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Ivan Castillo Otero

12 pulgadas

Jet y el placer de escuchar rock en directo sin rodeos

Hay conciertos que sirven para comprobar cuánto ha cambiado una banda con el paso de los años y otros que, por el contrario, demuestran que algunas cosas apenas necesitan cambiar. El regreso de Jet a los escenarios pertenece claramente a la segunda categoría. Más de dos décadas después de la publicación de Get Born, el grupo australiano mantiene una propuesta que puede parecer sencilla sobre el papel, pero que sigue teniendo una enorme eficacia cuando se traslada al escenario: buenas canciones, guitarras con volumen, una sección rítmica contundente y un cantante que sabe perfectamente cómo ocupar el espacio.

Eso fue lo que se encontró el público de la Sala Capitol de Santiago de Compostela el pasado 22 de julio: un concierto de rock sin demasiadas concesiones, directo y físicamente intenso, en el que Jet no necesitaron apoyarse en una gran producción ni en recursos escénicos para mantener la atención. Su argumento estuvo en las canciones y en la forma de interpretarlas.

Después de varios años sin verles en directo, el reencuentro resultó especialmente satisfactorio. Quizá porque el tiempo había colocado a Jet en un lugar extraño dentro de la historia reciente del rock. Fueron una de las bandas que, a comienzos de los años 2000, recuperaron con enorme éxito una forma de entender el género que parecía pertenecer a otra época: riffs contundentes, influencias del blues y del hard rock, melodías sencillas y una actitud que miraba mucho más hacia los setenta que hacia las tendencias del momento. Su éxito fue enorme y también lo fueron las expectativas que se generaron alrededor de ellos.

El concierto comenzó con Last Chance, una elección significativa porque situó desde el primer momento el repertorio en Get Born, y continuó con Put Your Money Where Your Mouth Is y She’s a Genius. No hubo un calentamiento progresivo ni demasiadas introducciones. Jet entraron directamente en materia y dejaron claro desde los primeros minutos que su regreso no iba a plantearse como una operación de nostalgia.

La banda suena ahora como una formación que conoce perfectamente sus mecanismos. Cameron Muncey y Nic Cester construyen buena parte del sonido desde las guitarras, mientras Chris Cester aporta desde la batería la pegada necesaria para que las canciones mantengan ese carácter urgente que siempre las ha distinguido. Mark Wilson, al bajo, completa una base sólida sobre la que el grupo puede moverse con considerable libertad.

Y en medio de todo está Nic Cester, que continúa siendo el elemento más reconocible de Jet. Su voz mantiene ese tono áspero que forma parte inseparable de la identidad del grupo, pero es su presencia escénica la que termina inclinando la balanza. Cester es un cantante comunicativo, pendiente de la respuesta de la sala y capaz de transmitir la sensación de que no está simplemente reproduciendo un repertorio aprendido hace veinte años. Hay una actitud física en su manera de cantar y moverse que mantiene vivo el concierto.

El repertorio, además, está muy bien planteado para el directo. Get What You Need, Hurry Hurry, Walk, Seventeen y Move On permitieron recorrer diferentes momentos de la trayectoria del grupo antes de llegar a uno de sus episodios más reconocibles: Look What You’ve Done. La canción introdujo un cambio de intensidad y recordó que Jet nunca fueron únicamente una banda de riffs y volumen. Debajo de esa fachada de grupo de rock duro siempre hubo una considerable preocupación por la melodía y por la construcción de canciones capaces de funcionar fuera del contexto de un concierto.

Después llegó It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll), el clásico de AC/DC. Es una elección que encaja naturalmente en el repertorio de Jet y en su propia genealogía musical. No necesitan ocultar sus influencias porque buena parte de su personalidad procede precisamente de haber sabido convertirlas en algo propio. En su caso, la tradición del rock australiano, el blues, el garage y el hard rock forman parte de un mismo paisaje.

A partir de ahí el concierto entró en su tramo más reconocible. Are You Gonna Be My Girl sigue siendo una canción extraordinariamente eficaz en directo. El problema que tienen algunos grandes éxitos después de muchos años es que terminan funcionando únicamente como una fotografía de una época. Aquí no sucede. El riff conserva su fuerza y la estructura de la canción sigue provocando una reacción inmediata en el público. Es uno de esos temas que han sobrevivido a su propio contexto y que, escuchados en una sala llena, recuperan toda su dimensión.

Rollover D.J., Get Me Outta Here y Cold Hard Bitch mantuvieron la intensidad hasta el final del repertorio principal. No hubo en ese tramo necesidad de grandes discursos ni de introducir cambios de registro. Jet entendieron el concierto como una sucesión de canciones que debían funcionar juntas y, sobre todo, como una experiencia física. El volumen y la contundencia fueron constantes, pero nunca llegaron a ocultar las melodías ni las características particulares de cada tema.

El bis comenzó con Shine On y continuó con Come Around Again, antes de cerrar definitivamente con Rip It Up. Un final coherente para un concierto que había apostado desde el principio por la simplicidad de la fórmula.

Y quizá esa sea la principal conclusión después de volver a ver a Jet tantos años después. La banda no ha intentado reinventarse para justificar su regreso. Tampoco parece interesada en convertir su trayectoria en una pieza de museo. Su música sigue ocupando un territorio perfectamente reconocible y, precisamente por eso, resulta refrescante escucharla ahora.

En una época en la que el rock lleva años preguntándose cuál debe ser su siguiente paso, Jet ofrecieron una respuesta bastante más sencilla: seguir tocando buenas canciones con guitarras eléctricas y hacerlo con convicción. No es una propuesta revolucionaria, pero tampoco pretende serlo. Su valor está en la ejecución y en la capacidad de recuperar una emoción que a veces se pierde entre discursos, etiquetas y tendencias.

El concierto fue contundente, intenso y, sobre todo, honesto con la identidad de la banda. Después de varios años sin verles, la impresión fue la de reencontrarse con un grupo que todavía conserva aquello que lo hizo especial: la capacidad de convertir influencias muy conocidas en canciones inmediatas y de llevarlas al escenario con una energía que no depende exclusivamente de la nostalgia.

Jet siguen siendo una banda de rock. Sin rodeos, sin artificios y sin necesidad de pedir disculpas por ello. Y comprobar que esa fórmula continúa funcionando tan bien después de tantos años fue, probablemente, lo mejor de la noche.

Música, entre otras cosas

Sobre el autor

Donostiarra de nacimiento y medio coruñés por parte materna. Periodista por vocación. Mi abuela Juana vendía la prensa en un kiosco y la llamaban «la periodista»; así que soy el segundo de la familia que trabaja en el mundo de la comunicación. San Sebastián, Bilbao, Madrid y, ahora, A Coruña. Siempre estoy leyendo algo. Me gusta el rock y tuve un grupillo. Me interesa la historia. Sigo el calendario ciclista de pe a pa, y del fútbol soy de la Real Sociedad. También hago fotos.


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