Este es el primer año que vivimos sin Robe Iniesta. Murió a finales de 2025 y, desde entonces, escuchar sus canciones tiene otro peso. No es todavía tiempo de balances lejanos ni de mitologías; estamos en el primer tramo sin su presencia, el momento en que asumimos que ya no habrá nuevas giras, ni discos inesperados, ni esa posibilidad siempre abierta de volver a verlo sobre un escenario.
Robe nunca fue un artista fácil de encajar. Escribía con una mezcla poco común de crudeza y poesía, con imágenes que podían ser incómodas y, al mismo tiempo, profundamente humanas. No buscó parecer literato, pero elevó el nivel de las letras en el rock en castellano. Tampoco pretendió ser portavoz de nadie, pero terminó siéndolo para muchos.
He seguido con respeto su carrera en solitario tras la disolución de Extremoduro. En esos trabajos encontré a un compositor más sereno, más centrado en los matices y en el desarrollo musical. Es una etapa que valoro y respeto, pero, si pienso en lo que realmente cambió el rumbo del rock en España, vuelvo siempre a Extremoduro.
Extremoduro fue un proyecto profundamente personal que acabó teniendo un impacto enorme. Nació lejos de los focos y terminó ocupando un lugar central sin perder su identidad. Además, la banda se atrevió a romper la estructura clásica de la canción rock, alargando temas, cambiando ritmos, construyendo discos que pedían ser escuchados de principio a fin. Esa ambición, unida a una honestidad sin filtros, marcó un antes y un después. Sin duda, Extemoduro no se entiende sin Iñaki “Uoho” Antón, que fue, a nivel musical, la persona que mejor se entendió con Robe.
Este primer año sin Robe que hemos empezado me ha hecho recordar con más claridad los conciertos en los que lo vi. En San Sebastián, en Irun, en Madrid, siempre recintos llenos, guitarras afiladas y un público que no iba solo a escuchar canciones, sino a vivirlas. Había algo especial en esos directos: intensidad, cercanía y algunas sensaciones que se me hace difícil de explicar. No eran espectáculos calculados al milímetro; había margen para la imperfección y ahí estaba parte de su fuerza.
Para muchos, esos conciertos forman parte de su historia personal y mí también. Son momentos concretos de mi vida que están ligados a una canción y a un estribillo coreado por miles de personas. Esa capacidad de convertir lo íntimo en colectivo es, quizá, una de las grandes aportaciones de Extremoduro al rock español.
Vivimos el primer año sin Robe y su ausencia sigue siendo duro, pero su música permanece intacta. Especialmente la que creó con Extremoduro, ese proyecto único que sacudió el rock de este país y lo hizo más libre, más directo y más ambicioso. Para siempre Robe.