En estos días de ciclismo en mayúsculas me viene a la memoria el ciclismo en minúsculas que practiqué en mi infancia, antes de tener una bici de carreras: las competiciones con chapas (cuyo funcionamiento se detalla en la wikipedia). En esta modalidad callejera del deporte del pedal no había pedales. Tampoco había riesgo de caídas, aunque las rodillas sufrían mucho. Por lo demás había pelotón, escapadas, metas volantes, puertos de 1ª, 2ª y 3ª categoría, clasificación de la etapa y general.., y sobre todo, grandes nombres sobre la carretera (de tiza, generalmente).
Por nuestras manos y bolsillos desfilaban los grandes de la época: Lejarreta, Gorospe, Cabestany, Gastón, Arroyo, Delgado, Laguía, Belda, Pino, Pedro Muñoz,.. y por su puesto los Sean Kelly, Hinault, Fignon, Bontempi, Millar, Caritoux, Parra, Argentin,.. Compartían sitio con otros artilugios necesarios para montar la competición, es decir, la propia tiza -agenciada del colegio- y diversos materiales para tunear las chapas y darles mayor peso, como plastilina, cera o peladuras de naranjas.
Nos podíamos pasar horas con este juego. El hecho de diseñar el circuito ya requería de profundos análisis y sesudas reflexiones. Había quién era partidario de incluir más montaña en la etapa (ondulaciones en el terreno o bordillos), otros preferían etapas rápidas, favorables a sprinters o aventureros que buscaran la escapada buena (para lo cual se dibujarían grandes rectas en terrenos llanos) o quienes confiaban en su habilidad para sortear terrenos serpenteantes (con muchas curvas y carreteras estrechas).
También nos encantaba idear obstáculos para que los favoritos no siempre ganaran. Así la carrera podía encontrarse con un río (bueno, eran charcos, pero nos daba igual) o una vía ferroviaria (con un par de palos bastaba para dar el pego). Después de horas y horas en la calle con los colegas todavía podías seguir en casa jugando con circuitos delimitados por bolis y montañas hechas con libros.
Todos teníamos nuestro par de chapas favoritas, las que te habían dado más resultados y las que perfeccionabas. Podías rallar su superficie para que fuera más rápida o añadirle peso poco a poco hasta dar con la fórmula exacta.
Era todo un arte que comenzaba con la búsqueda de buenas chapas, que no estuvieran machacadas por los abridores. Había que buscar o pedir en tiendas y bares las mejores. Luego estaba la selección del material, ¿Trinaranjus, Skol, Kas, Mirinda, Coca-Cola, Águila, Martini, Cacaolat, 7up,..? Recuerdo especialmente una chapa de algún mosto de la época, más ancha y ligera, que tuvo fama de sprintar bien en las llegadas en llano.
Luego estaba el reto de lucir la chapa. El interior podía ir directamente pintado con los colores de algún equipo ciclista de la época -mis favoritos siempre eran el Reynolds que triunfaba en el Tour y el Kelme- o llevar pegado un papel recortado (como molde usábamos una moneda de 25 pesetas) en el que podía ir la cara del ciclista o los colores de su maillot, o un cromo recortado o las pegatinas que comenzaron a venderse ya bien avanzados los 80 por 30 pesetas.
Recuerdo perfectamente nuestra última vez. Los cuatro de la pandilla más aficionados a estas carreras llévabamos horas junto a la entrada de un edificio de garajes. Acababa septiembre y era el último día en que los rectores de la E.G.B daban la tarde libre; al día siguiente terminaríamos las clases a las 5 y después de merendar había clase de mecanografía.
Este juego no era para 30 minutos -más de una vez estuvimos 4 o 5 horas-, ni para chavales de más de 13 años ya… Ese día dejamos atrás gran parte de la niñez que esperamos no abandonar nunca del todo.
Afortunadamente cada mes de abril nos visitaban nuestros ídolos en carne, hueso y bicicleta. Cuando la Vuelta al País Vasco pasaba por nuestro pueblo, aunque fuera solamente unos minutos, teníamos fiesta en el colegio, y si no, nos la cogíamos nosotros. ¡Faltaría más!

