Diario Vasco
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Autor: gbarriuso_881
Conflictos que marcan una vida

Cuando la sociedad, en general, se pregunta por las posibles soluciones a los problemas que afectan de manera directa a la infancia, ni los más optimistas pueden evitar cierto desasosiego al comprobar que, en el epicentro de todo, en la base de todo atentado contra los derechos de las niñas y los niños, hallamos los conflictos. Son estructurales y periódicos; obedecen a razones económicas, étnicas o religiosas; son desgarradores, trágicos y letales; y pueden acabar con generaciones enteras, frustran sueños y corrompen sistemas. El conflicto, generalmente armado y violento, afecta de manera transversal a todas las capas de la sociedad. No obstante, en el caso de los niños y niñas, sujetos de derecho, la gravedad se multiplica.

UNICEF ha alertado recientemente sobre la situación de 24 millones de niños y niñas en todo el mundo, afectados por distintos conflictos en Oriente Medio y Norte de África. La infancia, pese a estar directamente protegida y amparada por la Convención sobre los Derechos del Niño (el tratado de derechos humanos más ratificado en todo el mundo, desde 1989), es el eslabón más débil en una cadena ya de por sí, frágil. Un niño o una niña, hasta los 18 años, tiene el derecho a ser protegido por su familia (o por el estado, en su ausencia) y a hacer uso de todas las herramientas que se pongan a su alcance para gozar de un desarrollo óptimo, una buena salud y una educación de calidad, que no ponga en jaque su futuro.

 

Cuando el conflicto amenaza a una población, los niños y las niñas sufren consecuencias directas y derivadas. Solo en Yemen, más de 9,5 millones están al borde de sufrir hambruna. En Siria casi 6 millones de no pueden recibir asistencia sanitaria, ni vacunas ya que viven bajo asedio y resulta imposible acceder a ayuda humanitaria. En Irak más de 85.000 niños/as están atrapados al oeste de Mosul, lo que condiciona su salud de manera directa y reduce drásticamente su esperanza de vida…Libia, Sudan o la Franja de Gaza son otros de los conflictos armados donde los niños y niñas ven conculcados sus derechos. Por no hablar de la educación, la cual queda postergada y relegada hasta la resolución del conflicto, en muchos casos por una equivocada priorización de los gobiernos locales, en otros, por la imposibilidad física de contar con centros escolares al haber sido destruidos.

Si la salud física merma la esperanza de vida de los niños y niñas, la salud mental aniquila sueños: los niños y niñas desarraigados que sufren depresión, mientras esperan en los campos de refugiados de Grecia o Hungría, por ejemplo, son el mayor exponente.

Por eso, UNICEF hace un llamamiento para que se dé prioridad a las necesidades de la infancia en países afectados por conflictos, a través de: un acceso incondicional a la ayuda humanitaria y suministros; una resolución de las partes en conflicto que ponga fin inmediato a los ataques contra infraestructuras sanitarias, educativas y civiles y la financiación urgente para los sectores de salud, nutrición, agua y saneamiento.

UNICEF nació en 1946 con el fin de brindar soporte y ayuda a los niños/as afectados por la II. Guerra Mundial. 71 años después aún seguimos haciendo lo mismo. Son otros países, causas y personas afectadas. Pero la esencia es la misma: los conflictos amenazan la vida de millones de niñas y niños.

 

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Desarraigo y depresión: la situación de millones de niños y niñas

La infancia, los niños y las niñas, no solo representan el futuro y el desarrollo de un país. También son la cara amable, la inocencia, la jovialidad y la alegría. Cuando una niña o un niño está triste, significa que algo está fallando en el mundo que los adultos están construyendo para ellos.

Evidentemente no hablamos de una tristeza superflua y coyuntural, sino la que subyace de una enfermedad más grave y compleja como es la depresión. Es la que corren el riesgo de sufrir los casi 25.000 niños y niñas atrapados en Europa, entre sus países de origen y un futuro que se vislumbra cercado. Son los hijos e hijas de las 75.000 personas refugiadas y migrantes que malviven en los campos de Grecia, Hungría, Bulgaria y Balcanes Occidentales, o incluso, en casos extremos, menores no acompañados.

En la mayoría de los casos, los menores van acompañados de sus madres, esperan largamente poder proseguir su marcha y reencontrarse con sus padres o resto de familia en países de destino como Alemania o Suecia. Pero no es sencillo. La burocracia y los intereses políticos hacen que, por ejemplo, de las 5.000 solicitudes de asilo que se realizaron en Grecia a lo largo del 2016, únicamente 1.107 llegaran a prosperar. La UE ha prometido incidir en la protección integral de los niños y niñas migrantes: evitar que sean objeto de trata, de abusos sexuales o de violencia física. Sin embargo, hay algo de lo que difícilmente les podrán proteger sin soluciones innovadoras e integrales: el desarraigo.

Silenciosa y profunda

Existen, en todo el mundo, 28 millones de niños y niñas que se han visto obligados a desplazarse por conflictos y violencia y otros 20 millones por otras razones. En total, casi 50 millones de niños y niñas con infancias truncadas, con entornos familiares a los que ya no volverán y con una alegría que se esfuma.

UNICEF y sus aliados sobre el terreno, están supervisando la salud mental de mujeres, niños y niñas, especialmente en Grecia. Las conclusiones son preocupantes. Reconocen que en cierta manera las madres han perdido la motivación y se sienten estancadas, tras tantos meses atrapadas. Eso se traslada a sus hijos e hijas.

Precisamente con el objetivo de visibilizar la situación de la infancia refugiada y migrante, recientemente se ha celebrado en Madrid la Consulta Internacional sobre la nueva Observación General Conjunta sobre los niños y niñas en el contexto de las migraciones internacionales, con el foco puesto en la región Mediterránea. Entre los retos pendientes, concienciar a la sociedad en su conjunto a través de Naciones Unidas para que garantice los derechos de la infancia. El documento que ha surgido de esta Consulta debe servir de guía para que los distintos gobiernos, políticos, jueces y fiscales, abogados, policías, médicos, profesores, empresas y medios de comunicación promuevan y defiendan los derechos de los niños y niñas, para que tan solo puedan ser eso, niños y niñas alegres y sanos, sin más preocupación que la de seguir creciendo y formándose.

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#CierraUNICEF: por un mundo donde no sea necesario

Tras setenta años de trabajo, UNICEF ha mejorado la situación de millones de niños y niñas en el mundo gracias a vacunas, alimento, escuelas y protección en países de todo el mundo. Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer para que se haga realidad su sueño más deseado: cerrar UNICEF.

Y es que cerrar significaría que los derechos de todos los niños y niñas de cualquier lugar del mundo estén cubiertos, que todos pudiesen vivir en lugares fuera de conflicto y que tuvieran sus necesidades primarias completamente satisfechas.

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Todavía en 2017 cincuenta millones de niños y niñas sufren desnutrición aguda, 61 millones no van a la escuela y el trabajo infantil y el matrimonio infantil son una triste realidad a la que muchos se tienen que enfrentar diariamente sin recursos para poder evitarlo.

En los últimos 17 años se ha salvado la vida de 48 millones de niños y niñas menores de cinco años, entre 1990 y 2015 se ha proporcionado acceso a agua potable a 250 millones de personas; y cada año entre dos y tres millones de niños y niñas consiguen salvar su vida gracias a una vacuna.

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Pero, a pesar de estas cifras positivas, las hay también muy alarmantes: 16.000 niños y niñas están muriendo cada día por causas evitables como la diarrea y 50 millones padecen desnutrición aguda. A pesar de nuestro esfuerzo, el número de menores que se ven obligados a trabajar para ayudar a sus familias asciende a 168 millones.

Las situaciones extremas a las que se enfrentan en sus países de origen ponen en peligro cada segundo de sus vidas: 535 millones de niños y niñas viven en lugares afectados por conflictos o desastres naturales. La guerra en Siria y la crisis de los refugiados, la hambruna en Sudán del Sur, el conflicto en Yemen o la violencia en Nigeria son solo algunas de las emergencias que hacen que UNICEF siga siendo necesario.

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No podemos dar la espalda a estos niños y niñas indefensos. En sus más de setenta años de vida UNICEF ha demostrado gracias al apoyo de todos que un mundo mejor para la infancia es posible. Pero todavía queda mucho trabajo por delante. Alcanzar el cierre de nuestra organización es una utopía que puede hacerse realidad con nuestro esfuerzo y tu ayuda. Colabora con nosotros y #CierraUnicef.

 

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30.000 niños soldado convertidos en combatientes involuntarios

“Las cosas no iban bien en casa, así que me escapé y me convertí en soldado con doce años. Con quince me quedé embarazada. Tener un hijo conlleva mucha responsabilidad, no sé lo que hacer” nos cuenta Angelina desde Colombia. Ahora, con 23 años, lo único que quiere es no perderse ni un minuto de la vida de su hija.

En los más de 30 conflictos armados que hay en todo el mundo participan unos 300.000 niños y niñas soldado que, sin apenas saber cómo han llegado hasta ahí, se han convertido en combatientes involuntarios. Muchas de ellos están en plena línea de combate, otros están obligados a ejercer de mensajeros, esclavas sexuales o son utilizados para ataques suicidas.

Algunos son secuestrados; a otros, la pobreza, los malos tratos, la presión de la sociedad o el deseo de vengarse de la violencia contra ellos o sus familias les llevan a unirse a grupos armados y empuñar un arma.

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Esta última es la razón por la que James John, con solo 13 años, decidió unirse a la lucha armada: “nuestros enemigos mataron a mi hermana, mi tío y a otros miembros de la familia. Pero la vida como soldado no es fácil, tenemos que andar mucho, a veces incluso durante tres o cuatro días, llevando equipamiento muy pesado”. Ahora James quiere ir al colegio, aprender y, cuando sea mayor, ayudar a la gente de su comunidad.

Convertirse en soldado a una edad tan temprana les trae a los niños y niñas secuelas físicas causadas en la batalla o por abusos, tienen desnutrición y muchos de ellos contraen enfermedades de transmisión sexual. Además, las secuelas psicológicas no tardan mucho en aparecer, habiendo presenciado a edades tan tempranas actos de violencia extremadamente crueles.

Desde UNICEF trabajamos incansablemente para liberar a estos niños y niñas de las fuerzas armadas y que puedan volver con sus familias por medio de tres principales pasos: la desmovilización, donde se les lleva a un centro de tránsito para recibir los cuidados necesarios; el desarme para eliminar las armas y la reintegración en la sociedad.

Por medio de nuestro trabajo en los últimos años hemos conseguido la liberación de casi 10.000 niños y niñas soldado, pero no es suficiente. Seguimos trabajando para que la guerra deje de convertirse en algo que marque a la infancia de por vida. Colabora con nosotros.

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Los niños y niñas refugiados sufren un invierno más

En las últimas semanas, al drama de las personas migrantes y refugiadas de abandonar su hogar y las dificultades para acceder a nuevos territorios en busca de seguridad y una nueva oportunidad se les ha sumado la ola de frío que azota toda Europa.

Esta emergencia humanitaria se encuentra muy lejos de su solución. Entre muchas razones, estas son las cinco que destacamos desde UNICEF:

1. Cierre de fronteras. Tras más de un año en el que se ha presenciado la huída de miles de personas de la guerra, algunos países tomaron la decisión de cerrar sus fronteras, dejándolas así atrapadas en diferentes países de la ruta de los Balcanes. Todavía hoy alrededor de 23.700 niños y niñas refugiados siguen atrapados durmiendo en tiendas de campaña no acondicionadas para subsistir ante las gélidas temperaturas que se están viviendo en todo el continente.

Además, el acuerdo de la Unión Europea con Turquía para establecer un mecanismo de control de los flujos migratorios hace que los recién llegados queden retenidos en Grecia a la espera de un análisis de su situación, tras el cual a muchos de ellos se les envía de vuelta a Turquía.

2. Lentitud en las decisiones políticas. Los progresos en torno a las reubicaciones y reasentamientos de las personas refugiados se dan con una lentitud extrema en las políticas europeas. Esto no es de extrañar si tenemos en cuenta la inquietud que generan las llegadas de refugiados y migrantes y el crecimiento cada vez mayor de una atmósfera xenófoba.

 

 

 

3. Deficiente coordinación entre países. Las tangibles diferencias de políticas migratorias entre países vecinos hacen que sea prácticamente imposible llegar a un acuerdo entre ambos, dando prioridad a sus intereses particulares frente a los de los niños y niñas que tanto lo necesitan.

4. Capacidad insuficiente y excesiva burocracia. Los procesos de demandas de asilo y las 160.000 reubicaciones necesarias no se pueden llevar a cabo con la escasa flexibilidad que ofrecen los procesos burocráticos y el bajo número de funcionarios dedicados a tramitar estas operaciones.

5. Sistemas de protección de menores sobrecargados. Solo en dos años, más de 700.000 niños y niñas han solicitado asilo europeo. Esta es una cifra sin precedentes, que ha provocado el desbordamiento de los sistemas de protección de menores.

Esta y muchas otras razones hacen que millones de niños y niñas vivan en lugares inadecuados donde no se les puede garantizar su protección y educación. Además, las leyes e instituciones relacionadas con la infancia no estaban preparadas para esta situación, y no han sido adaptadas.

Los países deben anteponer los derechos humanos a sus propios intereses. No existe justificación alguna para lo que estamos viendo todos los días. UNICEF no cesará de trabajar y de exigir la ayuda que todos merecen. Ayúdanos a conseguirlo.

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