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Kursaal

El paseíllo de Loquillo por el Kursaal
Ricardo Aldarondo 07-05-2017 | 1:34 | 0

Loquillo abarrotó en la noche del viernes el Kursaal en San Sebastián, “la ciudad que ha conquistado mi corazón”, según expresó el cantante sobre su lugar de adopción desde hace años. A lo largo de casi dos horas de concierto, el cantante barcelonés mostró una vez más su dominio del escenario, su bagaje polifacético dentro se su amor por el rock & roll y acompañado de una banda sólida y dinámca, desgranó con potencia y elegancia algunas canciones de su último álbum ‘Viento del Este’, y muchos de sus éxitos.

Durante la interpretación de ‘Carne para Linda’, Loquillo recorrió los pasillos del Kursaal y cantó entre el público. También sonaron ‘El hombre de negro’, ‘Cruzando el paraíso’, ‘Memorias de jóvenes airados’ o ‘La mataré’, antes de acometer en el largo bis algunas de sus perlas de sus inicios, como ‘Quiero un camión’, ‘Esto no es Hawai’ y ‘Rock & Roll Star’, para terminar con ‘Cadillac solitario’.

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El de ‘Blue Jasmine’ y el de ‘Juego de Tronos’, juntos en San Sebastián
Ricardo Aldarondo 21-11-2013 | 3:59 | 8

Bobby Cannavale y Peter Dinklage en el Kursaal, en el Festival de San Sebastián de 2003

Es solo un recordatorio, una postal que llega del pasado y me ha parecido oportuno rescatar. En ella se ve a dos actores que eran desconocidos cuando visitaron el Festival de San Sebastián de 2003, hace diez años por lo tanto. Vinieron a presentar la película que protagonizaban, The Station Agent (luego malamente rebautizada como Vías cruzadas) junto al entonces debutante, como director, Tom McCarthy, que tenía ya su carrera como actor.

The Station Agent fue en aquella 51 edición una gratísima sorpresa, una aguda pequeña película indie que reunía con gracia y sensibilidad a tres personajes marginales: un tipo cabreado porque se metieran con su baja estatura y amante de los trenes; un vendedor de perritos calientes de origen cubano, y una mujer rota por la pérdida de un hijo y por su separación matrimonial.

Ahora viendo Blue Jasmine, la última película de Woody Allen, quizás a algunos les suene la cara de Chili, ese novio macarra de la hermana pobre de la historia, y que interpreta inmejorablemente Bobby Cannavale (el más alto de la foto donostiarra). En estos diez años se ha bregado en películas de medio pelo y series de toda condición, entre las que sobresalen A dos metros bajo tierra y sobre todo el Gyp Rossetti de la tercera temporada de Boardwalk Empire. Pero seguramente ningún papel tan lucido como este sobresaliente secundario que le ha brindado ahora Woody Allen.

Bobby Cannavale en 'Blue Jasmine'

 

 

Peter Dinklage en Juego de Tronos

Peter Dinklage es un actor excelente que además debe bregarse bien en el mundo de los castings: a pesar de los condicionantes de su estatura, 1,35, o quizás aprovechándolos, no ha parado de trabajar en esta década, con papeles destacados, como el abogado de Declaradme culpable (2006) o, curiosamente, en las dos versiones, la inglesa y la americana, de Un funeral de muerte (2007 y 2010). Pero lo que le ha convertido prácticamente en una estrella es su papel de pérfido y calculador (como tantos otros en la serie) miembro del clan los Lannister en Juego de tronos.

Y ahí están los dos, diez años más jóvenes, mucho más desconocidos, entrando ilusionados al Kursaal para presentar aquella deliciosa película, The Station Agent, que además de la ovación del público se llevó el Premio Especial del Jurado, y que ahora merece la pena volver a ver o conocer. También su director Tom McCarthy ha crecido después: su siguiente película, The Visitor (2007), tuvo una nominación al Oscar para Richard Jenkins, y tampoco estuvo nada mal la siguiente, Win Win (Ganamos todos) (2011). Y la chica del trío protagonista de The Station Agent, Patricia Clarkson es de las que bordan cualquier papel ya solo con su presencia, que ha sido constante en el cine de esta última década. ¿Por ejemplo? En Vicky Cristina Barcelona (2008) y Si la cosa funciona (2009)…de Woody Allen, precisamente.

The Station Agent

 

 

 

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Lloyd Cole, renovadamente clásico con su ‘Standards’
Ricardo Aldarondo 10-10-2013 | 6:53 | 8

Como en el caso de Bill Ryder Jones la semana pasada, Lloyd Cole llega este domingo a San Sebastián después de que hayamos disfrutado, y mucho, en las últimas semanas con su excelente nuevo disco, Standards. Integrante de ese puñado de songwriters que comenzaron en los años 80 anclados al pop y el rock del momento, y se han convertido en clásicos atemporales e imperecederos, Lloyd Cole lleva una carrera pausada pero firme: sus discos siempre están cargados de buenas canciones, eso tan simple y tan difícil. Abraza un clasicismo propio y ajeno: fiel, más o menos, a su forma de hacer casi de sus primeros discos, pero siempre abriéndose en influencias, matices, rasgos de madurez, razones de ser para lo que hace.

Dejando aparte su insospechado (e irregular) disco de ambient y electrónica junto a Hans-Joachim Roedelius que publicó a primeros de año, Select Studies Vol. 1, es en Standards donde reaparece el Lloyd Cole de siempre, pero en una faceta más rockera, más de banda cohesionada, que en sus discos previos. ¡Y qué banda! Fred Maher a la batería, Matthew Sweet al bajo, el propio Lloyd en las guitarras (que también tocan Mark Schwaber y Matt Cullen, que le acompañaron en su concierto en el Jazzaldia en 2011 en San Telmo, más su propio hijo Will Cole), Blair Cowan de los Commotions a los teclados, y colaboraciones diversas, entre ellas la de Joan Wasser, más conocida como Joan As Police Woman.

Grabado en Los Angeles, Standards es ese híbrido perfecto entre el rock americano y el pop inglés, o viceversa. Como puede serlo también el de Nick Lowe, con quien Cole parece compartir cierto espíritu ante la vida musical, además del hermoso tupé blanquecino. De hecho, cada vez que oigo It’s Late me imagino que la podría cantar perfectamente Nick Lowe. Es la canción más sencilla y pegadiza del disco, quizás, la que más evoca ese standard del pop vintage 50s tan querido últimamente por Nick Lowe. También el toque country de No Truck los acerca.

Pero son detalles de color, nada que haga tambalearse la férrea personalidad de Lloyd Cole a estas alturas, aunque elija abrir el disco con un tema ajeno, California Earthquake de John Hartford, con unas contundentes guitarras que nos hacen pensar en… ¿Television? La vena decididamente rockera, sin perder la finura, claro, se confirma en la vibrante Women’s Studies, una de sus muchas reverencias al maestro Lou Reed, en estilo, sonido y algún deje vocal. Una delicia que mira al pasado entre la nostalgia y la ironía: “Eramos jóvenes / éramos estupidos / estuvo bien mientras duró / para completar mi educación / tenía que despertarme en tu bañera / con las sombras de las mujeres / con las que no me casé”. Uf, bien bonito colofón para la canción (que no sé por qué me hace pensar en Rafael Berrio), pequeña muestra de las letras como siempre bien cuidadas, nada convencionales, ni demasiado explícitas ni demasiado crípticas de uno de los grandes literatos del rock. Sin que suene pedante, por favor.

En Myrtle and Rose, quizás la canción más impactante del disco, total equilibrio entre melodía, guitarras, sentimiento y letra, relata (él o su yo literario) cómo acabó frecuentando a otra mujer porque la que verdaderamente quería nunca estaba cuando la necesitaba. No es una historia de cuernos, desde luego, sino una hermosa confesión de desencuentros. Va precedida de otra de las mejores canciones del disco, Period Piece. Con su sencillo título, como pasando de modas y temporadas, Standars se revelea como una obra compacta, accesible y directa pero de largo recorrido, que también evoca en algunos dejes a otro de sus clásicos, Bob Dylan, y a los Commotions que le dieron su primera fama. Y contiene una de esas baladas que Lloyd Cole crea como pocos, Silver Lake.

Es, en parte, una pena que para el concierto del domingo en el Kursaal de San Sebastián, Lloyd Cole venga en solitario, como está haciendo los 54 conciertos que tiene previstos desde septiembre a diciembre. Cole se basta él solo para dar toda la dimensión a sus canciones en directo, pero desde que le vimos junto a los Commotions en 1987 en el Polideportivo de Anoeta, ha venido siempre en formato acústico. Y ahora que Standards presenta esos gozos eléctricos, hubiera estado bien verle con banda al completo. El propio Lloyd Cole explica en su web las dificultades económicas, logísticas y hasta personales que le supone girar con una banda, como hizo en su momento con The Negatives. Y que le ha pillado un poco de sorpresa la buena recepción y la mayor repercusión que ha tenido este disco, cuando ya estaba programada la gira como ‘solo tour’. A ver si en la próxima…

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Rufus Wainwright, pasión y diversión
Ricardo Aldarondo 08-12-2012 | 7:51 | 0

Volvió Rufus con todas sus virtudes, aunque extrañamente esta vez hubo una respuesta mucho más tibia: el Kursaal estaba a medias de público. ¿Es que ya se ha pasado la moda? ¿Era una fecha rara, en medio del puente? ¿Eran demasiados 55 euros por ver a Rufus más las breves actuaciones del hijo de Leonard Cohen y Krystel Warren? En fin, el espectáculo fue tan amplio (tres horas y media en total) como elegante y jugoso, y valió la pena un nuevo encuentro con las canciones excelsas de Rufus y su completísima capacidad artística.

No llegamos a ver a Krystal Warren en su set, pero la canción que interpretó durante la actuación de Rufus reveló un buen gusto y una voz angelical conmovedoras en esta chica de andrógino aspecto. Luego, la actuación de Adam Cohen vino a ser un aperitivo de lo que debería constituir una nueva visita al completo. Porque en menos de media hora, habló más que cantó, aunque era tan gracioso y afable con sus (logrados) intentos de practicar el español, que el público apreció tanto sus parlamentos como sus bonitas canciones. Una voz muy agradable, menos grave y rotunda que la de su padre, introdujo diversas canciones propias (“seguro que no conocéis ninguna”) y fomentó un divertido juego para salir de la siempre espinosa cuestión de ser hijo de un mito. Lo explicó más o menos así: “Supongo que sabéis que soy hijo de una persona famosa, que canta y es de Montreal… Soy hijo de Celine Dion… Y voy a cantar una canción de mami…”. Lo que dio paso a una bonita versión de So Long, Marianne, de papá Cohen… con broma incluida sobre George Michael. Esperamos, pues, una nueva visita, con más proporción de música, y el mismo buen talante…

Rufus, ya se sabía, venía más animado que en su anterior gira que pasó por Bilbao, entonces aún en duelo por la muerte de su madre. Ayer estuvo pletórico, aunque más concentrado en la música que en el show cabaretero, si descontamos el disparatado y desopilante bis. Su último disco, Out of the Game, no lo muestra fuera de juego como sugiere el título, sino aún capaz de crear espléndidas canciones de pop enriquecido y sofisticado. El show ofreció muchas de ellas, empezando por la última, curiosamente, Candles, con el escenario a oscuras apenas iluminado por unas velas y el Kursaal inundado por las voces de siete de los ocho músicos, incluyendo al propio Rufus. Ese derroche de armonías vocales (todos cantaban menos el batería) fue uno de los puntos fuertes del concierto, que continuó con otras canciones recientes como Rashida o Barbara. Dado que el disco salió hace ya muchos meses, y que contiene composiciones que no desmerecen en absoluto de las de sus discos más considerados, el repertorio fue bien celebrado por el público.

Rufus alternaba las interpretaciones de pie, con o sin guitarra acústica, con piezas sentado al piano, pero casi siempre secundado por la excelente banda. Algunos de sus miembros tuvieron protagonismo especial: ya hemos citado el de Krystel Warren, pero también Teddy Thomson se encargó de rendir homenaje a la madre de Rufus, Kate McGarrigle, con una de las canciones que se han incluido en un documental que, según contó Rufus, se estrenará en el Festival de Berlín. Y Teddy, aunque su principal cometido en el concierto era la guitarra,  mostró una voz y un buen gusto exquisitos, capaces de robarle el protagonismo a la estrella, desde la más absoluta humildad.

Entre los temas rescatados del pasado, Rufus se fue hasta su primer single, “con el que no pasó absolutamente nada cuando salió, pero sobreviví y, hoy estoy en San Sebastián, así que genial”, resumió. También recuperó The One You Love (grandes armonías vocales, de nuevo) del díptico Want, y volvió al último disco para la estupenda Respectable Dive. El tramo álgido empezcó con las mejores canciones del nuevo disco, con la calidez soul de Out of the Game, Jericho y Perfect Man, y su eficaz juego de contratiempos; y siguió con el homenaje a Leonard Cohen (para completar las conexiones familiares; Adam Cohen fue llamado a escena pero había desaparecido para sorpresa de Rufus) con Everybody Knows y cada músico cantando una parte de la canción; y culminó con  The Art Teacher, Rufus solo al piano, la emoción de una Going To a Town aún más lenta y melancólica (qué fabulosa canción) y Montauk.

Rufus introducía su tendencia al humor de vez en cuando, como para compensar la carga emocional y pasional de sus canciones, y porque no puede evitarlo, aunque estuvo comedido: colocó, sin embargo, la palabra ‘pintxos’ en la letra de Cigarrettes and Chocolate Milk para su propio regocijo y el de la audiencia, aunque volvía inmediatamente a sus sentidas pasiones. El desmadre y la fiesta se reservaban para el largo bis, un disparate que empezó con todos los músicos implicados en una especie de obra teatral de colegio, en la que, en castellano, leyendo unos papeles entre risas, cada uno intrepretaba su rol en lo que era un conjuro egipcio, o algo así, para que Rufus volviera a escena, bajo la dirección de un Cupido, cachas con alas que jaleaba y rapeaba. (Esto se ve en el vídeo aquí incluido y que, advirtámoslo, termina de forma lamentable y se corta en el mejor momento por razones desconocidas).

Rufus volvió por el lugar más inesperado, cual efebo romano, e invitó a decenas de espectadores a subir al escenario bailando alegremente al son de Bitter Tears. Tras el jolgorio general, les hizo agacharse mientras las luces se apagaban y él interpretaba casi en la oscuridad, agachado bajo un bocadillo gigante que formaba parte del atrezzo (nunca habíamos visto a nadie cantar bajo un bocadillo) un Gay Messiah que a algunos sonó irreverente, no desde luego por su letra, sino porque Rufus no podía aguantarse la risa ante la situación y buena parte del público, tampoco. Un poco injusto para una de las canciones más bellas e íntimas de su repertorio, pero fue un bonito colofón para la party, casi a medianoche.


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