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Ivan Castillo Otero

12 pulgadas

Primal Scream y la belleza del exceso

Pocas bandas pueden pasar de la languidez psicodélica a una descarga de guitarras y, entre medias, convertir una canción de rock en un himno de la cultura rave. Primal Scream lo hicieron sin que todas esas músicas terminaran sonando a disfraces. Basta escuchar seguidas Loaded, Rocks y Swastika Eyes para comprobarlo: una se desliza con la despreocupación de una noche que no quieres que termine; otra entra a golpe de riff y estribillo; la tercera parece avanzar entre cables pelados, con una electricidad casi amenazante. Las tres pertenecen a un grupo que nunca ha entendido el rock como un territorio con fronteras demasiado claras.

A mí me gusta también el Primal Scream anterior a todo eso. Sonic Flower Groove (1987), su segundo álbum en realidad, tiene una luminosidad guitarrera que a veces queda relegada a la condición de curiosidad en la historia del grupo. Sus armonías, el sonido jangle y la herencia psicodélica de los Byrds revelan a una banda con un oído pop muy fino. Hay algo delicado en aquellas canciones, una manera de dejar que las guitarras tintineen sin necesidad de convertir cada tema en una demostración de fuerza. No es solo el punto de partida de una carrera insólita: es un disco con encanto propio.

La transformación llegó con Screamadelica (1991), aunque hablar de transformación quizá simplifique demasiado lo que ocurrió. Andrew Weatherall tomó I’m Losing More Than I’ll Ever Have y la convirtió en Loaded, sustituyendo la lógica de la canción rock por un flujo hipnótico de ritmo, voces y fragmentos sonoros. El resultado no fue una canción de guitarras con una base de baile añadida, sino algo que respiraba de otra manera. En el mismo álbum, Movin’ On Up recurrió al órgano y a los coros gospel para construir una celebración colectiva, mientras Higher Than the Sun se perdía en una psicodelia electrónica mucho más flotante. Screamadelica, ganador del primer Mercury Prize en 1992, sigue siendo extraordinario por cómo hace convivir esas distintas sensaciones sin perder la coherencia.

Pero no hace falta invocar ese disco cada vez que se habla de Primal Scream. Give Out But Don’t Give Up (1994) me parece una de las demostraciones más disfrutables de lo que puede hacer la banda cuando se entrega al rock sin demasiadas coartadas. Rocks es puro músculo: el riff insistente, el bajo empujando desde abajo y ese estribillo que parece diseñado para cantarse a pleno pulmón. Tiene descaro, sudor y un punto chulesco que le sienta de maravilla. Jailbird comparte esa urgencia, mientras (I’m Gonna) Cry Myself Blind se mueve hacia un soul mucho más doliente. El álbum es desigual y su devoción por el rock estadounidense puede resultar evidente, pero nunca he entendido por qué habría que escucharlo como una decepción después de Screamadelica. Juega a otra cosa, y cuando acierta lo hace de lleno.

En Vanishing Point (1997), el grupo volvió a cambiar las condiciones de escucha. Kowalski avanza sobre un bajo dub y una percusión seca, con una tensión cinematográfica que remite a la carretera nocturna y a la paranoia. Tres años después, XTRMNTR llevó esa inquietud al extremo. Swastika Eyes se sostiene sobre un bucle frenético y una textura abrasiva; Accelerator descarga guitarras y velocidad con una agresividad que no busca resultar amable. La electrónica ya no tiene aquí el efecto liberador de Loaded: aprieta, desestabiliza, convierte el ritmo en una amenaza. Que una misma banda pueda hacer ambas cosas dice bastante más que cualquier relato sobre la reinvención.

También hay un placer especial en Riot City Blues (2006), donde Primal Scream regresó a un rock directo, de guitarras abiertas y estribillos generosos. Country Girl tiene ese impulso de boogie que parece pedir carretera y volumen alto. No intenta ampliar el vocabulario del grupo ni necesita hacerlo. A veces se escribe sobre Primal Scream como si cada álbum tuviera que anunciar un nuevo territorio musical; a mí me interesa igualmente cuando se dedican a tocar con convicción, sin convertir el cambio de estilo en una obligación.

Come Ahead (2024), producido por David Holmes, propone otro paisaje: soul de Filadelfia, arreglos orquestales, funk y una voz que se permite mirar atrás. Ready to Go Home tiene una gravedad íntima, muy lejos de la insolencia de Rocks, mientras Innocent Money combina el brillo rítmico con una letra atravesada por la desigualdad. Alexis Petridis destacó en The Guardian el tono personal del álbum y su inclinación hacia el soul de los setenta. Es una faceta distinta, quizá menos inmediata, pero coherente con una banda que lleva décadas encontrando nuevas formas de trabajar con sus influencias.

La gracia de Primal Scream no está en que siempre hayan cambiado, ni en que todos sus discos sean igual de buenos. Está en que su música admite placeres muy distintos: las guitarras delicadas del comienzo, el abandono de Loaded, la contundencia de Rocks o la tensión industrial de Swastika Eyes. Yo no necesito reconciliar esas versiones ni elegir una como la verdadera. Prefiero que convivan, que cada una conserve su carácter. Al fin y al cabo, pocas cosas hay más estimulantes que una banda capaz de hacerte bailar, cantar a gritos y, en otro disco, quedarte escuchando cómo una guitarra dibuja una melodía.

Música, entre otras cosas

Sobre el autor

Donostiarra de nacimiento y medio coruñés por parte materna. Periodista por vocación. Mi abuela Juana vendía la prensa en un kiosco y la llamaban «la periodista»; así que soy el segundo de la familia que trabaja en el mundo de la comunicación. San Sebastián, Bilbao, Madrid y, ahora, A Coruña. Siempre estoy leyendo algo. Me gusta el rock y tuve un grupillo. Me interesa la historia. Sigo el calendario ciclista de pe a pa, y del fútbol soy de la Real Sociedad. También hago fotos.


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