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Jazzaldia

Sly & Robbie y Nils Petter Molvaer: gran sesión con trastienda #Jazzaldia 6
Ricardo Aldarondo 29-07-2015 | 11:36 | 0

PUNKT DONOSTIAN 3
Músicos: Sly Dunbar (batería), Robbie Shakespeare (bajo), Nils Petter Molvaer (trompeta), Eivind Aarset (guitarra), Vladislav Delay (Live sampling, teclados). Remezcla: Mungolian Jet Set, feat. Erland Dahlen, Jan Bang. Lugar: Teatro Victoria Eugenia. Fecha: 25-VII-2015. Asistencia: 635 personas.

Con toda su solera, el Victoria Eugenia ha acogido el rincón más experimental de este Jazzaldia. Tres sesiones a medianoche bajo la marca y manera del festival noruego PUNKT, que proponía la unión entre diferentes y el concierto con trastienda: después de la interpretación en sí, un grupo de remezcladores que aparecía al levantarse el fondo del escenario, reconstruía lo escuchado anteriormente, aunque el remix se parecía poco al original. La tercera cita fue la más concurrida, porque contenía mitos: Sly & Dunbar, la pareja rítmica de Peter Tosh, Bunny Wailer y de la mayor parte de las grabaciones de la era dorada del reggae, unidos al trompetista Nils Petter Molvaer, cuya brumas y ecos ya hemos conocido en varias ocasiones en el Jazzaldia.

Foto: Lolo Vasco / Jazzaldia

Esta fusión noruego-jamaicana puede parecer chocante si acudimos a tópicos contrastes metafóricos de frío y calor. Pero si tenemos en cuenta que Molvaer ya trabajó en sus inicios con el “drum & bass”, estilo rítmico que trasladaba a la electrónica polirritmias originadas en esos magos jamaicanos, el encuentro resulta tan natural y sugerente como apareció en una hora de concierto estimulante en todas sus fases. Desde el machacón comienzo con el peso del bajo de Robbie y la batería de Dunbar en perfecta conjunción, a los múltiples efectos que Molvaer extrae de los pedales que aplica a su trompeta. Les acompañaba el guitarrista Eivind Aarset, que consiguió pasajes de enorme belleza, sobre todo cuando se quedó sólo con Molvaer, pero también funky, y un Vladislav Delay que parece tener en su apellido la clave de su técnica: el retardo de sonidos, los ecos. Una emotiva balada cantada por Robbie cerró la gozosa conjunción de sonoridades.

Foto: Lolo Vasco / Jazzaldia

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John Zorn: corto pero intensísimo #Jazzaldia 5
Ricardo Aldarondo 29-07-2015 | 11:04 | 0

JOHN ZORN, BILL LASWELL, DAVE LOMBARDO: BLADERUNNER TRIO
Músicos: John Zorn (saxo), Bill Laswell (bajo eléctrico), Dave Lombardo (batería). Lugar: Auditorio Kursaal. Fecha: 26-VII-2015. Asistencia: Unas 1.000 personas.

No se agotaron las entradas pero estaba prácticamente lleno el Auditorio en su formato reducido, con el cortinón que elimina la tercera zona, como en los dos conciertos previos (el de Jamie Cullum sí estuvo al completo). El de John Zorn era el más caro de los cuatro del ciclo del Kursaal, 45 euros frente a los 18 de Golson o los 30 de Cullum: Zorn se hace valer. El saxofonista neoyorkino regresaba en formato trío después de la gran cuadrilla de músicos que se trajo hace dos años para su Masada Marathon. Era uno de los nombres más esperados de esta edición, no en sentido numérico, pero sí por el fervor que provoca entre iniciados.

Fue también el concierto más corto: a los 55 minutos ya se estaban despidiendo, aunque alargaron la concesión diez minutos más en dos bises, el segundo realmente arrancado por la insistencia del público. Son las peculiridades de Zorn: corto pero intensísimo. Ya había llegado con sus peculiaridades. Prohibió los fotógrafos de prensa aunque finalmente permitió dejar testimonio gráfico al del Jazzaldia. No se puede hablar de caprichos de estrella: su estilo es desgarbado, nada regio. El saxo sin abrillantar y los pantalones militares, su marca.

Con las primeras notas de su bajo a Bill Laswell le sonó el móvil, lo que se saldó con unas risas antes de entrar en materia. Enseguida estaba envuelto en sus sonidos extragraves y machacones (fue curioso que en la noche anterior habíamos visto a Robbie Shakespeare, “padre” de ese sonido abultado), mientras Dave Lombardo iba incrementando las posibilidades de su batería de doble bombo, media docena de platillos y varios timbales, un despliegue propio de una banda de “metal” como Slayer, de la que proviene.

Su velocidad y contundencia espectaculares compite con el ataque con multiple técnica habitual de Zorn, que a veces parece estar tocando varios saxos a la vez, generando sonidos continuos cual turbina (espectacular su forma de respirar y soplar a un tiempo) usando su rodilla como turbina, produciendo endiabladas melodías superpuestas y sonoridades de elefante desbocado, magnético en todas sus variantes.

Como una aventura en la que unos tratan de sorprendese a otros, abrazaron bases funk, rock y jazz para desconstruirlo todo con la inercia del momento, aunque la velada no fue tan fiera ni tan “free” como cabía esperar y hubo momentos de contagioso éxtasis, y alguno lírico. Unos cuantos desertaron enseguida, pero la mayoría del público comulgó con la trinidad de un Zorn que parecía encantado con la experiencia y cuando ya se iban regaló otra píldora de medio minuto: puro talante “hardcore”.

 

 

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The Bad Plus Joshua Redman, la suma que multiplica #Jazzaldia 4
Ricardo Aldarondo 27-07-2015 | 6:46 | 4

THE BAD PLUS JOSHUA REDMAN
Músicos: Reid Anderson (contrabajo), Ethan Iverson (piano), David King (batería), Joshua Redman (saxo). Lugar: Auditorio Kursaal. Fecha: 25-VII-2015. Asistencia: 1.100 espectadores.

RICARDO ALDARONDO
Tienen tanto el trío como el solista amplias trayectorias y sólidos reconocimientos como para recibir ovaciones cada cual en su camino. Joshua Redman ya estuvo en el Jazzaldia tres veces en los años 90, su era de despegue. The Bad Plus, hace seis años, demostraron las grandes posibilidades de su moderna visión del clásico formato de trío. La fórmula que juntos despliegan ahora poco tiene que ver con la tradicional suma de un solista a un grupo. Esta es una suma que multiplica: el trío se convierte en cuarteto, porque la interacción es similar entre todos ellos por mucho que Joshua Redman lleve un cierto papel melódico estelar, pero además el gran potencial de cada músico crece exponencialmente con los otros. Ese “plus” del trío con el que juegan para nombrar esta asociación que parecía ocasional pero muy consolidada, dice mucho.

Larguirucho y muy delgado, mucho más que en su juventud, con esos dedos extensos que acarician el saxo sacando una especie de electricidad estática que le provoca patadas ocasionales, Joshua Redman se muestra tan controlado como libre. Empezaron con el tono casi funerario en el piano de Love Is the Answer y Redman dosificaba su soplo con precisión asombrosa, como queriendo darle la expresión más recogida a la melodía. Pero se fue creciendo hasta el éxtasis en una primera intervención que ya acabó en ovación.

No se basan en solos, a pesar del protagonismo que pueda tener Redman, porque los tres integrantes de The Bad Plus están en contínua doble función, son solistas y acompañantes al mismo tiempo, o mejor, parte de una conversación milagrosa en la que todos destacan y todos escuchan a la vez. Todos son ritmo y melodía al unísono.

Con especial dedicación al único disco que han publicado juntos de momento, The Bad Plus Joshua Redman van elevando composiciones como As This Moments Get Away o The Mending aún por encima de las altas cotas del álbum. Uno de los atractivos de estas composiciones reside en el perspicaz juego de ritmos que consiguen combinando unas pocas notas, dando pie al crescendo y el éxtasis.

Si el concierto empezó en lo alto y fue subiendo en intensidad y belleza, la interpretación de People Like You fue sublime, con Redman derivando hacia un tono solemne y emocionante, cada vez más delicado, que al terminar arrancó una ovación que parecía no acabar nunca. Acto seguido mostraron la otra cara, la endiablada complejidad de County Seat, igual de emocionante. Y se despidieron con la preciosa Dirty Blonde. En las presentaciones en bastante buen castellano de Reid Anderson, Redman e Iverson le interrumpieron con una balada, y el contrabajista sorprendió cantando en falsete: “San Sebastián nos gusta / sois lo más guapo y más inteligente / hemos disfrutado mucho / y ‘nos encantaremos’ volver”. Y es que, por si fuera poco, tienen humor. El sentimiento es recíproco. Que vuelvan y que nos vuelvan a impresionar tanto como ayer.

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Jazzaldia (y 4): John Zorn: Masada Marathon, máxima intensidad
Ricardo Aldarondo 06-08-2013 | 2:39 | 6

Ha pasado más de una semana y la sensación sigue siendo rara, como si el John Zorn: Masada Marathon, con sus 4 horas 45 minutos de duración hubiera pasado en un suspiro, tan rápido que no te ha dado tiempo a verlo/oirlo; y también lo contrario, se diría que hubo tanta música y tan intensa en ese tiempo, tantos intérpretes extraordinarios (uno por uno merecían su propio concierto), que parece que uno no termina de asimilar todo lo que trajo John Zorn con su vendaval de amigos.

En la crítica en El Diario Vasco (apresurada, literalmente escrita sobre la marcha y con el agobio de entrar a tiempo antes de que se pusiera en marcha la rotativa), y en los tuits que intercambiamos algunos esa noche, ya agotamos, individual y colectivamente, todos los adjetivos más desaforados: a falta de definir todo lo que descargaron las doce formaciones a borbotón, acudíamos a lo supremo: impresionante, colosal, irrepetible, lo nunca visto/oído, el mejor concierto de la historia del Festival de Jazz de San Sebastián… Ese tipo de cosas se oyeron y dijimos.

Fue, desde luego, único. La estructura del concierto era inusual, y no solo porque tocaran doce bandas durante 20 minutos aproximadamente cada una, sino por lo que eso significaba, y la forma en que todos los músicos se tomaban la regla: no había tiempo que perder, cada uno debía dar lo mejor de sí mismo, con lo que cada intervención se convertía en una especie de extracto de los momentos de climax que suele tener cualquier buen concierto. Es decir, el éxtasis era permanente. Esto debería ser a la vez un handicap: igual que una película que pretenda lograr en todas y cada una de sus secuencias la máxima tensión o la más frenética acción acaba resultando aburrida, por lineal, permanecer cuatro horas y pico en máxima intensidad musical debería acabar abrumando, cansando, anulando las ganas de aguantar tanta excelencia. Y sin embargo no fue así. Quizá por la variedad estilística de todas las formaciones, a pesar de estar interpretando todos a un mismo autor, John Zorn, el caso es que ese enardecimiento permanente no resultaba cansino para el espectador, sino apasionante.

Como en aquellos anuncios de coches, cada una de las doce maquinarias pasaba de 0 a 100 en un par de minutos. Si te parecía que Banquet of Spirits, por ejemplo, habían empezado normalitos, en menos de cinco minutos ya estabas fascinado con los cambios de registro que iban aportando, más allá de la sucesión de cachivaches percusivos o silbantes de Cyro Baptista, algo circense en el inicio, y absolutamente convincente unos minutos después. Además el cambio de una formación a otra era tan veloz que ni te daba tiempo a comentar algo con los amigos; mucho menos a salir de la sala, en ese caso te perdías al siguiente grupo.

Predominó la raíz judía que está en la base de las composiciones de John Zorn agrupadas en los libros Masada y Book of Angels, pero la aproximación es tan distinta en unos y otros (y entre las propias composiciones) que acabó sonando de todo: jazz ortodoxo (digámoslo así), un free jazz perfectamente compuesto (valga la contradicción), clásica contemporánea, lounge music, mucho klezmer por supuesto, rock progresivo, metal, gospel, funk abrasivo, surf tarantiniano… en fin, una amalgama tan disparatada como perfectamente coherente. A ello está acostumbrado cualquiera que haya seguido mínimamente la carrera de John Zorn. Hay que añadir que el sonido fue espléndido durante todo el concierto y no hubo disonancias ni desniveles a pesar del reto que suponía estar continuamente cambiando los instrumentos y la disposición de muchos de los 32 músicos participantes.

MASADA QUARTET: Desde el principio tuvimos que acostumbrarnos a lo más duro de la noche: la frustración de tener delante un grupazo de la talla del que forman Dave Douglas (trompeta), John Zorn (saxo), Greg Cohen (contrabajo) y Joey Baron (batería) y que apenas pudiéramos hincarle el diento. Claro, que esos 20 minutos valieron más que un concierto entero de tantísimos otros, pero hay muy pocas oportunidades de verles en directo y que fuera tan fugaz tenía su punto angustioso… Pero eran las reglas del juego. Y ver a John Zorn lanzado como un misil, haciendo sordina con su pierna en la boca del saxo en gestos como patadas, maravillosamente acoplado con Dave Douglas en las melodías conjuntas y los duelos a espada, dirigiendo al mismo tiempo con una de sus manos las rupturas permanentes de ritmo y forma del segundo tema, y disfrutando como un espectador más en el tercero, casi asombrado de la alta temperatura que habían conseguido en unos minutos, fue un enorme placer. John Zorn solo tocó con el primero y el último de los grupos, dejó a varias formaciones solas en el escenario, y dirigió a las demás de forma harto peculiar. El batería Joey Baron, el más activo, acabó tocando en cinco de los doce miniconciertos, con su permanente sonrisa desbordada.

DUO SYLVIE COURVOISIER / MARK FELDMAN: El sonido que Mark Feldman saca a su violín es como de otro mundo. De una finura y agudeza inauditas. Al mismo tiempo hace verdaderas filigranas, por sí mismo y en asombrosa conjunción con la pianista Sylvie Courvoisier, furia y delicadeza al mismo tiempo, cambiando de registro instantáneamente. Un prodigio de técnica, belleza y pasión.

BANQUET OF SPIRITS: El líder del grupo, el hiperactivo percusionista Cyro Baptista tocó tantos cachivaches en los primeros minutos que parecía que le iba a sobrar medio concierto, desde lo que parecían juguetes infantiles a un bombo enorme que se diría que había traído solo para darle un par de golpes. Pero lo que pareció en un primer momento exhibición y música más convencional, se trasmutó veloz y continuamente a lo largo de su intervención, sobre todo cuando el bajista Shanir Blumenkranz tomó el protagonismo de forma sorprendente, con un extraño y fascinante sonido, arrastrando a toda la banda a un intensa mezcla de klezmer, rock progresivo y jazz-fusión de lo más vibrante. Y, ahora sí, Cyro Baptista coronando la energía juvenil del batería Tim Kelper,  con su arsenal al servicio de su imaginación y rapidez. Un crescendo imparable hasta el éxtasis final.

MYCALE: Lo único que supuso un poco de bajón, una sensación de intermedio liviano que no encajaba del todo en el menú. Dicen que tiene su sentido que Zorn incluya en el maratón a estas cuatro chicas que cantan a capella, porque son las únicas entre todas las formaciones, que viven en Israel. Muy meritorio su dominio vocal, pero fue el único caso en que la duración de su intervención fue suficiente.

BAR KOKHBA: Hubo un ligero cambio en el orden sobre el programa impreso, y antes que David Krakauer salió el imponente sexteto en que hacía su primera aparición de la noche Marc Ribot, con sus punzantes y apasionantes solos. A su lado se había sentado John Zorn, supuestamente para dirigir, pero actuando más como hooligan (bueno) en un partido de fútbol: les jaleaba, les hacía gestos instigadores con el brazo, y a Ribot incluso le daba en la pierna como pidiendo más caña con todo su cuerpo. El cello de Erik Friedlander, y de nuevo el violin de Mark Feldman, se enroscaron en los sinuosos y seductores ritmos haciendo preciosidades, en uno de los momentos con mayor sabor klezmer.

DAVID KRAKAUER ‘ANCESTRAL GROOVE’: De David Krakauer sorprendió sobre todo que con un instrumento aparentemente fino y delicado como el clarinete, pueda desplegar semejante fuerza. Empezaron con aplastante ritmo funk y Krakauer ya soplando a plena potencia en las notas agudas, algo que aún aumentaría en intensidad a lo largo de su concierto, y en el momento en que estuvo manteniendo las notas sin pausa durante un par de minutos, respirando sin dejar de soplar según denotaban los movimientos de músculos de sus mofletes y garganta. Pero no solo él, toda la banda resultó arrolladora.

Se encendieron las luces para un descanso no anunciado (entre grupo y grupo permanecían prácticamente apagadas, como si fuera un cambio de canción y no de banda) y uno aprovechó para escribir parte de la crónica para el periódico, por lo que me perdí al primer grupo de la segunda mitad, SECRET CHIEFS 3. Por lo que oí en el monitor del hall, y lo que comentaba luego el personal, una descarga asombrosa de rock progresivo, metal y jazz que dejó aplastado a más de uno.

ERIK FRIEDLANDER. Sólo con su cello gris oscuro, en elegante conjunción estética con su traje, Friedlander nos mantuvo en vilo en todo momento, moviéndose en terrenos algo más cercanos a la clásica, pero desplegando en todo momento la capacidad de sorpresa. Muy bonito.

THE DREAMERS. El sonido dominante del vibráfono de Kenny Wollesen, con la guitarra de Marc Ribot como escudero, marca el tono afable y acogedor de la faceta más melodiosa de las composiciones de John Zorn. Una delicia total, de nuevo con Zorn dirigendo, aunque al final también alcanzó algún momento de furia.

MASADA STRING TRIO se situaron en serio semicírculo, con el extravagante añadido de John Zorn sentado entre ellos en el suelo, como un niño con las piernas cruzadas, mirando a los músicos hacia arriba en señal de admiración y esta vez más comedido, casi desapercibido hasta la última parte. Tres músicos de cuerda que ya habían pasado por el escenario Erik Friedlander, Mark Feldman y Greg Cohen en prodigiosa armonía, de nuevo con el sonido cristalino y emocionante de Feldman sobresaliendo. Y una vez más, nos asombramos no solo con la calidad de los conjuntos, sino de las individualidades: todas sobresalían lo justo y necesario.

URI CAINE: Se presentaba solo al piano, pero en el último tema se unieron a él Greg Cohen y Joey Baron, quizás empujados por el director Zorn, que para entonces ya había mostrado de sobra que estaba exultante y, aparentemente, satisfecho de cómo estaba saliendo el fluido maratón. Uri Caine es un músico de una versatilidad pasmosa, lo hemos comprobado varias veces en el Jazzaldia pero quizás no le encajaba demasiado bien el formato, o no en ese lugar, a punto ya de alcanzar el climax final. Su actuación estuvo muy bien, pero algo menos rotunda y redonda que otras.

ELECTRIC MASADA. Y casi sin darnos cuenta estábamos llegando al final. Pocas butacas estaban vacías, no parecía que hubiera claudicado casi nadie (y alguna que lo hizo fue debido a motivos profesionales, y con harto dolor) y el octeto, de nuevo con el saxo de John Zorn al frente, lanzó una sacudida de volumen, electricidad y potencia interpretativa, verdaderamente aplastante. Un sonido brutal, pero limpio, con Zorn tocando y dirigiendo, o más bien exprimiendo a los músicos, incluida Ikue Mori, aunque la pobre no podía darle más caña a su cacharillo electrónico. Si la sensación a lo largo del maratón era de que todos lo daban todo todo el tiempo, en Electric Masada ya fue con sprint añadido. El entusiasmo del público al final estuvo a la altura de semejante entrega, y hubo un bis, remate de una tarde-noche gloriosa que, sin poner podiums, está ya entre los momentos más singulares y de mayor plenitud en toda la historia del Jazzaldia.

John Zorn no quiso que hubiera fotógrafos de prensa y solo permitió al fotógrafo del Jazzaldia, Lolo Vasco, hacer fotos del ensayo, una colección de gran importancia teniendo en cuenta lo poco que le gusta a Zorn ser retratado. También se advirtió por megafonía antes de comenzar la maratón que estaba prohibidísimo fotografiar y filmar nada del concierto, y teniendo en cuenta la fama de ‘especial’ que tiene Zorn, no parece probable que nadie se atreviera. Así que solo tenemos esto, el saludo final de los músicos.

 

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Jazzaldia (3): Belle & Sebastian y su país de las maravillas; Dave Douglas, sentido y sensato
Ricardo Aldarondo 28-07-2013 | 3:36 | 30

Era la cuarta vez que veía a Belle & Sebastian. La primera fue tan especial, que todos los que estuvimos allí, en aquella carpa abarrotada y con un calor de 45 grados o así, en el Festival de Benicassim de 2001, lo tenemos como un punto y aparte, algo irrepetible: hasta entonces Belle & Sebastian había sido un grupo casi oculto, a pesar de que ya habían desatado todos los fervores con sus tres primeros discos; no habían actuado en directo apenas, ni habían hecho festivales internacionales. La devoción, casi hasta el histerismo, entre el público y un grupo aún tímido y alucinado, fue algo memorable.

Pero dejando aparte aquella ocasión, el concierto de Belle & Sebastian en el Jazzaldia el viernes fue también esplendoroso. Tras las incertidumbres de algunos ante la lluvia (se había suspendido el concierto de las 21.30 de Nothing Places, a pesar de que el Jazzaldia no suele cancelar más que en caso de peligrosa tormenta), tras el sirimiri rabioso que nos duchó mientras nos acercábamos al escenario, fue salir la docena de componentes de Belle & Sebastian al escenario y todo se volvió maravilloso: ya no cayó una gota de agua, y la felicidad fue casi permanente (con el paréntesis del recuerdo a las víctimas de Santiago con el que Stephen propuso concentrarnos en “mandar buenos pensamientos a Santiago, es lo mejor que podemos hacer en una semana difícil como esta, seguro que funciona”).

Doce años después de aquel Bennicassim en el que parecían colegiales, Belle & Sebastian dominan absolutamente el escenario, con Stuart Murdoch definitivamente convertido en líder total en detrimento de Stevie Jackson, que tuvo su momento de lucimiento en To Be Myself Completely. Pero la profesionalidad no ha borrado en absoluto el punto de inocencia, de fiesta de amigos, de naturalidad que siempre les ha caracterizado y que necesitan sus canciones.

Comenzaron, como era de prever, con el instrumental Judy Is a Dick Slap y I’m a Cuckoo, y todas sus virtudes ya estaban sobre la arena. Un público, esta vez, sí, muy fan y entregado al concierto (8.500 personas, según informa la organización) conectó de inmediato con ellos, coreó y disfrutó de principio a fin (aunque con ese punto de contención habitual frecuente entre nosotros). La excitante Le Pastie de la Bourgeoisie , que a mí siempre me ha recordado a los iniciales The Monochrome Set,  y Another Sunny Day siguieron confirmando el buen feeling inicial.

Sonaban impresionantemente bien, y aquí hay que recordar el espléndido sonido que tienen habitualmente los escenarios del Jazzaldia. En este caso fue una gozada disfrutar con esa calidad y potencia todos los matices de los arreglos y la multiinstrumentación de Belle & Sebastian: además de los cambios de posición e instrumentos que hacen los miembros del grupo, contaron con un cuarteto de cuarteto de cuerda de nuestro entorno, para reproducir a la perfección esos arrebatadores arreglos, en canciones como I Want the World to Stop.

Siguieron con un repertorio en la línea del que hicieron en la gira americana del mes pasado, obviando tanto Tigermilk como, lamentablemente, el fabuloso elepé aunque vapuleado por algunos Fold Your Hands Child, You Walk Like a Peasent. Tienen canciones mucho mejores que algunas de las que tocaron, pero el repertorio funcionó a la perfección, combinando sentimiento, diversión, clasicazos y todas las armonias vocales y los arreglos excelsos que les caracterizan. Stuart Murdoch canta magníficamente bien (cómo un ángel, si nos queremos poner ya rematadamente cursis) y es un entertainer en toda regla, que a su alta cultura musical une el refinamiento y la elegancia de un Fred Astaire indie, o así. Y todos los demás, a su alrededor, disfrutan con ese punto entre función colegial (hubo flauta y sonajero) y gloriosa fiesta sesentera y ochentera, con el bagaje de todas las décadas del mejor pop; diversión colectiva pero con el sustrato de unas melodías y composiciones de alta costura.

Y con su punto de show: en Lord Anthony, Stuart, como lleva ya unos años haciendo, baja entre el público para que alguna chica de la primera fila le maquille. Le salió un poco rana el show: la chica a la que le echó las pinturas al principio de la canción parece que ya las había perdido, o gastado, para cuando él llegó. No problem, salió bien airoso del trance. Aquí el proceso:

Las más celebradas canciones fueron, por supuesto, las de los discos popularmente conocidos como ‘el verde’ y ‘el rojo’. Del primero de los dos, The Boy with the Arab Strap incluyó invitación a un buen número de chicas a subir a bailar, a pesar de la distancia entre escenario y público. Momento super happy.

En el tramo final también cayeron del ‘rojo’, la canción que le da título, If You’re Feeling Sinister y para cerrar el concierto, la inefable Judy and the Dream of Horses, aunque previamente se disparó el frenesí bailongo de nuevo con la muy sixties Legal Man, y ahora chicos y chicas del público danzando en plan ye-yé. Algunas no quisieron irse sin besar al encantador Stuart, y ellos también se lanzaron a darle la mano; dicen que una le llegó a restregar sus partes nobles (ay, esa pantalla gigante delatora), pero yo no lo vi.

Parecía que no, pero regresaron para un bis, de dos canciones, y no una como suele ser habitual en ellos: Get Me Away From Here, I’m Dying y The Blues Are Still Blue. No llegó a hora y media, pero la fiesta playera que desafió a la lluvia y volvió todo sunshine fue totalmente satisfactoria.

Antes, qué contraste, habíamos estado viendo al trompetista Dave Douglas en la Plaza de la Trinidad, al que siempre es un placer reencontrar con cualquiera de sus proyectos. Ahora en formato de quinteto (y un día antes de intervenir en uno de los momentos más apabullantes del Masada Marathon, el cuarteto original Masada), hizo un concierto con tanta técnica como corazón; sentido y sensato. Sentido porque dedicó un tema a su profesora de trompeta, Lucie Frank, que murió hace quince días, e incluso se le quebró un instante la voz al contarlo. Y porque recordó a las víctimas de Santiago, diciendo en castellano, ”estamos con ustedes y con Santiago, con amor”. Este precioso tema funcionó como elegía:

Puse un tuit para contarlo y una hora más tarde me contestaba el propio Dave Douglas corroborando: “Verdad! Y gracias”, tal cual. Hay que ver qué atentos y comunicativos son algunos músicos en el Twitter, también Vijay Iyer retuiteaba este blog y otras críticas de su concierto.

Dave Douglas mostró una vez más esa técnica irrefutable cargada de sensibilidad que siempre mantiene en todas sus vertientes, en perfecta conjunción con su grupo, y presentó entre otros este precioso tema (aquí solo un fragmento) que abría su álbum Be Still del año pasado, aunque en el disco con voz femenina, de Aoife O’Donovan.

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