Hay discos que simplemente ratifican, sin grandes gestos ni artificios, que una banda veterana sigue en plena forma. A Pound of Feathers, nuevo álbum de estudio de The Black Crowes, es uno de esos casos. Publicado en marzo de 2026 y grabado en Nashville con Jay Joyce a los mandos, el disco confirma algo que ya intuíamos en su regreso reciente: los Robinson no han vuelto para sobrevivir a su leyenda, sino para seguir alimentándola con canciones que todavía pican, empujan y respiran rock de verdad.
Lo primero que llama la atención es la energía. Hay una sensación de banda enchufada, muy consciente de su lenguaje, pero sin sonar mecánica. Profane Prophecy, Cruel Streak, Do the Parasite! e It’s Like That son, probablemente, las más cañeras, sí, pero también las más contagiosas: riffs con mordida, guitarras contundentes y una actitud que devuelve a The Black Crowes a ese terreno donde mejor se mueven, entre el sudor, el clásico y la chulería bien entendida. No hay aquí nostalgia de museo; hay músculo.
Lo mejor, además, es que el disco no se queda solo en la velocidad o en el golpe. Pharmacy Chronicles, High & Lonesome, Queen of the B-Sides, Eros Blues y Doomsday Doggerel bajan un poco las pulsaciones, pero no la tensión. Siguen sonando afiladas, con guitarras muy presentes y con ese punto de gravedad que hace que el álbum no se convierta en una sucesión de trallazos sin matiz. Ahí está precisamente una de sus virtudes: sabe alternar rudeza y respiración, empuje y sombra, sin perder el pulso en ningún momento.
Y luego está Blood Red Regrets: más machacona, menos acelerada, más pesada. Esa clase de canción que no busca correr, sino hundirse un poco más en el barro y hacer que el golpe pese. Es un muy buen contrapeso dentro del disco, porque aporta densidad sin apagar la electricidad general del conjunto. En ese equilibrio entre rudeza y reflexión es donde A Pound of Feathers gana enteros. No es un ritmo desconocido para la banda, ya que podemos encontrar canciones hermanas en referencias pasadas.
También me parece importante decir algo de la banda, porque aquí hay un mérito evidente: con tantos años, tantos discos y tanta historia a la espalda, resulta espectacular que The Black Crowes sigan sonando con esta caña. La sensación no es la de un grupo al que le queda una postal del pasado, sino la de una banda que todavía sabe tocar con hambre. El álbum combina bravura, tensión y emoción sin caer en la autocaricatura, y el trabajo de los Robinson sigue teniendo esa chispa que sostiene el mejor rock americano.
A Pound of Feathers me ha gustado mucho. Me parece un disco muy sólido, muy disfrutable y, sobre todo, sorprendentemente inspirado para una banda que ya podría vivir cómodamente instalada en su repertorio clásico. Pero no: aquí siguen apretando, siguen sonando peligrosos y siguen dejando canciones que de verdad se quedan. Y eso, a estas alturas, es muchísimo más que suficiente.