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Elvis Costello

Esfuerzo y logro permanente de Ron Sexsmith
Ricardo Aldarondo 25-11-2013 | 5:20 | 0

Uno tiene la sensación de que se repite cuando habla de Ron Sexsmith. Es más, se podría decir que Ron Sexsmith se repite. Pero milagrosamente esto no es un handicap, sino una bendición. Sabes que no te va a fallar, que su nueva colección de canciones va a ser otra pequeña maravilla de las que dignifican el pop como una de las más estilizadas y elevadas artes. Sabes que no podrás decir en qué se distingue el nuevo disco de los anteriores, porque no habrá un cambio radical en el planteamiento, ni ideas conceptuales de las que sirven a muchos para contar el socorrido “abro una nueva etapa en mi carrera que lo vas a flipar” al presentar cada nuevo disco. Unas veces utiliza más acompañamiento de cuerda y viento, como ahora en Forever Endeavour, otras se muestra algo más eléctrico, pero no son elecciones que cambien sustancialmente el conjunto. Siempre prevalece esa prodigiosa voz acariciante pero recia, sensible pero nada melosa, de un Ron Sexmith que va contando sus cosas, sus deseos y decepciones, pérdidas de rumbo y alegrías en compañía, entre melodías siempre maravillosas, no se sabe cómo lo hace.

Ni siquiera es fácil elegir unas canciones sobre otras, así de constante es la inspiración y la calidad que acompaña a este canadiense con una decena de espléndidos discos, que siempre ha tenido lo que se supone que hay que tener para triunfar. Pero hace tiempo que no basta con tener buenas y pegadizas canciones para ser popular; se diría que eso es casi hoy un handicap. Se han utilizado muchas de sus canciones en películas (es ideal para ilustrar historias sentimentales, sea con un punto de comedia o de drama) y ha tenido como padrinos a Paul McCartney y Elvis Costello, dos referentes claros en la base de su estilo. Han hecho versiones de sus canciones gentes tan diversas como Nick Lowe, Rod Stewart y Michael Bublé y ha cantado en dúo con Leonard Cohen y el Chris Martin de Coldplay. Pero parece que el segundo o tercer plano va a seguir siendo por siempre el lugar para un Ron Sexsmith que siempre merecerá más, pero se entrega en cuerpo y alma (¿ese ‘esfuerzo permanente’ del título?).

Y así, Forever Endeavour es otra gozada inagotable de principio a fin. Lo digo porque lo he disfrutado durante meses desde que se publicó en el pasado febrero. Y cada vez que empieza a dar vueltas de nuevo el disco suena igual de luminoso y fresco, de plácido y sentimental, capaz de evocar el soul en Blind Eye y el folk americano en Lost in Thought, pero siempre de forma muy discreta y personal. Cada melodía que puede parecer convencional en una primera escucha, pasa a ser única en las siguientes, y cuando surge cada una de las canciones sabes que te esperan tres o cuatro minutos redondos en concepto, ejecución y emoción. Como ejemplo las tres primeras canciones del disco. Sin desperdicio.



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Concierto completo del estreno de Elvis Costello & the Roots
Ricardo Aldarondo 18-09-2013 | 6:01 | 0

Recién estrenado. El primer concierto de presentación del disco conjunto que acaban de publicar Elvis Costello & The Roots, celebrado el pasado lunes en Nueva York, ya se puede escuchar al completo en streaming, aquí mismo. También en Youtube hay ya vídeos de buena parte de las canciones del concierto.

Y es toda una revelación, porque además del repetorio de Wise Up Ghost and Other Songs, Costello y el grupo del batería Questlove abordan algunas canciones emblemáticas de Elvis transformadas al espíritu del grupo, cimentado en todos los palos de la música negra. Aunque en algún momento puedan notarse ciertos desajustes propios del debut de una asociación tan  inesperada, brillan tanto las canciones nuevas (Sugar Won’t Work y Tripwire entre las mejores) como algunos arreglos de los clásicos. Especialmente, un I Want You desgarrador como siempre, pero de otra forma, con el ritmo escorado al rythm & blues más arrastrado y profundo, que curiosamente lleva la canción al terreno de otro I Want You, el de The Beatles, con ese órgano arrebatador. Y con un climax final de guitarras simplemente fastuoso.


Pero hay otras sorpresas: la versión más puramente reggae aún que el original de Watching the Detectives, con estupenda sección de viento muy jamaicana, o un pasional Shabby Doll, o un (I Don’t Want To Go To) Chelsea más rock-roots-reggae y un Pump It Up bañado en ecos.

Y aún más: esa impresionante canción que es Ghost Town de The Specials y, para terminar, I Found Out de John Lennon. En noviembre hacen gira por Estados Unidos, y en diciembre por Japón. A ver si el año que viene le toca a la gira europea, porque se ve que es una asociación no contra natura, sino muy a favor.

 

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Jazzaldia (2): Inmensos Elvis Costello & the Imposters, apasionante Vijay Iyer, recios Belako
Ricardo Aldarondo 26-07-2013 | 4:34 | 4

Esa maquinaria imparable y brillante que son Elvis Costello & the Imposters estuvo el jueves a medianoche a pleno rendimiento de principio a fin, en un concierto compacto, intensísimo, plagado de éxitos y también, cómo no, con alguna sorpresa. Llovía al empezar, y llovió durante todo el concierto, aunque solo un genuino sirimiri, cuando Costello salió como un huracán y, tras un rápido saludo, y prometer alguna canción sobre la lluvia, se lanzó en plan Ramones: one, two, three, four y una tanda de pildorazos infalibles de ‘new wave’ rabiosa y energética: I Can’t Stand Up (For Falling Down), High Fidelity y Radio, Radio, y enlazando también con el maravilloso soul blanco de Everyday I Write the Book. Una canción, por cierto, que en su anterior visita a San Sebastián con The Sugarcanes hizo de forma radicalmente distinta, muy country. Fue un comienzo más o menos habitual, dentro de la variación diaria que Costello practica en sus setlist, pero sorprendió que a continuación atacase ya con Alison, sobre todo tratándose de un lugar al aire libre, la playa de la Zurriola, y su gigantesco Escenario Verde, con su punto de frialdad y distancia.

Y aquí hay que señalar el problema de este tipo de conciertos gratuitos: el público solo en una pequeña parte es fan, hay mucho parloteo insufrible por parte de gente que estaría mejor en un bar, y es más difícil en esas circunstancias crear la comunión colectiva. Al ser Elvis Costello uno de los grandes, pero no con la popularidad, ni la ceremonia rockera, ni el repertorio de estadio de un Bruce Springsteen, por ejemplo, faltó calor y entrega en el público a la altura del conciertazo compacto y musculoso que ofrecieron Elvis Costello & The Imposters.

Seguramente conocedor de todo eso, Costello se movió en su repertorio más popular, que no facilón, y por supuesto sin renunciar a las sorpresas. Y así, continuó en plan nuevaolero de finales de los 70 con Green Shirt y el excitante e inmarchitable reggae-rock-pop de Watching the Detectives, con su vibrante y afilado guitarreo. Acudió por fin a sus discos recientes con Bedlam, pero solo por un momento: había que hacer un alto en uno de los momentos emocinantes de la noche. Lo es la canción en sí, impresionante como pocas, esa Shipbuilding que Costello compuso en plena era antithatcheriana contra la guerra de las Malvinas y en doloroso homenaje a los soldados que allí murieron. Y ayer la dedicó a las víctimas del accidente de tren de Santiago, recordando además las veces que ha tocado allí y en Vigo. La gravedad de la hermosísima canción y el homenaje que conllevaba, de poner la piel de gallina de principio a fin, no fue óbice para que algunos de los parloteadores siguieran a lo suyo. Ni por esas.

Costello siguió en tono de balada, pero intentó relajar el dramatismo comentando que, como podíamos comprobar en la gran pantalla al fondo del escenario que amplia las imágenes del concierto, “mi cara solo puede enamorar a una madre”, pero le da igual y es capaz de cantar una balada amorosa tan enternecedora como She, quizás el mayor éxito popular de Costello, aunque la canción sea de Charles Aznavour.

Dispuesto a demostrar que puede hacer de todo (aunque no hizo todo lo que es capaz de hacer, hubiera necesitado varias horas), lanzó su broma habitual: “Vamos a hacer rock & roll…de los años 20, lo que sonaba en San Sebastián en 1922″. Y atacó la divertida y cabaretera Slow Drag To Josephine, antes de volver al tiempo más lento e intimista en la que para mí fue la elección más sorprendente de la noche, Almost Blue, la balada derrotada de 1982 que parecía una composición ideal para ser cantada y tocada por Chet Baker, y que así hizo el genial trompetista y cantante años más tarde. Costello la presentó hablando de su mujer, Diana Krall, “que va a tocar aquí al lado en un par de días”, en referencia al Kursaal. “Ella está ahora viajando de Madrid a Cap Roig, y suele cantar también esta canción”. Conexión musical y sentimental en la distancia, por tanto, en esta curiosa circunstancia de que el matrimonio esté girando por los mismos países pero distintas ciudades a la vez.

Se comprobó desde el minuto uno, pero en lo que vino a continuación se hizo irrefutable la absoluta maestría de The Imposters, con el que probablemene sea el  mejor teclista del mundo, Steve Nieve, capaz de hacer cualquier cosa, y cada día distinta, con el piano, el órgano, los sintetizadores y hasta el theremin. Lo suyo es realmente grandioso, y aunque esté por debajo de la voz y la guitarra de Costello, todo lo que hace resulta prodigioso. Y la contundencia del batería Pete Thomas a sus casi 60 años es de envidiar por cualquier jovenzuelo rockero, máxime teniendo en cuenta que se puede pasar así tres horas. Y qué finura, por otra parte. Y en perfecta armonía con Davey Faragher, el hombre que consiguió que no se eche de menos a Bruce Thomas. Sí, también creo que The Imposters es la mejor banda de rock (en el sentido más amplio) del mundo, sobre todo porque es capaz de tocar absolutamente todos los estilos como si nada, y en perfecta comunicación extrasensorial con su boss. No les hace falta ni mirarse para enlazar una canción tras otra en permanente climax.

En algún momento le flaqueó su inmensa voz a Costello, producto seguramente del mes y pico que lleva actuando casi a diario, o del sirimiri, o de la hora (empezar a las doce y media de la noche es un poco ‘too much’) pero fue pecata minuta, solo ocasional y moderado. La siguiente traca ochentera fue otra gloria: la contagiosa y maravillosa Oliver’s Army, la intrincada Beyond Belief y Clubland, con una de sus exhibiciones de lo buen y cañero guitarrista que Costello sabe ser.

El segundo y último tema de la década de los 2000 que sonó fue Stella Hurt, tremendamente vibrante, y de ahí subidón total con (I Don’t Want To Go To) Chelsea y otra avalancha de excitante guitarreo rockero, más la también primeriza y coreable (The Angels Wanna Wear My) Red Shoes.

Seguía lloviendo, y Costello se sacó un as de la manga: el Purple Rain de Prince. Aunque suele tocarla a veces, fue una sorpresa perfecta para la ocasión, celebrada colectivamente.

Costello seguía intentando que aquello fuera un mar de brazos en alto y expresión de colectiva de felicidad, pero el público era demasiado frío o demasiado variopinto para ello. Y llegó ya, demasiado pronto para los que esperábamos un concierto de al menos dos horas, la traca final con las apotesósicas Pump It Up y Peace, Love and Understanding, cuyo autor, Nick Lowe, también la tocó a su modo en el teatro Principal hace unos meses, e hizo entonces referencia a las visitas de Costello a San Sebastián. Los fans, enloquecidos, pero no toda la masa, como está acostumbrado Costello. Hora y media exacta y se despidieron.

Y lo que es realmente insólito en Costello, que ha llegado a hacer bises de 17 canciones, no hubo regreso. Sea por la hora, por la lluvia (aunque realmente esto no pareció importar mucho al público) o, poco probable, por exigencias de la organización, el caso es que se nos quedó un poco corto de tiempo, aunque la intensidad y calidad fue tal que nos pudimos dar por plenamente satisfechos.

Una incógnita: la organización suele repartir a la prensa el setlist que los músicos le entregan antes del concierto; muchas veces no corresponde con lo que tocan después, por una razón o por otra. Pero llama la atención que en el caso de Costello, hay bastantes más canciones en esos apuntes de las que tocó finalmente, como si se hubiera ido saltando temas sobre la marcha (aunque también tocó Beyond Belief que no figura en esa lista). Y, en esas promesas estaba Less Than Zero, God Give Me Strength y, ¡oh desesperación! I Want You. Bueno, es igual, Elvis Costello & the Imposters estuvieron inmensos. Ahora que vuelvan al Kursaal.

Por la tarde habíamos estado en el Victoria Eugenia, para asistir a la tercera visita de Vijay Iyer, en formato de trío. Un excelente pianista, pero que sobre todo brilló en su forma de conjugarse con contrabajista y batería, en una endiablada y sin embargo apasionante deconstrucción de ritmos imposibles. El virtuosismo de los tres iba más por el camino de la imaginación y pasión, que por el de la exhibición. Y fue un disfrute verles comunicarse tan bien para desarrollar su disco Accelerando. Así fue el final, antes de acometer un bis con su versión de Human Nature:

Pasé también un rato por la plaza de la Trinidad para comprobar que prefiero a Carla Bley como jefa con Steve Swallow como músico a su servicio, que al revés, como ayer en The Swallow Quartet. En ese rato hubo una parte delicada muy bonita, pero otra excesivamente fría y tecnicista. El fascinante peinado de Carla Bley, impecable, como siempre.

En las antípodas musicales, Belako se adueñaban del megaescenario de la playa. Alguno se preguntaría qué hacían esos chavales que parecen recién salidos del instituto subiéndose a semejante escenario. Pero se lo preguntaría por poco tiempo: en la media hora final al menos, los veinteñaeros vizcaínos demostraron cohesión, actitud, potencia y, sobre todo, una variedad de lenguajes musicales insólito a su edad. Combinan indie rockero de los 90, postpunk de los 80, un algo de Beach House en los teclados y la voz y, para terminar su recio y rotundo concierto, un mano a pano por parejas de electrónica analógica ochentera y percusión tribal. En los próximos meses, o el próximo año, se los deberían estar rifando todos los festivales más o menos ‘indies’.

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Esperando a Elvis Costello en San Sebastián: crónica de su reciente concierto en Brighton
Ricardo Aldarondo 23-07-2013 | 9:31 | 6

El jueves 25 de julio llega Elvis Costello a San Sebastián, para una actuación que se prevé memorable: en el gran escenario de la playa, con entrada libre, y con The Imposters. La gloria para cualquier amante del pop y el rock, y todos los grandes géneros aledaños que Costello domina como pocos. Costello está ya inmerso en su tarea veraniega, después de haber pasado por Glastonbury y Hyde Park: hacer unos cuantos festivales, varios de ellos con el Jazz en su título, además de actuaciones en salas como las de Madrid y Barcelona, en los que está tocando durante unas dos horas más de 25 canciones con un setlist que, como es habitual en él, cambia cada noche y a veces de forma radical. Pero que contiene paradas en muchos de los innumerables momentos gloriosos de su fastuosa y vastísima discografía, desde el primer disco, My Aim Is True, al último y con especial atención a obras maestras de los 80 como Imperial Bedroom o Blood and Chocolate.

Pero Costello dedicó todo el mes de junio a girar exclusivamente por Inglaterra, llevando su Spinning Wheel Tour, o gira de la ruleta en la que los espectadores y el azar determinan las canciones que el grupo interpretará (además de otras que ellos eligen porque les da la gana) y que ya recuperó el año pasado, como Mon Oncle contó aquí. Pudimos ver este show en Brighton. Lo del Jazzaldia será distinto: la ruleta quedó guardada al final de esa gira por Inglaterra, porque el espectáculo requiere una interacción total con los espectadores, algunos de ellos suben al escenario y eso en festivales es más bien imposible. Además, el papel de showman que hace Costello, sus constantes ironías y bromas con el público, requieren un conocimiento del inglés considerable, por lo que no es factible fuera del área donde el público domina mayoritariamente su lengua, como es el caso de España. Y la no presencia de la ruleta tiene sus ventajas: algunos consideran que el show rebaja la intensidad musical del conjunto, con los intermedios de participación del público, aunque la tensión musical y emocional está garantizada en cuanto Costello y The Imposters retoman su torrente de canciones.

Casi tres horas sin parar, con 35 canciones, nos ofreció en el show de Brighton. Entiendo que ya suena a letanía de fan enloquecido, pero el nivel de engrase y excitación y sorpresa y variedad musical que logra el cuarteto me parece difícilmente igualable en el rock en directo de hoy. El concierto era en el feucho Brighton Centre, híbrido de pabellón deportivo y auditorio, con sus 4.500 localidades prácticamente llenas, y una audiencia sentada, aunque ya con el primer tema, el arrollador I Can’t Stand Up For Falling Down, Costello empujó al público a ponerse en pie y expresar su entusiasmo. Lo que provocó una curiosa alternancia entre una audiencia seated en los temas tranquilos, y standing en los cañeros. Una audiencia en general conocedora de los mil recovecos de su repertorio (excepto la señora ebria que yo tenía delante acompañada de un auténtico shreck) y lógicamente entusiasmada con el excitante comienzo, a base de unir en tromba joyas primerizas como High Fidelity, Mistery Dance y Radio, Radio.

En la ruleta que los espectadores hacen girar no sólo pueden salir títulos de canciones, también etiquetas con truco. Y así ocurrió cuando salió ‘Joanna‘, que no es un título costelliano, sino una broma-prueba: como ‘joanna’ y ‘piano’, se parecen al pronunciarlas en inglés, según Costello, el teclista Steve Nieve tiene derecho a elegir el repertorio, en base al piano. Y Nieve estuvo generoso con las chicas que al subir al escenario habían dicho que deseaban que la canción que el azar designara fuera She.


Tras despedir a las chicas que escucharon desde el mueble-bar copa en mano (al ser una balada no hubo ocasión de que subieran a bailar a la jaula de go-go’s, como invitaron a hacer a otros espectadores), los Imposters se lanzaron con otra traca inmensa: Oliver’s Army, Beyond Belief (qué gran y compleja canción de pop sinuoso la que abría Imperial Bedroom), You Belong To Me y (I don’t want to go to) Chelsea, que nos lleva a resaltar lo excelente guitarrista que es Elvis Costello, faceta que suele quedar en muy segundo plano ante su voz y su extraordinaria capacidad compositiva.

La siguiente tirada de ruleta dio otra etiqueta juguetona: ‘I Can See a Rainbow‘, o sea ‘Puedo cantar un arcoiris’. Y eso hizo Costello, jugar con el colorido de los títulos y cantar seguidas Green Shirt, Blue Chair y Red Shoes, cada una con su correspondiente tono dominando el escenario. He aquí:

Difícilmente alguien puede hacer tantos, y tan ingeniosos juegos con su inmenso repertorio (más el ajeno), quizás solo Bruce Springsteen. No se entiende cómo montan el setlist en estos conciertos de la ruleta: la enorme rueda contiene algunas canciones que el azar no elige, y sin embargo The Imposters las tocan en otro momento del concierto, sin que apenas se vean indicaciones de Costello a los músicos, que acometen una canción tras otra sin apenas pausa y como si fuera un setlist predeterminado y engrasado concierto a concierto, cuando es único cada noche. The Imposters deben saberse y tener a punto bastante más de un centenar de canciones, para empezar, y el propio Costello asombra al memorizar sin vacilaciones las complejas letras de todas ellas, producto de más de 35 años como compositor infatigable.

Y además con continuas sorpresas, porque a la elección de una canción insospechada como Slow Down de su álbum Trust, entre éxitos como Shipbuilding (primer antithatcherismo de la noche) o la determinación de tocar (por primera vez en su vida según indican las estadísticas) una de las canciones que The Beatles incluyeron en su primer Lp, Anna, se producen en algunas ciudades apariciones como la de Brighton: Chris Difford, uno de los dos cabecillas del magnífico grupo de pop Squeeze, que Costello produjo en sus comienzos, salió al escenario para cantar Take Me, I’m Yours, uno de los primeros éxitos del grupo (y aquí uno tuvo en el pensamiento un ‘wish you were here’ para el amigo Poulidor77).

Y a continuación Costello atacó Watching the Detectives con toda su intensidad, recorrió toda la zona central del público sin dejar de cantar, ‘secuestró’ a dos mujeres y las sentó en el bar antes de invitarles a jugar a la ruleta, y terminó la canción.

Del pop veraniego de This Side of Summer al country de Good Year For the Roses, un intermedio de music hall en solitario con Slow Drag To Josephine y la dramática Jimmie Standing in the Rain, hasta terminar con Suit of Lights y el Tramp the Dirt Down contra Margaret Thatcher.

El bis de cinco canciones comenzó con la primeriza Miracle Man y el personal bailoteando a pie de escenario y se coronó con las eternas Pump It Up y (What’s So Funny About) Peace, Love and Understanding, en excitación colectiva.

Ya se despedían. Con saludo teatral, los cuatro abrazados y todo lo que indica que de verdad se acabó. Cuando ya se retiraban, Costello, eterna sonrisa de pilluelo en el rostro, hizo el gesto: “¿Queréis una más?”. El bramido esperado entre el respetable, y los clamores de rigor: unos pedían Alison, otros God’s Comic, otro se desgañitaba implorando Accidents Will Happen. Y Costello tocó las tres, una tras otra. Un Alison de piel de gallina despreciando el micrófono y arropado por el público; y un God’s Comic especialmente sentido. Aquí están:


El concierto del jueves en la playa de la Zurriola de San Sebastián será distinto, como todos, pero con las mismas esencias de este: el inagotable talento musical, escénico y creativo de Elvis Costello & the Imposters. Imperdible, en cualquier caso.

Mientras tanto, se daba a conocer ayer mismo la primera canción de otra de las colaboraciones multifacéticas de Elvis Costello: todo un álbum junto a The Roots, que se publicará el 17 de septiembre, y del que se adelanta este prometedor Walk Us Uptown que le acerca al territorio del hip-hop.

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Nick Lowe, un maestro con mucha clase
Ricardo Aldarondo 15-04-2013 | 1:01 | 8

Más de uno estará hoy en el trabajo como flotando, aún metido en el éxtasis de belleza, buen gusto y pasión al que nos condujo Nick Lowe el sábado en su memorable concierto en el teatro Principal de San Sebastián.

“Qué suerte tenéis de conservar este teatro tan bonito y agradable, en Inglaterra hay muchos muy imponentes pero los de mediano formato han acabado convertidos en parkings y oficinas. Estoy encantado de poder tocar en un sitio así”, vino a decir Nick Lowe a la segunda canción, mientras los espectadores de la Semana de terror, de las funciones teatrales y de los conciertos especiales aplaudían con palpable orgullo. No le contamos, claro, los delirios de algunos que pretendieron cargárselo no hace tanto tiempo, pero en fin. Nick Lowe nos devolvió el favor de tocar en un sitio así en forma de canciones interpretadas con un buen gusto y una hermosura digna del mejor teatro del mundo.

En el desnudo escenario abrió la noche con valentía y decisión la muy joven Mery May, que a pesar del nombre y de cantar en inglés, en seguida se presentó en euskera y procedente de Arrasate. Sola con su guitarra acústica, Mery desgranó un puñado de bonitas canciones entre el folk de Laurel Canyon y algún deje de pop británico en las melodías, más una canción en francés. Tiene una voz delicada pero consistente con la que ofreció un agradable recital con un repertorio que al parecer desembocará pronto en un disco y que terminó con el Ohio de Neil Young, cantado con un deje de rabia, acorde con la letra, sobre todo en el aplaudido final.

La evolución de Nick Lowe es tan insólita como admirable. Podía haberse quedado como “ese chico de la new wave que no tuvo la suerte o el talento de Elvis Costello”, y en parte así fue durante un tiempo. El furor juvenil y las grandiosas perlas de exitoso pop-rock que entregó entre finales de los 70 y los primeros 80 parecieron pasar a la sombra a finales de esa década y en la siguiente. Pero cuando a la melena de Nick Lowe le salieron canas, qué digo, cuando su pelazo se convirtió en admirable manto blanco, el británico tuvo una grandiosa evolución retornando a las raíces americanas, que por otra parte siempre habían estado en su música. Sus discos del siglo XXI alcanzan una modernidad y una pertinencia asombrosas a base de country, rockabilly, baladas de crooner juvenil de los años 50, pop británico eterno y lamentos multiformes de rupturas amorosas. Todo tiene una frescura juvenil que parece no casar con el pelo blanco, pero el milagro se produce y con la misma gracia que termina algunas de sus interpretaciones en un gesto congelado de rocker clásico, exhibe la experiencia de un maestro con una clase y una finura british impresionantes.

Salió y se puso a cantar tan rápidamente Stoplight Roses que a algunos no les dio tiempo a sentarse (esta canción se puede ver en un vídeo de primorosa elaboración de Zuzeu aquí. En un segundo, todo fluía con naturalidad en la voz y la guitarra de Nick Lowe, que se dispuso a ofrecer un concierto de 80 minutos en el que con una coherencia total recorrió canciones de todas sus épocas y alguna nueva y mostró su dominio de todos los palos británicos y americanos, con una lectura absolutamente personal. Es increíble cómo su preciosa y nada exhibicionista voz se adapta todos los géneros, o todos los géneros quedan sometidos a su inigualable estilo.

Simplemente rasguea su guitarra con el mínimo pero preciso gesto y despliega la belleza y versatilidad de una voz nada torrencial y he ahí una interpretación gloriosa tras otra de unas canciones que parecen llevar la etiqueta “clasicazo” en cada una de ellas y contienen unas melodías con ese inaprensible secreto para calarte de arriba a abajo. Y así, tras saltar de What’s Shakin’ On the Hill a las más recientes Long Limbed Girl o Lately, I’ve Let the Things Slide, o la hermosura negra de She’s Got Soul, desembocó en uno de sus primeros hits, la imperecedera Cruel To Be Kind.

Hubo tres momentos especialmente conmovedores a lo largo del concierto: I Read A Lot, una de las más hermosas expresiones para relatar el abandono amoroso, Raining Raining y House For Sale, en la misma línea lírica. En todas ellas Nick Lowe alcanzó lo sublime a base de reducir a un susurro angelical y absolutamente emotivo, la faceta más delicada de su voz, con una entrega y una modestia desarmantes.

Balanceándose entre los medios tiempos de Rome Wasn’t Build On a Day o Sensitive Man, Nick Lowe obraba el milagro de que no écharamos de menos a la por otra parte gloriosa banda que le acompañó en el concierto de hace cuatro años en el Kursaal, a pesar de que en los discos esas canciones tienen unos elegantísimos arreglos. Pero en solitario Lowe demuestra que sus canciones son grandes en lo esencial, y que los adornos son bienvenidos, pero no necesarios.

Tras terminar con gesto rockabilly en las espléndidas Without Love y I Knew the Bride (When She Used To Rock ‘n’ Roll), Nick Lowe quiso tener otro gesto para los amantes del disco de su efímero grupo Rockpile con el más olvidado Dave Edmunds (ya había ofrecido Heart al principio) y cantó When I Write the Book con la espontánea y delicada aportación a los coros de un grupo de fans.

Era de prever que incluyera su legendario (What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love and Understanding, que Elvis Costello convirtió en éxito y casi en canción propia, pero no esperábamos que lo hiciera con esa deliciosa calma y ese derroche de belleza.

Y menos aún que en un segundo bis completara la jugada con lo que interpretamos como un guiño (involuntario, claro) al regreso, anunciado el día anterior, de Costello a San Sebastián con un concierto gratuito en la playa el próximo 25 de julio en el Jazzaldia. Nick Lowe se permitió el lujo de dejar fuera del repertorio maravillas suyas como People Change o Hope For Us All para ofrecer un Alison aterciopelado y emocionante como no se lo hemos oido nunca a su/nuestro amigo Costello. Otra elección de humildad y maestría.

 

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