Diario Vasco

img
“Yo soy la calle”
img
Ane Arruabarrena | 11-09-2014 | 05:41| 0

“Recuerdo cuando te conocí, hace meses, en aquella mesa de ahí enfrente. Desde ese momento me has enseñado tantas cosas… Recuerdo que hablabas de tu preocupación por la escritura. Decías que querías escribir un libro pero el bloqueo que sentías te impedía hacerlo. Atreverte. Siempre que pienso en la cocina -mi pasión, mi profesión-, me acuerdo de cómo tú enfrentaste tus miedos para escribir un libro.  Y a veces estoy en casa y lloro porque tú me has hecho pensar. Me encanta hablar contigo porque me haces sentir alguien importante. Tú me haces plantearme quién soy”.

No puedo expresar lo que significa para mí escuchar esas palabras, un jueves al anochecer, sentadas frente a un vaso de güiski y una copa de vino, de boca de D. Una de las mujeres más auténticas y más fascinantes que he conocido en Estados Unidos.

D. va por rachas. A veces aparece por el bar durante semanas seguidas y luego pasa más de un mes sin pasar por allí. Cuando tiene ganas de conversación es tu día de suerte porque te bombardea con ideas delirantes, historias imposibles e ingentes dosis de emoción. Pero también tiene ratos, o días, en los que se sienta junto a su cerveza y su vaso de güiski, se pone los cascos, se enciende un cigarrillo, cierra los ojos y sonríe balanceándose levemente al ritmo de la música. No existe el resto del mundo.

Un mundo que se lo ha puesto especialmente difícil. Con una familia que nunca le demostró amor y de la que huyó siendo todavía una niña. Viviendo sola en distintos países, en distintos estados, buscándose la vida. Como ella dice, D. es de la calle. O más bien, ELLA es la calle. Se percibe en su forma de hablar, en la manera en que camina, en su vestimenta “poco femenina”, en sus bellos ojos azules que transmiten una dulzura arrolladora pero que también dejan entrever una profunda tristeza.

A D. Le gusta estar “con los chicos”. Pero cuando la conversación se pone demasiado fanfarrona en el bar, o cuando a ella le da la gana, levanta la mano y grita: “¡Vagina!”, y se enciende otro cigarrillo. Bromeo con ella sobre su intensidad. Cuando va a conocer a la hermana de su novio, o cuando tiene una entrevista de trabajo, le pido que limite ese entusiasmo y esa pasión por lo menos durante los primeros cinco minutos. Porque sé que hay a quien puede asustarle.

Los abrazo de D. Son largos, larguísimos, y te aprieta tanto que parece que quiera traspasarte. ¿Pero cómo pedirle que regule la intensidad a una fuerza de la naturaleza como ella? A alguien que va al mercado y le dice a la señora que vende verduras, sin conocerla de nada, sin haber hablado nunca antes con ella, algo así como: “Creo que me gustas. Es posible que te quiera”. Así es ella. Sabe disparar armas, sabe cocinar huevos de innumerables maneras “porque ha sido de lo poco con lo que he podido subsistir en mi niñez”, le canta las cuarenta al padre de familia que le alquila una habitación en East Palo Alto cuando no le habla a su hija con respeto, trabaja como cocinera en más de un restaurante sin cobrar nada en algunos de ellos aunque no tenga un duro en su cuenta corriente (“porque son mi familia, ¿cómo no iba a hacerlo?”), y tiene una capacidad innata para inundar de sentimiento cada palabra que sale de su boca.

La primera vez que la vi, aquel día en aquella mesa que ella tan bien recuerda, le dije que quería escribir sobre ella. El jueves se lo dije otra vez y me reprochó que ya se lo había pedido antes y que nunca lo había hecho. Me excusé diciendo que no puedo condensar todo lo que veo en ella en un solo post. Ella se merece un libro entero. Pero por ahora quiero al menos presentárosla. Porque poca gente me inspira tanto. Y porque, aunque ella crea que yo lo enseño, no es así. Yo no sé más que ella. Solo sé que ambas hemos transitado por caminos oscuros y solo necesitamos un abrazo largo y fuerte, una mirada tierna, para poder cambiar nuestro rumbo.

Ver Post >
El terremoto que no viví
img
Ane Arruabarrena | 25-08-2014 | 07:31| 0

Desde que llegamos a California, hace ya más de dos años, los terremotos han sido un tema de conversación recurrente. Lo es para todo aquél que llega a la Bay Area de San Francisco. Siempre había alguien que nos advertía de la inminencia de uno grande, de uno del estilo del de 1906, que destrozó el 80% de la ciudad. Y entonces empezaba la discusión sobre si queríamos vivir uno durante nuestra estancia en SF, o mejor no. Porque siempre hace ilusión recordar que has presenciado un momento histórico, que has estado en ese lugar en ese instante. Pero a la vez, obviamente, un terremoto poco tiene que ver con el festival de Woodstock o con la proclamación de Obama como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo. Quiero decir, que los terremotos dan miedo. Son peligrosos. La naturaleza que se rebela. En estas conversaciones siempre acababa prometiéndome a mí misma que iría al museo de los terremotos de San Francisco, donde hay un simulador y te enseñan lo que tienes que hacer en caso de que la tierra empiece a moverse violentamente bajo tus pies. Todavía no he ido.

 

Esta mañana me he despertado poquito a poco, con la sonrisa de domingo en mi cara, esa sonrisa de cuando sabes que, si quieres, puedes darte media vuelta y tratar de recuperar tu sueño donde lo dejaste. No hay prisa. Pero el Científico me miraba fijamente, con expectación. “¡No te has despertado!” ¿Cómo dices? “Esta noche. Ha habido un terremoto de 6.1 y no te has despertado”. Sí, ya, vale, un terremoto. Habrá sido un ligero temblor. Eres un exagerado. Me doy media vuelta. Pero entonces empiezo a pensar y a alterarme. ¿Cómo es posible que haya habido un terremoto y no me haya enterado de nada? ¿Y por qué no me has despertado? “Pensaba que estaba soñando. Me he quedado en shock. No puedes imaginarte cómo se movía la casa”. Miro el periódico. Sí, efectivamente. Terremoto en Napa. Cerca de 90 personas heridas, algunas de gravedad. En las redes sociales, compañeros y amigos hablan de lo que han vivido: “¡Mi primer terremoto en California!”. Y yo no puedo dejar de pensar que me lo he perdido. ¿Cómo es posible que no me haya despertado?

 

Y entonces recuerdo la historia que siempre me cuentan de mi abuelo, que en el mayor seísmo en Donostia, allá por lo años 50, no solo no se despertó sino que se cayó de la cama y siguió durmiendo como si nada. Así que parece que me viene de herencia. Pienso también en el terrible terremoto que sufrió Chile en 2010. Mi amiga L. vivía entonces en la capital, en Santiago, y debido a los problemas derivados del seísmo me era imposible comunicarme con ella. Recuerdo que al día siguiente me hicieron un contrato indefinido en el trabajo, pero mi cabeza estaba entonces muy lejos. Solo podía pensar en los efectos devastadores del temblor, y pedir –o incluso rezar, no lo sé- con todas mis fuerzas que L. estuviera bien. Lo estaba. Por fin pude relajarme cuando una semana después mi amiga consiguió conectarse a internet y me escribió para tranquilizarme. Ella estaba bien y la casa solo necesitaba unos arreglos, pero seguía conmocionada por esos pocos minutos que le habían parecido una eternidad. Me decía también que la ciudad, el país, no eran los mismos. Las caras de la gente en la calle reflejaban miedo e inquietud. El poder de la naturaleza…

 

El terremoto de Napa ha sido fuerte pero podría haber sido mucho peor. Eso sí, se espera una fuerte réplica en los próximos días. Esta vez sí, prometo que voy a ir al museo de SF lo antes que pueda, prometo que entraré en el simulador y que tomaré nota de todas las recomendaciones de los expertos. Por si, un día de estos, me despierto en medio de la noche y vivo mi primer terremoto en California.

Ver Post >
‘Yo antes de ti’ o el libro que no pude escribir
img
Ane Arruabarrena | 07-08-2014 | 18:10| 0

Me gustaría poder decir que no soporto a Jojo Moyes. Me gustaría decirlo porque ha escrito un libro que me hubiera gustado que saliese de mí. Casi palabra por palabra. Pero no solo no la odio, sino que le estoy sumamente agradecida por haberme permitido adentrarme, al menos durante unas cuantas semanas, en las vidas de Lou, Will y sus familias. Por haberme regalado tanto como a sus protagonistas. Y por haberme permitido dejarlos ir con serenidad y con una sonrisa, a pesar de la profunda tristeza que genera pasar la última página de un libro que te ha cautivado.
Es muy complicado contar historias que hablen de sentimientos complejos y profundos sin caer en la ñoñería y en los lugares comunes. Incluso yo, que tengo un desarrollado lado canalla de ver la vida (sí, las mujeres también podemos tener un lado canalla), me aterro ante la idea de escribir sobre el amor, porque creo que no puedo evitar sonar un poco petarda.
En Yo antes de ti no hay nada de eso. Son las dosis justas de dulzura, acidez, potencia e intensidad, igual que uno de los delicados perfumes de L’Artisan Parfumeur que Will le sugiere a Louisa. Y sí, hay una parte de mí que se enfurruña al ver que esta autora consigue con aparente sencillez hacer algo a lo que yo llevo años intentando atreverme. Pero es también ella, o más bien sus personajes, los que me han transmitido la importancia de tratar de conseguir lo que quieres en la vida, de atreverse y de vivir.
Es uno de los regalos más emocionantes e inesperados: leer un libro que deja algo en ti para siempre.

Ver Post >
Decir hasta luego a una parte de nosotros
img
Ane Arruabarrena | 10-06-2014 | 04:57| 0

He escrito alguna vez que cuando vives en un lugar como este, donde casi todos estamos de paso, te acostumbras a decir adiós sin que te afecte demasiado. Pero no siempre es así. Las relaciones tienden a ser más superficiales y el cariño se puede racionalizar. Pero hay veces, y eso es lo bonito, en los que conoces a alguien y algo hace clic. Y sabes que no estás frente a una de esas personas que pasarán por tu vida rozándote solo en la superficie. Es la amistad verdadera. Algo que adquiere un valor incalculable cuando estás tan lejos de los tuyos.

En el tiempo en el que hemos vivido en Palo Alto hemos sido algo así como los tres mosqueteros. Hemos compartido las dificultades, los momentos de incertidumbre, las noches de risas,… Y también nos hemos sentido ofendidos por malentendidos o incomprensiones derivadas de las diferencias culturales, y lo hemos hablado y nos hemos explicado, y ha sido positivo para todos porque hemos tratado de comprendernos y de apreciarnos también en nuestras diferencias.

Cuando pensaba en eso de que las personas que de verdad te tocan se llevan un pedacito de tu corazón, creía que sería imposible que el mío diera tanto de sí. Demasiada gente querida en demasiadas partes del mundo. Pero lo que he aprendido en estos dos años es que el corazón no se agota; se expande. Y aunque nuestra cotidianidad juntos se termine hoy por la distancia, nuestra unión continúa y evoluciona. Es curiosa la vida. Es curioso cómo sonríes a alguien por primera vez sin ser consciente de que se convertirá en una parte indeleble de ti misma.

Gracias por habernos acompañado en el camino, amigo. Good luck.

 

“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.”

C.G. Jung

Ver Post >
Un chiste sin gracia
img
Ane Arruabarrena | 08-05-2014 | 08:58| 3

Con la boca abierta. Así me quedé cuando vi el anuncio de Desigual para el Día de la Madre. Y lo mismo ha pasado con todas y cada una de las personas a las que se lo he enseñado. Los miro para ver su reacción, y de golpe, cuando se percatan de lo que está ocurriendo, sus ojos y su boca se abren de par en par. No creo que haya otra reacción posible.

No estoy familiarizada con los entresijos de la publicidad, pero como televidente, o como público potencial de la marca de ropa, no comprendo el por qué de una campaña como esta. Siempre he tenido la idea de que Desigual se dirigía principalmente a gente joven. Por ese colorido que es su seña de identidad, diría que su público no es de los que quiere pasar desapercibido. Tampoco le importa pagar algo más para tener una prenda ‘especial’, ‘diferente’, ‘única’, frente al uniforme que nos venden las marcas low cost. Quien me conoce sabe que lo de tanto colorín no va conmigo, y nunca he comprado nada de la marca catalana. Pero me atrevería a decir que es muy popular entre las mujeres jóvenes con ideas progresistas.

Así que no consigo explicarme semejante alarde de misoginia, de machismo rancio. Una vez más, se vende el mito de la mujer cuyo objetivo único es el de ‘cazar’ a un hombre, y que utiliza para ello las tácticas más deleznables. Para quien no haya tenido la oportunidad de ver el anuncio, nos muestra a una chica de buen ver probándose un vestido frente al espejo de su habitación. Mientras baila al ritmo de la música, se mete un cojín en el vestido como si estuviera embarazada, y se acaricia la tripa con cara de felicidad. Acto seguido se hace con una aguja con la que juega con sonrisa pícara, y con ella agujerea unos cuantos preservativos que luego meterá en su bolso. Sale de la habitación feliz y contenta para encontrarse, creemos, con su cita romántica. Dice Desigual, con un par de narices, que el anuncio es un ”grito a la liberación personal y al derecho a perseguir los sueños”. (Ver anuncio)

Es a todas luces lamentable la generalización que hace cierto sector de la sociedad a partir de casos aislados, como por ejemplo con la violencia machista cuando se alude a los ínfimos casos de denuncias falsas para no afrontar el problema real (estas generalizaciones proceden, por supuesto, de la idea de la ‘mala mujer’). Pero más detestable es, si cabe, que la campaña salga en un momento en el que estamos viendo cómo nuestros derechos se ven vulnerados con la nueva ley del aborto, con el lema –nada inocente- de “Tú decides”. Ahora resulta que si no queremos que se nos trate como a seres infantiles y vulnerables, como pretende el Gobierno, tenemos que convertirnos en unas brujas sin escrúpulos para conseguir lo que nos pertenece.

Creo que no es suficiente con pedir disculpas públicas. Cosas como estas no deberían quedar como meras anécdotas desafortunadas. Es el momento de boicotear a la marca. Si creemos en nuestros derechos y nuestras libertades, si apostamos por una sociedad respetuosa y con valores, no podemos apoyar de ninguna manera a quienes creen que todo vale con tal de vender una camiseta. Y si es un chiste, no tiene gracia.

 

Ver Post >
La emoción de la espera
img
Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 0

Siempre me han hecho gracia esos reportajes veraniegos en los informativos -cuando parece que hay poco que contar- en los que los reporteros se acercan a Benidorm para dar cuenta de las familias que se levantan a las cinco de la mañana con la sombrilla bajo el brazo para coger un buen sitio en la playa, y luego se vuelven a dormir. Admiraba a esas personas con semejante fuerza de voluntad.

Pero por aquél entonces no vivía en Estados Unidos. Aquí, lo de ser el primero en conseguir algo es más que un esfuerzo; hacer cola en este país es una afición. Cuando llegué, hace ya más de año y medio, tuve la oportunidad de ver por primera vez las colas de gente esperando para comprar el iPhone que salía a la venta al mercado en ese momento. Pero eso era días antes de que se pusiera a la venta. Había incluso tiendas de campaña en la avenida principal de Palo Alto. MI primera reacción fue, por supuesto, suponer que los regalaban, o que los diez primeros tenían un 50% de descuento, o que por lo menos les regalarían una camiseta o una taza. Pero nada de eso. Estaban ahí solo por la satisfacción de tener entre sus manos ese objeto del seso horas antes que el resto de los mortales.

Ahora que me he modernizado, ya sé que esas personas son legión, que el propio Tim Cook -cofundador de Apple- hizo cola durante horas para conseguir su iPhone 5S y solidarizarse con sus ‘fans’, y que hay incluso un tipo en Japón que ya se ha puesto a esperar para ser el primero en hacerse con el iPhone 6 (sin fecha prevista de salida).

Pero, como decía, no se trata de la ilusión por obtener algo en concreto, sino de la afición por pasar horas en fila, incluso para comerse un helado. Pasa cada día en Palo Alto, creedme. ¿Y qué tiene de especial ese helado? Pues que te lo sirven como un sandwich, pero entre dos galletas. Mi teoría es que el helado lleva pegado en la parte de abajo algún tipo de estupefaciente, pero nunca lo sabré porque no tengo intención de perder el tiempo en descubrirlo.

Hablábamos de esta cuestión ayer, con un amigo local que no gusta de estas aficiones. Nos contó que hay un lugar en Nueva York en el que la gente hace cada día dos horas de cola para conseguir un dulce que llaman ‘cronut’, y que es un cruce entre un croissant y un donut. ¿Pero no podría hacer un agujero en un croissant y obtener el mismo resultado en la panadería de enfrente? Pues parece que no. El local en cuestión es conocido por tener un problema sanitario con las ratas, pero qué más da. La gente se agolpa a sus puertas a las ocho de la mañana, y hora y media después los dependientes salen para informales de que no hay más cronuts por hoy. No importa, mañana volverán a esperar, a ver si tienen más suerte. Y si no es mañana, será al día siguiente. Porque no importa el premio en sí; lo que realmente les gusta es la emoción de la espera.

https://www.youtube.com/watch?v=rRwcIumf-mI

Ver Post >
Soy una commuter
img
Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 2

Sé que he pasado mucho tiempo sin escribir en este blog. Pero es que mi vida ha cambiado de forma drástica. Porque tengo trabajo, sí, pero sobre todo porque soy una persona nueva, una especie a la que nunca pensé que podría pertenecer: soy una commuter.

¿Y eso qué es? Pues, por decirlo de forma simple, soy una de las tantas personas en la Bay Area que viajan a diario desde sus hogares a sus puestos de trabajo. Y dentro de ese grupo, pertenezco al selecto subgrupo de los que lo hacen valiéndose del transporte público. Eso, a grandes rasgos.

Pero si queremos entrar en ello de lleno (y yo quiero, o debo), mi vida ha pasado de la contemplación sosegada -otra forma de decir ‘aburrimiento’- a la aventura diaria en esta jungla que es el camino de ida y vuelta a casa desde otra ciudad. Sabía que sería difícil, y no negaré que me asustaba solo de pensarlo, o cuando escuchaba las dantescas anécdotas de mis compañeros de batallas nocturnas en los bares de la zona. Pero nadie me preparó para la cruda realidad. Y desde aquí, aprovecho para reivindicar cursos particulares para commuters, o prácticas en empresas, o -para aquellos que tengan que trasladarse desde la capital a los suburbios, y en casos extremos- cantidades ingentes de ansiolíticos.

El primer día, tardé más de dos horas en volver del trabajo a Palo Alto (una distancia de 20 kilómetros). Que si guíate con el puntito azul del Google Maps para andar hasta la parada del autobús -siempre alerta de posibles atropellos -, que si coge  ese cacharro de la época en la que Reagan era gobernador de California y que tarda una eternidad en llegar a su destino mientras ves a los cientos de coches pasarte a la velocidad de la luz, y cuando por fin llegas tienes que correr para no perder el único tren que pasa cada hora y en el que tienes que sacar los codos para poder entrar. No recuerdo nada de cuando llegué a casa aquel primer día. Creo que me recogieron en la estación como a un trapito.

Ahora, por supuesto, las cosas han mejorado. Tardo casi una hora menos después de haber resuelto una compleja ecuación para saber cómo combinar los medios de transporte. Y hay almas caritativas que se ofrecen para acercarme a mitad de camino (no habrá cervezas en el mundo que puedan pagarles  semejante ayuda). Trato de practicar la meditación cuando empiezo cada viaje, sobre todo en los días de lluvia (pueden ser verdaderamente intensos en esta zona en la que las paradas de autobús no suelen estar cubiertas y no puedes refugiarte en ningún porche por eso de su obsesión con la propiedad privada). Y si tengo un día más negativo y lo único que deseo es prenderle fuego al bus que, una vez más, llega tarde, pienso en los compañeros que vienen desde Berkeley cada mañana en transporte público y que tardan la friolera de cuatro horas en llegar a casa (y viceversa). O en ese hombre ciego con el que coincido cada tarde en la estación y al que admiro profundamente por saber lidiar sin miedo con hordas de trabajadores de empresas punteras que matarían a su hermano por llegar a casa cinco minutos antes y engullir su comida preparada mientras ven un episodio de The Walking Dead.

Y en un alarde total de insensibilidad -todo se pega- doy gracias porque al menos hoy no hay nadie que haya decidido terminar con su vida lanzándose al tren, así que llegaremos a la hora prevista. Lo dicho: la jungla.

Ver Post >
Las normas son las normas
img
Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 3

Ya lo habréis leído. En Colorado (USA), una niña de nueve años ha sido expulsada de su colegio por haberse rapado en solidaridad con su amiga, enferma de cáncer y en tratamiento con quimioterapia. ¿Y por qué? Pues dice la escuela que por haber infringido una norma que se aplica a los estudiantes para ¨promover la seguridad, la uniformidad y un ambiente sin distracciones¨ en el centro educativo. Como dicen por aquí: bullshit. Lo que me encantaría saber es qué exactamente de lo que hizo la chavala altera estos elementos en los que la norma se basa. ¿Quieren acaso decir que una niña con el pelo rapado, o sin pelo, es más susceptible de sufrir algún tipo de violencia en las aulas? ¿Por parte de sus compañeros? ¿Qué parte de afeitarse la cabeza es la que altera la seguridad o un ambiente sin distracciones? ¿Hubiera pasado lo mismo si quien lo hubiera hecho fuera un chico?

Ahora, después de que el caso haya revolucionado las redes sociales –esas que,  a veces, también sirven para visualizar las injusticias-, dicen los portavoces del colegio que la niña puede volver, que al fin y al cabo son cosas de críos, que es un bonito gesto, que siempre hay excepciones…

Lo verdaderamente terrible es que esto sea una excepción. Los críos no dejan de sorprenderme. Cada día nos dan lecciones de cómo saber convivir, sin desconfianzas, sin miedos, con una voluntad de entendimiento que parece que vamos perdiendo con la edad y con la inmersión en la sociedad. Pero tiene su lógica: ¿Qué va a pensar ahora esta niña? Si ella ha decidido hacer algo bonito por su amiga, sin darle demasiadas vueltas, sin siquiera sospechar que podría ser motivo de cuestionamiento, y ahora la escuela –esa en la que pasa la mayor parte del día y en la que aprende mucho más que las materias lectivas- la hace dudar de lo adecuado de su decisión. En este caso ha demostrado tener carácter y dice que sigue creyendo que hizo lo que era correcto. ¿ Pero qué pasará la próxima vez? ¿Y la siguiente? ¿Y la siguiente? ¿Qué pasa después de años y años de lavado de cerebro sobre los peligros de no seguir la norma? Evitemos que lo consigan. Estos chavales son el futuro. Y si lo que les enseñamos en la escuela son cosas como estas, no creo que estemos en la posición de darles lecciones sobre lo que está bien y lo que está mal.

Ver Post >
Oda a la montaña (de una urbanita de pro)
img
Ane Arruabarrena | 12-03-2014 | 03:56| 7

¿Quién dijo que ir al monte era aburrido? Yo misma.

Cuando era pequeña, pasar un día en la naturaleza, cuesta arriba – cuesta abajo, era para mí una auténtica tortura. Tenía grabada a fuego la idea de la montaña como nos la enseñaban en Heidi: una alfombra verde gigantesca y mullida, de la que salían animalillos voladores con carita dulce y en la que podías dar volteretas, hacer la croqueta o acurrucarte para una buena siesta. Me sentí traicionada cuando vi en persona esa superficie marrón de la que salían algunos pelillos verdes, con bichos feos y babosas pringosas, y piedrecitas que se te clavan siempre en el trasero, te sientes donde te sientes.

Ha sido la vida en California la que me ha llevado a explorar nuevamente ese entorno cuasi-desconocido y hostil. Y es que, si algo tienen por aquí, son entornos naturales en los que perderse durante horas, incluso días. No diré que me apasione, pero a mis ‘más de 25’ puedo afirmar que ahora comprendo la pasión de tantos y tantas por lo que aquí se conoce como ‘hiking’ (para nosotros: senderismo o simplemente pasear por el monte).

Siempre he preferido rodearme de ruido. El silencio me abruma, y es por eso que cuando me adentro en un bosque de secuoyas gigantescas, mi primera reacción es la de salir corriendo. Pero a medida que avanzo, mi respiración se hace más lenta y regular, mi mente se va liberando de cargas –pesadas y ligeras- y solo estoy yo.

Por supuesto, no me he convertido por arte de magia en Juanito Oyarzabal en un año y medio, y cuando hay cuestas empinadas me sigo enfurruñando y sigo mentando a todos los santos. Pero cuando salgo de entre los frondosos árboles y me encuentro con un paisaje como el que pude contemplar ayer, entonces pienso que ha merecido la pena. Que todo merece la pena. Y que, en medio de tanto bullicio en nuestras vidas, la naturaleza –en mi caso, sobre todo el mar- es la única que tiene la capacidad infalible de ponernos siempre en nuestro sitio.

Ver Post >
‘Beti, beti, maite’ o el fruto de la ilusión
img
Ane Arruabarrena | 02-01-2014 | 07:42| 0

Hace unos pocos meses recibí una curiosa propuesta para participar en un libro colectivo. Y digo curiosa porque, conociéndome, tomarme como aficionada a la Real Sociedad -o al fútbol en general- serían palabras mayores. Pero desde un primer momento se me liberó de toda carga diciéndome que no se trataba de escribir sobre mis numerosas tardes en Atocha en mis años mozos, o sobre la alineación del equipo en el año 87; era, más bien, una invitación a relatar la parte que ha jugado el equipo en mi vida como donostiarra. Y creo que de eso todos podríamos decir algo. Además, nunca me hubiera podido negar a poner mi granito de arena sabiendo que compartiría espacio con ejemplos de la profesión como Iñaki Gabilondo o Enric González. Un autentico lujo. Sin dilación, me puse manos a la obra y en un suspiro salió un relato corto, más bien una reflexión, que espero que contribuya, al menos un poco, a dar la perspectiva de nuestro equipo local como nexo de unión en una sociedad más acostumbrada a poner el acento en sus diferencias.

Acabo de recibir el libro en casa -los autores se han preocupado muy mucho de su distribución, incluso entregando los ejemplares personalmente en algunos casos-, y estoy muy satisfecha. Pero no de mi nimia contribución, sino del buen resultado del trabajo en equipo. Beti, beti, maite. Memorias de la Real nació como una ocurrencia de dos chavales donostiarras con ‘sede’ en Madrid -y digo chavales porque son de mi quinta, pero en realidad son ya hombres hechos y derechos-. ¿Quién habría dicho que, meses después, estaría en las librerías y sería uno de los libros más vendidos de estas navidades? Y todo esto se ha conseguido sobre todo con el esfuerzo de Beñat Sanz y Xabier Rodríguez, que decidieron que su idea no quedase en una mera anécdota, pero también ha sido fruto de la implicación de tantas y tantas personas de manera desinteresada que, como yo, tenían la convicción de que este era un proyecto nacido de la ilusión. ¿Y qué decir de toda esa gente que ha ayudado económicamente, con cantidades pequeñas o medias de dinero, para poder imprimir el mayor número de ejemplares? Son estas hazañas -porque en un momento como este, la publicación de Beti, beti, maite puede considerarse toda una hazaña- las que me hacen creer en la gente. Y veo que no estamos dormidos, que seguimos teniendo ganas de crear, de mejorar, de ayudar… Espero que esta sea sólo la primera de tantas iniciativas que demuestren que juntos, podemos. Zorionak!

Ver Post >

Etiquetas

No hay tags a mostrar