Diario Vasco

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‘Yo antes de ti’ o el libro que no pude escribir
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Ane Arruabarrena | 07-08-2014 | 18:10| 0

Me gustaría poder decir que no soporto a Jojo Moyes. Me gustaría decirlo porque ha escrito un libro que me hubiera gustado que saliese de mí. Casi palabra por palabra. Pero no solo no la odio, sino que le estoy sumamente agradecida por haberme permitido adentrarme, al menos durante unas cuantas semanas, en las vidas de Lou, Will y sus familias. Por haberme regalado tanto como a sus protagonistas. Y por haberme permitido dejarlos ir con serenidad y con una sonrisa, a pesar de la profunda tristeza que genera pasar la última página de un libro que te ha cautivado.
Es muy complicado contar historias que hablen de sentimientos complejos y profundos sin caer en la ñoñería y en los lugares comunes. Incluso yo, que tengo un desarrollado lado canalla de ver la vida (sí, las mujeres también podemos tener un lado canalla), me aterro ante la idea de escribir sobre el amor, porque creo que no puedo evitar sonar un poco petarda.
En Yo antes de ti no hay nada de eso. Son las dosis justas de dulzura, acidez, potencia e intensidad, igual que uno de los delicados perfumes de L’Artisan Parfumeur que Will le sugiere a Louisa. Y sí, hay una parte de mí que se enfurruña al ver que esta autora consigue con aparente sencillez hacer algo a lo que yo llevo años intentando atreverme. Pero es también ella, o más bien sus personajes, los que me han transmitido la importancia de tratar de conseguir lo que quieres en la vida, de atreverse y de vivir.
Es uno de los regalos más emocionantes e inesperados: leer un libro que deja algo en ti para siempre.

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Decir hasta luego a una parte de nosotros
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Ane Arruabarrena | 10-06-2014 | 04:57| 0

He escrito alguna vez que cuando vives en un lugar como este, donde casi todos estamos de paso, te acostumbras a decir adiós sin que te afecte demasiado. Pero no siempre es así. Las relaciones tienden a ser más superficiales y el cariño se puede racionalizar. Pero hay veces, y eso es lo bonito, en los que conoces a alguien y algo hace clic. Y sabes que no estás frente a una de esas personas que pasarán por tu vida rozándote solo en la superficie. Es la amistad verdadera. Algo que adquiere un valor incalculable cuando estás tan lejos de los tuyos.

En el tiempo en el que hemos vivido en Palo Alto hemos sido algo así como los tres mosqueteros. Hemos compartido las dificultades, los momentos de incertidumbre, las noches de risas,… Y también nos hemos sentido ofendidos por malentendidos o incomprensiones derivadas de las diferencias culturales, y lo hemos hablado y nos hemos explicado, y ha sido positivo para todos porque hemos tratado de comprendernos y de apreciarnos también en nuestras diferencias.

Cuando pensaba en eso de que las personas que de verdad te tocan se llevan un pedacito de tu corazón, creía que sería imposible que el mío diera tanto de sí. Demasiada gente querida en demasiadas partes del mundo. Pero lo que he aprendido en estos dos años es que el corazón no se agota; se expande. Y aunque nuestra cotidianidad juntos se termine hoy por la distancia, nuestra unión continúa y evoluciona. Es curiosa la vida. Es curioso cómo sonríes a alguien por primera vez sin ser consciente de que se convertirá en una parte indeleble de ti misma.

Gracias por habernos acompañado en el camino, amigo. Good luck.

 

“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.”

C.G. Jung

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Un chiste sin gracia
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Ane Arruabarrena | 08-05-2014 | 08:58| 3

Con la boca abierta. Así me quedé cuando vi el anuncio de Desigual para el Día de la Madre. Y lo mismo ha pasado con todas y cada una de las personas a las que se lo he enseñado. Los miro para ver su reacción, y de golpe, cuando se percatan de lo que está ocurriendo, sus ojos y su boca se abren de par en par. No creo que haya otra reacción posible.

No estoy familiarizada con los entresijos de la publicidad, pero como televidente, o como público potencial de la marca de ropa, no comprendo el por qué de una campaña como esta. Siempre he tenido la idea de que Desigual se dirigía principalmente a gente joven. Por ese colorido que es su seña de identidad, diría que su público no es de los que quiere pasar desapercibido. Tampoco le importa pagar algo más para tener una prenda ‘especial’, ‘diferente’, ‘única’, frente al uniforme que nos venden las marcas low cost. Quien me conoce sabe que lo de tanto colorín no va conmigo, y nunca he comprado nada de la marca catalana. Pero me atrevería a decir que es muy popular entre las mujeres jóvenes con ideas progresistas.

Así que no consigo explicarme semejante alarde de misoginia, de machismo rancio. Una vez más, se vende el mito de la mujer cuyo objetivo único es el de ‘cazar’ a un hombre, y que utiliza para ello las tácticas más deleznables. Para quien no haya tenido la oportunidad de ver el anuncio, nos muestra a una chica de buen ver probándose un vestido frente al espejo de su habitación. Mientras baila al ritmo de la música, se mete un cojín en el vestido como si estuviera embarazada, y se acaricia la tripa con cara de felicidad. Acto seguido se hace con una aguja con la que juega con sonrisa pícara, y con ella agujerea unos cuantos preservativos que luego meterá en su bolso. Sale de la habitación feliz y contenta para encontrarse, creemos, con su cita romántica. Dice Desigual, con un par de narices, que el anuncio es un ”grito a la liberación personal y al derecho a perseguir los sueños”. (Ver anuncio)

Es a todas luces lamentable la generalización que hace cierto sector de la sociedad a partir de casos aislados, como por ejemplo con la violencia machista cuando se alude a los ínfimos casos de denuncias falsas para no afrontar el problema real (estas generalizaciones proceden, por supuesto, de la idea de la ‘mala mujer’). Pero más detestable es, si cabe, que la campaña salga en un momento en el que estamos viendo cómo nuestros derechos se ven vulnerados con la nueva ley del aborto, con el lema –nada inocente- de “Tú decides”. Ahora resulta que si no queremos que se nos trate como a seres infantiles y vulnerables, como pretende el Gobierno, tenemos que convertirnos en unas brujas sin escrúpulos para conseguir lo que nos pertenece.

Creo que no es suficiente con pedir disculpas públicas. Cosas como estas no deberían quedar como meras anécdotas desafortunadas. Es el momento de boicotear a la marca. Si creemos en nuestros derechos y nuestras libertades, si apostamos por una sociedad respetuosa y con valores, no podemos apoyar de ninguna manera a quienes creen que todo vale con tal de vender una camiseta. Y si es un chiste, no tiene gracia.

 

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La emoción de la espera
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Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 0

Siempre me han hecho gracia esos reportajes veraniegos en los informativos -cuando parece que hay poco que contar- en los que los reporteros se acercan a Benidorm para dar cuenta de las familias que se levantan a las cinco de la mañana con la sombrilla bajo el brazo para coger un buen sitio en la playa, y luego se vuelven a dormir. Admiraba a esas personas con semejante fuerza de voluntad.

Pero por aquél entonces no vivía en Estados Unidos. Aquí, lo de ser el primero en conseguir algo es más que un esfuerzo; hacer cola en este país es una afición. Cuando llegué, hace ya más de año y medio, tuve la oportunidad de ver por primera vez las colas de gente esperando para comprar el iPhone que salía a la venta al mercado en ese momento. Pero eso era días antes de que se pusiera a la venta. Había incluso tiendas de campaña en la avenida principal de Palo Alto. MI primera reacción fue, por supuesto, suponer que los regalaban, o que los diez primeros tenían un 50% de descuento, o que por lo menos les regalarían una camiseta o una taza. Pero nada de eso. Estaban ahí solo por la satisfacción de tener entre sus manos ese objeto del seso horas antes que el resto de los mortales.

Ahora que me he modernizado, ya sé que esas personas son legión, que el propio Tim Cook -cofundador de Apple- hizo cola durante horas para conseguir su iPhone 5S y solidarizarse con sus ‘fans’, y que hay incluso un tipo en Japón que ya se ha puesto a esperar para ser el primero en hacerse con el iPhone 6 (sin fecha prevista de salida).

Pero, como decía, no se trata de la ilusión por obtener algo en concreto, sino de la afición por pasar horas en fila, incluso para comerse un helado. Pasa cada día en Palo Alto, creedme. ¿Y qué tiene de especial ese helado? Pues que te lo sirven como un sandwich, pero entre dos galletas. Mi teoría es que el helado lleva pegado en la parte de abajo algún tipo de estupefaciente, pero nunca lo sabré porque no tengo intención de perder el tiempo en descubrirlo.

Hablábamos de esta cuestión ayer, con un amigo local que no gusta de estas aficiones. Nos contó que hay un lugar en Nueva York en el que la gente hace cada día dos horas de cola para conseguir un dulce que llaman ‘cronut’, y que es un cruce entre un croissant y un donut. ¿Pero no podría hacer un agujero en un croissant y obtener el mismo resultado en la panadería de enfrente? Pues parece que no. El local en cuestión es conocido por tener un problema sanitario con las ratas, pero qué más da. La gente se agolpa a sus puertas a las ocho de la mañana, y hora y media después los dependientes salen para informales de que no hay más cronuts por hoy. No importa, mañana volverán a esperar, a ver si tienen más suerte. Y si no es mañana, será al día siguiente. Porque no importa el premio en sí; lo que realmente les gusta es la emoción de la espera.

https://www.youtube.com/watch?v=rRwcIumf-mI

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Soy una commuter
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Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 2

Sé que he pasado mucho tiempo sin escribir en este blog. Pero es que mi vida ha cambiado de forma drástica. Porque tengo trabajo, sí, pero sobre todo porque soy una persona nueva, una especie a la que nunca pensé que podría pertenecer: soy una commuter.

¿Y eso qué es? Pues, por decirlo de forma simple, soy una de las tantas personas en la Bay Area que viajan a diario desde sus hogares a sus puestos de trabajo. Y dentro de ese grupo, pertenezco al selecto subgrupo de los que lo hacen valiéndose del transporte público. Eso, a grandes rasgos.

Pero si queremos entrar en ello de lleno (y yo quiero, o debo), mi vida ha pasado de la contemplación sosegada -otra forma de decir ‘aburrimiento’- a la aventura diaria en esta jungla que es el camino de ida y vuelta a casa desde otra ciudad. Sabía que sería difícil, y no negaré que me asustaba solo de pensarlo, o cuando escuchaba las dantescas anécdotas de mis compañeros de batallas nocturnas en los bares de la zona. Pero nadie me preparó para la cruda realidad. Y desde aquí, aprovecho para reivindicar cursos particulares para commuters, o prácticas en empresas, o -para aquellos que tengan que trasladarse desde la capital a los suburbios, y en casos extremos- cantidades ingentes de ansiolíticos.

El primer día, tardé más de dos horas en volver del trabajo a Palo Alto (una distancia de 20 kilómetros). Que si guíate con el puntito azul del Google Maps para andar hasta la parada del autobús -siempre alerta de posibles atropellos -, que si coge  ese cacharro de la época en la que Reagan era gobernador de California y que tarda una eternidad en llegar a su destino mientras ves a los cientos de coches pasarte a la velocidad de la luz, y cuando por fin llegas tienes que correr para no perder el único tren que pasa cada hora y en el que tienes que sacar los codos para poder entrar. No recuerdo nada de cuando llegué a casa aquel primer día. Creo que me recogieron en la estación como a un trapito.

Ahora, por supuesto, las cosas han mejorado. Tardo casi una hora menos después de haber resuelto una compleja ecuación para saber cómo combinar los medios de transporte. Y hay almas caritativas que se ofrecen para acercarme a mitad de camino (no habrá cervezas en el mundo que puedan pagarles  semejante ayuda). Trato de practicar la meditación cuando empiezo cada viaje, sobre todo en los días de lluvia (pueden ser verdaderamente intensos en esta zona en la que las paradas de autobús no suelen estar cubiertas y no puedes refugiarte en ningún porche por eso de su obsesión con la propiedad privada). Y si tengo un día más negativo y lo único que deseo es prenderle fuego al bus que, una vez más, llega tarde, pienso en los compañeros que vienen desde Berkeley cada mañana en transporte público y que tardan la friolera de cuatro horas en llegar a casa (y viceversa). O en ese hombre ciego con el que coincido cada tarde en la estación y al que admiro profundamente por saber lidiar sin miedo con hordas de trabajadores de empresas punteras que matarían a su hermano por llegar a casa cinco minutos antes y engullir su comida preparada mientras ven un episodio de The Walking Dead.

Y en un alarde total de insensibilidad -todo se pega- doy gracias porque al menos hoy no hay nadie que haya decidido terminar con su vida lanzándose al tren, así que llegaremos a la hora prevista. Lo dicho: la jungla.

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Las normas son las normas
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Ane Arruabarrena | 15-04-2014 | 11:43| 3

Ya lo habréis leído. En Colorado (USA), una niña de nueve años ha sido expulsada de su colegio por haberse rapado en solidaridad con su amiga, enferma de cáncer y en tratamiento con quimioterapia. ¿Y por qué? Pues dice la escuela que por haber infringido una norma que se aplica a los estudiantes para ¨promover la seguridad, la uniformidad y un ambiente sin distracciones¨ en el centro educativo. Como dicen por aquí: bullshit. Lo que me encantaría saber es qué exactamente de lo que hizo la chavala altera estos elementos en los que la norma se basa. ¿Quieren acaso decir que una niña con el pelo rapado, o sin pelo, es más susceptible de sufrir algún tipo de violencia en las aulas? ¿Por parte de sus compañeros? ¿Qué parte de afeitarse la cabeza es la que altera la seguridad o un ambiente sin distracciones? ¿Hubiera pasado lo mismo si quien lo hubiera hecho fuera un chico?

Ahora, después de que el caso haya revolucionado las redes sociales –esas que,  a veces, también sirven para visualizar las injusticias-, dicen los portavoces del colegio que la niña puede volver, que al fin y al cabo son cosas de críos, que es un bonito gesto, que siempre hay excepciones…

Lo verdaderamente terrible es que esto sea una excepción. Los críos no dejan de sorprenderme. Cada día nos dan lecciones de cómo saber convivir, sin desconfianzas, sin miedos, con una voluntad de entendimiento que parece que vamos perdiendo con la edad y con la inmersión en la sociedad. Pero tiene su lógica: ¿Qué va a pensar ahora esta niña? Si ella ha decidido hacer algo bonito por su amiga, sin darle demasiadas vueltas, sin siquiera sospechar que podría ser motivo de cuestionamiento, y ahora la escuela –esa en la que pasa la mayor parte del día y en la que aprende mucho más que las materias lectivas- la hace dudar de lo adecuado de su decisión. En este caso ha demostrado tener carácter y dice que sigue creyendo que hizo lo que era correcto. ¿ Pero qué pasará la próxima vez? ¿Y la siguiente? ¿Y la siguiente? ¿Qué pasa después de años y años de lavado de cerebro sobre los peligros de no seguir la norma? Evitemos que lo consigan. Estos chavales son el futuro. Y si lo que les enseñamos en la escuela son cosas como estas, no creo que estemos en la posición de darles lecciones sobre lo que está bien y lo que está mal.

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Oda a la montaña (de una urbanita de pro)
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Ane Arruabarrena | 12-03-2014 | 03:56| 7

¿Quién dijo que ir al monte era aburrido? Yo misma.

Cuando era pequeña, pasar un día en la naturaleza, cuesta arriba – cuesta abajo, era para mí una auténtica tortura. Tenía grabada a fuego la idea de la montaña como nos la enseñaban en Heidi: una alfombra verde gigantesca y mullida, de la que salían animalillos voladores con carita dulce y en la que podías dar volteretas, hacer la croqueta o acurrucarte para una buena siesta. Me sentí traicionada cuando vi en persona esa superficie marrón de la que salían algunos pelillos verdes, con bichos feos y babosas pringosas, y piedrecitas que se te clavan siempre en el trasero, te sientes donde te sientes.

Ha sido la vida en California la que me ha llevado a explorar nuevamente ese entorno cuasi-desconocido y hostil. Y es que, si algo tienen por aquí, son entornos naturales en los que perderse durante horas, incluso días. No diré que me apasione, pero a mis ‘más de 25’ puedo afirmar que ahora comprendo la pasión de tantos y tantas por lo que aquí se conoce como ‘hiking’ (para nosotros: senderismo o simplemente pasear por el monte).

Siempre he preferido rodearme de ruido. El silencio me abruma, y es por eso que cuando me adentro en un bosque de secuoyas gigantescas, mi primera reacción es la de salir corriendo. Pero a medida que avanzo, mi respiración se hace más lenta y regular, mi mente se va liberando de cargas –pesadas y ligeras- y solo estoy yo.

Por supuesto, no me he convertido por arte de magia en Juanito Oyarzabal en un año y medio, y cuando hay cuestas empinadas me sigo enfurruñando y sigo mentando a todos los santos. Pero cuando salgo de entre los frondosos árboles y me encuentro con un paisaje como el que pude contemplar ayer, entonces pienso que ha merecido la pena. Que todo merece la pena. Y que, en medio de tanto bullicio en nuestras vidas, la naturaleza –en mi caso, sobre todo el mar- es la única que tiene la capacidad infalible de ponernos siempre en nuestro sitio.

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‘Beti, beti, maite’ o el fruto de la ilusión
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Ane Arruabarrena | 02-01-2014 | 07:42| 0

Hace unos pocos meses recibí una curiosa propuesta para participar en un libro colectivo. Y digo curiosa porque, conociéndome, tomarme como aficionada a la Real Sociedad -o al fútbol en general- serían palabras mayores. Pero desde un primer momento se me liberó de toda carga diciéndome que no se trataba de escribir sobre mis numerosas tardes en Atocha en mis años mozos, o sobre la alineación del equipo en el año 87; era, más bien, una invitación a relatar la parte que ha jugado el equipo en mi vida como donostiarra. Y creo que de eso todos podríamos decir algo. Además, nunca me hubiera podido negar a poner mi granito de arena sabiendo que compartiría espacio con ejemplos de la profesión como Iñaki Gabilondo o Enric González. Un autentico lujo. Sin dilación, me puse manos a la obra y en un suspiro salió un relato corto, más bien una reflexión, que espero que contribuya, al menos un poco, a dar la perspectiva de nuestro equipo local como nexo de unión en una sociedad más acostumbrada a poner el acento en sus diferencias.

Acabo de recibir el libro en casa -los autores se han preocupado muy mucho de su distribución, incluso entregando los ejemplares personalmente en algunos casos-, y estoy muy satisfecha. Pero no de mi nimia contribución, sino del buen resultado del trabajo en equipo. Beti, beti, maite. Memorias de la Real nació como una ocurrencia de dos chavales donostiarras con ‘sede’ en Madrid -y digo chavales porque son de mi quinta, pero en realidad son ya hombres hechos y derechos-. ¿Quién habría dicho que, meses después, estaría en las librerías y sería uno de los libros más vendidos de estas navidades? Y todo esto se ha conseguido sobre todo con el esfuerzo de Beñat Sanz y Xabier Rodríguez, que decidieron que su idea no quedase en una mera anécdota, pero también ha sido fruto de la implicación de tantas y tantas personas de manera desinteresada que, como yo, tenían la convicción de que este era un proyecto nacido de la ilusión. ¿Y qué decir de toda esa gente que ha ayudado económicamente, con cantidades pequeñas o medias de dinero, para poder imprimir el mayor número de ejemplares? Son estas hazañas -porque en un momento como este, la publicación de Beti, beti, maite puede considerarse toda una hazaña- las que me hacen creer en la gente. Y veo que no estamos dormidos, que seguimos teniendo ganas de crear, de mejorar, de ayudar… Espero que esta sea sólo la primera de tantas iniciativas que demuestren que juntos, podemos. Zorionak!

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¡Bienvenidos a Freedonia!
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Ane Arruabarrena | 17-12-2013 | 08:31| 0

Gracias a esto de las nuevas teconologías, ayer pude ver íntegra la entrevista a El Gran Wyoming en el programa La Sexta Noche. Siempre lo he admirado como profesional y también como persona, desde aquellos tiempos en los que se ponía la mano entre las piernas para cantar Tramperos de Connecticut, con su fiel Reverendo. Lo que entonces no sabía era que llegaría un momento en el que sus palabras supondrían para mí una inspiración, en un tiempo en el que parece que decir cosas razonables y sensatas es salirse del programa.

Lo que Wyoming advertía que podría llegar a ser España de no darse un cambio radical en la forma en la que se está ¿gestionando? el país, es efectivamente algo que conozco y que me aterroriza: es Freedonia, el país liderado por Groucho Marx en Sopa de Ganso (1933) que, aunque es una crítica mordaz a los regímenes autoritarios que había en la época, recuerda sospechosamente a los Estados Unidos de América.

Cuando digo que este no es mi lugar, hay quien no me entiende. Y me dicen que me acostumbraré, que ellos también pensaron que no se quedarían para siempre, que a todo se hace uno, que tiene sus cosas buenas,… Y digo que no me entienden porque precisamente lo que yo no quiero es acostumbrarme. No quiero aceptar las desigualdades, las faltas de respeto, la pérdida de dignidad… propias de este sistema, como si se tratara de algo normal. Me niego a asumir, por ejemplo, que tengas que pagar más de 3.000 dólares en urgencias por el simple diagnóstico de una infección de orina. Me niego a asumir que, en menos de un mes, hayan tenido que morir cuatro personas de frío durmiendo en las calles de la Bahía para que las autoridades se hayan percatado de que existe un problema. No me gusta que, si voy fumando un cigarrilo por la calle, haya quien, al cruzarse conmigo, me increpe o se cubra la nariz y la boca con horror.

Es la paradoja de esta especie de Freedonia: donde empieza tu libertad acaba la mía. ¿Pero quién marca esa línea? ¿Y cómo se puede vivir con una línea imaginaria que nos divide, que nos hace enemigos, dignos o indignos, pobres o ricos, ganadores o perdedores? Desde que llegué a este país, me siento aun más orgullosa de lo solidaria que es nuestra sociedad (y hablo de la gente, no de las instituciones). Esa es nuestra baza. Como apuntaba Wyoming en la entrevista, somos compañeros. Y si queremos que las cosas funcionen, tenemos que preocuparnos los unos por los otros. Así de sencillo. Lo curioso de todo esto es que tenga que ser un comunicador, o un cómico -con todo el respeto que le tengo al oficio- quien tenga que poner los puntos sobre las ies, mientras aquellos que dicen representarnos siguen escondidos detrás de una tele de plasma.

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Los futuros presidentes
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Ane Arruabarrena | 11-12-2013 | 06:16| 4

La web Baby Center acaba de publicar la lista de los nombres de los recién nacidos en Estados Unidos en 2013. Y no tiene desperdicio. Por supuesto, los nombres que más han ganado en popularidad este año están inspirados en los protagonistas de las series más de moda, como Girls, Homeland o Breaking Bad. También en cantantes como Beyoncé, Miley Cyrus o ese hombre de gesto tan desagradable: Kanye West. Es algo normal. Recordemos -en otra liga- el fenómeno de Chenoas y Bisbales en España hace unos cuantos años. No pueden faltar en la lista los nombres de futbolistas: Ozil, Ronaldinho, Iker (en un notable puesto 557) o Kaka. Este último, aunque probablemente inspirado en la estrella del deporte, sin el acento en la ‘a’ no puedo evitar que me suene escatológico.

Mi mayor sorpresa han sido los nombres ‘raros’ o ‘especiales’, o como prefiráis llamarlos. Hay niños en USA de nombre Doctor, que si hacen el doctorado tendrán que firmar sus artículos como Doctor 2. También Beautifulboy (Niñoprecioso) o Deejay (este último sufrirá de lo lindo si resulta que no tiene oído musical).Hay más de una niña que se llama Fig (Higo), y otras en cuyos nombres sus progenitores no pusieron demasiado empeño, o quizá se bloquearon, y les pusieron simplemente Unnamed (Sin nombre). Triste, la verdad.

¿Pero qué decir de ese niño que se llama Cheese (Queso)? ¿Acaso sus padres tomaban pan con brie mientras lo concibieron? O Phone (Teléfono), que en mi modesta opinión tiene menos fuerza que otros nombres tecnológicos como Galaxy o iOS, con cierto aire de misticismo. Y aunque todo esto parece insuperable, el que me ha dejado sin palabras ha sido el nombre que llevan al menos dos niños norteamericanos nacidos el año pasado. Y no es otro que Hotdog (Perrito Caliente). Entiendo la importancia de fomentar y preservar la cultura local (me lo van a decir a mí, que soy vasca). Pero creo que hay ciertos límites que no deberían sobrepasarse si no se quiere fastidiar la vida de esos niños ya desde su partida de nacimiento. La revista Time, al hilo de esta lista, advertía de que estos son los nombres del futuro del país, y que en cincuenta años Estados Unidos podría tener una presidenta de nombre Kiwi. Pero más preocupada estoy yo con que esta moda cruce océanos y se dé la posibilidad de que unas décadas tengamos que decidir entre un gobierno liderado por el señor Jabugo o la señora Tortilla de patatas. Al tiempo.

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