Diario Vasco
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Los de verdad
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Ane Arruabarrena | 25-05-2016 | 02:48| 0

Hace tiempo que hay algo que me tiene preocupada y que ayer se confirmó cuando vi la entrevista de Jordi Évole a José Sacristán en Salvados: la gente que me inspira es la gente mayor. Quiero decir que comulgo más con sus ideas, con su forma de ver el mundo. No con todos, obviamente. Pero me refiero a pensadores, a intelectuales, a líderes de opinión. La gran mayoría, si no todos, ya tienen una edad. Me deslumbran personajes como Antonio López en su entrevista con Gabilondo, Fernando Fernán Gómez en “La silla de Fernando”; también, aunque estén más trillados, Saramago o José Mujica, expresidente de Uruguay. Todos hombres, sí, porque escuchamos menos a las mujeres mayores (y esto daría para varias de estas entradas). Pero Emma Goldman o Simone de Beauvoir pueden entrar también en esta lista.

Lo que veo es que la mayoría de la gente de mi generación que está en el candelero me da pereza. Veo mucha pose y poca verdad. No quiero decir con eso que sus intenciones no sean buenas. Quizá es una consecuencia del tiempo que nos ha tocado vivir, en el que somos víctimas del marketing, de la corrección política, de las redes sociales. El caso es que no me los creo. Y me cansan. Tantos lugares comunes y tantas ganas de agradar a diestro y siniestro.

Y entonces escucho fascinada a un hombre que salió de Chinchón, de una familia pobre y golpeada por la guerra, y que de muy chaval tuvo las narices de ponerse a aprender de todo, solo para ser una persona mejor. Una buena persona, como decía en la entrevista. Y veo cómo llevo tiempo jodida pensando que ser una buena persona no tiene muchas cosas buenas, valga la redundancia. Y que la vida es más fácil cuando uno no tiene un Pepito Grillo gigante pesándole sobre el hombro y cuando no tiene por qué pasar todas sus acciones por el filtro de la honestidad y de los valores.
Cuando escucho a esas personas mayores hablando de la verdad, y de todos los sacrificios que han hecho por llevar una vida consecuente a pesar de todas las contradicciones con las que han tenido que lidiar, me siento inspirada y vuelvo a creer que lo que hago, con todos mis fallos, está bien porque lo hago siempre con el corazón y desde la empatía. Y me vengo arriba y le pegunto al Científico si nosotros podremos ser como ellos cuando seamos mayores, y él me dice que ya no podemos ser iguales por el tiempo que nos ha tocado vivir. Porque, como dice Sacristán, nosotros hemos crecido con el grifo de agua caliente que ahora se ha quedado seco. Y su grifo no tenía agua. “Pero podemos ser sus herederos”, me dice. Y me deja más tranquila. Tumbada en la cama, sin poder dormir, me pregunto: ¿podemos serlo? ¿podemos seguir siendo de verdad? ¿o vamos a dejarnos arrastrar por todo este teatro?

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Hoy estamos nosotros
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Ane Arruabarrena | 13-04-2016 | 04:07| 0

Hoy es de esos días en los que quieres compartir una canción en Facebook. De esos días en los que te sientes sola. Solos, en nuestro caso. De esos días en los que sientes que tienes que recurrir a las redes sociales para que la gente que te quiere comprenda que los necesitas. Y que solo un “Me gusta” hará que te sientas mejor. El horror de las redes sociales, que son a la vez una mentira y una comunidad. Cada canción que escucho me hace sentir más emocional, más cerca de todos y a la vez tan lejos. Escucho a The Killers sentada en una mesa vacía y me imagino acompañada, brindando por la amistad. Solo los anuncios que implica no tener una cuenta Premium en Spotify me devuelven a la cruda realidad de que no hay nadie sentado conmigo. Mientras la música suena, vosotros estáis aquí. Y nos imagino bailando, dando vueltas, la cerveza saliéndose de los vasos en movimiento y las risas despreocupadas (habrá tiempo para más), el mundo gira y somos felices. Porque estamos juntos. Y ya no importan los eternos días de curro, los deseos que siguen sin cumplirse, las incertidumbres… porque estamos juntos y eso es lo único que de verdad importa.

Me siento en esta mesa vacía y abro el ordenador para no parecer una persona rara, un elemento desestabilizador, sola y sin nada que hacer tecnológicamente hablando. Y me pongo a escribir estas líneas, por una lado porque quiero compartir este momento con vosotros, pero también para que me dejen en paz. Para que no cuestionen por qué una mujer (mayor, para los estándares de Stanford) se sienta sola en una mesa con un vaso de cerveza y unos cascos y sonríe sin más. Porque ellos no saben que os sonrío a vosotros. Y que os veo bailado conmigo, dando vueltas, la cerveza saliéndose de los vasos en movimiento y las risas despreocupadas.

Hoy no habrá canción de Facebook, hoy solo estamos nosotros, todos juntos, aunque sea en mi imaginación, felices de reencontrarnos y dando vueltas como si no hubiera un mañana. O un hoy tan distante.

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Como un chispazo
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Ane Arruabarrena | 04-12-2015 | 06:59| 0

Ha tardado unos cuantos días, pero hoy he recibido el mejor regalo de cumpleaños. De una de las personas más importantes para mí en esta aventura americana. Alguien que tomó la acertada decisión de marcharse cuando ya había sacado de esto todo lo que necesitaba. Y se fue a seguir con su camino, o a retomarlo más bien. Me felicitó, por supuesto, pero yo sentía que había algo más. Y hoy, cuando he visto un gran sobre asomando en mi nuevo buzón, sabía que era ella. Regalos preciosos, escogidos pensando en mí, como a mí también me gusta hacer. Pero entre ellos, algo de un valor casi mágico para mí: una carta escrita a mano. Sí, a mano, con un boli, con letra redonda y algún que otro tachón. Como tiene que ser. La he desplegado con la emoción de una niña. Más de una página, ¡bien! ¡Y por los dos lados! Y ya no existía el mundo, solo ella y yo. La veía contándome cómo le va la vida, sus aventuras en una nueva ciudad, podía ver sus gestos y los cambios de tono en su voz. Y sus suspiros, y su risa.

Me he emocionado cuando me ha hablado de algo muy importante para ella en este momento: sus estudios feministas. Me emociono porque me veo en ella años atrás, veo en esas frases que leo y releo toda la ilusión, el desconcierto, el alucine que supone empezar a ver el mundo de una manera en la que nunca nos lo contaron. Formarme en estudios feministas ha sido una de las (dos o tres) decisiones más importantes que he tomado nunca. Yo también, igual que A., sentía que iba a estallarme la cabeza cuando me hablaban de Judith Butler, por ejemplo. Pero estallar de emoción, de felicidad. Las cosas encajaban. Y no estaba sola.

Cuando conocí a A., rápidamente noté que teníamos mucho en común. No en nuestras personalidades, para nada. Pero sí en algo que no sé bien cómo explicar. Esas cosas que hacen que nos duela el estómago, que nos hieren. Esa imposibilidad de aceptar las injusticias como si no pudiéramos hacer nada. La manera de hablar, a veces tan cruda, a veces un poco vulgar, natural, verdadera. Y cuando me habló, hace ya mucho, de su interés por los estudios feministas, supe que sería para ella tan revelador como lo fue para mí en su momento. Porque aun siendo tan diferentes, en algunos chispazos, ella y yo somos la misma persona. Una más alegre y dinámica y la otra más reflexiva y melancólica. Pero ambas con esa visión del mundo que ya nadie nos puede quitar.

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¿Qué diría Mastropiero?
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Ane Arruabarrena | 24-08-2015 | 15:10| 0

¿Qué diría si supiera que Daniel ya no nos va a deleitar más con sus disertaciones sobre Esther Píscore?

Viernes, 7 de la mañana. Me despierto con la noticia de que Daniel Rabinovich ha fallecido.

-       ¡No!

El Científico me mira preocupado. Me veo obligada a quitarle importancia al suceso, para no disgustarlo y porque no sé cómo explicar lo mucho que me ha afectado. ¿Cómo explicar que alguien a quien no conozco personalmente signifique tanto para mí? Pero lo significa. Es parte de mi vida.

Mis padres me llevaron al teatro a ver a Les Luthiers por primera vez cuando tenía unos 10 añitos. Recuerdo la sorpresa, las risas, el desconcierto y el esfuerzo mental que requería su humor. Por supuesto, no entendí ni la mitad de los juegos de palabras que este grupo de genios lleva inventando desde hace más de cuarenta años. Pero me divertí como nunca. Y me sentí parte de algo grandioso: la risa colectiva provocada por el ingenio. Por aquél entonces no me hacían mucha gracia los chistes del colegio. Disfrutaba más con el humor que se hacía en casa que con el de caca-culo-pedo-pis. Viendo a Les Luthiers sentí que había encontrado algo así como mi lugar en el mundo de la risa, igual que me pasaría en la misma época con Faemino y Cansado. Desde entonces, ir a verlos al teatro se convirtió en una tradición familiar, como el pollo de los domingos, los veranos en Andalucía o cada nueva película de Woody Allen. Y como es lógico, a medida que me iba haciendo mayor, más entendía el espectáculo y sus matices. Y más me asombraba la capacidad de aquellos cinco aregntinos trajeados para darle mil vueltas al lenguaje.

Tenía mi favorito. Daniel. Sí, lo sé, poco original. ¿Pero quién no amaba a Rabinovich? Era el simpático, el atractivo, el canalla, el hombre con el que cualquiera desearía pasar una velada de cervecitas, risas y conversaciones trascendentales. El sketch sobre la juventud de Mastropiero en el que cambia el significado del texto alterando los signos de puntuación es uno de los momentos de felicidad grabados a fuego en mi memoria. Pocas cosas encuentro tan arrebatadoramente atractivas como una conversación con un hombre que sabe jugar con las palabras.

Así que el viernes, al enterarme de la noticia, no daba crédito, algo en mí se rompió. Se fundió una parte de mi isla de la familia (como en la película “Del revés”). Ya nada volverá a ser igual. Ha terminado una parte de mi historia. Por mucho que Les Luthiers sigan en activo y vaya a verlos a sus nuevos espectáculos, ya no volverán los nervios y la emoción al ver a Daniel salir al escenario con su sonrisa pícara y sus modales descarados. La última vez que los ví en directo, salieron a la entrada del teatro a saludar al público después de la función. Pero él no estaba en la puerta por la que yo tenía que salir. Dudé por unos minutos si acercarme y darle la mano, y darle las gracias por todos los años de alegrías que nos ha dado a mí y a mi familia. Pero como tantas otras veces, me pudo la timidez. Ya nunca podré estrecharle la mano, pero sí puedo darle las gracias. A él y a los demás luthiers, por haberme enseñado que la risa es siempre la mejor terapia.

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La capital del buen gusto
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Ane Arruabarrena | 15-07-2015 | 06:10| 0

Vale, es un topicazo. Pero parece que estoy en un catálogo de Ikea constante. Es todo tan bonito, tan acogedor, la gente viste tan rematadamente bien… Todos son altos y guapos y con clase y hablan en ese idioma que me suena tan raro y me imagino que estarán hablando de temas trascendentales, los mismos de los que hablan los modelos del catálogo, sentados en sus sofás color crema tomando un té en una taza que quiero que sea mía.

Esto es Estocolmo, sí señor. Una ciudad en la que parece como si sus habitantes caminasen elevados un palmo del suelo, flotando. Una ciudad en la que no hay Anas Obregones, ni Jennys, ni Jonathans, ni señoritos andaluces, ni americanos con gorra de béisbol y camiseta de tirantes. Aquí se respira clase. ¡Qué digo se respira! ¡Aquí atufa a clase! Me alegro de no haber sucumbido a los estilismos californianos y seguir con mi estilo predominantemente negro, con alguna licencia para grises y cremas. Gracias a eso, si ando muy rápido casi me mimetizo con la población autóctona. De hecho, es un problema cuando me atienden en sueco con toda la naturalidad del mundo. Digo que puedo mimetizarme pero no del todo. Podríamos decir que soy algo así como una sueca en un mal día.

Porque lo de esta gente no se puede creer. Digo yo que no trabajan, porque se necesitan horas para lograr ese aspecto tan perfecto y estudiadamente desenfadado. Quiero quedarme a vivir aquí solo para poder verlos cada día y descubrir si son todos tan interesantes como parecen o si es pura fachada. Debatíamos el Científico y yo, sentados frente a un par de cervezas en el barrio de Sodermalm, sobre la importancia de la vestimenta como carta de presentación. Yo creo que lo que visto me define en parte: que habla de mis emociones, de lo que he vivido, de lo que he visto. Pero es un arma de doble filo, porque también hay quien se esconde detrás de un estilo para poder encajar. Como si la ropa fuera el centro y no solo la fachada que da pistas sobre lo que puede haber dentro. Sobre lo que somos, con nuestros recovecos, nuestras incoherencias y nuestras dudas.

Pero a lo que iba: que después de tanto tiempo en California lidiando con los shorts, las flip-flops, las camisetas con print de palmeras y todas esas cosas que me horrorizan y que tan mal me sientan, no viene mal pasar unos días en la capital del buen gusto -sí, sí, mejor que París- a ver si se me pega algo. Y ya de paso, a ver si ellos cogen algo de nuestra simpatía, que incluso cuando eres guapo de catálogo, una sonrisa nunca viene mal.

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La asombrosa historia de Nellie Bly
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Ane Arruabarrena | 08-06-2015 | 06:07| 0

Imagina que, un domingo cualquiera, abres el periódico como de costumbre y lees un artículo que te indigna profundamente. Te enfadas tanto que decides escribir al periódico para ponerle los puntos sobre las íes al autor, esperando que por lo menos se digne a leerlo. Imagina que el editor, impresionado con tu texto, te invita a visitar el periódico y te propone escribir un artículo. Imagina que tu artículo es tan rematadamente bueno que te ofrecen un puesto fijo en la redacción.

 

Ahora piensa que estos hechos ocurrieron en el año 1885, que el periódico en cuestión era el Pittsburgh Dispatch, que el articulo ofensivo del periódico llevaba por titulo “What girls are good for” (“Para lo que sirven las chicas”), y que quien escribió la incendiaria respuesta fue Elizabeth Jane Cochran, una joven de Pensilvania que no pudo terminar sus estudios porque su madre no podía hacer frente a los gastos familiares. El editor le dijo que tendría que firmar sus artículos como Nellie Bly (título de una canción muy popular en aquellos años). Y así nació la leyenda. O mejor dicho, así habría nacido si Nellie hubiera sido un hombre y la hubiésemos estudiado en las clases de historia en el colegio.

 

Recordemos que estamos en 1885. Los editores de los periódicos consideran que las mujeres tienen que escribir sobre moda, jardinería, sociedad y buenos modales. ¿Pero cómo podrían esperar eso de una joven a la que habían contratado por su valiente carta en contra de la idea de que las mujeres que trabajaban fuera del hogar eran algo así como monstruos de cuatro cabezas? A Nelly le interesaban las historias de las trabajadoras pobres de Pittsburgh, las enormes dificultades que afrontaban las mujeres en los procesos de divorcio (que conocía de primera mano por la experiencia de su madre, que había sufrido un horrible divorcio después de años de malos tratos por parte de su segundo marido). Y sus artículos tenían mucho éxito entre los lectores, pero las empresas de las que hablaba en sus artículos sobre explotación laboral −que eran, por supuesto, las mismas empresas que ponían su publicidad en el periódico− no opinaban lo mismo. Así que trasladaron a Nellie Bly a escribir en la sección de jardinería. Escribió solo un articulo antes de presentar su dimisión, acompañado de una nota que decía: “Me voy a Nueva York. Estad atentos a mí. Bly”

 

Pero la gran manzana no fue tan fácil como ella había pensado. Después de varios meses tratando de encontrar un puesto en alguno de los medios de la ciudad, desesperada y sin dinero, Nellie aceptó un complicado encargo del periódico de Joseph Pulitzer, The New York World: tenía que internarse en un conocido psiquiátrico de la ciudad y pretender que era una paciente para contar su experiencia de primera mano. Lo que se llama periodismo encubierto, vamos. Consiguió permanecer en el centro durante 10 días antes de ser descubierta; material suficiente para escribir dos artículos contando las atrocidades que allí se cometían. Su relato impresionó tanto a la sociedad que los políticos se vieron obligados a hacer reformas en el sistema de los centros para mejorar el trato a los pacientes. Nellie Bly se convirtió en una periodista de renombre, conocida y admirada por su pluma comprometida y siempre en favor de los más desfavorecidos.

 

Recuerda que seguimos en el siglo XIX. Concretamente, en 1889. Por ponernos más en contexto, quedan todavía unos cuantos años para que las mujeres tengan derecho al voto en todo Estados Unidos. Y dices: bueno, esta mujer ya lo ha hecho todo, es una pionera, es lo más de lo más… Y va y se propone superar a Phileas Fogg, el protagonista de “La vuelta al mundo en 80 días”, y se va sola a recorrer el ídem, en barco, en tren, incluso en burro. Cuando pasa por Francia, conoce a Julio Verne y es el propio autor de la novela quien la anima a batir el record de Mr. Fogg. Y lo consigue. En 72 días, seis horas y 11 minutos.

 

Después de su hazaña, Nellie siguió escribiendo durante un tiempo, hasta que tuvo que dejarlo al morir su hermano para cuidar de su cuñada. También se casó con un conocido empresario y, cunado él falleció, ella ocupó su lugar al frente de la empresa, que años después caería en bancarrota… Digamos que Nelly hizo tantas cosas que merece muchas más páginas de lo que da de si este blog. Pero lo que importa es que murió escribiendo. Que fue una pionera en el periodismo de investigación. Que luchó por los derechos civiles y por la igualdad de las mujeres en un momento en el que aquello parecía impensable (todavía lo parece de vez en cuando). Y, sobre todo, demostró que las palabras son un arma implacable cuando se saben utilizar. Es importante escribir para explicar el mundo, al menos para explicar nuestro mundo y desdecir a quienes hablan por nosotros sin saber cómo somos o lo que necesitamos. Si Nellie lo consiguió en 1885, qué no podremos hacer nosotros.

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Dramas de Silicon Valley
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Ane Arruabarrena | 18-05-2015 | 05:12| 1

Todo está de moda. La moda está de moda. Una frase que imagino se habrá repetido montones de veces. Pero en Silicon Valley tiene más sentido que nunca. Aquí se lleva lo de ir al monte. “Hiking”, lo llaman. En castellano, senderismo. La gente dedica varias horas de su fin de semana a caminar por senderos delimitados para sentirse en comunión con la naturaleza. Pero a veces da la sensación de que la naturaleza es lo menos importante. Lo que de verdad importa es estar ahí. O mejor, poder decir que has estado ahí. Y eso un poco con todo. Con el monte o con lo que les echen. En el café de moda, en clase de yoga. En el mercado de verduras orgánicas. En el reservado de la fiesta de una start-up. Y si fuera suficiente con estar ahí… pero no. Hay que estar allí con todo lo “necesario” para estar allí. Y entonces empieza la diversión. Por aquí son un poco como los de Bilbao, que cuanto más gastan más se divierten. Aquí no se puede ir al monte con ropa cómoda y vieja, esa ropa que no te importa ensuciar, incluso romper. No llevan botellas de agua, por supuesto no beben de una fuente. Compran mochilas de 40 dólares con una bolsa y una pajita dentro para beber sin tener que utilizar sus manos. Se ponen las gafas de Google para sacar fotos de las flores que se encuentran por el camino. Es mucho esfuerzo sacar el iPhone 6 para eso. ¿Cámara de fotos? ¿Y eso qué es?

Entre semana disfrutan de sus clases de yoga, llenas hasta los topes de ingenieros que sueñan con conseguir la comunión de cuerpo y mente entre código y código. Pero hay que tener un buen equipamiento para respirar: alfombrilla de yoga: 90 dólares, toalla para poner encima de la alfombrilla: 30 dólares, espray para limpiar la alfombrilla: 15 dólares, pantalones de yoga que consigan que tu culo siga viéndose firme en posturas imposibles: 85 dólares, camiseta de tirantes con mensaje espiritual: 70 dólares, pack oferta de 10 clases de yoga: 140 dólares. Namasté.

Los domingos toca relajarse en casa haciendo cerveza. Por supuesto, necesitaremos un kit completo (que, con un poco de suerte, utilizaremos más de una vez y no se quedará olvidado en la balda de la cocina detrás de la máquina de hacer zumos). Y por la tarde, un café en cualquier cafetería en la que los camareros tengan bigote y lleven gorro de lana a 27 grados. La larga espera merece la pena cuando llega el latte con leche de almendra y una flor de loto dibujada con la espuma. Son 4 dólares (escoge en el iPad el porcentaje de propina que quieres dejarles. No seas rácano, han estudiado mucho para ponerte ese café). En ese mismo lugar tienes una zona reservada en la que puedes pagar 3 dólares la hora para sentarte con tu Mac y tus cascos gigantes con tecnología Bluetooth para poder trabajar un poco en la nueva app que estás preparando y que sueñas con vender por varios millones en unos pocos meses. Hay que generar ingresos para pagar al paseador de perros.

Son los dramas de Silicon Valley, donde las modas están de moda y todo vale con tal de sentirse parte de algo. Aunque muchas veces no sepamos ni lo que es. Y yo lo critico, y lo denuncio. Pero no me libro. Porque es verdad que mi esterilla de yoga me costó 10 dólares y que cada vez que la extiendo al empezar la clase el olor a plástico se carga todo el ambiente zen. Pero también tengo que admitir que me he comprado la toalla especial para ponerle encima, y el otro día en Whole Foods estuve mirando con cierta curiosidad la estantería de esprays para esterillas… A estas alturas de la vida, cuando pido un café, SIEMPRE espero que tenga una flor dibujada con la espuma de la leche. Y me decepciono si el trazo no es bueno. El kit de cerveza no me lo planteo porque yo soy más de vino, pero lo del paseador de perros lo he estado pensando seriamente. Y eso que yo no tengo perro.

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Jamie Cullum y yo (o la historia de un amor imposible)
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Ane Arruabarrena | 05-04-2015 | 07:34| 2

Nos conocimos hará ya seis años, cuando estaba yo trabajando en el Jazzaldia y él vino a dar un concierto en la plaza de la Trinidad. Y digo nos conocimos porque nos presentaron y me dio la mano, pero sería más justo decir que lo conocí. Él solo dio la mano a una de las miles de personas a las que se la estrecha cada año. Ya entonces soñaba con el momento en el que nos veríamos: él me miraría a los ojos, sorpresa, rubor… y saltarían chispas. De ahí a irme a vivir con él a Londres había solo un paso. Pero no ocurrió. Intuí que nuestra historia de amor sería más complicada de lo que había imaginado. No pude ver su concierto. Gajes del oficio. Llegué corriendo de la actuación en la que tenía que trabajar, en el Victoria Eugenia, abriéndome paso entre la muchedumbre, con música de fondo (en mi cabeza) de final de película romántica de Hollywood, de cuando el protagonista se da cuenta por fin de que ella es la mujer de su vida y empieza a correr para alcanzarla antes de que ella tome el vuelo que sale en menos de veinte minutos, y suena un trueno y en un instante se pone a llover a mares (esto último probablemente fuera verdad, dado que estábamos en nuestra querida Donosti). Escuché un estruendo de aplausos al llegar a la plaza (y, obviamente, no eran por mí).

-       ¿Faltan los bises?

-       No, acaba de terminar.

Pues vale.

Pasó un año hasta que mis amigas me invitaron a otro concierto suyo como regalo de cumpleaños. Esta vez en el Palacio Kursaal. Llegué nerviosa. ¿Se acordaría de mí? ¿Me notaría mayor? ¿Le gustaría el modelo que me había puesto para la ocasión?  Estaba lleno hasta los topes. Y, como siempre hace, en un momento del concierto animó a todo el público a levantarse de sus asientos y acercarse a pie de escenario. Alcanzaba a verlo a duras penas entre tantas cabezas (su altura tampoco era de gran ayuda). Y sentí que ese era el momento. Que nuestras miradas se cruzarían y, esta vez sí, el mundo se detendría a nuestro alrededor. Y entonces ya de verdad, me iría a Londres a vivir con él y su piano. No estaba segura de si funcionaría, por la dificultad de vivir con un artista, con su ego y sus comeduras de tarro, por el inglés (que entonces lo tenía bastante oxidado),… Pero tenía claro que quería arriesgarme. Y si la cosa iba mal, Londres estaba a pocas horas de avión. Mejor lanzarse a arrepentirse por no haberlo intentado.

Pero tampoco pasó. Y mientras yo vivía soñando con su música en mis cascos, él empezaba una relación con la modelo Sophie Dhal (la nieta del escritor Roald Dhal) y estaban esperando su primer hijo. No todo estaba perdido, pero casi.

El Científico me sorprendió estas navidades con entradas para su concierto en San Francisco dentro de su gira americana. Otro tiempo, otro contexto, otro continente, la misma emoción. Estaba igual que siempre. Es lo bueno de parecer un eterno adolescente, aunque ya haya cumplido 35 años. Me preocupé por si notaría que yo sí había cambiado, que los años no pasan en balde para el resto de la humanidad.

El concierto fue igual que el anterior. No en el repertorio, pero sí en la diversión, el buen hacer, la locura y el desparpajo del mejor showman que hay actualmente en el jazz-pop. Una montaña rusa de emociones que terminó, igual que aquél día en el Kursaal, con una sobrecogedora interpretación de Gran Torino. Volvió a pedirnos que nos acercásemos a pie de escenario, pero esta vez yo no me moví de mi asiento. Bailé, canté, di palmas y disfruté como una niña. Pero ya no sentí la necesidad de que nuestras miradas se cruzaran y saltasen chispas.

Dijo Jamie que ya tiene dos hijos con su mujer. Yo miré al asiento de al lado y vi al Científico, con una expresión de felicidad y satisfacción en el rostro por el buen regalo que me había hecho. Le di un largo beso. La vida sigue, también la mía, y creo que nuestro momento ha pasado. Fue un amor imposible y ahora ya solo queda un bonito recuerdo. Hasta el próximo concierto.

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Con la esperanza bajo el brazo
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Ane Arruabarrena | 26-03-2015 | 05:49| 1

Conocí a I. a los dos años (ella ya tenía tres), el primer día de colegio. De eso se acuerda ella. Es ella la que siempre me recuerda que me saludó nada más entrar, que nos dijimos nuestros nombres y ya no nos separamos más. Y no, nunca nos hemos separado. A pesar de la obligada distancia física, ya desde la universidad y ahora con todavía más peso. Pero la conexión sigue ahí, intacta. Hemos crecido juntas y nos conocemos de esa forma en la que solo se conocen los amigos de toda la vida.

Por eso siento que algo en mí también ha cambiado ahora que I. ha sido madre. La conexión se ha vuelto más fuerte. Tengo que repetírmelo a menudo: ¡Ha sido madre! Todavía me cuesta creerlo. La veo sentada a mi lado en la entrada del cole, sacando con cuidado de su bolsita de la merienda una tableta de chocolate blanco y mordiendo un minúsculo pedazo, como si fuera un pajarito, con esa delicadeza que la caracteriza. Y entonces pienso en cómo ha pasado la vida y en todo lo que hemos hecho. También siento una repentina responsabilidad. Al fin y al cabo, hay dos nuevas personitas en este mundo con las que tendré una conexión especial. No me preocupan sus padres, porque ambos son grandes personas, de esas que quieres que tengan montones de hijos para llenar la Tierra de gente que merece la pena.

¿Pero qué pasa con el mundo que se encontrarán? ¿Hemos hecho lo suficiente para tratar de darles un lugar mejor? Porque los bebés crecerán, vivirán lo que su madre y yo vivimos juntas, ¡incluso llegarán a tener nuestra edad! Y se harán mayores, y quizá ellos también tendrán hijos en algún momento. (Y ahí entiendo la emoción de mis padres con la noticia, por ejemplo. Porque probablemente ellos pensaban lo mismo de nosotras cuando nos veían jugar en la terraza de casa). Quiero decir, que parece obvio. Pero no lo es. Es el milagro de la vida, que aunque muy manido, no deja de ser verdad. En estos días en los que solo hablamos de tragedias, de muertes, como la de los pasajeros del vuelo 9525, la de Moncho Alpuente o la de Pedro Reyes, días en los que cuesta levantar la cabeza… quiero brindar por la vida. L. y K., bienvenidos a este mundo. Sé que muchas veces es difícil y que tenemos muchas cosas que mejorar, pero en eso estamos. ¡No perdamos la esperanza!

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El viaje de los invisibles
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Ane Arruabarrena | 02-02-2015 | 05:46| 0

Me gustan los momentos de tránsito en las películas. Esas secuencias en las que el/la protagonista viaja en autobús o en tren, la mirada perdida y su rostro reflejado en la ventanilla, con música de fondo. Son para mí las canciones de transporte público, melodías a medio tiempo que te hacen debatirte entre la sonrisa y el llanto callado. Y ahora soy yo la protagonista de uno de esos momentos cinematográficos, cada día, en mi largo y tedioso trayecto del trabajo a casa.

Paso por diferentes fases a lo largo de las dos horas de viaje. Primero viene la ansiedad al salir de la oficina, las ilusión de haber terminado la jornada laboral unida al miedo por perder el autobús que pasa solo cada hora. Camino rápido, tengo que llegar en menos de 25 minutos. De camino, cruzo un puente que me aterra, la bicicleta pintada de blanco en recuerdo a un niño que murió atropellado por un camión hace pocos meses cuando pedaleaba hacia el colegio, partes del camino en las que no hay aceras y los coches me pasan tan cerca que me mueven el pelo a su paso. El peor momento son esos minutos en los que tengo que esperar a que el semáforo se ponga en blanco (sí, aquí los semáforos de peatones tienen la luz blanca) y veo justo al otro lado el autobús poniéndose en marcha. ¿Llegaré? ¿Habrá merecido la pena el esfuerzo? ¿Tendré que quedarme aquí esperando una hora más? ¿En este lugar en el que no hay nada más que esta parada y cientos de coches transportando a cientos de individuos en la batalla por llegar a sus casas?

Un cigarrilo. O dos. Y por fin veo de lejos el número iluminado de mi autobús. El trayecto será corto, pues este es solo el enlace al ‘verdadero’ autobús, al que me llevará a mi ciudad. Y a veces voy tan absorta en mi sueño cinematográfico que me paso de parada y termino en una estación de tren en la que tengo que esperar otros 45 minutos para poder subirme a uno que me lleve a casa. Pero esta vez estoy atenta y me bajo en la parada correcta. Cruzo un paso de peatones de ocho carriles con los ojos bien abiertos y vuelvo a esperar, en una parada distinta pero igual que la anterior, a que llegue un autobús distinto pero igual que el anterior. Me monto y ya puedo descansar. Me espera una hora sentada en uno de los asientos hundidos y llenos de manchas oscuras que prefiero no pensar de dónde vienen.  Y ahora sí puedo convertirme en la protagonista de la secuencia del viaje de mi propia película. Me coloco los cascos y pongo la música a todo volumen. Podría fingir un gesto dramático para darle más fuerza a mi interpretación, pero la mayoría de las veces estoy tan cansada que no necesito fingir. Mi cara es un poema. Y los ojos se me cierran de cuando en cuando, y los abro de golpe cada vez que el autobús para bruscamente. Aprovecho entonces para observar al resto de protagonistas de mi filme, y trato de imaginar las vidas que llevan y por qué están aquí (y no en un coche). La mayoría son mujeres latinas que se dedican a limpiar casas o a cuidar niños, también hay veteranos en silla de ruedas, algunos escolares que todavía no han cumplido los 16 y unas cuantas personas de avanzada edad y de origen asiático. Parece que a los blancos de la Bahía no les gusta el autobús (si no son los privados que les facilitan las grandes empresas de Silicon Valley, con Wi-Fi y todas las comodidades). Conozco a muchos que ni siquiera se han montado en uno. Pienso en la injusticia de tener un transporte público de pésima calidad por el hecho de que las personas que lo utilizan son las que menos importan: los pobres, las mujeres, las personas con discapacidad, las personas mayores. En este pequeño universo de éxito y dinero, a nadie le importa que los empleados que les hacen ganar sus fortunas, las señoras que cuidan a sus hijos mientras ellos están en sus magníficos empleos, esos ‘héroes’ que luchan por la patria y a los que tanto aplauden en las películas y en los anuncios de televisión, o ancianos que podrían ser sus padres, tengan que perder dos horas como poco para hacer un recorrido que en coche lleva veinte minutos, y en unas condiciones nada deseables.

Con mi música, mis pensamientos y el reflejo de mi rostro cansado en la ventanilla, el sol se ha puesto en la Bahía y ya es de noche. Última parada: la estación de autobuses de Palo Alto. Me bajo y me despido con la mirada de mis compañeros de viaje. Mañana nos veremos de nuevo. Y así cada día. Hasta que los demás nos vean.

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