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Lloyd Cole

Lloyd Cole, renovadamente clásico con su ‘Standards’
Ricardo Aldarondo 10-10-2013 | 6:53 | 8

Como en el caso de Bill Ryder Jones la semana pasada, Lloyd Cole llega este domingo a San Sebastián después de que hayamos disfrutado, y mucho, en las últimas semanas con su excelente nuevo disco, Standards. Integrante de ese puñado de songwriters que comenzaron en los años 80 anclados al pop y el rock del momento, y se han convertido en clásicos atemporales e imperecederos, Lloyd Cole lleva una carrera pausada pero firme: sus discos siempre están cargados de buenas canciones, eso tan simple y tan difícil. Abraza un clasicismo propio y ajeno: fiel, más o menos, a su forma de hacer casi de sus primeros discos, pero siempre abriéndose en influencias, matices, rasgos de madurez, razones de ser para lo que hace.

Dejando aparte su insospechado (e irregular) disco de ambient y electrónica junto a Hans-Joachim Roedelius que publicó a primeros de año, Select Studies Vol. 1, es en Standards donde reaparece el Lloyd Cole de siempre, pero en una faceta más rockera, más de banda cohesionada, que en sus discos previos. ¡Y qué banda! Fred Maher a la batería, Matthew Sweet al bajo, el propio Lloyd en las guitarras (que también tocan Mark Schwaber y Matt Cullen, que le acompañaron en su concierto en el Jazzaldia en 2011 en San Telmo, más su propio hijo Will Cole), Blair Cowan de los Commotions a los teclados, y colaboraciones diversas, entre ellas la de Joan Wasser, más conocida como Joan As Police Woman.

Grabado en Los Angeles, Standards es ese híbrido perfecto entre el rock americano y el pop inglés, o viceversa. Como puede serlo también el de Nick Lowe, con quien Cole parece compartir cierto espíritu ante la vida musical, además del hermoso tupé blanquecino. De hecho, cada vez que oigo It’s Late me imagino que la podría cantar perfectamente Nick Lowe. Es la canción más sencilla y pegadiza del disco, quizás, la que más evoca ese standard del pop vintage 50s tan querido últimamente por Nick Lowe. También el toque country de No Truck los acerca.

Pero son detalles de color, nada que haga tambalearse la férrea personalidad de Lloyd Cole a estas alturas, aunque elija abrir el disco con un tema ajeno, California Earthquake de John Hartford, con unas contundentes guitarras que nos hacen pensar en… ¿Television? La vena decididamente rockera, sin perder la finura, claro, se confirma en la vibrante Women’s Studies, una de sus muchas reverencias al maestro Lou Reed, en estilo, sonido y algún deje vocal. Una delicia que mira al pasado entre la nostalgia y la ironía: “Eramos jóvenes / éramos estupidos / estuvo bien mientras duró / para completar mi educación / tenía que despertarme en tu bañera / con las sombras de las mujeres / con las que no me casé”. Uf, bien bonito colofón para la canción (que no sé por qué me hace pensar en Rafael Berrio), pequeña muestra de las letras como siempre bien cuidadas, nada convencionales, ni demasiado explícitas ni demasiado crípticas de uno de los grandes literatos del rock. Sin que suene pedante, por favor.

En Myrtle and Rose, quizás la canción más impactante del disco, total equilibrio entre melodía, guitarras, sentimiento y letra, relata (él o su yo literario) cómo acabó frecuentando a otra mujer porque la que verdaderamente quería nunca estaba cuando la necesitaba. No es una historia de cuernos, desde luego, sino una hermosa confesión de desencuentros. Va precedida de otra de las mejores canciones del disco, Period Piece. Con su sencillo título, como pasando de modas y temporadas, Standars se revelea como una obra compacta, accesible y directa pero de largo recorrido, que también evoca en algunos dejes a otro de sus clásicos, Bob Dylan, y a los Commotions que le dieron su primera fama. Y contiene una de esas baladas que Lloyd Cole crea como pocos, Silver Lake.

Es, en parte, una pena que para el concierto del domingo en el Kursaal de San Sebastián, Lloyd Cole venga en solitario, como está haciendo los 54 conciertos que tiene previstos desde septiembre a diciembre. Cole se basta él solo para dar toda la dimensión a sus canciones en directo, pero desde que le vimos junto a los Commotions en 1987 en el Polideportivo de Anoeta, ha venido siempre en formato acústico. Y ahora que Standards presenta esos gozos eléctricos, hubiera estado bien verle con banda al completo. El propio Lloyd Cole explica en su web las dificultades económicas, logísticas y hasta personales que le supone girar con una banda, como hizo en su momento con The Negatives. Y que le ha pillado un poco de sorpresa la buena recepción y la mayor repercusión que ha tenido este disco, cuando ya estaba programada la gira como ‘solo tour’. A ver si en la próxima…

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Pete Astor y el mejor disco que no aparece en las listas
Ricardo Aldarondo 04-01-2012 | 3:16 | 5

Uno diría que Songbox de Pete Astor, es uno de los mejores discos de 2011 y que igual no ha habido ninguno tan redondo, tan ajustado. Pero no aparece en ninguna lista. Bien es verdad que podría estar en las listas de hace cinco o diez o quizas 20 años, pero no porque su contenido sea viejo, sino más bien atemporal. Y no es Pete Astor un desconocido, aunque sí un músico que se queda en los márgenes, como recogido. Sú música es tan normal que podría gustar a todo el mundo, y tan especial que solo alcanza, por las razones que sea, a unos pocos.

Hubo un tiempo en que The Weather Prophets, el grupo con el que despuntó Pete Astor, era todo un hype. Su mini-lp Diesel River (1986), Mayflower (1987) y Judges, Juries and Horsemen (1988) no fueron gloria de un día: tres discos impecables con un pop británico refinado y melancólico, pero recio, cargado de aromas americanos, muy sutiles. Nada de country & western, a pesar de la cazadora de ante y flecos de Pete (o Peter) en aquella época.

Sus canciones eran mucho mejores que, por ejemplo, las de R.E.M. Pero las cosas a veces quedan así de mal repartidas. Y a pesar de contar en un principio con el impulso de Creation, el sello con el que Pete Astor ya había grabado sus primeras canciones con su grupo inicial The Loft, The Weather Prophets pasó pronto a diluirse entre la frondosa amalgama de nombres que la Gran Bretaña de mediados de los 80 dio entre el pop de guitarras más imaginativo.

Pete Astor merecería tener, al menos, el reconocimiento y aprecio como songwriter de un Lloyd Cole. Pero ni eso, aunque sus canciones y su gusto interpretativo estén al menos a la misma altura (y tengan muchas similitudes en alguna canción: The Perfect Crime). Uno diría que no tiene nada que envidiar a Leonard Cohen, incluso. Pero el mundo no está de acuerdo.

En los últimos 23 años, Astor ha alternado discos en solitario como Submarine (1990), Zoo (1991), Paradise (1992) y God & Other Stories (1993), todos estupendos, con dos grupos orientados a una música más instrumental, electrónica y experimental, por decir algo, aunque siempre manteniendo el tono casero y cálido, y aún cantando en ocasiones: The Wisdom of Harry y Ellis Island Sound. Discos de aún más restringida y curiosa edición y distribución, que reflejan a un Pete Astor que hace lo que quiere, con la tranquilidad, al parecer, de ganarse la vida como profesor.

Con Songbox recuperamos, seis años después de Hal’s Egg (2005) al cantautor sencillo, de voz apegada, afectuosa, susurrante, pero nada quejumbrosa. Y otro puñado de sus canciones ajustadas, perfectas en sus modestas aspiraciones, con esas melodías que siempre encuentran un momento para pasar de lo normal a lo especial, de la modestia a la excelencia.

Once canciones que te cautivan enseguida, unas a la primera, otras a la tercera, hasta demostrar una coherencia total. No hay un momento de desperdicio o duda, no decae la inspiración. Una instrumentación básica se engalana con algún detalle siempre inesperado: esta vez sobre todo flautas, fagots o clarinetes, también pianillos o voces femeninas que redondean con distinción sin igual lo que en manos de otros serían cuatro acordes básicos.

Songbox comienza con la nostálgica, solitaria y grave Dead Trumpets y la absoluta delicia de Tiny Town y sólo con eso se intuye que Pete Astor, como los grandes, solo hace un disco cuando sabe que tiene material de la más alta calidad. Es difícil a estas alturas hacer una canción distinta sobre la manida palabra de cuatro letras que ni siquiera nombra, pero lo consigue con las más sencilla expresión en Four Letter World. En Dunce y Tree of Birds, clama en busca de un poco de esperanza “cuando todo es feo aquí”, pero como siempre, en voz baja, sin pretensiones, sin exigir nada. Otras veces la melancolía tiene dejes irónicos: esos coros de Slip Away, otra de las mejores, que parecen transportarte a algún vídeo eurovisivo en blanco y negro de los 60, una sensación que reaparece con cierta frecuencia en las canciones de Pete Astor.

Es Songbox un disco para guardar y volver a abrir, y descubrir una y otra vez. Y como pequeño tesoro, se presenta en una caja de cartón de embalar, que contiene el disco como tal, y un segundo CD en el que diversos músicos amigos reinterpretan las canciones en el mismo orden. Están Darren Hayman, Pete Greenwood, The Raincoats o Piano Magic, ninguno consigue ni de lejos redondear las canciones como ya lo hace el propio Astor en el primer CD, pero algunos apuntan matices interesantes.

Además, la caja contiene doce postales, con dibujos o una foto de Pete Astor con su perro por un lado, y las letras de cada una de las canciones por el otro. Un conjunto de sensaciones que no te dará ni el Spotify, ni el iTunes, ni el Youtube. Y por el precio de un CD normal.

Cuando hace un par de meses hablamos aquí del estreno de Lawrence of Belgravia en Londres, ya contamos que allí vimos en la sala, asistiendo a la premiere, a Pete Astor con su aspecto de tranquilo profesor, como viejo amigo de Lawrence (Felt/ Denim / Go-Kart Mozart) que es. Ahora, como conteniéndose un poco la risa de la situación, Lawrence entrevista a Pete Astor sobre su disco en un vídeo en dos partes. Dos amigos, dos perdedores aparentemente, pero qué par de talentos, y cuánto ganamos con sus canciones.

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