Diario Vasco

img
El viaje de los invisibles
img
Ane Arruabarrena | 02-02-2015 | 05:46| 0

Me gustan los momentos de tránsito en las películas. Esas secuencias en las que el/la protagonista viaja en autobús o en tren, la mirada perdida y su rostro reflejado en la ventanilla, con música de fondo. Son para mí las canciones de transporte público, melodías a medio tiempo que te hacen debatirte entre la sonrisa y el llanto callado. Y ahora soy yo la protagonista de uno de esos momentos cinematográficos, cada día, en mi largo y tedioso trayecto del trabajo a casa.

Paso por diferentes fases a lo largo de las dos horas de viaje. Primero viene la ansiedad al salir de la oficina, las ilusión de haber terminado la jornada laboral unida al miedo por perder el autobús que pasa solo cada hora. Camino rápido, tengo que llegar en menos de 25 minutos. De camino, cruzo un puente que me aterra, la bicicleta pintada de blanco en recuerdo a un niño que murió atropellado por un camión hace pocos meses cuando pedaleaba hacia el colegio, partes del camino en las que no hay aceras y los coches me pasan tan cerca que me mueven el pelo a su paso. El peor momento son esos minutos en los que tengo que esperar a que el semáforo se ponga en blanco (sí, aquí los semáforos de peatones tienen la luz blanca) y veo justo al otro lado el autobús poniéndose en marcha. ¿Llegaré? ¿Habrá merecido la pena el esfuerzo? ¿Tendré que quedarme aquí esperando una hora más? ¿En este lugar en el que no hay nada más que esta parada y cientos de coches transportando a cientos de individuos en la batalla por llegar a sus casas?

Un cigarrilo. O dos. Y por fin veo de lejos el número iluminado de mi autobús. El trayecto será corto, pues este es solo el enlace al ‘verdadero’ autobús, al que me llevará a mi ciudad. Y a veces voy tan absorta en mi sueño cinematográfico que me paso de parada y termino en una estación de tren en la que tengo que esperar otros 45 minutos para poder subirme a uno que me lleve a casa. Pero esta vez estoy atenta y me bajo en la parada correcta. Cruzo un paso de peatones de ocho carriles con los ojos bien abiertos y vuelvo a esperar, en una parada distinta pero igual que la anterior, a que llegue un autobús distinto pero igual que el anterior. Me monto y ya puedo descansar. Me espera una hora sentada en uno de los asientos hundidos y llenos de manchas oscuras que prefiero no pensar de dónde vienen.  Y ahora sí puedo convertirme en la protagonista de la secuencia del viaje de mi propia película. Me coloco los cascos y pongo la música a todo volumen. Podría fingir un gesto dramático para darle más fuerza a mi interpretación, pero la mayoría de las veces estoy tan cansada que no necesito fingir. Mi cara es un poema. Y los ojos se me cierran de cuando en cuando, y los abro de golpe cada vez que el autobús para bruscamente. Aprovecho entonces para observar al resto de protagonistas de mi filme, y trato de imaginar las vidas que llevan y por qué están aquí (y no en un coche). La mayoría son mujeres latinas que se dedican a limpiar casas o a cuidar niños, también hay veteranos en silla de ruedas, algunos escolares que todavía no han cumplido los 16 y unas cuantas personas de avanzada edad y de origen asiático. Parece que a los blancos de la Bahía no les gusta el autobús (si no son los privados que les facilitan las grandes empresas de Silicon Valley, con Wi-Fi y todas las comodidades). Conozco a muchos que ni siquiera se han montado en uno. Pienso en la injusticia de tener un transporte público de pésima calidad por el hecho de que las personas que lo utilizan son las que menos importan: los pobres, las mujeres, las personas con discapacidad, las personas mayores. En este pequeño universo de éxito y dinero, a nadie le importa que los empleados que les hacen ganar sus fortunas, las señoras que cuidan a sus hijos mientras ellos están en sus magníficos empleos, esos ‘héroes’ que luchan por la patria y a los que tanto aplauden en las películas y en los anuncios de televisión, o ancianos que podrían ser sus padres, tengan que perder dos horas como poco para hacer un recorrido que en coche lleva veinte minutos, y en unas condiciones nada deseables.

Con mi música, mis pensamientos y el reflejo de mi rostro cansado en la ventanilla, el sol se ha puesto en la Bahía y ya es de noche. Última parada: la estación de autobuses de Palo Alto. Me bajo y me despido con la mirada de mis compañeros de viaje. Mañana nos veremos de nuevo. Y así cada día. Hasta que los demás nos vean.

Ver Post >
Lo prometido es deuda
img
Ane Arruabarrena | 04-01-2015 | 07:08| 6

 

Los amigos son lo mejor de la vida. Especialmente si son tan asombrosos como los míos. Ellos pueden amenizar una cena con conversaciones sobre cualquier tema  baladí, y en cuestión de segundos se plantan y te dejan ojiplática con una propuesta de lo más intelectual. ¿O más bien tendría que llamarlo reto? El caso es que hace exactamente un año, el 4 de enero de 2014, en una de nuestras veladas apasionadas y ruidosas, cual corrala en hora punta, me retaron a escribir una entrada en este blog en la que aparecieran integradas las palabras que cada uno de ellos escogieran. En total, ocho palabras sin relación entre si, difíciles de usar y feas de narices, para qué negarlo. Lo mejor fue que me vine arriba y yo misma me pegue un tiro en el pie –algo así como los perdigones de Froilán pero en sentido metafórico- y sugerí una novena palabra, como si el reto no fuera conmigo e hiciera falta ponerlo todavía más difícil. Siempre he sido una chica espabilada para esto de los juegos, sí. Y ahí estaba yo, abrumada por lo emotivo de la noche y por la excitación que el experimento provocaba en mi yo más masoquista. Pero solo me duró una noche.

A la mañana siguiente, vagando por la casa como una ameba de caracol y con obreros en mi cabeza machacando pladur a martillazos, me asusté. No tengo excusa, simplemente me asusté y pensé que no sería capaz de semejante hazaña. Así que dejé que el tiempo pasara con la ilusión de que mis amigos se olvidaran de todo lo que habíamos dicho en aquella lejana noche de enero. Pero al volver de visita a Euskadi pocos días antes de que Celedon descendiera a la Plaza de la Virgen Blanca, tardaron muy poco en recordármelo. Agaché la cabeza avergonzada, como el periscopio de un submarino al descubrir un barco enemigo en el horizonte, y les prometí una vez más que cumpliría mi palabra. Esta vez percibí incredulidad en sus rostros. No puedo culparles.

Pero es que, amigos, no estamos hablando solamente de la perpetua angustia frente al papel en blanco. Esas palabras dadas –y elegidas con muy mala leche- ponen cotas a la propia expresión, te obligan a tomar caminos que quizá nunca habrías escogido, hacen tremendamente complicado crear un relato fluido y natural. Sé que pensaréis que son excusas, y sí, lo son. Porque quien acepta un reto tiene la obligación de intentar superarlo. Y porque se lo debo a esos amigos que son como aquella mujer perfumadita de brea a la que cantaba Serrat, que los añoro y los quiero a morir, pero a los que también temo si la próxima vez que voy de visita sigo sin haber cumplido mi palabra.

Daría lo que fuera por verlos a través de un catalejo que cubriera los más de 9 000 kilómetros que nos separan, buscando la palabra enrevesada que cada uno me propuso, sonriendo al encontrarla entre la amalgama de caracteres, pensando que quizá podría haberla insertado mejor en el texto…

Estas navidades no he podido haceros una visita y daros todos los abrazos que os merecéis. Pero por fin tengo vuestro regalo: mi promesa cumplida. Espero que os guste, y que la espera haya merecido la pena. Eso sí, nada de retos nuevos hasta 2016, que os conozco!

 

P.D. No he incluido la lista de las palabras que tenía que utilizar obligatoriamente en el texto, por si os apetece probar a descubrirlas…  Eso sí, mañana las escribiré en el apartado de comentarios para que comprobéis lo sufrido que ha sido el reto.

Ver Post >
El hombre que vino de Marte
img
Ane Arruabarrena | 08-12-2014 | 05:55| 0

Hay personajes que me pueden. Admito sin pudor que, en lo que a ellos respecta, no puedo ser objetiva. Me ciega su talento, me impone su figura, enmudezco ante su grandeza. Me topé de frente con uno de ellos cuando caminaba por las calles de una Chicago helada. Frente a mí, en la fachada del Museo de Arte Contemporáneo, ese ser fascinante que es David Bowie. ¡No podía ser! Una exposición dedicada íntegramente a su figura, a su carrera, que venía de Londres y se había inaugurado solo unos pocos días antes. Si encima hubiese sido gratuita me hubiera replanteado mi relación con Dios, pero bueno, pagué los ¡25 dólares! con gusto.

Me emocioné ya antes de entrar (siempre me emociono cuando voy sola a los museos). Me colocaron unos cascos y me dijeron que no tenía que apretar ningún botón, que todo estaba listo para funcionar. Y así fue. Nada más entrar a la primera sala empezó a sonar Space Oddity a todo trapo en mis auriculares (en realidad, el volumen sí se podía regular. Pero a mí me gusta la música más bien altísima). Y de golpe, ya estaba con el Major Tom en su viaje al espacio. Y luego con Ziggy Stardust, Aladdin Sane,… Cada vez que me giraba y miraba otras fotos o una nueva pantalla, la música que estaba escuchando en mis auriculares cambiaba para adaptarse a ese nuevo momento musical en la carrera de Bowie. Una experiencia mágica y un gran acierto de los comisarios de la exposición, que no te hacen sentir solo espectador sino también partícipe de la evolución del ‘personaje’.

Es curioso ver sus canciones escritas a mano, esos puntos de las íes que él dibuja como una pelota. Y los trajes… no es algo que me importe demasiado. Porque lo importante no es lo estrambótico de los trajes, sino el proceso creativo para llegar a esas ideas a través del estudio de múltiples disciplinas. Hace algunos años ví en el festival de cine documental musical Dock of the Bay de Donosti un documental[1] sobre Lou Reed, Iggy Pop y Bowie, en el que este último no salía muy bien parado. Parecía más bien alguien que se había aprovechado del talento y la transgresión de otros para conseguir su único sueño: ser una estrella. Pero como ya he dicho al principio, hay personajes con los que no puedo, ni quiero, ser objetiva, yo me quedo con el Bowie rompedor, no solo en la música sino en el arte en general. Porque para él lo importante era hacer arte en tres dimensiones. No se trataba de coger una guitarra y cantar una buena canción (que también), sino de llevarnos con él en un viaje transformador. Y lo conseguía. Pero no gracias a un talento innato. Lo que esta exposición me ha confirmado es que David Bowie es, sobre todo, un currante. Un hombre que trataba de aprender de arte, de literatura, de teatro, de moda, de todo con tal de poder crear esas historias que resultarían avanzadas a su tiempo. Por eso lo de transgresor. Quizá no un transgresor casual, pero no por ello un plagiador. Quizá un ser humano ‘corriente’ que ha trabajado duro para ser recordado como un ser excepcional llegado de otro planeta.

Life on Mars


 

 

(La exposición David Bowie is permanecerá en Chicago hasta enero de 2015 y llegará a París en marzo. Una motivación añadida para visitar la ciudad de la luz…)


[1] The Sacred Triangle (2010)

Ver Post >
Conversaciones con Iñaki
img
Ane Arruabarrena | 13-10-2014 | 06:10| 0

Entusiasmada. Así me siento mientras devoro las entrevistas de Iñaki Gabilondo en mi pequeña pantalla. Podría pasarme el día entero escuchando, admirando, aprendiendo. Descubrí el programa la semana pasada, cuando salió en los medios por una jugosa entrevista a Iker Casillas. ¿Cómo? ¿Que Gabilondo tiene un programa de entrevistas en Canal +? ¿Y puedo verlo desde EEUU? Es lo que tiene vivir en otro país, que aunque lo intentes, cosas que antes serían imprescindibles para ti se pierden entre tanto ruido. Enseguida me puse a buscar el programa. No he visto la entrevista a Casillas, pero sí he recuperado muchas de las antiguas.

Qué gran experiencia tiene que ser que Iñaki quiera charlar un rato contigo en esa mesa y con ese fondo negro, íntimo, pero que nada tiene que ver con aquella luna de Pedro Ruiz y sus preguntas pomposas y vacías. Como periodista no me atrevería ni a pretender ponerme a su altura. Ya lo dice uno de sus invitados, Jordi Évole: “Yo de pequeño quería ser Iñaki Gabilondo”. (He de admitir que yo de chavala quería ser la sustituta de Gemma Nierga cuando se cogiese la baja de maternidad). Me gusta escuchar –sé que soy una buena “escuchadora”-, pero esa forma que tiene Iñaki de quedarse con los aspectos mínimos dentro del discurso y continuar ahondando en ellos, esa manera de asombrar a sus entrevistados, es admirable. Uno puede ver en las caras de los invitados lo mucho que se sorprenden de los derroteros por los que discurre su conversación y de su naturalidad para desnudarse ante ese hombre de ojos tiernos.

Así que mi ilusión no sería ya ser como Iñaki, sino ser entrevistada por Iñaki. Lo sé, no pido nada. En tiempos como los que vivimos, poder asomarnos a esta ventana y ver la calidad humana, artística, política, social, de algunos de nuestros más ilustres paisanos y personalidades internacionales nos da un poco de tregua, nos permite respirar por un rato y tener ilusión. Programas como estos son una inspiración, y deberían formar parte de la oferta de nuestras cadenas públicas. Paradójicamente, nunca podrían formar parte de ellas.

Una recomendación: la entrevista a Antonio López –uno de los hombres de mi vida- es un tesoro brillante que he encontrado en medio de toda la oscuridad que nos rodea.

 

 

Ver Post >
“Yo soy la calle”
img
Ane Arruabarrena | 11-09-2014 | 05:41| 0

“Recuerdo cuando te conocí, hace meses, en aquella mesa de ahí enfrente. Desde ese momento me has enseñado tantas cosas… Recuerdo que hablabas de tu preocupación por la escritura. Decías que querías escribir un libro pero el bloqueo que sentías te impedía hacerlo. Atreverte. Siempre que pienso en la cocina -mi pasión, mi profesión-, me acuerdo de cómo tú enfrentaste tus miedos para escribir un libro.  Y a veces estoy en casa y lloro porque tú me has hecho pensar. Me encanta hablar contigo porque me haces sentir alguien importante. Tú me haces plantearme quién soy”.

No puedo expresar lo que significa para mí escuchar esas palabras, un jueves al anochecer, sentadas frente a un vaso de güiski y una copa de vino, de boca de D. Una de las mujeres más auténticas y más fascinantes que he conocido en Estados Unidos.

D. va por rachas. A veces aparece por el bar durante semanas seguidas y luego pasa más de un mes sin pasar por allí. Cuando tiene ganas de conversación es tu día de suerte porque te bombardea con ideas delirantes, historias imposibles e ingentes dosis de emoción. Pero también tiene ratos, o días, en los que se sienta junto a su cerveza y su vaso de güiski, se pone los cascos, se enciende un cigarrillo, cierra los ojos y sonríe balanceándose levemente al ritmo de la música. No existe el resto del mundo.

Un mundo que se lo ha puesto especialmente difícil. Con una familia que nunca le demostró amor y de la que huyó siendo todavía una niña. Viviendo sola en distintos países, en distintos estados, buscándose la vida. Como ella dice, D. es de la calle. O más bien, ELLA es la calle. Se percibe en su forma de hablar, en la manera en que camina, en su vestimenta “poco femenina”, en sus bellos ojos azules que transmiten una dulzura arrolladora pero que también dejan entrever una profunda tristeza.

A D. Le gusta estar “con los chicos”. Pero cuando la conversación se pone demasiado fanfarrona en el bar, o cuando a ella le da la gana, levanta la mano y grita: “¡Vagina!”, y se enciende otro cigarrillo. Bromeo con ella sobre su intensidad. Cuando va a conocer a la hermana de su novio, o cuando tiene una entrevista de trabajo, le pido que limite ese entusiasmo y esa pasión por lo menos durante los primeros cinco minutos. Porque sé que hay a quien puede asustarle.

Los abrazo de D. Son largos, larguísimos, y te aprieta tanto que parece que quiera traspasarte. ¿Pero cómo pedirle que regule la intensidad a una fuerza de la naturaleza como ella? A alguien que va al mercado y le dice a la señora que vende verduras, sin conocerla de nada, sin haber hablado nunca antes con ella, algo así como: “Creo que me gustas. Es posible que te quiera”. Así es ella. Sabe disparar armas, sabe cocinar huevos de innumerables maneras “porque ha sido de lo poco con lo que he podido subsistir en mi niñez”, le canta las cuarenta al padre de familia que le alquila una habitación en East Palo Alto cuando no le habla a su hija con respeto, trabaja como cocinera en más de un restaurante sin cobrar nada en algunos de ellos aunque no tenga un duro en su cuenta corriente (“porque son mi familia, ¿cómo no iba a hacerlo?”), y tiene una capacidad innata para inundar de sentimiento cada palabra que sale de su boca.

La primera vez que la vi, aquel día en aquella mesa que ella tan bien recuerda, le dije que quería escribir sobre ella. El jueves se lo dije otra vez y me reprochó que ya se lo había pedido antes y que nunca lo había hecho. Me excusé diciendo que no puedo condensar todo lo que veo en ella en un solo post. Ella se merece un libro entero. Pero por ahora quiero al menos presentárosla. Porque poca gente me inspira tanto. Y porque, aunque ella crea que yo lo enseño, no es así. Yo no sé más que ella. Solo sé que ambas hemos transitado por caminos oscuros y solo necesitamos un abrazo largo y fuerte, una mirada tierna, para poder cambiar nuestro rumbo.

Ver Post >
El terremoto que no viví
img
Ane Arruabarrena | 25-08-2014 | 07:31| 0

Desde que llegamos a California, hace ya más de dos años, los terremotos han sido un tema de conversación recurrente. Lo es para todo aquél que llega a la Bay Area de San Francisco. Siempre había alguien que nos advertía de la inminencia de uno grande, de uno del estilo del de 1906, que destrozó el 80% de la ciudad. Y entonces empezaba la discusión sobre si queríamos vivir uno durante nuestra estancia en SF, o mejor no. Porque siempre hace ilusión recordar que has presenciado un momento histórico, que has estado en ese lugar en ese instante. Pero a la vez, obviamente, un terremoto poco tiene que ver con el festival de Woodstock o con la proclamación de Obama como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo. Quiero decir, que los terremotos dan miedo. Son peligrosos. La naturaleza que se rebela. En estas conversaciones siempre acababa prometiéndome a mí misma que iría al museo de los terremotos de San Francisco, donde hay un simulador y te enseñan lo que tienes que hacer en caso de que la tierra empiece a moverse violentamente bajo tus pies. Todavía no he ido.

 

Esta mañana me he despertado poquito a poco, con la sonrisa de domingo en mi cara, esa sonrisa de cuando sabes que, si quieres, puedes darte media vuelta y tratar de recuperar tu sueño donde lo dejaste. No hay prisa. Pero el Científico me miraba fijamente, con expectación. “¡No te has despertado!” ¿Cómo dices? “Esta noche. Ha habido un terremoto de 6.1 y no te has despertado”. Sí, ya, vale, un terremoto. Habrá sido un ligero temblor. Eres un exagerado. Me doy media vuelta. Pero entonces empiezo a pensar y a alterarme. ¿Cómo es posible que haya habido un terremoto y no me haya enterado de nada? ¿Y por qué no me has despertado? “Pensaba que estaba soñando. Me he quedado en shock. No puedes imaginarte cómo se movía la casa”. Miro el periódico. Sí, efectivamente. Terremoto en Napa. Cerca de 90 personas heridas, algunas de gravedad. En las redes sociales, compañeros y amigos hablan de lo que han vivido: “¡Mi primer terremoto en California!”. Y yo no puedo dejar de pensar que me lo he perdido. ¿Cómo es posible que no me haya despertado?

 

Y entonces recuerdo la historia que siempre me cuentan de mi abuelo, que en el mayor seísmo en Donostia, allá por lo años 50, no solo no se despertó sino que se cayó de la cama y siguió durmiendo como si nada. Así que parece que me viene de herencia. Pienso también en el terrible terremoto que sufrió Chile en 2010. Mi amiga L. vivía entonces en la capital, en Santiago, y debido a los problemas derivados del seísmo me era imposible comunicarme con ella. Recuerdo que al día siguiente me hicieron un contrato indefinido en el trabajo, pero mi cabeza estaba entonces muy lejos. Solo podía pensar en los efectos devastadores del temblor, y pedir –o incluso rezar, no lo sé- con todas mis fuerzas que L. estuviera bien. Lo estaba. Por fin pude relajarme cuando una semana después mi amiga consiguió conectarse a internet y me escribió para tranquilizarme. Ella estaba bien y la casa solo necesitaba unos arreglos, pero seguía conmocionada por esos pocos minutos que le habían parecido una eternidad. Me decía también que la ciudad, el país, no eran los mismos. Las caras de la gente en la calle reflejaban miedo e inquietud. El poder de la naturaleza…

 

El terremoto de Napa ha sido fuerte pero podría haber sido mucho peor. Eso sí, se espera una fuerte réplica en los próximos días. Esta vez sí, prometo que voy a ir al museo de SF lo antes que pueda, prometo que entraré en el simulador y que tomaré nota de todas las recomendaciones de los expertos. Por si, un día de estos, me despierto en medio de la noche y vivo mi primer terremoto en California.

Ver Post >
‘Yo antes de ti’ o el libro que no pude escribir
img
Ane Arruabarrena | 07-08-2014 | 18:10| 0

Me gustaría poder decir que no soporto a Jojo Moyes. Me gustaría decirlo porque ha escrito un libro que me hubiera gustado que saliese de mí. Casi palabra por palabra. Pero no solo no la odio, sino que le estoy sumamente agradecida por haberme permitido adentrarme, al menos durante unas cuantas semanas, en las vidas de Lou, Will y sus familias. Por haberme regalado tanto como a sus protagonistas. Y por haberme permitido dejarlos ir con serenidad y con una sonrisa, a pesar de la profunda tristeza que genera pasar la última página de un libro que te ha cautivado.
Es muy complicado contar historias que hablen de sentimientos complejos y profundos sin caer en la ñoñería y en los lugares comunes. Incluso yo, que tengo un desarrollado lado canalla de ver la vida (sí, las mujeres también podemos tener un lado canalla), me aterro ante la idea de escribir sobre el amor, porque creo que no puedo evitar sonar un poco petarda.
En Yo antes de ti no hay nada de eso. Son las dosis justas de dulzura, acidez, potencia e intensidad, igual que uno de los delicados perfumes de L’Artisan Parfumeur que Will le sugiere a Louisa. Y sí, hay una parte de mí que se enfurruña al ver que esta autora consigue con aparente sencillez hacer algo a lo que yo llevo años intentando atreverme. Pero es también ella, o más bien sus personajes, los que me han transmitido la importancia de tratar de conseguir lo que quieres en la vida, de atreverse y de vivir.
Es uno de los regalos más emocionantes e inesperados: leer un libro que deja algo en ti para siempre.

Ver Post >
Decir hasta luego a una parte de nosotros
img
Ane Arruabarrena | 10-06-2014 | 04:57| 0

He escrito alguna vez que cuando vives en un lugar como este, donde casi todos estamos de paso, te acostumbras a decir adiós sin que te afecte demasiado. Pero no siempre es así. Las relaciones tienden a ser más superficiales y el cariño se puede racionalizar. Pero hay veces, y eso es lo bonito, en los que conoces a alguien y algo hace clic. Y sabes que no estás frente a una de esas personas que pasarán por tu vida rozándote solo en la superficie. Es la amistad verdadera. Algo que adquiere un valor incalculable cuando estás tan lejos de los tuyos.

En el tiempo en el que hemos vivido en Palo Alto hemos sido algo así como los tres mosqueteros. Hemos compartido las dificultades, los momentos de incertidumbre, las noches de risas,… Y también nos hemos sentido ofendidos por malentendidos o incomprensiones derivadas de las diferencias culturales, y lo hemos hablado y nos hemos explicado, y ha sido positivo para todos porque hemos tratado de comprendernos y de apreciarnos también en nuestras diferencias.

Cuando pensaba en eso de que las personas que de verdad te tocan se llevan un pedacito de tu corazón, creía que sería imposible que el mío diera tanto de sí. Demasiada gente querida en demasiadas partes del mundo. Pero lo que he aprendido en estos dos años es que el corazón no se agota; se expande. Y aunque nuestra cotidianidad juntos se termine hoy por la distancia, nuestra unión continúa y evoluciona. Es curiosa la vida. Es curioso cómo sonríes a alguien por primera vez sin ser consciente de que se convertirá en una parte indeleble de ti misma.

Gracias por habernos acompañado en el camino, amigo. Good luck.

 

“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.”

C.G. Jung

Ver Post >
Un chiste sin gracia
img
Ane Arruabarrena | 08-05-2014 | 08:58| 3

Con la boca abierta. Así me quedé cuando vi el anuncio de Desigual para el Día de la Madre. Y lo mismo ha pasado con todas y cada una de las personas a las que se lo he enseñado. Los miro para ver su reacción, y de golpe, cuando se percatan de lo que está ocurriendo, sus ojos y su boca se abren de par en par. No creo que haya otra reacción posible.

No estoy familiarizada con los entresijos de la publicidad, pero como televidente, o como público potencial de la marca de ropa, no comprendo el por qué de una campaña como esta. Siempre he tenido la idea de que Desigual se dirigía principalmente a gente joven. Por ese colorido que es su seña de identidad, diría que su público no es de los que quiere pasar desapercibido. Tampoco le importa pagar algo más para tener una prenda ‘especial’, ‘diferente’, ‘única’, frente al uniforme que nos venden las marcas low cost. Quien me conoce sabe que lo de tanto colorín no va conmigo, y nunca he comprado nada de la marca catalana. Pero me atrevería a decir que es muy popular entre las mujeres jóvenes con ideas progresistas.

Así que no consigo explicarme semejante alarde de misoginia, de machismo rancio. Una vez más, se vende el mito de la mujer cuyo objetivo único es el de ‘cazar’ a un hombre, y que utiliza para ello las tácticas más deleznables. Para quien no haya tenido la oportunidad de ver el anuncio, nos muestra a una chica de buen ver probándose un vestido frente al espejo de su habitación. Mientras baila al ritmo de la música, se mete un cojín en el vestido como si estuviera embarazada, y se acaricia la tripa con cara de felicidad. Acto seguido se hace con una aguja con la que juega con sonrisa pícara, y con ella agujerea unos cuantos preservativos que luego meterá en su bolso. Sale de la habitación feliz y contenta para encontrarse, creemos, con su cita romántica. Dice Desigual, con un par de narices, que el anuncio es un ”grito a la liberación personal y al derecho a perseguir los sueños”. (Ver anuncio)

Es a todas luces lamentable la generalización que hace cierto sector de la sociedad a partir de casos aislados, como por ejemplo con la violencia machista cuando se alude a los ínfimos casos de denuncias falsas para no afrontar el problema real (estas generalizaciones proceden, por supuesto, de la idea de la ‘mala mujer’). Pero más detestable es, si cabe, que la campaña salga en un momento en el que estamos viendo cómo nuestros derechos se ven vulnerados con la nueva ley del aborto, con el lema –nada inocente- de “Tú decides”. Ahora resulta que si no queremos que se nos trate como a seres infantiles y vulnerables, como pretende el Gobierno, tenemos que convertirnos en unas brujas sin escrúpulos para conseguir lo que nos pertenece.

Creo que no es suficiente con pedir disculpas públicas. Cosas como estas no deberían quedar como meras anécdotas desafortunadas. Es el momento de boicotear a la marca. Si creemos en nuestros derechos y nuestras libertades, si apostamos por una sociedad respetuosa y con valores, no podemos apoyar de ninguna manera a quienes creen que todo vale con tal de vender una camiseta. Y si es un chiste, no tiene gracia.

 

Ver Post >
La emoción de la espera
img
Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 0

Siempre me han hecho gracia esos reportajes veraniegos en los informativos -cuando parece que hay poco que contar- en los que los reporteros se acercan a Benidorm para dar cuenta de las familias que se levantan a las cinco de la mañana con la sombrilla bajo el brazo para coger un buen sitio en la playa, y luego se vuelven a dormir. Admiraba a esas personas con semejante fuerza de voluntad.

Pero por aquél entonces no vivía en Estados Unidos. Aquí, lo de ser el primero en conseguir algo es más que un esfuerzo; hacer cola en este país es una afición. Cuando llegué, hace ya más de año y medio, tuve la oportunidad de ver por primera vez las colas de gente esperando para comprar el iPhone que salía a la venta al mercado en ese momento. Pero eso era días antes de que se pusiera a la venta. Había incluso tiendas de campaña en la avenida principal de Palo Alto. MI primera reacción fue, por supuesto, suponer que los regalaban, o que los diez primeros tenían un 50% de descuento, o que por lo menos les regalarían una camiseta o una taza. Pero nada de eso. Estaban ahí solo por la satisfacción de tener entre sus manos ese objeto del seso horas antes que el resto de los mortales.

Ahora que me he modernizado, ya sé que esas personas son legión, que el propio Tim Cook -cofundador de Apple- hizo cola durante horas para conseguir su iPhone 5S y solidarizarse con sus ‘fans’, y que hay incluso un tipo en Japón que ya se ha puesto a esperar para ser el primero en hacerse con el iPhone 6 (sin fecha prevista de salida).

Pero, como decía, no se trata de la ilusión por obtener algo en concreto, sino de la afición por pasar horas en fila, incluso para comerse un helado. Pasa cada día en Palo Alto, creedme. ¿Y qué tiene de especial ese helado? Pues que te lo sirven como un sandwich, pero entre dos galletas. Mi teoría es que el helado lleva pegado en la parte de abajo algún tipo de estupefaciente, pero nunca lo sabré porque no tengo intención de perder el tiempo en descubrirlo.

Hablábamos de esta cuestión ayer, con un amigo local que no gusta de estas aficiones. Nos contó que hay un lugar en Nueva York en el que la gente hace cada día dos horas de cola para conseguir un dulce que llaman ‘cronut’, y que es un cruce entre un croissant y un donut. ¿Pero no podría hacer un agujero en un croissant y obtener el mismo resultado en la panadería de enfrente? Pues parece que no. El local en cuestión es conocido por tener un problema sanitario con las ratas, pero qué más da. La gente se agolpa a sus puertas a las ocho de la mañana, y hora y media después los dependientes salen para informales de que no hay más cronuts por hoy. No importa, mañana volverán a esperar, a ver si tienen más suerte. Y si no es mañana, será al día siguiente. Porque no importa el premio en sí; lo que realmente les gusta es la emoción de la espera.

https://www.youtube.com/watch?v=rRwcIumf-mI

Ver Post >

Etiquetas

No hay tags a mostrar