Skip to content

La emoción de la espera

2014 abril 15
por Ane Arruabarrena

Siempre me han hecho gracia esos reportajes veraniegos en los informativos -cuando parece que hay poco que contar- en los que los reporteros se acercan a Benidorm para dar cuenta de las familias que se levantan a las cinco de la mañana con la sombrilla bajo el brazo para coger un buen sitio en la playa, y luego se vuelven a dormir. Admiraba a esas personas con semejante fuerza de voluntad.

Pero por aquél entonces no vivía en Estados Unidos. Aquí, lo de ser el primero en conseguir algo es más que un esfuerzo; hacer cola en este país es una afición. Cuando llegué, hace ya más de año y medio, tuve la oportunidad de ver por primera vez las colas de gente esperando para comprar el iPhone que salía a la venta al mercado en ese momento. Pero eso era días antes de que se pusiera a la venta. Había incluso tiendas de campaña en la avenida principal de Palo Alto. MI primera reacción fue, por supuesto, suponer que los regalaban, o que los diez primeros tenían un 50% de descuento, o que por lo menos les regalarían una camiseta o una taza. Pero nada de eso. Estaban ahí solo por la satisfacción de tener entre sus manos ese objeto del seso horas antes que el resto de los mortales.

Ahora que me he modernizado, ya sé que esas personas son legión, que el propio Tim Cook -cofundador de Apple- hizo cola durante horas para conseguir su iPhone 5S y solidarizarse con sus ‘fans’, y que hay incluso un tipo en Japón que ya se ha puesto a esperar para ser el primero en hacerse con el iPhone 6 (sin fecha prevista de salida).

Pero, como decía, no se trata de la ilusión por obtener algo en concreto, sino de la afición por pasar horas en fila, incluso para comerse un helado. Pasa cada día en Palo Alto, creedme. ¿Y qué tiene de especial ese helado? Pues que te lo sirven como un sandwich, pero entre dos galletas. Mi teoría es que el helado lleva pegado en la parte de abajo algún tipo de estupefaciente, pero nunca lo sabré porque no tengo intención de perder el tiempo en descubrirlo.

Hablábamos de esta cuestión ayer, con un amigo local que no gusta de estas aficiones. Nos contó que hay un lugar en Nueva York en el que la gente hace cada día dos horas de cola para conseguir un dulce que llaman ‘cronut’, y que es un cruce entre un croissant y un donut. ¿Pero no podría hacer un agujero en un croissant y obtener el mismo resultado en la panadería de enfrente? Pues parece que no. El local en cuestión es conocido por tener un problema sanitario con las ratas, pero qué más da. La gente se agolpa a sus puertas a las ocho de la mañana, y hora y media después los dependientes salen para informales de que no hay más cronuts por hoy. No importa, mañana volverán a esperar, a ver si tienen más suerte. Y si no es mañana, será al día siguiente. Porque no importa el premio en sí; lo que realmente les gusta es la emoción de la espera.

https://www.youtube.com/watch?v=rRwcIumf-mI

Soy una commuter

2014 abril 5
por Ane Arruabarrena

Sé que he pasado mucho tiempo sin escribir en este blog. Pero es que mi vida ha cambiado de forma drástica. Porque tengo trabajo, sí, pero sobre todo porque soy una persona nueva, una especie a la que nunca pensé que podría pertenecer: soy una commuter.

¿Y eso qué es? Pues, por decirlo de forma simple, soy una de las tantas personas en la Bay Area que viajan a diario desde sus hogares a sus puestos de trabajo. Y dentro de ese grupo, pertenezco al selecto subgrupo de los que lo hacen valiéndose del transporte público. Eso, a grandes rasgos.

Pero si queremos entrar en ello de lleno (y yo quiero, o debo), mi vida ha pasado de la contemplación sosegada -otra forma de decir ‘aburrimiento’- a la aventura diaria en esta jungla que es el camino de ida y vuelta a casa desde otra ciudad. Sabía que sería difícil, y no negaré que me asustaba solo de pensarlo, o cuando escuchaba las dantescas anécdotas de mis compañeros de batallas nocturnas en los bares de la zona. Pero nadie me preparó para la cruda realidad. Y desde aquí, aprovecho para reivindicar cursos particulares para commuters, o prácticas en empresas, o -para aquellos que tengan que trasladarse desde la capital a los suburbios, y en casos extremos- cantidades ingentes de ansiolíticos.

El primer día, tardé más de dos horas en volver del trabajo a Palo Alto (una distancia de 20 kilómetros). Que si guíate con el puntito azul del Google Maps para andar hasta la parada del autobús -siempre alerta de posibles atropellos -, que si coge  ese cacharro de la época en la que Reagan era gobernador de California y que tarda una eternidad en llegar a su destino mientras ves a los cientos de coches pasarte a la velocidad de la luz, y cuando por fin llegas tienes que correr para no perder el único tren que pasa cada hora y en el que tienes que sacar los codos para poder entrar. No recuerdo nada de cuando llegué a casa aquel primer día. Creo que me recogieron en la estación como a un trapito.

Ahora, por supuesto, las cosas han mejorado. Tardo casi una hora menos después de haber resuelto una compleja ecuación para saber cómo combinar los medios de transporte. Y hay almas caritativas que se ofrecen para acercarme a mitad de camino (no habrá cervezas en el mundo que puedan pagarles  semejante ayuda). Trato de practicar la meditación cuando empiezo cada viaje, sobre todo en los días de lluvia (pueden ser verdaderamente intensos en esta zona en la que las paradas de autobús no suelen estar cubiertas y no puedes refugiarte en ningún porche por eso de su obsesión con la propiedad privada). Y si tengo un día más negativo y lo único que deseo es prenderle fuego al bus que, una vez más, llega tarde, pienso en los compañeros que vienen desde Berkeley cada mañana en transporte público y que tardan la friolera de cuatro horas en llegar a casa (y viceversa). O en ese hombre ciego con el que coincido cada tarde en la estación y al que admiro profundamente por saber lidiar sin miedo con hordas de trabajadores de empresas punteras que matarían a su hermano por llegar a casa cinco minutos antes y engullir su comida preparada mientras ven un episodio de The Walking Dead.

Y en un alarde total de insensibilidad -todo se pega- doy gracias porque al menos hoy no hay nadie que haya decidido terminar con su vida lanzándose al tren, así que llegaremos a la hora prevista. Lo dicho: la jungla.

Las normas son las normas

2014 marzo 26
por Ane Arruabarrena

Ya lo habréis leído. En Colorado (USA), una niña de nueve años ha sido expulsada de su colegio por haberse rapado en solidaridad con su amiga, enferma de cáncer y en tratamiento con quimioterapia. ¿Y por qué? Pues dice la escuela que por haber infringido una norma que se aplica a los estudiantes para ¨promover la seguridad, la uniformidad y un ambiente sin distracciones¨ en el centro educativo. Como dicen por aquí: bullshit. Lo que me encantaría saber es qué exactamente de lo que hizo la chavala altera estos elementos en los que la norma se basa. ¿Quieren acaso decir que una niña con el pelo rapado, o sin pelo, es más susceptible de sufrir algún tipo de violencia en las aulas? ¿Por parte de sus compañeros? ¿Qué parte de afeitarse la cabeza es la que altera la seguridad o un ambiente sin distracciones? ¿Hubiera pasado lo mismo si quien lo hubiera hecho fuera un chico?

Ahora, después de que el caso haya revolucionado las redes sociales –esas que,  a veces, también sirven para visualizar las injusticias-, dicen los portavoces del colegio que la niña puede volver, que al fin y al cabo son cosas de críos, que es un bonito gesto, que siempre hay excepciones…

Lo verdaderamente terrible es que esto sea una excepción. Los críos no dejan de sorprenderme. Cada día nos dan lecciones de cómo saber convivir, sin desconfianzas, sin miedos, con una voluntad de entendimiento que parece que vamos perdiendo con la edad y con la inmersión en la sociedad. Pero tiene su lógica: ¿Qué va a pensar ahora esta niña? Si ella ha decidido hacer algo bonito por su amiga, sin darle demasiadas vueltas, sin siquiera sospechar que podría ser motivo de cuestionamiento, y ahora la escuela –esa en la que pasa la mayor parte del día y en la que aprende mucho más que las materias lectivas- la hace dudar de lo adecuado de su decisión. En este caso ha demostrado tener carácter y dice que sigue creyendo que hizo lo que era correcto. ¿ Pero qué pasará la próxima vez? ¿Y la siguiente? ¿Y la siguiente? ¿Qué pasa después de años y años de lavado de cerebro sobre los peligros de no seguir la norma? Evitemos que lo consigan. Estos chavales son el futuro. Y si lo que les enseñamos en la escuela son cosas como estas, no creo que estemos en la posición de darles lecciones sobre lo que está bien y lo que está mal.

Oda a la montaña (de una urbanita de pro)

2014 marzo 12
por Ane Arruabarrena

¿Quién dijo que ir al monte era aburrido? Yo misma.

Cuando era pequeña, pasar un día en la naturaleza, cuesta arriba – cuesta abajo, era para mí una auténtica tortura. Tenía grabada a fuego la idea de la montaña como nos la enseñaban en Heidi: una alfombra verde gigantesca y mullida, de la que salían animalillos voladores con carita dulce y en la que podías dar volteretas, hacer la croqueta o acurrucarte para una buena siesta. Me sentí traicionada cuando vi en persona esa superficie marrón de la que salían algunos pelillos verdes, con bichos feos y babosas pringosas, y piedrecitas que se te clavan siempre en el trasero, te sientes donde te sientes.

Ha sido la vida en California la que me ha llevado a explorar nuevamente ese entorno cuasi-desconocido y hostil. Y es que, si algo tienen por aquí, son entornos naturales en los que perderse durante horas, incluso días. No diré que me apasione, pero a mis ‘más de 25’ puedo afirmar que ahora comprendo la pasión de tantos y tantas por lo que aquí se conoce como ‘hiking’ (para nosotros: senderismo o simplemente pasear por el monte).

Siempre he preferido rodearme de ruido. El silencio me abruma, y es por eso que cuando me adentro en un bosque de secuoyas gigantescas, mi primera reacción es la de salir corriendo. Pero a medida que avanzo, mi respiración se hace más lenta y regular, mi mente se va liberando de cargas –pesadas y ligeras- y solo estoy yo.

Por supuesto, no me he convertido por arte de magia en Juanito Oyarzabal en un año y medio, y cuando hay cuestas empinadas me sigo enfurruñando y sigo mentando a todos los santos. Pero cuando salgo de entre los frondosos árboles y me encuentro con un paisaje como el que pude contemplar ayer, entonces pienso que ha merecido la pena. Que todo merece la pena. Y que, en medio de tanto bullicio en nuestras vidas, la naturaleza –en mi caso, sobre todo el mar- es la única que tiene la capacidad infalible de ponernos siempre en nuestro sitio.

‘Beti, beti, maite’ o el fruto de la ilusión

2014 enero 2
por Ane Arruabarrena

Hace unos pocos meses recibí una curiosa propuesta para participar en un libro colectivo. Y digo curiosa porque, conociéndome, tomarme como aficionada a la Real Sociedad -o al fútbol en general- serían palabras mayores. Pero desde un primer momento se me liberó de toda carga diciéndome que no se trataba de escribir sobre mis numerosas tardes en Atocha en mis años mozos, o sobre la alineación del equipo en el año 87; era, más bien, una invitación a relatar la parte que ha jugado el equipo en mi vida como donostiarra. Y creo que de eso todos podríamos decir algo. Además, nunca me hubiera podido negar a poner mi granito de arena sabiendo que compartiría espacio con ejemplos de la profesión como Iñaki Gabilondo o Enric González. Un autentico lujo. Sin dilación, me puse manos a la obra y en un suspiro salió un relato corto, más bien una reflexión, que espero que contribuya, al menos un poco, a dar la perspectiva de nuestro equipo local como nexo de unión en una sociedad más acostumbrada a poner el acento en sus diferencias.

Acabo de recibir el libro en casa -los autores se han preocupado muy mucho de su distribución, incluso entregando los ejemplares personalmente en algunos casos-, y estoy muy satisfecha. Pero no de mi nimia contribución, sino del buen resultado del trabajo en equipo. Beti, beti, maite. Memorias de la Real nació como una ocurrencia de dos chavales donostiarras con ‘sede’ en Madrid -y digo chavales porque son de mi quinta, pero en realidad son ya hombres hechos y derechos-. ¿Quién habría dicho que, meses después, estaría en las librerías y sería uno de los libros más vendidos de estas navidades? Y todo esto se ha conseguido sobre todo con el esfuerzo de Beñat Sanz y Xabier Rodríguez, que decidieron que su idea no quedase en una mera anécdota, pero también ha sido fruto de la implicación de tantas y tantas personas de manera desinteresada que, como yo, tenían la convicción de que este era un proyecto nacido de la ilusión. ¿Y qué decir de toda esa gente que ha ayudado económicamente, con cantidades pequeñas o medias de dinero, para poder imprimir el mayor número de ejemplares? Son estas hazañas -porque en un momento como este, la publicación de Beti, beti, maite puede considerarse toda una hazaña- las que me hacen creer en la gente. Y veo que no estamos dormidos, que seguimos teniendo ganas de crear, de mejorar, de ayudar… Espero que esta sea sólo la primera de tantas iniciativas que demuestren que juntos, podemos. Zorionak!

¡Bienvenidos a Freedonia!

2013 diciembre 17
por Ane Arruabarrena

Gracias a esto de las nuevas teconologías, ayer pude ver íntegra la entrevista a El Gran Wyoming en el programa La Sexta Noche. Siempre lo he admirado como profesional y también como persona, desde aquellos tiempos en los que se ponía la mano entre las piernas para cantar Tramperos de Connecticut, con su fiel Reverendo. Lo que entonces no sabía era que llegaría un momento en el que sus palabras supondrían para mí una inspiración, en un tiempo en el que parece que decir cosas razonables y sensatas es salirse del programa.

Lo que Wyoming advertía que podría llegar a ser España de no darse un cambio radical en la forma en la que se está ¿gestionando? el país, es efectivamente algo que conozco y que me aterroriza: es Freedonia, el país liderado por Groucho Marx en Sopa de Ganso (1933) que, aunque es una crítica mordaz a los regímenes autoritarios que había en la época, recuerda sospechosamente a los Estados Unidos de América.

Cuando digo que este no es mi lugar, hay quien no me entiende. Y me dicen que me acostumbraré, que ellos también pensaron que no se quedarían para siempre, que a todo se hace uno, que tiene sus cosas buenas,… Y digo que no me entienden porque precisamente lo que yo no quiero es acostumbrarme. No quiero aceptar las desigualdades, las faltas de respeto, la pérdida de dignidad… propias de este sistema, como si se tratara de algo normal. Me niego a asumir, por ejemplo, que tengas que pagar más de 3.000 dólares en urgencias por el simple diagnóstico de una infección de orina. Me niego a asumir que, en menos de un mes, hayan tenido que morir cuatro personas de frío durmiendo en las calles de la Bahía para que las autoridades se hayan percatado de que existe un problema. No me gusta que, si voy fumando un cigarrilo por la calle, haya quien, al cruzarse conmigo, me increpe o se cubra la nariz y la boca con horror.

Es la paradoja de esta especie de Freedonia: donde empieza tu libertad acaba la mía. ¿Pero quién marca esa línea? ¿Y cómo se puede vivir con una línea imaginaria que nos divide, que nos hace enemigos, dignos o indignos, pobres o ricos, ganadores o perdedores? Desde que llegué a este país, me siento aun más orgullosa de lo solidaria que es nuestra sociedad (y hablo de la gente, no de las instituciones). Esa es nuestra baza. Como apuntaba Wyoming en la entrevista, somos compañeros. Y si queremos que las cosas funcionen, tenemos que preocuparnos los unos por los otros. Así de sencillo. Lo curioso de todo esto es que tenga que ser un comunicador, o un cómico -con todo el respeto que le tengo al oficio- quien tenga que poner los puntos sobre las ies, mientras aquellos que dicen representarnos siguen escondidos detrás de una tele de plasma.

Los futuros presidentes

2013 diciembre 11
por Ane Arruabarrena

La web Baby Center acaba de publicar la lista de los nombres de los recién nacidos en Estados Unidos en 2013. Y no tiene desperdicio. Por supuesto, los nombres que más han ganado en popularidad este año están inspirados en los protagonistas de las series más de moda, como Girls, Homeland o Breaking Bad. También en cantantes como Beyoncé, Miley Cyrus o ese hombre de gesto tan desagradable: Kanye West. Es algo normal. Recordemos -en otra liga- el fenómeno de Chenoas y Bisbales en España hace unos cuantos años. No pueden faltar en la lista los nombres de futbolistas: Ozil, Ronaldinho, Iker (en un notable puesto 557) o Kaka. Este último, aunque probablemente inspirado en la estrella del deporte, sin el acento en la ‘a’ no puedo evitar que me suene escatológico.

Mi mayor sorpresa han sido los nombres ‘raros’ o ‘especiales’, o como prefiráis llamarlos. Hay niños en USA de nombre Doctor, que si hacen el doctorado tendrán que firmar sus artículos como Doctor 2. También Beautifulboy (Niñoprecioso) o Deejay (este último sufrirá de lo lindo si resulta que no tiene oído musical).Hay más de una niña que se llama Fig (Higo), y otras en cuyos nombres sus progenitores no pusieron demasiado empeño, o quizá se bloquearon, y les pusieron simplemente Unnamed (Sin nombre). Triste, la verdad.

¿Pero qué decir de ese niño que se llama Cheese (Queso)? ¿Acaso sus padres tomaban pan con brie mientras lo concibieron? O Phone (Teléfono), que en mi modesta opinión tiene menos fuerza que otros nombres tecnológicos como Galaxy o iOS, con cierto aire de misticismo. Y aunque todo esto parece insuperable, el que me ha dejado sin palabras ha sido el nombre que llevan al menos dos niños norteamericanos nacidos el año pasado. Y no es otro que Hotdog (Perrito Caliente). Entiendo la importancia de fomentar y preservar la cultura local (me lo van a decir a mí, que soy vasca). Pero creo que hay ciertos límites que no deberían sobrepasarse si no se quiere fastidiar la vida de esos niños ya desde su partida de nacimiento. La revista Time, al hilo de esta lista, advertía de que estos son los nombres del futuro del país, y que en cincuenta años Estados Unidos podría tener una presidenta de nombre Kiwi. Pero más preocupada estoy yo con que esta moda cruce océanos y se dé la posibilidad de que unas décadas tengamos que decidir entre un gobierno liderado por el señor Jabugo o la señora Tortilla de patatas. Al tiempo.

¿Feliz Día de Acción de Gracias?

2013 diciembre 2
por Ane Arruabarrena

Depende para quién.

Después de haber experimentado el año pasado cómo se siente una al rellenar un pavo, en esta ocasión he optado por que lo hagan otros. El plan era pasar el día de Acción de Gracias en casa de unos amigos franceses, que acogen en días como este a europeos que no saben dónde meterse. Pero, cosas de la carrera, el Científico ha tenido que trabajar hasta tarde. Y al no disponer de medio de transporte alguno, he dedicado la mañana a caminar por Palo Alto y ver el ambiente que se respira en la ciudad.

El vacío. Calles desiertas -más que de costumbre- y sin coches. Locales cerrados a cal y canto en el centro, poco más que los homeless habituales, que no tendrán mucho por lo que dar las gracias, digo yo.

Algunas novedades, eso sí. Por primera vez, veo familias al completo que pasean juntas. Han dejado sus casas y se han atrevido a salir de sus coches para estirar las piernas. En los hogares, gente cocinando y montones de invitados sentados frente al televisor, cerveza en mano, dispuestos a ver el maratón de fútbol americano preparado para que los miembros de la familia puedan pasar incluso este día festivo sin tener que conversar entre ellos. Y en el Starbucks -que nunca cierra-, personas solas con un café en vaso de cartón, su portátil y la mente absorta. Gente que no ha podido marcharse a su casa para la fiesta -no es ninguna tontería el viaje de una costa a otra-, gente sin familia, gente sin amistades en esta ciudad, gente que sigue trabajando.

Es bonita la idea de dedicar -por lo menos- un día al año a dar las gracias por lo que somos y lo que tenemos. Pero como en todo, también hay que verlo desde otra perspectiva. Y tiene que ser difícil sobrellevar una jornada como esta si sientes que tienes poco más que agradecer que el simple hecho de estar vivo. Sobre todo si estás solo y todos los bares están cerrados. Por eso, a pesar de los pesares, es un buen momento para recordar que somos unos afortunados. Y no está de más dar las gracias por ello, aunque no seamos norteamericanos y lo del Día de Acción de Gracias no nos suene más que a pavo y puré de patatas.

Este año, mi agradecimiento especial va para las personas que he conocido en Palo Alto, que cada día me dan innumerables muestras de cariño y amistad y a las que nunca podré agradecer lo suficiente todo su apoyo en esta aventura. Thank you.

Y llegó la lluvia

2013 noviembre 24
por Ane Arruabarrena

Eso sí, se va mañana. Han pasado dos meses desde la última vez, y entonces hacía ya más de cinco que no veíamos una gota. Así que el agua ha traído ese característico olor a tierra mojada que me transporta a la niñez, pero también charcos del tamaño del Lago Tahoe en una ciudad que está más preparada para una catástrofe nuclear que para cuatro gotas. De hecho, cuando venía a Stanford desde casa esta mañana, me sentía como el soldado Patoso de La Chaqueta Metálica. He tenido que escalar por los aledaños de los aparcamientos para esquivar charcos, llenarme las botas de barro o simplemente ceder y cruzar el paso de peatones a paso lento, como si estuviera rezando en medio del Ganges.

Pero lo curioso es que no me ha importado en absoluto. ¿Y eso por qué? Pues porque, como bien dijo hace poco un amigo, los donostiarras somos hijos de la lluvia. En mi caso, más aun, por haber nacido en el marco incomparable a finales de noviembre. Probablemente estaba lloviendo cuando vine al mundo, y lo más posible es que mis primeros meses los pasara con un plástico tapando el cochecito, refugiada de los chaparrones. Y el tiempo iría mejorando poco a poco, pero seguiríamos con el tan típico xirimiri, y no sería hasta mediados del mes de julio cuando pudiera ver un día entero bañado por el sol. No diré que me gusta la lluvia (menos me gusta el viento), pero debo reconocer que es el fenómeno climático con el que me siento más familiarizada.

Y no es asunto baladí. Hay donostiarras -como el Científico, sin ir más lejos- que se han vuelto locos al ver caer unas gotas del cielo en esta ciudad. Que han alabado a los Dioses y han celebrado las cosechas (especialmente de las setas en los montes). Yo no soy de esos. A mí ya me va bien esto del sol. Y la escasísima humedad, un milagro para el cabello de cualquier donostiarra. Pero a veces, como hoy, se agradece que el cielo se oscurezca y que la calle suene a lluvia, o a casa, que es lo mismo. Eso sí, siempre y cuando sepas que parará mañana.

Cuando Felipe y Letizia me dieron la mano (la visita de los príncipes a Stanford)

2013 noviembre 15
por Ane Arruabarrena

Stanford. 12 del mediodía. Merodeo por los alrededores del edificio principal cuando recibo una llamada: “Parece que puedes entrar a la recepción. No nos están pidiendo identificación”. Corro veloz y ligera cual gacela, mientras mi café en vaso de cartón salpica las aceras de esta prestigiosa universidad. No se trata de una recepción cualquiera. Después de meses de rumores, por fin se ha confirmado que los Príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, vienen a reunirse con los estudiantes e investigadores españoles, no sabemos si para contarles algo o para que sean ellos los que cuenten.

Y así pasa. Después de un besamanos carente de reverencias en el que se mezclaban trajes de chaqueta con mochilas de monte y camisetas de la Selección Catalana de Fútbol, los supuestos protagonistas, esto es, los estudiantes, se ponen a hablar. Rodeando a los príncipes en un círculo imposible, debido principalmente al reducido tamaño de la estancia que se ha reservado para la recepción. En cierto momento llego incluso a temer por la integridad física de la princesa, que aunque se muestra firme en sus gestos -y qué decir de su apretón de manos-, se ve tan ligera como una muñeca de papel que puede caer al suelo con un solo soplido.

La actitud de ambos es, en cierta medida, admirable. Decenas de personas interpelando, explicándoles su situación personal, reclamando ayuda, solidaridad, reconocimiento,… Pero ellos no se asustan. Esa es, al fin y al cabo, su profesión. Escuchar -quién sabe si con interés- y tratar de dar respuestas que en realidad son puro humo. No son ellos los que van a solucionar la situación; ellos son sólo un hombro en el que llorar hasta que el protocolo se los lleve a otra parte. Cercanos, simpáticos, sonrientes y agradables. ¿Qué más les vamos a pedir?

Y mientras, en un segundo plano, el ministro de Asuntos Exteriores, el señor Margallo. Tranquilo, charlando con su séquito. Curioso que el círculo de estudiantes e investigadores no se cierre en torno a él y le pida explicaciones por la actuación del gobierno del que forma parte. Pero él no es el folclore, él es la realidad. Y la realidad no tiene tan buen aspecto como los príncipes.