Hay músicas que llegan en el momento preciso y otras que necesitan que uno crezca para entenderlas. The Verve me llegaron tarde. En los noventa era un niño y aquella música pertenecía todavía a un mundo que me quedaba lejos. Fue ya de adulto, con los años, cuando fui entrando en su discografía y descubriendo poco a poco una banda que terminó ocupando un lugar importante entre las que siempre vuelvo a escuchar.
Este verano, The Verve han sonado durante horas mientras viajaba por distintos países, en carreteras, trayectos largos y momentos que inevitablemente terminarán asociados a sus canciones. Hay grupos que forman parte de tus recuerdos y otros que consiguen acompañarte mientras los recuerdos todavía están sucediendo. The Verve son de estos últimos.
Me gustan especialmente sus tres primeros discos. A Storm in Heaven, A Northern Soul y Urban Hymns cuentan una historia extraordinaria de transformación. Tres discos muy diferentes y, al mismo tiempo, perfectamente reconocibles como The Verve. El primero, más psicodélico y expansivo; el segundo, oscuro, urgente y casi abrasivo; el tercero, convertido ya en un enorme ejercicio de canciones, melodías y atmósferas.
Urban Hymns es, naturalmente, un disco espectacular. Pero volver a A Northern Soul sigue resultándome especialmente estimulante. Tiene algo más incómodo y visceral, una intensidad que quizá se pierde cuando una banda alcanza la perfección de un álbum como Urban Hymns. Y A Storm in Heaven, con las guitarras de Nick McCabe llevando buena parte del peso, sigue siendo una muestra de hasta dónde podía llegar The Verve cuando se alejaban de la canción convencional.
Forth, en cambio, siempre me costó más. No porque me parezca un mal disco, sino porque nunca llegué a conectar con él al mismo nivel. Quizá también porque los tres anteriores representan una evolución que me resulta especialmente fascinante: The Verve no se limitaron a perfeccionar una fórmula, sino que fueron cambiando de piel.
Por eso nunca me ha convencido demasiado encerrarles en la etiqueta Britpop. Lo fueron por época, por contexto y porque Urban Hymns terminó convertido en uno de los grandes discos de aquella generación, pero musicalmente siempre tuvieron algo más. Podían moverse de la psicodelia al rock más directo, de las guitarras expansivas a canciones de enorme capacidad melódica, y hacerlo sin perder una identidad propia. Ahí está buena parte de su atractivo.
Y quizá por eso sigue resultando tan tentadora la posibilidad de volver a verlos juntos. De momento, no hay reunión. La posición más clara sigue siendo la de Richard Ashcroft. En 2025, después de convertirse en uno de los teloneros de la gira de reunión de Oasis, habló de The Verve y se mostró escéptico ante la posibilidad de volver a reunir la banda. Explicó que ya habían jugado esa carta y que no creía que funcionara de nuevo, además de apuntar que la situación interna de The Verve era más complicada que la de Oasis.
Es una declaración que pesa porque procede directamente del cantante, pero tampoco parece prudente convertirla en una sentencia definitiva. The Verve ya se reunieron en 2007 después de años separados y de aquella vuelta salió Forth. Su historia está llena de finales que, en algún momento, parecieron definitivos.
Ahora hay además una fecha que alimenta la especulación: 2027, cuando se cumplirán treinta años de Urban Hymns. En abril de este año varios medios británicos se hicieron eco de una información publicada originalmente por The Sun según la cual Ashcroft estaría considerando una reunión para celebrar el aniversario, pero conviene ponerle un asterisco grande. No hay confirmación de Ashcroft, Nick McCabe, Simon Jones o Peter Salisbury. Y The Sun tiene bastante de escopeta de feria como para no elevar una información de fuentes anónimas a la categoría de noticia hasta que alguno de los protagonistas diga algo más. El aniversario es real; la reunión, por ahora, no.
Aun así, me gusta pensar que la historia no está completamente cerrada. No necesito una gran gira mundial ni siquiera un nuevo disco. Me bastaría con una vuelta puntual, unos cuantos conciertos que permitieran comprobar qué ocurre cuando aquellos cuatro músicos vuelven a compartir escenario. Porque The Verve fueron una banda demasiado particular como para pensar que su historia se puede resumir únicamente en sus grandes canciones.
En lo personal, hay una razón más. Me gustaría que The Verve volvieran porque eso significaría que el destino me ha regalado la oportunidad de verlos en directo. Sería una forma de resarcir, aunque fuera muchos años después, a aquel yo lento que tardó demasiado en llegar hasta ellos. No pude vivirlos en los noventa porque era un niño. No estuve allí cuando Urban Hymns se convirtió en el disco que fue. Los descubrí después, cuando ya todo aquello había sucedido. Quizá por eso me haría especial ilusión llegar a tiempo esta vez.
Mientras tanto, seguirán sonando. Este verano lo han hecho por carreteras y ciudades de varios países y, como ocurre con las bandas que realmente permanecen, cada nueva escucha parece devolver algo distinto. The Verve llegaron tarde a mi vida, pero llevan ya tiempo acompañándome. Quizá todavía quede una última oportunidad para que la historia no esté cerrada.