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DVDs

Robert Mitchum, romántico y navideño
Ricardo Aldarondo 28-12-2013 | 2:43 | 8

Dado que las películas navideñas, como los villancicos, solo tienen pleno sentido si son disfrutadas en esta época del año, conviene aprovechar la temporada para conocer algún título más del peculiar género. Mientras no falta la cadena televisiva que programa Qué bello es vivir (It’s A Wonderful Life, Frank Capra, 1946) o siguen apareciendo nuevas versiones de De ilusión también se vive (Miracle on 34th Street, George Seaton, 1947, Mr. Scrooge y demás, se ha editado en este mes en DVD una curiosidad que bajo el árbol de luces y el título de Romance en Navidad (Holiday Affair, Don Hartman, 1948) reúne a dos actores que en principio poco asociamos a entrañables reuniones familiares, sobre todo para quienes tengan como referencias al temible predicador de La noche del cazador (The Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955) y a la protagonista por poco rato de Psicosis (Psycho, 1960).

Bastantes años antes de ambos hitos, Robert Mitchum y Janet Leigh se reunieron en Romance de Navidad con otro actor más anodino, Wendell Corey, para crear el triangular conflicto. Porque, aparte de colocar las bolas del árbol, poner en marcha un tren eléctrico, pasear entre la nieve de Central Park y pelearse con la marea humana de compradores de regalos en las principales avenidas neoyorkinas, los protagonistas del film tienen que elegir su destino amoroso. O más bien la joven viuda con un hijo, que está dispuesta a casarse con el anodido por pura inercia, se ve en un dilema cuando conoce a un hombre sin destino ni dinero pero con el talante indudablemente seductor y aventurero de Robert Mitchum.

Lo dijimos en el post anterior: cualquier escena de los años 40 con tren eléctrico promete algo bueno, y Romance en Navidad comienza con uno espectacular, que juega con el equívoco de si se trata de un juguete o una maquete de las que el cine utilizaba para crear la ilusión de realidad a gran escala. No deja de ser una ligera comedia romántica, y la resolución de la intriga sobre la elección de la mujer se intuye desde los títulos de crédito iniciales.

Pero, para empezar, la película del polifacético aunque no muy inspirado director Don Hartman cumple con toda la iconografía de la Navidad creada por el Hollywood clásico. Una Navidad que no se instala en una familia feliz y burguesa, sino en el hogar de una mujer luchadora que se las tiene que ingeniar, hasta con tretas comerciales poco ortodoxas, para sacar adelante a su hijo, dado que el marido murió en el campo de batalla. La sombra de la Segunda Guerra Mundial y el dolor y las ausencias que dejó en muchos hogares, además de las dificultades económicas, están ahí, aunque sea dulcificados por las características del producto.

Este Robert Mitchum romántico y navideño no está fuera de tiesto en absoluto: tiene un valor añadido saber que fue contratado para esta película poco después de haber sido detenido por posesión de marihuana, y que, lejos de ser arrinconado por ello, el productor Howard Hughes, “ávido de escándalos y más proclive a perdonar a drogadictos que a comunistas o mujeres reticentes”, según se puede leer en el bonito libreto que completa la edición como es habitual en Carousel Films y otras colecciones de la editora Absolute (aunque se dice que la película “se grabó…”, horror), le contrató para Romance en Navidad como forma de lavar su imagen. Y Mitchum le da un toque canalla y retador que atrae inmediatamente al niño y lo elige enseguida como padre sustitutivo (y no sólo porque le regale el tren eléctrico), frente al ordenado, pasmado, soso hombre de bien que interpreta Wendell Corey. O sea Mitchum llega para hacer temblar la familia ordenada, incluyendo una cena con los padres de ella de lo más tensa.

 

El ambiente de un Nueva York navideño (o la recreación que Hollywood hacía de él), el toque de fantasía bonachona a lo Capra que supone la secuencia del viaje a los grandes almacenes que emprende el niño o el no menos fantasioso final jugando de nuevo con la escala del tren, hacen de Romance en Navidad un buen título a considerar por quienes tengan estos afectos navideños más propios de una iconografía mítica que de la realidad estridente de hoy.

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‘You and Me’, la película ignorada de Fritz Lang
Ricardo Aldarondo 24-10-2013 | 2:29 | 2

Algunas de sus películas mudas habían quedado semi perdidas y se han recuperado en los últimos años, caso de las mudas Harakiri (1919) y Corazones en lucha (Vier um die Frau, 1921), aparte de las versiones con imágenes inéditas de Metrópolis (1927). Pero para los que siempre quisimos completar la filmografía de Fritz Lang, ha sido durante décadas You and Me (1938) la perseguida y nunca encontrada. Ya pasó con House By the River (1950), tradicionalmente esquiva para el público español, pero que los que hemos podido ver siempre la televisión francesa pudimos descubrir hace más de 20 años en el nunca suficientemente ponderado Cinéma de Minuit de France 3 (algún día tenemos que hablar de este programa aquí).

Y en Cinéma de Minuit pudimos ver también hace un par de años (¿o algo más?) You and Me, que en los últimos meses ya circula con normalidad en una edición en DVD de Los Imprescindibles de El Corte Inglés, bien editada, y con su libreto escrito por Ramón Alfonso. Lo curioso es que You and Me es una de las películas realizadas en Estados Unidos por Fritz Lang para un gran estudio, Paramount Pictures y está situada cronológicamente entre alguns de sus mejores y más emblemáticas películas americanas, Furia (1936), Sólo se vive una vez (1937), La venganza de Frank James (1940) y El hombre atrapado (1941). Pero algunas circunstancias hicieron que ni el propio Fritz Lang tuviera You and Me en buen concepto, craso error: era un encargo en principio previsto para otro director mucho más convencional, Richard Wallace, aunque tiene películas muy estimables, como Perseguido (The Fallen Sparrow, 1943) y Bombadero (Bombardier, 1943).

Sea como fuere, y aunque la personalidad de Fritz Lang no esté en primer plano como en las otras películas, You and Me no solo no desentona en esa época de su filmografía, sino que reúne una serie de puntos afines y divergentes más que singulares. Para empezar, el argumento, situado en unos lujosos grandes almacenes, en los que parte de los empleados son expresidiarios en régimen de reinserción, gracias a la buena voluntad del dueño de la empresa. Así, You and Me se conforma como una extraña pero bien conjugada mezcla de cine negro, drama social, melodrama y un cierto look por momentos de comedia luxury propia de Paramount. Y aún más: la música es nada menos que de Kurt Weill, lo que da una conexión al filme con los hallazgos y atrevimientos musicales de La opera de tres peniques y su adaptación al cine por G. W. Pabst. La mayor aportación de Weill es una canción que da sustento a la llamativa secuencia inicial, porque luego abandonó el proyecto y la música incidental pasó a otras manos. Una secuencia insólita para lo que viene después, o quizás no tanto.

Con George Raft como conexión icónica con los puntos de noir cinema que tiene el filme (un plan para robar en los almacenes desde dentro está en el centro del plot), y la dulce Sylvia Sidney que tanto dio en esos años a Fritz Lang, conformando un personaje con interesantes dobleces y dilemas morales, You and Me es una película más que disfrutable, con rasgos visuales muy noir en las composiciones de luces y sombras y en las tipologías de los personajes, y algunas de las preocupaciones de Lang en torno al destino y la fatalidad, y la pareja al borde de la ley, diseminadas por la historia. Y, desde luego, no prescindible en la filmografía del cineasta vienés.

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Sobre Jesús Franco: una revista, una aventura y el electroshock de Klaus Kinski
Ricardo Aldarondo 03-04-2013 | 11:33 | 0

Tres apuntes dispersos en la muerte, ayer, de Jesús Franco:

1. La entrevista. Extraigo un par de preguntas de la entrevista que le hice a Jesús Franco en la Semana de Terror de San Sebastián de 1998, publicada en El Diario Vasco el 1 de noviembre de ese año:

-Igual es que en su momento era usted un pionero y ahora está en la generación que le corresponde.

-Te agradezco mucho que me digas eso porque así es como me siento. He nacido diez años antes de tiempo, por lo menos.

-¿Klaus Kinski era feroz?

-Qué va. Le he visto alguna crisis de cólera, pero no le he sufrido ninguna. Pero, claro, es que estaba loco de verdad, y de vez en cuando tenía una crisis. Entonces yo le decía: “Klaus, cálmate, hacemos un plano más y te invito a un electroshock, que te va a venir como dios”. Y ya se ponía a reir.

La entrevista completa se puede leer aquí:

 

 


 

 

 

 

 

2. La revista. En 1991 aún era poco frecuente oir hablar de Jesús Franco y reivindicarlo con orgullo. Sí lo hacían Carlos Aguilar y Ramón Freixas, que ya había estudiado minuciosamente su obra y tratado de recomponer su dispersa y vasta filmografía. Eran los primeros tiempos aún de la Unidad de Cine del Patronato de Cultura de San Sebastián y José Luis Rebordinos ya la dirigía. La revista Nosferatu estaba aún en sus primeros (y muy cotizados) números, y durante un breve tiempo tuvo otra revista hermana llamada Dezine que editó unos pocos números en torno a otras programaciones de cine que se hacían en el Principal, entre ellas las primeras ediciones de la Semana de Terror. En el equipo de redacción de ambas revistas estábamos unos cuantos, Jesús Angulo, Txema Muñoz y uno mismo entre ellos, y Rebordinos decidió acometer un ciclo de quince películas sobre Jesús Franco. Sara Torres facilitó que dos de los ilustres sobrinos del cineasta, Javier Marías y Ricardo Franco, escribieran sobre su ‘tío Jesús’ artículos que, sobre todo el de Marías, han reaparecido luego en libros recopilatorios y revelaron la personalidad en la vida familiar, juvenil y personal de Jesús Franco. Con los años, muchos jóvenes seguidores le acabaron llamando ‘tío Jess’: una legión de sobrinos en forma de fans, para los que Jesús Franco siguió siendo el fascinante relator, el divertido sabio, el maestro iniciático en el entusiasmo por una cultura popular y vivida a tope. Esa revista, el número 4 de Dezine, titulada Jesús Franco, francotirador del cine español‘, sigue siendo hoy, creo yo, un completo acercamiento al cineasta (aunque falten sus últimos 22 años de actividad, claro), ilustrado con algunas fotografías y carteles publicadas de forma desinhibida y natural por una institución municipal, cosa que hoy sigue sorprendiendo. Las de Historia sexual de O, por ejemplo.

He aquí la portada y el sumario de un número hoy descatalogado, por supuesto:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. La aventura. La obra de Jesús Franco está lógicamente marcada por su tendencia al terror y el cine erótico, o porno. O incluso por sus coqueteos en su última época con el rock ‘indie’ en Killer Barbys. Pero queremos rescatar aquí una película mucho menos improbable en el imaginario de Jesús Franco, y que sin embargo encaja perfectamente en su pasión eternamente juvenil por la literatura y el cine. Se trata de Un capitán de quince años, versión de la novela de Julio Verne, y que fue una de las nueve películas, nueve, que hizo en 1974. Una película aparentemente de mayor empaque, una de aquellas coproducciones europeas, en este caso hispano-francesa, que en los años 60 y 70 sacaban adelante muchas películas de aventuras que alimentaban los cines de barrio. Un capitán de quince años es, por tanto, una adaptación muy en serio, aunque con la limitaciones presupuestarias y la libre puesta en escena propia de Jesús Franco: los planos de la nave parecen sacados de algún barco-museo y las escenas de acción están montadas a trompicones. El momento de máximo peligro, cuando los protagonistas están a punto de caer con su balsa por una catarata, se resuelve con un par de planos disimulados entre el ramaje, y el tiroteo tiene tanto desparpajo como un complicado sentido de la orientación. Pero al menos transmite una pasión por la aventura y un deseo de ofrecer un viaje iniciático, con tintes de melodrama paterno filial, que entonces era posible destinar a la chavalería. Su protagonista, José Manuel Marcos, quizás relacionado con el productor del filme, Arturo Marcos, no parece que volvió a actuar en ninguna otra película. Eran otros tiempos en un cine español cargado de productores emprendedores que podian encontrar una receptividad para una película como esta: se estrenó en seis cine de Madrid, al menos, y tuvo un total de 258.662 espectadores, nada menos.

 

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Imberbes pero lúcidos Rolling Stones
Ricardo Aldarondo 04-12-2012 | 1:01 | 0

Mientras celebran su 50 aniversario en unas pocas ciudades, y siguen despertando los eternos comentarios sobre la juventud de Mick Jagger y el milagro de que sigan (casi todos) juntos medio siglo despúes, es igualmente de actualidad la verdadera juventud de The Rolling Stones, gracias a un documental salido milagrosamente de esos archivos olvidados, o simplemente cerrados voluntariamente. Charlie Is My Darling es el gracioso título de esa película filmada en 1965 pero nunca difundida, que ofrece ahora múltiples disfrutes.

The Rolling Stones hicieron en 1965 unas cuantas actuaciones por Irlanda y el manager Andrew Loog Oldham decidió que un equipo de filmación registrase el periplo, más que nada para que el grupo y su equipo se viese en el espejo. Por eso las filmaciones quedaron más o menos guardadas como material de archivo propio. Ahora Charlie Is My Darling se ha exhibido en diversos festivales, el In-Edit de Barcelona entre ellos, y casi de inmediato se ha publicado en DVD y Blu-Ray, en una edición internacional que contiene subtítulos en castellano.

El documento no es solo atractivo para fans de The Rolling Stones, también para cualquier interesado en la eclosión del pop y el rock como cultura de masas o del fenómeno fan impactando, para su propio estupor, en la cara de los artistas. Incluso es adecuado para futurólogos. Porque la ventaja de ver esas actuaciones y esas entrevistas 47 años después aporta paradojas regocijantes. Por ejemplo, Mick Jagger (ya con los labios más rebosantes de la era precirugía estética) diciendo que el pop es un fenómeno efímero, pero que ellos ya llevan quizás demasiado tiempo (tres años teniendo en cuenta que habían comenzado en 1962) y no sabe cuánto más podrán aguantar.

Brian Jones, que tanta imaginación aportó a ese periodo sesentero de los Stones, dice que prefiere no hablar de su futuro; murió cuatro años después ahogado en su piscina.

Charlie Watts, que en las siguientes décadas se confirmó como ese señor impasible sentado a la batería, ya dice a sus 24 años y en medio de la vorágine que lo que más le gusta es estar en casa. No es óbice para que alguna fan, cuando se pregunta “cuál de los Stones es tu favorito”, responda “Charlie is my darling”.

Aparte de ese juego temporal sobre el destino de The Rolling Stones, sorprende su lucidez y serenidad (no es un juego de palabras con las cuestiones del alcohol y las drogas; aquí parecen aún ‘limpios’) a tan joven edad de todos ellos, y especialmente de un Mick Jagger de 22 años. Otras secuencias ofrecen la oportunidad de verles relajados en camerinos y habitaciones de hotel, tocando por pasar el rato canciones de los Beatles con la guitarra acústica que Keith Richards parece no soltar a ninguna hora (I Feel Fine entre ellas) o Elvis Presley, con paródica imitación vocal y gestual incluida.

Pero quizás lo más asombroso es verles tocar en cines, en fila delante de un telón, mientras la audiencia no para de gritar ni un segundo: ahí se explica por qué los Beatles dejaron de actuar ante un público que no parecía interesado en escucharles. La excitación crece y aunque los movimientos de Mick Jagger no son aún más que embriones de su desbordante gestualidad posterior (apenas hay provocación sexual aún) y Brian Jones solo agita la pandereta sin más incitación al levantamiento, algunos espectadores irrumpen en el escenario. Y lo sorprendente es que, lejos del abrazo cariñoso al estilo del que pretenden los fans de Morrissey, los incipientes stonianos empujan a los músicos, los zarandean  y saltan como monos entre ellos, mientras Jagger aguanta con resignación la embestida, y Brian Jones abandona el escenario tranquilamente tratando de sujetar su guitarra y con un tipo, literalmente, subido sobre su espalda. Hay policías cerca, pero no saben qué hacer. También hay un cura muy estirado en primera fila, pero esa es otra historia.

Charlie Is My Darling se ha restaurado en su máxima duración uniendo dos montajes distintos del filme que se hicieron en su día. El DVD y el Blu-Ray contienen las tres versiones. Ah, y el documental sirve para constatar de nuevo cuán buenas eran ya esas primeras canciones de The Rolling Stones: Heart of Stone, Play with Fire, I’m Alright o, claro, (I Can’t Get No) Satisfaction.

 

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‘Kabei’, gran melodrama familiar de Yôji Yamada
Ricardo Aldarondo 21-11-2012 | 11:58 | 4

Siempre se ensalza la longeva hiperactivad de cineastas como Manoel de Oliveira (caso extremo), Alain Resnais o Clint Eastwood que se mantienen no solo en activo, despues de haber superado los 80 años (los 100 en el caso del portugués) sino en ritmo constante de producción, y además con lucidez y personalidad férrea. Pero no debemos olvidar en esa lista al japonés Yôji Yamada, tan clásico como contemporáneo, tan cercano a Yasujiro Ozu como a Hirokazu Kore-eda; o sea, a los maravillosos fundamentos del cine japonés de los años 30-50, y a la vigencia de ese legado que pone tan bien en práctica hoy día el director de Kiseki.

Podemos celebrar esa longevidad y esa firme serenidad que a algunos parece darlesel tiempo viendo Kabei (Nuestra madre), una de las últimas películas de Yamada, que ha publicado en DVD A Contracorriente Films, casa que suele dar estas agradables sorpresas y traernos lo que no es muy a veces muy accesible: Kabei no se estrenó en cines en España, a pesar de que figuró en la Sección Oficial del Festival de Berlín. Kabei es de 2008, no hace tanto, pero después Yamada ha completado dos películas más y prepara Tokyo Family para 2013, precisamente un remake de Cuentos de Tokio (1953), de Yasujiro Ozu. La familia, por tanto, sigue en el centro de sus preocupaciones, aunque si la obra de Yamada ha traspasado las fronteras de su país (cosa que no ha ocurrido hasta la llegada del siglo XXI, cuando el cineasta ya rondaba los 70 años) ha sido por la llamada Trilogía del Samurai, compuesta por El ocaso del samurai (2002), The Hidden Blade (2004) y Love and Honor (2006).

Lo curioso de Yôji Yamada es que buena parte de su carrera la ha dedicado a una serie de películas, 48 en total, en torno a un mismo personaje, Toro-San, que ha acabado dando nombre a la enorme saga (la más amplia de la historia del cine hasta hace poco, todos los films están dirigidos por él menos dos), aunque el título oficial es Otoko wa tsurai yo. No nos ha llegado ninguna de estas películas, pero sí alguno de los títulos sueltos que hizo entretanto Yôji Yamada, como El pañuelo amarillo de la felicidad (1977) y Llanto de primavera (1980) (que es casi una versión de Raíces profundas de George Stevens), editadas por Versus en DVD.

Kabei narra los recuerdos, desde la edad adulta, de una niña que vive con sus padres y su hermana en el Tokio de 1940, cuando Japón está en pleno conflicto con China, y antes de entrar en la Segunda Guerra Mundial. Pero el punto de vista no es histórico, sino familiar, para observar cómo afecta a ese pequeño núcleo la detención del padre, un escritor crítico con el gobierno que es encerrado por un tiempo indefinido, mientras la madre trata de sacar adelante a las niñas, con ayuda de algunos personajes: un antiguo alumno del profesor, la hermana de éste, un tío que es la oveja negra de la familia y aporta algunas de las pinceladas de fino humor de un relato encuadrable en el melodrama pero nada recargado en el dramatismo.

Porque una de las características de Yamada, al menos en esta edad madura, que es la que conocemos, es la combinación de sutileza, sencillez y serenidad. El cineasta deja que el relato fluya delante suyo, como un observador discreto, lo que no significa ni pereza ni rutina en la puesta en escena. Sencillos planos generales en los que se desarrolla la interacción de los personajes, sus diálogos naturales, sus vivencias cotidianas pero llenas de significado, son la base de la puesta en escena. Pero esa discreción está cargada de eficacia y belleza. Cuando las niñas están jugando con el antiguo alumno de su padre y la pelota se queda en un tejado, la cámara adopta ese punto de vista desde lo alto. Están a punto de recibir una mala noticia. Después de que esta llega, Yamada inserta un plano de la pelota abandonada n el tejado mientras nieva. Con ese sencillo símbolo transmite el cineasta toda la desolación de aquella felicidad momentánea ya perdida.

Poco a poco, a lo largo de dos horas y cuarto de metraje, los personajes, su lucha diaria, su determinación, la adaptación de las niñas a una vida cada vez más distante de la felicidad que encontraban antes en su hogar, va calando en el espectador, sin gestos forzados. El amor a la literatura, un humanismo convencido, el afecto y la solidaridad natural entre los miembros de la familia, la dedicación abnegada de una madre como tantas que sufrieron en silencio en un periodo tremendamente hostil, forman parte de un relato emotivo que va ganando en profundidad hasta el conmovedor final, incluyendo un excelente e imperdible epílogo sobre los títulos de crédito. La relación de la madre con las hijas, mientras el padre está ausente, la lectura de las cartas que llegan, el trasfondo de una guerra que no se ve, me recuerdan a otro magnífico melodrama estadounidense, Desde que te fuiste (1944), de John Cromwell, realizado en plena guerra. El ámbito familiar y la honestidad a la hora de retratar a los personajes remite, inevitablemente, a Yasujiro Ozu, aunque sin su peculiar puesta en escena. Pero, curiosamente, la autora del relato es la que fue script y colaboradora durante 50 años de Akira Kurosawa, Teruyo Nogami. Suyos son los recuerdos plasmados en esta gran película que, si bien no se estrenó en su día, ahora merece la pena descubrir.

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