Diario Vasco

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La capital del buen gusto
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Ane Arruabarrena | 15-07-2015 | 06:10| 0

Vale, es un topicazo. Pero parece que estoy en un catálogo de Ikea constante. Es todo tan bonito, tan acogedor, la gente viste tan rematadamente bien… Todos son altos y guapos y con clase y hablan en ese idioma que me suena tan raro y me imagino que estarán hablando de temas trascendentales, los mismos de los que hablan los modelos del catálogo, sentados en sus sofás color crema tomando un té en una taza que quiero que sea mía.

Esto es Estocolmo, sí señor. Una ciudad en la que parece como si sus habitantes caminasen elevados un palmo del suelo, flotando. Una ciudad en la que no hay Anas Obregones, ni Jennys, ni Jonathans, ni señoritos andaluces, ni americanos con gorra de béisbol y camiseta de tirantes. Aquí se respira clase. ¡Qué digo se respira! ¡Aquí atufa a clase! Me alegro de no haber sucumbido a los estilismos californianos y seguir con mi estilo predominantemente negro, con alguna licencia para grises y cremas. Gracias a eso, si ando muy rápido casi me mimetizo con la población autóctona. De hecho, es un problema cuando me atienden en sueco con toda la naturalidad del mundo. Digo que puedo mimetizarme pero no del todo. Podríamos decir que soy algo así como una sueca en un mal día.

Porque lo de esta gente no se puede creer. Digo yo que no trabajan, porque se necesitan horas para lograr ese aspecto tan perfecto y estudiadamente desenfadado. Quiero quedarme a vivir aquí solo para poder verlos cada día y descubrir si son todos tan interesantes como parecen o si es pura fachada. Debatíamos el Científico y yo, sentados frente a un par de cervezas en el barrio de Sodermalm, sobre la importancia de la vestimenta como carta de presentación. Yo creo que lo que visto me define en parte: que habla de mis emociones, de lo que he vivido, de lo que he visto. Pero es un arma de doble filo, porque también hay quien se esconde detrás de un estilo para poder encajar. Como si la ropa fuera el centro y no solo la fachada que da pistas sobre lo que puede haber dentro. Sobre lo que somos, con nuestros recovecos, nuestras incoherencias y nuestras dudas.

Pero a lo que iba: que después de tanto tiempo en California lidiando con los shorts, las flip-flops, las camisetas con print de palmeras y todas esas cosas que me horrorizan y que tan mal me sientan, no viene mal pasar unos días en la capital del buen gusto -sí, sí, mejor que París- a ver si se me pega algo. Y ya de paso, a ver si ellos cogen algo de nuestra simpatía, que incluso cuando eres guapo de catálogo, una sonrisa nunca viene mal.

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La asombrosa historia de Nellie Bly
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Ane Arruabarrena | 08-06-2015 | 06:07| 0

Imagina que, un domingo cualquiera, abres el periódico como de costumbre y lees un artículo que te indigna profundamente. Te enfadas tanto que decides escribir al periódico para ponerle los puntos sobre las íes al autor, esperando que por lo menos se digne a leerlo. Imagina que el editor, impresionado con tu texto, te invita a visitar el periódico y te propone escribir un artículo. Imagina que tu artículo es tan rematadamente bueno que te ofrecen un puesto fijo en la redacción.

 

Ahora piensa que estos hechos ocurrieron en el año 1885, que el periódico en cuestión era el Pittsburgh Dispatch, que el articulo ofensivo del periódico llevaba por titulo “What girls are good for” (“Para lo que sirven las chicas”), y que quien escribió la incendiaria respuesta fue Elizabeth Jane Cochran, una joven de Pensilvania que no pudo terminar sus estudios porque su madre no podía hacer frente a los gastos familiares. El editor le dijo que tendría que firmar sus artículos como Nellie Bly (título de una canción muy popular en aquellos años). Y así nació la leyenda. O mejor dicho, así habría nacido si Nellie hubiera sido un hombre y la hubiésemos estudiado en las clases de historia en el colegio.

 

Recordemos que estamos en 1885. Los editores de los periódicos consideran que las mujeres tienen que escribir sobre moda, jardinería, sociedad y buenos modales. ¿Pero cómo podrían esperar eso de una joven a la que habían contratado por su valiente carta en contra de la idea de que las mujeres que trabajaban fuera del hogar eran algo así como monstruos de cuatro cabezas? A Nelly le interesaban las historias de las trabajadoras pobres de Pittsburgh, las enormes dificultades que afrontaban las mujeres en los procesos de divorcio (que conocía de primera mano por la experiencia de su madre, que había sufrido un horrible divorcio después de años de malos tratos por parte de su segundo marido). Y sus artículos tenían mucho éxito entre los lectores, pero las empresas de las que hablaba en sus artículos sobre explotación laboral −que eran, por supuesto, las mismas empresas que ponían su publicidad en el periódico− no opinaban lo mismo. Así que trasladaron a Nellie Bly a escribir en la sección de jardinería. Escribió solo un articulo antes de presentar su dimisión, acompañado de una nota que decía: “Me voy a Nueva York. Estad atentos a mí. Bly”

 

Pero la gran manzana no fue tan fácil como ella había pensado. Después de varios meses tratando de encontrar un puesto en alguno de los medios de la ciudad, desesperada y sin dinero, Nellie aceptó un complicado encargo del periódico de Joseph Pulitzer, The New York World: tenía que internarse en un conocido psiquiátrico de la ciudad y pretender que era una paciente para contar su experiencia de primera mano. Lo que se llama periodismo encubierto, vamos. Consiguió permanecer en el centro durante 10 días antes de ser descubierta; material suficiente para escribir dos artículos contando las atrocidades que allí se cometían. Su relato impresionó tanto a la sociedad que los políticos se vieron obligados a hacer reformas en el sistema de los centros para mejorar el trato a los pacientes. Nellie Bly se convirtió en una periodista de renombre, conocida y admirada por su pluma comprometida y siempre en favor de los más desfavorecidos.

 

Recuerda que seguimos en el siglo XIX. Concretamente, en 1889. Por ponernos más en contexto, quedan todavía unos cuantos años para que las mujeres tengan derecho al voto en todo Estados Unidos. Y dices: bueno, esta mujer ya lo ha hecho todo, es una pionera, es lo más de lo más… Y va y se propone superar a Phileas Fogg, el protagonista de “La vuelta al mundo en 80 días”, y se va sola a recorrer el ídem, en barco, en tren, incluso en burro. Cuando pasa por Francia, conoce a Julio Verne y es el propio autor de la novela quien la anima a batir el record de Mr. Fogg. Y lo consigue. En 72 días, seis horas y 11 minutos.

 

Después de su hazaña, Nellie siguió escribiendo durante un tiempo, hasta que tuvo que dejarlo al morir su hermano para cuidar de su cuñada. También se casó con un conocido empresario y, cunado él falleció, ella ocupó su lugar al frente de la empresa, que años después caería en bancarrota… Digamos que Nelly hizo tantas cosas que merece muchas más páginas de lo que da de si este blog. Pero lo que importa es que murió escribiendo. Que fue una pionera en el periodismo de investigación. Que luchó por los derechos civiles y por la igualdad de las mujeres en un momento en el que aquello parecía impensable (todavía lo parece de vez en cuando). Y, sobre todo, demostró que las palabras son un arma implacable cuando se saben utilizar. Es importante escribir para explicar el mundo, al menos para explicar nuestro mundo y desdecir a quienes hablan por nosotros sin saber cómo somos o lo que necesitamos. Si Nellie lo consiguió en 1885, qué no podremos hacer nosotros.

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Dramas de Silicon Valley
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Ane Arruabarrena | 18-05-2015 | 05:12| 1

Todo está de moda. La moda está de moda. Una frase que imagino se habrá repetido montones de veces. Pero en Silicon Valley tiene más sentido que nunca. Aquí se lleva lo de ir al monte. “Hiking”, lo llaman. En castellano, senderismo. La gente dedica varias horas de su fin de semana a caminar por senderos delimitados para sentirse en comunión con la naturaleza. Pero a veces da la sensación de que la naturaleza es lo menos importante. Lo que de verdad importa es estar ahí. O mejor, poder decir que has estado ahí. Y eso un poco con todo. Con el monte o con lo que les echen. En el café de moda, en clase de yoga. En el mercado de verduras orgánicas. En el reservado de la fiesta de una start-up. Y si fuera suficiente con estar ahí… pero no. Hay que estar allí con todo lo “necesario” para estar allí. Y entonces empieza la diversión. Por aquí son un poco como los de Bilbao, que cuanto más gastan más se divierten. Aquí no se puede ir al monte con ropa cómoda y vieja, esa ropa que no te importa ensuciar, incluso romper. No llevan botellas de agua, por supuesto no beben de una fuente. Compran mochilas de 40 dólares con una bolsa y una pajita dentro para beber sin tener que utilizar sus manos. Se ponen las gafas de Google para sacar fotos de las flores que se encuentran por el camino. Es mucho esfuerzo sacar el iPhone 6 para eso. ¿Cámara de fotos? ¿Y eso qué es?

Entre semana disfrutan de sus clases de yoga, llenas hasta los topes de ingenieros que sueñan con conseguir la comunión de cuerpo y mente entre código y código. Pero hay que tener un buen equipamiento para respirar: alfombrilla de yoga: 90 dólares, toalla para poner encima de la alfombrilla: 30 dólares, espray para limpiar la alfombrilla: 15 dólares, pantalones de yoga que consigan que tu culo siga viéndose firme en posturas imposibles: 85 dólares, camiseta de tirantes con mensaje espiritual: 70 dólares, pack oferta de 10 clases de yoga: 140 dólares. Namasté.

Los domingos toca relajarse en casa haciendo cerveza. Por supuesto, necesitaremos un kit completo (que, con un poco de suerte, utilizaremos más de una vez y no se quedará olvidado en la balda de la cocina detrás de la máquina de hacer zumos). Y por la tarde, un café en cualquier cafetería en la que los camareros tengan bigote y lleven gorro de lana a 27 grados. La larga espera merece la pena cuando llega el latte con leche de almendra y una flor de loto dibujada con la espuma. Son 4 dólares (escoge en el iPad el porcentaje de propina que quieres dejarles. No seas rácano, han estudiado mucho para ponerte ese café). En ese mismo lugar tienes una zona reservada en la que puedes pagar 3 dólares la hora para sentarte con tu Mac y tus cascos gigantes con tecnología Bluetooth para poder trabajar un poco en la nueva app que estás preparando y que sueñas con vender por varios millones en unos pocos meses. Hay que generar ingresos para pagar al paseador de perros.

Son los dramas de Silicon Valley, donde las modas están de moda y todo vale con tal de sentirse parte de algo. Aunque muchas veces no sepamos ni lo que es. Y yo lo critico, y lo denuncio. Pero no me libro. Porque es verdad que mi esterilla de yoga me costó 10 dólares y que cada vez que la extiendo al empezar la clase el olor a plástico se carga todo el ambiente zen. Pero también tengo que admitir que me he comprado la toalla especial para ponerle encima, y el otro día en Whole Foods estuve mirando con cierta curiosidad la estantería de esprays para esterillas… A estas alturas de la vida, cuando pido un café, SIEMPRE espero que tenga una flor dibujada con la espuma de la leche. Y me decepciono si el trazo no es bueno. El kit de cerveza no me lo planteo porque yo soy más de vino, pero lo del paseador de perros lo he estado pensando seriamente. Y eso que yo no tengo perro.

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Jamie Cullum y yo (o la historia de un amor imposible)
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Ane Arruabarrena | 05-04-2015 | 07:34| 2

Nos conocimos hará ya seis años, cuando estaba yo trabajando en el Jazzaldia y él vino a dar un concierto en la plaza de la Trinidad. Y digo nos conocimos porque nos presentaron y me dio la mano, pero sería más justo decir que lo conocí. Él solo dio la mano a una de las miles de personas a las que se la estrecha cada año. Ya entonces soñaba con el momento en el que nos veríamos: él me miraría a los ojos, sorpresa, rubor… y saltarían chispas. De ahí a irme a vivir con él a Londres había solo un paso. Pero no ocurrió. Intuí que nuestra historia de amor sería más complicada de lo que había imaginado. No pude ver su concierto. Gajes del oficio. Llegué corriendo de la actuación en la que tenía que trabajar, en el Victoria Eugenia, abriéndome paso entre la muchedumbre, con música de fondo (en mi cabeza) de final de película romántica de Hollywood, de cuando el protagonista se da cuenta por fin de que ella es la mujer de su vida y empieza a correr para alcanzarla antes de que ella tome el vuelo que sale en menos de veinte minutos, y suena un trueno y en un instante se pone a llover a mares (esto último probablemente fuera verdad, dado que estábamos en nuestra querida Donosti). Escuché un estruendo de aplausos al llegar a la plaza (y, obviamente, no eran por mí).

-       ¿Faltan los bises?

-       No, acaba de terminar.

Pues vale.

Pasó un año hasta que mis amigas me invitaron a otro concierto suyo como regalo de cumpleaños. Esta vez en el Palacio Kursaal. Llegué nerviosa. ¿Se acordaría de mí? ¿Me notaría mayor? ¿Le gustaría el modelo que me había puesto para la ocasión?  Estaba lleno hasta los topes. Y, como siempre hace, en un momento del concierto animó a todo el público a levantarse de sus asientos y acercarse a pie de escenario. Alcanzaba a verlo a duras penas entre tantas cabezas (su altura tampoco era de gran ayuda). Y sentí que ese era el momento. Que nuestras miradas se cruzarían y, esta vez sí, el mundo se detendría a nuestro alrededor. Y entonces ya de verdad, me iría a Londres a vivir con él y su piano. No estaba segura de si funcionaría, por la dificultad de vivir con un artista, con su ego y sus comeduras de tarro, por el inglés (que entonces lo tenía bastante oxidado),… Pero tenía claro que quería arriesgarme. Y si la cosa iba mal, Londres estaba a pocas horas de avión. Mejor lanzarse a arrepentirse por no haberlo intentado.

Pero tampoco pasó. Y mientras yo vivía soñando con su música en mis cascos, él empezaba una relación con la modelo Sophie Dhal (la nieta del escritor Roald Dhal) y estaban esperando su primer hijo. No todo estaba perdido, pero casi.

El Científico me sorprendió estas navidades con entradas para su concierto en San Francisco dentro de su gira americana. Otro tiempo, otro contexto, otro continente, la misma emoción. Estaba igual que siempre. Es lo bueno de parecer un eterno adolescente, aunque ya haya cumplido 35 años. Me preocupé por si notaría que yo sí había cambiado, que los años no pasan en balde para el resto de la humanidad.

El concierto fue igual que el anterior. No en el repertorio, pero sí en la diversión, el buen hacer, la locura y el desparpajo del mejor showman que hay actualmente en el jazz-pop. Una montaña rusa de emociones que terminó, igual que aquél día en el Kursaal, con una sobrecogedora interpretación de Gran Torino. Volvió a pedirnos que nos acercásemos a pie de escenario, pero esta vez yo no me moví de mi asiento. Bailé, canté, di palmas y disfruté como una niña. Pero ya no sentí la necesidad de que nuestras miradas se cruzaran y saltasen chispas.

Dijo Jamie que ya tiene dos hijos con su mujer. Yo miré al asiento de al lado y vi al Científico, con una expresión de felicidad y satisfacción en el rostro por el buen regalo que me había hecho. Le di un largo beso. La vida sigue, también la mía, y creo que nuestro momento ha pasado. Fue un amor imposible y ahora ya solo queda un bonito recuerdo. Hasta el próximo concierto.

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Con la esperanza bajo el brazo
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Ane Arruabarrena | 26-03-2015 | 05:49| 1

Conocí a I. a los dos años (ella ya tenía tres), el primer día de colegio. De eso se acuerda ella. Es ella la que siempre me recuerda que me saludó nada más entrar, que nos dijimos nuestros nombres y ya no nos separamos más. Y no, nunca nos hemos separado. A pesar de la obligada distancia física, ya desde la universidad y ahora con todavía más peso. Pero la conexión sigue ahí, intacta. Hemos crecido juntas y nos conocemos de esa forma en la que solo se conocen los amigos de toda la vida.

Por eso siento que algo en mí también ha cambiado ahora que I. ha sido madre. La conexión se ha vuelto más fuerte. Tengo que repetírmelo a menudo: ¡Ha sido madre! Todavía me cuesta creerlo. La veo sentada a mi lado en la entrada del cole, sacando con cuidado de su bolsita de la merienda una tableta de chocolate blanco y mordiendo un minúsculo pedazo, como si fuera un pajarito, con esa delicadeza que la caracteriza. Y entonces pienso en cómo ha pasado la vida y en todo lo que hemos hecho. También siento una repentina responsabilidad. Al fin y al cabo, hay dos nuevas personitas en este mundo con las que tendré una conexión especial. No me preocupan sus padres, porque ambos son grandes personas, de esas que quieres que tengan montones de hijos para llenar la Tierra de gente que merece la pena.

¿Pero qué pasa con el mundo que se encontrarán? ¿Hemos hecho lo suficiente para tratar de darles un lugar mejor? Porque los bebés crecerán, vivirán lo que su madre y yo vivimos juntas, ¡incluso llegarán a tener nuestra edad! Y se harán mayores, y quizá ellos también tendrán hijos en algún momento. (Y ahí entiendo la emoción de mis padres con la noticia, por ejemplo. Porque probablemente ellos pensaban lo mismo de nosotras cuando nos veían jugar en la terraza de casa). Quiero decir, que parece obvio. Pero no lo es. Es el milagro de la vida, que aunque muy manido, no deja de ser verdad. En estos días en los que solo hablamos de tragedias, de muertes, como la de los pasajeros del vuelo 9525, la de Moncho Alpuente o la de Pedro Reyes, días en los que cuesta levantar la cabeza… quiero brindar por la vida. L. y K., bienvenidos a este mundo. Sé que muchas veces es difícil y que tenemos muchas cosas que mejorar, pero en eso estamos. ¡No perdamos la esperanza!

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El viaje de los invisibles
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Ane Arruabarrena | 02-02-2015 | 05:46| 0

Me gustan los momentos de tránsito en las películas. Esas secuencias en las que el/la protagonista viaja en autobús o en tren, la mirada perdida y su rostro reflejado en la ventanilla, con música de fondo. Son para mí las canciones de transporte público, melodías a medio tiempo que te hacen debatirte entre la sonrisa y el llanto callado. Y ahora soy yo la protagonista de uno de esos momentos cinematográficos, cada día, en mi largo y tedioso trayecto del trabajo a casa.

Paso por diferentes fases a lo largo de las dos horas de viaje. Primero viene la ansiedad al salir de la oficina, las ilusión de haber terminado la jornada laboral unida al miedo por perder el autobús que pasa solo cada hora. Camino rápido, tengo que llegar en menos de 25 minutos. De camino, cruzo un puente que me aterra, la bicicleta pintada de blanco en recuerdo a un niño que murió atropellado por un camión hace pocos meses cuando pedaleaba hacia el colegio, partes del camino en las que no hay aceras y los coches me pasan tan cerca que me mueven el pelo a su paso. El peor momento son esos minutos en los que tengo que esperar a que el semáforo se ponga en blanco (sí, aquí los semáforos de peatones tienen la luz blanca) y veo justo al otro lado el autobús poniéndose en marcha. ¿Llegaré? ¿Habrá merecido la pena el esfuerzo? ¿Tendré que quedarme aquí esperando una hora más? ¿En este lugar en el que no hay nada más que esta parada y cientos de coches transportando a cientos de individuos en la batalla por llegar a sus casas?

Un cigarrilo. O dos. Y por fin veo de lejos el número iluminado de mi autobús. El trayecto será corto, pues este es solo el enlace al ‘verdadero’ autobús, al que me llevará a mi ciudad. Y a veces voy tan absorta en mi sueño cinematográfico que me paso de parada y termino en una estación de tren en la que tengo que esperar otros 45 minutos para poder subirme a uno que me lleve a casa. Pero esta vez estoy atenta y me bajo en la parada correcta. Cruzo un paso de peatones de ocho carriles con los ojos bien abiertos y vuelvo a esperar, en una parada distinta pero igual que la anterior, a que llegue un autobús distinto pero igual que el anterior. Me monto y ya puedo descansar. Me espera una hora sentada en uno de los asientos hundidos y llenos de manchas oscuras que prefiero no pensar de dónde vienen.  Y ahora sí puedo convertirme en la protagonista de la secuencia del viaje de mi propia película. Me coloco los cascos y pongo la música a todo volumen. Podría fingir un gesto dramático para darle más fuerza a mi interpretación, pero la mayoría de las veces estoy tan cansada que no necesito fingir. Mi cara es un poema. Y los ojos se me cierran de cuando en cuando, y los abro de golpe cada vez que el autobús para bruscamente. Aprovecho entonces para observar al resto de protagonistas de mi filme, y trato de imaginar las vidas que llevan y por qué están aquí (y no en un coche). La mayoría son mujeres latinas que se dedican a limpiar casas o a cuidar niños, también hay veteranos en silla de ruedas, algunos escolares que todavía no han cumplido los 16 y unas cuantas personas de avanzada edad y de origen asiático. Parece que a los blancos de la Bahía no les gusta el autobús (si no son los privados que les facilitan las grandes empresas de Silicon Valley, con Wi-Fi y todas las comodidades). Conozco a muchos que ni siquiera se han montado en uno. Pienso en la injusticia de tener un transporte público de pésima calidad por el hecho de que las personas que lo utilizan son las que menos importan: los pobres, las mujeres, las personas con discapacidad, las personas mayores. En este pequeño universo de éxito y dinero, a nadie le importa que los empleados que les hacen ganar sus fortunas, las señoras que cuidan a sus hijos mientras ellos están en sus magníficos empleos, esos ‘héroes’ que luchan por la patria y a los que tanto aplauden en las películas y en los anuncios de televisión, o ancianos que podrían ser sus padres, tengan que perder dos horas como poco para hacer un recorrido que en coche lleva veinte minutos, y en unas condiciones nada deseables.

Con mi música, mis pensamientos y el reflejo de mi rostro cansado en la ventanilla, el sol se ha puesto en la Bahía y ya es de noche. Última parada: la estación de autobuses de Palo Alto. Me bajo y me despido con la mirada de mis compañeros de viaje. Mañana nos veremos de nuevo. Y así cada día. Hasta que los demás nos vean.

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Lo prometido es deuda
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Ane Arruabarrena | 04-01-2015 | 07:08| 6

 

Los amigos son lo mejor de la vida. Especialmente si son tan asombrosos como los míos. Ellos pueden amenizar una cena con conversaciones sobre cualquier tema  baladí, y en cuestión de segundos se plantan y te dejan ojiplática con una propuesta de lo más intelectual. ¿O más bien tendría que llamarlo reto? El caso es que hace exactamente un año, el 4 de enero de 2014, en una de nuestras veladas apasionadas y ruidosas, cual corrala en hora punta, me retaron a escribir una entrada en este blog en la que aparecieran integradas las palabras que cada uno de ellos escogieran. En total, ocho palabras sin relación entre si, difíciles de usar y feas de narices, para qué negarlo. Lo mejor fue que me vine arriba y yo misma me pegue un tiro en el pie –algo así como los perdigones de Froilán pero en sentido metafórico- y sugerí una novena palabra, como si el reto no fuera conmigo e hiciera falta ponerlo todavía más difícil. Siempre he sido una chica espabilada para esto de los juegos, sí. Y ahí estaba yo, abrumada por lo emotivo de la noche y por la excitación que el experimento provocaba en mi yo más masoquista. Pero solo me duró una noche.

A la mañana siguiente, vagando por la casa como una ameba de caracol y con obreros en mi cabeza machacando pladur a martillazos, me asusté. No tengo excusa, simplemente me asusté y pensé que no sería capaz de semejante hazaña. Así que dejé que el tiempo pasara con la ilusión de que mis amigos se olvidaran de todo lo que habíamos dicho en aquella lejana noche de enero. Pero al volver de visita a Euskadi pocos días antes de que Celedon descendiera a la Plaza de la Virgen Blanca, tardaron muy poco en recordármelo. Agaché la cabeza avergonzada, como el periscopio de un submarino al descubrir un barco enemigo en el horizonte, y les prometí una vez más que cumpliría mi palabra. Esta vez percibí incredulidad en sus rostros. No puedo culparles.

Pero es que, amigos, no estamos hablando solamente de la perpetua angustia frente al papel en blanco. Esas palabras dadas –y elegidas con muy mala leche- ponen cotas a la propia expresión, te obligan a tomar caminos que quizá nunca habrías escogido, hacen tremendamente complicado crear un relato fluido y natural. Sé que pensaréis que son excusas, y sí, lo son. Porque quien acepta un reto tiene la obligación de intentar superarlo. Y porque se lo debo a esos amigos que son como aquella mujer perfumadita de brea a la que cantaba Serrat, que los añoro y los quiero a morir, pero a los que también temo si la próxima vez que voy de visita sigo sin haber cumplido mi palabra.

Daría lo que fuera por verlos a través de un catalejo que cubriera los más de 9 000 kilómetros que nos separan, buscando la palabra enrevesada que cada uno me propuso, sonriendo al encontrarla entre la amalgama de caracteres, pensando que quizá podría haberla insertado mejor en el texto…

Estas navidades no he podido haceros una visita y daros todos los abrazos que os merecéis. Pero por fin tengo vuestro regalo: mi promesa cumplida. Espero que os guste, y que la espera haya merecido la pena. Eso sí, nada de retos nuevos hasta 2016, que os conozco!

 

P.D. No he incluido la lista de las palabras que tenía que utilizar obligatoriamente en el texto, por si os apetece probar a descubrirlas…  Eso sí, mañana las escribiré en el apartado de comentarios para que comprobéis lo sufrido que ha sido el reto.

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El hombre que vino de Marte
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Ane Arruabarrena | 08-12-2014 | 05:55| 0

Hay personajes que me pueden. Admito sin pudor que, en lo que a ellos respecta, no puedo ser objetiva. Me ciega su talento, me impone su figura, enmudezco ante su grandeza. Me topé de frente con uno de ellos cuando caminaba por las calles de una Chicago helada. Frente a mí, en la fachada del Museo de Arte Contemporáneo, ese ser fascinante que es David Bowie. ¡No podía ser! Una exposición dedicada íntegramente a su figura, a su carrera, que venía de Londres y se había inaugurado solo unos pocos días antes. Si encima hubiese sido gratuita me hubiera replanteado mi relación con Dios, pero bueno, pagué los ¡25 dólares! con gusto.

Me emocioné ya antes de entrar (siempre me emociono cuando voy sola a los museos). Me colocaron unos cascos y me dijeron que no tenía que apretar ningún botón, que todo estaba listo para funcionar. Y así fue. Nada más entrar a la primera sala empezó a sonar Space Oddity a todo trapo en mis auriculares (en realidad, el volumen sí se podía regular. Pero a mí me gusta la música más bien altísima). Y de golpe, ya estaba con el Major Tom en su viaje al espacio. Y luego con Ziggy Stardust, Aladdin Sane,… Cada vez que me giraba y miraba otras fotos o una nueva pantalla, la música que estaba escuchando en mis auriculares cambiaba para adaptarse a ese nuevo momento musical en la carrera de Bowie. Una experiencia mágica y un gran acierto de los comisarios de la exposición, que no te hacen sentir solo espectador sino también partícipe de la evolución del ‘personaje’.

Es curioso ver sus canciones escritas a mano, esos puntos de las íes que él dibuja como una pelota. Y los trajes… no es algo que me importe demasiado. Porque lo importante no es lo estrambótico de los trajes, sino el proceso creativo para llegar a esas ideas a través del estudio de múltiples disciplinas. Hace algunos años ví en el festival de cine documental musical Dock of the Bay de Donosti un documental[1] sobre Lou Reed, Iggy Pop y Bowie, en el que este último no salía muy bien parado. Parecía más bien alguien que se había aprovechado del talento y la transgresión de otros para conseguir su único sueño: ser una estrella. Pero como ya he dicho al principio, hay personajes con los que no puedo, ni quiero, ser objetiva, yo me quedo con el Bowie rompedor, no solo en la música sino en el arte en general. Porque para él lo importante era hacer arte en tres dimensiones. No se trataba de coger una guitarra y cantar una buena canción (que también), sino de llevarnos con él en un viaje transformador. Y lo conseguía. Pero no gracias a un talento innato. Lo que esta exposición me ha confirmado es que David Bowie es, sobre todo, un currante. Un hombre que trataba de aprender de arte, de literatura, de teatro, de moda, de todo con tal de poder crear esas historias que resultarían avanzadas a su tiempo. Por eso lo de transgresor. Quizá no un transgresor casual, pero no por ello un plagiador. Quizá un ser humano ‘corriente’ que ha trabajado duro para ser recordado como un ser excepcional llegado de otro planeta.

Life on Mars


 

 

(La exposición David Bowie is permanecerá en Chicago hasta enero de 2015 y llegará a París en marzo. Una motivación añadida para visitar la ciudad de la luz…)


[1] The Sacred Triangle (2010)

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Conversaciones con Iñaki
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Ane Arruabarrena | 13-10-2014 | 06:10| 0

Entusiasmada. Así me siento mientras devoro las entrevistas de Iñaki Gabilondo en mi pequeña pantalla. Podría pasarme el día entero escuchando, admirando, aprendiendo. Descubrí el programa la semana pasada, cuando salió en los medios por una jugosa entrevista a Iker Casillas. ¿Cómo? ¿Que Gabilondo tiene un programa de entrevistas en Canal +? ¿Y puedo verlo desde EEUU? Es lo que tiene vivir en otro país, que aunque lo intentes, cosas que antes serían imprescindibles para ti se pierden entre tanto ruido. Enseguida me puse a buscar el programa. No he visto la entrevista a Casillas, pero sí he recuperado muchas de las antiguas.

Qué gran experiencia tiene que ser que Iñaki quiera charlar un rato contigo en esa mesa y con ese fondo negro, íntimo, pero que nada tiene que ver con aquella luna de Pedro Ruiz y sus preguntas pomposas y vacías. Como periodista no me atrevería ni a pretender ponerme a su altura. Ya lo dice uno de sus invitados, Jordi Évole: “Yo de pequeño quería ser Iñaki Gabilondo”. (He de admitir que yo de chavala quería ser la sustituta de Gemma Nierga cuando se cogiese la baja de maternidad). Me gusta escuchar –sé que soy una buena “escuchadora”-, pero esa forma que tiene Iñaki de quedarse con los aspectos mínimos dentro del discurso y continuar ahondando en ellos, esa manera de asombrar a sus entrevistados, es admirable. Uno puede ver en las caras de los invitados lo mucho que se sorprenden de los derroteros por los que discurre su conversación y de su naturalidad para desnudarse ante ese hombre de ojos tiernos.

Así que mi ilusión no sería ya ser como Iñaki, sino ser entrevistada por Iñaki. Lo sé, no pido nada. En tiempos como los que vivimos, poder asomarnos a esta ventana y ver la calidad humana, artística, política, social, de algunos de nuestros más ilustres paisanos y personalidades internacionales nos da un poco de tregua, nos permite respirar por un rato y tener ilusión. Programas como estos son una inspiración, y deberían formar parte de la oferta de nuestras cadenas públicas. Paradójicamente, nunca podrían formar parte de ellas.

Una recomendación: la entrevista a Antonio López –uno de los hombres de mi vida- es un tesoro brillante que he encontrado en medio de toda la oscuridad que nos rodea.

 

 

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“Yo soy la calle”
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Ane Arruabarrena | 11-09-2014 | 05:41| 0

“Recuerdo cuando te conocí, hace meses, en aquella mesa de ahí enfrente. Desde ese momento me has enseñado tantas cosas… Recuerdo que hablabas de tu preocupación por la escritura. Decías que querías escribir un libro pero el bloqueo que sentías te impedía hacerlo. Atreverte. Siempre que pienso en la cocina -mi pasión, mi profesión-, me acuerdo de cómo tú enfrentaste tus miedos para escribir un libro.  Y a veces estoy en casa y lloro porque tú me has hecho pensar. Me encanta hablar contigo porque me haces sentir alguien importante. Tú me haces plantearme quién soy”.

No puedo expresar lo que significa para mí escuchar esas palabras, un jueves al anochecer, sentadas frente a un vaso de güiski y una copa de vino, de boca de D. Una de las mujeres más auténticas y más fascinantes que he conocido en Estados Unidos.

D. va por rachas. A veces aparece por el bar durante semanas seguidas y luego pasa más de un mes sin pasar por allí. Cuando tiene ganas de conversación es tu día de suerte porque te bombardea con ideas delirantes, historias imposibles e ingentes dosis de emoción. Pero también tiene ratos, o días, en los que se sienta junto a su cerveza y su vaso de güiski, se pone los cascos, se enciende un cigarrillo, cierra los ojos y sonríe balanceándose levemente al ritmo de la música. No existe el resto del mundo.

Un mundo que se lo ha puesto especialmente difícil. Con una familia que nunca le demostró amor y de la que huyó siendo todavía una niña. Viviendo sola en distintos países, en distintos estados, buscándose la vida. Como ella dice, D. es de la calle. O más bien, ELLA es la calle. Se percibe en su forma de hablar, en la manera en que camina, en su vestimenta “poco femenina”, en sus bellos ojos azules que transmiten una dulzura arrolladora pero que también dejan entrever una profunda tristeza.

A D. Le gusta estar “con los chicos”. Pero cuando la conversación se pone demasiado fanfarrona en el bar, o cuando a ella le da la gana, levanta la mano y grita: “¡Vagina!”, y se enciende otro cigarrillo. Bromeo con ella sobre su intensidad. Cuando va a conocer a la hermana de su novio, o cuando tiene una entrevista de trabajo, le pido que limite ese entusiasmo y esa pasión por lo menos durante los primeros cinco minutos. Porque sé que hay a quien puede asustarle.

Los abrazo de D. Son largos, larguísimos, y te aprieta tanto que parece que quiera traspasarte. ¿Pero cómo pedirle que regule la intensidad a una fuerza de la naturaleza como ella? A alguien que va al mercado y le dice a la señora que vende verduras, sin conocerla de nada, sin haber hablado nunca antes con ella, algo así como: “Creo que me gustas. Es posible que te quiera”. Así es ella. Sabe disparar armas, sabe cocinar huevos de innumerables maneras “porque ha sido de lo poco con lo que he podido subsistir en mi niñez”, le canta las cuarenta al padre de familia que le alquila una habitación en East Palo Alto cuando no le habla a su hija con respeto, trabaja como cocinera en más de un restaurante sin cobrar nada en algunos de ellos aunque no tenga un duro en su cuenta corriente (“porque son mi familia, ¿cómo no iba a hacerlo?”), y tiene una capacidad innata para inundar de sentimiento cada palabra que sale de su boca.

La primera vez que la vi, aquel día en aquella mesa que ella tan bien recuerda, le dije que quería escribir sobre ella. El jueves se lo dije otra vez y me reprochó que ya se lo había pedido antes y que nunca lo había hecho. Me excusé diciendo que no puedo condensar todo lo que veo en ella en un solo post. Ella se merece un libro entero. Pero por ahora quiero al menos presentárosla. Porque poca gente me inspira tanto. Y porque, aunque ella crea que yo lo enseño, no es así. Yo no sé más que ella. Solo sé que ambas hemos transitado por caminos oscuros y solo necesitamos un abrazo largo y fuerte, una mirada tierna, para poder cambiar nuestro rumbo.

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