Diario Vasco
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Epílogo
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Javier Arzuaga | 28-02-2017 | 18:56| 0

“Nunca es tarde si la dicha es buena”. Así comenzó la primera entrada de este blog. Un experimento que comenzó casi dos años atrás cuando le sugerimos a mi suegro Javier, combinar dos de sus intereses – la escritura y la tecnología. El primero por habilidad – siempre había sido un gran escritor y comunicador – y el segundo por curiosidad – siempre tuvo una fascinación por la tecnología, aunque a veces fuese el interés de un explorador descubriendo una nueva especia de criatura que bien podía ser amistosa o quizás, desastrosa.
Pues trescientos diez y nueve artículos y más de mil quinientas visitas después, hoy me toca a mí, con el dolor del alma, hacer la última entrada. Esta madrugada, rodeado de su familia y seres queridos partió Javier. Cuando lo vi por última vez ayer en la tarde en el hospital, conversamos. De hecho fue él el que me pidió que lo despidiera por este medio. Lúcido como siempre, era evidente que estaba en paz, y preparado para lo que se avecinaba. Le aseguramos, sus yernos y su hijo Xabi que nos ocuparíamos de su esposa Stella y sus hijas Madalen y Maite, sus tres Amores – sus tres Torres como en una ocasión lo escuche llamarlas. También le aseguramos que nos ocuparíamos de sus seis nietos – las seis luces de sus ojos.

Pero lo prometido es deuda así que de parte de Javier, les extiendo su despedida y su agradecimiento por acompañarlo en esta aventura cibernética. Todos extrañaremos sus anécdotas, en mi caso las escritas como las verbales en persona. Pero sepan que se fue tranquilo, en paz y rodeado de sus seres queridos, incluyendo su familia en España quienes pudieron hablar con el ayer en la mañana. Siendo una persona espiritual, estoy seguro que él apreciaría sus oraciones y buenos recuerdos.

Gracias y Hasta Luego.

 

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ANTECEDENTES (no criminales) DE UN DICTADOR.
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Javier Arzuaga | 26-01-2017 | 18:55| 0

Desde la primera vez que apareció en escena me produjo cierto espanto mezclado con repugnancia. La traducción -no hablo inglés—a saltos de rana era mediocre. ¿Qué es esto? No hay coherencia en lo que dice. Pronto me di cuenta. No es el traductor, es él quien deja caer banastas de piezas inconexas. ¿No sabe hablar en público?, ¿no le enseñaron a hilar ideas? Pensé, de entrada, que no tenía nada que hacer en el cuadrilátero político, que sería desbancado rápidamente.
Pasaban los días y él seguía ahí, erre que erre. Figura extraña la suya, sus gestos, su mirada. Sus ojos, medio escondidos tras persianas, hablan tanto como sus labios, o más, ¿son una zorra que acecha en el matorral de sus cejas? Se contradice. ¿Miente? No es de fiar. Bajo su pelambre de paja seca esconde un cerebro medio desquiciado. Qué cuerpo de ideas, qué ideología y qué proyecto piensa ofrecer? Hasta el momento son frases, son burlas, son amenazas, son promesas, son ramas de un árbol sin tronco, fuegos artificiales en que los cohetes suben sin rumbo, con el objetivo único de deslumbrar y hacer ruido. No concebía que pudiera tener base popular, que se le pudiera seguir en serio. Sin embargo, otros caían o se apartaban del camino y él seguía.
No va a llegar a la meta. Es imposible. Sería un desastre. Algún día tendrá que desvelar su plan, si lo tiene, que hasta el momento no se ve ni se adivina, y explicar su poyección en la vida real del país. Pero no llegaba ese soñado día. No había trazados de camino. Una densa oscuridad. Un andar rodeado de niebla por todas partes. Me es inimaginable que cuente con respaldo. Tan voluminosa, esplendente y granítica es su mediocridad. Una mente de niño malcriado en un cuerpo gigantón de setenta años. Una pobreza espiritual que se le escurre por todos los poros, vestida de arrogancias de multimillonario. Una personalidad contrahecha. Un triste guapetón de barrio. Amenaza y miente mucho. Inconcebible, corre la recta final. Espero que tropiece y se dé un morrazo en la meta.
El día 8 de noviembre salió electo Presidente de la nación. Su hinchada aplaude a rabiar. Muchos de los opuestos piensan que ahora cambiará. Yo me inclino a pensar que no. A los setenta años no se dan cambios de personalidad como si se encendiera un fósforo, no hay trucos ni milagros que valgan, ni a corto ni a largo plazo, se es el que se es y punto. Se me encoge el estómago. El ánimo se me desinfla. Siento miedo. ¡Qué noche de zozobras y penalidades nos espera, Dios mío! El sigue impertérrito anunciando amaneceres grandiosos saliendo de un país en quiebra total hacia otro con rostro de nuevo, prometiendo solución a todos los problemas, desterrar fuera de las fronteras a cuanto indeseable halle dentro, aplastar con fuerza a todos los enemigos, donde quiera que se escondan. Me llevo las manos a la cabeza, pero si este hombre es un ignorante en política, en gobierno, en interrelaciones con otros pueblos y sus culturas. ¡Qué va a ser esto! …
Comienzo a entender que la crisis de valores que hoy vive la sociedad aquí y en todas partes, en el planeta entero, es mucho más grave de lo que yo creía. Que la tecnología globalizada va abriendo abismos entre la clase adinerada, acaparadora de la riqueza de la tierra, y la clase trabajadora y la habitualmente marginada, la pobre y la abandonada en su miseria sobre todo. Que no hay quien pueda contener la rebelión contra los sistemas políticos enraizados, contra la burocracia y contra la corrupción que nace en su entraña y va cubriendo sus muros como una enredadera asesina. Que el hombre araña de la pesadilla es producto de esta crisis.
El 20 de enero juró, puesta la mano izquierda sobre dos biblias -¡qué burla atroz!- , su cargo. Los primeros pasos como gobernante los dio entremezclados con quejas de niño caprichoso porque corrían por todo el mundo fotos y cifras que demostraban que los últimos cinco presidentes le superaban en grado de aceptación por parte del pueblo y que el último concretamente le sobredobló el número de asistentes a su investidura. Con rabietas y pataleos dijo que eso era mentira y que los periodistas son la clase más deleznable de la humanidad.
El domingo pasado El País publicó la entrevista que su director le hiciera al Papa Francisco dos días antes, a la hora en que Donald Trump era proclamado Presidente de los Estados Unidos de América. A la pregunta de las alarmas que Trump despertaba respondió que “no le gusta anticiparse a los hechos, veremos lo que hace” y pidió prudencia. Más adelante afirmó “En tiempos de crisis los pueblos buscan un salvador que les devuelva la identidad y les defienda con muros y alambres”, recordando la Alemania convulsa de la postgierra de la Primera Mundial que se dejó embaucar por Adolf Hitler. Hablando de buenos y malos en la Curia Vaticana, más buenos que malos, se inventó la maravillosa “revolución de los santos” que ha mantenido a lo largo de la historia de la Iglesia encendida la antorcha del Evangelio. Refiriéndose a su propio entorno en el que unos le comprenden y otros no, dejó caer que “alguno por ahí no está de acuerdo, y tiene derecho, porque si yo me sintiera mal porque alguien no está de acuerdo habría en mí un germen de dictador”…
El que tenga oídos para oír, que oiga. Y el que tenga entendederas para entender, que entienda.

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“DIOS NOS COJA CONFESADOS”
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Javier Arzuaga | 15-01-2017 | 10:39| 0

A siete días del paso de los Reyes Magos montados en sus camellos, las campanas de la Navidad han ido perdiendo timbre y eco. Suenan ya lejos, cada vez más lejos, perdidos en un paisaje de nieve. La Navidad se identifica con el invierno más que el invierno con la Navidad. Es porque hay dos inviernos. El primero está hecho de un frío agradable acompañado de músicas y de un fuego más rosado que rojo en la chimenea. Coincide siempre con la última semana de diciembre y la primera de enero, es decir, el tiempo de la Navidad. Luego viene el segundo invierno o la segunda parte del invierno. Este está de hecho de frío, silencio y oscuridad. Va de la segunda semana de enero hasta la tercera de marzo. Con los últimos días de la cuaresma y la Semana Santa, en el cielo va madurando la luz, ésta se hace más dorada y viene acompañada de un calorcillo pregonero del verano. No debemos olvidar que sin buen invierno no cabe esperar buen verano. La explanada entre las rocas labradas y las rocas al natural en Arantzazu debe encontrase vacía. La debe estar barriendo el viento que baja por la hospedería, cortante como una navaja fría. Pronto llegará la nieve que este año se ha retrasado. Me encuentro a ocho mil kilómetros. Me encantaría encontrarme allá despidiendo la Navidad en la octava de la Epifanía.

Otros años, al desmontar la Navidad, tanto en la casa como en el armazón románico del costillaje propio, solía sentirme acompañado y como vestido de una serena cadencia gregoriana seguida de una polifonía para voces blancas. El Oi Bethleen de Aita Donosti cantado por el coro Easo, por ejemplo. Este año más que música se escuchan presagios lastimeros aullados por una jauría de lobos desde el fondo del bosque. El nuevo año, 2017, echa a andar con paso inseguro. Los que padecemos de neuropatía sabemos qué significa paso inseguro y sensación de desequilibrio, sensación he dicho, no, realidad. Las señales que la red nerviosa envía de los pies al cerebro son débiles y confusas. La respuesta no puede ser clara, es oscura. Nos mentimos hace quince días cuando nos decíamos que ¡Feliz Año Nuevo!, ¡Happy new year! o ¡Urteberri on!. El Año Nuevo vino al mundo envuelto en una sucia capa de miedos. No por lo que vaya a suceder, que nadie sabe, sino por lo que pueda suceder, que sin saber se teme.

Políticos, sociólogos o economistas preguntados sobre las señales que trae escritas en su frente el 2017, no las ven claras. No quieren pasar como portavoces del No, negativos y pesimistas, pero tampoco se atreven a dejarse ver como abanderados del Sí, positivos y optimistas. Acaso leves impulsos de crecimiento económico en algún que otro país, dicen unos. Probablemente, un parón, vuelta a la crisis, anuncian otros. Mucho más conflictivo panorama político, con persistencia de humaredas bélicas, vaticinan todos. El hemisferio norte, definitivamente más alborotado que el sur. Los más alejados en la Oceanía nebulosa, los que mejor respiran.

Siria nunca volverá a ser lo que fue. Sigue oliendo a pólvora. Todos gritan sus razones. Todos están en lo cierto y todos cargan culpas. Y el pueblo que ni quita ni pone rey, tiene el corazón más herido que la piel. Los que vinieron de fuera a resolver problemas, los han multiplicado en lugar de resolverlos. Igual sucede en Irak y en Afganistán y en Yemén y en Somalía y en Sudán y toda la Africa subsahariana. Los pueblos huyen de sí mismos con los ojos cerrados, hinchados de llorar. No saben a dónde se dirigen. Huyen. Pero las puertas están cerradas para ti, pobre refugiado sin nombre, si lo que llevas contigo es sólo tu dolor y tu miseria.

El Estado Islámico ha declarado guerra a Occidente. La acusa de ladrona y mentirosa, de explotadora y cruel, de asesina. Y a lo que de aberrante tienen todas las guerras, han involucrado a Dios en ellas. Horror de horrores, matan en nombre de Dios. Europa tiembla ante la saña terrorista, tan rico que se vivía sin esa peste de los yihadistas, ¿pero qué les hemos hecho nosotros?, su memoria es corta. ¿Qué será de la democracia como sistema de gobierno y de vida? La amenaza le llega de fuera y germina al mismo tiempo en su entraña. Una derecha de signo proteccionista, neonazi, exige su turno, pretende gobernar. La justicia social brilla por su ausencia, gritan desde la otra acera los izquierdistas y tienen razón, aunque las cosas siguen y seguirán siendo como son. Pastizales en los que las vacas gordas engordan hasta reventar y las flacas crecen en número de día en día y son cada vez más flacas. ¿Le estará a punto de suceder a Europa este año lo que el año pasado se sucedió a Estados Unidos? ¿Quién estará al frente de Alemania y de Francia y de Holanda cuando en las iglesias se vuelvan a escuchar las notas ilusionadas de la “noche de paz”?

Aquende las aguas grandes, el Océano Atlántico quiero decir, las cerezas han caído antes de madurar. La cosechas todas se presienten inseguras. Un torbellino llamado Trump impone ley de imprevisibilidad a cuanto se mueva, en la dirección y con la fuerza que quieran soplar los vientos. Nepotismo y conflicto de intereses de puertas adentro en su casa. Leyes migratorias amenazadas, leyes de sanidad amenazadas, libertad de pensamiento y de expresión hablada o escrita prensa amenazadas en política interior. Volatilidad que nadie entiende en política exterior, en las relaciones con países cercanos, Cuba y Venezuela en concreto, y con América Latina en general. Igualmente con Europa, con Rusia, con China. Lo mismo en pactos comerciales que en militares entre naciones. Y una capa de proteccionismo absurdo, sobrepasado en el tiempo, de cuando las trece colonias exigían independencia y soberanía a la madre patria, la Gran Bretaña.

Cuando se escriba la vera historia de lo acaecido el 2016 y 2017 en los Estados Unidos de América, no será Barak Obama el que cargue a sus espaldas la mayor porción de las responsabilidades. Ni mucho menos. El pecado de Obama consiste mayormente en haber nacido con Africa presente en su piel. El Congreso, dominado por los republicanos, puso trabas a cuanto intentaba hacer el intruso, el que nunca, ni como invitado, debió dormir ni una siesta en la Casa Blanca, espacio reservado a los “blanquitos”, los pura sangre y raza llegados del Este. Trump va hacer historia, negativa posiblemente. Es lo nunca visto en política norteamericana, que los asesores y colaboradores tengan que controlar a su jefe en lugar de estar trabajando en la línea dictada por él.

Fruto más del deseo que de una expectativa racional, presagiaba alguien que Trump no llega al verano, que antes se habrá metido en arenas movedizas de las que no pueda salir y que será removido de la oficina oval. Quién lo viera salir humillado a quien a tantos humilló con su lengua descontrolada y aplastó bajo el bulldozer de su yo, descomunal e incomprensiblemente sensitivo. Dios nos coja confesados, como se decía ante un peligro grave cuando todavía se creía en Dios y en la otra vida.

Los senderos del 2017 pintan difíciles y peligrosos.


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BAILANDO EN EL TABLADO DEL TIEMPO.
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Javier Arzuaga | 31-12-2016 | 11:20| 0

“El secreto de la salud, mental y corporal, está en no lamentarse por el pasado ni preocuparse por el futuro ni adelantarse a los problemas, sino vivir sabia y seriamente el ahora”. (Buda) Es una de las tantas frases, atribuidas a sabios de distintas culturas, que en una u otra forma hacen referencia al tiempo y aseguran, sentencian más bien, que sólo el presente tiene consistencia. El pasado es irrecuperable y el futuro totalmente incierto, pues nadie sabe si amanecerá mañana. Sin embargo, bien vistas las cosas, lo verdaderamente inconsistente y liviano como el polvo es el presente. Es tiempo, pero su duración es cero. El marcador de segundos de un reloj lo visualiza a la perfección. Y la medianoche del 31 de diciembre lo aclama con estruendos de cohetes. Montados en el pináculo del año, no pertenecemos ni al que acaba de irse ni al está llegando.

Pasado+presente+futuro, enlazados, sumados, son igual a tiempo. Pero ¿qué es el tiempo? Que yo sepa, nadie lo ha sabido definir. Para mí, y para no hacerme nudos y líos en la cabeza, la forma gráfica más sencilla y más comprensible de representarme el tiempo es una de estas tres:

El tiempo es la pantalla, el escenario o la plataforma en que se van deslizando o sucediendo los acontecimientos. En esta representación el tiempo no se mueve. Lo que se mueve es la acción, es la vida. La vida propia y/o la vida colectiva. Como la pantalla en una sala de cine. Sobre ella, sobre la pantalla quieta, se desliza película de una vida, de una guerra, de una historia, de lo que sea.

O el tiempo es una cinta corrediza. Como la que en el aeropuerto, al final del viaje, va entregando las maletas de los viajeros. O el celuloide en el que se ha grabado algo, imagen grabada que podemos reproducir o volver a ver. El tiempo corre y con él cuanto caiga en sus redes.

O el tiempo es una saco enorme, cuasiinfinito, en el que va cayendo cuanto sucede y en el que irá cayendo cuanto vaya a suceder.

De lo dicho hasta aquí, lo único que está claro y se entiende a la primera es que, sea lo que sea el tiempo, como quiera que lo queramos representar para hacerlo más comprensible, está íntimamente relacionado con el acontecimiento que llamamos vida. Cierto es que una vez acaecido un hecho, éste carece automáticamente de entidad física y viene a ser irrecuperable. Una maleta perdida se recupera o puede recuperarse. Una amistad o un amor perdidos, pueden rehacerse, pero recuperarse, nunca. El tiempo y el lugar de un trozo de vida con calzones de pretérito pasado, pasado e irrecuperable es para siempre.

Sin embargo, algo que en un momento fue vida puede seguir vivo, pero con o en vida distinta, en vida que se llama memoria o historia. Contada, escrita, esculpida, pintada, filmada o grabada en alguna otra forma. En este sentido, el pasado está lleno de vida. Una vida no precisamente artificial, ya que nuestra vida, ésta que estamos viviendo, puede nutrirse de ella, como se nutre de vida el cuerpo cuando ingiera un alimento, una medicina o un antibiótico.

Reflexiones como ésta que estoy haciendo-escribiendo, ganan relieve o caen de pie en determinado días o momentos. Como éste. Son las 12.00 del mediodía del día 30 de diciembre de 2016. En 36 horas, estaremos entrando en un año nuevo, el 2017 y lo que ahora estoy haciendo será para siempre tiempo pasado. La verdad que el presente, como tiempo, es bien poca cosa. Por mucho que nos repitan que ni el pasado ni el futuro importan como el presente. El presente es como apagar de un soplo un fósforo encendido. Se apagó y el fueguito que era ya no es ni volverá a ser. Jamás. ¿Y el fósforo y el soplo y el fueguito y yo y todos y todo, caeremos también en un saco sin fondo, en el hueco negro de la nada?

Se me fue la mano, no quería decir eso, no quería preguntar eso ni meterme en esa camisa de once varas. Disculpen.

A las 12:00 de la medianoche el 31 de diciembre no pienso enterrar, no quiero enterrar, no puedo enterrar el año 2016. Sucedieron en él cosas muy bellas por las que quiero dar gracias a quien o quienes participaron en ellas. La ciencia, los científicos, han descubierto maravillas que nos estaban ocultas, gracias a las cuales le será posible al hombre protegerse en el futuro contra tal o cual enfermedad. Se ha logrado fabricar, por ejemplo, la vacuna del ébola o se han dado pasos firmes para hacerle frente en un futuro próximo al alzheimer. No sé en qué forma y medida será beneficioso para la humanidad el descubrimiento de las ondas gravitacionales, pero me dicen que sí, y lo creo y me alegro de ello y me felicito y doy gracias. Y otrosí digo con igual alegría de otros descubrimientos astronómicos y astrofísicos que no entiendo y sin entender, admiro.

En otro orden de cosas, creo, por ejemplo, que Colombia recordará el año que se va , se va, se va … como el año que no se fue, el año en que los colombianos encontraron los caminos de la paz, soltaron en el hueco negro del olvido el medio siglo de violencia, de destrucción y de muerte y aprendieron a vivir de nuevo como hermanos. Recordarán el 2016 como año de bendiciones.

Un hecho muy importante sucedido en el mes de marzo de este año que fenece es en mi mundo de valores la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris laetitica – La alegría del amor del Papa Francisco. Creo que por primera vez en la historia de la Iglesia Católica, un papa habla del amor entre hombre y mujer en términos naturales y humanos, exentos de prejuicios y de miedos. Se han abierto las puertas, se han dado pasos firmes conducentes al descubrimiento de una teología nueva y la búsqueda de un rostro nuevo de Dios. Queda a la vista un orden nuevo de valores, una moral nueva, la victoria sobre el tabú del sexo. ¡Ya era hora, Dios Santo! Visto desde otro ángulo, la Exhortación Apostólica ha destapado la olla del ultraconservadurismo que se escondía en la Curia Vaticana. Los enemigos del Papa Francisco han salido corriendo, como las cucarachas que corren espantadas por el insecticida. Cuatro cardenales amenazan o hacen amagos de amenazar al Papa, declararle hereje, destituirle. No tienen pista ni motora con que recorrerla. Al retirarse sin que nadie les empuje, facilitarán la reforma de la Curia Vaticana.

2017 hereda también del 2016 muchos problemas, algunos gravísimos. No necesito detenerme a descorrer velos. Los hechos están a flor de suelo, son más que conocidos por todo el mundo. La guerra de Siria, las facciones sirias y no sirias que intervienen en ella, las cuentas del medio millón de muertos y de los varios millones de desplazados de sus casas y de su tierra que arrastra, las ruinas que siguen humeando, es algo que no se resuelve ni zanja con un acuerdo de paz de 2×3=6, ya está, todo arreglado, a beber y a bailar todo el mundo. Y por los mismos lares, las cuevas del Estado Islámico y sus turbantes y sus barbas de terrorismo salvaje como nunca ha conocido la historia otro igual. E Irak y Afganistán y Yemen y Eritrea y Sudán y Nigeria y sigue-la-lista que les cortaron los pies y no pueden caminar. ¡Ayyy! Y los caminos y los campos de los refugiados en Jordania, en Líbano, en Turquía, en Grecia. Y las puertas de Europa, de la gran Europa, la cuna de la civilización occidental y de la “Liberté, legalité, fraternité” cerradas al dolor y la desesperación de los sin-patria …

También a este lado del Océano hay herencias difíciles de sobrellevar y reparar. Cerca nos queda Venezuela y su revolución bolivariana que le está conduciendo a ningún lado. Y aquí, en Estados Unidos, a partir del día 20 … Mientras no me demuestren lo contrario, seguiré pensando que Donald Trump es un chofer sin carnet de conducir que no va traerle a su País ningún bien y, al contrario, le va a producir muchas abolladuras y muchos desperfectos.

Lo peor de todos estos males es que no sanan por sí solos. Mucho menos sanan cubriéndolos con quejas.

¿ … ? Hace unos días, exactamente la noche del día 25, apenas pude dormir, acosado de pesadillas tontas. Me decía y me reprochaba y me repetía e insistía que los viejos, gastados, inútiles que, como yo, no rendíamos nada en provecho de nadie, estábamos de sobra, deberíamos desaparecer del mapa. No le pedí a Dios que me llevara, pero tampoco me faltó mucho. A la mañana, como de costumbre, abrí el correo electrónico a ver si alguien se había acordado de mí y efectivamente, Mirian, mi buena amiga brasilera, me saludaba desde Sao Paulo. Y me decía que la página del blog escrito el día anterior le había venido de perlas, providencial, como escrito pensando en ella, que me daba gracias por haberla escrito y que varias amigas del trabajo se la habían pedido para colgarla en sus facebooks y que siguiera escribiendo. Mira tú por dónde … Todos podemos aportar algo, una palada de arena … , o de palabras … , o de sonrisas … Podemos ser “instrumentos de la paz”, de una mejor convivencia humana …

Podría ser mi aportación al 2017 y a sus problemas heredados y a los nuevos que se le vayan acumulando.


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TRIPTICO NAVIDEÑO
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Javier Arzuaga | 24-12-2016 | 14:06| 0

I

María,
¿te has enterado?
Al mandamás de Roma le ha picado en la nariz una mosca,
quiere saber con cuántos súbditos esclavizados
cuenta su imperio romano,
tendremos, pues, que subir a Belén a empadronarnos.
¡Vaya con los caprichos tontos
de estos señores poderosos!
Esclavos nacimos tú y yo, José,
y esclavo nacerá
el hijo que llevo en mis entrañas,
¡todos los pobres nacemos esclavos!
Sólo Dios lo sabe, pero quizás sea de este nudo de esclavitudes y penas
que un día vaya a brotar la rosa de nuestra verdadera libertad.
Tranquilo, José,
subamos a Belén.

II

Llegados a Belén,
fueron de puerta en puerta,
¡un rinconcito por el amor de Dios!,
pero se les veía tan pobres y tan a punto de parir a ella…
Habían visto
un establo abandonado
cuando venían de camino.
Regresaron.
¡Ve, María,
la Señora Santa Pobreza nos ofrece su Palacio!,
y entraron.
La noche los arropó en su obscuridad y su frío.
José encendió un fueguito.
A la medianoche María dio a luz un niño.
Lo limpió y lo acercó a su pecho
a que mamara de su leche y dejara de sollozar.
Acercó su cara
a la carita de su hijo
y bajito bajito
cantaba una nana
al Ser más justo y más recto,
más sabio y más bueno
jamás nacido,
mientras todos los pobres de todos los tiempos de toda la tierra
eran invitados
a pasar y rendían pleitesía
a su Soberano.

III

María,
el ángel me ha dicho en sueños.
Toma a tu esposa y al Niño
y váyanse lejos
que aquí corren peligro.
Al rayar el alba del nuevo día,
con lo puesto y un hatillo,
dijeron adiós a Belén-Bagdad-Mosul-Alepo-El Salvador- Honduras-Mëxico
y se pusieron en camino.
Ya carecen de patria, son los desterrados.
Ya no tienen casa, son los refugiados.
Son los hijos del camino,
del campamento, del lodazal y el frío,
de las pateras,
de la verja metálica con púas de acero en la frontera,
del andar y andar sin brújula ni destino…
———
José, María y el Niño marchan de huida a Egipto…
Navidad,
estrella y esperanza en el camino.


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¿NAVIDAD DE AMOR Y DE PAZ O DE… ?
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Javier Arzuaga | 18-12-2016 | 10:41| 0

Hay cosas que por su propia naturaleza no pueden coexistir juntas, mezcladas, diluidas unas con otras. La medianoche y el mediodía, el fuego y el agua, la garrapata y el insecticida, la guerra y la paz. Podía haber dicho la guerra y la Navidad, dado que la Navidad es ante todo y sobre todo, esencialmente es memoria y tiempo de amor y de paz. Se le van contagiando virus y vicios como el consumismo y la orgía báquica a punto de que la Navidad comienza a dejar de ser fiesta cristiana. Somos, sin embargo, bastantes todavía los que cantaremos “Noche de Paz” y recordaremos el anuncio del ángel: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Para nosotros resulta extremadamente doloroso y triste celebrar y cantar la Navidad y a la misma hora ver cómo hay pueblos que se están matando o rechazando mutuamente o haciéndose la vida imposible unos a otros. Actualmente -cada vez más- los medios de comunicación con las tecnologías cada día más perfeccionadas, nos ponen a centímetros de los oídos, de los ojos, de la nariz, los gritos, la sangre, la tragedia y la muerte, sea en ciudades o cuasicadáveres de ciudades, más ruinas que otra cosa, de Alepo o de Mosul, las tragedias en las playas de Libia viendo a la gente, mujeres y niños en su mayoría, subir a las pateras de la muerte y adentrarse en las aguas del Mediterráneo, los campamentos de refugiados en la Europa del este, los lodazales helados que conducen a fronteras con verjas de púas de acero.

Hace cien años, finalizando la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano se venía abajo con la derrota de Alemania, y todos los pueblos del anterior Imperio Seléucida que ocupaban lo que conocemos como Asia Menor u Oriente Medio quedaban como las piezas de un rompecabezas que se ha roto y cuyas piezas se dispersan. Francia e Inglaterra se aprestaron a apadrinar o hacerse cargo de ellos. Trazaron rayas sobre un mapa, separaron pueblos y culturas, juntaron arbitrariamente culturas y pueblos y montaron un nuevo mapa, ese que vemos arder hoy. En gran parte Europa es responsable de lo que están sufriendo esas pobres gentes. Su ambición por hacerse dueños de los hidrocarburos que a un lado y otro de los ríos Tigris y Eufrates desde sus fuentes en Siria y en tierras de los kurdos hasta su desembocadura en el Golfo, las invasiones y guerras iniciadas sin justificación alguna, por mucho que en la Cumbre de las Azores Buch Jr con Tony Blair y Aznar trataran de convencer al mundo que era necesario invadir Irak y cortarle la cabeza a Sadam Husein, tenían que ser “contestados”. Y lo fueron. “Siembra vientos y recogerás tempestades”. Es el mismo incendio visto desde distintos ángulos, el último el de la guerra civil de Siria, cinco años de duración, cuatrocientos mil muertos, más de un millón de refugiados pidiendo asilo en Turquía, en Jordania, en Líbano, en Europa.

El Estado Islámico, por mucho que nos empeñemos en afirmar que es producto de desavenencias y confrontaciones dentro del Islam, que si sunitas y chiitas, es también resultado de los odios que Occidente fue sembrando allá. Europa tiembla hoy de miedo al terrorismo que vuelva a atacar en Francia, Inglaterra, Bélgica o Alemania. O también en España, que no sería la primera vez. Secuelas de este miedo al Islam son el rechazo a los refugiados, la “cultura del descarte”, el avances de ultraderechas con aires de nazismo, las dificultades mayores cada día para abrir las puertas de nuestras naciones y ciudades a los que huyen de la guerra y el hambre. Pero en el origen del odio morboso y sanguinario que destila cada uno de los yihadistas Europa estuvo presente, no lo olvidemos.

Por este lado del océano, el panorama no presenta en Venezuela, en Colombia o aquí mismo en Estados Unidos mucho mejores perspectivas. En Venezuela falta poco para que gobierno y oposición pasen de las palabras a las manos y conviertan el país en cárcel y campo de batalla, mientras el pueblo se muere de hambre y de asco. En Colombia nos encontramos con que un sector de la población y a su cabeza unos señores muy civilizados y muy cristianos se oponen a la paz acordada con las viejas guerrillas marxistas revolucionarias. ¿Tan difícil se nos hace creer que también ellos están cansados de tanta guerrilla inútil y prefieren la paz? Y aquí en Estados Unidos cunde el desasosiego. ¿Qué futuro nos espera con un hombre como Trump, cualquier cosa menos portador de paz, al frente de la relaciones internacionales?

A la vuelta de siete días nos encontraremos de lleno en la Noche Buena y la Navidad. Yo no me siento en disposición de celebrar algo que nosotros mismos vamos deshilachando, reduciendo a fiesta pagana, en la que los ecos de la Paz anunciada en Belén para todos los hombres de buena voluntad se van apagando. Hace unos minutos una persona muy allegada me decía que, impulsado en parte por lo que cree él que es el “espíritu de la Navidad”, piensa emprender en solitario un trabajo que espera redunde en atmósfera más limpia, en vida más limpia, para mucha gente. Yo a mi edad no puedo aportar nada así. Yo me comprometo a vivir esta próxima Navidad con el corazón y la mente en Alepo a ratos y a ratos subido a una patera que esté saliendo de una playa de Libia rumbo a Italia. O rumbo a la muerte.

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DIGAN LO QUE DIGAN…
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Javier Arzuaga | 11-12-2016 | 16:51| 0

Ahí atrás, a la vuelta de unos minutos, le escribía a un amigo ¿Cómo estará durmiendo el cadáver de Fidel, hecho polvo de tanto gritar a los peones de su ajedrez durante noventa años, crees que esté bien? Por cierto, ¿te gusta su tumba? A mí sí, muy original. En silencio, en la entraña de esa enorme piedra que parece sacada de un río y que debe guardar bajo su piel el cantar del agua camino del mar durante más de mil años, se debe dormir bien. ¿Crees que tendrá algún significado especial la forma oval, de enorme huevo, de la piedra-sepultura? Dentro de ella se irá petrificando poco a poco el silencio de Fidel. Descanse en paz.

Escribí el título y ahí mismo me desvié del camino. Perdonen. Quería decir que la voz de Donald Trump, igual que la de Nicolás Maduro son voces que suenan a patio de manicomio, voces de locos, digan lo que digan. A mí me producen urticaria, mareos y migraña. No entiendo cómo pueden haber sido esas dos piezas de homo sapiens con la sabiduría machacada y convertida en polvo de odios e intransigencias y vituperios, elegidos para dirigir y presidir los destinos de dos pueblos que sin duda merecen mejor suerte.

Se suponía que la semana pasada se dieran en Venezuela los anunciados diálogos entre el Gobierno y la MUD (Mesa de la Unidad Democrática que acoge a los partidos de la oposición). Diálogos solicitados por la UNASUR, apadrinados por el Vaticano, ayudados por Expresidentes de la República Dominicana, de Panamá y de España. Diálogos iniciados e interrumpidos una, dos y tres veces. El Gobierno acusa a la Oposición de abandonar la mesa de diálogo. La Oposición asegura que el Gobierno incumple los compromisos hechos, que no manifiesta tener voluntad de diálogo, que busca perder tiempo. El diálogo no avanza, está estancado.

Cuando uno escucha a Nicolás Maduro o a su # 2, Diosdado Cabello, “el hombre de la cachiporra”, referirse al problema del diálogo, a la Asamblea General -en manos de la oposición- o simplemente a la oposición, a la que despectivamente denominan “la derecha” o “los lacayos del Imperialismo”, y los ve expresarse como unos energúmenos, auténticos agitadores de masas, atizadores de odios, con su “¡jamás pasarán!” con los brazos alzados, uno se pregunta ¿Pero cabe en una cabeza sana que sea posible dialogar con esta gente? Me gustaría esconderme en la Nunciatura de Caracas y mirar las caras del Nuncio y del Enviado Especial del Vaticano al ver en la televisión a todo un Presidente de la República o a su Vicepresidente convertidos en gritones de una barricada.

Hace varios meses el Presidente de UNASUR pidió al Papa Francisco que interviniera en Venezuela. Era acudir a la instancia más alta, la más encumbrada autoridad en la tierra para un pueblo que se declara católico y cuyo Gobierno mantiene con el Vaticano relaciones diplomáticas. Escribí por esos días en mi blog personal que se le estaba poniendo al Papa una especie de zancadilla, que no creía que el Vaticano fuera a tropezar. Al enterarme de que un enviado papal estaba en camino, me llevé las manos a la cabeza. ¿Qué le hace pensar al Papa, me dije, que pueda conseguir más que sonrisas y falsas promesas de Nicolás Maduro? Maduro piensa que la revolución bolivariana que Fidel Castro le pergeñó a Chávez sentado a sus pies y que éste trató de montar en Venezuela es invencible, como afirmaba Fidel y sigue afirmando Raúl que es la cubana. “¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”. Con estas premisas en la cabeza, el diálogo no es posible. El Papa Francisco va a perder la partida, lo siento por él. Y no es que yo crea en la invencibilidad de ninguna revolución, no al menos de las que hasta ahora han parido los hombres.

No sería de extrañar que a estas alturas hubiera alguien dedicado ya al electo Presidente Donald Trump un soneto decasílabo, inspirado en don Francisco Quevedo, “Érase un hombre a un twiter pegado”. La pregunta que sí se ha hecho alguien es si pensará Trump gobernar el País a través de su twiter. Sería un desbarajuste de gobierno, sería un desgobierno, pero sin duda muy ajustado a su personalidad tan desbarajustada. Todo el mundo está a la expectativa. ¿Qué política producirá y ofrecerá Washington a partir del 20 de enero? ¿Cómo sonará la Casa Blanca? ¿Qué eco se dejará escuchar en el Capitolio? Esperemos un mes y lo veremos.

Por de pronto, hay síntomas que han hecho sonar ya las alarmas. El pasado lunes Peiping advirtió que los chinos no estaban dispuestos a participar en jueguitos de saludos y sonrisas twiteados entre Washington y Taipei. Una advertencia muy seria, o estás con ellos o estás con nosotros. Por parte de Trump, una soberana metedura de pata, un patinazo inconcebible dentro de un marco de relaciones diplomáticas a primer nivel, producto de ignorancias y de actitudes inaceptables. Como inaceptable es también que a una protesta de un sindicalista raso por no haberse cumplido con las promesas hechas, el presidente electo baje airado a responder, a través de su twiter otra vez, con expresiones de reyerta callejera. No, por Dios, ese hombre no da la talla para Presidente de los Estados Unidos.

Dice que está seleccionando un personal de primerísima calidad para los cuadros de mando del próximo gobierno. Y resulta que son todos fanáticos ultraderechistas cuyos vehículos sólo tienen palanca de retroceso. Poner en sus manos la diplomacia internacional y la seguridad interior es exponerse a riesgos muy graves que pueden aislar a los Estados Unidos achicando la posición de máximo poder económico y militar que hoy ocupa. Rusia se lo agradecería. También otros pueblos. ¿Y cómo espera Trump que reaccionen las naciones que luchan a favor de una Atmósfera Limpia al ver que Estados Unidos, uno de los países que contaminan más el ambiente, colocan a la cabeza de la entidad gubernamental encargada de promover un ambiente y una atmósfera limpios a un señor que hace gala de no creer en esos cuentos de que la contaminación atmosférica sea producto de la acción humana? Las empresas petroleras y la industria en general están encantados, claro. Trump es su hombre.

¿Y qué decir de sus torres y sus hoteles y sus campos de golf y de todas sus finanzas subidos todos al tren de la presidencia? Todos hablan de conflicto de intereses, todos presagian una colisión que necesariamente tiene que producirse. Pero nadie hace nada. ¿Cuándo, como, con qué resultados se producirá la colisión, el choque de trenes? Hay quienes presagian que por el camino que lleva Trump no completa el cuatrienio en la Casa Blanca. El día 8 de noviembre Trump ganó sí las elecciones, aunque no obtuvo la mayoría del voto popular. Hilary Clinton perdió, pero no fue quien más pelos dejó en la gatera. El gran perdedor en las elecciones del 8 de noviembre fue Estados Unidos, fue el País entero, su historia, su democracia, su modus vivendi, su futuro próximo y quién sabe hasta cuándo…

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Documental – A LA MEDIANOCHE ‘Momentos con Javier Arzuaga’

Libro – A LA MEDIANOCHE (Autor: Javier Arzuaga)

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FIDEL CASTRO, “EL CABALLO”
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Javier Arzuaga | 04-12-2016 | 10:42| 0

En las montañas de papel que se han escrito sobre Fidel Castro y su paso por la tierra, en el montículo que he podido leer de todo ese papel, mejor dicho, no me he topado con “El caballo”, apodo con que se le designaba en Cuba al “Comandante en jefe” en los años 59 y 60, no sé si también más tarde. Me viene a la mente el caballo de Atila que iba por ahí y no volvía a crecer hierba donde él hubiera pisado. Me viene también a la mente la gran charada (adivinanza, acertijo) cubana cuyo número 1 decía: “el caballo”. Fue en la Sierra Maestra donde de seguro alguno de los comandantes jugador de charadas, queriendo expresar ¡el Máximo!, ¡el Primero!, le dijo “Caballo” a Fidel y acertó. ¡Mala suerte le trajo a Cuba jugar al # 1 de su Charada!

¿Se merecía Fidel tanta tinta? Unos se han desorbitado en elogios y otros en denuestos. Cada uno siguiendo sus propios personales criterios e intereses. Habrán tenido todos sus razones para decir lo que han dicho. A unos y a otros les hubiera venido bien, creo yo, un poco de comedimiento o freno en la punta de sus dedos al posarlos en el teclado. Pero lo hecho hecho está, lo dicho dicho está y lo escrito escrito está. Hasta que el viento de la historia se lleve todo a los confines del olvido.

También yo quería y pensaba participar en “la danza del muerto”. ¿Pero queda algo por decir?, me pregunto, ¿para qué echar más leña al fuego?. Sin embargo, no resisto la tentación. Voy a narrar dos experiencias que me tocaron vivir en solitario. Son sólo mías y por eso es que nadie las ha podido escribir. Una de ellas la conocen ya los que hayan leído mi librito “A la medianoche”. La otra no recuerdo haberla volcado en un papel para su publicación.. Acaso sí, no lo recuerdo.

El día 1ª de enero de 1959, yo era párroco de Casa Blanca, el barrio habanero, pobre, marginado, al otro lado de la Bahía. Dentro de su jurisdicción quedaban el Morro y La Cabaña. Hoy son centros turísticos, pero por aquellos días eran campamento y prisión militar al mismo tiempo. No fue pues como turista que yo vine a conocerlos. Subía todos los domingos a decir misa en la capilla del campamento militar. La dictadura lo permitía de muy buen grado. En cambio, nunca me permitieron visitar la prisión. Me mentían que no había presos. Aunque sentía repugnancia y escalofríos al sólo imaginarme como capellán de una cárcel militar, lo hubiera tenido que hacer porque entraba dentro de mis deberes.

En parte por curiosidad y en parte por protocolo, el Día de Reyes, 6 de enero, subí a La Cabaña con intención de acercarme a la residencia del Comandante, a ver si tenía suerte y encontraba al Che Guevara. Me sorprendió no que me recibiera sino la simpatía y la efusión con que lo hizo. Charlamos sobre una hora larga. Me dijo que nones, ni se le ocurra pensar en ello, a la misa. A la cárcel, a ver y a hablar y a consolar a los presos sí, cuantas veces se me ofreciera y a la hora, día o noche, que quisiera. Y sonriéndole maliciosos los ojos, Prepárese que le vamos a dar trabajo, mucho trabajo. Entre otras muchas cosas me habló de tribunales y juicios revolucionarios. Y también de ejecuciones en el paredón.

Comencé a visitar todas las mañana, hacia las 10.00, la cárcel. En cuanto pisaba el cemento del patio, sentía en plena cara la bofetada del rechazo de la mayoría de los presos. Como si leyeran mis pensamientos y sentimientos más íntimos. Tenían razón, no era de los suyos. Un grupo reducido me aceptaba bien. Pero aún con ellos el diálogo decaía en cuanto acababan las noticias del día: qué se respiraba en la calle, cómo respondía el mundo a la huida de Batista y el advenimiento de la revolución. A sabiendas de que se avecinaban para ellos días muy oscuros, de que los tribunales revolucionarios se abrirían pronto, de que el primer juicio en el nuevo coliseo deportivo tenía ya fecha, 28 de enero, me apresuré a organizar una especie de misión a cargo de los Padres Paules y Monjas de la Caridad. Con conocimiento y autorización del Che, por supuesto. ¿Sirvió de algo? No sabría responder. De mucho no, desde luego.

El juicio de Jesús Sosa Blanco, Pedro Morejón y Luis Ricardo Grau en un Palacio de los Deportes medio vacío, quizás porque era televisado, resultó un fiasco, una auténtica chapuza. Lo que pretendía ser un juicio modélico vino a ser una vergüenza para quienes lo montaron. No volvió a darse de hecho ni un solo juicio más con entrada libre al público y con la televisión pública presente. El juicio había comenzado a la caída de la tarde y a la media noche fue suspendido por orden de la plana mayor revolucionaria, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, el “Che”, Raúl Castro , que lo seguían por televisión. Me lo dijeron al día siguiente en la oficias de la Auditoría Militar de La Cabaña. Me lo dijo el capitán Miguel Angel Duque Estrada, jefe de la oficina.

Aquella noche, como a las dos de la madrugada, se estrenó la que vendría a conocerse como “La Galera de la Muerte”. Un reducto oscuro con cuatro celdas cuya puertas de barrotes daban a un pasillo con un ventanuco al fondo, en el que pasaban sus últimos días los condenados a muerte. En un espacio en el que doce personas apenas podrían moverse, se apretujaban el doble en ocasiones. Entre sentencia de muerte y fusilamiento transcurrían normalmente unos cuatro o cinco días, a veces más, hasta que el tribunal de apelación, presidido siempre por el Che, ratificara la sentencia. Todas las noches “la Galera de la muerte” se convirtió en espacio de encuentro y charla de amigos. En ella nos comunicábamos animosamente, fumábamos, me hacían preguntas y yo respondía guardándome entre pecho y espalda lo que les pudiera molestar. Luego, a petición de Luis Ricardo Grau la primera noche y con la anuencia de todos el resto de las noches, rezábamos sin prisas un rosario explicado. Luego yo daba una vuelta por las salas de los tribunales y a la hora prevista regresaba a la galera para acompañar al paredón a los señalados para ser fusilados esa noche.

En otros puntos de la Isla ya en el mes de enero se habían producido muchos fusilamientos. En Santiago de Cuba, a la órdenes de su Comandante Raúl Castro, entre una media tarde y la medianoche fueron juzgadas, condenadas y fusiladas ¡82 personas! En La Cabaña el primero fue Pedro Morejón a mediados de febrero. Mientras viva, se mantendrán vivos en mi recuerdo los detalles de aquella noche. Y los de otras muchas. Noches que cayeron sobre mi alma como un otoño frío y ventoso que se llevó consigo, como las hojas de un árbol, las ilusiones y esperanzas que yo había depositado en la revolución.

Cuando llegó la Semana Santa sentía necesidad de descansar. ¿Y si pidiera al Che Guevara que cesaran los fusilamientos en memoria de la Pasión y Muerte de Cristo? Nnnnno, me dije, al Che no debe decirle nada la Semana Santa. Mejor voy a dirigirme a Fidel. El lunes, terminada la misa en la parroquia de Casa Blanca, llamé al teléfono de Duque Estrada. Capitán, ¿podría averiguarme dónde se encuentra esta mañana Fidel Castro? Quiero ir a saludarle. Al poco rato, me llamó él. Ha dormido en el Número tal de la Calle tal del Vedado. Si va temprano, me dicen, seguro que le encuentra ahí. Una hora más tarde estaba llamando a la puerta. Me la abrieron dos milicianos. Entiendo que el Comandante Fidel se encuentra aquí. Soy el párroco de Casa Blanca, me gustaría hablar con él. Pase, espere un momento. Y ciertamente, no fue mucho más que un momento lo que tuve que esperar.

Se encontraba ya trabajando en una habitación habilitada para oficina en el piso de arriba. La mesa abarrotada de cartapacios, de papeles, de folletos y libros. No me acuerdo de si se levantó o no de su asiento para darme la mano. Tome asiento. Y sin más comenzó a hablarme de la Reforma Agraria cuyo borrador preparaban esos días. El mismo Fidel de los discursos ante las cámaras de televisión, como si se estuviera dirigiendo a centenares de personas. Que si los propietarios antiguos, que si los nuevos, el monocultivo y el pluricultivo, el azúcar, el tabaco, el café, el arroz, los granos, las hortalizas, las ganaderías, las granjas de aves, el cuento de nunca acabar. Comenzaba a darme vueltas la cabeza. Por fin, se detuvo. Bueno, padre, ¿y qué es lo que le trae aquí? En el torrente de su verborrea se me habían olvidado las frases que llevaba preparadas. Pues verá, Comandante. Acaso le haya informado el Comandante Guevara. Soy el párroco del Barrio de Casa Blanca, al pie de La Cabaña, y asisto como tal a los condenados a muerte cuando son conducidos al paredón. He pensado que estos días de la Semana Santa nos basta con un muerto, el de la Cruz, y que deberían suspenderse los fusilamientos. ¡Qué fue eso, Dios mío!. Ni que le hubiera escupido a la cara, a sus barbas. Parecía que iba a comerme vivo. Me asusté, cierto que me asusté, y sin pensarlo dos veces, me levanté del asiento. Perdone, Comandante, perdone, ya me voy. Y me retiré sin más.

A la mañana siguiente me esperaba Duque Estrada a la puerta de su oficina. Fidel había llamado para dejar saber que esa semana, por ser Semana Santa, no abrieran las salas de juicios ni se fusilara a nadie. ¡Sinvergüenza, más que sinvergüenza! Se hacía pasar ahora como el católico educado en colegios religiosos, La Salle en Santiago de Cuba y Belén de los Jesuitas en Marianao, respetuoso con las tradiciones cristianas.

A finales del mes de mayo abandonó La Cabaña el Comandante Ernesto “Che” Guevara. Mientras él fue jefe del Campamento Militar fueron fusilados en su paredón, en el Foso de los laureles, 55 hombres. No son ciertas las cifras que se han solido dar y no vale que los números vayan acompañados de nombres. Yo viví aquello y sé lo que digo. Que en la Sierra Maestra, que en la Sierra del Escambray, que en Santa Clara … No sé, yo no estuve en esos lugares. Yo hablo de La Cabaña únicamente.

Hacia mediados de año podía observarse un como nerviosismo en la Iglesia, en su jerarquía, el clero y el laicado. No sé de quién o de qué sector surgió la idea de celebrar un Congreso Católico a finales del mes noviembre. Algunos tuvimos la impresión de que habría encuentros de diálogo, una Carta Pastoral de los Obispos, conferencias, algo que respondiera a la tensión, unos a favor otros en contra a todos los niveles, claramente observable. El Congreso Católico, como todas las medallas, las religiosas igual que las académicas y las deportivas, tuvo dos caras. En una de ellas, se vio a las cuatro Ramas de la Acción Católica, la vanguardia de laicos junto con la Juventud Obrera Católica (JOC), de la Iglesia, cambiar sus cuadros directivos. En la otra, la más llamativa y sorprendente, sin duda una conmoción nacional, una veintena larga de procesiones, antorchas en alto, iluminaron y cubrieron La Habana de cantos y plegarias, camino a una concentración multitudinaria en presencia de la imagen de la Virgen de la caridad del Cobre traída para esa noche de su Santuario en la Provincia de Oriente. Las procesiones confluyeron todas en la Plaza José Martí a la medianoche.

(Ya por esos días la Plaza comenzaba a cambiar de nombre para llamarse hasta el día de hoy Plaza de la Revolución. Ironías de la vida: la enorme columna o monolito o faro o como se le quiera llamar en la cabecera de la plaza y a cuyos pies celebró Fidel sus grandes concentraciones en los largos años de su “reinado” y el pasado miércoles la capital del País despidió sus cenizas, no es obra de la revolución sino de la dictadura de Fulgencio Batista). La noche del Congreso Católico y en dicha plaza me vi por segunda vez cara a cara con Fidel Castro.

Resulta que el estado mayor de la revolución, Fidel y sus más allegados comandantes, habían sido invitados por el Arzobispo de La Habana para que asistieran al acto. Desconozco si se había encomendado a alguien que los atendiera cuando llegaran y los acompañaran durante el acto. Estoy seguro de que no se les había reservado un espacio en la tribuna, a un lado por ejemplo del altar, y mucho menos que se le hubiera invitado a Fidel a hacer uso de la palabra. Hubiera sin duda tratado de robarle el show a la mismísima Virgen de la Caridad. Se dijo que el Comandante en Jefe no pensaba asistir, que se encontraba con su gente en el séptimo piso del Ministerio de Agricultura, aledaño a la plaza, y que sólo al ver las dimensiones que el acto iba adquiriendo, decidió bajar y hacer acto de presencia. El caso es que llegaron, que en medio de la algarabía de la multitud nadie advirtió su presencia, que nadie salió a atenderles y que instalaron a ras de piso a una lado de la tribuna.

Yo me encontraba en el espacio reservado al coro, en la tribuna justo arriba de Fidel y su comitiva de unos seis comandantes de segundo nivel, Juan Almeida y Victor Bordón Machado entre ellos. Sin decir nada a nadie, bajé de la tribuna y me dirigí a saludarles. Les tendí la mano. Había que gritar para hacerse entender. La muchedumbre, aleccionada desde los altavoces, vociferaba acompasadamente “¡Caridad, Caridad, Caridad!”, saludando a la Virgen que en ese momento era colocada en su plataforma. De pronto, Fidel rompe su silencio y grita: ¿Qué caridad y caridad? ¿Y la justicia para cuándo? No se dirigía a nadie, simplemente gritaba al aire. Tonto de mí, me planté delante de él y, mirándole fijamente, le respondí: Comandante, nacieron para caminar juntas. Ni caridad sin justicia ni justicia sin caridad. Como un rayo, Juan Almeida se interpuso entre los dos. Padre, retírese, por favor, déjenos tranquilos. Está bien, le respondí, y me retiré.

Si a alguien le interesa qué he pensado siempre y qué sigo pensando acerca de Fidel, puede adquirir el libro “A la medianoche”. Cuento en él lo que me tocó vivir y sufrir en Cuba en el 1959 revolucionario. Como si un caballo me hubiera pisoteado bajo sus cascos. El mismo caballo que se paseó arriba y abajo sobre Cuba y no dejaba que la hierba volviera a crecer donde pisaba. Igual que el caballo de Atila.

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HAITÍ Y SU HISTORIA ESCRITA CON SANGRE
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Javier Arzuaga | 27-11-2016 | 19:27| 0

El pasado domingo, 29 de noviembre, Haití celebró ¡por fin! las elecciones dos veces aplazadas, la última el pasado mes de octubre a causa del huracán Mathew que dejó a su paso 900 muertos. Hasta cumplida una semana no se conocerán los resultados. Los medios de comunicación apenas se hacen eco de lo que acontece en Haití. ¡Pobre Haití! ¡Pobres haitianos! “Si nosotras nos vamos, ¿quién va a cuidar de esta gente?”, decía una monja, muy navarrica ella.

El día 1 de enero de 1804 el General Jean Jacques Dessalines proclamó la independencia de Haití. Ese mismo día escribió: “El Acta de Constitución debió haberse escrito sobre el pergamino de la piel de un blanco, con su calavera como tintero y una bayoneta de pluma entintada en la sangre de los hacendados que se lucraron con la sangre de sus esclavos, nuestros hermanos”. Al año se declaró emperador y meses después murió violentamente.

Haití (“tierra montañosa” en el idioma arahuaca), la parte occidental de la isla La Española, nació a la historia moderna en 1492, descubierta por Cristóbal Colón en su primer viaje y tinta en sangre de españoles y de indios nativos antes de la Navidad de 1493. Aquella primera sangre fue, al derramarse, como un presagio de lo que había de ser en buena medida la conquista y la colonización del Nuevo Mundo recién descubierto. Al acercarse a la costa, la Nao Santa María encalló en unos arrecifes coralinos y quedó listo para su desguace. Las carabelas La Pinta y La Niña no eran suficientes para albergar toda la tripulación de la Santa María en su regreso al puerto del que partió. Se aprovechó, pues, el maderamen de la vieja nao para construir una casona con una valla de protección a modo de muro y se le dio el pomposo nombre de “Fuerte Navidad” porque se inauguraba el día de Navidad. Se quedaron en tierra un puñado de marineros vascos y otro de andaluces, compañeros todos de Juan de la Cosa, dueño de la Marigalante, en sus singladuras por las costas africanas desde el Estrecho (Gibraltar) hasta el Cabo (Sudáfrica), y rebautizada “Santa María” para participar en calidad de nave capitana en la gran aventura del descubrimiento.

Partieron la carabelas y quedaron en la bruma de unas “Indias” desconocidas, huérfanos e indigentes, sin otro quehacer que jugar a los naipes y aburrirse, defender su Fuerte y esperar el regreso de Colón. Fueron buenas, cuentan las crónicas, las relaciones con el cacique indio y su gente de la etnia taina hasta que los “piel blancas” comenzaron a mirar con ojos de envidia las tetas al aire de las mujeres y a desearlas. Sintieron también sed del oro que se podía encontrar, les dijeron los propios indios, tierra adentro. Las buenas relaciones se volvieron malas. Siguen contando las crónicas que hubo pleitos entre ellos, que unos se marcharon y otros se quedaron, y cuando al año regresó Colón no encontró ni rastro del Fuerte Navidad ni de sus moradores. Todo había desaparecido, todo se había ido en reyertas y sangre. A los meses, nacieron los primeros mestizos, hijos de vascos de Lequeitio y Deva y de andaluces. Así se escribió en el cielo azul de las Antillas el primer capítulo de la presencia europea a este lado del Atlántico.

Colón mandó erigir la primera ciudad -serían cuatro chozas, una capilla y una casa alcaldía- le dio el nombre La Isabela y dejó a su hermano Bartolomé al mando, junto con dos hermanos legos franciscanos -ninguno de ellos nacido en la Península, flamencos ambos- y hombres para que trabajaran la tierra y explotaran las minas de oro que fueran encontrando. Un clérigo, exmonje benedictino que acompañaba a Colón, dijo la misa, dio la bendición a los que quedaban y el resto siguió a descubrir nuevas tierras. A Bartolomé le pareció que el sur de la isla se prestaba mejor para ser capitanía de la nueva tierra conquistada y fundó la ciudad de Santo Domingo de Guzmán. Llegó más gente de España. Se abrieron haciendas, se crió ganado, comenzó a cultivarse la caña de azúcar que se trajo de Egipto. Francisco de Bobadilla fue nombrado primer Gobernador de La Española.

¿A cuántos ascendería la población nativa de Quisqueya, nombre original de la isla? Con la muy mala intención de amplificar el genocidio, alguien habla de millones que en pocos años quedaron reducidos a 60.000, como si los recién llegados españoles se hubieran dedicado exclusivamente durante unos cuantos años a matar indios para quedarse sin estorbos con sus tierras. Se calcula que la isla la habitaban unos 400.000 indios taínos, caribes y siboneyes en 1493. Mal debieron ser tratados y muy mal debieron caer a sus cuerpos las enfermedades traídas de Europa, cuando en quince años la población se ve reducida a 50.000 y en veinticinco más a sólo 6.000. Se habla de brutalidad por parte de los hacendados y se dice -esto es historia- que el segundo gobernador, Nicolás de Ovando, fue “el más brutal” de todos.

A todo esto, en 1501 los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, autorizan la importación de esclavos y en 1510 llega la primera expedición a escala mayor con 250 esclavos africanos. A partir de ahí, la trata de esclavos se hace pan nuestro de cada día. En 1516 se establece el primer ingenio azucarero del Nuevo Mundo. Ya en 1522 se produce la primera revuelta de esclavos en un molino de azúcar propiedad de Diego Colón, hijo del Almirante. Los esclavos huyen a las montañas, se hacen fuertes, se multiplican, vienen a ser conocidos como ”los cimarrones”. La suerte de La Española comienza, sin embargo, a decaer cuando se descubren tierras propiamente continentales, México y Perú y sus riquezas inmensas, y Cuba resulta ser mejor puente-enlace para saltar a ellas, sobre todo a México. Muchos colonos de Quisqueya fueron mudándose a tierra firme que ofrecía mejores expectativas.

España era la conquistadora y colonizadora a gran escala. Inglaterra, Francia y Holanda querían participar del banquete. Desde muy temprano, aparecieron piratas y corsarios, bucaneros y filibusteros en aguas del Caribe, tratando de afincarse y fortalecerse en enclaves estratégicos y desde ellos asaltar plazas o embarcaciones en ruta de La Habana hacia España. Les vino muy bien la decadencia de Quisqueya porque la parte occidental de la isla quedó prácticamente abandonada y la ocuparon ellos. La isla Tortuga al norte de la isla grande, no lejos de La Isabela fundada por Colón y abandonada por su hermano, se convirtió en bastión de los corsarios ingleses. Francis Draque, famoso corsario exaltado en leyendas y películas, actuó algún tiempo desde ella. Luego la ocuparon los franceses que fueron asentándose en territorio haitiano y la transformaron en colonia propia. Hostigaron haciendas y ciudades de españoles al este de la Isla. Las doblegaron y llegaron a adueñarse de Quisqueya entera hasta que el tratado de paz suscrito en Basilea (Suiza) la partió en dos y trazó las fronteras.

Haití se pobló de negros. Los centrales haitianos, propiedad de hacendados franceses, producían azúcar como para cubrir los mercados de Europa. Los esclavos se alzaban para huir y convertirse en cimarrones. En 1791 con la rebelión masiva de los esclavos en todas las haciendas e ingenios, se inclinó la balanza de la suerte hacia el lado negro en forma definitiva. La sangre de los dueños franceses y sus familias fue ahora la que tiñó el suelo haitiano. La independencia quedaba a la vuelta de la esquina. La declaró Jean Jacques Dessalines el 1 de enero de 1804 y Haití pasó a la historia como la segunda república independiente de América, a continuación de los Estados Unidos.

Dessalines nació esclavo y carecía de educación, pero su carácter estaba hecho para mandar. Participó en las guerritas que ingleses y franceses se traían a ver quién se quedaba con la industria azucarera de Haití. El General Leclerc, cuñado de Napoleón, le confió el gobierno de la provincia norteña. Observó que el General se sentía débil, se le enfrentó y se le impuso. “La corriente se llevó al camarón dormido” y él se declaró emperador. Tenía 46 años. De poder cambiarse la cara, se le vería hermano gemelo de Napoleón en los retratos que se hizo pintar.

Entre la muerte de Dessalines y la invasión norteamericana en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, se sucedieron 28 Presidentes en Haití. Impuestos a dedo o elegidos a marronazos, todos ellos dictadores. Ejemplo claro Francois Duvalier, Papa Doc. , rodeado de sus Tontons Macoutes, pactando mutua protección con su vecino Leónidas Trujillo de República Dominicana, otra joyita, y aficionado a fiestas escandalosas en su Palacio Nacional que nadie podía explicar en un país pobre, pobrísimo, como Haití. Los que realmente han gobernado, o al menos se han hecho sentir más en el pueblo, sin necesidad de Constituciones ni Palacios, han sido los sacerdotes de la animista religión Vudú, importada por los esclavos del África occidental y mezclada en la coctelera sincretista con elementos cristianos.

El primer Presidente elegido democráticamente en 1991 fue Jean Bertarnd Aristide. Sacerdote, defensor de la Teología de la Liberación, comprometido con la implantación de una verdadera justicia social, fue expulsado de la Familia Salesiana cuando accedió a postularse como candidato. Tres veces ha ocupado la presidencia, siempre con oposición de los militares, siempre mezclado en turbulencias. Después de él, las elecciones presidenciales han sido democráticas. También las últimas del pasado domingo. Veremos cuáles son sus resultados. La pregunta sin respuesta es en qué se van las ayudas que le llegan del exterior y que no son ciertamente moco de pavo. ¿Cómo es que no se traducen en infraestructura de obras, escuelas, hospitales, industrias … ¿dónde se pierden? El terremoto de 1010 fue devastador, el peor de la historia del País. Pero han pasado seis años y hoy es el día en que no se ve, por ejemplo, que se haya hecho nada por reconstruir la Hermosa Catedral de la Asunción que quedó tatamente reducida a ruinas.

Pareciera desprenderse de lo que voy diciendo que en Haití no existe atisbo alguno de cultura. No es cierto. Es uno de los más destacados exponentes de la pintura primitivista. Posee varias Universidades, la Estatal, la de Notre Dame, La Roi, Herni I. donada por la hermana República Dominicana. Se espera que los profesionales que salgan de ellas vayan cambiando la vida del pueblo haitiano que hoy ocupa el lugar 163 entre 188 en el Índice de Desarrollo Humano en la ONU.

Dios guarde a Haití y no haya necesidad de más sangre para seguir narrando su historia.

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A PUERTO RICO (CANTO ELEGÍACO)
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Javier Arzuaga | 21-11-2016 | 10:49| 0

A Puerto Rico se le conoce como “La Isla el Encanto”. Se cuenta que a medida que las iban descubriendo, Colón y su gente se derretían de admiración a la vista de las doradas playas y las verdes islas y decían de todas que eran como “perlas de los mares”. Con el tiempo, Cuba se adueñó de la admiración y se hizo llamar “La Perla de las Antillas”, por antonomasia. Pero seamos justos. Las Bahamas y La Española y Cuba y Puerto Rico y el collar de islitas hacia el sur, todas eran perlas. Pero las perlas se fueron licuando y se volvieron lágrimas. (Las verdaderas perlas de nácar, las que se forman en el interior de la concha de algunos moluscos, fueron descubiertas pocos años más tarde y a espuertas en aguas de Darién, Panamá).

“Sueños” y lágrimas corren cogidos de la mano en las calles del “Viejo San Juan”. Ni los muros del Morro tostados por el salitre y el sol ni los adoquines azulados de la Calle San Sebastián ni las arenas doradas de Luquillo ni el manto verde del Yunque ni la simas del Río Coamo ni el Cerro Maravilla atalaya y vigía del Mar de las Antillas merecieron nunca que les hicieran llorar. Pero -y lo digo con pena- hoy toca llorar. ¿Por qué lloras, Puerto Rico?

La historia no es muy larga. Apenas sobrepasa los quinientos años, de los que cuatrocientos vivió bajo la égida (del griego aigidos, escudo confeccionado con piel de cabra, protección) de España y las restantes bajo la de Estados Unidos. Ninguna de las dos égidas han sido, de hecho, una verdadera protección, como fue en la mitología griega la que diera seguridad a Júpiter y a Minerva. Nunca Puerto Rico fue objeto de una atención esmerada por parte de España. Su posición geográfica como primer puerto en travesía de Europa a América, el último por consiguiente de América a Europa, era razón suficiente para que lo fortificaran. En 1589 comenzó a construirse el Castillo de San Felipe del Morro. Hasta dos siglos más tarde, los únicos relatos interesantes que se originan en Puerto Rico son los ataques de piratas y corsarios y las correspondientes defensas de la ciudad y el puerto de San Juan. En uno de ellos, en el que los holandeses estuvieron a punto de adueñarse de la ciudad en 1625, un acto heroico del donostiarra Juan de Amezquita, capitán de las milicias hispanas, acompañado de 50 hombres, la salvó. (En el monumento – homenaje que conmemora el hecho, erigido en la campa del Morro, se lee “capitán puertorriqueño”. Un descuido comprensible).

En 1810, cuando en las colonias españolas de tierra firme se producían ya las primeras ebulliciones pro independencia, en Puerto Rico fue elegido Ramón Power para que lo representara en las Cortes de Cádiz. Despidiéndose de su patria en una misa en la catedral de San Juan, su amigo el obispo Juan Alejo Arizmendi, hijo de padre hondarrabitarra, le entregó su anillo episcopal en señal de la estrecha amistad que los unía y le pidió que nunca olvidara a sus hermanos puertorriqueños, que defendiera sus derechos. Fue cuando se oyó por primera vez llamar puertorriqueños a los nacidos en la isla caribeña. Entre sus recomendaciones, una se refería a la creación de una Universidad y las otras a que se atendieran los caminos y el transporte públicos, y que se dotara a la isla con agricultura, comercio e industria adecuadas. Quedaba todavía colonia para rato en Puerto Rico.

A mitad de siglo, según el censo realizado en 1860, Puerto Rico contaba con 583.308 habitantes. El 52% eran “europeos”, es decir blancos y el resto, 48%, “hijos de esclavos traídos de África, mulatos o mestizos”. ¿No suena a lenguaje peyorativo?. El 83% del total eran analfabetos. España había ido perdiendo en cruentas guerras, al grito de Libertad y Soberanía, todas las colonias en tierra firme de México a Chile y Argentina más la República Dominicana en aguas del Caribe. A mediados del siglo XIX solo le quedaban Cuba y Puerto Rico de las que no quería desprenderse en forma alguna. Estados Unidos ofrecía comprarlas no solo por su riqueza centrada en el azúcar y el café, sino por la fiebre expansionista-imperialista contenida en la Doctrina Monroe que, condensada, significa “América para los Americanos”. (¿Por qué, madre, los norteamericanos se hacen llamar “americanos”, como si lo fueran ellos solos?). Tanto Cuba como Puerto Rico “gritaban” – “Grito de Yara” en Cuba, “Grito de Lares” en Puerto Rico-, se alzaban y luchaban por su independencia. Cosechaban cárcel, tortura y sangre.

En el mes de enero de 1898 y sin previa comunicación, el acorazado Maine fondeó en la bahía de La Habana. Días más tarde, explotó y se hundió llevándose consigo tres cuartas partes de la tripulación, sobre 250 hombres. Nunca se supo quién provocó la catástrofe o si ésta se produjo sin intervención o por descuido humano. Estados Unidos atribuyó a las autoridades de la colonia el hundimiento y exigió la retirada inmediata de España de las dos islas. Naturalmente, España respondió que ¡Narices! y se pasó a matar más gente en la guerra que vino a conocerse como “la Guerra Hispanoamericana”, que, menos mal, fue de corta duración. El día 10 de diciembre del mismo año se firmó el Tratado de París por el que Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam pasaban a ser posesiones de Estados Unidos. Filipinas reaccionó declarando guerra al gigante. Cuba se sacudió a los cuatro años el yugo norteamericano. Puerto Rico se doblegó.

La posición estratégica que ocupaba Puerto Rico en el Mar de las Antillas, la posibilidad de vigilar el acceso al canal de Panamá, era mucha tentación, tanto militar como comercial, para la potencia emergente de los Estados Unidos. De manera que tan pronto decidió dónde, estableció en el extremo oriental de la isla la base naval de Ceiba, privilegiado suelo para una base. Más adelante, cuando se desarrolló la aviación y ésta se hizo imprescindible para guerrear con éxito, construyó en el extremo occidental la base aérea “Borinquen” en Aguadilla. La ocupación de la isla fue esencialmente militar. Nunca Estados Unidos ha perdido la cabeza en resolverle a Puerto Rico asuntos políticos, económicos o sociales. Su “ocupación” militar tenia que ser compensada de alguna manera, eso sí lo entendió. Y para eso estaban sus dólares. Impuso, como la cosa más natural del mundo, su bandera, su moneda y su lengua. ”Aquí mando yo”.

No podía faltar una Ley para guardar las apariencia democráticas y a falta de una hubo dos. De hecho, Puerto Rico se gobernó del 1900 al 1917 por la Ley Foraker y posteriormente por la Ley Jones. Los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, estuvieron atendidos desde el primer día. El Gobernador sería nombrado por el Presidente y aprobado por el Senado cada cuatro años. Estaría asesorado por equis número de nativos y de estadounidenses. Igualmente el Legislativo y el Judicial funcionarían bajo reglas y normas dictadas por Washington. Se establecieron aranceles comerciales y se le dotó a Puerto Rico una Marina Mercante. Todo muy bonito en el papel. En la realidad, todo una chapuza. Ejemplo: el lenguaje. Al principio trató de imponerse el inglés en las escuelas y fuera de ellas. En vista de que así no funcionaba la cosa, se oficializó el bilingüismo y a la postre, hoy 2016, en Puerto Rico la inmensa mayoría del pueblo sólo habla el idioma español. Y como se dice la lengua, mil asuntos más, todo lo que viene a constituir la idiosincrasia, el alma, del pueblo.

En el año 1917 se concedió a todos los nativos en Puerto Rico, existentes y por venir, la ciudadanía norteamericana. Una ciudadanía a medio pelo, porque sí le permite residir en territorio continental en igualdad de derechos y viajar por todo el mundo con pasaporte norteamericano, pero no le permite votar para elegir Presidente a menos que resida en alguno de los 50 Estados del los Estados Unidos. El primer gobernador de Puerto Rico nacido en la Isla pero educado en universidad del Norte, fue Jesús T. Piñero y fue nombrado en 1946 por el Presidente Harry S. Truman, no por su pueblo. Dos años después, Washington concedió a los hijos de Borinquen el privilegio de elegir su propio gobernador y eligieron a Don Luis Muñoz Marín, hijo de Don Luis Muñoz Rivera, prolifero poeta, escritor y político. Estrenaban el Estado Libre Asociado y los hijos de Borinquen respiraron hondo y felices, creyendo que les sería dado gobernarse de ese día en adelante. El ELA sonaba muy bonito, pero era una pura entelequia. Recuerdo cómo, cuando de paso para La Habana en 1952, recién ordenado sacerdote, puse por primera vez mis pies en suelo puertorriqueño, una señora, nieta de emigrante navarro, nos mostró San Juan y nos paseó por la carretera hacia Caguas y nos decía, orgullosa, que Puerto Rico era como un escaparate abierto a los pueblos sudamericanos para que vieran y aprendieran cómo era que vivían los pueblos amigos de los Estados Unidos.

Luego me ha tocado vivir en Puerto Rico cuarenta años. Aprendí a amar su tierra y su gente. (“Y como amar es sufrir, también aprendí a llorar” ,Gabriel y Galán). Pero no me he sentido orgulloso de nada. Yo no sé qué nombre tiene la enfermedad que padece la “Isla del Encanto”. Pero he podido observar algunos de sus síntomas. El primero y más grave se llama “Dependencia”. Política, económica, cultural y psicológicamente, depende, cárcel de libertad, se siente atada. No ama porque no se siente amada. No quiere, sin embargo, desamarrarse de los Estados Unidos. La soga que la amarra tiene también su nombre, se llama “dólar” . Washington estableció una cuota mensual para que pudieran sobrevivir los que no tuvieran trabajo o empleo. Se le conoce como “Mantengo”. Y ciertamente ha creado una rara especie de “mantenidos” que viven sin trabajar. La tierra es fértil y rica, podría producir mucho más de lo que produce, pero hay que trabajarla. Se montaron industrias, con capital privado norteamericano por supuesto, muy buenas, farmacéuticas y alimentarias principalmente, pero desconozco por qué, bastantes de ellas se han ido cerrando. Y la isla languidece.

La política o la politiquería ejercida desde mediados del siglo pasado por sus dos partidos mayoritarios, el Partido Nuevo Progresista (PNP) y el Partido Popular democrático (PPD), es otro de los síntomas. Los novoprogresistas sueñan con dejar de ser la colonia que siguen siendo para pasar a ser la estrella quincuagésima primera, la 51, de la bandera norteamericana, Estado pleno de los Estados Unidos. Los populares no saben lo que quieren. Y los que quisieran que Puerto Rico fuera una República Independiente, los independentistas, son -somos- apenas in 5%, muy soñadores también ellos. Unos sueñan despiertos y otros sueñan dormidos, todos sueñan.

El síntoma de la deuda pública y la incapacidad de remontarla a menos que el Senado de Washington baje a servir de albañil y tape con sus dólares los agujeros -cosa que ¡quiá!-, es el cuento de nunca acabar o el “cuento del pollo pelao”. Ni p´alante ni p´atrás. A Estados Unidos le gustaría desprenderse de Puerto Rico y no sabe cómo hacerlo con justicia y dignidad. En la isla, los profesionales y la juventud preparada y cuantos pueden, abandonan a marchas forzadas su país y se mueven hacia el Norte. Puerto Rico es un barco a la deriva. Ciertamente, tiene por qué llorar…

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Sobre el autor Javier Arzuaga
Exsacerdote, excapellán de condenados a muerte, exmisionero por tierras de América. Vivo retirado con mi familia en Atlanta, EE. UU. El retiro viene a ser para mí algo así como un observatorio y un taller de montaje de palabras.