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Intxaurrondo

León Benavente, la furia amigable que iluminó Intxaurrondo
Ricardo Aldarondo 05-06-2017 | 10:54 | 0

Dudé si ir al concierto de León Benavente, no porque no supiera que el suyo es de los mejores directos que puede dar ahora mismo el rock español, sino porque todo no puede ser. Pero por casualidad me encontré en la mañana del sábado con Gregorio Gálvez, que se confesó inmediatamente fan total y versado, y me incitó a no perdérmelo. Como Gregorio, 40 años después del apogeo de Club 44, sigue siendo maestro que enseña, orienta y guía y, sobre todo, contagia pasión, fui a Intxaurrondo, cuando en la taquilla estaban con el cartel de ‘sold out’ entre manos. Antes habían actuado los donostiarras Pet Fennec pero lamentablemente no pude verles.

Y como vienen contando las crónicas durante el año largo que el cuarteto lleva de gira imparable, lo de León Benavente fue arrollador, eufórico, pasional, excitante, tan feroz como, sobre todo, amigable. Fue curiosa la división involuntaria, pero feliz, que un problema técnico ocasiónó en el concierto. En la primera parte, se confirmaron todas las bondades que proclamaba Gregorio: ese sonido con aroma a los 80, pero de un modo radicalmente distinto a lo que se suele definir como sonido de los 80. Y en absoluto mimético. Una cosa es que a veces te vengan a la cabeza The Psychedelic Furs o The Sound o Devo o Killing Joke, o en general lo que se dio en llamar post-punk en su vertiente más sofisticada y con adornos techno, o que cuando se sueltan la melena logren la energía de The Clash. O que la determinación y la altura artística de todo pueda medirse con la de unos Radio Futura, o que las intermitentes proclamas un poco surrealistas evoquen a las de Aviador Dro o que los fantásticos bajos de Eduardo Baos rescaten por todo lo alto el importantísimo papel que ese instrumento tuvo en los grupos de aquella época. Pero no hay nada de revival o nostalgia en León Benavente, solo una forma de hacer rock que es necesaria y perfectamente contemporánea y que no se adscribe a ningún estilo concreteo, solo denota una cultura musical importante y una personalidad propia como único faro.

Abraham Boba, con esa rara combinación de teclista y ‘frontman’ que no para quieto, tiene un sentido artístico que pocos cantantes poseen: en la forma de decir las letras tan trabajadas y sugerentes y a veces políticas sin partido; en la expresividad de los movimientos; en la perfecta combinación de sensibilidad, proclamación y furia. Cuando coge las maracas nos damos cuenta que comparte esa vis escénica con un Nick Cave; de nuevo, sin mimetismos.

Decíamos que hubo una primera parte, ya contundente e incontestable, con temas como Se mueve, Ánimo valiente, Revolución o Rey Ricardo. Hasta que hubo que interrumpir una canción, Estado provisional, que habían dedicado a Pedro San Martín, el bajista de La Buena Vida que falleció hace seis años, y que tenía tantos amigos en la música que son continuos los homenajes y recuerdos. Y, por cierto, uno le veía un considerable parecido físico a Abraham con Pedro: esos rizos medio canosos.

De pronto el equipo exterior no sonaba, el público hacía gestos o bramaba “¡que no se oye!”, y los técnicos recomendaron parar. Fueron cinco minutos de espera, y el cuarteto salió de nuevo en plan ‘os vais a enterar’. Arrolladores, implacables, contagiosos de una furia alegre y desbordante, enlazando sin descanso Gloria, Celebración y La palabra. Comunicación total con un público que se sabe buena parte de las letras, porque son complejas pero también tremedamente adictivas y sugerentes.

El funk de Maestros antiguos (“tengo la suerte de ser viejo”, canta Abraham: la reivindicación de una cierta edad frente a la imperante falsa juventud de hoy es otro de los activos de León Benavente) y de Aún no ha salido el sol fue otro ejemplo de cómo saben mantener la melodía y el refinamiento vocal y los matices de intensidad incluso cuando se ponen más brutalmente cañeros.

Y como estaban de celebración, por el año y pico que llevan de gira con su segundo álbum, porque había metido en Intxaurrondo más del doble de público que cuando tocaron hace tres años, porque estrenaban un equipo de luces que se gradeció mucho en unos tiempos en que pocos grupos cuidan ese aspecto (la austeridad económica, claro) y porque era el cumpleaños de dos de los componentes del equipo, nos regalaron la fabulosa versión que de vez en cuando hacen de Han caído los dos de Radio Futura, con la incorporación de dos de los técnicos de sonido a la guitarra y el teclado. Aquí está al completo.

El final fue apoteósico, con Abraham como un iluminado de nuevo bajando entre el público, y ejercitando ese contacto directo que tanto le gusta, tocando la nariz a unos, abrazando a otros, poniéndose cabeza con cabeza en plan carnero vacilón con el fotero. Y Ser brigada fue un himno colectivo, enloquecedor y feliz. Gregorio tenía razón, una vez más, y me ganó para la causa.

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Cracker: Disfrute al natural
Ricardo Aldarondo 07-05-2017 | 7:21 | 2

(Versión ampliada de la crítica publicada en El Diario Vasco el 6 de mayo de 2017).

Músicos: David Lowery (voz, guitarra), Johnny Hickman (guitarra, voz), Bryan Howard (bajo), Carlton (Coco) Owens (batería), Matt ‘Pistol’ Stoessel (guitarra steel). Primera parte: Los Bracco. Lugar: Centro Cultural Intxaurrondo, San Sebastián. Fecha: 5 de abril de 2017. Asistencia: 250 espectadores.

La acumulación de conciertos en la noche del viernes y el hecho de que algunos espectadores llegaban del de Loquillo explicaban el vacío inicial. Pronto la sala alcanzaó buena entrada y ambiente cálido,  que Los Bracco ya se encargaron de cimentar, contundentes y convincentes como siempre, con su estupenda ración de rock & roll versátil, hasta el soul- funk de SayonaraTraficantes.

Los californianos Cracker nos desarmaron y conquistaron desde el primer instante y por el flanco más melancólico: salieron solo David Lowery con guitarra española, Johnny Hickman acariciando la eléctrica y Matt ‘Pistol’ Stoessel con la steel y emocionaron con la bella y grave Dr. Bernice y la versión del Loser de Grateful Dead que ya grabaron hace años. Y desde ahí todo fue un crescendo en magnífica progresión, aumentando la pasión, la electricidad y la intensidad con un repertorio excelso, con la naturalidad de los maestros avezados y la autenticidad de quienes se han pateado musicalmente todas las esencias clásicas y contemporáneas de la música americana, con la frontera como inspiración.

Desde la perfecta sencillez de Where Have Those Days Gone al country de Mr. Wrong, la caña de Teen Angst (What the World Needs Now) -en la que al batería se le saltó un palillo por los aires, cuestión que resolvió sin fallar ni un solo golpe-, esa habilidad para crear estribillos acogedores aunque no facilones como en The Golden Age o el acercamiento grunge de Low, su mayor y primerizo éxito aunque no desde luego su mejor canción, lo de Cracker fue un disfrute permanente. Tanto cuando cantaba el serio Lowery (qué saber estar tan impecable con sus camperas) como cuando tomaba el protagonismo en la voz Johnny Hickman, en California Country Boy y Wedding Day, brillaban las melodías y los sentimientos. Y las guitarras: los punteos de Hickman, al que se veían disfrutar en primera línea, sobre todo en el largo y excitante solo de Sweet Potato o con los riffs hard de Sweet Thistle Pie, y el dominio en la steel de Stoessel, que tanto juego ambiental dio. A veces uno sucedía al otro, no en duelo, sino en éxtasis matrimonial. Mientras tanto, el bajo de Bryan Howard era como un martillo pilón forrado de tercipelo, mientras él hacía muecas en el momento más desenfadados de la noche, con ese look a contracorriente del resto del grupo, como salido de una banda jamaicana.

No se olvidó Lowery de su primera banda, Camper Van Beethoven: de aquel notable álbum debut de 1986, Telephone Free Landslide Victory, que en España publicó en su día Nuevos Medios, recuperaron Take The Skinheads Bowling, que encajó perfectamente en el repertorio multidireccional de Cracker. Otro rescate sugerente fue Pictures of Matchstick Men de Status Quo.

Campechanos como ellos solos y también elegantes, dando la sensación de que se encontraban muy a gusto y disfrutando tanto como el entregado y conocedor público, y beneficiados por un excelente sonido durante todo el concierto, ni siquieran echaban mano de ‘roadies’ : Lowery fue dos veces al backstage a por otra guitarra pateando ruidosamente sobre el escenario con sus botas granates, mientras Johnny se reía preguntando en alto “where is Danny?”. Al supuesto roadie se le oyó tropezar o caer del cielo a un lado del escenario, pero ya Lowery se había colgado la otra guitarra.

Get Off  This, Euro Trash Girl, One Fine Day o Gimme One More Chance formaron parte de la traca final, antes de regresar al formato acústico con Around the World. Dos horas gozosas de principio a fin.

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…y The Stranglers reconquistaron San Sebastián
Ricardo Aldarondo 08-04-2014 | 1:16 | 12

Y 30 años y medio después, The Stranglers volvieron a conquistar San Sebastián y alrededores por la otra esquina, por Intxaurrondo y se repitieron algunas circunstancias: sala abarrotada (el Centro Cultural Intxaurrondo con sus 500 localidades se quedó pequeño, y algunos fuera sin entrada), calor y fervor entre el público, y un concierto compacto y rotundo, convincente de principio a fin y muy por encima de lo que se pueda esperar de un grupo que lleva 40 años actuando, y con dos bajas en su formación clásica, aunque perfectamente asumidas.

Muchos ni siquiera conocían la sala de Intxaurrondo, aunque ya han pasado por allí muchos nombres recomendables y hasta imprescindibles. Pero The Stranglers sacaron de casa, o devolvieron a la sala de conciertos, a muchos que ya las frecuentan poco. Y conocieron las estupendas cosas que nos brinda con frecuencia el circuito Donostikluba y Ginmusica. Predominaba entre el público la generación que está ahora alrededor de los 50, pero también los había más jóvenes, algunos tanto como para tratar de cumplir rituales de baile punk. El diálogo “¿Les viste en el Autódromo”, “No me dejaron mis padres, tenía 16 años” o bien “Sí, fue mi primer concierto, inolvidable” y comentarios similares sonaban en el abarrotado hall del Centro Cultural Intxaurrondo donde se agotó la cerveza antes de que se acabara el concierto.

Pero si alguien tenía la tentación de hacer la lectura de “reunión de viejas glorias”, tanto encima como bajo el escenario, The Stranglers pronto se encargaron de dejar las cosas claras. Tras la media hora de caña a dúo de Niña Coyote eta Chico Tornado, versión euskaldun de The White Stripes en formación y planteamiento musical, con suficiente desparpajo y potencia, sonó el himno de los hombres-de-negro en pregrabado, toda una tradición.

Porque The Stranglers hacen buen uso de sus propias tradiciones, o de unas señas de identidad únicas, que mantienen con absoluta dignidad y vigencia. Su clásico logotipo como telón de fondo, y el bajo de Jean-Jacques Burnel atronando como siempre: ya no da esas patadas al aire, pero sigue siendo uno de los bajistas que más han sabido tomar el papel solista, y combinar contundencia y melodía a la vez, con una peculiar forma de moverse en escena, agachado y mirando fijamente al público que Baz Warne también practicó.

El teclista Dave Greenfield, que entre la edad y el pelo rapado parece haber mutado en Peter Lorre, continúa aportando el otro sonido distintivo de un grupo que, como decíamos en el post anterior siempre fue una rareza dentro del punk. Curiosamente, los dos miembros originales del grupo que permanecen son los que siempre han marcado la esencia de su sonido, por mucho que se pueda echar de menos a Hugh Cornwell. Aunque no tanto: Baz Warne no solo está integradísimo, sino que parece un Strangler de toda la vida. Tiene voz, fiereza guitarrera y actitud. Y un humor de gentleman británico también muy apropiado. Entre él y Burnel hay entendimiento total (en algún momento a punto de excederse en los detalles jocosos) y al cuarteto se le ve disfrutar de principio a fin, sin fisuras ni en el ánimo, ni en la fuerza, ni en el convencimiento, tanto en la retahila de clásicos imperecederos que van hilvanando como en los temas de discos recientes que insertan con total armonía.

Empezar con dos himnos como Toiler On the Sea y No More Heroes puso el listón muy alto, pero no suponía quemar cartuchos desde el principio: saben que tienen un material poderosísimo en diferentes facetas y van echando mano de él durante casi dos horas, siempre con variables y sorpresas, enlazando una canción tras otra (apenas hicieron un par de parones para saludar y tomar algo de aire) y con la energía de un batería joven que parecía el hijo strangler del legendario y ya forzosamente retirado por salud Jet Black.

Siguieron en su primera etapa con Threatened y Was It You?, pero enseguida reivindicaron Summat Outanowt de su penúltimo álbum, Suite XVI…que se da la mano perfectamente con sus inicios punk y esos teclados cuasi sinfónicos que con tanto atrevimiento ha metido siempre Greenfield. Él es protagonista total en la teatral Peasent in the Big Shitty, mostrando su dominio-diversión desde la atalaya de unos teclados en los que se leía “no queso no bolo”. En más de una ocasión hacía un solo con una mano mientras con la otra bebia de uno de sus múltiples vasos: el humor socarrón del veterano que, sin embargo, no está de vuelta de todo. Y empieza el bajo de Peaches y otra vez piensas en la cantidad de temazos que tienen.

A continuación, un glorioso trío de su faceta más comercial y sensible, de modo algo similar al que hicieron en el Autódromo, esta vez con la recitativa Midnight Summer’s Dream (la única canción en la que se echa de menos verdaderamente a Hugh Cornwell), el vals de Golden Brown (hay que recordar que estos estandartes del punk utilizan mucho ritmos como el vals y el tango), y un Always the Sun masivamente coreado (y que en Madrid dos días antes no habían tocado), seguramente el momento más pop y comercial de su carrera…y otra canción enorme: The Stranglers aprietan en todos los palos.

Y aunque no hicieron European Female, uno sentía que acertaban con cada nueva elección, rescantando por ejemplo esa otra perla que cerraba el álbum 10, Never Look Back, o acordándose de Aural Sculpture (creo que no pasaron por alto ninguno de sus elepés) con Skin Deep. Presentaron Thrown Away como disco music (reivindicando hasta qué punto son eclécticos), intercalaron brillantes píldoras new wave como Nuclear Device y el reggae-rock de Nice’n'Sleazy (con una de las líneas de bajo más impresionantes de la historia), recordándonos al mismo tiempo que tienen excelentes canciones recientes como LowlandsFreedom Is Insane de su último álbum Giants y dieron la campanada rescatando su versión de uno de los mayores clásicos de Burt Bacharach, Walk On By, que algunos ni sabían que ya habían publicaron en un single en la época de Black & White y alargada con un estupendo solo de guitarra de Baz. Rock y sofisticación melódica a la máxima potencia para preparar el tramo final con otro trio de clásicazos, Duchess, 5 Minutes y Hanging Around.

Para el primer bis les sobraban energías aún, con Norfolk Coast, Something Better Change y un fin de fiesta multicoreado con otra de sus legendarias versiones, el All Day And All of the Night de The Kinks. Pero aún volvieron a salir, y Jean-Jacques Burnel sin camiseta para mostrar los pectorales que mantiene a sus 62 años!

26 canciones en 110 minutos. Nada más lejos de The Stranglers que la banda que pasea sus miserias añejas añorando viejas glorias. Su directo sigue siendo un disfrute pleno, un ejemplo de dignidad y pertinencia en la franja del 60+.

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Neil Halstead en San Sebastián (y Zarautz): más vale pájaros que plátano
Ricardo Aldarondo 25-03-2014 | 3:36 | 4

Uno tenía una sensación algo agridulce ante el concierto de Neil Halstead del pasado viernes: cualquier ocasión de escuchar a uno de los mejores songwriters de las últimas dos décadas en mi opinión, es de celebrar. Pero como venía embarcado en una gira con el encargo de tocar entero el disco Velvet Underground & Nico o sea, el del plátano, no podíamos evitar la nostalgia de no poder escuchar algunas de las decenas de canciones extraordinarias que ha creado Halstead, con Slowdive, Mojave 3 o en solitario. Estas iniciativas de invitar a un grupo a que reviva un disco de un grupo ajeno tienen su gracia y su intriga, pero frustran un poco cuando se trata de artistas que no tienes muchas ocasiones de ver en directo. Claro, que el disco a acometer era otra joya, así que apetecía, y mucho, de todos modos la cita en Intaxurrondo (San Sebastián), otra de las bendiciones que nos va trayendo el circuito Donostikluba.

Y es que, además, da casi lo mismo lo que cante Neil Halstead con ese prodigio de voz, que no tiene seguramente ninguno de los atributos que se les exigen a las grandes voces, más que pura belleza y sentimiento. Canta quedo, canta suave, y te echas a temblar ante tanta calidez y hermosura.

Podía parecer raro, una voz tan delicada y susurrante tratando de adaptarse a todos los registros del primer Lp de Velvet Underground, de lo más aterciopelado a lo más crudo. Pero Neil Halstead adaptó el repertorio (todo el álbum, en orden) a su modo. Sin ocultar que es más de surf que de underground, más de sol que de sótano, aunque en realidad todo ocurra en más bien en la intimidad de una habitación. Con los matices, para bien y para no tan bien que introducía su banda. Un guitarrista que no pegaba mucho ni en aspecto (cerca del gothic pop ochentero) ni en actitud (demasiada pose) y cuyo sonido, con el ampli excesivamente alto, se imponía aunque sí que sirvió alternativamente para los pasajes más eléctricos. La teclista y cantante Kezia, que actuó en solitario en la primera parte, renuncio a hacer de trasunto de Nico, pero funcionó bien con las voces de apoyo a Neil.

Y Halstead brilló, de principio, con Sunday Morning, una de las canciones que le venía al (tercio)pelo para su voz. Lo mismo con Femme Fatale, que hicieron tras un Waiting For The Man bastante personal. Venus In Furs la cantó muy sentida, al igual que All Tomorrow Parties, aunque quizás les faltó algo de gravedad y contundencia por parte de la banda.

Run Run Run y Heroin quedaron intensísimas, a pesar de que en la segunda renunciaban a los acelerones rítmicos del original. En cambio, en There She Goes, que parecía la más fácil de reproducir, tropezaron dos veces, reiniciando la canción como en un ensayo, y a duras penas completaron los dos minutos y medio de la pieza. Ellos y nosotros deseamos que pasaran a la siguiente. Y el equilibrio se restableció., con un precioso I’ll Be Your Mirror.

Como ocurre en el disco, el climax no está al final, porque ni The Black Angel’s Death Song ni European Son están entre lo mejor del disco, pero ahí desarrollaron un poco más los temas, que básicamente duraron como en el disco original.

Como bis, Neil Halstead salió sólo con la guitarra acústica y nos dio lo que en el fondo más deseábamos: sus propias canciones desnudas. Cuatro porciones de belleza absoluta, empezando con uno de los más populares singles de Mojave 3, Who Do You Love, e incluyendo esa Tied To You, de su último álbum hasta el momento, Palindrome Hunches, el de los dos pájaros en la portada, que parece el más respetuoso homenaje a Nick Drake, con las mismas inflexiones de voz y el mismo tipo de guitarra y melodía, reviviendo al mito como otros muchos han intentado y nunca han logrado. Pero también fue puro Halstead en Full Moon Rising, con la que se despidió. Resultó un cuarto de hora maravilloso, sin desmerecer lo que habíamos disfrutado escuchando por primera vez en directo un disco tan mítico como The Velvet Underground & Nico, pero que nos tomamos como aperitivo de una próxima visita que esperamos sea cuanto antes. y ya sin encargos que cumplir.


P.D.: El gran privilegio estuvo en la librería Garoa de Zarautz. Dentro de los ciclos que hacen de tertulias con concierto, o viceversa, se dieron el lujazo de llevar a tan escogido lugar a Neil Halstead para que diera un concierto exclusivo, que se anunció pocos días antes de su celebración, casi como un secreto para la muy selecta y escueta (por las dimensiones del local) audiencia que logra sitio en cada uno de los actos de los llamados Paperuzko Kontzertuak (Conciertos de papel). Habitualmente mezclan canciones interpretadas por el músico con una tertulia con el público, pero Neil Halstead se concentró en las canciones y dio un concierto intimísimo, para unas 40 personas (aforo completo) solo con su acústica, después de pegarse la paliza de ir el sábado a dar un concierto a Olot y volver a Gipuzkoa. No pude ir, y bien que lo lamenté, porque estaba en otra misión (véase el próximo post en Mon Oncle). Pero he escuchado cómo Neil Halstead hizo de nuevo Who Do You Love y Tied To You, y otro puñado de canciones de Palindrome Hunches además de piezas anteriores como Driving with Bert, Oh! Mighty Engine o Martha’s Mantra For the Pain y, oh ventura, la fabulosoa Return To Sender que, ante la invitación de Halstead a hacer peticiones, escogió inmejorablemente un espectador. Yo, además, de haber podido, le hubiera pedido Prayer for the ParanoidIn Love with a View y She Broke You So Softly, todas del mismo disco de Mojave 3, esa joya de disco que es Excuses For Travellers. Y tantísimas otras… (Gracias a Juan G. Andrés y Oier Aranzabal por la información!)

Neil Halstead y gente con mucha suerte, en Garoa. Foto: Juan G. Andrés.

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Celebrando las canciones y la alegría de Edwyn Collins: el concierto en San Sebastián
Ricardo Aldarondo 25-03-2013 | 3:11 | 14

Alegre, divertido, emocionante y ¡rockero! Quién lo iba a pensar tratándose de una formación reducida, supuestamente acústica e intimista. Edwyn Collins venía a San Sebastián (al Centro Cultural de Intxaurrondo, en el circuito Donostikluba) dentro de una casi frenética gira española (¡un concierto cada noche!) de cinco fechas (a la que sigue otra docena de bolos sin parar en UK), solamente acompañado por  James Walbourne (guitarra) y Carwyn Ellis (teclado y guitarra). Hubo intimismo y momentos emotivos, sí, pero también pasión, furia eléctrica y hasta baile pogo en la primera fila. Así de intenso fue el concierto de un Edwyn Collins sobre el que evitaremos reincidir en todo eso que gusta tanto de la superación de sus limitaciones físicas y las secuelas de las dos hemorragias cerebrales: Edwyn Collins es un cachondo, se podría decir, que se parte de la risa consigo mismo y con sus compañeros, a los que toma el pelo durante el concierto, aunque las palabras no le salgan tan rápido como la ironía que produce su mente y se trasluce en su mirada. Un músico, igual que lo era antes de la enfermedad, entregado en la interpretación, emocionado con sus canciones (y no es para menos, ¡qué repertorio!) y feliz de estar cantando ante su audiencia. Y la de San Sebastián fue especialmente jolgoriosa y participativa, a juzgar por lo que comentaron luego en el Twitter tanto Edwyn Collins como su mujer, la encantadora y supporter Grace Maxwell.

La cita era en realidad triple, empezando con unos Extraperlo que tienen rasgos miméticos con los propios Orange Juice de Edwyn Collins: el sonido y el modelo de las guitarras, aspectos de su look e incluso las tendencias africanas en algunos temas que Orange Juice adoptaron en su día por influencia de su batería Zeke Manyika. Aunque el resultado está más cerca de unos Golpes Bajos y otros grupos de cierta sofisticación del pop español de los primeros 80. Un aperitivo adecuado para la velada que continuaría con Colorama, que es el grupo de uno de los dos guitarristas que luego acompañaría a Edwyn Collins, Carwyn Ellis; y que nos causó tan buena impresión, solo con una caja de ritmos, la guitarra, el teclado y una espectacular voz, que Mon Oncle le dedicará su propio post próximamente.

Edwyn Collins entró en escena como es habitual con su bastón, su chaplinesco andar y su sonrisa permanente, se sentó ante un público muy cercano (unas 300 personas) y empezó directamente con uno los primeros y más míticos temas de Orange Juice, Falling & Laughing:

James, Edwyn y Carwyn, en una foto tuiteada por Extraperlo

casi una declaración de principios, porque hay mucha risa y alegría tras su ‘caída’. Y a pesar de que en principio se pudieran echar en falta el bajo y la batería en composiciones tan rítmicas, el poderío de las canciones, tanto de las míticas de hace treinta años como de las nuevas que publica hoy mismo en su octavo disco Understated, el entusiasmo del público y los artistas, en perfecta sincronía, y los sencillos y efectivos arreglos, vencieron por completo cualquier carencia, incluida alguna nota despendolada cuando Edwyn se entusiasma a tope.

Enseguida llegó otra representación cristalina de la alegría de vivir de Edwyn Collins y de su capacidad para crear melodías maravillosas con su versatil voz de crooner rockero, Make Me Feel Again.

Alternando canciones de Orange Juice con las de sus dos últimos discos, el trío perfectamente conjuntando pero dando rienda suelta a la espontaneidad, se balanceaba entre el intimismo de la enternecedora Home Again, la electricidad de Understated con un rugiente solo de James, o la rítmica Losing Sleep: el propio Collins citó el Northern Soul que baña muchas de sus canciones y la audiencia bailaba y vitoreaba aunque no hubiera batería Motown. Todo gozo y disfrute. Edwyn Collins, que sorprendentemente habla despacio y entrecortado, pero cuando se pone a cantar lo hace con total fluidez, se mostraba entregado en cada frase. Y cuando se dio cuenta de que había empezado Dilemma por la segunda estrofa, no dudó en parar la canción y empezar de nuevo: “Lo siento, es por la disfasia”, explicó con total naturalidad. Y empezó de nuevo ya impecablemente.

Una de las sorpresas del concierto fue la recuperación de Consolation Prize, del primer Lp de Orange Juice, You Can’t Hide Your Love Forever:

Las nuevas canciones brillaban a la misma altura, especialmente Understated, Down the Line y 31 Years. Pero la mayor energía se desat´p con el repertorio de Orange Juice, especialmente con la juvenil y excitante Blueboy.

Fue una pena que no tocara una de las perlas de su primer disco, Ghost of a Chance, que sí hizo en Valencia, pero a cambio ofreció It Dawns On Me, una de las más bonitas canciones de Losing Sleep, y que en el álbum interpretaba con el cantante de The Magic Numbers, Romeo Stodart. “Una vida simple / una simple elección / me voy dando cuenta / de que eso hace que el mundo sea un lugar mejor para que lo compartamos”, dice en la letra. En la traca final, con sus éxitos Rip It Up y A Girl Like You, Edwyn lo dio todo, incluso poniéndose de pie para la última. Y con James desatado con la eléctrica en la despedida:


Hubo bis, con la suave Low Expectations, y el primer single que grabó después de la separación de Orange Juice, Don’t Shilly Shally. Y otra ovación rendida mientras se iba andando hacia la cortina.

Luego estuvimos con su mujer, Grace Maxwell, que al ver que me había comprado el vinilo de Understated, me lo quitó literalmente de las manos, se lo llevó al camerino, y me lo devolvió unos minutos después firmado por Edwyn Collins. Cuando le dije que tenía un blog, saltó inmediatamente: “¿Se llama Mon Oncle? ¡Ya lo hemos visto! Nos ha encantado el vídeo de Edwyn cantando con William en el Primavera Club, es el mejor que hemos visto de esa canción en directo”, dijo imitando entre risas los bailecitos de su hijo en el vídeo. También nos contó que es posible que vuelvan a final de año con banda al completo. Y que es el propio Edwyn quien lleva su Twitter personalmente, porque ha aprendido a manejar con soltura las teclas con la mano izquierda. Y que ella, en 1984, estuvo por primera vez en San Sebastián, en el Festival de Jazz, viendo a Miles Davis! Compartimos algunos recuerdos de aquel concierto mítico en el Velódromo y, volviendo a la actualidad, reiteró que les había encantado el entusiasmo del público y que están deseando volver. Así sea. Desde luego, fue uno de esos conciertos en los que uno se siente en el deber y la necesidad de dar las gracias a los organizadores, Ginmusica y San Miguel Donostikluba, por hacer posible veladas tan especiales como esta. Y no fue la nuestra la única felicitación que recibió Sergio G. Cruzado, desde luego, quien además susurraba próximas y excitantes visitas…

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