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San Sebastián

La música que revive: recuento de un magnífico Mojo Workin’ Weekend
Ricardo Aldarondo 20-03-2017 | 10:23 | 0

(Versión extendida del reportaje publicado hoy en El Diario Vasco)

“Esto es un lujazo. No sabéis lo que tenéis aquí. Yo vengo desde Burgos una vez al año a San Sebastián, y no precisamente para ver los fuegos artificiales”. Entusiasmos como ese, expresados por foráneos o locales, se podían escuchar por doquier en las dos noches centrales del Mojo Workin’, en las que la sala de Gazteszena, abarrotada a más no poder, fue una celebración gozosa y efusiva de la época dorada del soul y el rhythm & blues, con algunas de las figuras que la cimentaron en los años 60 reviviendo el esplendor de aquel tiempo en plena y contemporánea forma. Y para todo tipo de gentes: veinteañeros mods perfectamente trajeados, sexagenarios moviendo el esqueleto como probablemente no hacían hace años, expertos en soul de toda edad y procedencia y cuadrillas que tienen apuntada ya la cita del Mojo Workin’ como el mejor party del año, forman parte del variopinto público.

Otro síntoma del fervor que despierta el Mojo Workin’: mientras tocan los ‘teloneros’, no hay nadie en el bar y la sala ya está a tope. Ocurrió tanto con el fogoso soul de TT Dynamite como con la ración de ska de Soweto.

El viernes el primer plato fuerte fue Spyder Turner. Y bien fuerte. Más de uno asegura que el suyo es ya el mejor concierto que ha habido en todas las ediciones del Mojo. Pletórico de voz, derrochando simpatía y buen humor, con un movimiento de cadera y una elegancia en las formas perfectamente compatibles con su tripita después de quitarse su dorada chaqueta, a sus 70 años se remontó a canciones que grabó con 16, como la rockera ‘Ride in My 225’, emocionó con temas como ‘I Can’t Wait Until I See My Baby’s Face’, rescató una cara B, como ‘You’re Good Enough For Me’, y a la hora de acometer su correspondiente cara A, el ‘Stand By Me’ que le dio popularidad, introdujo un asombroso ‘medley’ en el que imitaba cómo harían la canción Joe Tex, Chuck Jackson, Sam Cooke, Jerry Butler, James Brown y muchos otros, para acabar haciéndola en forma de hip-hop. No es de extrañar que sea todo un pequeño héroe del Northern Soul. Un estupendo cantante y todo un personaje. Que vuelva pronto.

La banda del festival, que con tremendo mérito y pericia lleva el peso de los cuatro conciertos, tres horas cada noche, y más de 50 canciones preparadas e interpretadas entre los dos días, se tuvo que adaptar al exigente y peculiar soul de Nueva Orleans de Betty Harris. Con 76 años conserva estilo de gran dama, elegancia y sentimiento al cantar temas como ‘Nearer To You’, ‘I’m Gonna Git Ya’ o actitud de loser en ‘Cry To Me’, que la cantante comenzó declarando “esta ciudad es maravillosa”, y a mitad de canción expresó su asombro por las intervenciones de Paul San Martín en el órgano Hammond y le animó a desfogarse, así como a la sección de viento, empujando al saxo . Dedicó demasiado tiempo a hablar y en la segunda parte se dispersó un poco, pero Betty Harris tuvo tramos muy disfrutables también con ‘Ride the Pony’ y ‘There’s A Break in the Road’.

La noche del sábado fue redonda, con la banda reproduciendo a toda máquina el sonido Motown en todo su esplendor. Puede parecer sacrilegio, pero hubo temas que sonaron más excitantes y arrolladores que los originales. Y es que es una gloria que el Mojo Workin’ pueda contar con una banda exclusiva de este calibre, con su completa y vibrante sección de viento, sus coros sedosos, una sección rítmica que no desfallece en las tres horas de show de cada día y con un órgano Hammond (con lo que cuesta alquilarlo y moverlo) que es el fuelle del corazón negro del festival, gracias a una manos tan mágicas y expertas como las de Paul San Martín. Solo un pero para la banda: deben desterrar de una vez su intrínseco carácter guipuzcoano y lanzarse como las coestrellas de cada concierto que son. Ya se lo indicó Betty Harris, hagan caso a la maestra. Ah, y que la sección de viento no esté tan arrinconada y un poco a oscuras, ¡que brillen los metales!

Brenda Holloway estuvo plena de pasión y voz recreando su etapa en la Motown, vestido de brillantes incluido, y descontando alguna consulta excesiva a las hojas con las letras o alguna nota despendolada, fue un gozo total su repaso a tres clásicos de Mary Wells, ‘Two Lovers’, ‘My Guy’ y ‘Operator’, la emocionante balada ‘Every Little Bit Hurts’ y otro de sus éxitos de 1967, ‘Starting All Over Again’. Precisamente decidió ‘empezar todo otra vez’ cuando se desajustó un poco de la banda en ‘Think It Over (Before You Break My Heart)’ y pidió repetirla entera, y ya salió redonda.

Spyder Turner seguía por allí y salió a presentar, recorriendo cada uno de los cinco micrófonos, y tronchándose de la risa (como nosotros), a The Contours. Los cinco septuagernarios hicieron una salida deslumbrante con sus cinco trajes rojos y sus sinuosas coreografías y se marcaron un fantástico show cargado de canciones gloriosas, de ‘Can You Do It?’ a un arrollador ‘Just a Little Misunderstanding’ que la banda hizo con magistral fogosidad. Mención especial merecen las preciosas versiones que hicieron de baladas eternas como ‘You’ve Lost That Loving Feeling’ y ‘Oooh Baby Baby’, con la gravísima voz de Lyall Hoggart plena de emoción, solo estropeadas un poco por el parlanchín público (es extraño que un público tan entregado pueda al mismo tiempo parlotear tanto y tan alto durante toda la noche). El final fue apoteósico, con un ‘Do You Love Me’ desatado y Spyder Turner, Brenda Holloway, las coristas y hasta los directores del festival en el escenario cantando, cómo no, ‘Got My Mojo Workin’ y el público ovacionando tanto a la banda como a las estrellas de una edición magnífica.

En las dos jornadas complementarias de jueves y domingo hubo otras actividades bien interesantes, como los conciertos de Archie Lee Hooker y Blas Picón & Iker Piris, también muy nutridos de público, o la estupenda y contagiosa presentación-conferencia que Alex Cooper hizo de su nuevo libro ‘Club 45 Again’, pinchando algunas de las canciones de las que habla en el libro.

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Cinco canciones de acercamiento a Brenda Holloway y el Mojo Workin’
Ricardo Aldarondo 13-03-2017 | 12:19 | 0

Pocos festivales hay como el Mojo Workin’ que se labren su propio material como una pieza de orfebrería única; que rebusquen en lo que ningún otro festival ofrece, para rescatarlo de nuestro olvido. Nombres que emergen de antiguos y maravillosos carteles para recordar que están vivos y que van a cobrar nueva vida en una actuación exclusiva, con músicos muy alejados de su americana tierra, pero muy cercanos a esta que les acoge. El Mojo Workin’ esa inmersión en el soul clásico en un party non-stop (y este año de cuatro días) ya está aquí, desde el jueves.

Cuando vi los nombres programados para esta edición comenzó el procseo de rememoración Recordaba a Brenda Holloway como una voz menor (borren inmediatamente el epíteto), ahogada por tantas otras voces más legendarias, exitosas y determinantes para el devenir de la música en los años 60 desde la casa madre, Motown. Acudí para despejar brumas a uno de los ejemplares de esa biblia del libro-disco que es la colección The Complete Motown Singles, que recoge sin mentir en su título todas las caras A y B de ese infinito pilar del soul.

Ahí estaban, en el volumen 7 de la colección, correspondiente a 1967, un puñado de canciones fabulosas de Brenda Holloway, solapadas entre los megaéxitos de Diana Ross & The Supremes, Marvin Gaye, Smokey Robinson, Stevie Wonder y Four Tops. Y entre ellas sobresale esta maravilla titulada I’ve Got To Find It, y relegada en su día a la cara B del single You’ve Made Me Very Happy.

“Sabemos tres cosas de Brenda Holloway: sabe cantar, sabe tocar el violín y es una pedazo de compositora”, dicen los primorosos textos del disco-libraco. Sí, amigos, como diría el locutor de Pyscho Beat!: doña Brenda también es compositora, y lo demostraba en la cara A de ese single, You’ve Made Me So Very Happy. Y compartiendo firma con Berry Gordy, el capo de Motown, y con Frank Wilson, el compositor de I’ve Got To Find It, y tantas otras perlas de la Motown, que aportó ese ‘puente’ en medio de la canción que le da gracia especial. A Brenda le había dejado el hombre del que estaba enamorada, pero aguerrida y digna, decidió hacer una canción sobre los momentos felices, y no sobre la desgracia. La canción llegó al número 40 de las listas de éxitos, lo cual en aquel momento suponía sonar en muchas radios. Unos años más tarde Blood, Sweat & Tears incluyeron una estupenda, y más lenta, versión en su magnífico segundo álbum., Blood, Sweat & Tears.

En ese mismo 1967, en el mes de marzo, Brenda Holloway había publicado otro single excelente, y excitante, que podemos escuchar con su imagen esplendorosa y sensual. Categoría total. Y atención a la minientrevista final con detalle de sus zapatos. Esa Just Look What You’ve Done era otra composición de Frank Wilson, y llegó al numero 21 de las lista de rhythm & blues, cuando las listas eran sinónimo de canciones excelentes y éxito verdadero, claro.


Y en la cara B de ese single, otro bailable que pone alegría a la desgracia amorosa, Starting the Hurt All Over Again.

Y un poco antes, en diciembre de 1966, Brenda había grabado esta canción fabulosa, Till Johnny Comes, que increíblemente no llegó a publicarse en un single, como estaba previsto, ni pudo aflorar en un álbum que también quedó inédito, Hurtin’ and Cryin’. Esta pequeña joya no se pudo escuchar hasta 1999, cuando fue incluida en un ‘grandes éxitos’. Sin embargo Diana Ross & the Supremes sí que publicaron su propia versión en 1969. Aquí Brenda Holloway muestra en todo su esplendor la belleza de una voz tan suave y sensual como recia, siempre acertada en el punto justo de intensidad. Y con un delicadísimo vibrato en el momenot de mayor emoción. Una canción compuesta y producida nada menos que por Smokey Robinson para cerrar este pequeño acercamiento a Brenda Holloway, quien nació en un lugar de California llamado Atascadero. Tenía 18 años cuando fichó por la Motown, en 1966 y 22 cuando la dejó, y quedó apartada de la música como tantas otras grandes voces de los 60. A finales de los 80 reapareció, mientras el movimiento del Northern Soul rescataba y veneraba su legado. Desde entonces ha seguido cantando y actuando, en ocasiones especiales, como la de San Sebastián este sábado, gran colofón del Mojo Workin’.

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Cass McCombs, tejedor de estilos y tiempos
Ricardo Aldarondo 31-01-2017 | 9:31 | 0

Empezó tranquilo, con la suave y algo irónica cadencia de Bum Bum Bum, como despreocupado de formalismos en esos primeros minutos de contacto con el escenario. El público se apiñaba ayer tarde en la recoleta sala Kutxa Kultur Kluba (San Sebastián) acogida por su excelente sonido. Se despreocuparon también pronto quienes tenían el recuerdo de un Cass McCombs más hosco en su anterior visita a San Sebastián, en Ulia, y con ese fantasma de hombre reservado y algo imprevisible que le rodea.  Pero todo fue plácido y bien conjuntado en la docena de canciones un poco descamisadas, como su cuello, que ofreció el californiano. Descamisadas no por imperfectas, sino por sueltas, volatineras, abiertas a aires distintos a los guardados en disco, fluyendo por distintos estilos que se iban construyendo con la inspiración del momento, y del cuarteto tan bien conjuntado en el que se presentó inmerso.

Ni siquiera se plegó a centrarse en su último y espléndido disco, Mangy Love: picoteó en cuatro o cinco temas, pero se dejó lamentablemente fuera maravillas como Laughter is the Best Medicine. Pero sí emergieron sus mejores tramos soul, caso de Opposite House. Prefirió tantear de un disco a otro, recuperar la encantadora Brighter!, elegir piezas más bien recitativas como la velvetiana Robin Egg Blue, y aportar amplios desarrollos de los que se iban desprendiendo los más diversos estilos sin salirse de la coherencia personal.

Además de comprobar el punch que como guitarrista tiene McCombs sin perder de vista el arpegio elaborado y juguetón, nos sorprendió las texturas que aportaba el teclista, armado con dos aparatos decididamente vintage, pero eternos: el piano Fender Rhodes de emocionante sonido, y el sintetizador analógico Juno de Roland con el que se zambullía definitivamente en evocaciones de jazz-rock en su vertiente más amable y cálida, aflautada, sinuosa.

En Run Sister Run se impuso la cumbia, nada menos, y el rescate de la preciosa County Love fue creciendo y derivando hacia el reggae-dub entre la complicidad total de los músicos (ese emotivo punteo de bajo), mientras Cass alcanzaba la máxima expresividad con su voz sentida, como ya había hecho en otras de sus canciones más hermosas Dreams Come True Girl y Morning Star. Lírico, pero con mucho cuerpo instrumental.

En ese saber estar en todos los estilos al mismo tiempo, sin descentrarse ni perder su propio nombre, Cass McCombs me recuerda al mejor Iron & Wine, el que supo crecer de la americana más terrosa a la sofisticación mejor entendida. También los emparejo un poco en la voz. Uno y otro están entre lo más sugerente, por atemporales y abiertos a todas las posibilidades, de los cantautores americanos de hoy.

 

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Versión original subvalorada
Ricardo Aldarondo 29-04-2016 | 3:58 | 0

El hecho habrá pasado desapercibido, pero desde hace un par de semanas el cine Trueba de San Sebastián ya no ofrece exclusivamente películas en versión original subtitulada. También hay versión doblada, normalmente de la misma película. No parece grave si tenemos en cuenta que lo de la doble opción siempre es positivo y se da también en otros locales: el Príncipe está en plena experiencia piloto desde hace unas semanas y las sesiones del jueves a la noche son, en todas las salas, en versión original.

Sin embargo el Trueba renació (con su reforma de 2011) con vocación cinéfila y orientado al amante de la versión original. Ahí se programa el cine de autor que ha crecido en festivales, o las propuestas más especiales y minoritarias, pero también grandes producciones como Batman V Superman con sus voces íntegras.

Pero ese ‘nicho de cinéfilo’ parece estar cambiando en los últimos tiempos. Por un lado, el gran público no sale del doblaje: será por la costumbre de décadas, pero aunque la picaresca de internet haya desarrollado esforzados buscadores de subtítulos para insertarlos a la serie recién emitida en Estados Unidos, y mientras los anuncios de la tele incluyen frases en inglés o francés como si nada, a la mayor parte de la gente no le interesa escuchar las verdaderas voces de los actores extranjeros. Y esa especialidad de la V. O. pasa por momentos de desafección: está ocurriendo últimamente que en las sesiones estelares la V. O. no tiene tirón. En cambio, las proyecciones-evento funcionan estupendamente: hay llenazos para las sesiones únicas en que se programan óperas y ballets, y también se cuelga cada dos por tres el “no hay entradas” en la nueva modalidad de documentales sobre pintura que se está ofreciendo desde hace unos meses.

Puede que el cinéfilo estricto esté que no da abasto con tantas actividades culturales como hay últimamente, y algunas con el gancho de lo gratis. Habrá que ver en su día si el 2016 también ha mermado la asistencia a actividades culturales establecidas y con solera en la ciudad. Pero de momento el Trueba deja un poco a media asta la bandera de la versión original, en busca de nuevas combinaciones.

(Publicado en El Diario Vasco el 7 de abril)

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De Tindersticks a Sr. Chinarro, a cada cual mejor
Ricardo Aldarondo 18-04-2016 | 7:11 | 7

Los astros se conjugaron para soltar lluvia y fastidiar el plan de ver a Tindersticks en el anfiteatro de Miramon (dentro de la programación Music Box de la capitalidad cultural), pero también para darnos una alegría y resolvernos a algunos el terrible dilema que teníamos y permitirnos ver el otro concierto en principio programado a la misma hora en el Dabadaba, el de Sr. Chinarro. Finalmente Tindersticks en Tabakalera, y a continuación y justo al lado Sr. Chinarro en el Dabadaba, fue un plan redondo que hubiera valido por toda una jornada en el mejor festival indie del mundo: fueron dos conciertos extraordinarios, cada uno en lo suyo, imposible designar al mejor.

Era la cuarta visita de Tindersticks a San Sebastián, aunque quizás pocos se acuerden de la primera, en 1999, en el Victoria Eugenia como las dos siguientes, y con lucido programa doble: Arab Strap ocuparon entonces la primera parte con un Aidan Moffat ejerciendo su pose de lazy man como nunca. Volvieron en 2009, y en 2012 dejaron incluso un legado: su disco Live in San Sebastian, con ocho de las canciones de aquel concierto en el que tuvieron el mismo telonero de este sábado, sensible constructor de capas sonoras con samples superpuestos, guitarra y percusión, acompañado de un saxo. El resultado era bonito, aunque quizás poco apropiado para un público que de pie hacía tiempo, más que nada, hasta que salieran los Tindersticks.

Había cierta prevención: la sala desnuda de Tabakalera donde finalmente fue el concierto hacía temer una mala acústica y un ambiente poco acogedor; y el hecho de que el concierto fuera gratuito parecía una invitación a los charlatanes a comerse a gritos a Stuart Staples. Y sin embargo, desde la salida a escena, precisamente con un tema de lo más tranquilo como Second Chance Man, el prodigio tuvo lugar y la voz de Staples y los delicadísimos y austeros arreglos de la banda crearon su manto atmosférico que hace que todo quede en suspenso, y solo quepan las emociones reposadas que arrastran las canciones. Y el sonido fue cálido y cristalino.

Acudieron cada dos por tres al nuevo y notable álbum, The Waiting Room (la canción que le da título, sólo con órgano eclesiástico fue uno de los momentos de levitar) pero también al anterior The Something Rain (Medicine fue otro de los más emocionantes momentos), e intercalando alguna pieza primeriza, como  Sleepy Song y She’s Gone. El repertorio era casi calcado al de Barcelona y otros conciertos anteriores, y sin embargo no había nada de mecánico ni prefigurado en una interpretación absolutamente entregada y apasionada por parte de los cinco músicos. Y cuando acometieron una canción ajena, una de las más bellas y conmovedoras jamas compuestas, Johnny Guitar, alcanzaron las cotas de lo sublime. He aquí:

En la segunda parte fue creciendo la intensidad y We Are Dreamers! y Show Me Everything fueron demostraciones de fuerza ensoñadora sin abandonar la delicadeza. Se despidieron antes del bis con recogimiento, en A Night So Still, con esa precioso arpegio de guitarra en bucle de Neil Fraser que podría durar toda la noche. El bis con Sometimes it Hurts y My Oblivion coronaron un concierto impecable, en el mejor sonido de la palabra, y emocionante por doquier. Que vuelvan cuando quieran.

Con su gracejo serio habitual, el alma mater de Sr. Chinarro, Antonio Luque, nos recibió en el Dabadaba con complicidad: “¿Qué tal han estado los Tindersticks? ¿Han tocado muchas del primero?” para a continuación aclarar: “Nosotros no vamos a tocar ninguna del primero”. Del primero no, pero de la segunda parte de la prolífica carrera de Sr. Chinarro soltaron veintipico canciones, muy bien seleccionadas.

Y desde el primer momento quedó claro que íbamos a ver la mejor versión de Sr. Chinarro probablemente de toda su historia. Acompañado por tres jovenzuelos que eran una maquina fabulosa de contundencia y sutileza (el líder nos contó luego que solo llevan seis conciertos juntos, increíble), Antonio Luque se crecía y se enseñoreaba con esas gloriosas letras que siguen plenas de inspiración y gracia (sin chiste) y originalidad, y que se entendían perfectamente en el potentísimo pero claro sonido que consiguieron los del Dabadaba (nada que ver con el de estos vídeos que solo incluimos como souvenir). Antonio se mecía también en el entusiasmo que generaba cada canción en el público que llenaba la sala, y fue hora y cuarta larga sin descanso ni desperdicio, cada canción mejor que la anterior, dando cuenta de un repertorio que aparecía así mucho más variado de lo que el tópico sobre Sr. Chinarro hace creer.

De Efectos especiales a El lejano Oeste, Del montón, Droguerías y farmacias, Babieca, Todo acerca del cariño… un monton de canciones que sonaban más vibrantes que nunca con los elaborados dibujos de guitarra, y una sabia mezcla de contundencia y refinamiento en la base rítmica.

Una llamada a la acción fue el comienzo del abandono, sin ningún signo de agotamiento. El regreso nos brindó una arrebatadora versión de El progreso, y “como los del Dabadaba nos han invitado a chuletón”, nos regalaron aún una más que no estaba prevista: si María de las Nieves es una de las más emocionantes composiciones de Antonio Luque, la versión que hicieron fue de 10. Gran colofón para un concierto del que todo el mundo salía entusiasmado. Y para una noche memorable.

 

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