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Ivan Castillo Otero

12 pulgadas

¿Michael?

Universal Pictures EspañaHay películas que intentan explicar a un personaje. Otras prefieren celebrar un mito. Michael, el biopic dirigido por Antoine Fuqua sobre Michael Jackson, opta claramente por lo segundo. El problema es que, en su empeño por retratar al icono, acaba dejando demasiado espacio vacío alrededor de la persona. El resultado es una película visualmente poderosa, musicalmente espectacular, pero también sorprendentemente deslavazada y, sobre todo, abiertamente incompleta.

La sensación que me dejó durante buena parte fue la de estar viendo una sucesión de episodios más que una historia. La película avanza a través de momentos clave de la carrera de Jackson, recreados con enorme despliegue y evidente admiración, pero le cuesta encontrar un hilo conductor sólido. Falta una mirada que ordene el relato y le dé verdadera profundidad dramática. Por momentos parece más interesada en reproducir escenas icónicas que en construir una narración con entidad propia. No es casualidad que algunas de las críticas más duras hayan señalado precisamente esa carencia, definiéndola como una especie de recopilación de grandes éxitos en busca de una película que los una.

Además, resulta difícil escapar a la impresión de que estamos viendo únicamente la primera mitad de una historia. La película concluye en 1988, en plena gira de Bad, y se despide con un explícito “His Story Continues”. Aunque inicialmente se habló de una única película, Lionsgate lleva meses dejando abierta la puerta a una continuación, hasta el punto de que ya existe material rodado que podría reutilizarse en una eventual segunda parte. Todo ello explica esa sensación de obra inacabada que sobrevuela el conjunto desde el principio hasta el final.

Y, sin embargo, hay algo que funciona muy bien: la música. Porque cuando la película deja de intentar ser un biopic y se entrega al espectáculo musical, cobra vida. Ahí sí aparece la dimensión extraordinaria de Michael Jackson. La recreación de la gestación de canciones como Billie Jean o Thriller, las secuencias de los ensayos, los conciertos y los momentos en los que se muestra el perfeccionismo enfermizo del artista tienen una fuerza que arrastra incluso cuando el guion se tambalea. La banda sonora termina siendo el auténtico motor de la película. No sólo porque reúne algunas de las canciones más importantes de la historia del pop, sino porque recuerda constantemente la magnitud artística de Jackson. Cada vez que suenan esos temas, la película encuentra la energía, la emoción y la grandeza que le faltan en otros apartados.

También ayudan mucho las interpretaciones. Jaafar Jackson carga con una responsabilidad enorme y sale bastante bien parado. Más allá del evidente parecido físico, consigue transmitir gestos, movimientos y una presencia escénica sorprendentemente creíble. No es una imitación mecánica; hay momentos en los que realmente logra capturar parte del magnetismo de su tío.

Quizá por eso la sensación final es tan contradictoria. Michael no es una mala película. Tiene músculo visual, tiene actuaciones convincentes y cuenta con una de las mejores bandas sonoras que se pueden tener entre manos. Pero también transmite la impresión de haberse quedado a medio camino. Le falta cohesión, le falta profundidad y le falta la valentía de construir un retrato más completo. Al final, uno sale del cine con ganas de volver a escuchar los discos de Michael Jackson, que no es poco, pero también con la sensación de que una vida tan fascinante merecía una película mejor.

Finalmente, hay un matiz que resulta inevitable y que la película deja flotando sin resolver del todo. Más allá de lo que muestra con precisión y del cuidado con el que reconstruye su ascenso artístico, es difícil no pensar en todo aquello que queda fuera de campo: las zonas más polémicas y complejas de la vida de Michael Jackson no aparecen aquí, y la película ni siquiera intenta ocultarlo. Se entiende dentro de su planteamiento —y todo apunta a que ese material podría quedar reservado para una posible segunda parte—, pero esa ausencia pesa. Porque en una figura de esta magnitud, lo que no se cuenta también forma parte del relato, y aquí se nota especialmente lo que aún está por llegar.

Música, entre otras cosas

Sobre el autor

Donostiarra de nacimiento y medio coruñés por parte materna. Periodista por vocación. Mi abuela Juana vendía la prensa en un kiosco y la llamaban «la periodista»; así que soy el segundo de la familia que trabaja en el mundo de la comunicación. San Sebastián, Bilbao, Madrid y, ahora, A Coruña. Siempre estoy leyendo algo. Me gusta el rock y tuve un grupillo. Me interesa la historia. Sigo el calendario ciclista de pe a pa, y del fútbol soy de la Real Sociedad. También hago fotos.


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