Diario Vasco
img
Categoría: El mundo del libro
Escribir es vivir

Estos dos vocablos se convierten en un binomio indisoluble en la figura del gran escritor y humanista José Luis Sampedro (Barcelona, 1917-Madrid, 2013). Define su obra con la palabra “autenticidad”, término que también se le podría atribuir a su persona.

Madruga para escribir, porque es cuando las ideas le vienen, y escribe sobre una tabla apoyada en los brazos del sillón. ”La lentitud mayor sin ordenador me acerca más a mi propia obra y la hace más mía. (…) La tremenda facilidad para corregir que ofrece el ordenador destruye los pequeños defectos que son esenciales para el estilo de cada uno y que dan vida a la obra. No me interesa tanto la “perfección” que se logra a cambio.”

Escribe por una necesidad interior y eso le lleva a vivir lo que ha escrito. Nunca ha trabajado buscando fama o dinero. Y es que el éxito le llegó en los años ochenta cuando llevaba desde los cincuenta publicando. Lo que sí ha necesitado siempre es la respuesta de los lectores, ser querido. Porque ese trabajo solitario del escritor lo compara al naufrago que escribe desde una isla, y la botella que lanza al mar considera que es la novela.

Ver Post >
El corrector de textos en el punto de mira

Con este artículo queremos ensalzar ese oficio histórico que surgió con la aparición de la imprenta y para el que hacen falta una gran concentración y muchos conocimientos generales y que ―a la vista de los errores que, diariamente, aparecen en las ediciones tanto de prensa como de libros― está en horas bajas: el corrector de textos.

Vamos a comenzar por traer a colación una de las premisas que se lanzaron en el X Seminario internacional de lengua y periodismo: Los correctores hacen mejores escritores y periodistas. Según lo vemos nosotros, un texto bien escrito es la mejor tarjeta de presentación tanto para un particular como para el más laureado de los literatos.

El 27 de octubre se celebra su día, el Día Internacional de la Corrección o Día del Corrector de Textos. Fue instaurado en el año 2006 por la Fundación Litterae de Argentina y se puso en honor al pensador y humanista Erasmo de Rotterdam por coincidir con su natalicio. Desde entonces hemos visto cómo este oficio ha ido evolucionando o, mejor dicho, se ha especializado en función de su objetivo: corrector de estilo, verificador de hechos y lector de sensibilidad, que está haciendo fortuna últimamente.

Ver Post >
Bob Dylan y su Nobel

Son mis canciones literatura?” Tras la aprobación del Premio Nobel de Literatura, el propio Robert Allen Zimmerman (su admiración por el poeta Dylan Thomas le llevó a adoptar el seudónimo de Bob Dylan) se manifestó así. En ese momento, muchos consideraron a Leonard Cohen como un candidato más acorde, puesto que él declaró que nació con la ambición de ser escritor. La polémica está servida; si el mismo premiado se lo cuestiona, ¿qué no dirán los demás? Nuestra intención es presentar todas las voces que han expuesto algo significativo al respecto.

He aquí las opiniones de los que se expresaron a favor de la concesión del premio: “El Nobel de este año está justificado y es merecido. Este premio significa una necesaria apertura conceptual, en un sentido antiacadémico y moderno”, lo sentencia el poeta Juan Bufill. “A ver si recordamos que la poesía de los trovadores toda fue escrita para ser cantada. Y nadie lo discute», indica Pere Gimferrer. Otro escritor, Joan-Lluís Lluís, recalca: “Me satisface enormemente porque así que sea un poco más fácil defender que la canción no es solo un estilo musical sino un género literario completo». Lorenzo Silva ha indicado que él no dirá que no tenga mérito literario o que no merezca recibir el Premio. Y Jaume Subirana está convencido de que “a veces está bien aceptar que la literatura puede ser (y quiere ser) más cosas que lo que nosotros creemos o de lo que nos gusta”.

Ver Post >
La literatura juvenil a debate

Como se puede comprobar en los listados de libros más vendidos que aparecen en Internet, los términos de literatura infantil y juvenil están profundamente unidos en el panorama editorial español. Si a esto añadimos que muchos piensan que la literatura juvenil es un fenómeno inexistente fruto de los mercados y las editoriales, nos damos cuenta de lo difícil que es analizarla por separado.

Con la obra Matilda, de Roald Dahl pasa algo muy curioso. Es uno de los 100 mejores libros juveniles de todos los tiempos, según la revista Time y sin embargo ese libro, y en general toda la obra de Roald Dahl (con cuya mención le homenajeamos en el centenario de su nacimiento), es muy leída también por adultos. En ocasiones así, las etiquetas pueden estar de más y en literatura, como vemos en este caso, únicamente son útiles para distribuir los libros en las librerías.

Lo que no podemos negar es que la literatura juvenil está creciendo en estos últimos años: Los juegos del hambre, Hush Hush, El teorema Ktherine, Ciudades de papel, El corredor del laberinto, Las luces de septiembre, Melocotón loco, Bajo la misma estrella, Divergente, Cazadores de sombras son algunos de los libros más vendidos. Constantemente nos bombardean con abundante número de títulos y propuestas de nuevas colecciones que dan gran dinamismo a este sector. En esto tienen mucho que ver los autores porque a los consagrados a la literatura juvenil como Jordi Serra i Fabra, Alfredo Gómez Cerdá, Andreu Martín, Care Santos, Enric Lluch o Fernando Marías se han unido nuevas promesas como Felipe Juaristi, Laura Gallego, Gonzalo Moure y otros muchos más que habitualmente escriben para adultos, pero que han visto grandes posibilidades en este mercado: José María Merino, Rosa Montero, Marina Mayoral o Gustavo Martín Garzo.

Según el Ministerio de Cultura en su informe sobre la literatura infantil y juvenil del 2007 el sector más difícil es la población juvenil, de 12 a 17 años, por sus especiales características de desarrollo y socialización y las preferencias de ocio entre los jóvenes”. Ya tenemos el baremo de edad de los consumidores de literatura juvenil. Dicho informe añade: “A los jóvenes les interesan las lecturas de entretenimiento y aventuras y aquellas cuyo contenido tienen relación con sus problemas y su psicología”. A tenor de esta afirmación, nos damos cuenta de que no podemos decir que la diferencia entre literatura juvenil y la de adultos difiera en los temas ―que al final son los mismos grandes temas de todos los tiempos: el amor, la guerra, el poder, las injusticias etc.― sino en las características de los elementos narrativos, como señala Silvia Adela Kohan en su libro “Escribir para niños”. Si hojeamos cualquier libro de los citados anteriormente, podemos comprobar que los personajes son perfilados para que se identifiquen con el público al que va dirigido; la interiorización psicológica disminuye en favor de la acción y los géneros narrativos se entrecruzan y fusionan.

¿Y los jóvenes, qué libros leen en el periodo escolar? ¿Leen los que están dirigidos a ellos y son actuales? En este periodo de la Educación Secundaria es donde los alumnos tienen el primer contacto con la asignatura de Literatura y es el momento en el que abordan a los principales autores y las obras maestras de nuestras letras. Con el tradicional corpus de obras clásicas, estamos viendo que no se consiguen los índices de lectura deseados, más bien todo lo contrario: desciende el interés por la lectura, pues enseguida el alumno asocia esas obras a una imposición del profesor. En vista de ello, sería interesante contar con esta literatura juvenil en el currículo escolar, ya que tanto por su forma como por su contenido puede llegar con mayor facilidad a este sector de la población. Pedro Cerrillo en su artículo “Educación literaria y canon escolar” afirma lo siguiente:

Todo canon escolar de lecturas debiera estar formado por obras y autores que, con dimensión y carácter históricos, se consideran modelos por su calidad literaria y por su capacidad de supervivencia y trascendencia al tiempo en que vivieron, es decir, textos clásicos. Pero, junto a ellos, pueden incluirse en un canon otros libros, de indiscutible calidad literaria, que no hayan alcanzado esa dimensión de “clásicos” porque no ha pasado aún el tiempo necesario para que sea posible ese logro”.

Ahora viene el mayor problema: elegir los libros que formen el corpus literario escolar. Deberían tener unas determinadas características para cumplir un objetivo fundamental: facilitar el hábito lector. Para ello, competencia lectora y adecuación del léxico tendrían que ir de la mano. Habría que lograr un progresivo perfeccionamiento verbal de los alumnos para lo que se debe apostar por una gradación en la dificultad del léxico de las obras literarias elegidas y también en la complejidad temática, estilística y narrativa.

Esta literatura prepararía al alumnado para dar el paso hacia los grandes clásicos. Actuaría como una literatura de transición que, además, propondría un diálogo más o menos inteligente entre libro y lector. Para ello, habría que trabajar con actividades planteadas después de la lectura para comprobar el nivel de comprensión. Así se uniría el placer estético a la finalidad didáctica.

También debería ser una literatura basada en la experiencia, capaz de mostrarles conflictos propios de la juventud y la forma de resolverlos. Si la obra es de suficiente calidad, conseguirá que el joven y su entorno se identifiquen con los personajes literarios y así, ofrecerles una educación literaria más que una enseñanza de la literatura.

Y, por último, esta literatura tendría que huir de tabúes y moralinas. La necesidad interior del escritor por contar determinada historia y que todos los temas tratados con veracidad, rigor y calidad tuvieran su espacio sería lo que debería primar en la balanza.

Lo que está claro es que los índices de competencia lectora de los estudiantes españoles están a la baja, según se demuestra en el informe Pisa de 2012. Algo habrá que hacer si con la lectura de los clásicos, en la cual sin duda debe sustentarse la formación humanística de nuestros jóvenes, no acertamos. Ahora viene muy a cuento esa anécdota que corre por Internet sobre Borges acerca de cómo una estudiante le preguntó que qué podía hacer si Shakespeare la aburría:

“No hagas nada, simplemente no lo leas y espera un poco. Lo que pasa es que Shakespeare todavía no escribió para vos; a lo mejor dentro de cinco años lo hace.”

Por lo tanto quizás, mientras les llega la hora de tener madurez de pensamiento y capacidad de análisis para disfrutar de esas obras, sea posible dar cabida en las aulas a esa emergente literatura juvenil.

Ver Post >
La novela romántica española

Estamos en Europa finales del XVIII y principios del XIX. Un sistema liberal defiende la soberanía popular y las libertades individuales de pensamiento y expresión. Aparece una sociedad de clases que aúpa a la burguesía al poder y se lo niega a la nobleza. Irrumpen las máquinas y los inventos con la revolución industrial y el capitalismo se consolida. El racionalismo entra en crisis y surge un nuevo concepto de cultura y de pensamiento, más idealista, siguiendo los pasos de Hegel y dejando de lado las enseñanzas de Kant.

En este ambiente socio-político surge el Romanticismo literario. Un movimiento cuya característica principal es el exceso. En todo. Más que una tendencia literaria o artística, el Romanticismo fue un concepto de vida distinto. Se buscaba el idealismo extremo, exagerado, que en muchas ocasiones sufría un violento choque con la realidad miserable y materialista del momento. Esto causaba una gran decepción interna que llevaba a los escritores, con frecuencia, a acabar con su propia vida. De hecho, la mayoría de los románticos murieron jóvenes. Buscaban, en su forma de expresarse, un lenguaje que sorprendiera al lector. De ahí la utilización de un léxico sonoro, una rica adjetivación, abuso de exclamaciones interrogaciones e hipérboles. Es decir, todo aquello que sirviera para enfatizar las emociones.

Los románticos amaban la naturaleza frente a la civilización como símbolo de todo lo verdadero y genuino. Fueron hombres sensibles, poseedores de un ardiente y apasionado corazón que vibró con el amor. Guiados por esta forma de ser, se sintieron impulsados hacia las más nobles causas humanas, por ejemplo la libertad, la justicia, la independencia y también el patriotismo.

Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la vida escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
(Don Juan Tenorio, José Zorrilla)

España vive uno de los pasados más agitados de su historia. Se abre el siglo con la guerra de la Independencia y se termina con el desastre de 1898. Las tensiones políticas son enormes y en este ambiente de crispación entra el Romanticismo en 1835 por Andalucía y Cataluña.

Los géneros literarios que más se cultivaron fueron el lírico, el dramático, la novela sentimental e histórica, los relatos de viajes y las leyendas. Pero el que predominó fue, sin duda, el género lírico. Sin embargo hoy nos vamos a centrar en el género narrativo, en la novela. Encontraremos diferentes tipos: histórica, gótica o de terror, sentimental y folletinesca.

A mediados del siglo XIX la novela histórica era el género literario de moda. Hubo muchos autores que siguieron los pasos de Víctor Hugo, Alejandro Dumas y sobre todo Walter Scott. Estos autores sentaron las bases, pero el género evolucionó y tendió a dar importancia a la ambientación. También, y siguiendo el modelo de Walter Scott, las narraciones comenzaron a estar protagonizadas por personajes imaginarios muy bien acompañados por otros secundarios que surgían de los documentos históricos a los que los escritores tenían acceso.

En un primer grupo podemos reunir a cuatro autores, claros ejemplos de novela histórica al estilo de Scott: Rafael de Húmara y Salamanca, Telesforo de Trueba y Cossío, Ramón López Soler y Estanislao de Kotska Vayo y Lamarca

En un siguiente grupo encontramos a Mariano José de Larra con El doncel don Enrique el Doliente (1834), muy conocido también por sus artículos periodísticos de claro carácter costumbrista, Juan Cortada y Sala y Enrique Gil y Carrasco con El señor de Bembibre (1844), una de las obras más apreciadas por la crítica, aunque sin llegar a la calidad literaria de los maestros del género que abundaron en Europa.

No queremos esa literatura reducida a las galas del decir,
al son de la rima, a entonar sonetos y odas de circunstancias,
que conceden todo a la expresión y nada a las ideas,
sino una literatura hija de la experiencia.
(Mariano José de Larra)

En este otro grupo de autores, la lejanía de la influencia de Walter Scott es patente. La crítica destaca su derroche de erudición y las cuidadosas descripciones, producto de un gran trabajo de documentación: Manuel Fernández y González, Francisco Navarro Villoslada y Antonio Ribot y Fontseré.

En cuanto a otras formas narrativas y dentro de la novela gótica o de terror encontramos a Smollett y Horace Walpole, autores muy imitados en toda Europa. Proponían unas historias llenas de escenas truculentas y descripciones minuciosas que llenaban la retina del lector con detalles macabros y sanguinolentos. Las tramas se desarrollaban en castillos, cementerios e iglesias en ruinas donde los fantasmas pululaban a su antojo. La producción hispana de este tipo de novelas ―marcadas por lo irracional, sobrenatural y misterioso― fue escasa.

En cuanto a la novela sentimental destacamos a Francisco Brotons, Vicenta Maturana Rodríguez, Segunda Martínez de Robles y José López Escobar. En general hay que decir que este tipo de novelas iba dirigido, generalmente, a un público femenino y se movía en terrenos muy cercanos al de la novela moral.

Dentro de la novela folletinesca, tenemos a Wenceslao Ayguals de Izco, Gregorio Romero Larrañaga, Manuel Fernández y González y Enrique Pérez Escrich. Esta se dirigía a un público muy amplio. Sus obras estaban construidas a partir de un argumento cargado de intriga y tramas que empleaban numerosos recursos melodramáticos.

Por último no vamos a olvidarnos del género del cuento, muy conectado con los cuadros de costumbres y con la literatura popular. En España se dio un florecimiento del cuento genuinamente romántico entre 1825 y 1845. José de Espronceda, Juan Eugenio Hartzenbuch, Nicolás Castor de Caunedo y Miguel de los Santos Álvarez son los autores que destacan. Estos cuentos, publicados por lo general en revistas, solían tener tres variantes: el relato fantástico y maravilloso, el histórico y el de costumbres. A la primera de ellas pertenece La pata de palo (1835) de Espronceda, uno de los más reseñables.

En conclusión, el Romanticismo español fue un movimiento literario donde, por primera vez, se reflejan los problemas y contradicciones básicas de la sociedad contemporánea. Además, la función social del artista y la imagen que tiene de sí mismo comienza a cambiar dependiendo del favor del público.

Ver Post >
La gran novela americana

La gran novela americana” es una calificación que se aplica a toda obra literaria que pretende divulgar la cultura de los Estados Unidos en un momento determinado de su historia. Es una apropiación indebida del término “americano”, una sinécdoque que pretende reducir lo americano a lo que procede tan sólo de Estados Unidos, como si Canadá, México y los países centro y sudamericanos perteneciesen a otro continente.

Las primeras creaciones aparecen en el siglo XVIII ―si bien en el XVII ya existía una literatura colonial―, cuando todavía no existían “Los Estados Unidos de América” y las trece colonias inician el camino a su separación de la Corona Británica. Es un periodo en el que aparece un relato épico capaz de crear los mitos que toda nación necesita para tomar conciencia de su identidad, que culmina con la formación de un nuevo estado, al acabar la Guerra de Independencia (1775-1783), aunque no con la dimensión que tiene en la actualidad.

La locución “Great American Novel” la acuñó el escritor John William De Forest (1826-1906) en un ensayo del mismo título publicado por el periódico The Nation en 1868, tres años después de haber terminado la Guerra Civil, en el que recomendaba el fomento de una literatura que resaltara los valores distintivos del país, y sirviera para acelerar el largo proceso de reconstrucción que tuvo lugar a continuación. De Forest escribió unos pocos poemas, alrededor de cincuenta relatos cortos y una novela sobre la guerra civil estadounidense La conversión de la señorita Ravenel. De la Secesión a la Lealtad (1867), pero hoy nadie se acordaría de él  si no hubiera escrito ese artículo.

El concepto de “gran novela americana”, tal y como lo definió De Forest, es tan amplio que cualquier novela escrita en inglés por un autor estadounidense, que describa la realidad social del país norteamericano, podría entrar dentro de esta etiqueta, independientemente del momento en que se haya escrito. Sin embargo, algunos críticos son más restrictivos y limitan el término a los cultivadores que cumplen una serie de requisitos. Eduardo Lago señala tres, además de su calidad literaria: afán de totalidad, considerable extensión, capacidad de reflejar en toda su complejidad la realidad social y las costumbres de una encrucijada histórica concreta.

Pero para que esa literatura fuera realidad, había que hacer un trabajo previo. Y fue lo que hizo el lexicógrafo Noah Webster (1758-1843), al establecer una normativa nueva para escribir, un estilo más estadounidense, una jerga propia y una ortografía no británica, además de promover la escolaridad en todo el país.

El primer escritor norteamericano conocido internacionalmente fue Washington Irving (1783-1859). Tras viajar por varios países europeos, aterrizó en España en 1826 para estudiar los documentos relativos al descubrimiento de América. Más tarde fue nombrado secretario de la legación norteamericana, y finalmente ascendido a embajador de los Estados Unidos en Madrid (1842–1845), llegando a ser un hispanista de reconocido prestigio. En 1829 marchó a Granada y vivió tres meses en el palacio de Boabdil, donde escribió sus celebérrimos Cuentos de la Alhambra, que se publicaron por primera vez en 1832, aunque su obra más meritoria sea Rip Van Winkle (1819), un relato corto ambientado en la Guerra de Independencia.

En la primera mitad del siglo XIX, surgió un movimiento conocido como Trascendentalismo, una síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico que desemboca en la Autoconfianza, base teórica del individualismo democrático, tan arraigado en la cultura norteamericana. Su fundador fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882), autor de un libro sorprendente titulado Nature (1836) a quien siguió Henry David Thoreau (1817-1862), un inconformista de carácter místico cuyos escritos radicales no hacen más que ratificar el individualismo defendido por Emerson. Ambos tuvieron una notable influencia en los escritores que vinieron a continuación.

Quizá la primera obra que cumple los requisitos de “gran novela americana” fue Wieland o La Transformación publicada en 1798, escrita por Charles Brockden Brown (1771-1810) al estilo de la novela gótica que se hacía por aquella época en Inglaterra. Con el referente de esta obra, los escritores de la primera mitad del siglo XIX se inspiran en lo que se hace en ese momento en Europa y lo que allí está de moda es el Romanticismo, una corriente que trae deseos de ahondar en el folclore, en las costumbres, en lo auténtico. Es un modelo que conlleva aires de nacionalismo y es aquí donde un país recién creado tiene todo por hacer. Tiene que ir en pos de su esencia, de su alma; en definitiva, de su personalidad.

La siguiente fue El último mohicano, publicada en 1826, la más célebre de las escritas por James Fenimore Cooper (1789-1851). La historia se desarrolla en el año 1757, durante la guerra entre Francia y Gran Bretaña por el control de las colonias en América del Norte, al rebufo de la “Guerra de los Siete Años” (1756-1763) que se desarrolla en Europa.

Vino luego Edgar Allan Poe (1809-1849), reconocido como uno de los maestros universales del relato corto y creador de la novela detectivesca, junto al francés Émile Gaboriau (1832-1873). Fue el primer escritor norteamericano que renovó la novela romántica incorporando a la ficción, el misterio, el terror y la fantasía.

Hay que esperar a mediados del siglo XIX para que aparezcan las tres primeras novelas acreedoras al título que nos ocupa: La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), la epopeya Moby-Dick (1851), de Herman Melville (1819-1891) y La cabaña del tío Tom (1851) de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), tres obras maestras que patrocinan la ilustre producción que va a florecer en el siglo XX. Y de las tres, la segunda, es la que tiene el honor de representar esa esencia, aunque no esté ambientada en las llanuras del Oeste, sino en una colosal llanura marítima. La mayoría de los críticos literarios coinciden en afirmar que Moby Dick es la novela que representaría el alma de esa Gran Novela Americana.

Aunque el Romanticismo siguió ejerciendo su influencia a lo largo de todo el periodo decimonónico,  como consecuencia de la transformación social que se produjo en Europa tras la Revolución Francesa, surgió un movimiento artístico opuesto que trata de ofrecer un retrato objetivo de la realidad y mostrar la naturaleza del hombre, sus motivaciones personales y las costumbres que practica. Es el Realismo literario ―y su derivación, el Naturalismo―que se inició en Francia en la primera mitad del siglo XIX, con Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850) y se prolongó hasta el final de la centuria con Flaubert (1821-1880) y Zola (1840-1902), que tuvo tres grandes artífices a finales del siglo XIX en Estados Unidos.

Mark Twain (1835-1910), escritor ingenioso y dotado de un sentido del humor que le dio celebridad universal, aprovechó su fina ironía para exhibir un cierto pesimismo y su desencanto con el hombre que surge en la “era dorada” que sigue a la guerra civil. Sus dos obras más famosas son: Las aventuras de Tom Sawyer (1876), una historia en la que la inocencia y la rebeldía de su protagonista nos transportan a nuestra infancia y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), una novela que, con el sarcasmo que caracteriza a su autor, condena el racismo y la violencia y ensalza la libertad y la amistad en la adolescencia.

Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, pero se fue a vivir a Inglaterra a los 26 años, adquiriendo la nacionalidad británica al final de su vida. Es autor de una extensa obra en la que acomete temas tan variados como el análisis psicológico de los personajes (Retrato de una dama, 1881), la defensa del movimiento feminista (Las Bostonianas, 1886) o una historia de fantasmas que marca un antes y un después de dicho género (Otra vuelta de tuerca, 1898).

Walt Whitman (1819-1892) está considerado como uno de los escritores que mejor han sabido interpretar el canon estadounidense, en la transición entre el trascendentalismo y el realismo filosófico. Su trabajo fue muy controvertido en su tiempo, por su libro Hojas de hierba, una colección poética que empezó a escribir en 1850 y que fue vilipendiada por su abierta sexualidad.

Y así entramos en el siglo XX, con la llegada de lo se ha dado en llamar “Generación perdida” ―expresión utilizada originariamente por la escritora Gertrude Stein―, un grupo de notables escritores modernistas, como Scott Fitzgerald (1896-1940), John Dos Passos (1896-1970), Ernest Hemingway (1899-1961), William Faulkner (1897-1962) y John Steinbeck (1902-1968), entre otros, que vivieron en Europa el horror de la Primera Guerra Mundial y más tarde los efectos que la Gran Depresión de 1929 causó a la población estadounidense, amenazada además por la inseguridad que creaban las organizaciones criminales que nacieron con la entrada en vigor de la Ley Seca en 1920.

La mayoría de estos escritores utilizaron una nueva técnica narrativa que proviene del cine y que se ha llamado escuela behaviorista o conductista. El narrador se limita a describir lo que pasa y deja que el lector interprete cómo es el personaje, a través del diálogo y de su comportamiento en la historia. Es lo que se llama “narrador observador” o “narrador cámara”, cuya única preocupación es registrar el estado de ánimo de los protagonistas de un modo fotográfico, despojándose de toda subjetividad y evitando así el peligro de la manipulación.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, surge una nueva camada de escritores postmodernistas que, más que conformar un grupo con unas ideas definidas, se inspiran en corrientes anteriores, renovándolas con aportes propios. Según el crítico Harold Bloom, los más importantes son: Philip Roth (1933), Cormac McCarthy (1933), Thomas Pynchon (1937), Don DeLillo (1936), todos ellos vivos todavía.

En la misma época, aparece otra corriente literaria que se ha denominado “realismo sucio”, caracterizado por “una prosa sobria y medida, escasa en descripciones y de un tono sobrio y minimalista. Sus protagonistas son personajes que llevan vidas rutinarias y generalmente de baja condición social, con pocos lujos y que deben ingeniárselas para conseguir empleo o dinero”. En este movimiento pueden entrar autores como John Fante (1909-1983), Charles Bukowski (1920-1994), Raymond Clevie Carver (1938-1988), Richard Ford (1944), Tobias Wolff (1945) y Chuck Palahniuk (1962).

Y llegamos por fin a la actualidad, en la que han aparecido numerosos autores que han escrito novelas de calidad como Trampa 22 (1951), de Joseph Heller (1923-1999), ganadora del premio Pulitzer en 1991, Amada (1987) de la afroamericana Toni Morrison (1931), ganadora del Premio Nobel en 1993, y La broma infinita (1996), de David Foster Wallace (1962-2008), considerada por la revista Time como una de las cien mejores novelas escritas en inglés desde 1923 a 2006.

En cuanto a los contenidos, la gran novela americana se ha ocupado durante largos años de mostrar la cara más amarga del sueño americano: el desencanto y la desilusión experimentada por personajes de la clase media que se han sentido traicionados por ese sistema de valores americano. En un principio fueron los sinsabores de la conquista territorial y la imposición de la ley y el orden por un territorio inabarcable, después llegaron las ciudades, verdaderas junglas, que marcaban las fronteras de la exclusión social y económica de la persona.

Y uno de los temas preferidos de los escritores norteamericanos  ―Yates, Roth, Bellow, Carver o Cheever― es la institución familiar. La incomunicación, la soledad, el fracaso… son los achaques habituales de la vida familiar. Un ejemplo de esta temática lo encontramos en las dos extensas y controvertidas novelas del último genio de la literatura norteamericana, Jonathan Franzen (1959)Las correcciones (2002) y Libertad (2010) ―algunos la señalan como la gran novela americana del siglo XXI― que se centran en familias dislocadas y representan la agonía de una época.

Con la ayuda de Wikipedia en inglés, nos hemos atrevido a construir una relación de obras que podrían estar en el ranking de La gran novela americana―seguro que habremos olvidado alguno― desde su independencia en 1783 hasta hoy. Aunque la mayoría de las obras responden a ese término suntuoso de “gran novela americana”, de carácter claramente mercantilista, hemos preferido incluir otras que no se ajustan al canon, pero que tienen la calidad suficiente como para figurar en este repertorio mínimo de autores norteamericanos.

Pero no podemos concluir este paseo literario sin mencionar la ”novela negra”, una creación típicamente norteamericana, que descubre la verdadera realidad del mundo criminal, la podredumbre del poder, la corrupción y la violencia que se originó en Estados Unidos con la aprobación de Ley Seca en 1919 hasta su abolición en 1933. Los padres del invento fueron Carroll John Daly (1889-1958), Dashiell Hammett (1894-1961) y Raymond Chandler (1888-1959), a los que siguieron otros muchos, que nos han hecho disfrutar de su lectura, a pesar de que algunos puristas estiman todavía que se trata de un género menor dentro de la literatura.

Ver Post >

Otros Blogs de Autor