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Dock Of the Bay

Secretaria, secretaria, la que convive con los Beatles y luego calla
Ricardo Aldarondo 14-01-2014 | 3:57 | 6

La historia de The Beatles está muy trillada, sí. Y tampoco atrae mucho la búsqueda de nuevos datos hurgando en las más recónditas relaciones de los cuatro mitos con cualquiera que se cruzara en su camino. Y sin embargo Good Ol’ Freda, el documental sobre la secretaria de The Beatles que se vio en el festival Dock of the Bay, tiene razón de ser, interés y sentido. Y acaba cautivando. Freda Kelly será un personaje conocido para los más obsesivos y detallistas fans, pero a muchos devotos de The Beatles nos había pasado desapercibida. Sin embargo Freda siempre estuvo ahí: primero como seguidora de ese grupo de chicos de su ciudad que tocaban en The Cavern y a los que iba a ver una noche tras otra, y con los que charlaba después o incluso le acompañaban en alguna ocasión a casa. Luego, como secretaria del club de fans oficial de los Beatles, cuando fue contratada con solo 17 años, y trabajó en las oficinas de Brian Epstein hasta poco después de la separación del cuarteto.

 

 

 

 

 

 

 

Lo bueno es que en Good Ol’ Freda esta mujer ahora sexagenaria, con toda su humildad y discreción, se convierte en un personaje protagonista en sí mismo. Es su historia lo que cautiva, por encima incluso de lo que pueda contar sobre las intimidades de Paul, John, George y Ritchie, como ella llama a Ringo. Porque desde que dejó ese trabajo a principios de los 70 (continuó por poco tiempo en Apple después de la separación de los Beatles) hasta ahora, Freda apenas había contado todo lo que vivió junto a los cuatro de Liverpool, ni siquiera a sus más allegados. Tenía un montón de cajas con cartas, discos, fotos, fanzines, autógrafos y mil cosas más en el altillo de su casa, pero “no había mirado todo esto en 40 años”, confiesa. Su propia hija explica que nunca le dio mucha importancia a ese pasado, y que hay mucha gente que le conoce en su entorno diario y no tiene ni idea de esa historia de su juventud. Y sin embargo ahora que se ha decidido a contarlo todo para el documental, Freda habla con enorme cariño, naturalidad y detalle de esos diez años en los que estuvo codo con codo con el grupo que revolucionó la relación entre el músico y su audiencia, entre otras muchas cosas.
Freda se casó y tuvo hijos y continuó con otros trabajos de secretaria. Y nunca olvidó pero tampoco buscó provecho a todo lo que había vivido con los Beatles. Y ahora lo hace de una forma discreta y elegante, que sin embargo aporta un punto de vista único sobre el ascenso y la personalidad de quienes provocaron la beatlemania, y de alguna manera te hace vivir en el centro de ese huracán. Freda habla con sinceridad pero sin morbo, describiendo hechos y formas de ser sin necesidad de buscar escándalos ni impactantes revelaciones. El documental es sencillo, todo basado en el relato de Freda, que cuenta todo muy bien, y algunos otros personajes importantes en aquel momento. Y hay una enorme trabajo de documentación: a pesar de que de los tiempos de The Cavern no quedan más que unas distantes imágenes en movimiento y sin sonido, y aunque solo se escuchan un par de canciones de The Beatles posteriores a Love Me Do, casi cada detalle del relato tiene su documento fotográfico, de manera que la historia se visualiza muy bien y no es el consabido encadenado de bustos parlantes.

La eficiencia con la que llevó el club de fans, que provoca divertidas anécdotas sobre las hazañas de las fans y de la propia Freda para conseguir que los Beatles le firmaran incansablemente los autógrafos que le pedían sus seguidoras, va destilando muchos detalles sobre la forma en que funcionaba entonces el mundo del rock y la cultura popular, y cómo se fue creando ese fenómeno de las estrellas de la música y los ídolos pop. Freda siempre se consideró una fan más, una especie de infiltrada en el corazón del objetivo. Y así trabajó. Pero al mismo tiempo manteniendo una asombrosa fidelidad al compromiso de discreción y a su afecto por los cuatro Beatles, como personas y no como mitos, y por sus familias, con las que Freda también tuvo mucha relación y para las que funcionó como nexo.

Aunque el entrevistador le deja hablar con traquilidad y sin presiones, en un momento no puede evitar la pregunta, al ir comprobando su grado de amistad con cada uno de los cuatro, a los que quería por igual o cada día a uno más que a los demás, alternativamente, según confiesa. “¿Pero en algún momento llegaste a tener una relación íntima con alguno de los cuatro?”. Ella, que ya ha explicado previamente que valora mucho la privacidad y cree que las personas famosas tienen derecho a mantener una vida íntima, esboza una sonrisa ligeramente picarona y responde: “Eso lo guardo para mí”. Como cantaban Mocedades: “Secretaria, secretaria / la que escucha, escribe y calla / la que hizo de un despacho tu morada / casi esposa, buen soldado, enfermera / y un poquito enamorada”. 

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The Stone Roses: demasiada arrogancia para tan poca obra
Ricardo Aldarondo 13-01-2014 | 2:34 | 14

Lo decían desde que estaban grabando su esperadísimo primer Lp publicado en 1989: “Somos la mejor banda del mundo”. Lo dejó escrito el guitarrista John Squire en plan epitafio en una obra gráfica de 2009, como para acallar los rumores de reunión del cuarteto: “No tengo ninguna gana de profanar la tumba del grupo seminal de pop de Manchester”. Y hay que ser arrogante para decir eso cuando en su ciudad les habían precedido New Order, The Smiths y Happy Mondays nada menos que, ellos sí, revolucionaron el pop, y más géneros, desde Manchester, en una década de los 80 que The Stone Roses casi desperdiciaron en su alargadísimo despegue y con sus dificultades para concretar su ‘manos a la obra’. Y se lo dijeron a sí mismos una vez más en 2012 al salir al escenario cuando se decidieron, por fin, a reunirse, después de 20 años de separación, y volver a los escenarios probablemente en busca de unos tan sustanciosos como legítimos beneficios económicos: “Somos la mejor banda del mundo”. Por la repetición hacia el autoconvencimiento.

El documental The Stone Roses: Made of Stone que cerró ayer la jugosa y variopinta edición del festival de documentales Dock of The Bay, en San Sebastián, se deja llevar por ese entusiasmo y esa arrogancia: somos los mejores, los cuatro músicos y sus fans. Vaya por delante que me cuento entre esos fans, y sobre todo lo fui durante el breve fulgor del cuarteto. Pero el documental dirigido por Shane Meadows, cineasta que ha brindado algunos interesantes títulos del cine británico reciente, como Once Upon A Time in the Midlands (2002) y This Is England (2006) me ha decepcionado considerablemente.

En su día vivimos con tanta pasión como esperanza el ascenso de The Stone Roses. Desde la publicación del single Sally Cinnamon (1987), sus siguientes piezas de tres canciones en maxi-single, Elephant Stone (1988), Made of Stone (1989) y She Bangs the Drums (1989) calentaron con su excelencia la llegada de un esperadísimo primer Lp, cuya confección y publicación se había alargado demasiado (hacía más de seis años que el cuarteto se había subido por primera vez a un escenario) pero llegaba con una magnífica campaña no sólo publicitaria: los chicos tenían actitud, imagen y chulería para copar todas las portadas de los entonces muy influyentes medios británicos musicales. Y tenían canciones. Y ese brillantísimo primer Lp fue toda una lección de pop (aunque también contenía alguna tontería: Don’t Stop, repetición de Waterfall al revés) y les granjeó un ascenso instantáneo y una legión de fans.

Luego, embebidos en su propia adoración y baqueteados por problemas con su casa discográfica, los repartos dinerarios y su propia incapacidad para centrarse, tardaron cinco años en completar un segundo Lp, The Second Coming (1994) más irregular, con muy buenas canciones pero más disperso, que acabó por motivar su separación. En medio, editaron el fabuloso maxi Fool’s Gold (1990), con el que parecían sumarse a la ola dance-pop-rock que habían levantado Happy Mondays. Y ya está.

Quedaron un puñado de canciones buenísimas, que hoy se mantienen intactas, frescas como ellas solas: She Bangs the Drums, (Song For My) Sugar Spun Sister, la maravillosa Made of Stone, This is The One, caras B que podían haber sido A como Mersey Paradise, Ten Storey Love Song, Daybreak, Begging You, entre otras y por supuesto la inagotable Fool’s Gold. Tenían talento, pero The Stone Roses nunca llegaron a completar una obra sólida y mucho menos a la altura de los mencionados New Order, The Smiths y Happy Mondays a los el documental ignora como si nunca hubieran existido. Aunque tampoco cita cómo aprovecharon Oasis las enseñanzas de unos The Stone Roses que no supieron rentabilizar sus propios hallazgos.

Que la primera canción de los conciertos de regreso y del documental sea I Wanna Be Adored resulta coherente: en el recorrido sin rumbo que es The Stone Roses: Made of Stone lo que prima es la adoración al grupo, la celebración de lo buenos que fueron, cuánto les quisieron y quieren sus fans, y cómo se puede demostrar a través de gestos esa adoración. Lo primero que hace saltar la alerta es que el propio director aparezca en pantalla en varios momentos para mostrarse como un fan más, emocionado hasta las cachas porque le han encargado dirigir el documental del regreso de su grupo favorito. Pero el problema del film es que no se sabe qué pretende ser exactamente: ¿una historia de The Stone Roses?, ¿una crónica pormenorizada de uno de los regresos más esperados del pop-rock británico?, ¿un reportaje del megaconcierto en Manchester que marcó oficialmente ese regreso, aunque antes se produjeran otras actuaciónes de calentamiento incluida la de Barcelona? The Stone Roses: Made of Stone es un poco de todo eso sin centrarse de verdad en nada. O casi: con toda su épica y su derroche de medios solo es constante al registrar una y otra vez los gestos de los fans.

También tiene obsesión el film por el chistecito, la anécdota graciosa tanto de los músicos como de sus fans: a veces para bien, la entrevista cuando aún no habían publicado el primer Lp, un dechado de chulería por la vía del monosílabo y el desprecio a la entrevistadora, no tiene desperdicio. Y eso que el docuemntal comienza muy bien, con una cita de Hitchcock sobre la sensiblidad y lo desagradables que son las broncas en un trabajo en equipo; y con un apasionante travelling de Ian Brown recorriendo la primera fila del público dando la mano como es preceptivo, hasta que coge el teléfono móvil de uno de los fans que le está grabando y lo dirige a su propio rostro, dándose la vuelta y registrando al mismo tiempo al fan y a la masa de público que le secunda. Esa imagen que tanto cuenta de forma tan sucinta (I Wanna Be Adored de nuevo, expresado en un solo plano), no es sin embargo ejemplo del estilo de un film que se diluye en la típica acumulación de planos cortos y montaje de batiburrillo.

Con un rápido (e incompleto y deficientemente explicado) recorrido por el ascenso a la fama del grupo, The Stone Roses: Made of Stone se centra luego en los ensayos en un lugar secreto (ahí Shane Meadows quiere jugar de nuevo a ser fan con suerte) filmados en blanco y negro; en la sorpresa que dieron con un repentino concierto gratuito anunciado solo unas horas antes y al que se podía acceder portando un disco u otro objeto original del grupo (y aquí la historia se alarga ad infinitum con innecesarios y repetitivos testimonios de las hazañas de cada fan para lograr entrar o su desesperación por no haberlo conseguido); y finalmente en los conciertos de calentamiento por Europa y en el megaconcierto en un parque de Manchester que era el que marcaba, por fin, el regreso oficial (y efímero) del cuarteto. El problema es que, mientras la película muestra detalladamente todo ese épico camino al momento culminante, incluyendo el montaje del escenario a cámara rápida, todo desemboca en una sola canción, la muy alargada, eso sí, Fool’s Gold.

En realidad en The Stone Roses: Made of Stone prácticamente no se habla de música, de las canciones, de los motivos del grupo para componerlas, de sus planteamientos musicales, de la escena que les rodeaba, del porqué de esa adoración. Ni siquiera se visualizan claramente los discos, y en conjunto tampoco suenan muchas de sus canciones. Cuando lo hacen, Made of Stone queda algo flojera en la actuación gratuita. Y el Fool’s Gold final, con un épico solo de guitarra de John Squire y una celebración masiva de su hipnótico ritmo, suena tan limpio, sin sonido de ambiente, que parece grabado en estudio. Y Shane Meadows deja claro una vez más que no le interesa la música en sí, sino los planos desde el helicóptero para apreciar el gentío reunido, las luces del éxito y los brazos en algo y un montaje frenético y agotador de planos cortos que se repiten una y otra vez mientras apenas se centra en el solo de guitarra que está ejecutando John Squire. Y así acaba la cosa, dejándonos con las ganas de disfrutar un poco más de ese concierto tan esperado, y preguntándonos el porqué de tanto preparativo para llegar a esto. Tampoco se habla de los años que Ian Brown ha dedicado a una irregular carrera en solitario o del fundamental trabajo del bajista Mani con unos Primal Scream que, estos sí, revolucionaron la fusión entre el dance y el rock, después de haber tenido unos inicios de pop perfumado con psicodelia con el que también se adelantaron a The Stone Roses.

THE STONE ROSES: MADE OF STONE Official UK Trailer from Picturehouse on Vimeo.

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Julio Bustamante ilumina la Valencia ensombrecida
Ricardo Aldarondo 10-01-2014 | 2:21 | 0

Era una asignatura pendiente. Aunque muchas veces he leído las devociones y llamadas de atención de Rock de Lux hacia la figura de Julio Bustamante, nunca había terminado de investigar en su trayectoria. La ocasión brindada por el festival donostiarra Dock of the Bay, al proyectar ayer el documental Bustamante Perkins fue todo un descubrimiento. Una epifanía, que dicen ahora. Iluminador en diversos sentidos.

Bustamante Perkins es una delicia de película, no hace falta que te guste o conozcas al personaje retratado. Enseguida te introduce en la vida cotidiana, tan normal y tan milagrosa, de un cantante-compositor (cantautor no le encaja bien, porque su música tiene tantas raíces en el pop y el rock como en otros géneros, del folk a la canción brasileña o francesa), difícil de definir y de describir, a pesar de ser tan accesible y habitual como cualquier ciudadano que pasea por la calle o por la playa.

Sin grandes pretensiones artísticas, pero con una distinción alcanzada desde la misma sencillez que practica el personaje retratado, los directores Pep Garrido y Xesc Cabot logran una descripción tan exacta como libre del mundo poético, artístico, vital y cotidiano de una cierta bohemia bien entendida, como amor al trabajo bien hecho, a la vida, al disfrute del día a día al margen de las imposiciones, pero sin ocultar los sacrificios que también conlleva una entrega a la coherencia artística y personal.

Con unas entrevistas muy naturales y bien seleccionadas (qué bien le definen tanto los críticos de música de Rock de Lux Santi Carrillo y Eduardo Guillot como los amigos y colaboradores), evitando el simple diálogo de bustos parlantes, Bustamante Perkins está llena de momentos bonitos, cálidos, divertidos y emocionantes. Destila un respeto por la música del autor que, aunque resulte paradójico, no suele ser frecuente en los documentales musicales, y aunque por cuestión de tiempo no se pueden dejar siempre las canciones enteras, los fragmentos están bien seleccionados y montados, guardando todas las esencias de las canciones.

Nos sorprendió en el coloquio brevísimo (se imponía la siguiente sesión) pero muy fructífero, que los directores explicaran que todo se filmó en una semana, porque la naturalidad y el detallismo del acercamiento a Bustamante en su intimidad parece que solo se puede lograr con mucho tiempo de trabajo y filmación. Lo que dice mucho en favor del talento del director y del propio Bustamante, siempre con el humor sutil a punto para contrapesar su sensibilidad. O de complementarla.

Aparte de frases y situaciones memorables, hay unas cuantas secuencias musicales a retener. Una de ellas es la interpretación junto al grupo Fred i Son de la canción Avions, en la que destacan las preciosas guitarras y la imaginativa línea de bajo además de la propia creación de Bustamante, claro, en esta actuación:

También es emocionante la versión que hacen de Sur del corazón, en el salón de la casa de Bustamante, como un ensayo entre amigos (e incluyendo como bajista al hijo de Bustamante), en la que destaca la voz y la presencia de Montse, con el sol mediterráneo inundando la estancia. Esa canción definió también lo especial que fue la proyección en el Trueba de San Sebastián. Porque en Sur del corazón Bustamante lleva quince años cantando la frase “Me gustaría visitar Euskal Herria pero nadie me ha llevado hasta allí arriba / Tengo un disco de canciones en euskera / que despierta en mí esa fantasía”. Pero hasta que lo hizo ayer el Dock of the Bay nadie había traido a Bustamante a San Sebastián, donde según explicó, su padre pasó la guerra. Y ese momento de la canción, claro, provocó sonrisas cómplices entre el público. No está esa secuencia en Youtube, pero sí  la preciosa canción contenida en su disco Entusiastas.

Y otro momentazo del documental es la canción que Bustamante dedicó a su madre, Adelina, montada con imágenes de ella sacadas de las películas familiares en Super 8, otro material que los directores utilizan magníficamente a lo largo de toda la película. Lamentablemente no puedo poner la canción porque no está en Youtube, se incluyó en su disco Con tal de volar.

Sin apenas citarlo expresamente, Bustamante Perkins define a la perfección una de las cosas que representa el cantante-compositor, dibujante y filósofo Julio Bustamante: la luminosidad, placidez y calidez mediterránea de Valencia, tanto a través de su urbanismo tradicional como de sus playas, el reverso total de la siniestra, tumoral y delirante Valencia definida y difundida a los cuatro vientos por los políticos que la han gobernado en los últimos años. Una luminosa Valencia, la que entrega Bustamante Perkins y todo su contenido, que reconforta y tranquiliza, muy evocadora.

Luego Bustamante dio un concierto en el Bukowski al que, muy a mi pesar, no pude ir. Eso lo tendrán que contar otros…

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Foteropanico agazapado: el ‘cómo lo hizo’ de la exposición de Juan G. Andrés
Ricardo Aldarondo 15-01-2013 | 5:40 | 4

Ahora que ha terminado el festival Dock of the Bay es momento de visitar con más tranquilidad la exposición que ha programado, la de fotografías de conciertos relizadas por Juan G. Andrés, también conocido en la sociedad virtual como Foteropanico. La exposición estará hasta el 31 de enero en el Centro Cultural Egia (calle Baztan, 21) de San Sebastián.

Ya se ha escrito mucho e inmejorablemente sobre la exposición, aquí por El Jukebox y aquí por el propio artista, textos que reflejan cómo la inauguración fue, además de multitudinaria, una reivindicación laboral y emocional que se sumó a la pura cuestión artística y musical, en una velada que resultó especialmente significativa y contó con un miniconcierto de Lou Topet & the 31st Crew que puso el clima perfecto para ese momento de euforia y melancolía simultáneas.

Aquí solo quiero depositar el texto que Juan me encargó como introducción a la exposición (junto a otro en euskera de Asier Leoz, ambos están en la entrada de la sala) y un vídeo que he confeccionado con las fotos del artista y documentos exclusivísimos del ‘cazador cazado’. Durante estos años le he visto trabajar a pie de escenario, se ha cruzado en mis propios vídeos o no he podido evitar desplazar por un momento el objetivo del músico a su incansable figura de espectador y cazador de imágenes a un tiempo.

Si vas a ver el vídeo, recuerda que la calidad de las fotos tal como aquí se ven no es comparable a la brillantez y nitidez de las originales.

Y, por favor, pon pantalla completa, y el volumen a tope.

Un espectador con múltiples objetivos

Siempre me ha llamado la atención la nitidez de las fotos que Juan G. Andrés hace en los conciertos. Puede parecer una tontería, algo que la máquina consigue sola porque es muy buena. Pero hay algo en esos colores brillantes, en esos contornos perfectos que resumen a la perfección el éxtasis fugaz, ese escalofrío en la columna que a veces sentimos los espectadores ante un escenario. Las fotos de Juan tienen la misma fuerza cuando atrapa a Alex Kapranos suspendido en el aire que al acercarse íntimamente a la serenidad de Leonard Cohen. No, no es solo cuestión de técnica: Juan es tan buen fotógrafo como buen espectador. Y un poco fan: la primera vez que le vi se había colado (nos habíamos colado) en el camerino de Lou Reed, ahí es nada. Está escuchando y por eso entiende lo que ve. Capta con la mirada la intensidad de lo que está sonando, con toda definición, en todo su esplendor.

Siempre que la libertad de la sala se lo permite, se sitúa en primera fila, como un espectador con múltiples objetivos, aunque su equipo de lentes es bien reducido. También ha robado alguna foto desde la butaca de los más serios auditorios, acomodadores y azafatas sabrán perdonarle. Pero mereció la pena. Y nadie se enteró. Porque a un metro del músico o en la distancia del cazador furtivo, Juan siempre se sitúa en posición de discreción y respeto. De su apodo El Humilde Fotero del Pánico, la palabra más acertada de las tres es la primera; porque no es fotero sino fotógrafo y cuando enfoca a los músicos lo que ellos ven en su objetivo no es agresión, sino admiración.

Su cuerpo le pide moverse porque está viviendo intensamente cada nota del concierto.  Sin renunciar al ritmillo consigue mantener quietud y precisión en la mirada. Le gusta que haya luz blanca y colores bien combinados, no por hacer bonito, sino para poder captar todos los matices de lo que ahí está ocurriendo.

Le habrá visto cualquiera que haya asistido a algún concierto en San Sebastián y muy amplios alrededores en los últimos años: por el simple impulso periodístico (es un raro caso de periodista, crítico musical y fotógrafo de conciertos, y no se sabe cuál de las tres cosas hace mejor) y por el placer de la música, se mueve a casi todo tipo de conciertos, con criterio e inagotable curiosidad. Y así, casi sin querer, Juan G. Andrés, o El Humilde Fotero del Pánico o Foteropanico para las redes sociales, está haciendo un trabajo de documentación de la música en directo en Euskadi de los últimos años que, si bien revela de forma instantánea su valor artístico, es con el paso del tiempo cuando va adquiriendo un carácter de documento imprescindible, de lo local a lo internacional. Esto es solo una minúscula muestra. Pero ya hay que ir agradeciéndoselo.

Ricardo Aldarondo

 

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Capsula hacia el espacio de David Bowie
Ricardo Aldarondo 13-01-2013 | 7:54 | 2

El segundo concierto del día de ayer en el Dock of the Bay fue muy distinto al de Parade (tanto como supone cambiar el mediodía por la medianoche como hora del show) pero igualmente especial y adecuado al recinto elegido. Capsula (sin acento) venían con el elepé de David Bowie Ziggy Stardust bajo el brazo, para interpretarlo entero en el teatro Principal, lo que suponía como una versión en vivo y sui generis del documental de D. A. Pennebaker sobre la actuación de los Spiders of Mars en 1973. A estos Spiders argentino-bilbaínos les sobra actitud, capacidad instrumental y pasión rockera, y enardecieron a un teatro Principal casi lleno.

Sonó entero y en orden el Ziggy Stardust, envuelto en mayor furia rockera que el original (no hubo guitarras acústicas) lo que, si bien hacía perder parte de los matices más pop y sofisticados del disco (sobre todo en la canción que sufrió más cambio, la inmensa Star), quedó desbordante de emoción y devoción por la magna obra de Bowie. Respeto y capacidad para meterse en tan peliagudo terreno.

La presencia escénica del quinteto es arrolladora: pocas veces se ve a un grupo en que todos y cada uno de sus miembros estén viviendo lo que tocan con esa pasión todo el rato. Suponemos que si Mario Vaquerizo ve a Capsula en directo algún día enfermará gravemente de envidia al instante: el cantante y guitarra Martín Guevara es todo lo que quisiera ser Mario, pero solo tienen en común la percha para lucir los pantalones pitillo. Martín es creíble y, sobre todo, sabe tocar y cantar muy bien, y controlar la diferencia entre obrar la ceremonia rockera y hacerse la newyorkdoll ante las cámaras. Cuando se mete entre la gente, o se pone de pie sobre el respaldo de las butacas sujeto por los fans, controla el descontrol sin convertirse en parodia de los tiempos que recrea.

Porque, después de Ziggy Stardust, vinieron otros temas complementarios de Bowie, Jean Genie y Rebel, Rebel (aunque no la cara B de single Velvet Goldmine que hubiera supuesto hacer justicia a tan gran canción que Bowie debería haber incluido en el álbum original en lugar de la anodina It Ain’t Easy, y le hubiera quedado aún más redondo). Capsula completaron el finalmente largo y apoteósico concierto con un guiño al trío formado por Bowie, Lou Reed e Iggy Pop, con el Run, Run, Run de Velvet Underground y Gimme Danger de los Stooges, entre otras piezas, para acabar los bises con un White Light / White Heat cantado por la bajista Coni Duchess, otro de los pilares del grupo, tanto en imagen y actitud como en contundencia sónica. Junto al potente y ágil batería y el guitarrista que ejercía muy bien de Mick Ronson, completaron una velada rockera que dejó sudando y agotado a buena parte del público. Y que sonó, desde luego, muchísimo mejor que lo que se escucha en estos video-souvernirs.


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