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Música

Cracker: Disfrute al natural
Ricardo Aldarondo 07-05-2017 | 7:21 | 2

(Versión ampliada de la crítica publicada en El Diario Vasco el 6 de mayo de 2017).

Músicos: David Lowery (voz, guitarra), Johnny Hickman (guitarra, voz), Bryan Howard (bajo), Carlton (Coco) Owens (batería), Matt ‘Pistol’ Stoessel (guitarra steel). Primera parte: Los Bracco. Lugar: Centro Cultural Intxaurrondo, San Sebastián. Fecha: 5 de abril de 2017. Asistencia: 250 espectadores.

La acumulación de conciertos en la noche del viernes y el hecho de que algunos espectadores llegaban del de Loquillo explicaban el vacío inicial. Pronto la sala alcanzaó buena entrada y ambiente cálido,  que Los Bracco ya se encargaron de cimentar, contundentes y convincentes como siempre, con su estupenda ración de rock & roll versátil, hasta el soul- funk de SayonaraTraficantes.

Los californianos Cracker nos desarmaron y conquistaron desde el primer instante y por el flanco más melancólico: salieron solo David Lowery con guitarra española, Johnny Hickman acariciando la eléctrica y Matt ‘Pistol’ Stoessel con la steel y emocionaron con la bella y grave Dr. Bernice y la versión del Loser de Grateful Dead que ya grabaron hace años. Y desde ahí todo fue un crescendo en magnífica progresión, aumentando la pasión, la electricidad y la intensidad con un repertorio excelso, con la naturalidad de los maestros avezados y la autenticidad de quienes se han pateado musicalmente todas las esencias clásicas y contemporáneas de la música americana, con la frontera como inspiración.

Desde la perfecta sencillez de Where Have Those Days Gone al country de Mr. Wrong, la caña de Teen Angst (What the World Needs Now) -en la que al batería se le saltó un palillo por los aires, cuestión que resolvió sin fallar ni un solo golpe-, esa habilidad para crear estribillos acogedores aunque no facilones como en The Golden Age o el acercamiento grunge de Low, su mayor y primerizo éxito aunque no desde luego su mejor canción, lo de Cracker fue un disfrute permanente. Tanto cuando cantaba el serio Lowery (qué saber estar tan impecable con sus camperas) como cuando tomaba el protagonismo en la voz Johnny Hickman, en California Country Boy y Wedding Day, brillaban las melodías y los sentimientos. Y las guitarras: los punteos de Hickman, al que se veían disfrutar en primera línea, sobre todo en el largo y excitante solo de Sweet Potato o con los riffs hard de Sweet Thistle Pie, y el dominio en la steel de Stoessel, que tanto juego ambiental dio. A veces uno sucedía al otro, no en duelo, sino en éxtasis matrimonial. Mientras tanto, el bajo de Bryan Howard era como un martillo pilón forrado de tercipelo, mientras él hacía muecas en el momento más desenfadados de la noche, con ese look a contracorriente del resto del grupo, como salido de una banda jamaicana.

No se olvidó Lowery de su primera banda, Camper Van Beethoven: de aquel notable álbum debut de 1986, Telephone Free Landslide Victory, que en España publicó en su día Nuevos Medios, recuperaron Take The Skinheads Bowling, que encajó perfectamente en el repertorio multidireccional de Cracker. Otro rescate sugerente fue Pictures of Matchstick Men de Status Quo.

Campechanos como ellos solos y también elegantes, dando la sensación de que se encontraban muy a gusto y disfrutando tanto como el entregado y conocedor público, y beneficiados por un excelente sonido durante todo el concierto, ni siquieran echaban mano de ‘roadies’ : Lowery fue dos veces al backstage a por otra guitarra pateando ruidosamente sobre el escenario con sus botas granates, mientras Johnny se reía preguntando en alto “where is Danny?”. Al supuesto roadie se le oyó tropezar o caer del cielo a un lado del escenario, pero ya Lowery se había colgado la otra guitarra.

Get Off  This, Euro Trash Girl, One Fine Day o Gimme One More Chance formaron parte de la traca final, antes de regresar al formato acústico con Around the World. Dos horas gozosas de principio a fin.

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El paseíllo de Loquillo por el Kursaal
Ricardo Aldarondo 07-05-2017 | 1:34 | 0

Loquillo abarrotó en la noche del viernes el Kursaal en San Sebastián, “la ciudad que ha conquistado mi corazón”, según expresó el cantante sobre su lugar de adopción desde hace años. A lo largo de casi dos horas de concierto, el cantante barcelonés mostró una vez más su dominio del escenario, su bagaje polifacético dentro se su amor por el rock & roll y acompañado de una banda sólida y dinámca, desgranó con potencia y elegancia algunas canciones de su último álbum ‘Viento del Este’, y muchos de sus éxitos.

Durante la interpretación de ‘Carne para Linda’, Loquillo recorrió los pasillos del Kursaal y cantó entre el público. También sonaron ‘El hombre de negro’, ‘Cruzando el paraíso’, ‘Memorias de jóvenes airados’ o ‘La mataré’, antes de acometer en el largo bis algunas de sus perlas de sus inicios, como ‘Quiero un camión’, ‘Esto no es Hawai’ y ‘Rock & Roll Star’, para terminar con ‘Cadillac solitario’.

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La música que revive: recuento de un magnífico Mojo Workin’ Weekend
Ricardo Aldarondo 20-03-2017 | 10:23 | 0

(Versión extendida del reportaje publicado hoy en El Diario Vasco)

“Esto es un lujazo. No sabéis lo que tenéis aquí. Yo vengo desde Burgos una vez al año a San Sebastián, y no precisamente para ver los fuegos artificiales”. Entusiasmos como ese, expresados por foráneos o locales, se podían escuchar por doquier en las dos noches centrales del Mojo Workin’, en las que la sala de Gazteszena, abarrotada a más no poder, fue una celebración gozosa y efusiva de la época dorada del soul y el rhythm & blues, con algunas de las figuras que la cimentaron en los años 60 reviviendo el esplendor de aquel tiempo en plena y contemporánea forma. Y para todo tipo de gentes: veinteañeros mods perfectamente trajeados, sexagenarios moviendo el esqueleto como probablemente no hacían hace años, expertos en soul de toda edad y procedencia y cuadrillas que tienen apuntada ya la cita del Mojo Workin’ como el mejor party del año, forman parte del variopinto público.

Otro síntoma del fervor que despierta el Mojo Workin’: mientras tocan los ‘teloneros’, no hay nadie en el bar y la sala ya está a tope. Ocurrió tanto con el fogoso soul de TT Dynamite como con la ración de ska de Soweto.

El viernes el primer plato fuerte fue Spyder Turner. Y bien fuerte. Más de uno asegura que el suyo es ya el mejor concierto que ha habido en todas las ediciones del Mojo. Pletórico de voz, derrochando simpatía y buen humor, con un movimiento de cadera y una elegancia en las formas perfectamente compatibles con su tripita después de quitarse su dorada chaqueta, a sus 70 años se remontó a canciones que grabó con 16, como la rockera ‘Ride in My 225’, emocionó con temas como ‘I Can’t Wait Until I See My Baby’s Face’, rescató una cara B, como ‘You’re Good Enough For Me’, y a la hora de acometer su correspondiente cara A, el ‘Stand By Me’ que le dio popularidad, introdujo un asombroso ‘medley’ en el que imitaba cómo harían la canción Joe Tex, Chuck Jackson, Sam Cooke, Jerry Butler, James Brown y muchos otros, para acabar haciéndola en forma de hip-hop. No es de extrañar que sea todo un pequeño héroe del Northern Soul. Un estupendo cantante y todo un personaje. Que vuelva pronto.

La banda del festival, que con tremendo mérito y pericia lleva el peso de los cuatro conciertos, tres horas cada noche, y más de 50 canciones preparadas e interpretadas entre los dos días, se tuvo que adaptar al exigente y peculiar soul de Nueva Orleans de Betty Harris. Con 76 años conserva estilo de gran dama, elegancia y sentimiento al cantar temas como ‘Nearer To You’, ‘I’m Gonna Git Ya’ o actitud de loser en ‘Cry To Me’, que la cantante comenzó declarando “esta ciudad es maravillosa”, y a mitad de canción expresó su asombro por las intervenciones de Paul San Martín en el órgano Hammond y le animó a desfogarse, así como a la sección de viento, empujando al saxo . Dedicó demasiado tiempo a hablar y en la segunda parte se dispersó un poco, pero Betty Harris tuvo tramos muy disfrutables también con ‘Ride the Pony’ y ‘There’s A Break in the Road’.

La noche del sábado fue redonda, con la banda reproduciendo a toda máquina el sonido Motown en todo su esplendor. Puede parecer sacrilegio, pero hubo temas que sonaron más excitantes y arrolladores que los originales. Y es que es una gloria que el Mojo Workin’ pueda contar con una banda exclusiva de este calibre, con su completa y vibrante sección de viento, sus coros sedosos, una sección rítmica que no desfallece en las tres horas de show de cada día y con un órgano Hammond (con lo que cuesta alquilarlo y moverlo) que es el fuelle del corazón negro del festival, gracias a una manos tan mágicas y expertas como las de Paul San Martín. Solo un pero para la banda: deben desterrar de una vez su intrínseco carácter guipuzcoano y lanzarse como las coestrellas de cada concierto que son. Ya se lo indicó Betty Harris, hagan caso a la maestra. Ah, y que la sección de viento no esté tan arrinconada y un poco a oscuras, ¡que brillen los metales!

Brenda Holloway estuvo plena de pasión y voz recreando su etapa en la Motown, vestido de brillantes incluido, y descontando alguna consulta excesiva a las hojas con las letras o alguna nota despendolada, fue un gozo total su repaso a tres clásicos de Mary Wells, ‘Two Lovers’, ‘My Guy’ y ‘Operator’, la emocionante balada ‘Every Little Bit Hurts’ y otro de sus éxitos de 1967, ‘Starting All Over Again’. Precisamente decidió ‘empezar todo otra vez’ cuando se desajustó un poco de la banda en ‘Think It Over (Before You Break My Heart)’ y pidió repetirla entera, y ya salió redonda.

Spyder Turner seguía por allí y salió a presentar, recorriendo cada uno de los cinco micrófonos, y tronchándose de la risa (como nosotros), a The Contours. Los cinco septuagernarios hicieron una salida deslumbrante con sus cinco trajes rojos y sus sinuosas coreografías y se marcaron un fantástico show cargado de canciones gloriosas, de ‘Can You Do It?’ a un arrollador ‘Just a Little Misunderstanding’ que la banda hizo con magistral fogosidad. Mención especial merecen las preciosas versiones que hicieron de baladas eternas como ‘You’ve Lost That Loving Feeling’ y ‘Oooh Baby Baby’, con la gravísima voz de Lyall Hoggart plena de emoción, solo estropeadas un poco por el parlanchín público (es extraño que un público tan entregado pueda al mismo tiempo parlotear tanto y tan alto durante toda la noche). El final fue apoteósico, con un ‘Do You Love Me’ desatado y Spyder Turner, Brenda Holloway, las coristas y hasta los directores del festival en el escenario cantando, cómo no, ‘Got My Mojo Workin’ y el público ovacionando tanto a la banda como a las estrellas de una edición magnífica.

En las dos jornadas complementarias de jueves y domingo hubo otras actividades bien interesantes, como los conciertos de Archie Lee Hooker y Blas Picón & Iker Piris, también muy nutridos de público, o la estupenda y contagiosa presentación-conferencia que Alex Cooper hizo de su nuevo libro ‘Club 45 Again’, pinchando algunas de las canciones de las que habla en el libro.

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Cinco canciones de acercamiento a Brenda Holloway y el Mojo Workin’
Ricardo Aldarondo 13-03-2017 | 12:19 | 0

Pocos festivales hay como el Mojo Workin’ que se labren su propio material como una pieza de orfebrería única; que rebusquen en lo que ningún otro festival ofrece, para rescatarlo de nuestro olvido. Nombres que emergen de antiguos y maravillosos carteles para recordar que están vivos y que van a cobrar nueva vida en una actuación exclusiva, con músicos muy alejados de su americana tierra, pero muy cercanos a esta que les acoge. El Mojo Workin’ esa inmersión en el soul clásico en un party non-stop (y este año de cuatro días) ya está aquí, desde el jueves.

Cuando vi los nombres programados para esta edición comenzó el procseo de rememoración Recordaba a Brenda Holloway como una voz menor (borren inmediatamente el epíteto), ahogada por tantas otras voces más legendarias, exitosas y determinantes para el devenir de la música en los años 60 desde la casa madre, Motown. Acudí para despejar brumas a uno de los ejemplares de esa biblia del libro-disco que es la colección The Complete Motown Singles, que recoge sin mentir en su título todas las caras A y B de ese infinito pilar del soul.

Ahí estaban, en el volumen 7 de la colección, correspondiente a 1967, un puñado de canciones fabulosas de Brenda Holloway, solapadas entre los megaéxitos de Diana Ross & The Supremes, Marvin Gaye, Smokey Robinson, Stevie Wonder y Four Tops. Y entre ellas sobresale esta maravilla titulada I’ve Got To Find It, y relegada en su día a la cara B del single You’ve Made Me Very Happy.

“Sabemos tres cosas de Brenda Holloway: sabe cantar, sabe tocar el violín y es una pedazo de compositora”, dicen los primorosos textos del disco-libraco. Sí, amigos, como diría el locutor de Pyscho Beat!: doña Brenda también es compositora, y lo demostraba en la cara A de ese single, You’ve Made Me So Very Happy. Y compartiendo firma con Berry Gordy, el capo de Motown, y con Frank Wilson, el compositor de I’ve Got To Find It, y tantas otras perlas de la Motown, que aportó ese ‘puente’ en medio de la canción que le da gracia especial. A Brenda le había dejado el hombre del que estaba enamorada, pero aguerrida y digna, decidió hacer una canción sobre los momentos felices, y no sobre la desgracia. La canción llegó al número 40 de las listas de éxitos, lo cual en aquel momento suponía sonar en muchas radios. Unos años más tarde Blood, Sweat & Tears incluyeron una estupenda, y más lenta, versión en su magnífico segundo álbum., Blood, Sweat & Tears.

En ese mismo 1967, en el mes de marzo, Brenda Holloway había publicado otro single excelente, y excitante, que podemos escuchar con su imagen esplendorosa y sensual. Categoría total. Y atención a la minientrevista final con detalle de sus zapatos. Esa Just Look What You’ve Done era otra composición de Frank Wilson, y llegó al numero 21 de las lista de rhythm & blues, cuando las listas eran sinónimo de canciones excelentes y éxito verdadero, claro.


Y en la cara B de ese single, otro bailable que pone alegría a la desgracia amorosa, Starting the Hurt All Over Again.

Y un poco antes, en diciembre de 1966, Brenda había grabado esta canción fabulosa, Till Johnny Comes, que increíblemente no llegó a publicarse en un single, como estaba previsto, ni pudo aflorar en un álbum que también quedó inédito, Hurtin’ and Cryin’. Esta pequeña joya no se pudo escuchar hasta 1999, cuando fue incluida en un ‘grandes éxitos’. Sin embargo Diana Ross & the Supremes sí que publicaron su propia versión en 1969. Aquí Brenda Holloway muestra en todo su esplendor la belleza de una voz tan suave y sensual como recia, siempre acertada en el punto justo de intensidad. Y con un delicadísimo vibrato en el momenot de mayor emoción. Una canción compuesta y producida nada menos que por Smokey Robinson para cerrar este pequeño acercamiento a Brenda Holloway, quien nació en un lugar de California llamado Atascadero. Tenía 18 años cuando fichó por la Motown, en 1966 y 22 cuando la dejó, y quedó apartada de la música como tantas otras grandes voces de los 60. A finales de los 80 reapareció, mientras el movimiento del Northern Soul rescataba y veneraba su legado. Desde entonces ha seguido cantando y actuando, en ocasiones especiales, como la de San Sebastián este sábado, gran colofón del Mojo Workin’.

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Cass McCombs, tejedor de estilos y tiempos
Ricardo Aldarondo 31-01-2017 | 9:31 | 0

Empezó tranquilo, con la suave y algo irónica cadencia de Bum Bum Bum, como despreocupado de formalismos en esos primeros minutos de contacto con el escenario. El público se apiñaba ayer tarde en la recoleta sala Kutxa Kultur Kluba (San Sebastián) acogida por su excelente sonido. Se despreocuparon también pronto quienes tenían el recuerdo de un Cass McCombs más hosco en su anterior visita a San Sebastián, en Ulia, y con ese fantasma de hombre reservado y algo imprevisible que le rodea.  Pero todo fue plácido y bien conjuntado en la docena de canciones un poco descamisadas, como su cuello, que ofreció el californiano. Descamisadas no por imperfectas, sino por sueltas, volatineras, abiertas a aires distintos a los guardados en disco, fluyendo por distintos estilos que se iban construyendo con la inspiración del momento, y del cuarteto tan bien conjuntado en el que se presentó inmerso.

Ni siquiera se plegó a centrarse en su último y espléndido disco, Mangy Love: picoteó en cuatro o cinco temas, pero se dejó lamentablemente fuera maravillas como Laughter is the Best Medicine. Pero sí emergieron sus mejores tramos soul, caso de Opposite House. Prefirió tantear de un disco a otro, recuperar la encantadora Brighter!, elegir piezas más bien recitativas como la velvetiana Robin Egg Blue, y aportar amplios desarrollos de los que se iban desprendiendo los más diversos estilos sin salirse de la coherencia personal.

Además de comprobar el punch que como guitarrista tiene McCombs sin perder de vista el arpegio elaborado y juguetón, nos sorprendió las texturas que aportaba el teclista, armado con dos aparatos decididamente vintage, pero eternos: el piano Fender Rhodes de emocionante sonido, y el sintetizador analógico Juno de Roland con el que se zambullía definitivamente en evocaciones de jazz-rock en su vertiente más amable y cálida, aflautada, sinuosa.

En Run Sister Run se impuso la cumbia, nada menos, y el rescate de la preciosa County Love fue creciendo y derivando hacia el reggae-dub entre la complicidad total de los músicos (ese emotivo punteo de bajo), mientras Cass alcanzaba la máxima expresividad con su voz sentida, como ya había hecho en otras de sus canciones más hermosas Dreams Come True Girl y Morning Star. Lírico, pero con mucho cuerpo instrumental.

En ese saber estar en todos los estilos al mismo tiempo, sin descentrarse ni perder su propio nombre, Cass McCombs me recuerda al mejor Iron & Wine, el que supo crecer de la americana más terrosa a la sofisticación mejor entendida. También los emparejo un poco en la voz. Uno y otro están entre lo más sugerente, por atemporales y abiertos a todas las posibilidades, de los cantautores americanos de hoy.

 

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