Volvieron en 2009, y en 2012 dejaron incluso un legado: su disco Live in San Sebastian, con ocho de las canciones de aquel concierto en el que tuvieron el mismo telonero de este sábado, sensible constructor de capas sonoras con samples superpuestos, guitarra y percusión, acompañado de un saxo. El resultado era bonito, aunque quizás poco apropiado para un público que de pie hacía tiempo, más que nada, hasta que salieran los Tindersticks.

Había cierta prevención: la sala desnuda de Tabakalera donde finalmente fue el concierto hacía temer una mala acústica y un ambiente poco acogedor; y el hecho de que el concierto fuera gratuito parecía una invitación a los charlatanes a comerse a gritos a Stuart Staples. Y sin embargo, desde la salida a escena, precisamente con un tema de lo más tranquilo como Second Chance Man, el prodigio tuvo lugar y la voz de Staples y los delicadísimos y austeros arreglos de la banda crearon su manto atmosférico que hace que todo quede en suspenso, y solo quepan las emociones reposadas que arrastran las canciones. Y el sonido fue cálido y cristalino.

Acudieron cada dos por tres al nuevo y notable álbum, The Waiting Room (la canción que le da título, sólo con órgano eclesiástico fue uno de los momentos de levitar) pero también al anterior The Something Rain (Medicine fue otro de los más emocionantes momentos), e intercalando alguna pieza primeriza, como  Sleepy Song y She’s Gone. El repertorio era casi calcado al de Barcelona y otros conciertos anteriores, y sin embargo no había nada de mecánico ni prefigurado en una interpretación absolutamente entregada y apasionada por parte de los cinco músicos. Y cuando acometieron una canción ajena, una de las más bellas y conmovedoras jamas compuestas, Johnny Guitar, alcanzaron las cotas de lo sublime. He aquí:

En la segunda parte fue creciendo la intensidad y We Are Dreamers! y Show Me Everything fueron demostraciones de fuerza ensoñadora sin abandonar la delicadeza. Se despidieron antes del bis con recogimiento, en A Night So Still, con esa precioso arpegio de guitarra en bucle de Neil Fraser que podría durar toda la noche. El bis con Sometimes it Hurts y My Oblivion coronaron un concierto impecable, en el mejor sonido de la palabra, y emocionante por doquier. Que vuelvan cuando quieran.

Con su gracejo serio habitual, el alma mater de Sr. Chinarro, Antonio Luque, nos recibió en el Dabadaba con complicidad: “¿Qué tal han estado los Tindersticks? ¿Han tocado muchas del primero?” para a continuación aclarar: “Nosotros no vamos a tocar ninguna del primero”. Del primero no, pero de la segunda parte de la prolífica carrera de Sr. Chinarro soltaron veintipico canciones, muy bien seleccionadas.

Y desde el primer momento quedó claro que íbamos a ver la mejor versión de Sr. Chinarro probablemente de toda su historia. Acompañado por tres jovenzuelos que eran una maquina fabulosa de contundencia y sutileza (el líder nos contó luego que solo llevan seis conciertos juntos, increíble), Antonio Luque se crecía y se enseñoreaba con esas gloriosas letras que siguen plenas de inspiración y gracia (sin chiste) y originalidad, y que se entendían perfectamente en el potentísimo pero claro sonido que consiguieron los del Dabadaba (nada que ver con el de estos vídeos que solo incluimos como souvenir). Antonio se mecía también en el entusiasmo que generaba cada canción en el público que llenaba la sala, y fue hora y cuarta larga sin descanso ni desperdicio, cada canción mejor que la anterior, dando cuenta de un repertorio que aparecía así mucho más variado de lo que el tópico sobre Sr. Chinarro hace creer.

De Efectos especiales a El lejano Oeste, Del montón, Droguerías y farmacias, Babieca, Todo acerca del cariño… un monton de canciones que sonaban más vibrantes que nunca con los elaborados dibujos de guitarra, y una sabia mezcla de contundencia y refinamiento en la base rítmica.

Una llamada a la acción fue el comienzo del abandono, sin ningún signo de agotamiento. El regreso nos brindó una arrebatadora versión de El progreso, y “como los del Dabadaba nos han invitado a chuletón”, nos regalaron aún una más que no estaba prevista: si María de las Nieves es una de las más emocionantes composiciones de Antonio Luque, la versión que hicieron fue de 10. Gran colofón para un concierto del que todo el mundo salía entusiasmado. Y para una noche memorable.

 

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Nick Lowe toma el puente con su voz conquistadora
Ricardo Aldarondo 28-03-2016 | 6:36 | 2

Nada hacía presagiar que aquello pudiera funcionar: Nick Lowe solo con guitarra acústica al aire libre y gratis, como ‘gancho’ para un festival que se presumía multitudinario, el Stop War que ha montado la capitalidad cultural de San Sebastián 2016, en medio de un puente (el de María Cristina) y de la ciudad. Pero la voz única de Nick Lowe logró ayer domingo lo inesperado: que el público estuviera en silencio y con atención reverencial (al menos en la zona más cercana al escenario), como embelesado por la delicadeza y rotundidad con que el veterano británico que fue estandarte de la new wave y se dejó seducir (para engrandecerlos) por sones americanos en la madurez, desgrana cada una de sus canciones. Todas las palabras, cada una de las inflexiones de su voz, tienen importancia y entrega por un intérprete que, sin dramatismos ni rimbombancias, canta observaciones agudas sobre el exterior ( ‘People change’, ‘What’s Shaking on the Hill?’) o el interior (‘Sensitive Man’, ‘House For Sale’, profundas y conmovedoras historias de corazones rotos como ‘I Live in a Battlefield’). Cuánta sabiduaría con tanta sencillez.

Sin necesidad de aplacar al público, simplemente envolviéndolo en su aterciopelada voz que trae ecos de todos los principios básicos de la historia del pop y el rock, Nick Lowe se movió entre el rock de ‘onemanband’ (‘Raging Eyes’) y la balada desarmante, adentrándose con toda naturalidad en el terreno del susurro, retando al viento (el mismo que fastidiaba el sonido de los vídeos de aficionados con pocos recursos) como único competidor sobre el rumor de la ciudad en momentos tan emocionantes como ‘The Beast in Me’, la canción que compuso para Johnny Cash. Como acudió a todos los momentos de su extensa (aunque no demasiado prolífica) y muy cuidada carrera, no podía faltar la imperecedera ‘Cuel To Be Kind’. Coreable, y coreada por el público, también con delicadeza.


Mientras las elegantes vidrieras de las torretas del puente ejercían de decorativas lunas artificiales, Nick Lowe no se apegó a proclamas fáciles para ajustarse al festival Stop the War. Era mucho más sutil y natural dejar fluir su ‘(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love, and Understanding’ que también Elvis Costello hizo suyo, pero que su autor contrarresta con especial refinamiento. Total, que aunque hubiera sido más deseable verle en un sitio así acompañado de una banda, lo que parecía abocado al desastre se convirtió en una hora justa de maravillosa música al viento, y en medio del puente. Sólo esa ‘old magic’ de Nick Lowe podía lograrlo.

 

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Sly & Robbie y Nils Petter Molvaer: gran sesión con trastienda #Jazzaldia 6
Ricardo Aldarondo 29-07-2015 | 11:36 | 0

PUNKT DONOSTIAN 3
Músicos: Sly Dunbar (batería), Robbie Shakespeare (bajo), Nils Petter Molvaer (trompeta), Eivind Aarset (guitarra), Vladislav Delay (Live sampling, teclados). Remezcla: Mungolian Jet Set, feat. Erland Dahlen, Jan Bang. Lugar: Teatro Victoria Eugenia. Fecha: 25-VII-2015. Asistencia: 635 personas.

Con toda su solera, el Victoria Eugenia ha acogido el rincón más experimental de este Jazzaldia. Tres sesiones a medianoche bajo la marca y manera del festival noruego PUNKT, que proponía la unión entre diferentes y el concierto con trastienda: después de la interpretación en sí, un grupo de remezcladores que aparecía al levantarse el fondo del escenario, reconstruía lo escuchado anteriormente, aunque el remix se parecía poco al original. La tercera cita fue la más concurrida, porque contenía mitos: Sly & Dunbar, la pareja rítmica de Peter Tosh, Bunny Wailer y de la mayor parte de las grabaciones de la era dorada del reggae, unidos al trompetista Nils Petter Molvaer, cuya brumas y ecos ya hemos conocido en varias ocasiones en el Jazzaldia.

Foto: Lolo Vasco / Jazzaldia

Esta fusión noruego-jamaicana puede parecer chocante si acudimos a tópicos contrastes metafóricos de frío y calor. Pero si tenemos en cuenta que Molvaer ya trabajó en sus inicios con el “drum & bass”, estilo rítmico que trasladaba a la electrónica polirritmias originadas en esos magos jamaicanos, el encuentro resulta tan natural y sugerente como apareció en una hora de concierto estimulante en todas sus fases. Desde el machacón comienzo con el peso del bajo de Robbie y la batería de Dunbar en perfecta conjunción, a los múltiples efectos que Molvaer extrae de los pedales que aplica a su trompeta. Les acompañaba el guitarrista Eivind Aarset, que consiguió pasajes de enorme belleza, sobre todo cuando se quedó sólo con Molvaer, pero también funky, y un Vladislav Delay que parece tener en su apellido la clave de su técnica: el retardo de sonidos, los ecos. Una emotiva balada cantada por Robbie cerró la gozosa conjunción de sonoridades.

Foto: Lolo Vasco / Jazzaldia

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John Zorn: corto pero intensísimo #Jazzaldia 5
Ricardo Aldarondo 29-07-2015 | 11:04 | 0

JOHN ZORN, BILL LASWELL, DAVE LOMBARDO: BLADERUNNER TRIO
Músicos: John Zorn (saxo), Bill Laswell (bajo eléctrico), Dave Lombardo (batería). Lugar: Auditorio Kursaal. Fecha: 26-VII-2015. Asistencia: Unas 1.000 personas.

No se agotaron las entradas pero estaba prácticamente lleno el Auditorio en su formato reducido, con el cortinón que elimina la tercera zona, como en los dos conciertos previos (el de Jamie Cullum sí estuvo al completo). El de John Zorn era el más caro de los cuatro del ciclo del Kursaal, 45 euros frente a los 18 de Golson o los 30 de Cullum: Zorn se hace valer. El saxofonista neoyorkino regresaba en formato trío después de la gran cuadrilla de músicos que se trajo hace dos años para su Masada Marathon. Era uno de los nombres más esperados de esta edición, no en sentido numérico, pero sí por el fervor que provoca entre iniciados.

Fue también el concierto más corto: a los 55 minutos ya se estaban despidiendo, aunque alargaron la concesión diez minutos más en dos bises, el segundo realmente arrancado por la insistencia del público. Son las peculiridades de Zorn: corto pero intensísimo. Ya había llegado con sus peculiaridades. Prohibió los fotógrafos de prensa aunque finalmente permitió dejar testimonio gráfico al del Jazzaldia. No se puede hablar de caprichos de estrella: su estilo es desgarbado, nada regio. El saxo sin abrillantar y los pantalones militares, su marca.

Con las primeras notas de su bajo a Bill Laswell le sonó el móvil, lo que se saldó con unas risas antes de entrar en materia. Enseguida estaba envuelto en sus sonidos extragraves y machacones (fue curioso que en la noche anterior habíamos visto a Robbie Shakespeare, “padre” de ese sonido abultado), mientras Dave Lombardo iba incrementando las posibilidades de su batería de doble bombo, media docena de platillos y varios timbales, un despliegue propio de una banda de “metal” como Slayer, de la que proviene.

Su velocidad y contundencia espectaculares compite con el ataque con multiple técnica habitual de Zorn, que a veces parece estar tocando varios saxos a la vez, generando sonidos continuos cual turbina (espectacular su forma de respirar y soplar a un tiempo) usando su rodilla como turbina, produciendo endiabladas melodías superpuestas y sonoridades de elefante desbocado, magnético en todas sus variantes.

Como una aventura en la que unos tratan de sorprendese a otros, abrazaron bases funk, rock y jazz para desconstruirlo todo con la inercia del momento, aunque la velada no fue tan fiera ni tan “free” como cabía esperar y hubo momentos de contagioso éxtasis, y alguno lírico. Unos cuantos desertaron enseguida, pero la mayoría del público comulgó con la trinidad de un Zorn que parecía encantado con la experiencia y cuando ya se iban regaló otra píldora de medio minuto: puro talante “hardcore”.

 

 

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